las habitaciones misteriosas (es)
Un día que vagaba por los salones moriscos, despertó mi curiosidad, por primera vez, la puerta de una apartada galería que, al parecer, comunicaba con algún rincón de la Alhambra no explorado todavía por mi. Intenté abrirla, pero estaba cerrada. Llamé, mas nadie contestó, y el ruido pareció repercutir a través de las desiertas cámaras. Se trataba, pues, de un misterio. Esta era el ala encantada del castillo. ¿De qué medios me valdría para penetrar en los oscuros secretos aquí ocultos al común de los mortales? ¿Vendría furtivamente por la noche, con linterna y espada, según la costumbre observada por los héroes de novela, o trataría de arrancar su secreto a Pepe, el tartamudo jardinero, a la ingenua Dolores o al locuaz Mateo? O ¿iría franca y abiertamente a doña Antonia la castellana y le preguntaría todo? Elegí este último procedimiento, porque, aunque menos romántico, es, sin embargo, el más sencillo, y supe, con el natural desencanto, que no había allí misterio alguno. No pusieron inconveniente a que explorase aquellos departamentos, y me entregaron la llave.
Con ella en mis manos, regresé en seguida a la puerta. Comprobé, como había supuesto, que daba paso a una serie de estancias desiertas, aunque muy diferentes a las del resto del palacio. Su arquitectura, a pesar de su riqueza y antigüedad, era europea. No se observaba en ella el más mínimo vestigio de arte moro. Las dos primeras habitaciones eran altas; sus techos, rotos por varios sitios, eran de cedro, muy artesonados y artificiosamente tallados con frutas y flores, entremezcladas con mascarones grotescos.
Las paredes estuvieron, evidentemente, tapizadas de damasco en otro tiempo, pero ahora aparecían desnudas y garrapateadas por esa clase de viajeros novatos que profanan con sus despreciables nombres los más nobles monumentos. Las ventanas, desmanteladas y abiertas al viento y a los temporales, daban a un encantador y recoleto jardincillo, donde una fuente de alabastro refulgía entre rosas y mirtos, rodeada de naranjos y limoneros, alguno de los cuales doblaba sus ramas hasta las habitaciones. Más allá de estos cuartos había dos salones más amplios, pero de menos altura, que daban también al jardín. En los tableros de sus artesonados techos había cestas de frutas y guirnaldas de flores, pintadas por mano nada inhábil, y en un tolerable estado de conservación. Las paredes también estaban pintadas al fresco, según el estilo italiano, pero sus pinturas se encontraban casi borradas, sus ventanas ofrecían el mismo lamentable estado que las de otras estancias. Esta caprichosa serie de habitaciones terminaba en una espaciosa galería con balaustrada que seguía en ángulo recto con otro lado del jardín. Todo el departamento, tan delicado y elegante en sus decoraciones, tan bien elegido por su situación en este apartado jardincillo, y tan distinto en su arquitectura a las salas vecinas, despertó mi curiosidad por conocer su historia. Averigüé en mis pesquisas que era un departamento decorado por artistas italianos a principios del pasado siglo, en la época en que Felipe V y su segunda esposa, la bella Isabel de Farnesio, hermana del duque de Parma, eran esperados en la Alhambra. Estaba destinado a la reina y a las damas de su séquito. Su dormitorio fue una de las estancias más elevadas.
Una estrecha escalera, hoy tapiada, conducía a un delicioso mirador, que lo fue en su origen de las sultanas moras, y que comunicaba con el harén, pero que fue habilitado para tocador de la hechicera Isabel, y que todavía conserva el nombre de “Tocador de la Reina”.
Una ventana del dormitorio real domina la perspectiva del Generalife y de sus enramadas terrazas; otra, da al jardincillo apartado ya dicho, de carácter moro sin duda, y que también tenía su historia Era, en efecto, el jardín de Lindaraja, tantas veces mencionado en las descripciones de la Alhambra, aunque no conseguí que me explicasen quién fuera esta Lindaraja. Algunas indagaciones me proporcionaron los pocos datos conocidos acerca de ella. Fue una bella mora que floreció en la Corte de Mohamed el “Zurdo” e hija de su leal adicto el “alcaide” de Málaga, que le dio asilo en su ciudad cuando fue expulsado del trono. Al rescatar su corona, el “alcaide” fue recompensado por su fidelidad. Su hija tenía su aposento en la Alhambra, y el rey la entregó en matrimonio a Nasar, joven de la alcurnia de Cetti-Merien, y descendiente de Aben Hud el “Justo”. Sus esponsales se celebraron, sin duda, en el real palacio, y su luna de miel pudo muy bien transcurrir entre estas mismas glorietas.
