el viaje (es)
En la primavera de 1829, el autor de este libro, que se había sentido atraído a España por la curiosidad, hizo una excursión desde Sevilla a Granada, en compañía de un amigo, miembro de la embajada rusa en Madrid. El azar nos había reunido desde apartadas regiones del Globo, y movidos por semejanza de aficiones, vagamos juntos por las románticas montañas de Andalucía. Dondequiera que lea estas páginas, ya se encuentre ocupado en las obligaciones de su cargo, incorporado al protocolo de las Cortes o meditando en las glorias más genuinas de la Naturaleza, sirvan ellas para recordarle los incidentes de nuestra amigable camaradería y el recuerdo de aquel a quien ni el tiempo ni la distancia harán olvidar su valía y gentileza.
Y ahora, antes de seguir adelante, permitidme que haga unas previas observaciones acerca del paisaje y los viajes en España. Muchos hay propensos a figurarse a España como una apacible región meridional engalanada con los lozanos encantos de la voluptuosa Italia. Antes al contrario; si se exceptúan algunas de las provincias marítimas, es, en su mayor parte, un áspero y melancólico país, de montes escabrosos y amplias llanuras desprovistas de árboles; y un silencio y soledad indescriptibles que tienen muchos puntos de contacto con el aspecto selvático y solitario del Africa. Y aumenta esta soledad y silencio, la carencia de pájaros canoros, natural por la falta de setos y arboledas. Se ven al buitre y al águila dar vueltas en torno a los picachos de las montañas y planear sobre las llanuras, y bandadas de asustadizas avutardas que merodean en torno a los brezales; pero las miríadas de pajarillos que animan la amplitud del paisaje en otras tierras, se encuentran aquí tan sólo entre los huertos y los jardines que rodean la morada del hombre.
Algunas veces, en las provincias del interior, atraviesa el viajero amplios terrenos de cultivo, hasta perderse la vista, ondulados en ocasiones de verdura, y otras veces desnudos y abrasados por los rayos del sol; pero inútilmente busca la mano que labró la tierra. Divisa a lo lejos alguna que otra aldea, emplazada sobre algún altozano o sobre un escarpado despeñadero con murallas desmoronadas y ruidosas atalayas, que fue un tiempo fortaleza en la guerra civil o contra las incursiones de los moros. En la mayor parte de España se observa todavía la costumbre de agruparse los aldeanos para una mutua protección, a consecuencia de los merodeos de los bandidos.
Pero aunque una gran parte de España sea escasa en el adorno de alamedas y bosques y en los más delicados encantos del cultivo ornamental, es su paisaje, sin embargo, noble en su austeridad, de acuerdo con las características de su pueblo; y concibo al español altivo y osado, frugal y abstemio, y comprendo su desdén por todo lo que signifique afeminado abandono, desde que he contemplado el suelo que habita.
Hay algo también en los sencillos y austeros rasgos del paisaje español, que imprime en el alma un sentimiento de sublimidad. Las inmensas llanuras de las dos Castillas y de la Mancha, que se extienden hasta donde alcanza la vista, llaman la atención por su auténtica aridez e inmensidad, y poseen, en sumo grado, la solemne grandeza del océano. Al recorrer estas infinitas extensiones, se contempla acá y allá algún singular rebaño de ganado que vigila un solitario pastor, inmóvil como una estatua, con su larga y delgada vara que blande en el aire como una lanza; o una recua de mulas que camina perezosamente por el llano, como una caravana de camellos por el desierto; o un solitario jinete, armado de trabuco y puñal, que merodea por la llanura. De este modo, el país, los vestidos, el aspecto mismo de sus moradores, participa del carácter árabe. La general inseguridad de la comarca se evidencia en el uso corriente de armas defensivas. El vaquero en la campiña, el pastor en le llano, llevan su mosquete y su cuchillo. El rico aldeano raramente se aventura a ir al mercado sin su “trabuco”, o tal vez acompañado de un criado a pie con otro al hombro. La mayor parte de estos viajes se emprenden con los preparativos propios de una empresa guerrera.
Los peligros del viaje ponen asimismo de manifiesto un sistema de viajar semejante, aunque en menor grado, al de las caravanas orientales. Los arrieros o trajinantes, agrupados en convoyes, emprenden la marcha en largas y bien armadas filas, en los idas previamente señalados, y entre tanto, otros circunstanciales viajeros se unen a ellos y contribuyen a su mayor seguridad. Por este primitivo procedimiento se realiza el comercio del país. El arriero es el medio y el auténtico viajero que cruza la Península desde los Pirineos y Asturias hasta las Alpujarras, la Serranía de ronda, e incluso, hasta las puertas de Gibraltar. Vive frugal y sobriamente; sus “alforjas”, por lo común de burdo paño, guardan sus parcas provisiones, y lleva además una bota de cuero, que pende del arzón de la cabalgadura, con vino o agua, suministro imprescindible cuando cruza los montes estériles o las sedientas llanuras. La manta de la mula, tendida en el suelo, es su lecho por la noche, utilizando la albarda como almohada. Su corto, pero gallardo y vigoroso aspecto, denota energía; de morena tez, tostada por el sol; firme la mirada, pero la expresión serena, excepto cuando se aviva por una súbita emoción; de francos ademanes, varonil y amable, nunca pasa sin pronunciar este grave saludo: “!Dios guarde a usted! ¡Vaya usted con Dios, caballero!”
Como estos hombres llevan con frecuencia toda su fortuna comprometida en la carga de sus acémilas, tienen las armas a mano, colgadas de las sillas y preparadas para una desesperada defensa; pero les tranquiliza su número contra las pequeñas partidas de merodeadores y contra el solitario “bandolero” armado hasta los dientes y montado en su corcel andaluz, al acecho, como un pirata en torno al barco mercante, sin atreverse al abordaje.
El arriero español posee un inagotable repertorio de canciones y baladas con las que se entretiene en su incesante ir y venir. Son tonadas rudas y sencillas, de escasas inflexiones. Las canta en alta voz, con largas y pronunciadas cadencias, sentado a mujeriegas en su mula que, al parecer, las escucha con suma gravedad y las acompaña con sus pasos. Las coplas que canta son, casi siempre, viejos y tradicionales romances de moros, la leyenda de algún santo o cantilenas amorosas; o más corrientemente, alguna balada de un “contrabandista” valiente o intrépido “bandolero”, puesto que éstos son en España héroes de leyenda para la gente del pueblo. Muchas veces, esta canción del arriero es improvisada y se refiere a algún paisaje local o algún incidente del viaje. Esta facilidad para el canto y la improvisación es corriente en España, y es opinión común que ha sido heredada de los moros. Se experimenta cierta salvaje complacencia al escuchar estas canciones en medio de los áridos y solitarios parajes que describen, acompañadas del ocasional tintineo de las campanillas de las mulas.
Es asimismo muy pintoresco el tropiezo con una fila de arrieros en un puerto de la montaña. En primer lugar, se oyen las campanillas de las mulas de delante, que rompen con su sencilla melodía la paz de las colinas; o quizá la voz del mulero que grita a alguna bestia perezosa o salida de la recua, o canta alguna balada tradicional con toda la fuerza de sus pulmones.
Ves, en fin, las mulas en lentos zigzags a lo largo del escarpado desfiladero, o bajando muchas veces tajos profundos hasta que su silueta se perfila sobre el horizonte, o subiendo por las simas ásperas y profundas abiertas a sus pies. Al aproximarse, se divisan los vistosos adornos de sus telas de estambre, sus borlas y jarapas, y al pasar, el “trabuco” siempre dispuesto, colgado detrás de los collarines y fardos, dando una idea de la poca seguridad del camino.
