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el asunto seggri (es)

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El primer contacto registrado con Seggri fue en el año 242 del Ciclo Hainish 93. Una nave Maravilla a seis generaciones de Iao (4-Taurus) bajó al planeta y el capitán añadió su reporte al diario de a bordo.
Reporte del Capitán Aolao-olao
Hemos pasado casi cuarenta días bien atendidos en este mundo al que ellos llaman Se-ri o Ye-ha-ri, y nos vamos con una impresión de los nativos tan buena como lo permite su irredención. Viven en grandes y buenos edificios a los que llaman castillos, con amplios jardines por doquier. Más allá de los muros que protegen los jardines se hallan campos bien cultivados con abundantes huertos, rescatados con diligencia del árido y reseco desierto de piedra que forma la mayor parte de la tierra.
Sus mujeres viven en villas y pueblos apretujados fuera de los muros. Todo el trabajo de las granjas y molinos lo realizan las mujeres, de las cuales hay una vasta sobreabundancia. Todas son trabajadoras ordinarias que viven en pueblos pertenecientes a los señores de los castillos. Viven entre el ganado y animales brutos de todo tipo, a los que se les permite el acceso a las casas, algunas de ellas bastante grandes. Estas mujeres deambulan vestidas de pobre manera, siempre en grupos y bandadas. Nunca se les permite el acceso dentro de los muros del jardín, al que se aproximan sólo para dejar alimentos y objetos necesarios para los hombres. Las mujeres mostraron un gran temor y desconfianza hacia nosotros, y nuestros anfitriones nos aconsejaron mantenernos alejados de los pueblos, cosa que hicimos.
Los hombres pasean libremente por los grandes jardines, jugando a uno u otro deporte. Por las noches van a ciertas casas que poseen en el pueblo, donde escogen alguna mujer para satisfacer su lujuria como les place. Las mujeres, nos han dicho, les pagan en su moneda, el cobre, por una noche de placer, y les pagan aún más si resultan preñadas con algún hijo suyo. Así, pasan sus noches en satisfacción carnal de forma tan frecuente como deseen y sus días en una diversidad de deportes y juegos, sobre todo un tipo de lucha, en la que se arrojan unos a otros por los aires de tal manera que nos maravillamos porque no parecían herirse nunca, sino que se alzaban y volvían al combate con una destreza asombrosa de manos y pies. También practican la esgrima con espadas romas y combaten con garrochas largas y ligeras. Asimismo juegan con una pelota en un gran terreno, y usan los brazos para atrapar o arrojar la pelota y las piernas para patearla, y hacer tropezar, atrapar o patear a los hombres del equipo contrario, así que muchos resultan heridos en la pasión por el juego. Éste resulta muy entretenido de ver, con sus equipos de ropas contrastantes, de colores brillantes, oro y pedrería. Ahora de este modo, ahora de este otro, arriba y abajo del campo como una masa donde destacan las pelotas que vuelan y son atrapadas por corredores que se liberan de la multitud enzarzada en lucha, seguidos de inmediato hacia una u otra meta por el resto de los jugadores en una jornada apasionante.
Existe el «campo de batalla», que es así como le llaman a este juego, ubicado en un lugar fuera de los muros de los jardines del castillo, próximo al pueblo, para que las mujeres puedan venir a ver y animar a los jugadores, cosa que hacen de todo corazón, gritando los nombres de sus jugadores favoritos y animándolos de forma más bien cruda hacia la victoria.
Los niños son retirados de sus madres a la edad de once años y llevados al castillo para ser educados como corresponde a un hombre. Vimos a un niño de esa edad ser traído al castillo con mucha ceremonia y alborozo. Se dice que las mujeres encuentran difícil llevar a término el embarazo de un niño varón, y que aquellos que nacen suelen morir en la infancia a pesar de los muchos cuidados que se les otorga, así que hay muchas más mujeres que hombres. En esto vemos la maldición de DIOS sobre esta raza y sobre todos los que no LO reconocen, paganos irredentos cuyos oídos son sordos al verdadero discurso y cuyos ojos son ciegos a la luz.
Estos hombres saben muy poco de arte, sólo conocen un tipo de baile hecho de saltos, y su ciencia está apenas un poco delante de la de nuestros salvajes. Un gran hombre de un castillo con quien hablé, vestido de oro y carmesí a quien todos llamaban Príncipe y Gran Señor con gran respeto y deferencia, era tan ignorante que creía que las estrellas eran mundos llenos de gente y bestias, y me preguntó de qué estrella habíamos descendido. Sólo poseen naves impulsadas por vapor que andan por la superficie del mar y de la tierra, y ninguna noción del vuelo ya sea aéreo o espacial, y tampoco ninguna curiosidad por tales materias. Lo único que dicen es: «Eso es trabajo de mujeres», y en efecto encontré que si les preguntaba a estos grandes hombres sobre materias de conocimiento común como el funcionamiento de la maquinaria, el tejido de la ropa o la transmisión de la holovisión, pronto me reprendían por mostrar interés por cosas de mujeres como las llaman, y me decían que hablara como corresponde a un hombre.
En lo que sí son expertos es en la cría del bravo ganado que mantienen dentro de los parques, así como en la confección de su ropa, que hacen a partir de la ropa que las mujeres tejen en las fábricas. Los hombres compiten en la ornamentación y magnificencia de sus ropajes a un grado que nosotros pensaríamos indigno de un hombre, de no ser porque los ostentan hombres tan propios, fuertes y prestos para cualquier juego o deporte, llenos de orgullo y del honor más distinguido y fiero.
El diario de a bordo, incluyendo los añadidos del Capitán Aolao-olao, retornó (luego de un viaje de 12 generaciones) a los Archivos Sagrados de La Universidad en Iao, donde se dispersaron durante el periodo conocido como El Tumulto, y luego preservados de forma fragmentaria en Hain. No existe registro de un contacto posterior con Seggri hasta que los Primeros Observadores fueron enviados por el Ecumen en 93/1333: un hombre alterrano y una mujer hainish, Kaza Agad y Merriment. Luego de un año de cartografiar la órbita, fotografiar, grabar y estudiar las predicciones, y analizar y aprender un lenguaje regional importante, los Observadores aterrizaron. Al estar fuertemente persuadidos de la vulnerabilidad de la cultura planetaria, se presentaron como supervivientes del naufragio de un bote pesquero, que había salido de curso, provenientes de una isla remota. Fueron, como habían anticipado, separados de inmediato, a Kaza Agad se lo llevaron al Castillo y Merriment fue conducida al pueblo. Kaza mantuvo su nombre, pues resultaba plausible en su nuevo contexto; Merriment se llamó luego Yude. Sólo poseemos su informe, del cual siguen los siguientes tres fragmentos.
De las Notas para un Informe para el Ecumen de Mobile Gerindu’uttahayudetwe’menrade Merriment, 93/1334.
34/223. Su red de comercio y de información, y por lo tanto su conciencia de lo que sucede en cualquier lugar de su mundo, es demasiado sofisticada como para que yo mantuviera mi Tonto Disfraz de Extranjera por más tiempo. Ekhaw me mandó llamar hoy y dijo:
- Si tuviéramos aquí a un señor digno de venderse o si nuestros equipos estuvieran ganando, creería que eres una espía. ¿Quién eres, de todos modos?
Respondí:
- ¿Me permitirías ir a la universidad en Hagka?
- ¿Por qué?
- Hay científicas allí, según sé. Necesito hablar con ellas.
Pareció entenderlo; hizo el característico ruido «mh» de asentimiento.
- ¿Podría ir allí con mi amigo?
- ¿Te refieres a Shask?
Las dos permanecimos aturdidas por un momento. Ella no esperaba que una mujer llamara «amigo» a un hombre, y yo no había pensado que Shask era amiga mía. Ella es muy joven, y yo no la había tomado muy en serio.
- Me refiero a Kaza, el hombre con el que vine.
- ¿Un hombre... en la universidad? - dijo, incrédula. Me miró y preguntó -: ¿De dónde vienen?
Era una pregunta justa, que no fue formulada en tono hostil o retador. Desearía haber podido responderla, pero cada vez me convenzo más de que podemos infligir un gran daño a esta gente, me temo que nos enfrentamos aquí a la Elección Resehavanar.
Ekhaw pagó mi viaje a Hagka, y Shask vino conmigo. Luego que lo pensé, me di cuenta que Shask era por supuesto mi amiga. Fue ella quien me trajo a la casamadre, persuadiendo a Ekhaw y Azman de que era su deber ser hospitalarias; era ella quien me había cuidado todo el tiempo. Sólo que era tan convencional en todo lo que hacía y decía que no me había dado cuenta de qué tan radical era su compasión. Cuando intenté agradecerle, al tiempo que nuestro pequeño carromato traqueteaba camino a Hagka, contestó las cosas que siempre dice: «Ah, todas somos familia», y «La gente se tiene que ayudar mutuamente» y «Nadie puede vivir sola».
- ¿Acaso las mujeres nunca viven solas? - le pregunté, porque todas las que conocía pertenecían a una casamadre o a una casadehijas, ya fuera en pareja o en una gran familia como la de Ekhaw, formada por tres generaciones: cinco mujeres mayores, tres de sus hijas viviendo en casa y cuatro niños: el chico al que todas mimaban y consentían, y tres chicas.
- Oh, sí - dijo Shask -. Si no quieren esposas, pueden vivir solteras. Y las ancianas, cuando mueren sus esposas, a veces viven solas hasta que mueren. Con frecuencia van a vivir a una casadehijas. En las escuelas, la vev siempre tiene un lugar para estar a solas.
A pesar de ser convencional, Shask siempre trata de responder mis preguntas de manera completa y seria; siempre piensa sus respuestas. Ha sido una informante invaluable. También me ha hecho la vida más fácil al no preguntarme de dónde vengo. Había tomado esto como la falta de curiosidad de una persona que encaja de forma segura en un modo de vida que no se cuestiona, y como el egocentrismo propio de los jóvenes. Ahora lo percibo como delicadeza.
- ¿Una vev es una maestra?
- Mh.
- ¿Y las maestras de la universidad son muy respetadas?
- Eso es lo que significa vev. Por eso le decimos a la madre de Ekhaw madre Vev Kakaw. Ella no fue a la universidad, pero es una persona sagaz, ha aprendido de la vida, tiene mucho que enseñarnos.
Así que el respeto y la enseñanza son la misma cosa, y el único término de respeto que he oído que las mujeres usan con otras mujeres significa maestra. ¿Al enseñarme a mí la joven Shask se respeta a sí misma? ¿Y/o se gana mi respeto? Esto arroja una luz nueva a lo que había visto como una sociedad en la que la riqueza era lo importante. Zadedr, la actual alcaldesa de Reha, es ciertamente admirada por su ostentoso despliegue de posesiones, pero no la llaman Vev.
Le dije a Shask:
- Me has enseñado mucho, ¿puedo llamarte Vev Shask?
Tan avergonzada como complacida, se retorció y dijo:
- Oh no no no no -. Luego dijo -: Si alguna vez vuelves a Reha me gustaría mucho tener amor contigo, Yude.
- ¡Creí que estabas enamorada del Señor Zadr! - dejé escapar.
- Ah, lo estoy - respondió, alzando los ojos con esa mirada derretida que todas exhiben al hablar de los Señores -. ¿Tú no? Sólo piensa en él follándote, ¡ay! ¡Me mojo toda sólo de pensarlo! - Sonrió y emitió una risita -. ¿A ti no te gusta? - preguntó con una ingenuidad que encontré difícil de soportar. Estaba actuando como una adolescente tonta, y yo sé que no lo es. - Pero nunca seré capaz de costeármelo - dijo, y suspiró.
Así que por eso te quieres conformar conmigo, pensé, con mala intención.
- Voy a ahorrar dinero - anunció luego de un minuto -. Creo que quiero tener un bebé el próximo año. Por supuesto que no puedo pagar al Señor Zadr, él es un Gran Campeón, pero si no voy a los juegos de Kadaki este año puedo ahorrar lo suficiente como para tener un buen señor de a de veras en nuestra follería, quizá Amo Rosra. Desearía, sé que esto es tonto, pero lo voy a decir de todos modos, sigo deseando que tú seas su mamá de amor. Sé que no puedes, que tienes que ir a la universidad. Sólo quería decírtelo. Te amo.
Tomó mis manos, se las llevó al rostro, presionó mis palmas sobre sus ojos por un momento y luego me soltó. Estaba sonriendo, pero sus lágrimas estaban en mis manos.
- Oh, Shask - dije, desarmada.