Cuatro siglos han pasado desde que desapareciera la bella Lindaraja, y ¡cuánto queda todavía de la frágil belleza de los lugares que habitó! Aún florece el jardín donde se deleitara, todavía ofrece la fuente el claro espejo de sus aguas, que algún día reflejaron quizá sus encantos; el alabastro, ciertamente ha perdido su blancura; la taza de abajo, cubierta de maleza, se ha convertido en escondrijo del lagarto; pero hay algo en esta misma decadencia que realza el interés de este rincón, al hablarnos, como lo hace, de la mutabilidad, destino irrevocable del hombre y de todas sus obras.
También ofrece para mi la desolación de estas cámaras, morada un día de la altiva y elegante Isabel, un encanto más delicioso que si las hubiese contemplado en su prístino esplendor, cuando brillaban con el fausto de la Corte.
Cuando regresé a mi residencia, en el departamento del gobernador, todo se me aparecía vulgar e insípido, luego de la poética región que había abandonado. Una idea se insinuó en mi mente: ¿Por qué no cambiar mi domicilio a estas cámaras vacías? Así viviría realmente en la Alhambra, rodeado de sus jardines y fuentes, como en la época de los reyes moros. Propuse el cambio a doña Antonia y a su familia, y les produjo gran sorpresa. No podían concebir ningún razonable atractivo que me indujese a la elección de un departamento tan abandonado, lejano y solitario. Dolores insistió sobre su espantosa soledad, y habló de que sólo volaban por allí murciélagos y lechuzas, además de una zorra y un gato montés ocultos en las bóvedas de los baños vecinos, que solían merodear durante la noche. La buena tía Antonia presentó objeciones más razonables; la vecindad estaba infestada de vagabundos y gitanos que bullían en las cuevas de las colinas próximas; el palacio estaba en ruinas y era fácil entrar por algunos sitios. Además, el rumor de que un extranjero vivía solo en una de las más apartadas y ruinosas habitaciones, podría ser una tentación para los inoportunos visitantes de la noche, sobre todo porque siempre se supone que los extranjeros están bien surtidos de dinero. A la vista de estos informes, buscando la ayuda de un carpintero y la del siempre servicial Mateo Jiménez, pronto quedaron puertas y ventanas en un tolerable estado de seguridad, y preparado para mi recepción el dormitorio de la augusta Isabel. Mateo se ofreció amable y graciosamente como guardia de corps para dormir en mi antecámara, aunque no creí conveniente poner a prueba su valentía.
Con toda mi presuntuosa audacia, y pese a todas las precauciones adoptadas, debo confesar que la primera noche pasada por mi en estas habitaciones no pudo ser más triste y monótona. Y no creo que fuese mi aprensión a los peligros exteriores lo que me afectaba tanto, sino el mismo carácter de aquel lugar con todos sus extraños recuerdos, los actos de violencias en él cometidos y el trágico final de muchos de los que en otro tiempo reinaron allí rodeados de pompa y esplendor. Cuando, camino de mi aposento, pasaba bajo los predestinados salones de la torre de Comares, recordé un texto que solía emocionarme en los días de mi infancia:
“El destino se sienta en la triste y oscura almena; y al abrirse la puerta para recibirme, una voz en ecos sombríos a través de los patios, va diciendo una hazaña sin nombre”.
Toda la familia me dio escolta hasta mis habitaciones y se despidió de mi como de alguien que estuviese comprometido en una atrevida empresa. Cuando oí sus pasos lejanos que se perdían en las espaciosas antecámaras y resonaban en las galerías, giré la llave de mi puerta y me acordé de aquellas historias de duendes y espectros en las que el héroe está empeñado en peligrosas aventuras dentro de una casa encantada.
Hasta el recuerdo de la hermosa Isabel y de las bellezas de su Corte, que fueron un día la gala de estos salones, le añadían ahora, por un delirio de la fantasía, cierta melancólica lobreguez. Este fue el escenario de su efímera hermosura y alegría; aquí estaban las huellas de su elegancia y regocijo, pero ¿qué ha sido de ellas y dónde están? ¡Polvo y ceniza! ¡Moradores de la tumba! ¡Fantasmas del recuerdo!
