irving bommer, el idolo de las mujeres (es)
Irving Bommer, algo alicaído y mohíno, seguía a una chica que lucía un vestido verde cuando le ocurrió aquel hecho insólito y fantástico.
Le piropearon.
La gitana sentada con su opulenta humanidad sobre el peldaño que daba acceso a su tenducho, se inclinó hacia él para llamarle:
—¡Zeñorito!
Cuando él interrumpió su paso cansino para mirarla y contemplar el escaparate lleno de libros para interpretar los sueños y obras cabalísticas, la mujer carraspeó, produciendo un ruido semejante al que se causa al revolver unas gachas.
—¡Zeñorito! ¡Uzté, carita de Emperaor!
Irving giró sobre un pie, se detuvo del todo, viendo como la muchacha desaparecía con su vestido verde por la esquina, saliendo así de su vida.
De momento se quedó paralizado. Le costaba arrancarse de un lugar donde le habían lanzado semejante piropo..., le hubiera costado irse de allí aunque el propio Humphries, el jefe de ventas de la casa Gregworth's, se hubiese materializado tras un mostrador invisible, haciendo chasquear sus dedos.
Aunque, desde luego... Esto tal vez pudiese hacer gracia a algunas personas. Especialmente si eran del sexo femenino..., sus pálidas mejillas se tiñeron de un leve rubor mientras su embotado cerebro trataba de hallar una respuesta aguda e hiriente a la vez.
—¡Vamos...! —empezó a decir torvamente.
—Venga uzté, zeñorito. Uzté, guapo —le ordenó la gitana sin el menor tono de burla en su voz—. Venga, que tengo lo que uzté tanto desea.
¿Qué era lo que él tanto deseaba? ¿Cómo lo sabía ella? Ni siquiera él, Irving Bommer, lo sabía a ciencia cierta. Sin embargo, la siguió a pesar suyo al interior de la tienda, y penetró detrás de la opulenta matrona en un tenducho pobremente amueblado con tres hamacas y una mesilla sobre la que se veía una bola de cristal resquebrajada. Cinco arrapiezos de edades asombrosamente idénticas jugaban frente a una sábana desgarrada que hacía las veces de cortina, ocultando la trastienda. Obedeciendo a una orden perentoria de la gitana desaparecieron.
Irving se sentó en una silla, que inmediatamente adquirió un ángulo de cuarenta y cinco grados con el piso. Se preguntó sin mucho entusiasmo qué estaba haciendo allí. Al propio tiempo se acordó de que la señora Nagenbeck le había dicho, al alquilarle una habitación: «Nunca guardamos cena para ningún huésped, a ninguna hora». Como en aquel día se había realizado el inventario mensual en la sección de artículos domésticos, él volvía a la pensión con retraso y hambriento. Sin embargo...
Nunca se sabe de lo que pueden ser capaces los gitanos. Desde luego, había que reconocer que eran una raza clarividente. Sus patrones de belleza no se ajustaban a los moldes hollywoodenses; descendían de una estirpe que había sido cosmopolita desde los tiempos de Pilatos; sabían reconocer la nobleza de alma e incluso la belleza mundana, la belleza madura, pudiéramos decir.
—Bien, vamos a ver —dijo, tratando de sonreír—. ¿Qué tiene usted que yo tanto... que yo tanto desee? ¿Un libro para enseñarme a ganar en las carreras? Yo nunca apuesto. Y tampoco me han dicho nunca la buenaventura.
La gitana se erguía ante él con sus carnes opulentas y sus abigarradas ropas, examinándole gravemente con sus ojillos negros y cansados.
—No —dijo por último—. No te la voy a desí; resalao. Toma esto.
Le tendió un frasco de aspecto medicinal, una botellita llena de un líquido violáceo y burbujeante que adquirió de pronto un rico tono rojizo y luego un sombrío color azulado bajo la luz penumbrosa que venía del escaparate.