- ¡Está bien! - dijo -. Tengo que llorar un minuto - Y eso hizo. Lloró abiertamente, doblada, retorciéndose las manos y gimiendo suavemente. Le di palmaditas en el brazo y me sentí absolutamente avergonzada de mí misma. Otras pasajeras la miraron e hicieron ruiditos de simpatía. Una mujer vieja dijo: «Ya, ya está bien, cariñito». En unos cuantos minutos Shask dejó de llorar, se limpió la nariz y el rostro con su muñeca, respiró largo y profundo y dijo:
- Ya está bien - Me sonrió -. Conductora - llamó -, tengo que mear, ¿nos podemos detener?
La conductora, una mujer de semblante tenso, gruñó algo, pero detuvo el autobús en el camino amplio y cubierto de matorrales, y Shask y otra mujer se bajaron y mearon en ellos. Hay una envidiable simplicidad en muchos actos realizados en una sociedad que tiene sólo un género en toda su vida cotidiana. ¿Una sociedad, quizás - no sé esto pero se me ocurrió entonces, cuando me sentía avergonzada de mí misma - sin vergüenza?
34/245. (Dictado) Todavía no sé nada de Kaza. Creo que hice bien en darle el ansible. Espero que esté en contacto con alguien, ojalá fuera yo. Necesito saber qué ocurre dentro de los Castillos.
De cualquier manera ahora entiendo mejor lo que vi en los Juegos en Reha. Hay dieciséis mujeres adultas por cada hombre adulto. Una concepción de cada seis es un varón, pero un buen número de fetos varones inviables y alumbramientos fallidos bajan la proporción de uno a dieciséis hacia la pubertad. Mis ancestros debieron haberse divertido bastante con los cromosomas de esta gente. Me siento culpable, aunque haya ocurrido hace un millón de años. Tengo que saber vivir sin vergüenza pero más me vale no olvidar el buen uso de la culpa. En fin. Un pueblo tan pequeño como Reha comparte su Castillo con otros pueblos. Ese confuso espectáculo al que me llevaron en mi décimo día aquí abajo era el intento del Castillo Awaga por mantener su lugar en los Grandes Juegos contra un castillo más al norte, y su derrota. Lo que significa que este año el equipo de Awaga no puede estar en el juego más importante en Fadrga, la ciudad al sur de aquí, desde donde los ganadores van a competir al gran gran juego en Zask, a donde va gente de todo el continente, cientos de competidores y miles de espectadoras. Vi algunos holos de los Grandes Juegos del año pasado en Zask. Había 1280 jugadores, dijeron las comentaristas, y cuarenta balones en juego. Me pareció un caos total, se ajustaba más a una batalla entre dos ejércitos desarmados, pero me han dicho que requiere mucha habilidad y estrategia. Todos los miembros del equipo ganador obtienen un título especial durante ese año, y otro vitalicio, además de llevar la gloria a sus Castillos y a los pueblos que los apoyan.
Ahora puedo extraer algo de sentido sobre cómo funciona esto, ver el sistema desde fuera, porque la universidad no apoya ningún Castillo. Las mujeres aquí no están obsesionadas con los deportes ni los atletas ni los sexys señores en la forma en que lo estaban las jóvenes de Reha, y algunas de las viejas. Es una especie de obsesión obligatoria: echa porras a tu equipo, apoya a tus hombres valientes, adora a tu héroe local. Tiene sentido. Dada la situación, necesitan hombres fuertes y saludables en sus follerías; la selección social que refuerza la selección natural. Pero me alegro de estar alejada de los hurra-hurra, los desmayos y los carteles de tipos de músculos hinchados, penes enormes y ojos de alcoba.
He hecho la Elección Resehavanar. Escogí la opción: menos que la verdad. Shoggrad y Skodr y las otras maestras, profesoras las llamaríamos nosotros, son inteligentes, personas ilustradas, perfectamente capaces de entender el concepto de viaje espacial, etc., de hacer decisiones sobre innovación tecnológica, etc. Limité mis respuestas a sus preguntas sobre tecnología. Las dejé asumir, como hacen la mayor parte de los pueblos, sobre todo aquellos que son monoculturales, que nuestra sociedad se parece mucho a la suya. Cuando descubran en cuánto difiere, el efecto será revolucionario, y no tengo ninguna orden, razón o deseo por causar una revolución tal en Seggri.
Su desequilibrio genérico ha producido una sociedad en la que, puedo decir hasta ahora, los hombres tienen todos los privilegios y las mujeres tienen todo el poder. Obviamente es un acuerdo estable. De acuerdo con su historia, ha durado unos dos milenios y, probablemente, de una forma u otra, mucho más. Pero podría desestabilizarse muy rápido y de manera desastrosa al contacto con nosotros, si experimentan la norma humana. No sé si los hombres se aferrarían a su estatus privilegiado o exigirían la libertad, pero de seguro las mujeres se resistirían a entregar el poder, y su sistema sexual y de relaciones afectivas se vendría abajo. Aunque aprendieran a deshacer el programa genético que les fue infligido, les llevaría varias generaciones recuperar la distribución normal de géneros. Yo no puedo ser el susurro que desate la avalancha.
34/266. (Dictado). Skodr no llegó a ningún lado con los hombres del Castillo Awaga. Tuvo que hacer sus averiguaciones con mucho cuidado, porque pondría en peligro a Kaza si les dijera que es alienígena o extraño de alguna manera. Lo tomarían como un reclamo de superioridad, que él tendría que defender en torneos de fuerza y habilidad. Entiendo que las jerarquías al interior de los Castillos son marcos rígidos, en los que un hombre sube o baja a través de retos, ganando o perdiendo torneos obligatorios y opcionales. Los deportes y los juegos que ven las mujeres son sólo las muestras para espectáculo de una serie inacabable de competencias que ocurren dentro de los Castillos. Como hombre adulto que nunca ha sido entrenado, Kaza estaría en total desventaja en estas competencias. La única forma de zafarse de ellos, me dijo Skodr, sería fingiendo enfermedad o idiotez. Ella cree que él debió recurrir a ello, porque sigue vivo, pero es todo lo que pudo averiguar: «el hombre que fue encontrado en Taha-Reha está vivo».
A pesar de que las mujeres alimentan, visten, dan techo y apoyan a los Señores del Castillo, es evidente que dan por hecho su falta de cooperación. Ella parecía contenta por haber obtenido esa brizna de información. Yo también.
Pero tenemos que sacar a Kaza de allí. Entre más escucho a Skodr más peligroso suena. Sigo pensando en ellos como en mocosos mimados, pero estos hombres podrían ser más bien como soldados en campos de entrenamiento militares. Sólo que el entrenamiento nunca termina. Al ganar competencias obtienen todo tipo de títulos y niveles que uno podría traducir como «generales» y otros nombres que los militares tienen para sus propios grados de poder. Algunos de los «generales», los Señores, los Amos y demás, son los ídolos de los deportes, los favoritos de las follerías, como el adorado de la pobre Shask; pero cuando envejecen parece que intercambian gloria entre las mujeres por el poder entre los hombres, y se convierten en tiranos al interior de sus Castillos, gobernando a los hombres «inferiores», hasta que son derrotados, echados fuera. Con frecuencia, los viejos señores viven solos, en casitas próximas a los Castillos, y se les considera locos y peligrosos: como garañones feroces.
Suena como una vida miserable. Todo lo que se les permite hacer después de los once años es competir en los juegos y deportes al interior del Castillo y competir en las follerías, después de los quince, en dinero y en número de encuentros. No más. Ninguna opción. Ningún tipo de intercambio. Sin conocer habilidades para el trabajo. Sin viajes a excepción de los que se hacen para participar en los grandes juegos. No se les permite ir a las escuelas para adquirir algún tipo de libertad mental. Le pregunté a Skodr la razón por la cual un hombre inteligente no podría venir a estudiar a la universidad, y me dijo que el aprendizaje era muy malo para los hombres: les debilita el sentido del honor, ablanda sus músculos y los deja impotentes.
- Lo que ganan para el cerebro lo pierden de los testículos - dijo -. Los hombres tienen que ser alejados de la educación por su propio bien.
Traté de «ser agua», como me enseñaron, pero me disgusté. Ella lo sintió probablemente, porque después de un rato me contó lo de «la escuela secreta». Algunas mujeres de la universidad pasan información de contrabando a los hombres en los Castillos. Los pobres muchachos se enseñan mutuamente en secreto. Se anima a los chicos menores de quince a tener relaciones homosexuales, pero oficialmente no son toleradas entre los hombres adultos; ella dice que las «escuelas secretas» suelen estar dirigidas por hombres homosexuales. Tienen que guardar el secreto porque si son descubiertos leyendo o discutiendo ideas pueden ser castigados por sus Señores y Amos. Han habido algunos trabajos interesantes en estas «escuelas secretas», me dijo Skodr, pero tuvo que pensarlo mucho para darme algunos ejemplos. Uno fue un hombre que se las arregló para hacer circular fuera un teorema matemático interesante y otro era un pintor cuyos paisajes, aunque primitivos en cuanto a técnica, eran admirados por las profesionales del arte. No pudo recordar su nombre.
Las artes, las ciencias, toda la enseñanza, todas las técnicas profesionales son haggyad, habilidades para el trabajo. Todas ellas se enseñan en las escuelas y universidades; no hay divisiones y existen muy pocas especialidades. Maestras y alumnas cruzan y mezclan los campos todo el tiempo; ser una famosa catedrática de un campo no te evita ser una alumna de otro. Skodr es una vev de fisiología, escribe obras de teatro y se encuentra estudiando historia con una de las vevs de historia. Su manera de pensar es informada, vivaz, carente de temor. Mi Escuela en Hain podría aprender de esta universidad. Es un lugar magnífico, lleno de mentes libres. Pero mentes de un solo género. Una libertad cercada.
Espero que Kaza haya encontrado una escuela secreta o algo, alguna manera de encajar dentro del Castillo. Es muy adaptable, pero estos hombres han entrenado durante años para juegos muy violentos. Las mujeres dicen no te preocupes, no dejamos que los hombres se maten unos a otros, los protegemos, son nuestro tesoro. Pero he visto en los holos cómo se llevan a hombres que sufren concusiones en sus luchas de artes marciales donde se arrojan unos a otros de forma espectacular.
- Sólo luchadores sin experiencia salen lastimados.
Muy consolador. Y luchan con toros. Y en esa lucha que ellos llaman el Gran Juego se rompen las piernas y los tobillos unos a otros deliberadamente.
- ¿Qué es un héroe sin un miembro? - dicen las mujeres.
Tal vez sea lo más seguro de hacer, provocar que te rompan una pierna para que ya no tengas que probar que eres un héroe. ¿Pero qué otra cosa tiene Kaza que probar?
Le pedí a Shask que me hiciera saber si alguna vez sabía de él en la follería de Reha. Pero el Castillo Awaga da servicio (ésa es la palabra, la misma que usan para sus toros) a cuatro pueblos, así que él puede ser enviado a cualquiera de los otros. Pero quizá no, porque a los hombres que no ganan no se les permite ir a las follerías. Sólo a los campeones. Y a los chicos entre los quince y diecinueve, a los que las mujeres mayores llaman dippida, cachorros, como perritos, gatitos o corderitos. Les gusta usar a los dippida por placer, y a los campeones de las follerías para embarazarse. Pero Kaza tiene treinta y seis, no es ni un perrito ni un gatito ni un cordero. Es un hombre, y éste es un lugar terrible para ser un hombre.
Kaza Agad había sido asesinado; los Señores del Castillo Awaga finalmente dieron a conocer el hecho, pero no las circunstancias. Un año después, Merriment contactó por radio a su lanzadera y dejó Seggri rumbo a Hain. Su recomendación fue observar y evitar. Los Estables, sin embargo, decidieron enviar otro par de observadores; esta vez eran dos mujeres, Mobiles Alee Iyoo y Zerin Wu. Vivieron ocho años en Seggri, después de tres años como Primeras Mobiles; Iyoo se quedó como Embajadora otros quince años. Escogieron la Elección Resehavanar como «toda la verdad lentamente». Se estableció un límite de doscientos visitantes extramundanos. En las generaciones siguientes, la gente de Seggri, al acostumbrarse a la presencia alienígena, consideró sus opciones como miembros del Ecumen. Se abandonaron propuestas para un referendum planetario por una alteración genética, ya que los votos de los hombres serían insignificantes a menos que los votos de las mujeres fueran reducidos a proporción. Hasta la fecha de este reporte los Seggri no han adoptado una alteración genética importante, aunque han aprendido y aplicado varias técnicas de reparación, que han resultado en una proporción más alta de infantes varones que llegan a buen término. La proporción de género se encuentra ahora en un 12:1.