El antiguo reino de Granada, en el que íbamos a entrar, es una de las regiones más montañosas de España. Vastas “sierras”, desprovistas de árboles y veteadas de granitos y mármoles matizados, alzan sus crestas quemadas por el sol hasta el azul intenso de los cielos; pero en sus escabrosas profundidades se encuentran fértiles valles de intensa verdura en donde el páramo y el jardín tienen planteada la lucha por su dominio. Incluso la misma roca, por así decirlo, se ve forzada para que brote la higuera, el naranjo y el limonero y florezca la rosa y el arrayán.
La contemplación de ciudades y aldeas amuralladas, construidas como nidos de águilas entre las peñas y rodeadas de cresterías moriscas o de ruinosos torreones colgados de altos picachos, hace que la imaginación retroceda, en los pasos agrestes de las montañas, a los caballerescos tiempos de la guerra entre cristianos y musulmanes y a la romántica lucha por la conquista de Granada. Al atravesar estas altas “sierras”, se ve con frecuencia obligado el viajero a desmontar y a guiar su caballo por zigzagueantes subidas y bajadas, a semejanza de los quebrados peldaños de una escalera. La vereda serpentea algunas veces profundos abismos que carecen de pretil para protegerlo de la honda sima, y que luego se hunde en pronunciados declives, oscuros y peligrosos. En ocasiones, forcejea a través de abruptos “barrancos” cavados por los torrentes del invierno, sombría senda de “contrabandista”, en tanto que la presencia frecuente de alguna cruz alzada sobre un montón de piedras, fatídica señal de robo o crimen, advierte al viajero que se halla en la guarida de los bandidos, y acaso en ese preciso momento, bajo la observación de un emboscado bandolero. Algunas veces, al adentrarse en estrechos valles, se siente el viajero sobrecogido por un mugido ronco, y contempla, allá arriba, en un verde repliegue de la montaña, una manada de bravos toros andaluces, destinados a las corridas. He sentido -permitidme la expresión- un terror agradable al contemplar de cerca estos fieros animales de terrible poder, pastando en su indomable bravura, sin preocuparse apenas de la presencia del hombre; tan sólo conocen al vaquero solitario que los vigila y que, en muchas ocasiones, no se atreve a acercarse a ellos. El ronco mugido de estos toros y su aire amenazador cuando miran desde sur rocosa altura, hacen más rudo el agreste paraje.
Inconscientemente me he extendido con una disquisición más amplia de lo que pretendía sobre los aspectos generales del viaje en España, pero es que hay siempre algo de poético, que subyuga la imaginación, en todos los recuerdos de la Península.
Como nuestra proyectada ruta hacia Granada pasaba por comarcas montañosas, donde los caminos son tan sólo un poco mejor que los de herraduras y, según se dice, frecuentados por ladrones, tomamos las consiguientes precauciones para el viaje.
Un día o dos antes, entregamos a los “arrieros” la parte valiosa de nuestro equipaje. Tan sólo conservamos las ropas, lo necesario para el viaje y el dinero para los gastos del camino, junto con una pequeña cantidad de dinero suelto, a modo de “robber purse”, para en caso de ser asaltados poder complacer a estos caballeros del camino. Desgraciado del viajero que, olvidada esta precaución por exceso de prudencia, cae en su poder con las manos vacías, porque lo más probable es que no le quede un hueso sano, al verse ellos defraudados en sus esperanzas. No pueden unos “caballeros” así permitirse el lujo de recorrer sin provecho los caminos, con la amenaza de ser ahorcados.
Se nos proporcionaron un par de vigorosos caballos para nuestra montura y otro para nuestro reducido equipaje, que había de conducir un robusto mozo bizcaron, de unos veinte años; éste sería nuestro guía, caballerizo y criado, y siempre, nuestro guardián. A este fin, se había provisto el hombre de un formidable “trabuco” con el que prometió defendernos de los “rateros” ; en cuanto a las partidas fuertes, como la de los “Niños de Écija”, nos confesó, que desde luego no entraban en el número de sus hazañas. Al comienzo del viaje, alabó con cierta jactancia las innumerables excelencias de su arma, aunque para su descrédito la colgase descargada detrás de su montura.
De acuerdo con lo convenido, el hombre a quien habíamos alquilado los caballos, se encargaría de su alimentación y posada durante el viaje, así como de la manutención de nuestro escudero, el bizcaron, quien, por supuesto, fue provisto de los fondos correspondientes. Procuramos, sin embargo, hacerle una especial observación: la de que todo iría en su provecho, aunque hubiésemos cerrado el trato con su amo, porque si se portaba honrada y fielmente, tanto él como los caballos correrían a nuestro cargo, y podría así quedarse con el dinero que le habían dado para su manutención. Esta inesperada generosidad, junto con el regalo de algún que otro cigarrillo, ganaron por completo su corazón.
Era, desde luego, un hombre alegre y bonachón, lleno de escuderos, el famoso Sancho, con cuyo nombre, por cierto, le bautizamos. Aunque le tratamos con sociable familiaridad, nunca traspasó, como buen español, los limites de una respetuosa corrección, ni siquiera en sus expansiones de más franca alegría.
Tales fueron los mínimos preparativos de viaje; sobre todo, íbamos bien provistos de buen humor y de una clara predisposición a pasarlo bien. Nos decidimos a viajar como el auténtico “contrabandista”, aceptando todo como viniere, bueno o malo, y mezclándonos con gente de toda clase o condición, en este nuestro errante compañerismo. Este es, ciertamente, el verdadero modo de viajar en España. Con un estado de ánimo así, ¡qué país éste para el viajero, en el que la más mísera posada está llena de aventuras, como un castillo encantado, y donde cualquier comida es por sí sola una proeza! Quéjense otros de la carencia de buenos caminos y hoteles suntuosos y de todas las refinadas comodidades de un país culto y civilizado, pero sumido en la vulgaridad de costumbres.
Por lo que a mi se refiere, prefiero trepar por ásperas montañas o vagar sin rumbo determinado, gozando de las costumbres semisalvajes, aunque francas y hospitalarias, que prestan un verdadero y delicioso encanto a la vieja y romántica España.
Así equipados y servidos, salimos a paso lento de la bella ciudad de Sevilla a las seis y media de la mañana de un radiante día de mayo, en compañía de una dama y de un caballero, ambos conocidos nuestros, que cabalgaron con nosotros unas millas y se despidieron según la costumbre española. Nuestra ruta pasaba por la antigua Alcalá de Guadaira (Alcalá del río Aira), que beneficia a Sevilla al suministrarle su pan y su agua. En ella viven los panaderos que abastecen dicha ciudad con ese pan tan delicioso que le ha dado fama; aquí se elaboran esas “roscas” que se conocen con el merecido nombre de “pan de Dios”. Por cierto que ordenamos a nuestro criado Sancho que llenase de ellas las “alforjas” de viaje. Con razón ha sido llamada esta pequeña y beneficiosa ciudad “Alcála de los Panaderos”, porque son de este oficio la mayoría de sus habitantes, hasta el punto de que incesantes reatas de mulas y borriquillos, cargados con grandes serones de hogazas y “roscas”, recorren constantemente la carretera hasta Sevilla.
Ya he dicho que Alcalá abastece de agua a esta ciudad. Hay aquí grandes depósitos o aljibes, de construcción romana o árabe, desde los que se conduce el agua a Sevilla por medio de magníficos acueductos. Todos se muestran orgullosos de las fuentes de Alcalá, lo mismo que de sus hornos; la exquisitez de su pan se atribuye, incluso, a la pureza y claridad de las aguas.
Nos detuvimos un momento junto a las ruinas de un viejo castillo moro, lugar predilecto de excursiones para los de Sevilla, donde vivimos horas deliciosas.
Sus muros, de gran extensión, horadados de aspilleras, rodeaban una gran torre cuadrada o torreón, con las ruinas de algunas “mazmorras”. El Guadaira tuerce su curso en torno a la colina, al pie de estas ruinas, suspirando entre cañas, juncos y nenúfares, acariciado de rododendros, eglantinas, mirtos amarillos y una profusión de flores silvestres y arbustos aromáticos. Y mientras, a lo largo de sus orillas, bosquecillos de naranjos, limoneros y granados, donde escuchamos el canto matutino del ruiseñor.