—¿Qué... qué es esto? —preguntó, aunque sabía de sobras que a él sólo podían ofrecerle una cosa.
—Fue de mi marío. Tardó muchos meses en hacerlo. Cuando lo tomó, la diñó. Pero contigo es diferente, resalao. Te dará el triunfo sobre las mujeres.
Irving Bommer se quedó de una pieza. Se esforzó por reír, pero de su boca sólo salió un ronco estertor de avidez. ¡El triunfo sobre las mujeres!
—¿Quiere usted decir que es un bebedizo... un filtro amoroso?
Le temblaba la voz, zarandeado entre la sensación del ridículo y las ganas de aceptar.
—Eso, un filtro. Cuando te guipé, me dije: Ese payo es muy desgrasiao. Es un infelís, er probe. Pero sólo sirve para tomar lo que se ha tomao. Echa una gotita e sangre en el filtro, y la gotita del filtro será tuya. De gotita en gotita. Son dies pavos, mosito.
¡Vaya, lo que faltaba! ¡Tener la desfachatez de pedirle diez dólares por un poco de agua teñida que ella misma había preparado en la trastienda! Se lo tenía bien merecido, por crédulo. Pero Irving Bommer no estaba dispuesto a dejarse tomar el pelo.
—No estoy dispuesto a dejarme tomar el pelo —le dijo, pues le parecía que esta idea merecía ser expresada en voz alta. Levantándose, empezó a dirigirse a la puerta con resolución.
—¡Oyeme! —La voz de la gitana era ronca e imperiosa—. Que no voy a tomarte er pelo. Tú lo necesitas. Lo mismo podría pedirte sincuenta pavos que mil. Te digo dies porque esto es lo que vale, y porque tú los tienes y lo nesesitas. Yo... yo no lo nesesito. Anda, resalao. Tómalo. No me digas que no con esa carita de emperaor.
Irving no pudo seguir manteniendo su actitud de olímpico desprecio, y le pareció que la puerta estaba excesivamente lejos. Muy lentamente, contó diez dólares, quedándose sólo con dos, con lo que tendría que pasar hasta fin de mes. Ni siquiera el recuerdo de la botella de masaje para después del afeitado, que compró la semana pasada por un precio astronómico, le hizo volverse atrás. Él... tenía que...
—Echale una gotita e sangre cuando lo emplees —le recordó la gitana cuando él salía corriendo de la tienda—. Suerte, resalao.
Cuando hubo recorrido las dos largas manzanas que le separaban de su pensión, su loco júbilo, lleno de esperanza, se había convertido en su sensación permanente de humillación.
—¡Qué primo, qué primo he sido! — rezongó, mientras se deslizaba por la puerta trasera de la casa de huéspedes de la señora Nagenbeck y empezaba a subir las escaleras. ¡Irving Bommer, el eterno rey de los primos! Enseñadle lo que sea, que él lo comprará. Un filtro amoroso!
Pero después de penetrar en el mísero zaquizamí que ocupaba y cerrar dando un portazo, después de tirar con gesto de enojo el frasquito sobre la cama, se mordió los labios y de sus ojos miopes salieron dos enormes lágrimas.
—Si tuviera una cara decente y no una caricatura —sollozó—. Si tuviese... ¡Maldita sea!
Pero entonces su espíritu, que aún estaba relativamente cuerdo, se negó a seguir por este camino. «Soñemos despiertos, dijo su espíritu a su titubeante subconsciente; soñemos despiertos e imaginemos cuán agradable puede ser todo.»
Luego se sentó en la cama, apoyando, con gesto beatífico, la barbilla en una rodilla levantada, y se puso a soñar en un mundo creado como debiera ser, en el que las mujeres hacían lo indecible por merecer sus favores y se peleaban por su persona; en el que, al no poder poseerlo en exclusiva, lo compartían velis nolis, con otras hembras igualmente decididas. Él paseaba familiarmente por este glorioso lugar, complacido como de costumbre por la manera como todo se amoldaba a sus deseos.