Lo siguiente es un escrito dado a la Embajadora Eritho te Ves in 93/1569 por una mujer en Ush en Seggri
Me pediste, querida amiga, que te contara aquello que yo quisiera que otra gente en otros mundos supiera sobre mi vida y mi mundo. ¡Eso no es fácil! ¿Deseo que cualquiera en cualquier lado sepa algo sobre mi vida? Sé lo extraños que parecemos para los otros, para las razas mitad y mitad. Sé que nos miran como retrógrados, provincianos, incluso perversos. Quizá en unas décadas más decidamos que deberemos rehacernos a nosotros mismos. No estaré viva para entonces; no creo que quisiera estarlo. Me gusta mi gente. Me gustan nuestros hombres, fieros, hermosos y orgullosos, no quiero que se vuelvan como mujeres. Me gustan nuestras mujeres, poderosas, generosas y confiables, no quiero que se vuelvan como hombres. Y aún así veo que entre ustedes cada hombre tiene su propio ser y naturaleza, cada mujer tiene la suya, y apenas puedo decir qué es lo que creo que perderíamos.
Cuando era una niña tuve un hermano año y medio más joven que yo. Su nombre era Ittu. Mi madre había ido a la ciudad y había pagado los ahorros de cinco años por mi señor, un Amo Campeón de la Danza. El señor de Ittu fue un tipo viejo de la follería de nuestra villa; lo llamaban «Amo Caetepatrás». Nunca había sido campeón de nada, no había señoreado un hijo en años, sólo estaba bastante feliz de poder follar gratis. Mi madre siempre se reía de eso: ¡todavía me estaba amamantando, ni siquiera había usado un preventivo, y le había dado una propina de dos cobres! Cuando se descubrió embarazada se puso furiosa. Cuando hicieron las pruebas y se supo que era un feto varón se disgustó todavía más por tener, como dicen, que esperar por el malparto. Pero cuando Ittu nació sano y robusto, ella le dio al viejo señor doscientos cobres, todo el efectivo que poseía.
No fue delicado como tantos bebés, pero ¿cómo puedes evitar proteger y mimar a un chico? No recuerdo un solo momento en el que no hubiera cuidado a Ittu, teniendo siempre claro en la cabeza lo que Hermanito podía y no podía hacer y lo que debía evitar que hiciera. Estaba orgullosa de mi responsabilidad, y engreída también, porque tenía un hermano del cual cuidar. Ninguna otra casamadre de mi villa tenía a un hijo varón en casa.
Ittu era un niño encantador, una estrella. Tenía el cabello suave, como de lana, muy común en esta parte de Ush, y ojos grandes; su naturaleza era dulce y entusiasta, y era muy lúcido. Las otras niñas lo adoraban y siempre querían estar jugando con él, pero él y yo éramos más felices cuando jugábamos aparte, en juegos largos y elaborados de imaginación. Poseíamos una manada de doce cabezas de ganado que una anciana de la villa había esculpido en cáscara de bule para Ittu - la gente siempre le daba regalos -, que eran los actores de nuestro juego más querido. Nuestro ganado vivía en un país llamado Shush, donde corrían grandes aventuras, escalaban montañas, descubrían nuevas tierras, navegaban ríos intrépidos, y demás. Como en cualquier ganado, como el de nuestra villa, las vacas viejas eran las líderes; el toro vivía apartado; los otros machos estaban capados; y las vaquillas eran las aventureras. Nuestro toro hacía visitas ceremoniales para dar servicio a las vacas y luego iba a pelear con los hombres al Castillo Shush. Hicimos el castillo de barro y los hombres eran palitos, y nuestro toro siempre ganaba, haciendo pedazos a los hombres-palo. Luego, algunas veces, reducía a pedazos al castillo también. Pero lo mejor de nuestras historias se contaba con dos de las vaquillas. La mía se llamaba Op y la de mi hermano era Utti. Una vez nuestras vaquillas heroínas vivían una gran aventura en la corriente que atraviesa nuestra villa y su bote se alejó de nosotros. Lo encontramos atorado en un tronco en un tramo donde la corriente era rápida y profunda. Mi vaquilla todavía estaba adentro. Ambos remamos y remamos pero nunca encontramos a Utti. Se había ahogado. El Ganado de Shush le hizo grandes funerales, e Ittu la lloró amargamente.
Lamentó tanto tiempo la muerte de su valiente juguetito que le pregunté a Djerdji, la encargada del ganado, si podríamos trabajar para ella, porque pensé que trabajar con el ganado de verdad podría animar a Ittu. Ella estuvo feliz de conseguir dos pares de manos gratis (cuando Madre supo que de veras trabajábamos, hizo que Djerdji nos pagara un cuarto de cobre al día). Montábamos dos vacas viejas grandes y mansas, en sillas tan grandes que Ittu podía acostarse en la suya. Llevábamos una cuadrilla de becerros de dos años al desierto a apacentar el edta que crece mejor cuando es pastado. Se suponía que debíamos cuidar que no vagabundearan y no se cayeran en trampas y que cuando quisieran recogerse a rumiar deberíamos reunirlos en un lugar donde sus restos nutrirían plantas útiles. Nuestras viejas monturas hacían la mayor parte del trabajo. Madre fue un día, revisó lo que hacíamos y decidió que estaba bien y que estar fuera en el desierto nos mantenía sanos y en forma.
Amábamos nuestras vacas de montura, pero eran serias y responsables, como las adultas de nuestra casamadre. Los becerros eran otra cosa; todos eran raza de montar, no eran animales finos, por supuesto, sólo de villa; pero al vivir del edta estaban gordos y tenían mucho espíritu. Ittu y yo los montábamos a pelo con una soga por rienda. Al principio, terminábamos de espaldas, viendo cómo las patas y una cola de becerro volaban lejos de nosotros. Al finalizar el año éramos buenos jinetes, y nos dio por enseñar trucos a nuestras monturas, intercambiábamos monturas a todo galope, y saltábamos cornamentas. Él entrenó un gran buey ruano de tres años con cuernos de lira. Ambos bailaban como los mejores cornamenteros de los grandes Castillos que veíamos en los holos. No pudimos guardarnos nuestra excelencia para nosotros solos en el desierto; empezamos a montar espectáculos para las otras niñas, y las invitábamos a venir a Manantiales Salados para ver nuestro Gran Espectáculo de Rodeo. Y por supuesto que las adultas se enteraron.
Mi madre era una mujer valiente, pero fue demasiado incluso para ella. Me dijo con furia helada:
- Confié en ti para que cuidaras a Ittu. Me defraudaste.
Todas las otras habían estado dale y dale diciéndome que había arriesgado la vida preciosa de un niño, el Seguro de la Esperanza, la Morada del Tesoro de la Vida, etcétera, pero fue lo que dijo mi madre lo que me hirió.
- Sí cuido a Ittu, y él me cuida - le dije, con la pasión por la justicia que sólo los niños conocen, el derecho de nacimiento que pocos honramos. - Ambos sabemos lo que es peligroso y no hacemos estupideces y conocemos a nuestro ganado y hacemos todo juntos. Cuando él tenga que irse al Castillo tendrá que hacer cosas mucho más peligrosas, pero así al menos sabrá cómo hacer una de ellas. Y allá las va a tener que hacer solo, pero aquí hicimos todo juntos. Y no te defraudé.
Mi madre nos miró. Yo tenía casi doce, Ittu tenía diez. Rompió a llorar, se sentó en la suciedad y sollozó en alta voz. Ittu y yo fuimos a abrazarla y lloramos. Ittu dijo:
- No me iré. No me iré a ese maldito Castillo. ¡No pueden obligarme!
Y yo le creí. Él se creyó a sí mismo. Mi madre sabía más.
Quizá algún día será posible para un chico escoger su propia vida. Entre sus pueblos el cuerpo de un hombre no determina su destino, ¿verdad? Quizá algún día así será aquí también.
Nuestro Castillo, Hidjegga, tenía desde luego el ojo puesto en Ittu desde que nació; una vez al año Madre les enviaba el reporte de la doctora, y cuando cumplió cinco años, Madre y sus esposas lo llevaron a la ceremonia de Confirmación. Ittu estaba avergonzado, disgustado y halagado. Me dijo en secreto:
- ¡Había todos estos hombres viejos que olían chistoso y me hicieron quitarme toda la ropa y tenían estas cosas para medir y midieron mi pipí! Y dijeron que estaba muy bien. Dijeron que era bueno. ¿Qué pasa cuando desciendes?
No era la primera pregunta que me había hecho que no podía responder, pero como siempre inventé la respuesta:
- Descender significa que puedes tener bebés - dije, lo que, en un sentido, no estaba tan fuera del tiesto.
Algunos Castillos, me han dicho, preparan a los chicos de nueve y diez años para la Ruptura, los arrullan con visitas de los chicos mayores, boletos para los juegos, tours del parque y sus edificios, para que estén ansiosos por ir al Castillo cuando cumplan once años. Pero nosotros, los «difuera», granjeros de los límites del desierto, manteníamos las ásperas y antiguas tradiciones. Además de la Confirmación, un chico no tenía ningún contacto con los hombres hasta su undécimo cumpleaños. Ese día todas aquellas que había conocido hasta entonces lo llevaban hasta la Puerta y lo entregaban a los extraños con los que viviría el resto de su vida. Hombres y mujeres por igual creían y todavía creen que esta ruptura total hace al hombre.
Vev Ushiggi, que había tenido un hijo y un nieto, y había sido alcaldesa cinco o seis veces, a quien se le tenía en gran estima aunque nunca había tenido mucho dinero, oyó a Ittu decir que no iría al maldito Castillo. Vino al otro día a nuestra casamadre y pidió hablar con él. Luego él me confió lo que ella dijo. No hizo ninguna promesa ni le prodigó mimos. Le dijo que había nacido para servir a su pueblo y que tenía una sola responsabilidad, señorear niños cuando tuviera la edad; y un solo deber, ser un hombre fuerte y valiente, más fuerte y más valiente que los otros hombres, para que las mujeres lo escogieran para señorear a sus hijos. Ella dijo que él debía vivir en el Castillo porque los hombres no podían vivir entre las mujeres.
Ante esto, Ittu le preguntó:
- ¿Por qué no pueden?
- ¿Eso hiciste? - dije yo, impresionada por su valor, porque Vev Ushiggi era una anciana formidable.
- Sí. Y ella no respondió. Le tomó un montón de tiempo. Me miró y luego miró hacia algún lugar, entonces se me quedó viendo un largo rato y finalmente dijo: «porque los destruiríamos».
- Pero eso es delirante - dije -. Los hombres son nuestros tesoros. ¿Por qué dijo eso?
Ittu, desde luego, no lo sabía. Pero pensó mucho lo que ella le había declarado, y creo que nada de lo que ella pudo haber dicho lo hubiera impresionado más.
Luego de la discusión, las ancianas de la villa y mi madre y sus esposas decidieron que Ittu podía seguir practicando salto de cornamentas, porque realmente le sería una habilidad útil en el Castillo; pero ya no podría apacentar ganado nunca más, ni ir conmigo cuando lo hiciera, ni unirse a cualquier tipo de trabajo que realizaran las niñas de la villa, ni a sus juegos.
- Has hecho todo junto a Po - le dijeron -, pero ella debería hacer las cosas junto a las otras niñas, y tú las deberías hacer por ti mismo, como hacen los hombres.
Siempre eran muy amables con Ittu, pero eran severas con nosotras las chicas; si nos veían incluso hablando con Ittu nos decían váyanse a sus quehaceres, dejen al chico solo. Cuando desobedecíamos - cuando Ittu y yo nos escapábamos para vernos en Manantiales Salados para montar juntos, o nos reuníamos en nuestro antiguo sitio de juegos junto a la corriente, para hablar - a él se le daba un tratamiento de frío silencio para avergonzarlo, pero a mí me castigaban. Un día me encerraron en el sótano del viejo molino para procesar fibras, que era lo que mi villa usaba como prisión; la segunda vez fueron dos días; la tercera vez que nos descubrieron solos juntos, me encerraron en ese sótano por diez días. Una joven llamada Fersk me traía comida una vez al día y se aseguraba de que tenía suficiente agua y que no estaba enferma, pero no hablaba; así es como castigaban siempre a la gente en las villas. Podía oír a las otras niñas andar por las calles en la noche. Por fin se ponía oscuro y podía dormir. No tenía nada que hacer en todo el día, ningún trabajo, nada en qué pensar excepto en el escarnio y la afrenta en que me encontraba por haber traicionado su confianza, y la injusticia de mi castigo dado que a Ittu no lo habían castigado.