Un vago e indescriptible terror se apoderó de mi. Hubiera deseado atribuirlo a mi conversación de aquella noche acerca de los ladrones, pues comprendía que todo aquello era irreal y absurdo. Habían resucitado las supersticiones de mi niñez, tanto tiempo olvidadas, y se iban adueñando de mi imaginación. Todo comenzó a cambiar de forma y actitud por obra de mi fantasía. Los gemidos del viento entre los limoneros, bajo mi ventana, tenían algo de siniestro. Dirigí mis ojos al jardín de Lindaraja; los árboles se me ofrecieron como un abismo de sombras, y la espesura como un conjunto de confusas y horribles siluetas. Recobré la calma al cerrar la ventana, pero entonces fue mi propia habitación la que se pobló de fantasmas. Se oyó un ligero ruido, como un susurro, por encima de mi cabeza; de repente salió un murciélago de una de las carcomidas vigas del techo y revoloteó por la habitación y en torno a mi solitaria lámpara Como el funesto pajarraco casi azotaba mi rostro con sus sordas alas, los grotescos mascarones tallados en relieve en el techo de cedro parecían abatirse sobre mi y hacerme horribles muecas.
Me sobrepuse casi sonriendo a esta momentánea flaqueza, y decidí desafiarla con el mismo denuedo que el de un héroe en una casa encantada; así, pues, cogí la lámpara y salí a dar una vuelta por el palacio. A pesar de todos los esfuerzos de mi mente, la empresa resultó bastante desagradable.
Tuve que atravesar espaciosas salas y misteriosas galerías, donde los débiles destellos de mi lámpara apenas se extendían a corta distancia en torno mío. Caminaba, por decirlo así, como por una simple aureola de luz, rodeado de impenetrables tinieblas. Los abovedados corredores parecían cavernas y los techos de los salones se perdían en la negrura. Recordé entonces todo lo que había oído acerca del peligro de los intrusos en estos apartados departamentos. ¿Y si algún vagabundo enemigo me estuviese acechando, delante o detrás de mi, amparado en la oscuridad? Mi propia sombra, proyectada sobre el muro, comenzaba a turbarme. Los ecos de mis pasos a lo largo de los corredores me hacían detenerme y escudriñar en torno. Cruzaba lugares llenos de lúgubres recuerdos. Un oscuro corredor descendía a la mezquita donde Yusuf, el rey moro que terminó la Alhambra, había sido vilmente asesinado. Más adelante, anduve por la galería donde otro monarca fue derribado por el puñal de un deudo suyo a quien había estorbado en sus amores.
Un triste y melancólico susurro, como de voces ahogadas y rechinar de cadenas, llegaba ahora a mi. Aprecia proceder de la sala de los Abencerrajes. Sabía que era producido por el correr del agua en los canales subterráneos, pero sonaba extrañamente en la quietud de la noche, y me recordó las tétricas historias a que había dado lugar.
Pronto, sin embargo, sobresaltaron mis oídos unos pavorosos ruidos demasiado reales para ser producto de la fantasía.
Cuando atravesaba el salón de Embajadores, unos tristes lamentos y confusas exclamaciones brotaron -por decirlo así- casi de mis pies. Me detuve y escuché. Me pareció entonces que venían de fuera de la torre; después, que del interior. Estallaron luego aullidos como de un animal, y más tarde gritos ahogados e inarticulados desvaríos; en el silencio de aquellas horas y en aquel extraño lugar, el efecto que producían era estremecedor. No sentí deseos de seguir adelante, sino que regresé a mi cuarto con mucha mayor presteza de la que había salido; y respiré más libremente cuando me encontré seguro dentro de sus paredes y cerrada la puerta tras de mi.
Cuando me desperté por la mañana con el sol brillando en mi ventana e iluminando todos los rincones del edificio con sus alegres y delatores rayos, apenas pude recordar las sombras y fantasías que la oscuridad había suscitado la noche anterior, ni creer que los lugares que me rodeaban, tan claros y reales, pudieran haberse revestido de horrores tan absurdos.
Y, sin embargo, los lúgubres aullidos y exclamaciones que había escuchado no eran producto de mi imaginación; pronto me fueron explicados por mi doncella Dolores.