A veces se imaginaba ser el único varón que había sobrevivido después de una catástrofe atómica; otras veces, se reclinaba en cojines de púrpura, fumando en narguilé, mientras todo un harén formado por huríes de belleza arrebatadora le contemplaban en silencio rayano en la adoración; y también otras veces, docenas de hombres, cuyas caras recordaban de manera curiosa la de Humphries, el corredor de artículos domésticos, contemplaban mudos y desesperados como Bommer el rico, Bommer el triunfador, Bommer el increíblemente apuesto, acompañaba a sus esposas, novias y amigas, que se apeaban de lujosos cochazos para entrar en un piso de soltero tan extenso, que ocupaba la totalidad de un rascacielos de la Park Avenue.
De vez en cuando, se representaba una escena —¡completamente indolora!—, protagonizada por un cirujano plástico que, después de haber realizado la obra maestra de su vida, moría de satisfacción antes de estropear su obra duplicándola.
Frecuentemente, Irving Bommer aplazaba la difícil elección entre una rubia resplandeciente y estatuaria y una descocada y menudita pelirroja, para meditar sobre hechos tan importantes como el de haber sobrepasado el metro noventa de estatura sin haber experimentado temblores perceptibles, o el de haberse ensanchado sus hombros, sus pies dejado de ser planos, su nariz adquirido un perfil griego y disminuido de tamaño. Mientras disfrutaba de la nueva resonancia que poseía su voz y de la contagiosa alegría de su risa, mientras se enorgullecía de su talento equilibrado y perfecto y de su vastísima cultura, no podía evitar volver continuamente a sus espléndidos atributos físicos, para admirarlos. Su poblada cabellera, que se encrespaba sobre su calva testa, aquella tercera dentadura que de modo milagroso había crecido sobre las ruinas de sus puentes amarillentos hechos con esmalte barato, aquel estómago que ya no llamaba la atención bajo su panza saliente, sino que se ocultaba decorosamente tras una pared de músculos... ¡Sí, aquel estómago! En él sólo se hallaban ahora los vinos más caros, los platos más exquisitos preparados por los chefs más expertos, los manjares más suculentos y deliciosos...
Con un sorbo brusco, Irving se tragó la saliva que se había reunido en su boca y se dio cuenta de que tenía un hambre canina.
Según le indicaba su reloj, la cocina debía estar oscura y vacía a aquella hora; podía ir a ella por la escalera trasera, que pasaba junto a su cuarto en su desvencijado descenso.
La señora Nagenbeck, sin embargo, solía combinar en su persona las características más salientes de las tres Furias en un conjunto armonioso, cuando una subrepticia incursión a su despensa la ponía sobre aviso. Si le atrapaba, se dijo Irving Bommer, sin poder contener un estremecimiento...
«Verás, amigo, ése es un riesgo que tenemos que correr», interpuso su estómago con tono perentorio.
Tembloroso y suspirando, descendió de puntillas la crujiente escalera.
Palpando en las tinieblas, consiguió encontrar el pestillo de la nevera. Frunció el ceño, hambriento. Tras una cuidadosa búsqueda, consiguió apoderarse de tres cuartas partes de una salchicha, media hogaza de pan de centeno y un pesado cuchillo de hoja triangular, de los que eran indispensables para abordar un galeón español desde un corsario inglés.
«¡Viva!», exclamó su estómago, dando un puntapié al duodeno. «¡Empecemos!»
Un interruptor hizo clic en la habitación contigua a la cocina. Irving se detuvo cuando había cortado ya media rebanada, con el cuerpo absolutamente inmóvil, pero con el corazón y el estómago, que seguía tan parlanchín, dando saltos mortales como un par de acróbatas al final de un electrizante número de circo. Como siempre que estaba asustado, empezó a sudar tan copiosamente que los pies le resbalaban dentro de sus apretados zapatos.