Cuando salí, me sentí distinta. Como si algo se hubiera cerrado dentro de mí cuando estuve encerrada en ese sótano.
Cuando comíamos en la casamadre se aseguraban que Ittu y yo no nos sentáramos el uno cerca del otro. Por un tiempo ni siquiera nos hablamos. Volví a la escuela y al trabajo. Ignoraba lo que Ittu hacía en todo el día. No pensaba en ello. Faltaban sólo cincuenta días para su cumpleaños.
Una noche fui a la cama y encontré una nota bajo mi almohada: en el deposito estanoshe. Ittu nunca supo ortografía; lo poco que sabía escribir se lo había enseñado yo en secreto. Estaba asustada y enojada, pero esperé una hora hasta que todas estuvieron dormidas, me levanté y me arrastré afuera a la noche llena de viento y de estrellas, y corrí hacia el pozo. Era bien entrada la estación seca y la corriente apenas si estaba circulando. Ittu estaba allí, abrazando sus rodillas, un terroncito de sombra en la pálida y rota arcilla del depósito.
Lo primero que dije fue:
- ¿Quieres que me encierren otra vez? ¡Dijeron que la próxima vez serían treinta días!
- A mí van a encerrarme por cincuenta años - dijo Ittu, sin mirarme.
- ¿Y qué se supone que yo puedo hacer? ¡Esa es la forma en que tiene que ser! Tú eres un hombre. Tienes que hacer lo que hacen los hombres. No te van a encerrar, de todos modos, vas a jugar y a venir al pueblo para dar servicio y todo eso. ¡Ni siquiera sabes lo que es estar encerrado!
- Quiero ir a Seradda - dijo Ittu, hablando muy rápido, sus ojos brillaban cuando volteó a verme -. Podríamos tomar las vacas de montar hasta la estación de autobuses en Redang, ahorré dinero, tengo veintitrés cobres, podríamos tomar el transporte a Seradda. Las vacas regresarían a casa si las soltamos.
- ¿Y qué crees que vas a hacer en Seradda? - pregunté, desdeñosa aunque con curiosidad. Nadie de nuestra villa había ido nunca a la capital.
- Las del Ecamen están allí - dijo.
- El Ecumen - lo corregí -. ¿Y qué?
- Podrían llevarme consigo - dijo Ittu.
Me sentí muy extraña cuando dijo eso. Todavía seguía enojada y desdeñosa pero la pena crecía en mí como agua oscura -. ¿Por qué iban a hacer eso? ¿Para qué iban a hablar con algún niñito? ¿Cómo ibas a encontrarlas? Veintitrés cobres no es suficiente, de todos modos. Seradda está muy lejos. Esa idea es realmente tonta. No puedes hacer eso.
- Pensé que vendrías conmigo - dijo Ittu. Su voz era más suave pero no temblaba.
- Yo no haría una cosa tonta como ésa - dije furiosa.
- Muy bien - dijo -. Pero no lo vas a decir. ¿Verdad?
- ¡No, no lo voy a decir! - dije -. Pero no puedes huir, Ittu. No puedes. Sería... sería deshonroso.
Esta vez, al responder, su voz tiritó.
- No me importa - dijo -. No me importa el honor. ¡Quiero ser libre!
Ambos estábamos anegados en lágrimas. Me senté junto a él y nos mecimos juntos como solíamos hacerlo, y lloramos un rato; no mucho; no estábamos acostumbrados a llorar.
- No puedes hacer eso - le susurré -. No funcionará, Ittu.
Asintió, aceptando mi sabiduría.
- No será tan malo en el Castillo - dije.
Después de un minuto se apartó de mí muy ligeramente.
- Nos veremos - dije.
Él sólo dijo:
- ¿Cuándo?
- En los juegos. Yo podré verte. Apuesto a que serás el mejor jinete y saltador de cornamentas allí. Apuesto a que ganarás todos los premios y serás un Campeón.
Asintió, dudoso. Ambos sabíamos que yo había traicionado nuestro amor y mi sed de justicia, mi derecho de nacimiento. Sabía que no tenía esperanza.
Esa fue la última vez que hablamos solos, y casi la última vez que hablamos.
Ittu se escapó diez días después, se llevó la vaca de montar y se dirigió a Redang; le siguieron la pista fácilmente y lo tuvieron de vuelta en la villa antes del anochecer. No sé si él pensó que yo les había dicho a dónde se dirigía. Estaba tan avergonzada por no haber ido con él que no pude mirarlo. Me mantuve apartada de él; ya no tuvieron que obligarme a hacerlo. Él no hizo ningún esfuerzo por hablar conmigo.
Comenzaba mi pubertad, y mi primera sangre fue la noche anterior al cumpleaños de Ittu. A las mujeres menstruantes no se les permite aproximarse a las Puertas en los Castillos conservadores como el nuestro, así que cuando Ittu fue convertido en hombre, tuve que quedarme atrás entre otras chicas y mujeres y no pude ver gran cosa de la ceremonia. Permanecí en silencio mientras ellas cantaban, y miré hacia abajo, hacia la suciedad y hacia mis nuevas sandalias y mis pies, sentí el dolor y el tirón de mi vientre y el secreto movimiento de la sangre, y me afligí. Supe incluso entonces que esa aflicción iba a acompañarme el resto de mi vida.
Ittu ingresó y las Puertas se cerraron.
Se convirtió en un Joven Campeón Saltacornamentas, y por dos años, cuando tenía dieciocho y diecinueve, vino un par de veces a dar servicio a nuestra villa, pero yo nunca lo vi. Una de mis amigas folló con él y comenzó a hablarme de ello, sobre lo lindo que había sido él, pensando que a mí me gustaría oír, pero la callé y me alejé cegada de una furia que ninguna de las dos entendió.
Fue traspasado a otro castillo de la costa este cuando tenía veinte años. Cuando nació mi hija le escribí, y varias veces después, pero él nunca contestó mis cartas.
No sé qué te he dicho sobre mi vida y mi mundo. No sé si esto es lo que querías saber. Es lo que tenía que contar.
Lo siguiente es un cuento corto escrito en 93/1586 por una escritora popular de la ciudad de Adr, Sem Gridji. La literatura clásica de Seggri consistía del poema narrativo y el teatro. Los poemas clásicos y las obras de teatro se escribían en colaboración, en la versión original y también por las escritoras de las generaciones subsiguientes, a menudo anónimas. Se le adjudicaba escaso valor a la preservación de los textos «originales», dado que la obra era vista como un proceso continuo. Probablemente bajo la influencia Ecuménica, a finales del siglo dieciséis, algunas autoras individuales comenzaron a escribir narrativa corta en prosa, histórica y de ficción. El género se volvió popular, particularmente en las ciudades, aunque nunca obtuvo los públicos inmensos de las grandes epopeyas y obras clásicas. Literalmente todas sabían los argumentos y muchas citas de las epopeyas y obras de teatro, de los libros y el holo, y casi toda mujer adulta había visto o participado en una representación sobre las tablas de varias de ellas. Eran una de las influencias unificadoras principales de la monocultura seggriana. La narrativa en prosa, leída en silencio, servía más como vehículo a través del cual la cultura podía cuestionarse a sí misma, y como una herramienta para el auto-examen moral individual. Las mujeres conservadoras seggrianas desaprobaban el género por ser antagónico a la estructura colaboradora e intensamente cooperativa de su sociedad. La ficción no estaba incluida en el currículum de los departamentos de literatura de las universidades, y era a menudo rechazada con desprecio: «la ficción es para los hombres».
Sem Gridji publicó tres libros de cuentos. Su estilo descarnado y tajante es característico del cuento corto seggriano.
Amor Fuera de Lugar
Por Sem Gridji
Azak creció en una casamadre en Comarca Río Abajo, cerca de los molinos textiles. Era una chica brillante y su familia y vecindario estuvieron orgullosas de reunir el dinero para enviarla a la escuela. Volvió a la ciudad como la encargada de uno de los molinos. Azak trabajaba bien con las otras; prosperó. Tenía una idea clara de lo que quería hacer en los próximos años: encontrar dos o tres compañeras con las que pudiera empezar una casadehijas y un negocio.
Una hermosa mujer al inicio de la primavera, Azak encontró gran placer en el sexo, especialmente en el intercambio con los hombres. Aunque ahorraba dinero para su plan de fundar un negocio, también gastaba una gran cantidad en la follería, iba allí a menudo, algunas veces contrataba dos hombres al mismo tiempo. Le gustaba ver cómo se incitaban mutuamente a exceder su destreza más allá de lo que hubieran alcanzado solos, y cómo se avergonzaban el uno al otro cuando fracasaban. Ella encontraba los penes flácidos muy desagradables, y no dudaba en despedir al hombre que no pudiera penetrarla dos o tres veces en una noche.
El Castillo de su distrito compró un Joven Campeón en el Torneo de Danza de los Castillos del Sudeste, y pronto lo envió a la follería. Habiéndolo visto bailar en las finales en la holovisión y cautivada por su estilo fluido y gracioso y por su belleza, Azak estaba ansiosa de que le diera servicio. Su precio era el doble de cualquier otro allí, pero no dudó en pagarlo. Lo encontró guapo y afable, ansioso y gentil, hábil y cumplidor. En su primera noche llegaron al orgasmo cinco veces. Al irse, ella le dejó una espléndida propina. Antes de que transcurriera una semana, ella estaba de vuelta, pidiendo a Toddra. El placer que él le proporcionaba era exquisito, y pronto ella estuvo obsesionada con él.
- Desearía tenerte todo para mí - le dijo una noche mientras yacían juntos, lánguidos y satisfechos.
- Ese es el deseo de mi corazón - dijo él -. Desearía ser tu sirviente. Ninguna de las otras mujeres que vienen aquí me yerguen. No las quiero. Te quiero sólo a ti.
Se preguntó si él estaba diciendo la verdad. La siguiente vez que fue, le preguntó como de casualidad a la encargada si Toddra era tan popular como habían esperado.
- No - dijo la encargada -. Todas las demás reportan que le toma mucho tiempo erguirse, y es hosco y descuidado con ellas.
- Qué raro - dijo Azak.
- No tanto - dijo la encargada -. Está enamorado de ti.
- ¿Un hombre enamorado de una mujer? - dijo Azak, y se rió.
- Sucede con frecuencia - dijo la encargada.
- Pensé que sólo las mujeres se enamoran - dijo Azak.
- Las mujeres se enamoran de un hombre, a veces, y eso es malo también - dijo la encargada -. ¿Puedo advertirte, Azak? El amor sólo debe darse entre mujeres. Está fuera de lugar aquí. No puede llevar a ningún fin. Odio perder el dinero, pero desearía que follaras con algunos de los otros hombres y no pidieras siempre a Toddra. Lo estás animando, ves, a algo que le hace daño.
- ¡Pero él y tú están haciendo montones de dinero gracias a mí! - dijo Azak, todavía tomándolo como una broma.
- Haría más dinero de otras mujeres si no estuviera enamorado de ti - dijo la encargada. A Azak le pareció un argumento débil contra el placer que encontraba en Toddra, y dijo:
- Bueno, él puede follar con todas ellas cuando haya acabado con él, pero por ahora, lo quiero a él.
Después de su encuentro esa noche, le dijo a Toddra:
- La encargada aquí dice que estás enamorado de mí.
- Te dije que lo estaba - dijo Toddra -. Te dije que quería pertenecerte, servirte, a ti sola. Moriría por ti, Azak.
- Eso es tonto - dijo ella.
- ¿No te gusto? ¿No te complazco?
- Más que ningún otro hombre que he conocido - dijo, besándolo -. Eres hermoso y enteramente satisfactorio, mi dulce Toddra.
- No quieres a ninguno de los otros hombres aquí, ¿verdad? - preguntó.
- No. Todos son hurgadores feísimos, comparados con mi bello bailarín.
- Escúchame entonces - dijo, sentándose y hablando muy serio. Era un hombre esbelto de veintidós años, de miembros largos y de músculos suaves, ojos grandes y separados, y boca de labios delgados y sensuales. Azak yacía presionando sus caderas, pensando lo encantador y amoroso que era -. Tengo un plan - dijo -. Cuando bailo, tú lo sabes, en las danzas - relato, represento a una mujer, desde luego; lo he hecho desde que tenía doce. La gente siempre dice que no puede creer que sea un hombre, porque represento tan bien a una mujer. Si me escapara - de aquí, del Castillo - como una mujer... ¿podría venir a tu casa como sirviente?...