Un puente pintoresco va de una a otra parte del riachuelo, y en uno de sus extremos se encuentra el antiguo molino moro del castillo, protegido por una torre de piedra amarilla; una red de pescar cuelga del muro puesta a secar y, cerca en el río, está su barca. Un grupo de campesinas con vestidos chillones se refleja en la corriente apacible, cuando cruzan por el arco del puente. El conjunto era magnifico paisaje para un artista.
Los viejos molinos moros, que con tanta frecuencia se encuentran en los apartados cauces, son característicos en el paisaje español y evocan los azarosos idas del pasado. Construidos en piedra, tienen a menudo forma de torres con aspilleras y almenas, capaces para la defensa en aquellos belicosos tiempos en los que el territorio extendido a sus márgenes estaba expuesto a los peligros de una inesperada incursión o al saqueo, cuando los hombres tenían que trabajar con sus armas a mano y cerca de algún sitio que sirviese de refugio temporal.
Nuestra próxima parada fue en Gandul, con restos de otro castillo moro de ruinosa torre, nido de cigüeñas, y desde donde se domina el panorama de una extensa “campiña” y la serranía de Ronda a lo lejos.
Estos castillos fueron fortalezas que protegían las llanuras de las “talas” o saqueos a que estaban expuestas; feroces incursiones que convertían la campiña en erial, dispersaban los rebaños y manadas de las vastas praderas y, con la gente del campo cautiva, se alejaban veloces, en largas “cabalgadas”, a la orilla opuesta.
En Gandul encontramos una tolerable “posada”. Aquella buena gente no supo ni decirnos la hora que era, porque el reloj del pueblo tan sólo sonaba una vez durante todo el día, a las dos de la tarde, y hasta esa hora, todo era elaborar conjeturas.
Convinimos que era hora de comer, y nos apeamos y encargamos comida. Mientras la preparaban, visitamos el palacio, residencia en otro tiempo del marqués de Gandul.
Todo se encontraba en ruinas, aunque quedaban dos o tres estancias habitables, pero muy escasas de mobiliario. Sin embargo, todavía guardaba restos de un pasado esplendor: una terraza, por donde algún día pasearon bellas damas y gentiles caballeros; un estanque con peces y un ruinoso jardín con parras y palmeras cargadas de dátiles. En este sitio se nos agregó un obeso sacerdote que cogió un ramo de rosas y lo ofreció muy gentilmente a la dama que nos acompañaba.
Debajo del palacio había un molino con naranjos y áloes enfrene y una regular corriente de agua cristalina. Nos sentamos a la sombra, y los molineros, interrumpidas sus faenas, también lo hicieron para fumar con nosotros, pues los andaluces siempre están dispuestos a charlar. Estaban esperando la acostumbrada visita del barbero, que venía a poner orden en sus barbas una vez por semana. Este llegó poco después; era un muchacho de diecisiete años, montado en un borrico, deseoso de mostrar sus nuevas “alforjas”, acabadas de comprar en la fería por un dólar, y que debía pagar en junio, el día de San Juan, ya que para esa fecha esperaba haber rapado barbas suficientes para reunir la cantidad necesaria.
Terminamos de comer cuando dieron las dos en el lacónico reloj del castillo.
Nos despedimos, pues, de nuestros amigos de Sevilla, y dejando a los molineros todavía en manos del barbero, seguimos camino adelante en nuestras cabalgaduras a través de la “campiña”. Era una de esas extensas llanuras, tan frecuentes en España, en la que durante millas y millas no se ve ni un árbol ni una casa. Infeliz del viajero que ha de atravesarlas expuesto como nosotros a los fuertes y repetidos chaparrones de agua. No hay modo de evitarlo ni lugar donde guarecerse. Nuestras única protección eran nuestras capas españolas, que casi cubren jinete y caballo, aunque aumentaban de peso a cada milla.
Cuando creíamos haber escapado de uno de estos aguaceros, veíamos cómo se acercaba otro, lenta pero inevitablemente. Felizmente para nosotros, brillaban, en el intervalo, los claros y radiantes rayos del sol andaluz que hacían brotar círculos de vapor de nuestras capas, pero que también las secaban algo, antes del próximo aguacero.
Llegamos a Arahal, pueblecito entre cerros, poco después de puesto el sol. Lo encontramos animado por una partida de “migueletes” que recorrían la comarca a la busca y captura de ladrones. La presencia de extranjeros como nosotros era algo inusitado en los pueblos del interior; un acontecimiento de este tipo asombra y pone fácilmente en conmoción a los pueblecitos españoles de esta categoría. Mi posadero, con dos o tres viejos y sesudos compinches de pardas capas, examinó nuestros pasaportes en un rincón de la “posada”, mientras que un “alguacil” tomaba nota a la débil luz de un candil. Los pasaportes en lengua extranjera los dejaron perplejos; pero nuestro escudero Sancho les ayudó en su examen y ponderó nuestras personas con la típica prosopopeya del español. En tanto, la pródiga distribución de unos cigarros puros nos captó las simpatías de todos los circundantes, que al poco tiempo se apresuraban a darnos la bienvenida. Incluso el mismo “corregidor” se llegó a presentarnos sus respetos, y la posadera metió con ostentación, en nuestra estancia, un gran sillón con asiento de anea para el acomodo de aquel importante personaje.
Cenó con nosotros el jefe de la patrulla, un despierto “andaluz”, alegre y charlatán, que había sido soldado en la campaña de América del Sur y que nos contó sus proezas bélicas y amorosas, en estilo grandilocuente, lleno de ademanes y contorsiones y con extrañas contracción de ojos. Nos dijo que poseía una lista de todos los ladrones del contorno y que era su propósito capturar a todos aquellos hijos de su madre. Al mismo tiempo nos ofreció algunos soldados en calidad de escolta, mientras decía:
—Uno sólo es suficiente para protegerles, “señores”: los ladrones me conocen y conocen también a mis hombres; basta uno de ellos para esparcir el terror por toda la “sierra”.
Le agradecimos su ofrecimiento, aunque le aseguramos, con un tono de voz igual al suyo, que no teníamos miedo a todos los “ladrones” de Andalucía juntos, por la tranquilidad que inspiraba la protección de Sancho, nuestro valiente escudero.
En tanto que cenábamos con este jactancioso compañero, oímos las notas de una guitarra y el alegre repiqueteo de las castañuelas, y al momento, un coro de voces entonaba un aire popular. En efecto; nuestro posadero había conseguido reunir algunos cantores y músicos aficionados, así como a las bellas aldeanas del vecindario. Cuando salimos, el “patio” de la posada ofrecía el aspecto de una auténtica fiesta española. Tomamos asiento, junto con nuestros posaderos y el jefe de la patrulla, bajo un arco del patio. Pasó la guitarra de mano en mano y actuó como Orfeo de aquel lugar un alegre zapatero.
Era un mozo de agradable continente, con grandes patillas negras, que iba arremangado hasta el codo. Manejaba la guitarra con singular destreza y nos deleitó con una cancioncilla amorosa acompañada de miradas muy expresivas al grupo de mujeres, de quienes, por las trazas, era el favorito. Bailó después un “fandango”, acompañado de una alegre damisela andaluza, que deleitó a la concurrencia. Pero ninguna de las allí presentes podía compararse con Pepita, la bonita hija de nuestro posadero, la cual se escabulló y se hizo la “toilette” que el caso requería. Volvió poco después con la cabeza cubierta de rosas y se lució bailando un “bolero”, en compañía de un joven y apuesto soldado posadero que corriesen en abundancia el vino y los refrescos entre los circunstantes.
A pesar de ello, y aunque era aquélla una mezcla abigarrada de soldados, arrieros y aldeanos, nadie se excedió de los limites de una moderada alegría.