—¿Quién anda ahí? —gritó la voz de la señora Negenbeck—. ¿Hay alguien en la cocina?
Sin resporder, ni aunque fuese negativamente, Irving Bommer huyó escaleras arriba, con el cuchillo, la comida y su anatomía interna hecha un verdadero lío.
De vuelta en su habitación, esperó un momento, dando ansiosas boqueadas y con la mano sobre el interruptor de la luz. Escuchó un par de minutos y luego sonrió. No había dejado huellas.
Se dirigió tranquilamente a la cama, cortando un trozo de salchicha con un maravilloso valor inconsciente. El frasquito violáceo seguía donde él lo había tirado. Tan pronto parecía rojo como ligeramente azulado, hasta que de pronto, a veces...
Sentándose, empezó a desenroscar el tapón del frasco, con el pulgar y el índice de la mano derecha, y enarcó lentamente sus sucias cejas ante la imprevista dificultad. «Me pondré el cuchillo aquí, se dijo, sujetando la hoja en el sobaco, empuñaré fuertemente la botella con la mano izquierda, y desenroscaré el tapón. Entre tanto, seguiré comiendo». Bajo el sobaco, la hoja del cuchillo se debatía ansiosamente, tratando de apuntar hacia algún órgano importante.
El tapón estaba fuertemente apretado. Tal vez no habían pensado que él tuviese que abrirlo. Quizá sería mejor romper el frasco y utilizar inmediatamente todo su contenido. Ya pensaría en ello más tarde, si acaso. De momento, tenía salchichón y pan de centeno. Y dos dólares en lugar de doce.
Se dispuso a dejar el frasco haciendo girar el tapón a derecha e izquierda con gesto irritado, para demostrarle que no había terminado, ni mucho menos, con él. El tapón se desenroscó. Bommer, estupefacto, terminó de desenroscarlo. No sabía que se hiciesen frascos de medicinas que se desenroscaban hacia la derecha.
* * *
Qué olor tan curioso! Hubiérase dicho el de un niño enjabonado, restregado y con pañales nuevos, que de pronto hubiese llegado a la conclusión de que una vejiga llena no era tan agradable como una vejiga vacía; pero el líquido del frasco era azul. Lo olió de nuevo. No, era más bien el que se exhalaría de un hombre muy bebido que hubiese pasado la tarde trabajando afanosamente con pico y pala y no viese la necesidad de tomar un baño, que echaría por tierra una de sus más caras tradiciones personales. Pero mientras Irving Bommer seguía contemplando meditabundo el frasquito, éste brilló con un centelleante tono escarlata. Mientras se lo colocaba bajo la nariz para olfatearlo por última vez, se maravilló al pensar cómo se había equivocado al calificar aquel olor. Desde luego, era muy desagradable, pero de fácil identificación. Era... no exactamente humo rancio de tabaco... no, ni el que desprendería un campo recién abonado, sino...
Se vertió un poco en la palma de la mano izquierda. De color violeta.
Un puño golpeó enérgicamente la puerta.
—¡Eh, usted! —gritó la iracunda voz de la señora Negenbeck—. ¡Usted, mister Bommer! Abra esta puerta! Sé lo que tiene ahí dentro. Me ha robado usted la comida. ¡Abra inmediatamente!
A consecuencia de un movimiento convulsivo que hizo Irving Bommer, el cuchillo que tenía bajo el sobaco saltó locamente en pos de la libertad y de la gloria. Apuntó primero a una muñeca contando con que, si tenía suerte, podría seccionar toda la mano izquierda. (¡Con lo que se pondría a la altura de una altiva cuchilla de carnicero que conocía!) Por desgracia; la mano se había retirado instintivamente para esconder la salchicha y el pan de centeno bajo la almohada. El cuchillo resonó al caer sobre el suelo, contento —pero no feliz— con la punta del dedo anular y una mancha de sangre en la hoja.