- ¿Qué? - gritó Azak, estupefacta.
- Podría vivir allí - dijo con urgencia, inclinándose sobre ella -. Contigo. Siempre estaría allí. Podrías tenerme cada noche. No te costaría nada, excepto mi comida. Te serviría, te daría servicio, barrería tu casa, haría lo que fuera, lo que fuera, Azak, ¡por favor, amada mía, señora mía, déjame ser tuyo!
Vio que ella estaba todavía incrédula y se apresuró a decir:
- Podrías despedirme cuando te cansaras de mí...
- ¡Si intentaras volver al Castillo después de una escapada como esa te azotarían hasta matarte, idiota!
- Soy valioso - dijo -. Me castigarían, pero no me dañarían.
- Te equivocas. No has estado bailando y tu valor aquí se ha desplomado porque no te desempeñas bien con nadie excepto conmigo. La encargada me lo dijo.
Había lágrimas en los ojos de Toddra. A Azak le disgustaba darle dolor, pero estaba genuinamente aturdida ante ese plan de locos.
- Y si fueras descubierto, querido mío - dijo con más gentileza -, yo caería en total desgracia. Es un plan muy infantil, Toddra: por favor, nunca sueñes otra vez con una cosa como ésa. Pero estoy verdadera, verdaderamente encariñada contigo, te adoro y no quiero a otro hombre sino a ti. ¿Crees eso, Toddra?
Él asintió. Conteniendo sus lágrimas, dijo:
- Por ahora.
- ¡Por ahora y por mucho, mucho, mucho tiempo! Mi hermoso, mi dulce y hermoso bailarín, nos tendremos el uno al otro todo el tiempo que queramos, ¡años y años! Sólo realiza tu deber con las otras mujeres que vienen, para que no seas vendido por tu Castillo, ¡por favor! No soportaría perderte, Toddra.
Y aferrándolo apasionadamente entre sus brazos, lo irguió de inmediato, lo abrió y pronto ambos estaban gritando en la plenitud del goce.
Aunque ella no podía tomar su amor completamente en serio, ¿pues qué podía salir de una emoción tan fuera de lugar, que no fueran planes tan tontos como el que le había propuesto?... aún así él había tocado su corazón y ella experimentaba una ternura hacia él que incrementaba enormemente el placer de su intercambio. Así que durante más de un año ella pasaba dos o tres noches con él en la follería, que era lo más que podía permitirse. La encargada, todavía intentando desanimarlo de su amor, no rebajaba el monto de Toddra, aunque no fuera popular entre las otras clientas de la follería; así que Azak gastaba una enorme cantidad de dinero en él, aunque él, después de la primera noche, nunca aceptó una propina de ella.
Entonces una mujer que no había podido concebir con ninguno de los señores de la follería probó con Toddra, y a la primera concibió, y al hacerse las pruebas descubrió que el feto era varón. Otra mujer concibió con él, otra vez un feto varón. De inmediato Toddra estaba en demanda como señor. Las mujeres comenzaron a venir de toda la ciudad para ser servidas por él. Esto significó, desde luego, que él debía estar libre durante sus periodos de ovulación. Ahora había muchas noches que él no podía encontrarse con Azak, porque era imposible sobornar a la encargada. Toddra detestaba su popularidad, pero Azak lo tranquilizaba y le daba ánimo, diciéndole lo orgullosa que estaba de él, y cómo su trabajo jamás interferiría con su amor. De hecho, ella no lamentaba que él tuviera tanta demanda, porque había encontrado otra persona con la que quería pasar sus noches.
Esta era una joven llamada Zedr, quien trabajaba en el molino como una especialista en la reparación de máquinas. Era alta y guapa; Azak notó desde el inicio con cuánta libertad y fuerza caminaba y de qué manera tan orgullosa se mantenía de pie. Encontró un pretexto para hacerla su conocida. Le parecía a Azak que Zedr la admiraba; pero por un largo periodo cada una se comportaba como una amiga con la otra, sin hacer avances sexuales. Pasaban mucho tiempo en mutua compañía, yendo a juegos y a bailes juntas, y Azak encontró que disfrutaba más esta vida abierta y sociable que estar siempre en la follería a solas con Toddra. Hablaron de cómo podrían establecer un servicio de reparación de máquinas haciéndose socias. Al pasar el tiempo, Azak descubrió que el hermoso cuerpo de Zedr estaba siempre en sus pensamientos. Por fin, una noche en su piso de soltera, le dijo a su amiga que la amaba, pero que no quería arruinar su amistad con un deseo no bienvenido.
Zedr replicó:
- Te he querido desde que te vi, pero no quería incomodarte con mi deseo. Pensé que tú preferías a los hombres.
- Hasta ahora sí, pero quiero hacer el amor contigo - dijo Azak.
Se descubrió bastante tímida al principio, pero Zedr era experta y sutil, y podía prolongar los orgasmos de Azak hasta que ésta llegaba a una consumación como nunca había soñado. Le dijo a Zedr:
- Tú me has hecho una mujer.
- Entonces hagámonos esposas - dijo alegremente Zedr.
Se casaron, se mudaron a una casa en el oeste de la ciudad, y abandonaron el molino, estableciendo un negocio juntas.
Durante todo este tiempo, Azak no había dicho nada de su nuevo amor a Toddra, a quien había visto cada vez con menor frecuencia. Un poco avergonzada de su cobardía, se decía a sí misma que él estaba tan ocupado fungiendo como señor que no la extrañaba realmente. Después de todo, a pesar de su charla romántica sobre el amor, él era un hombre, y para un hombre follar es la cosa más importante, en lugar de ser un elemento en el amor y la vida como lo es para una mujer.
Cuando se casó con Zedr, envió a Toddra una carta, diciéndole que sus vidas se separaban, que ella ahora se mudaba y que no lo volvería a ver, pero siempre lo recordaría con afecto.
Recibió una respuesta inmediata de Toddra, una carta donde le rogaba que fuera y hablara con él, llena de votos de amor constante, mal redactada y casi ilegible. La carta la conmovió, la incomodó y la avergonzó y no la respondió.
Él le escribió una y otra vez, e intentó localizarla en la holonet en su nuevo negocio. Zedr la animó a no dar ninguna respuesta, diciendo:
- Sería cruel envalentonarlo.
Su nuevo negocio marchó bien desde el principio. Estaban en casa una noche ocupadas en cortar verduras para la cena cuando tocaron a la puerta. «Pasa», dijo Zedr, pensando que era Chochi, una amiga a la que estaban considerando como una tercera compañera. Entró una extraña, una mujer alta y hermosa con un pañuelo cubriéndole el cabello. La extraña fue directamente hacia Azak, diciendo con voz estrangulada:
- Azak, Azak, por favor, por favor déjame quedarme contigo.
El pañuelo cayó de su largo cabello. Azak reconoció a Toddra.
Estaba estupefacta y algo asustada, pero había conocido a Toddra durante mucho tiempo y había estado muy encariñada con él, y este hábito afectivo la hizo alzar sus manos hacia él como saludo. Vio miedo y desesperación en su rostro, y sintió pena por él.
Pero Zedr, adivinando quién era, estaba alarmada y furiosa. Mantuvo el cuchillo de cortar verduras en su mano. Se deslizó fuera de la habitación y llamó a la policía de la ciudad.
Cuando volvió vio al hombre rogarle a Azak que lo dejara quedarse escondido en su casa como sirviente.
- Haré lo que sea - dijo -. ¡Por favor, Azak, mi único amor, por favor! No puedo vivir sin ti. No puedo darles servicio a esas mujeres, a esas extrañas que sólo quieren quedar embarazadas. Ya no puedo bailar. Sólo pienso en ti, tú eres mi única esperanza. Seré una mujer, nadie sabrá. ¡Cortaré mi cabello, nadie sabrá!
Y así continuó, casi amenazador en su pasión, pero lastimero también. Zedr escuchó fríamente, pensando que estaba loco. Azak lo escuchaba con dolor y vergüenza.
- No, no, no es posible - le decía una y otra vez, pero él no escuchaba.
Cuando llegó la policía a la puerta y él se dio cuenta de quiénes eran, se arrojó a la parte trasera de la casa, buscando escapar. Las policías lo atraparon en el dormitorio; él luchó desesperadamente, y ellas lo redujeron con brutalidad. Azak les gritó que no lo lastimaran pero ellas no le prestaron atención, torcieron sus brazos y le pegaron en la cabeza hasta que dejó de resistirse. Lo sacaron fuera. La jefa de la tropa se quedó para tomar evidencia. Azak trató de implorar clemencia para Toddra, pero Zedr declaró los hechos y añadió que pensaba que estaba loco y era peligroso.
Luego de algunos días, Azak preguntó en la oficina de la policía y le dijeron que Toddra había sido devuelto al Castillo con una advertencia de que no se le enviara a la follería durante un año o hasta que los Señores del Castillo lo encontraran capaz de una conducta responsable. Experimentaba una gran desazón al pensar que iba a ser castigado. Zedr dijo:
- No le van a hacer daño, es demasiado valioso.
Lo mismo que él había dicho antes. Azak se puso contenta al creerlo. Estaba, de hecho, bastante aliviada de que él estuviera fuera de su camino.
Ella y Zedr tomaron a Chochi primero dentro del negocio y luego dentro de su casa. Chochi era una mujer de la comarca del puerto, dura y de buen humor, trabajadora incansable y una amante cómoda y poco demandante. Fueron felices unas con las otras y prosperaron.
Pasó un año, y luego otro. Azak fue a su vieja comarca para arreglar un contrato para trabajo de reparación con dos mujeres del molino donde había trabajado antes. Les preguntó por Toddra. Iba a la follería algunas veces, le dijeron. Había sido nombrado el Señor Campeón de su Castillo ese año, y tenía mucha demanda, y un precio más alto todavía, porque embarazaba a muchísimas mujeres y muchas de las concepciones eran varones. No estaba en demanda por el placer, le dijeron, porque tenía reputación de rudeza e incluso de crueldad. Las mujeres lo pedían sólo si querían concebir. Al pensar en su gentileza con ella, Azak encontró difícil imaginarlo comportándose brutalmente. Un duro castigo en el Castillo, pensó, debió haberlo alterado. Pero no pudo creer que él había cambiado realmente.
Pasó otro año. El negocio iba muy bien, y Azak y Chochi empezaron a hablar seriamente de tener niños. Zedr no estaba interesada en concebir, aunque estaría feliz de ser madre. Chochi tenía un hombre favorito en su follería local con el que iba algunas veces por placer; empezó a ir con él en su ovulación, porque tenía buena reputación como señor.
Azak no había vuelto a una follería desde que ella y Zedr se casaron. Honraba altamente la fidelidad, y no hacía el amor con nadie excepto con Zedr y con Chochi. Cuando pensó en preñarse, descubrió que su viejo gusto en follar con los hombres había muerto e incluso se había transformado en disgusto. No le gustaba la idea de auto - preñarse en el banco de esperma, pero el pensar en dejar que un hombre extraño la penetrara era todavía más repulsivo. Considerando qué hacer, recordó a Toddra, a quien había amado verdaderamente y con quien había tenido placer. Él era otra vez un Señor Campeón, conocido en toda la ciudad como un preñador confiable. Ciertamente no había otro hombre con el que pudiera tener placer. Y él la había amado tanto que había puesto su carrera e incluso su vida en peligro, por estar con ella. Esa conducta irresponsable había concluido. Él no le había vuelto a escribir, y el Castillo y las encargadas de la follería no lo dejarían dar servicio a las mujeres si lo creyeran loco o poco confiable. Después de todo ese tiempo, pensó, podía volver a él y darle el placer que él tanto había deseado.
Notificó a la follería el periodo esperado de su siguiente ovulación, y pidió a Toddra. Ya estaba ocupado para ese periodo, y le ofrecieron otro señor; pero ella prefirió esperar hasta el mes siguiente.
Chochi había concebido y estaba eufórica.
- ¡Apresúrate, apresúrate! - le dijo a Azak -. ¡Queremos gemelos!
Azak se encontró de nuevo deseando estar con Toddra. Lamentando la violencia de su último encuentro y el dolor que debió haberle causado, le escribió la siguiente carta:
«Querido mío, espero que nuestra larga separación y la angustia de nuestro último encuentro se olvidarán en la alegría de estar juntos otra vez, y que todavía me ames como todavía te amo yo. Estaré muy orgullosa de concebir a tu hijo, ¡y esperemos que sea un varón! Estoy impaciente por verte de nuevo, mi hermoso bailarín. Tu Azak».