La escena era a propósito para el deleite de un artista: un pintoresco grupo de bailarinas, los soldados con sus uniformes sólo en parte militares y los campesinos envueltos en sus capas verdes. Es asimismo digna de mención, la presencia del viejo y delgado “alguacil”, con su negra capilla, que ajeno a todo lo que allí pasaba y sentado en un rincón, escribía activamente a la débil luz que despedía un velón de cobre, digno de los tiempos de Don Quijote.
La mañana siguiente amaneció fragante y luminosa, como deben ser las mañanas de un día de mayo, según los poetas. Salimos de Arahal a las siete; toda la posada estuvo en la puerta para despedirnos. Proseguimos nuestro viaje atravesando una fértil campiña de resplandeciente verdura, pero que en verano, terminadas las faenas de la cosecha y ya la tierra parda y reseca, debía ofrecer un aspecto monótono y solitario, puesto que en aquella jornada no se vieron ni casa ni personas. La mayoría de la gente se agrupa en las aldeas o en torno a las fortalezas levantadas sobre las colinas, que dan la impresión de que estas fértiles llanuras están expuestas todavía a las incursiones de los moros.
Llegamos a mediodía a un grupo de árboles situado en las márgenes de un arroyuelo que se desliza por una rica pradera.
En este sitio descabalgamos para comer.
Era, en verdad, un delicioso paraje, entre flores silvestres, el que se agitaba a nuestro alrededor. Conocedores, como éramos, de la escasez de víveres en la despensa de las posadas españolas y de los lugares deshabitados que teníamos que atravesar, adoptamos la sana precaución de abarrotar de provisiones frías las “alforjas” de nuestro escudero, así como su “bota”, que tenía la capacidad de un galón, llena hasta el cuello de un exquisito vino de Valdepeñas. Dado que nuestro bienestar dependía más de ellas que del “trabuco” de Sancho, encargamos a éste que tuviese muy buen cuidado de que se encontraran siempre provistas en abundancia; y debo en justicia decir que, como su homónimo el glotón Sancho Panza, nunca hubo un despensero más previsor. Aunque saltábamos con frecuencia “alforja” y “bota”, tenían, éstas, sin embargo, la extraña virtud de rellenarse, pues nuestro vigilante criado metía en el saco todo el sobrante de lo que comíamos en las posadas. De esta manera colaboraba con nosotros y participaba de nuestra comida, que hacía sus delicias durante todo el viaje.
En esta ocasión, puso en el césped, delante de nosotros, una completa y espléndida variedad de manjares sobrantes, amén de un excelente jamón adquirido en Sevilla; y entonces, sentado cerca de nosotros, gozó con fruición de lo que todavía quedaba en las “alforjas”. Varias visitas que hizo a la “bota” lo pusieron tan alegre y cantarín como un saltamontes en el rocío de la mañana.
Cuando comparé su alegría delante de las alforjas con la que experimentó Sancho ante las espumosas ollas, en las bodas de Camacho, comprobé que estaba muy versado en la historia de Don Quijote.
Como la mayor parte de la gente sencilla de España, creía firmemente que aquélla era verdadera historia.
—¿Hace mucho tiempo que ocurrió eso? -me preguntó con mirada interrogante.
—Sí, hace mucho tiempo -le contesté.
—¿Más de mil años, quizá? -dijo; y había indecisión en su mirada.
—Eso por lo menos.
El escudero quedó satisfecho. Nada agradaba tanto a este criado tan sencillo como el que yo le comparase, dada su afición a los placeres de la mesa, con el famoso Sancho; y no le llamamos por otro nombre durante el viaje.
Terminada la comida, extendimos nuestras capas sobre el césped, debajo de unárbol, y echamos la “siesta” según es costumbre en España. Pero como amenazase lluvia, nos dispusimos a partir cuando comenzaba a soplar un fuerte viento del Sudeste. A eso de las cinco, llegamos a Osuna, ciudad de quince mil habitantes, situada en la falda de una montaña, con iglesia y las ruinas de un castillo. La “posada” se encontraba fuera de sus murallas y ofrecía un lúgubre aspecto. La tarde se presentaba fría; los moradores de la casa estaban reunidos en torno al “brasero”, en un rincón de la chimenea. La mesonera era una mujer vieja y seca como una momia. Al entrar en la estancia, todos los reunidos nos miraron recelosamente, como acostumbran los españoles a mirar a los extranjeros. Un saludo por nuestra parte, respetuoso y amable, llevándonos la mano al “sombrero” en señal de deferencia, tranquilizó el orgullo español; y cuando nos sentamos con ellos, pasamos la petaca por la reunión y encendimos nuestros cigarros, nuestra victoria era completa.
Nunca conocí a ningún español, sea cual fuere su clase o condición, que tolere el ser superado en cortesía por otro; y para el español corriente el regalo de un cigarro “puro” es irresistible. A pesar de todo, hay que procurar no ofrecerle nunca nada con aire de superioridad o condescendencia: él es demasiado “caballero” para aceptar obsequios a costa de su dignidad.
Salimos de Osuna a primera hora de la mañana siguiente y nos internamos en la “sierra”. El camino que tomamos serpenteaba a través de un pintoresco pero solitario paraje; alguna cruz, señal de asesinato, a uno y otro lado de la senda, advertía que nos aproximábamos a las guaridas de los bandoleros. Este intrincado y agreste lugar, con sus mudas llanuras y sus valles cortados por montañas, ha sido siempre famoso por sus bandidos. Fue aquí donde Omar Ibn Hassan, capitán de ladrones musulmán, ejerció un cruel poderío en el siglo IX, e incluso disputó su dominio con los califas de Córdoba. También fue ésta una de las regiones saqueadas constantemente, durante el reinado de Fernando e Isabel, por Aliatar, viejo alcaide moro de Loja, suegro de Boabdil; por este motivo fue llamado el jardín de Aliatar. Aquí, en fin, José María, famoso en la historia del bandolerismo español, tuvo uno de sus escondrijos favoritos.
En el curso del día pasamos por Fuente la Piedra, junto a la laguna salada del mismo nombre; bella extensión de agua, que reflejaba como un espejo las lejanas montañas. Dimos vista a Antequera, la vieja ciudad de fama guerrera, situada en la falda de la gran “sierra” que atraviesa Andalucía. Ante ella se extiende una hermosa “vega”, fértil campiña incrustada en un marco de rocosas montañas. Atravesando un manso río, nos aproximamos a la ciudad por un paraje poblado de setos y jardines, donde los ruiseñores entonaban sus cantos vespertinos. Al anochecer llegamos a las puertas de la población. Todo tiene en esta venerable ciudad un marcado acento español. Se encuentra situada fuera de la ruta que frecuenta el turista extranjero, y esto explica que no se hayan perdido sus viejas costumbres. Observé en ella que los viejos llevan todavía la “montera”, antigua gorra de caza muy corriente en otro tiempo en España, en tanto que los jóvenes utilizan un sombrerillo de copa redonda con el ala vuelta, como una taza puesta al revés sobre el platillo, y que tenía los filos adornados con pequeñas borlas negras a manera de escarapelas. En cuanto a las mujeres, todas usan “mantillas” y “basquiñas”. Las modas de París no habían llegado a Antequera.
Seguimos nuestra ruta por una espaciosa calle y nos paramos en la “posada” de San Fernando. Como Antequera, según dije, es importante ciudad, pero alejada de la ruta de viaje, supuse que íbamos a encontrar mal alojamiento y comida en la posada. Recibí, pues, una grata sorpresa cuando me hallé frente a una bien provista mesa y, lo que más grato aún, con una habitación limpia y aseada y un confortable lecho. Nuestro buen Sancho se encontró tan bien servido como su homónimo cuando tuvo a su disposición la cocina del Duque, y me dijo al retirarnos que aquél había sido un buen día para las “alforjas”.