Eran los desvaríos de un pobre maniático, hermano de su tía, que padecía violentos paroxismos, durante los cuales le encerraban en un cuarto abovedado, debajo del salón de Embajadores.
En el transcurso de unas noches se operó un cambio completo en aquel sitio y en sus alrededores. La luna, que cuando tomé posesión de mi nuevo domicilio estaba invisible, avanzaba poco a poco en la oscuridad de la noche, y por último flotó en todo su esplendor sobre las torres y derramó una lluvia de suave luz sobre todos los patios y salones. El jardín situado debajo de mi ventana, que antes estaba envuelto en tinieblas, se iluminó dulcemente; se vistieron de plata los naranjos y limoneros; la fuente refulgió a los rayos de la luna, y hasta el rubor de la rosa se hizo tímidamente visible.
Percibí entonces el encanto poético de la inscripción árabe que hay en una de sus paredes: “!Qué bello es este jardín, donde las flores de la tierra compiten con las estrellas del cielo! ¿Qué cosa se puede comparar a la taza de aquella fuente de alabastro, colmada de agua cristalina? ¡Sólo la luna en su plenitud, brillando en medio de un cielo sin nubes!”
En estas noches divinas permanecía sentado horas y horas en mi ventana, aspirando el aroma del jardín y meditando sobre los azarosos destinos de aquellos cuya historia estaba vagamente bosquejada en los elegantes trofeos que me rodeaban.
Algunas veces, cuando reinaba la quietud y el reloj de la lejana catedral daba las campanadas de la medianoche, salía a pasear y vagaba errante por todo el edificio; pero ¡qué diferencia de mi primer paseo! Nada se ofrecía ya oscuro y misterioso, ni estaba poblado de sombríos enemigos, ni evocaba escenas de violencia y de crímenes; todo se me representaba abierto, espacioso, lleno de belleza; todo evocaba gratas y románticas imágenes.
Lindaraja, una vez más, paseaba por su jardín, y la elegante caballerosidad de la Granada musulmana resplandecía de nuevo en el patio de los Leones. ¿Qué lengua hay que alabe en justicia una noche de luna en este clima y en estos parajes? Deliciosa en verdad es la temperatura de una noche estival en Andalucía. Nos sentimos elevados a una atmósfera más pura; experimentamos tal serenidad de alma, alegría de espíritu y elasticidad de miembros, que la misma existencia es una pura felicidad; pero si a todo esto se añade la luz de la luna, el efecto es como un mágico hechizo.
Bajo su plástico influjo, la Alhambra parece recordar sus prístinas glorias.
Todas las grietas y hendiduras del tiempo, los matices y colores borrosos y las manchas de la lluvia, desaparecen; el mármol recobra su primitiva blancura; las largas columnatas destellan a la luz de la luna, y un tenue resplandor ilumina los salones. ¡Caminamos por el palacio encantado de una leyenda árabe!
¡Qué placer, entonces, subir al aéreo pabelloncito del “Tocador de la Reina” que, como la jaula de un pájaro, se asoma al valle del Darro, y contemplar desde sus gráciles arcadas todo el paisaje bañado por el astro de la noche! A la derecha, las dilatadas montañas de Sierra Nevada, privadas de su aspereza y suavizadas por una límpida perspectiva, con sus nevadas cumbres que brillan como nubes de plata frente al oscuro azul de los cielos; y recostarse más tarde sobre el parapeto del “Tocador”, y contemplar Granada y el Albaicín al fondo como un mapa, sumido todo en la más absoluta quietud, dormidos en la noche los blancos palacios y conventos, y lejos, la vaporosa vega que, como un mundo de sueños, se esfuma en la distancia.
De cuando en cuando, sube el apagado repiqueteo de unas castañuelas, desde la Alameda, donde los alegres andaluces pasan bailando las noches de verano. Otras veces, los indecisos rasgueos de una guitarra y los suspiros de una voz enamorada, que acaso revelan el lugar en que un lunático enamorado da una serenata bajo el balcón de su dama.
Tal es la breve pintura de las noches que he pasado errante por los patios y balcones de este sugestivo edificio, alimentando mi fantasía con dulces quimeras y gozando esa mezcla de sueño y realidad que consume la existencia en un clima meridional. Poco antes de amanecer me retiré a mi lecho y fui arrullado en mi reposo por el murmullo de las cascadas de agua en la fuente de Lindaraja.