No había habido tiempo para que él respondiera esta carta cuando empezó su periodo de ovulación. Ella se vistió con sus mejores ropas. Zedr todavía desconfiaba de Toddra y había intentado disuadirla de acudir a él, y la despidió con un «¡Buena suerte!» más bien malhumorado. Chochi le colgó un amuleto de maternidad alrededor del cuello, y ella se fue.
Había una nueva encargada en la follería, una joven de cara áspera que le dijo:
- Llama si te da problemas. Será un Campeón pero es rudo, y no le permitimos que lastime a nadie.
- Él no va a lastimarme - dijo Azak sonriendo, y fue ansiosa a la familiar habitación donde ella y Toddra se habían gozado el uno al otro con tanta frecuencia. Él estaba de pie esperando junto a la ventana como solía hacerlo. Cuando se volvió se veía justo como ella recordaba, de largos brazos y piernas, su cabello sedoso fluía como el agua por su espalda, sus ojos grandes y separados la miraban.
- ¡Toddra! - exclamó, yendo hacia él con las manos en saludo.
Él tomó sus manos y dijo su nombre.
- ¿Recibiste mi carta? ¿Estás feliz?
- Sí - dijo él, sonriendo.
- Y toda esa infelicidad, todas esas tonterías sobre el amor, ¿se han acabado? Lamento tanto que te hayan lastimado, Toddra. No quiero saber más de eso. ¿Podemos ser simplemente nosotros mismos y ser felices juntos como lo éramos, antes?
- Sí, todo eso ya se acabó - dijo -. Y estoy feliz de verte.
La atrajo con gentileza hacia él. Con gentileza empezó a desvestirla y a acariciar su cuerpo, como solía hacerlo, sabiendo lo que le daba placer, y ella recordó lo que a él le daba placer. Se recostaron juntos, desnudos. Ella estaba acariciando su pene desnudo, excitada pero un poco renuente a ser penetrada después de tanto tiempo, cuando él movió su brazo, como si estuviera incómodo. Al retirarse de él un poco, vio que sostenía un cuchillo en la mano, que debía haber ocultado en la cama. Lo sostenía escondiéndolo tras la espalda.
Su vientre se puso frío, pero continuó acariciando su pene y sus testículos, incapaz de decir nada o de alejarse, porque él la sostenía junto a sí con el otro brazo.
De repente, él se aproximó más a ella y forzó su pene dentro de su vagina con un empujón tan violento que por un instante ella pensó que era el cuchillo. Eyaculó al instante. Mientras él arqueaba el cuerpo, ella se retorció debajo de él, correteó hacia la puerta y salió de la habitación gritando por ayuda.
Él la siguió cuchillo en mano, hundiéndoselo en la clavícula antes que la encargada y otras mujeres y hombres lo sujetaran. Los hombres estaban furiosísimos y lo trataron con una violencia que las protestas de la encargada no pudieron suavizar. Desnudo, sangrante y semiinconsciente, fue atado y llevado inmediatamente al Castillo.
Todos rodearon a Azak, y limpiaron y cubrieron su herida, que sólo era superficial. Trastornada y confusa, sólo pudo preguntar:
- ¿Qué van a hacer con él?
- ¿Qué es lo que crees que se hace con un violador asesino? ¿Darle un premio? - dijo la encargada -. Van a castrarlo.
- Pero fue mi culpa - dijo Azak.
La encargada se le quedó viendo y dijo:
- ¿Estás loca? Vete a casa.
Regresó a la habitación y se puso su ropa mecánicamente. Miró la cama donde habían yacido. Se paró junto a la ventana donde había estado Toddra. Recordó cuando lo vio bailar por primera vez en el concurso donde fue hecho campeón hacía tanto tiempo. Pensó: «Mi vida está mal». Pero no sabía cómo corregirla.
La alteración en las instituciones sociales y culturales seggrianas no tomó el curso desastrososo que Merriment temía. Ha sido lenta y su dirección no es clara. En 93/1602 la Universidad de Terhda invitó a los hombres de dos Castillos vecinos a que participaran como estudiantes y tres hombres lo hicieron. Una vez que se graduaron, los estudiantes varones tuvieron que volver a sus Castillos, o abandonar el planeta, dado que a los hombres nativos no se les permitía vivir en ningún sitio excepto en un Castillo o como estudiantes en una universidad, hasta que fue aprobada la Ley de Puertas Abiertas en 93/1662.
Incluso después de la aprobación de esa Ley, los Castillos permanecieron cerrados a las mujeres, y el éxodo de los hombres de los Castillos fue mucho más lento que lo que temían los adversarios de esa medida. El ajuste social hacia la Ley de Puertas Abiertas ha sido lento. En algunas regiones los programas para entrenar a los hombres en habilidades básicas como la agricultura y la construcción han tenido un éxito moderado; los hombres trabajan en equipos competitivos, separados de y gobernados por las compañías de las mujeres. Un buen número de Seggris han venido a Hain a estudiar en años recientes: han sido más hombres que mujeres, aunque existe todavía un desequilibrio numérico muy grande.
El siguiente apunte autobiográfico hecho por uno de estos hombres es de particular interés, dado que estuvo involucrado en el evento que precipitó directamente la Ley de Puertas Abiertas.
Apunte Autobiográfico por Mobile Ardar Dez.
Nací en el Ciclo Ecuménico 93, Año 1641, en Rakedr en Seggri. Rakedr era un pueblo plácido, próspero, conservador, y yo fui criado a la antigua usanza, el niño varón mimado de una gran casamadre. Éramos diecisiete, sin contar el personal de la cocina: una bisabuela, dos abuelas, cuatro madres, nueve hijas, y yo. Éramos acomodados; todas las mujeres habían sido o eran encargadas y trabajadoras en la Alfarería Rakedr, la principal industria del pueblo. Celebrábamos todas las fiestas con pompa y energía, decorábamos la casa desde el tejado hasta las bases con inscripciones para Hillalli, hacíamos fantásticos disfraces para el Festival de la Cosecha, y festejábamos el cumpleaños de alguien cada dos semanas con regalos por doquier. Fui mimado, como dije, pero no fui, creo, malcriado. Mi cumpleaños no era más importante que el de mis hermanas, y se me permitía jugar y correr con ellas como si hubiera sido una niña. Sin embargo, siempre supe, como sabían ellas, que los ojos de mis madres posaban sobre mí una mirada distinta, pensativa, reservada y, a veces, conforme fui creciendo, desolada.
Después de mi Confirmación, mi madre de engendramiento o su madre me llevaba al Castillo Rakedr cada primavera el Día de la Visita. Las puertas del Parque, que habían abierto para admitirme a mí solo (y para aterrorizarme) en mi Confirmación, permanecían cerradas, pero se colocaban unas escaleras plegables contra los muros del parque. Por éstas trepábamos yo y otros niños pequeños del pueblo, para sentarnos encima de la muralla del Parque con gran aparato, sobre cojines, bajo toldos, y presenciábamos demostraciones de danza, de danza con toros, de lucha y de otros deportes llevados a cabo en el gran Campo de Juego, dentro de la muralla. Nuestras madres esperaban abajo, afuera, en las gradas del campo público. Hombres y jóvenes del Castillo se sentaban con nosotros, y nos explicaban las reglas de los juegos, y nos señalaban los aciertos de los bailarines o de los luchadores; nos trataban con seriedad, haciéndonos sentir importantes. Yo lo disfrutaba mucho, pero tan pronto como me bajaba del muro y emprendía el camino a casa todo se desvanecía como un disfraz que me acabara de quitar, en una obra de teatro que acabara de interpretar; y continuaba con mi trabajo y mis juegos en la casamadre con mi familia, con mi vida de verdad.
Cuando cumplí diez años acudí a las Clases para Chicos en el centro del pueblo. La clase había sido establecida hacía cuarenta o cincuenta años como un puente entre la casamadre y el Castillo, pero el Castillo, bajo un gobierno cada vez más reaccionario, se había retirado del proyecto. El Señor Fassaw prohibió a sus hombres ir a ningún lugar fuera de los muros excepto la visita directa a la follería, en carro cerrado, y volver con la primera luz; para que ningún hombre pudiera dar la clase. Las mujeres del pueblo que intentaban explicarme lo que debería esperar cuando fuera al Castillo no sabían en realidad mucho más que yo. Por más bienintencionadas que fueran, la mayoría sólo me asustaban y me confundían. Pero el miedo y la confusión fueron una preparación adecuada.
No puedo describir la Ceremonia de la Ruptura. De veras que no. Los hombres de Seggri, en aquellos días, tenían esta ventaja: sabían lo que era la muerte. Todos habían muerto ya mucho antes de que ocurriera la muerte de su cuerpo. Ya habían mirado atrás y visto su vida entera, cada lugar y cada rostro amado, para alejarse de ellos mientras se cerraba la Puerta.
En la época de mi Ruptura, nuestro pequeño Castillo estaba dividido internamente en «escolares» y «tradicionales», una facción liberal que había permanecido desde el régimen del Señor Ishog y una facción más joven y altamente conservadora. La división ya era desastrosamente amplia cuando llegué al Castillo. La ley del Señor Fassaw se había vuelto cada vez más inclemente e irracional. Gobernaba a través de la corrupción, la brutalidad y la crueldad. Todos los que vivíamos allí estábamos desde luego infectados, y habríamos sido destruidos si no hubiera habido una resistencia fuerte, constante, moral, centrada en torno a Ragaz y Kohadrat, quienes habían sido protégés del Señor Ishog. Ambos hombres eran compañeros confesos; sus seguidores eran todos los homosexuales del Castillo, y un buen número de otros hombres y de chicos mayores.
Mis primeros días y meses en el dormitorio Chaparros eran un sobresalto enloquecedor: terror, odio, vergüenza, cuando a los chicos que habían estado allí unos meses o unos años más que yo se les incitaba para que humillaran y abusaran del recién llegado, para hacer un hombre de él; y comodidad, agradecimiento, amor, cuando los chicos que estaban bajo la influencia de los escolares me ofrecían amistad y protección secretas. Me ayudaban con los juegos y las competiciones y me llevaban a sus camas de noche, no para tener sexo sino para protegerme de los abusivos sexuales. El Señor Fassaw detestaba la homosexualidad adulta y habría reinstituido la pena de muerte si las del Consejo del Pueblo se lo hubieran permitido. Aunque no se atrevía a castigar a Ragaz y a Kohadrat, castigaba el amor por consentimiento entre los chicos mayores con mutilaciones físicas horrorosas: orejas cortadas en flequillos, dedos marcados con anillos de hierro al rojo vivo. Aún así, animaba a los chicos mayores a violar a los de once y doce años, como una práctica de virilidad. Ninguno de nosotros escapó. Cuando llegué allí, temíamos particularmente a cuatro jóvenes, de diecisiete y dieciocho años, que se llamaban a sí mismos los Hombreseñores. Cada par de noches iban al dormitorio Chaparros por una víctima, a la que violaban en grupo. Los escolares nos protegían lo mejor que podían al ordenarnos meternos en sus camas, donde llorábamos y protestábamos a viva voz, mientras ellos fingían abusar de nosotros, riendo y burlándose. Más tarde, en la oscuridad y el silencio, nos reconfortaban con dulces y, algunas veces, cuando fuimos más grandes, con un amor deseado, gentil y exquisito en su clandestinidad.
No había ninguna privacidad en el Castillo. Se los he dicho a las mujeres que me han pedido que les describa cómo era la vida allí, y ellas han creído entenderme.
- Bueno, todas comparten todo en una casamadre - decían -, todas entran y salen de los cuartos todo el tiempo. Nunca estás de veras sola a menos que vivas en un piso de soltera.
No podía decirles qué diferente era la comunitaria soltura y calidez de la casamadre en comparación con la deliberada y rígida vida pública de los dormitorios de cuarenta camas fuertemente iluminados. Nada en Rakedr era privado: sólo había secreto, sólo había silencio. Nos tragábamos las lágrimas.
Crecí. Llegué a enorgullecerme de eso, además de estar profundamente agradecido a los chicos y los hombres que lo hicieron posible. No me maté, como hicieron varios de los chicos durante esos años, y tampoco asesiné mi mente y mi alma, como hicieron algunos aunque su cuerpo sobrevivió. Gracias al cuidado maternal de los escolares - la resistencia, como la llegamos a llamar nosotros -, crecí.