A la mañana siguiente, muy temprano -era el cuatro de mayo- di un paseo por las ruinas del viejo castillo moro, construido sobre los restos de una fortaleza romana. Allí, sentado junto a una desmoronada torre, gocé de un amplio y variado paisaje, que, además de bello, estaba cargado de recuerdos históricos. Me hallaba en el verdadero corazón de la comarca, famoso por las caballerescas contiendas entre moros y cristianos. A mis pies, sobre su regazo de colinas, descansaba la vieja ciudad guerrera que con tanta frecuencia se cita en crónicas y romances.
Fuera de aquel portillo y al pie de la colina, cabalgaron aquellos caballeros del más alto linaje y fiero aspecto, que hacían correrías en los tiempos de la guerra y conquista de Granada, terminada con una matanza horrible en las montañas de Málaga, que llenó de luto a toda Andalucía. Más lejos se extendía la “vega”, poblada de huertas y jardines, con sus campos de mieses y esmaltadas praderas, inferior tan sólo a la famosa “vega” de Granada. A la derecha, el Peñón de los Enamorados, tendido sobre la llanura como un áspero promontorio, desde donde la hija del alcaide moro y su amante, al verse estrechamente perseguidos, se arrojaron desesperados.
Cuando descendía, sonaron dulcemente en el aire de la mañana las campanas de las iglesias y conventos. Comenzaba la plaza del mercado a llenarse de gente que trafica con los abundantes productos de al “vega”, pues éste es el comercio de una región agrícola. Había gran abundancia de frescas rosas recién cogidas; ni una sola dama o damisela andaluza cree completo su vestido de gala sin que la rosa luzca como una perla entre sus negras trenzas.
Al regresar a la posada me encontré a Sancho en animada conversación con el posadero y dos o tres colegas suyos. Acababa de contar una maravillosa historia de Sevilla, que mi posadero se esforzaba en superar con otra, también maravillosa, de Antequera.
—Había una vez -decía- una fuente de una plaza pública; se llamaba “la Fuente del Toro”, porque el agua salía por la boca de una cabeza de toro hecha de piedra. Debajo de ella se leía esta inscripción:
En frente del toro se halla un tesoro. Muchos cavaron frente a la fuente, pero en vano, porque no hallaron nada. Por fin, uno que se las daba de entendido descifró el enigma: “En la “frente” del toro -se dijo- es donde está el tesoro, y soy yo quien lo va a encontrar”. Y así, avanzada la noche, vino con un martillo e hizo la cabeza mil pedazos. Y ¿qué creéis que encontró?
—¡Un montón de oro y diamantes! -gritó Sancho, vehemente.
—No encontró nada -dijo el hostelero con frialdad- y destrozó la fuente.
Los amigos del posadero reventaban de risa, burlándose de Sancho, con lo que me figuro que era una de las bromas favoritas de mi patrón.
Salimos de Antequera a las ocho. Fue una deliciosa jornada, a lo largo de un riachuelo y por entre fragantes huertos y jardines con olores de primavera y trinos armoniosos de ruiseñores. Nuestra ruta rodeaba el Peñón de los Enamorados, que se alzaba sobre un precipicio, encima de nuestras cabezas. Aquella mañana atravesamos Archidona, emplazada en la ladera de una elevada colina, en la que destacan las ruinas de una fortaleza árabe y un cerro de tres picos. Fue para nosotros muy penoso el subir por una empedrada calle de pronunciada pendiente que conducía a la ciudad, aunque lleve el animoso nombre de “Calle Real del Llano”; pero fue más arduo todavía el descenso desde esta ciudad, entre cerros, a la ladera opuesta.
Al mediodía nos detuvimos a la vista de Archidona, en una pequeña pero agradable pradera entre colinas cubiertas de olivos.
Tendimos las capas sobre la hierba, debajo de un olmo, en las márgenes de un arroyuelo de aguas bulliciosas; atamos nuestros caballos donde pudiesen pacer a gusto y ordenamos a Sancho que vaciara las “alforjas”. Había permanecido toda la mañana en un silencio desusado, desde que se rieron de él, pero ahora se le iluminó el semblante y trajo las “alforjas” con aire de triunfo. Contenían las raciones de cuatro idas de viaje, y se habían enriquecido bastante con las provisiones de la noche anterior en la bien surtida posada de Antequera; esto aprecia ofrecerle una compensación a las bromas del posadero.
—Enfrente del toro se halla un tesoro -exclamó con risa burlona, mientras sacaba el heterogéneo contenido, uno a uno, en una serie que aprecia no acabar nunca. Sacó en primer lugar un pernil de cabrito asado, casi intacto; luego, una perdiz entera; más tarde, un buen trozo de bacalao envuelto en un papel, los restos de un jamón y media gallina; junto con esto, un montón de naranjas, higos, pasas y nueces. Su “bota” también estaba llena de un excelente vino de Málaga. A cada nueva aparición de su despensa, gozaba el hombre ante nuestro cómico asombro y se tumbaba de espaldas en la hierba, riendo a carcajadas y exclamando:
—¡”Enfrente del toro”! ¡”Enfrente del toro”! ¡Ah, señores, se creían en Antequera que Sancho es tonto; pero Sancho supo dónde encontrar el “tesoro”!
Mientras que nos divertíamos con sus ingenuidades, se nos acercó un mendigo que casi ofrecía el aspecto de un peregrino.
Tenía una venerable barba gris y, por las trazas, era muy viejo; pero aunque se apoyaba en un cayado, todavía no estaba encorvado por los años. Era alto y erguido y mostraba las ruinas de una elegante figura. Llevaba un redondo sombrero andaluz, una zamarra y pantalones de cuero, e iba calzado con abarcas. Su traje, aunque viejo y remendado, era decente, y su aspecto, viril, Se dirigió a nosotros con esa grave cortesía que se encuentra hasta en el español más humilde. Nos sentimos favorablemente inclinados hacia visitante tal; y con impulsiva generosidad le dimos unas monedas, una hogaza de sabroso pan de trigo y un vaso de nuestro exquisito vino de Málaga. Lo recibió con gratitud, pero sin que le acompañase ningún servil ademán. Al probar el vino, lo miró al trasluz con un asomo de sorpresa en sus ojos; luego, se lo bebió de un trago.
—Hace muchos años -dijo- que no he probado un vino así. Es reconfortante para el corazón de un viejo. -Después, contemplando la hermosa hogaza de pan, añadió-: ¡”Bendito sea tal pan”! -y lo guardó en su zurrón.
Le insistimos para que se lo comiera allí.
—No, “señores” -replicó-. El vino, sí porque tenía que beberlo o dejarlo; pero el pan me lo puedo llevar a mi casa para compartirlo con mi familia.
Sancho nos interrogó con la mirada, y al leer en ella nuestra aprobación, entregó al viejo una parte considerable de nuestra comida, aunque con la condición de que tenía que sentarse y comer allí mismo.
Y así fue; sentóse a cierta distancia de nosotros y comenzó a comer pausadamente, con la sobriedad y el decoro propios de un “hidalgo”. Había en aquel anciano tal mesura y tan sereno dominio de sí mismo, que me hizo pensar si no habría conocido días mejores; hasta en su lenguaje, aunque sencillo, había algo de pintoresco y poético. Supuse que era algún arruinado caballero; pero me equivocaba. Aquella su actitud no era sino la innata cortesía de un español, y sus poéticos giros de lenguaje y pensamiento se encuentran con frecuencia en todos los habitantes de este pueblo de aguda inteligencia, incluso en los tipos de la más ínfima clase social.
Nos dijo que había sido pastor durante cincuenta años, pero que ahora se encontraba sin colocación y, por consiguiente, necesitado.
—Cuando era joven -añadió- nada me preocupaba ni me hacía daño; siempre me encontraba bien de salud, siempre alegre; pero ya tengo setenta y nueve años, soy pobre, y el corazón empieza a fallarme.