—Si no abre usted la puerta inmediatamente, en este mismo segundo —anunció la señora Negenbeck por el ojo de la cerradura, que utilizaba como megáfono—, la echaré abajo. Sí, la echaré abajo. —Después de haber alcanzado el monte Ossa, se puso a buscar el Pelion—. La derribaré y le haré pagar su importe; una puerta nueva, dos goznes y los daños subsiguientes. Sin mencionar la comida que me ha robado y que está infectando con su contacto. ¡Le ordeno que abra la puerta, míster Bommer!
Él ocultó el cuchillo bajo la almohada, junto con los comestibles, y cubrió todo el lecho con una manta. Luego, mientras enroscaba de nuevo el tapón del frasco, se dirigió hacia la puerta chupándose el dedo que sangraba y sudando copiosamente.
—Un momento, por favor —dijo, con voz apenas perceptible.
—Después, está la cerradura —dijo la señora Nagenbeck, sombría—. Actualmente, una buena cerradura puede costar cuatro, cinco o seis dólares. ¿Y qué me dice usted de lo que tendré que pagar al carpintero por colocarla? Si tengo que derribar esta puerta, si tengo que destrozar mi propia...
Su voz se apagó, convertida en un curioso murmullo. Irving Bommer oyó dos ruidos, semejantes a los bufidos preliminares de una locomotora, antes de que consiguiese abrir la puerta.
Ante él apareció la señora Nagenbeck, con su bata de santolina, con el ceño fruncido y echando fuego por los ojos.
¡La salchicha! Con su larga experiencia de patrona de casa de huéspedes, ella conseguiría descubrirla bajo la almohada, guiándose únicamente por el olfato.
—¡Qué extraño... ! —empezó a decir la señora Nagenbeck, indecisa, mientras su expresión hostil abandonaba, a regañadientes, su voz—. ¡Qué olor tan raro! Qué olor tan curioso... tan peculiar, tan... ¡Oh, pobre mister Bommer!... ¿Se ha hecho usted daño?
El denegó con la cabeza, sorprendido por la expresión completamente desusada de su rostro. No era de cólera, pero desde luego parecía peligrosa. Se batió en retirada hacia el interior de la habitación. La señora Nagenbeck le siguió, mientras su voz experimentaba diversos tonos, para terminar con algo parecido a un arrullo.
—Déjeme ver sus dedos lastimados, el corte que se ha producido, el rasguño, la herida —dijo tímidamente, arrancándole la mano izquierda de la boca con fuerza suficiente para hacerle saltar media dentadura—. ¡Oh!, ¿le duele? ¿Tiene yodo o mercromina? ¿Y un lápiz antiséptico y astringente? ¿Y vendas de gasa para envolvérselo y curárselo?
Vencido a su pesar por su sorprendente cambio de actitud, Irving Bommer indicó el botiquín con la nariz.
Ella continuó emitiendo aquellos extraños y turbadores sonidos mientras le curaba la herida. Producía el efecto de un tigre de dientes de sable ronroneando como un gatito. De vez en cuando, al cruzarse su mirada con la de Irving Bommer, sonreía lanzando un suspiro. Pero cuando al tomarle la mano para examinarlo por última vez, depositó de pronto un largo y quejumbroso ósculo en la palma, él se asustó de veras.
Se acercó a la puerta en dos zancadas, arrastrando tras de sí a la señora Nagenbeck, que no soltaba su preciosa mano.
—Muchísimas gracias —le dijo—. Pero es muy tarde y tengo que acostarme.
La señora Nagenbeck le soltó.
—Lo que usted quiere es que me vaya —le dijo en tono de reproche.
Cuando vio que él asentía, tragó saliva, sonrió valientemente y salió de costado, arrancándole casi los botones de la chaqueta.
—No tiene usted que trabajar tanto —dijo con expresión contristada, mientras él le daba con la puerta en las narices—. Un hombre como usted no tendría que matarse trabajando en un mísero empleo. Buenas noches, mister Bommer.