¿Por qué digo maternal y no paternal? Porque no había padres en mi mundo. Sólo había señores. No conocí palabras como padre o paternal. Pensaba en Ragaz y Kohadrat como si fueran mis madres. Todavía lo hago.
Fassaw enloqueció con los años, y su gobierno sobre el Castillo apretó casi hasta ahogarnos. Los Hombreseñores ahora lo gobernaban todo. Tenían la suerte de que todavía poseían un equipo fuerte en los Grandes Juegos, así como dos Señores Campeones de gran demanda en las follerías del pueblo. Cualquier protesta que la resistencia intentaba que fuera oída por las mujeres del Consejo del Pueblo era descartada como el típico lloriqueo masculino, o achacada a la influencia desmoralizante de las alienígenas. Desde fuera, el Castillo Rakedr parecía estar bien. ¡Miren a nuestro gran equipo! ¡Miren a nuestros sementales campeones! Las mujeres no veían más allá.
¿Cómo pueden abandonarnos? Es el grito de dolor que debe dar todo chico en Seggri. ¿Cómo pudo ella dejarme aquí? ¿Que no sabe cómo es? ¿Por qué no lo sabe? ¿No quiere saberlo?
- Claro que no - me dijo Ragaz cuando fui a él arrebatado de justa indignación, cuando las del Consejo del Pueblo se negaron a nuestra petición de ser oídos -. Por supuesto que no quieren saber cómo vivimos. ¿Por qué nunca se meten a los Castillos? Ah, porque nosotros las dejamos fuera, sí; pero ¿tú crees que podríamos hacerlo si ellas de veras quisieran entrar? Querido mío, nos coludimos con ellas y ellas con nosotros para mantener el gran fundamento de ignorancia y mentiras sobre el que descansa nuestra civilización.
- Nuestras propias madres nos abandonan - dije.
- ¿Abandonarnos? ¿Quién nos alimenta, nos viste, nos aloja, nos paga? Somos enteramente dependientes de ellas. Si alguna vez nos hacemos independientes, tal vez podamos reconstruir la sociedad sobre un sustento de verdad.
La independencia era lo más lejos a lo que su visión podía llegar. Sin embargo, creo que su mente andaba a tientas más lejos, hacia lo que no podía ver, hacia el oscuro cuerpo del sueño inalterable de la mutualidad.
Nuestro esfuerzo por hacer que nuestro caso fuera oído en el Consejo no tuvo efecto excepto dentro del Castillo. El Señor Fassaw vio su poder amenazado. Luego de unos días Ragaz fue hecho preso por los Hombreseñores y sus jóvenes abusadores, acusado de repetidos actos homosexuales y maquinaciones traicioneras, enjuiciado y sentenciado por el Señor del Castillo. Todos fuimos reunidos en el Campo de Juego para presenciar el castigo. Un hombre de cincuenta años enfermo del corazón - había sido un competidor de los Grandes Juegos a los veinte y se había excedido -, Ragaz fue atado desnudo a una banca y azotado con el «Señor Largo», un pesado tubo de piel relleno de pesas de plomo. El Hombreseñor Berhed, su verdugo, le pegó con él repetidas veces en la cabeza, los riñones y los genitales. Ragaz murió una hora o dos después en la enfermería.
El Amotinamiento de Rakedr tomó forma esa noche. Kohadrat, más viejo que Ragaz y devastado por su pérdida, no pudo guiarnos, o reprimirnos. Su visión había sido la de una verdadera resistencia, pacífica y de larga duración, con la cual los Hombreseñores se destruirían a sí mismos con el tiempo. Habíamos estado siguiendo esa visión, pero entonces la abandonamos. Arrojamos la verdad al suelo y tomamos las armas.
- Según la forma en que jueguen es lo que van a ganar - dijo Kohadrat, pero ya habíamos oído esas viejas sentencias. Ya no jugaríamos a ser pacientes, ya no. Ganaríamos ahora, para siempre.
Y lo hicimos. Ganamos. Tuvimos nuestra victoria. El Señor Fassaw, los Hombreseñores y sus abusadores habían sido todos masacrados cuando la policía llegó a las Puertas.
Recuerdo cómo aquellas duras mujeres avanzaron a zancadas entre nosotros, mirando las habitaciones del Castillo que nunca habían podido ver; mirando los cuerpos mutilados, destripados, castrados, sin cabeza; mirando al Hombreseñor Berhed, que había sido clavado al piso con el «Señor Largo» penetrando su garganta; observándonos a nosotros, los rebeldes, los victoriosos, con las manos ensangrentadas y los rostros desafiantes; mirando a Kohadrat, a quien hicimos avanzar como nuestro líder, nuestro vocero.
Avanzó y se quedó allí en silencio. Tragándose las lágrimas.
Las mujeres se aproximaron unas a otras, aferrando sus armas, mirando en torno a sí. Estaban horrorizadas, pensaban que todos estábamos locos. Su absoluta incomprensión obligó a uno de nosotros a hablar: un hombre joven, Tarsk, quien portaba el anillo de hierro que habían forzado en su dedo cuando estaba al rojo vivo.
- Mataron a Ragaz - dijo -. Todos estaban locos. Miren.
Alzó su mano lacerada.
La jefa de la tropa, después de una pausa, dijo:
- Ninguno se irá de aquí hasta que se haya visto esto - y condujo a sus mujeres fuera del Castillo, luego fuera del Parque, cerrando las puertas tras ellas, dejándonos con nuestra victoria.
Las audiencias y los juicios sobre el Amotinamiento Rakedr fueron todos transmitidos, desde luego, y el suceso ha sido estudiado y discutido desde entonces. Mi parte en él fue el asesinato del Hombreseñor Tatiddi. Tres de nosotros lo golpeamos hasta matarlo con porras de entrenamiento en el gimnasio donde lo acorralamos.
Según la forma en que jugamos fue lo que ganamos.
No fuimos castigados. Enviaron hombres de varios Castillos para formar un gobierno en el Castillo Rakedr. Supieron lo suficiente sobre la conducta de Fassaw como para entender la causa de nuestra rebelión, pero el desprecio de incluso los más liberales entre ellos fue absoluto. No nos trataron como a hombres, sino como a criaturas irracionales e irresponsables, como a ganado indomable. Cuando les hablábamos no nos respondían.
Desconozco cuánto habríamos soportado ese gélido régimen de vergüenza, porque sólo dos meses después del Amotinamiento, el Consejo Mundial emitió la Ley de Puertas Abiertas. Nos dijimos unos a otros que ésa era nuestra victoria, que habíamos logrado que sucediera. Ninguno de nosotros lo creyó. Nos dijimos unos a otros que éramos libres. Por primera vez en la historia, cualquier hombre que quisiera abandonar su Castillo podía cruzar la puerta. ¡Éramos libres!
¿Qué sucedía con un hombre libre fuera de la puerta? Ninguno de nosotros había pensado en ello.
Yo fui uno de los que cruzaron la puerta, la mañana del primer día en que la Ley entró en vigor. Once de nosotros entramos juntos al pueblo. Algunos de nosotros, hombres que no provenían de Rakedr, fueron a una u otra de las follerías, esperando que se les permitiera quedarse allí; no tenían otro lugar a donde ir. Los hoteles y las posadas no aceptarían hombres, desde luego. Aquellos de nosotros que nos habíamos criado en el pueblo fuimos a nuestras casamadres.
¿Qué se siente volver de entre los muertos? No es nada fácil, ni para el que vuelve, ni para su gente. El lugar que ocupaba en su mundo está cerrado, ha cesado de existir, se ha llenado de cambios acumulados, de hábitos, de quehaceres y necesidades de otros. Ha sido reemplazado. Volver de entre los muertos significa convertirse en un fantasma: en alguien para quien no hay espacio.
Ni yo ni mi familia entendimos eso, al principio. Volví a ellas a los veintiún años con la confianza de los once años que tenía cuando las dejé, y ellas le abrieron los brazos a su niño. Pero ese niño ya no existía. ¿Quién era yo?
Durante mucho tiempo, meses, los refugiados de los Castillos nos escondimos en nuestras casamadres. Los hombres de otros pueblos se fueron todos a sus hogares, con frecuencia pidiendo aventón a equipos de viajeras. Había siete u ocho de nosotros en Rakedr, pero apenas nos veíamos unos a otros. Los hombres no tenían lugar en las calles; durante cientos de años un hombre visto solo en la calle era arrestado de inmediato. Si salíamos, las mujeres huían de nosotros, o nos reportaban, o nos rodeaban y nos amenazaban: «¡Vuelve a tu Castillo a donde perteneces! ¡Regrésate a la follería a donde debes estar! ¡Vete de nuestra ciudad!». Nos llamaban zánganos, y de hecho no teníamos trabajo o función alguna en la comunidad. Las follerías no nos aceptaban para dar servicio, porque no poseíamos garantía de buena salud o de conducta emitidas por un Castillo.
Esa era nuestra libertad: todos éramos fantasmas, intrusos inútiles, asustados, amenazantes, sombras arrinconadas. Veíamos la vida en torno a nosotros: trabajo, amor, concepción y cuidado de los hijos, cómo se ganaba y se gastaba, se hacía y se formaba, se gobernaba y se emprendía: el mundo de las mujeres, el mundo brillante, pletórico, real, y no había espacio en él para nosotros. Todo lo que habíamos aprendido era a jugar y a destruirnos unos a otros.
Mis madres y hermanas se devanaban los sesos, lo sé, para encontrarme algún lugar y algún provecho en su casa industriosa y vital. Dos viejas cocineras habían llevado nuestro fogón desde mucho antes que yo naciera, así que la cocina, el único arte práctico que había aprendido en el Castillo, resultaba superflua. Encontraban quehaceres caseros para mí, pero era trabajo prescindible, y ellas y yo lo sabíamos. Yo estaba dispuesto a cuidar a los bebés, pero una de las abuelas era muy celosa de ese privilegio, y algunas de las esposas de mis hermanas se sentían intranquilas al pensar en un hombre tocando a sus hijos. Mi hermana Pado sugirió la posibilidad de convertirme en aprendiz en los talleres de arcilla, y yo salté ante la oportunidad; pero las encargadas de la alfarería, luego de una larga discusión, fueron incapaces de ponerse de acuerdo y de admitir hombres como empleados: sus hormonas hacen que los empleados varones no sean confiables, las empleadas van a estar incómodas, etcétera.
Las holonoticias estaban llenas de propuestas y discusiones como ésa, desde luego, y de discursos sobre las consecuencias imprevistas de la Ley de Puertas Abiertas, sobre el lugar apropiado para los hombres, las capacidades masculinas y sus limitaciones, el género como destino. Los sentimientos contra la Ley se fortalecían, y parecía que cada vez que veía el holo había una mujer expresándose lúgubremente sobre la violencia y la irresponsabilidad del varón, su incapacidad biológica para participar en la toma de decisiones sociales y políticas. En ocasiones era un hombre el que lo decía. La oposición a la nueva ley tenía el ferviente apoyo de todos los conservadores de los Castillos, que exhortaban con elocuencia a que se cerraran las puertas y que los hombres volvieran a su condición apropiada, a perseguir la verdadera y masculina gloria de los juegos y las follerías.
La gloria no era una tentación; después de los años pasados en el Castillo Rakedr, la mera palabra significaba la degradación para mí. Vociferaba contra los juegos y las competencias, y con ello dejaba confusa a mi familia, a quienes les encantaba presenciar los Grandes Juegos y las luchas, y que sólo se quejaban de que la excelencia de la mayoría de los equipos había declinado desde que se habían abierto las puertas. Y vociferaba también contra las follerías donde, les decía, los hombres eran usados como ganado, como toros sementales, y no como seres humanos. Nunca volvería allí.
- Pero mi querido muchacho - dijo mi madre por fin, solos una noche -, ¿vivirás el resto de tu vida célibe?
- Espero que no - dije.
- ¿Entonces...?
- Quiero casarme.
Sus ojos se abrieron. Vaciló un momento y finalmente aventuró:
- Con un hombre.
- No. Con una mujer. Quiero un matrimonio normal y ordinario. Quiero tener una esposa y ser una esposa.
Por más chocante que fuera la idea, ella trató de absorberla. La meditó, frunciendo el entrecejo.
- Eso significaría - dije, pues había tenido largo tiempo de no hacer nada excepto pensarlo - que viviríamos juntos como cualquier pareja casada. Estableceríamos nuestra propia casadehijas, y nos seríamos fieles, y si ella tuviera un niño yo sería su madre de amor junto con ella. ¡No hay razón alguna por la que no funcionaría!