No era todavía mendigo profesional, porque hacía muy poco que la necesidad le había obligado a esta condición. Hizo una conmovedora pintura de la lucha que se entabló entre su orgullo y el hambre cuando por vez primera se apoderó de ella más negra miseria. Volvía de Málaga sin dinero; no había comido nada desde hacía algún tiempo y, por añadidura, cruzaba una de las más extensas llanuras de España, que apenas si tenía viviendas. Cuando medio muerto de hambre llamó en una venta, “Perdone usted por Dios, hermano”, le contestaron; que es la fórmula corriente en España cuando se quiere denegar la petición de un pordiosero.
—Me alejé -siguió diciendo- con más vergüenza que hambre, porque todavía queda mucho orgullo en mi corazón. Llegué a un río de márgenes elevadas y de profunda e impetuosa corriente, y poco faltó para arrojarme a él. “Un viejo desgraciado e inútil como yo - me dije- no tiene por qué vivir”. Pero cuando me vi al borde de la corriente, me acordé de la Santísima Virgen y me alejé. Anduve hasta que divisé un cortijo a poca distancia del camino, y entré en su patio exterior. La puerta estaba cerrada, pero vi a dos “señoras” jóvenes asomadas en una ventana.
Me acerqué e imploré: “Perdone usted por Dios, hermano”, y cerraron. Salí del patio arrastrándome; el hambre me rindió y desfalleció mi corazón. Creí llegada mi última hora; me tendí en la puerta, me encomendé a la Santísima Virgen y me cubrí la cabeza para morir. Al rato llegó el dueño del cortijo que regresaba a su hogar, y al verme tumbado en su puerta, descubrió mi cabeza, tuvo compasión de mis canas y me llevó dentro, donde me dio de comer. Porque, “señores”, nuestra confianza debe ponerse siempre en la protección de la Virgen.
El anciano se dirigía a Archidona, su pueblo de origen, que se divisaba muy bien desde allí, situado en su escarpada y rocosa colina. Nos señaló las ruinas de su castillo y dijo:
—Este castillo fue habitado por un rey en tiempos de la guerra de Granada. La reina Isabel le puso sitio con un gran ejército; pero el rey moro lo miraba desde su castillo entre nubes y se sonreía desdeñosamente. En esto se apareció la Virgen a la reina y la guió con su ejército por una misteriosa vereda de la montaña, desconocida hasta entonces. Cuando el rey la vio aproximarse, quedó atónito; se arrojó con su caballo por un precipicio y murió destrozado. Las huellas de los cascos de su caballo -continuó el anciano- se pueden ver marcadas en la roca desde aquel día. Y vean, “señores”; allá se contempla el camino por donde la reina y sus ejércitos subieron; parece una cinta que asciende por la ladera del monte; pero el milagro es que, aunque puede verse a distancia, desaparece cuando uno se acerca.
El sendero ideal que señalaba era, indudablemente, un arenoso barranco de la montaña, que aprecia estrecho y perfilado a distancia, pero que al aproximarse uno se ensanchaba y desaparecía.
Cuando el viejo reconfortó su ánimo con el vino y la comida, comenzó a contarnos la historia de un tesoro enterrado bajo el castillo por el rey moro. Su propia casa se encontraba junto a los cimientos. El cura y el notario habían soñado tres noches seguidas con aquel tesoro, e incluso habían cavado en el sitio que señalaban sus sueños; el propio yerno del viejo oyó una noche ruido de picos y palas. Lo que se encontraron se ignora; sí consta que de pronto se vieron ricos, aunque guardaron su secreto. Así fue como tuvo el anciano una vez la fortuna al alcance de sus manos, pero estaba condenado sin duda a no poder disfrutar de ella.
He observado que las historias de tesoros escondidos por los moros, tan populares en España, son cosa muy corriente entre las personas humildes. La Naturaleza, bondadosa, consuela con las sombras de la fantasía la carencia de realidades.
El sediento sueña con el dulce murmullo de las fuentes y los ríos; el hambriento, con suntuosos banquetes, y el pobre, con montones de oro escondido, porque no hay en verdad nada tan rico como la imaginación de un pobre.
Nuestra jornada de aquella tarde nos llevó por un pendiente y escarpado desfiladero de la montaña, llamado “Puerto del Rey”, uno de los grandes pasos que dan entrada al territorio de Granada y por el que el rey Fernando condujo en cierta ocasión sus ejércitos. A la caída del sol, el sendero que rodeaba una colina nos puso a la vista de la famosa y pequeña ciudad fronteriza de Loja, que rechazó desde sus murallas al rey Fernando. S nombre árabe quiere decir custodia o protectora, porque lo fue de la “vega” de Granada, como uno de sus vigías avanzados. Era el baluarte de aquel feroz guerrero, el viejo Aliatar, suegro de Boabdil; y fue allí donde agrupó a su gente y salió a una desastrosa correría que terminó con el cautiverio y muerte del viejo “alcaide”. Loja ha sido llamada, con razón, la llave de Granada, dada su privilegiada posición en las mismas puertas, por decirlo así, de este desfiladero. Muy agreste y pintoresca, está edificada en la falda de una árida montaña. Las ruinas de un “alcázar” coronan un montículo rocoso que se alza en el centro de la ciudad. La baña el río Genil, que serpentea entre rocas y arboledas, prados y jardines, y que está cruzado por un puente morisco.
Todo se ofrece bravío y estéril por encima de la ciudad, aunque de exuberante vegetación y fresca verdura en su zona baja.
El río ofrece un contraste parecido; más allá del puente todo es plácido, fértil y poblado de setos y arboledas; más acá, ruidoso y turbulento. Sierra Nevada, regias montañas de Granada coronadas de nieves perpetuas, forma el limite lejano de este variado paisaje, uno de los más característicos de la romántica España.
Nos apeamos a las puertas de la ciudad y encargamos a Sancho que llevase nuestros caballos a la posada, en tanto dábamos una vuelta para gozar de la peregrina belleza del contorno. Cuando cruzábamos el puente en dirección a una hermosa “alameda”, dieron las campanas el toque de oración. Al oírlas, los transeúntes, ya sea por obligación o por complacencia, se descubrían y santiguaban, rezando la oración de la tarde, piadosa costumbre que todavía se conserva en los más apartados rincones de España. Todo ello formaba al atardecer un espectáculo bello y solemne.
Paseábamos en tanto que la tarde se iba poco a poco y la luna comenzaba a brillar entre los olmos de la “alameda”. La voz de nuestro fiel escudero, que nos llamaba a distancia, nos sacó de este apacible estado de felicidad. Llegó sin aliento a donde estábamos.
—¡Ah, “señores”! -exclamó-. “El pobre Sancho no es nada sin Don Quijote”.
El hombre se había alarmado al ver que no llegábamos a la posada; le constaba que Loja era un agreste lugar montañoso, lleno de “contrabandistas”, hechiceros e “infiernos”, y como ignoraba lo que pudiera haber sucedido, salió en nuestra busca, preguntando por nosotros a todo el que topaba, hasta que supo que habíamos cruzado el puente y, con la natural alegría, nos había divisado paseando por la “alameda”.
La posada a que nos llevó se llamaba de la “Corona”, muy en consonancia, según comprobamos, con el aspecto del lugar, cuyos habitantes parecen conservar aún el fiero espíritu de los pasados tiempos. La posadera era una joven y bella viuda andaluza, cuya adornada “basquiña”, de seda negra con flecos de abalorios, hacía resaltar los encantos de su airoso cuerpo y de sus torneadas y flexibles piernas. Su andar era firme y elástico, y llenos de fuego sus negros ojos. La coquetería de su movimiento y los adornos varios de su persona mostraban que le era muy familiar el ser admirada.