El opulento color violáceo del frasquito parecía hacerle guiños desde la cama. ¡El filtro amoroso! Le había caído una gota del mismo en la palma de la mano, después que se cortó el dedo, e involuntariamente había cerrado el puño. La gitana le dijo que una gota de su sangre mezclada con una gota de la poción, harían que aquella gota fuese suya. Evidentemente, era esto lo que había sucedido, y la señora Nagenbeck había enloquecido de amor por él. Se encogió de hombros. ¡La señora Nagenbeck! ¡Valiente filtro amoroso...!
Pero lo que era bueno para la señora Nagenbeck, indudablemente lo sería también para otras hembras más jóvenes y apetecibles. Como aquella muchacha de mirada perezosa que despachaba en la sección de cuchillería, o aquella tunantela pizpireta que vendía ensaladeras y fuentes para el horno.
Llamaron nuevamente a la puerta.
—Soy yo, Hilda Nagenbeck. Oiga, mister Bommer, he pensado que la salchicha y el pan de centeno dan mucha sed, al ser tan secos. Así que le traigo dos botellas de cerveza.
El sonrió al abrir la puerta y recibir las dos botellas de cerveza. El proceso iniciado tan brillantemente momentos antes había seguido su curso en la señora Nagenbeck. Lo que antes sólo se insinuaba en su mirada, ahora resplandecía gloriosamente en ella. Su alma se asomaba por sus ojos.
—Muchas gracias, señora. Ahora vaya a acostarse. Buenas noches.
Ella hizo un rápido gesto de asentimiento y se alejó por el corredor, volviéndose a cada paso para dirigirle una mirada suplicante y anhelosa.
Muy erguido y con gesto altivo, Irving Bommer se dispuso a abrir la botella de cerveza. La señora Nagenbeck no era mucho, desde luego; pero le señalaba el camino hacia un porvenir mucho más interesante.
A partir de entonces, él ya era un hombre bello y apuesto... para una mujer dotada de un olfato mediano.
La lástima era que en el frasquito hubiese tan poco líquido. ¿Por cuánto tiempo se mantendría el efecto? ¡Y él tenía que recuperar tanto tiempo perdido!...
Mientras terminaba de apurar la segunda botella de cerveza, satisfechísimo consigo mismo, dio de pronto con la solución. ¡Con lo sencillo que era!
Primeramente, vertió el contenido del frasquito en la botella vacía. Luego se quitó las vendas y frotó la reciente cicatriz con el borde hiriente del tapón de metal... En un momento su sangre afluía abundantemente al interior de la botella, hemorragia que él estimuló frotándose concienzudamente la herida con el borde del tapón.
Cuando creyó haber conseguido la mezcla deseada, agitó enérgicamente la botella, se vendó de nuevo los dedos que habían quedado hechos una lástima, y vertió la apestosa pócima en la gran botella del masaje para después del afeitado, que había comprado la semana anterior. Dicha botella estaba provista de un pulverizador.
—Ahora —se dijo, mientras tiraba el cuchillo y el pan de centeno sobre el escritorio, apagaba las luces, se metía en la cama y empezaba a masticar la salchicha—, ¡ahora veréis de lo que es capaz Irving Bommer!
Olvidó poner el despertador y le despertaron las abluciones matinales del huésped de la habitación contigua.
—Tengo veinte minutos para vestirme e ir a trabajar —murmuró mientras apartaba las sábanas, y corría hacia el lavabo—. ¡Hoy no podré desayunar!
Pero en la planta baja se tropezó con la señora Nagenbeck, que le esperaba con una sonrisa radiante y una bandeja. Sin hacer caso de sus protestas, ella insistió en que tomase «aunque sólo fuese un tentempié».
Mientras él devoraba frenéticamente los huevos revueltos, apartando la cabeza para evitar los besos furtivos de la señora Nagenbeck, como si fuese el blanco humano en una exhibición de pelota base, se preguntó qué podía haberle ocurrido a su circunspecta y recatada patrona desde la última vez que la vio.