- Bueno, no sé... no sé de ninguna - dijo mi madre, gentil y juiciosa, quien nunca se sentía feliz al decirme que no -. Pero tienes que encontrar a la mujer, sabes.
- Lo sé - dije, taciturno.
- Es todo un problema para ti el conocer gente - dijo -. ¿Quizá si fueras a la follería...? No veo por qué nuestra propia casamadre no podría garantizarte tan bien como un Castillo. ¿Podríamos intentar...?
Pero me rehusé con pasión. Al no ser uno de los lacayunos de Fassaw, apenas si se me había permitido ir a la follería; y mis pocas experiencias habían sido desafortunadas. Joven, inexperto, y sin recomendación, había sido escogido por mujeres mayores que querían un juguete. Su experiencia y habilidad para erguirme me habían dejado humillado y enfadado. Me daban palmaditas y me dejaban una propina al irse. Su excitación elaborada y mecánica y su frialdad condescendiente me resultaban viles, luego de la ternura de mis amantes-protectores en el Castillo. Sin embargo, las mujeres me atraían físicamente de una forma que nunca lo habían hecho los hombres; los hermosos cuerpos de mis hermanas y de sus esposas, rodéandome constantemente, vestidas y desnudas, inocentes y sensuales; la maravillosa pesadez y fuerza y suavidad de los cuerpos femeninos me mantenían constantemente erguido. Me masturbaba todas las noches, fantaseando con mis hermanas en mis brazos. Era inaguantable. De nuevo era un fantasma, una impotencia furiosa, anhelante, en medio de una realidad intocable.
Empecé a pensar que me vería forzado a regresar al Castillo. Me hundí en una profunda depresión, en una inercia, en una álgida oscuridad mental.
Mi familia, ansiosa, afectuosa, ocupada, no tenía idea de qué hacer por mí o conmigo. Creo que casi todas ellas pensaban para sí que lo mejor sería que yo regresara.
Una tarde, mi hermana Pado, con quien había estado más apegado cuando éramos niños, vino a mi recámara: habían adecuado el ático como mi habitación, así que había espacio para mí, por lo menos en el sentido literal de la palabra. Me encontró en mi letargia constante, acostado y sin nada que hacer.
Entró despreocupadamente, y con la indiferencia con la que las mujeres se comportan ante los estados de ánimo y las señales, se dejó caer al pie de mi cama y dijo:
- Oye, ¿qué es lo que sabes del hombre que está aquí en nombre del Ecumen?
Me encogí de hombros y cerré los ojos. Estaba teniendo fantasías de violación últimamente. Tenía miedo de ella.
Ella siguió hablando del extramundano, quien aparentemente había llegado a Rakedr para estudiar el Amotinamiento.
- Quiere hablar con la resistencia - dijo -. Con hombres como tú. Con los hombres que abrieron las puertas. Él dice que ustedes no salen, como si se avergonzaran de ser heroínas.
- ¡Heroínas! - exclamé. En mi idioma, el género de la palabra es femenino. Se refiere a las protagonistas semidivinas y semihistóricas de las Epopeyas.
- Eso es lo que tú eres - dijo Pado, con una intensidad que rompía su fingida despreocupación -. Tomaste responsabilidad en un gran acto. Quizá lo hicieron mal. Sassume lo hizo mal en La Fundación de Emmo, ¿no es así?, al permitir que mataran a Faradr. Pero ella seguía siendo una heroína, porque asumió la responsabilidad. Como hiciste tú. Deberías ir a hablar con este alienígena. Decirle lo que sucedió. Nadie sabe lo que pasó en realidad en el Castillo. Nos debes la historia.
Ésa era una frase poderosa, entre mi gente: «La historia no dicha amamanta a la mentira» reza el dicho. La realizadora de un acto notable debía contarlo a la comunidad.
- ¿Pero por qué debería contárselo a un alienígena? - contesté, defendiéndome en mi inercia.
- Porque él te escuchará. Todas estamos jodidamente ocupadas aquí.
Era la más profunda verdad. Pado había visto una puerta para mí y la había abierto; y yo la atravesé, apenas con la fuerza y la cordura suficientes para hacerlo.
Mobile Noem era un hombre en los cuarenta, nacido algunas centurias atrás en Terra, entrenado en Hain, que había viajado mucho; un hombre pequeño, de ojos rápidos, amarillo - marrones, con quien era fácil hablar. Al principio, no me pareció masculino en lo absoluto; me hacía pensar en una mujer, porque actuaba como una. Iba directo al grano, sin usar las maniobras para afirmar su autoridad o para asegurar su posición, como las que los hombres de mi sociedad sentían obligatorias en cualquier relación con otro hombre. Estaba acostumbrado a que los hombres fueran cautelosos, indirectos y competitivos. Noem era directo y receptivo, como una mujer. Era además mucho más sutil y poderoso que cualquier hombre o mujer que hubiera conocido, incluso Ragaz. De hecho, su autoridad era inmensa; pero nunca se apoyaba en ella. Se sentaba sobre ella, cómodamente, y lo invitaba a uno a sentarse con él.
Yo fui el primero de los amotinados de Rakedr en acudir a él y contarle mi historia. Él la grabó, con mi permiso, para usarla en la elaboración de su reporte a los Estables sobre la condición de nuestra sociedad, «el asunto Seggri», como él lo llamaba. Mi primera descripción del Amotinamiento duró menos de una hora; yo creí que había terminado. No conocía entonces el inextinguible deseo por aprender, por entender, por escuchar todo el relato, que caracteriza a los Mobiles del Ecumen. Noem hacía preguntas, yo las respondía; él especulaba y extrapolaba, yo corregía; él quería detalles, yo se los proporcionaba - contándole la historia del Amotinamiento, de los años anteriores, de los hombres del Castillo, de las mujeres del Pueblo, de mi gente, de mi vida - poco a poco, pedazo a pedazo, todo en fragmentos, un embrollo. Hablé con Noem todos los días, durante un mes. Aprendí que la historia no tiene inicio, y que ningún relato tiene fin. Que la historia es toda un embrollo, contado a la mitad. Que la historia nunca es verdad, pero que la mentira, en efecto, es hija del silencio.
Al final del mes había llegado a amar y a confiar en Noem, y desde luego a depender de él. Hablar con él se había convertido en mi razón de ser. Procuré enfrentarme al hecho de que él no iba a quedarse en Rakedr por mucho más tiempo. Debía aprender a arreglármelas sin él. ¿Qué haría? Había cosas que los hombres podían hacer, maneras de vivir, pues él lo probaba con su mera existencia, pero ¿podría llegar a encontrarlas?
Agudo, él estaba al tanto de mi situación, y no me dejaría abandonarme, como empecé a hacer, en el letargo del miedo; no me permitiría volver al silencio. Me hacía preguntas imposibles.
- ¿Qué serías si pudieras ser cualquier cosa? - me preguntó, como se preguntan los niños entre sí.
Respondí al instante, con pasión:
- ¡Una esposa!
Ahora sé lo que era el gesto que atravesó su rostro. Sus ojos rápidos y amables me miraron, vieron a otro lado, volvieron a mirarme.
- Quiero mi propia familia - le dije -. No quiero vivir en la casa de mis madres, donde siempre seré un niño. Quiero trabajo. Quiero una esposa, esposas, niños, ser una madre. ¡Quiero una vida, no juegos!
- No puedes concebir un hijo - me dijo con gentileza.
- ¡No, pero puedo ser madre de uno!
- Nosotros le damos género a la palabra - dijo -. Me gusta más tu forma... Pero dime, Ardar, ¿qué oportunidades tienes de casarte, de conocer a una mujer dispuesta a casarse con un hombre? No ha sucedido aquí, ¿verdad?
Tuve que decir que no, que yo supiera.
- Ocurrirá, ciertamente, creo - dijo (sus certezas siempre eran inciertas) -. Pero el costo personal, al principio, será alto. Las relaciones que van contra la presión negativa de una sociedad sufren una tensión terrible; tienden a volverse defensivas, demasiado intensas, intranquilas. No tienen espacio para crecer.
- ¡Espacio! - dije. E intenté comunicarle mi sensación de no tener espacio en mi mundo, de carecer de aire para respirar.
Me miró, rascándose la nariz; se rió.
- Hay bastante espacio en la galaxia, sabes.
- ¿Quieres decir... que podría... que el Ecumen...?
Ni siquiera sabía qué quería preguntar. Noem sí. Empezó a responderla a conciencia y en detalle. Mi educación hasta entonces había estado tan limitada, incluso en comparación con la cultura de mi propio pueblo, que tendría que cursar en una escuela durante al menos unos dos o tres años, para poder aplicar en una institución extra - mundo como las Escuelas Ecuménicas en Hain. Por supuesto, siguió diciendo, el lugar a donde iría y el tipo de entrenamiento que escogiera dependería de mis intereses, los cuales descubriría en la escuela, dado que ni la escuela de mi infancia ni mi entrenamiento en el Castillo me habían dado ideas en las que pudiera interesarme. Las oportunidades que se me habían ofrecido eran tan increíblemente limitadas, que no se ajustaban a las necesidades de una persona de inteligencia normal ni a las necesidades de mi sociedad. Por ello la Ley de Puertas Abiertas no me había dado libertad sino que me había dejado «sin aire para respirar excepto el Espacio vacío», dijo Noem, citando a algún poeta de algún planeta. Mi cabeza daba vueltas, llena de estrellas.
- La universidad de Hagka está muy cercana a Rakedr - dijo Noem -, ¿nunca pensaste en ingresar? ¿Ni siquiera para escapar de tu terrible Castillo?
Sacudí la cabeza.
- El Señor Fassaw siempre destruía las solicitudes que le enviaban a su oficina. Si alguno de nosotros hubiera intentado responderlas...
- Habría sido castigado. Torturado, supongo. Sí. Bueno, de lo poco que sé de sus escuelas, creo que tu vida allí será mejor que aquí, pero no será demasiado placentera. Tendrás trabajo que hacer, un lugar donde estar; pero te harán sentir marginado, inferior. Incluso las mujeres bien educadas, ilustradas, tienen dificultades en aceptar a los hombres como a sus iguales intelectuales. Créeme, ¡lo he experimentado yo mismo! Y debido a que fuiste entrenado en el Castillo para competir, querrás destacar, y podrías encontrar difícil el estar con gente que te creerá incapaz de alcanzar la excelencia, o para quienes el concepto de competencia, de ganar y de vencer, carece de valor. Pero justo allí, allí es donde encontrarás aire para respirar.
Noem me recomendó a las mujeres que conocía en la universidad de Hagka, y me aceptaron a prueba. Mi familia estuvo encantada de pagar las cuotas. Yo era el primero de nosotras en ir a la universidad, y estaban genuinamente orgullosas de mí.
Como Noem había predicho, no siempre fue fácil, pero había otros hombres allí de los que me hice amigo, así que no caí en el aislamiento paralizante de la casamadre. Y al adquirir valor, hice amigas entre las estudiantes, y descubrí que muchas de ellas carecían de prejuicios y eran buena compañía. En mi tercer año, una de ellas y yo, cautelosa y tentativamente, intentamos enamorarnos. No funcionó muy bien ni duró mucho tiempo, y sin embargo fue una gran liberación para ambos, la liberación de la creencia de que la única comunicación o unión posible entre los dos era sexual, de la creencia de que un hombre y una mujer adultos no tienen nada que los una excepto los genitales. Emadr se rehusaba al profesionalismo de la follería, al igual que yo, y hacíamos el amor de manera breve y tímida. Su verdadera significatividad no era la consumación del deseo, sino la prueba de que podíamos confiar en el otro. Donde nuestra pasión se desataba de veras, era cuando yacíamos juntos y nos contábamos cómo habían sido nuestras vidas, qué pensábamos de los hombres y las mujeres, del otro y de nosotros mismos, cuáles eran nuestras pesadillas y nuestros sueños. Hablábamos sin parar, en una comunión que apreciaré y honraré toda mi vida, dos jóvenes almas que encuentran sus alas y vuelan juntos, no por mucho tiempo, pero sí en las alturas. El primer vuelo es el más alto.
Emadr lleva muerta doscientos años; se quedó en Seggri, se casó y fundó una casamadre, tuvo dos hijos, enseñó en Hagka y murió a los setenta. Yo fui a Hain, a las Escuelas Ecuménicas, después a Werel y Yeowe como parte del equipo Mobile; añado aquí mi registro. He escrito este esbozo de mi vida como parte de mi solicitud de volver a Seggri como Mobile del Ecumen. Ansío vivir entre mi gente. Ansío aprender quiénes son, ahora que sé, con incierta certeza, quién soy yo.
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