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washington irving

los habitantes de la alhambra (es)

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He observado con frecuencia que cuando más opulentos han sido los habitantes de una mansión en los días de su prosperidad, más humildes son en los de su decadencia, y que a menudo el palacio de un rey termina siendo asilo de un mendigo.
La Alhambra se encuentra en un rápido y similar estado de transición. Cuando una torre comienza a desmoronarse, se adueña de ella una andrajosa familia, que ocupa, en compañía de murciélagos y lechuzas, sus dorados salones, y que cuelgan sus harapos, dechado de pobreza, en sus miradores y ventanas.
Me distraje observando algunos de estos pintorescos tipos que han usurpado de este modo la antigua mansión de la realeza, y que parecen estar aquí para representar el grotesco final en el drama del orgullo humano. Uno de ellos es conocido por el burlesco apodo de un titulo real. Es una viejecita llamada María Antonia Sabonea, conocida con el nombre de la “Reina Coquina”. Es de pequeña estatura, la suficiente para ser una bruja; y bruja debe de ser, según he podido averiguar, pues nadie conoce su origen. Su habitación es una especie de cuchitril debajo de la escalera exterior del palacio; suele sentarse en las frías piedras del corredor, dándole a la aguja y cantando desde la mañana a la noche, gastando una broma a todo el que pasa; porque, aunque pobre, es una mujer muy alegre. Su principal mérito consiste en la maña que se da para contar cuentos, y tiene, creo yo, tantas historias a su alcance como la inagotable Scherezade de las “Mil y una noches”.
Le he oído contar algunas de ellas en las reuniones nocturnas de doña Antonia, a las que, humilde contertulio, asiste alguna que otra vez.
Que esta misteriosa viejecilla debe de tener sus ribetes de bruja, lo prueba su suerte extraordinaria, ya que, pese a ser muy pequeña, muy fea y muy pobre, había tenido, según sus propias palabras, cinco maridos y medio, contando como medio marido a un joven dragón que murió durante el noviazgo. Un personaje rival de esta pequeña reina bruja, es un viejo gordo y con nariz de borracho, vestido con mugrientas ropas, un tricornio de hule y una roja escarapela. Es uno de los legítimos hijos de la Alhambra, y ha vivido aquí toda su vida, desempeñando varios oficios, tales como alguacil, sacristán de la parroquia y marcador de un juego de pelota establecido al pie de una de las torres. Es más pobre que las ratas, pero tan orgulloso como desarrapado, presumiendo de descender de la ilustre casa de Aguilar, de la que salió Gonzalo Fernández de Córdoba, el “Gran Capitán”. Lleva, en efecto, el nombre de Alonso de Aguilar, tan célebre en la historia de la Conquista, aunque la gente grosera y guasona de la fortaleza le llama el “Padre Santo”, nombre usual del Papa, que yo creía demasiado sagrado a los ojos de los católicos verdaderos para aplicarlo en tono de tanta burla. Es un capricho del destino el presentar, bajo la grotesca personilla de este andrajoso individuo, a un homónimo descendiente del ilustre Alonso de Aguilar, espejo de caballero andaluz, arrastrando una existencia miserable, por ésta, en otro tiempo, arrogante fortaleza que ayudara a conquistar su antepasado. Sin embargo, ¡tal podría haber sido la suerte de los descendientes de Agamenón y Aquiles, si hubiesen permanecido dentro de las ruinas de Troya!
La familia de mi locuaz escudero, Mateo Jiménez, forma, al menos por su número, una parte muy considerable de esta abigarrada comunidad. No es infundada su jactancia de ser hijo de la Alhambra; su familia ha vivido siempre en la fortaleza, desde los tiempos de la Conquista, transmitiéndose de padres a hijos una pobreza hereditaria, y sin que ninguno de los suyos, que se sepa, haya sido dueño de un “maravedí”. Su padre, que es un tejedor de cintas, y que sucedió al famoso sastrecillo como cabeza de familia, cuenta ya cerca de setenta años y vive en una casucha de cañas y barro hecha por él mismo, encima precisamente de la puerta de Hierro. El mobiliario se compone de una desvencijada cama, una mesa, dos o tres sillas y un arca de madera que contiene su escasa ropa y el “archivo de familia”.