La última vez que la había visto...
Aprovechando la momentánea ausencia de la señora Nagenbeck, que había ido en busca de una botella de caviar («para extenderlo sobre el pan y tomarlo con el café»), subió corriendo a su habitación.
Se despojó con presteza de la camisa y corbata y, tras una momentánea reflexión, también de la camiseta. Luego apuntó el pulverizador hacía sí y oprimió la pera de goma. De este modo se roció la cara, los cabellos, las orejas, el cuello, el pecho, la espalda, los brazos, el ombligo. Incluso metió el pulverizador bajo la pretina y le hizo dar un círculo completo. Cuando empezaba a sentir calambres en la mano a causa del ejercicio desacostumbrado, dejó el pulverizador y se vistió de nuevo. Aquel olor casi le daba mareos, pero experimentaba una sorprendente ligereza de espíritu.
Antes de abandonar la habitación sacudió la enorme botella, comprobando que aún estaba llena en sus nueve décimas partes. Aquel asunto empezaba a ser remunerador. Antes de haber terminado el líquido, cuántas cosas conseguiría...
La gitana estaba de pie ante su mísero tenducho cuando él pasó. Empezó a sonreír, se puso seria de nuevo y ordenó con voz chillona a los niños que entrasen. Antes de desaparecer en el interior de la tienda, le miró y dijo con voz lúgubre:
—¡No hay que ponerse tanto de eso, mosito! ¡No es para tomarlo todo de una vez!
El la saludó despreocupadamente mientras pasaba casi corriendo.
—Se equivoca usted. ¡Aún dispongo de mucho más!
El coche que él solía tomar estaba abarrotado, pero desde el andén del metro distinguió un asiento vacío. Se lanzó contra la piña humana que se apretujaba a la puerta y literalmente la hizo pedazos. Abriéndose paso a codazos y a empellones hacia el interior, casi cantando de contento, pasó junto a dos mujeres muy decididas, dio un experto puntapié en la espinilla a un viejo vivaracho para distraerlo, y se deslizó hacia el asiento vacío cuando el metro se puso en marcha. El brusco arranque le hizo perder el equilibrio y permitió que una jovencita de rostro de porcelana, que tendría entre veinte y veinticinco años —una bella intrusa—, ocupase el asiento que él pretendía conquistar, escabulléndose bajo su mismísima espalda. Cuando él consiguió enderezarse y volverse, ella le sonreía pícaramente con su boca pequeña, pero muy roja.
Si hay algo que sepa el viajero habitual del metro, esto es que el hado del ferrocarril subterráneo es siempre inescrutable, pues se dedica a sentar a uno y a dejar a otros de pie, a su antojo. Irving Bommer se sujetó a la barra situada sobre el asiento, inclinándose ante las duras leyes metropolitanas de la oferta y la demanda.
El semblante de la joven estaba contraído y demudado, como si hubiese de romper en llanto. Agitaba espasmódicamente la cabeza, mirándole de hito en hito, y mordiéndose los labios. Su respiración era fuerte y afanosa.
De pronto se levantó y le ofreció el asiento con ademán cortés.
—Siéntese usted, por favor —le dijo con una voz que se deshacía en tonos melosos y dulces—. Parece usted cansado.
Irving Bommer se sentó, dándose cuenta de que todas las cabezas se volvían en su dirección. Su vecina, una muchacha gordezuela de unos diecinueve años, empezó a husmear y, lentamente y sin que él pudiese creerlo, apartó sus brillantes ojos de la novela histórica que leía para posarlos en su cara.
La joven que le había ofrecido el asiento se le acercó, a pesar de que los restantes pasajeros que permanecían de pie se apartaban de él.
—Estoy segura de haberle visto en alguna otra parte —empezó a decir con cierta indecisión—: Me llamo Ifigenia Smith y, si usted quiere decirme su nombre, estoy segura de que recordaré cómo y cuándo fuimos presentados.
