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washington irving

el autor se despide de granada (es)

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Mi feliz y apacible reinado en la Alhambra fue bruscamente interrumpido por la llegada de unas cartas -mientras me entregaba a la voluptuosidad oriental en las frescas salas de los baños- requiriéndome a salir de mi paraíso musulmán para sumirme una vez más en el tráfago y bullicio del polvoriento mundo. ¿Cómo iba a salir al encuentro de sus afanes e inquietudes, después de semejante vida de tranquilidad y de ensueño? ¿Cómo podría yo soportar su vulgaridad, luego de haber disfrutado la poesía del palacio nazarita?
Pocos preparativos fueron necesarios para mi partida. Un vehículo de dos ruedas, llamado “tartana”, muy parecido a una carreta cubierta, sería el medio de viaje de un joven inglés y mío, a través de Murcia, Alicante y Valencia, en nuestra ruta hacia Francia; y un individuo de largas piernas que había sido “contrabandista” y, según yo entiendo, un ladrón, había de ser nuestro guardián y guía.
Pronto concluyeron los preparativos, pero surgieron dificultades para la marcha, que un día y otro era aplazada. Así transcurrieron algunos días, en los que me dediqué a vagar por mis lugares favoritos, que cada vez se ofrecían más deliciosos a mi contemplación.
Asimismo, el reducido mundo social y doméstico en el que me moviera, se me había hecho singularmente querido, y la preocupación que demostraron ante mi proyectada partida, me convenció de que eran recíprocos esos cariñosos sentimientos.
Efectivamente; cuando al fin llegó el día, no me atreví a despedirme de la bondadosa doña Antonia, comprendiendo al mismo tiempo que el dulce corazón de la pequeña Dolores estaba cuando menos, repleto y muy propicio a derramarse. Así, que murmuré un silencioso adiós al palacio y a sus moradores, y bajé a la ciudad como si tuviese que volver de nuevo. Allí estaban preparados la “tartana” y el guía, por lo que, tras de almorzar con mi compañero de viaje en la “posada”, emprendí con él la marcha.
¡Humilde era el cortejo y melancólica la partida del segundo “Rey Chico”! Manuel, el sobrino de la “tía Antonia”; Mateo, mi oficioso y ahora desconsolado escudero, y dos o tres viejos inválidos de la Alhambra, con quienes había departido en amigables charlas, bajaron para verme partir, ya que una de las buenas y viejas costumbres españolas es la de salir varias millas a recibir al amigo que llega, y acompañarle otras tantas cuando se va.
Así, pues, iniciamos el viaje, nuestro zanquilargo guardián a la cabeza, con su “escopeta” al hombro; Manuel y Mateo, uno a cada lado de la “tartana” y los viejos inválidos detrás.
A corta distancia, al norte de Granada, el sendero asciende gradualmente por las colinas; allí eché pie a tierra y anduve junto a Manuel, el cual aprovechó esta circunstancia para confiarme el secreto de su corazón y de todos aquellos tiernos amores entre él y Dolores, de los que yo ya estaba informado por el parlanchín y sabelotodo Mateo Jiménez. Su diploma de doctor le había franqueado el camino para la boda, y no faltaba sino la dispensa del Papa, a causa de su consanguinidad. Si por añadidura lograba el cargo de “médico” de la fortaleza, sería completa su dicha. Le di mi parabién por el juicio y exquisito tacto que había demostrado en la elección de compañera, le deseé toda clase de felicidades posibles en su unión, y expresé mi confianza en que la abundancia de cariño de la bondadosa Dolores tuviera con el tiempo objetos más durables en que ocuparse que los desleales gatos y las picaras palomas.
Triste resultó en verdad la partida cuando me despide de aquella buena gente y los vi descender lentamente las colinas, volviendo de vez en vez la cabeza para decirme su último adiós. Bien es verdad que Manuel tenía felices esperanzas para consolarse, pero el pobre Mateo parecía realmente abatido. Aquello significaba para él un doloroso descenso desde el cargo de primer ministro e historiógrafo, a su vieja capa parda y su hambriento oficio de tejedor. Pese a su frecuente oficiosidad, se había ganado el pobre diablo, de una forma u otra, un lugar mucho más firme en mi simpatía de lo que yo esperaba. Hubiera sido, en verdad, un consuelo en mi marcha, haberle podido profetizar la buena fortuna que le estaba destinada, y a la que yo había contribuido. La importancia que yo había demostrado otorgar a sus cuentos, hablillas y conocimientos locales, y la frecuente compañía mantenida con él en el curso de mis paseos, le habían elevado la idea de sus propios méritos y abierto una nueva carrera. El hijo de la Alhambra fue desde entonces su “cicerone” corriente y bien remunerado; hasta el punto de que -según he oído- nunca se ha visto obligado a recobrar la andrajosa y vieja capa parda en que lo encontré por vez primera.
Al caer la tarde llegué al sitio en que el camino serpentea entre montañas, y allí me detuve para dirigir una última mirada sobre Granada. La colina en que me encontraba domina un maravilloso panorama de la ciudad, la vega y los montes que la rodean, y está situada en la parte del cuadrante opuesta a la “Cuesta de las Lágrimas”, famosa por el “último Suspiro del Moro”. Ahora podía comprender algo de los sentimientos experimentados por el pobre Boabdil cuando dio su adiós al paraíso que dejaba tras él y contempló ante sí el áspero y escarpado camino que lo conducía al destierro.
Como de costumbre, los rayos del sol poniente derramaban un melancólico fulgor sobre las rojizas torres de la Alhambra.
Apenas podía distinguir la ventana de la torre de Comares, donde me había sumido en tantos y tan deliciosos ensueños. Los numerosos bosques y jardines en torno a la ciudad aparecían ricamente dorados por el sol, y la purpúrea bruma del atardecer estival se cernía sobre la vega. Todo era ameno y deleitoso, pero también tierno y triste a mi mirada de despedida. “Me alejaré de este paisaje -pensé- antes que el sol se ponga. Me llevaré su imagen revestida de toda su belleza”.
Luego de este pensamiento, proseguí mi ruta entre montañas. Un poco más, y Granada, la vega y la Alhambra desaparecieron de mi vista. Así terminó uno de los más deliciosos sueños de una vida que tal vez piense el lector estuvo demasiado tejida de ellos.
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