Consiste éste en unos cuantos papeles de varios pleitos entablados por generaciones distintas; de ellos resulta que, pese a todo su aparente abandono y a su buen humor, proceden de una gente amiga de litigios. La mayoría los tuvo contra los murmuradores vecinos que ponían en duda la pureza de su sangre o negaban que fuesen “cristianos viejos”, sin mezcla de judíos o moros. Tanto es así, que, en mi opinión, ha sido este celo por su linaje el que les ha dejado vacía la bolsa; todo se lo llevaron “escribanos y alguaciles”. El orgullo de la casucha es un escudo colgado de una pared, con las armas del marqués de Cayesedo en sus blasonados cuarteles, y los de otras nobles casas con las que esta familia, comida de pobreza, pretende estar unida por los vínculos de la sangre.
El propio Mateo, que está próximo a los treinta y cinco años, ha hecho lo posible por perpetuar su casta y continuar la pobreza de la familia; tiene esposa y una numerosa prole, y viven en una casucha del barrio, casi desmantelada. Cómo se las arreglan para subsistir, sólo lo sabe Aquel que puede penetrar en todos los misterios. La vida de una familia española de esta clase ha sido siempre un enigma para mi; y, sin embargo viven, y hasta parecen satisfechos con esta existencia. La mujer baja los día de fiesta al paseo de Granada, con un niño en brazos y otra media docena detrás. La hija mayor, casi una jovencita, se adorna el cabello con flores y baila alegremente tocando las castañuelas.
Hay dos clases de gente para quienes la vida es una fiesta continua: los muy ricos y los muy pobres. Unos, porque no carecen de nada; los otros, porque no tienen nada que hacer; pero no hay nadie que entienda mejor el arte de no hacer nada y de nada vivir, como las clases pobres de España.
Una parte de ello se debe al clima y lo demás al temperamento. Dadle a un español sombra en el verano y sol en el invierno, un poco de pan, ajo, aceite y “garbanzos”, una vieja capa parda y una guitarra, y ruede el mundo como quiera. ¡La pobreza!
Para él no es una deshonra. La lleva consigo con elegante estilo, como la raída capa; porque él siempre es un “hidalgo”, aunque sea con harapos.
Los “hijos de la Alhambra” son una elocuente demostración de esta filosofía práctica. A semejanza de los moros, que imaginaban hallarse el paraíso terrenal en este lugar privilegiado, así también me inclino yo a pensar que todavía luce un brillo de la Edad de Oro en esta pobre comunidad. Nada poseen, no hacen nada ni de nada se ocupan. Y, sin embargo, aunque en apariencia ociosos durante toda la semana, son tan fieles observantes de los domingos y días festivos, como el más laborioso artesano. Asisten a todas las “fiestas” y bailes de Granada y sus cercanías; encienden hogueras en las colinas la víspera de San Juan, y bailan por las noches, a la luz de la luna, en los días de la cosecha de un pequeño terreno cultivado que hay dentro del recinto de la fortaleza, que les produce apenas unos cuantos bushels de trigo.
Antes de terminar estas observaciones, quiero aludir a una de las diversiones de este lugar, que me llamó bastante la atención. He observado con frecuencia a un individuo flaco y larguirucho, subido en una de las torres, maniobrando con dos o tres cañas, como si estuviese pescando estrellas. Quedé perplejo un buen rato con los ademanes de aquel pescador aéreo, y aumentó mi asombro el divisar a otros con idéntica actitud en distintas partes de las murallas y baluartes; sólo cuando consulté a Mateo Jiménez logré la solución de aquel misterio.
Parece que la pura y aireada situación de esta fortaleza, la ha hecho, como el castillo de Macbeth, un prolífico criadero de golondrinas y vencejos, que revolotean a millares alrededor de las torres, con la misma desenvuelta alegría de unos chiquillos que acaban de salir de la escuela. El atrapar estos pájaros en sus raudos vuelos, usando anzuelos cebados con moscas era la diversión predilecta de aquellos astrosos “hijos de la Alhambra” que, en su improductivo ingenio de consumados haraganes, han inventado el arte de pescar en el cielo.
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