Buena pareja con ella hacía su hermano, casi de su misma edad, y los dos, modelos acabados de “majo” y “maja” andaluces. El era alto, vigoroso y bien formado, de tez aceitunada, ojos negros y vivos y rizadas patillas de color castaño que se juntaban bajo la barbilla. Iba airosamente vestido con chaquetilla corta de terciopelo verde ajustada a su cuerpo, muy adornada de botones de plata y un blanco pañuelo en cada bolsillo. Sus calzones, de la misma tela, llevaban una fila de botones desde las caderas hasta las rodillas; tenía asimismo un pañuelo de seda roja en torno a su garganta, recogido con un cintillo sobre la pechera de su camisa, cortada con esmero, y haciendo juego, una faja en la cintura; “botines” del más fino cuero bermejo, finamente trabajado, abiertos por las pantorrillas para enseñar las medias y zapatos encarnados que daban realce a su bien formado pie.
Mientras permanecía en la puerta, llegó un jinete que entabló una sería conversación con él, en voz baja. Vestía de un modo parecido y casi con el mismo primor.
Era un hombre de unos treinta años, de buena contextura, vigorosas facciones romanas, de cierta hermosura viril, aunque ligeramente picado de viruelas, de ademanes desenvueltos y de atrevida audacia.
Su brioso caballo negro iba adornado con borlas y caprichosos arreos y llevaba colgados un par de trabucos detrás de la silla. Aprecia uno de aquellos “contrabandistas” que había visto en la Serranía de Ronda, y por las trazas, estaba en buena armonía con el hermano de mi posadera. Es más: si no me equivoco era el pretendiente predilecto de la viuda. Toda la posada y sus ocupantes tenían cierto aspecto “contrabandista” y en un rincón se veía un trabuco al lado de una guitarra. El mencionado jinete pasó la noche en la “posada” y cantó con buen estilo algunos atrevidos romances de la montaña. Estábamos cenando cuando entraron dos infelices asturianos que con plañidero tono pidieron comida y cama por la noche. Al volver de una fería habían sido asaltados por los bandidos de la montaña, que les habían robado el caballo con todas las mercancías propias de su oficio, junto con el dinero.
Como habían opuesto alguna resistencia, les destrozaron las ropas, dejándoles en el camino casi desnudos. Mi compañero de viaje, con la espontánea generosidad que le caracteriza, encargó que les preparasen cana y cama, y les dio, además, el dinero suficiente para proseguir el viaje hasta su lugar.
A medida que la noche avanzaba, las “dramatis personae” iban aumentando. Un grueso individuo de unos sesenta años de edad y de fuerte contextura, entró con paso cansino y se puso a charlar con mi mesonera. Vestía el traje andaluz corriente y llevaba un enorme sable bajo el brazo; lucia grandes mostachos y ofrecía en todo un aire altivo y fanfarrón. Todos parecían mirarle con gran deferencia.
Sancho nos murmuró al oído que era don Ventura Rodríguez, héroe y campeón de Loja, famoso por sus hazañas y por el vigor de su brazo. En tiempos de la invasión francesa sorprendió a seis soldados que dormían; primero trabó sus caballos, y después los acometió con su sable, matando a unos y haciendo prisioneros a los restantes. Por esa hazaña le concedió el rey una peseta diaria y le honró con el titulo de Don.
Me divertía oír su ampuloso lenguaje y contemplar su tipo. Era, ciertamente, modelo de perfecto andaluz, bravo y fanfarrón. Llevaba siempre el sable en su mano o bajo el brazo, y no lo soltaba nunca, lo mismo que una niña con su muñeca. Lo llamaba su Santa Teresa y decía:
—Cuando lo saco, “tiembla la tierra”.
Estuve sentado allí hasta muy tarde, oyendo los varios temas de conversación de aquel pintoresco grupo, en el que todos estaban mezclados, con esa típica campechanía que reina en las “posadas” españolas. Oímos romances de “contrabandistas”, historias de ladrones, así como hazañas de “guerrilla” y leyendas moriscas. Una de éstas la refirió nuestra bella mesonera, que hizo un poético relato de los “infiernos” de Loja: oscuras cavernas donde las corrientes de agua y las cascadas producen un ruido misterioso y donde, según el vulgo, hay riquezas escondidas desde aquellos tiempos en que los reyes moros guardaron en ellas sus tesoros.
Me fui a la cama con la imaginación excitada por todo lo que había visto y oído en esta vieja ciudad llena de bélicos recuerdos. Apenas me había dormido cuando me despertaron un estrépito y algarabía horribles, que hubieran turbado al mismo héroe de la Mancha, cuya estancia en las posadas españolas ocasionaba un continuo alboroto. Dio la impresión, por el momento, de que los moros habían penetrado una vez más en la ciudad, o que se hubiesen derrumbado los “infiernos” de que mi posadera había hablado. Salí a medio vestir a enterarme de lo sucedido. Era, ni más ni menos, una cencerrada para celebrar el enlace de un viejo con una rolliza damisela. Deseándole que disfrutase de su novia y de aquella serenata, me volví a mi pacífico lecho y dormí de un tirón hasta la mañana siguiente. En tanto que me vestía, me distraje de su novia y de aquella serenata, me volví a mi pacífico lecho y dormí de un tirón hasta la mañana siguiente.
En tanto que me vestía, me distraje contemplando desde mi ventana el ir y venir de la gente del lugar. Había grupos de jóvenes de buena presencia, vestidos con el típico traje andaluz de caprichosos adornos, pardas capas terciadas, según la auténtica e inimitable costumbre española, y su redondo sombrero “majo” que les prestaba un aire muy peculiar. Ofrecían la misma gallarda presencia que había observado en los presumidos montañeses de Ronda. Efectivamente, toda esta parte de Andalucía es pródiga en estos tipos tan pintorescos que vagan ociosos por pueblos y ciudades, sobrados, según parece, de tiempo y dinero; “Muy locuaces, grandes fumadores, tocan hábilmente la guitarra, dan serenatas a su bella “maja” y bailan muy bien el “bolero”. Por toda España, los hombres, aunque sean de condición humilde, tienen un concepto un poco caballeresco de la ociosidad; creen, al parecer, que el no tener prisa jamás es atributo del verdadero “caballero” En cuanto a los andaluces, son tan ociosos como alegres, y debido a esto último, nunca sufren las tristes consecuencias de la haraganería.
Indudablemente, el origen de esta manera de ser se encuentra en el atrevido comercio de contrabando que abunda en esta montañosa región, a todo lo largo del litoral de Andalucía.
Contrastaba con el atuendo de estos grupos, el de dos zanquilargos valencianos que llevaban un borriquillo cargado de mercancías, con sus mosquetes al hombro, prontos a la acción. Usaban “chalecos” redondos, anchas “bragas” de hilo que apenas les llegaban hasta las rodillas, semejantes a faldillas escocesas, rojas “fajas” muy ceñidas a la cintura, abarcas de “esparto” y vistosos pañuelos en torno a la cabeza, a modo de turbante, aunque dejando al descubierto la coronilla. Ofrecían, en suma, el aspecto de una tradicional estampa morisca.
Al salir de Loja se nos agregó un caballero, bien montado y armado, seguido a pie por un “escopetero”. Nos saludó cortésmente y pronto nos dio a conocer su clase y condición. Era el jefe de aduanas, o, dicho de otro modo, el jefe de una compañía armada que tiene la misión de patrullar por caminos a la busca y captura de los “contrabandistas”. El “escopetero” era uno de sus guardianes. En el curso de nuestra jornada de aquella mañana, me dio a conocer algunos datos respecto a los contrabandistas, que han llegado a constituir en España una especie de caballería mixta. Nos dijo que venían a Andalucía de diferentes puntos, en especial de la Mancha; unas veces, parta recibir el género que será más tarde introducido de contrabando por la aduana de la “plaza” de Gibraltar, una noche previamente fijada; y otras, para salir al encuentro de un barco que los aguarda, en noche también elegida, frente a cierto lugar de la costa. Se ayudan mutuamente y siempre su trabajo es nocturno. De día descansan tranquilamente en los “barrancos” o en algún cortijo solitario. Aquí son bien recibidos, por lo general, ya que suelen hacer generosos regalos a la gente del cortijo, a base de las mercancías del contrabando. Y así, muchos de los adornos y baratijas que llevan las mujeres, esposas e hijas, de las aldeas y cortijos de la montaña, son regalos de los alegres y generosos “contrabandistas”.
Cuando han llegado a la parte de la costa señalada para que el barco salga a su encuentro, buscan entonces alguna punta o promontorio rocosos. Si divisan una vela cerca de la orilla, hacen la señal convenida; ésta consiste con frecuencia en alumbrar tres veces con una linterna que ocultan bajo los pliegues de sus capas.
Si la señal es contestada, descienden a la costa y se entregan con rapidez al trabajo; todos los botes se apresuran a desembarcar las mercancías, que son preparadas en cómodos fardos para su transporte a los lomos de los caballos. Las arrojan rápidamente a la playa y son cargadas a toda prisa en las caballerías. Luego, los “contrabandistas” se internan en lo intrincado del monte. Avanzan por caminos escabrosos y solitarios, por lo que es poco menos que inútil el seguirlos; los de aduanas ni lo intentan, sino que, por el contrario, toman camino distinto. Cuando llega a su conocimiento que una de estas partidas regresa con su buen cargamento a través de la sierra, se destaca una fuerza que en ocasiones se compone de doce hombres a pie y ocho jinetes, y se colocan en la entrada de un desfiladero abierto a la llanura. Los de a pie, emboscados a cierta distancia, pero dentro del desfiladero, dejan que pasen y luego abren fuego contra ellos. Prosiguen adelante los “contrabandistas”, pero entonces se encuentran frente a los jinetes. Surge así una feroz escaramuza. Si la situación es muy apurada, los “contrabandistas” se ven perdidos.
Algunos descabalgan y, usando sus caballos como parapeto, disparan por encima de sus lomos; otros cortan las cuerdas que sujetan los fardos, dejándolos caer con el propósito de obstaculizar a sus enemigos e intentar después darse a la fuga en sus rápidos corceles. Los hay que consiguen huir, aunque pierdan sus fardos; muchos son capturados con todo, caballos y mercancía, y otros, en fin, abandonan todas las cosas y logran escapar trepando como gatos por las montañas.
—Y entonces -exclamó Sancho, que había estado escuchando con gran atención-, “se hacen ladrones legítimos”.
No pude por menos que reírme ante la ocurrencia de Sancho de que existiese tal clase como profesión legitima; pero el jefe de aduanas me dijo que se daba, en efecto, el caso de que los contrabandistas, al verse acorralados así, se creían en el legitimo derecho de salir a los caminos e imponer al viajero una contribución, hasta que reúnen los fondos necesarios para prepararse y equiparse al estilo “contrabandista”.
Hacia el mediodía se despidió de nosotros nuestro compañero de viaje y bajó por un pronunciado desfiladero, seguido de su “escopetero”; poco después salíamos de entre los montes y entrábamos en la famosa “vega” de Granada.
Hicimos nuestra última comida de mediodía bajo unos olivos que había a orillas de un riachuelo. Nos encontrábamos en un paraje clásico, ya que no lejos de nosotros se alzaban las alamedas y huertos del Soto de Roma. Era, según nos dice una fabulosa tradición, un lugar de retiro creado por el conde Don Julián para que sirviese de consuelo a su hija.
Fue aquél una finca campestre de los reyes moros de Granada, y en la actualidad pertenece al duque de Wellington.
El semblante de nuestro buen escudero ofrecía melancólico aspecto cuando extrajo por última vez el contenido de sus “alforjas”. Se lamentaba de que nuestra excursión tocase a su fin, pues, según dijo, sería capaz de ir hasta el fin del mundo en compañía de tales caballeros. Nuestro refrigerio resultó alegre y hecho bajo buenos auspicios. El cielo brillaba sin una nube. La fresca brisa de la montaña templaba el calor del sol. Ante nosotros se extendía, magnifica, la “vega”. Allá a lo lejos, la romántica Granada, coronada por las rojizas torres de la Alhambra; mientras por encima de ella refulgían como la plata las nevadas cumbres de Sierra Nevada.
Terminada la comida, tendimos nuestras capas y echamos nuestra última siesta, “al fresco”, arrullados por los zumbidos de las abejas entre las flores y el murmullo de las palomas en los olivos. Cuando pasaron las horas de bochorno, proseguimos nuestra ruta. Al rato, alcanzamos a un obeso hombrecillo que aprecia un sapo montado en una mula. Comenzó a conversar con Sancho, y al saber que éramos extranjeros, se ofreció a guiarnos a una buena “posada”. Nos dijo que era “escribano” y que conocía la ciudad tan bien como sus propios bolsillos.
—”!Ah, Dios, señores! ¡Qué ciudad van a ver ustedes!” ¡Qué calles! ¡Qué plazas! ¡Qué palacios! Y si son las mujeres... ¡Ah, “Santa María Purísima”, qué mujeres!
—Y está usted seguro -dije yo- de que es buena esa posada que dice?
—¿Buena? “!Santa María!” La mejor de Granada. “Salones grandes, camas de lujo, colchones de plumas”. ¡Ah, “señores”, comerán como el Rey Chico de la Alhambra!
—¿Y cómo comerán mis caballos? -preguntó Sancho.
—Como los caballos del Rey Chico.
“Chocolate con leche y bollos para almuerzo” -dijo, mirando de soslayo a nuestro escudero y guiñándole.
Ante unos informes tan satisfactorios nada más había que pedir sobre el particular; así que cabalgamos tranquilos con el pequeño y regordete escribano delante de nosotros, el cual volvía a cada paso su cabeza y lanzaba nuevos elogios a las bellezas de Granada y a lo bien que íbamos a pasarlo en la “posada”.
Así escoltados, pasamos entre unos setos de pitas y chumberas y por entre los numerosos jardines que pueblan la “vega”.
Llegamos al ponerse el sol a las puertas de la ciudad. Nuestro amable guía nos hizo subir por una calle y bajar por otra, hasta penetrar en una posada en donde, por la apariencia, andaba como por su propia casa. Llamó al posadero por su nombre de pila y nos recomendó como dos “caballeros de mucho valor”, dignos del mejor aposento y de la más espléndida comida. Nos acordamos al instante de aquel extraño protector que presentó a Gil Blas, con un idéntico preludio de alabanzas, al hostelero y hostelera del mesón de Peñaflor. Cuando pidió truchas para su cena, les decía mientras comía vorazmente:
—No sabéis a quién habéis recibido.
Tenéis un tesoro en vuestra casa. Este joven caballero es la octava maravilla del mundo, y nada de lo que hay en esta posada es demasiado bueno para el señor Gil Blas de Santillana, digno de ser tratado como un príncipe.
Decididos a que aquel pequeño escribano no comiese truchas a costa de nuestro bolsillo, como le ocurrió a su colega de Peñaflor, le impedimos que pidiese cena; no tuvimos por qué tacharnos de ingratos, pues comprobamos, antes que llegase la mañana, que aquel tipo nos había atraído con engaños a una de las “posadas” más zarrapastrosas de Granada.
“El tal caballero, que podía tener treinta años..., acercándose a mi con cierto aire alegre y apresurado: “Señor licenciado, me dijo, acabo de saber que usted es el señor Gil Blas de Santillana, la honra de Oviedo y la antorcha de la filosofía. ¿Es posible que sea usted aquel joven sapientísimo, aquel ingenio sublime, cuya reputación es tan grande en todo este país? Vosotros no sabéis (volviéndose al mesonero y a la mesonera) qué hombre tenéis en casa. Tenéis en ella un tesoro. En este mozo estáis viendo al octava maravilla del mundo.”..
..?Qué llama usted “demasiado delicado”? -replicó mi adulador-. Traiga usted la trucha y descuide todo lo demás. Ningún bocado, por regalado que sea, es demasiado bueno para el señor Gil Blas de Santillana, que merece ser tratado como un príncipe.