Irving Bommer suspiró en lo más profundo de su alma y se recostó en el asiento. Por último, él y la biología se habían dado una cita.
Iba al frente de una pequeña manifestación cuando llegó a la entrada del personal de los Almacenes Gregworth's. Inconsolables por la negativa del ascensorista a admitir clientes en el destartalado ascensor destinado únicamente al personal de la casa, ellas se apiñaron junto a la puerta, viendo como él ascendía como si fuese Adonis en persona y se aproximase el solsticio de invierno.
Humphries le sorprendió cuando estaba firmando en la hoja de entrada.
—Siete minutos de retraso, Bommer. ¿Le parece bien? Hay que hacer un esfuerzo para ser puntual. Pero un esfuerzo de veras.
—Se me olvidó poner el despertador —murmuró Irving Bommer.
—Esa excusa ya es vieja, Bommer. En Gregworth's todos nos afeitamos; más vale reconocer las propias faltas y procurar enmendarse.
El jefe de ventas se ajustó una fracción de milímetro su corbata perfectamente anudada y frunció el ceño.
—¿Qué diablos es este olor? ¿No se baña usted, Bommer?
—Una mujer me vertió algo encima, en el metro. Espero que desaparezca pronto.
Cuando consiguió escapar, avanzó sorteando cacerolas, bandejas y ollas a presión hasta llegar a la sección de ralladores, mondadores y abrelatas, donde se dispuso a atender a los clientes. Apenas había acabado de arreglar el mostrador para el trabajo del día, cuando un timbre anunció que el mundo exterior ya podía entrar para adquirir las extraordinarias gangas que ofrecía Gregworth's.
Una mano que, trémula, se deslizaba por las solapas de su chaqueta, le distrajo. Doris, la rubia y hermosa vendedora de ensaladeras y fuentes para el horno, se inclinaba sobre el mostrador y le acariciaba.
¡Doris! La que solía manifestar ruidosamente su desagrado siempre que él le dirigía una frase lisonjera.
El se sujetó la barbilla.
—Doris —le dijo con firmeza—. ¿Me amas?
—Sí —suspiró ella—. Sí, amor mío. Más que nadie...
El la besó dos veces, primero con rapidez y luego saboreando más el beso, al darse cuenta de que ella no le rehuía, sino que gemía de placer y se debatía, haciendo desmoronarse toda una hilera de ralladores niquelados.
Unos dedos que chasqueaban ruidosamente, le obligaron a apartarse con rapidez. Doris también se separó de él, sorprendida.
—Vaya, vaya, vaya, vaya —exclamó Humphries, fulminando a Irving con una mirada en la que se notaba cierta indecisión—. Hay tiempo y lugar para todo. Ahora, el trabajo; hay que atender a la clientela. Los asuntos privados, después de la hora del cierre.
La muchacha asestó una mirada de odio concentrado contra el jefe de ventas, pero cuando observó que Irving le hacía señas de que se alejase y vio que Humphries seguía haciendo chasquear los dedos, ella se apartó lentamente, diciendo en voz baja y tono insistente:
—No comprendo qué le ha pasado a esa dependienta —musitó Humphries—. Era de las más serias de la sección.—Volviéndose a Irving Bommer, pareció luchar consigo mismo antes de decirle mansamente—: De todos modos, Bommer, no vayamos por las ramas. Empiezan a subir clientes; quiero verle arreglando los ralladores y disponiendo como es debido los abrelatas. —Empuñando un mango de hueso del que surgía una larga hoja retorcida, lo blandió ante un grupo de compradores que se habían congregado frente al mostrador de Irving—. Lo más moderno para pelar naranjas y melones, señoras. Lo mejor que existe. ¿Por qué seguir empleando objetos de anticuadas líneas rectas, fúnebres y severas? —Su voz, que hasta entonces había sido desdeñosa, se elevó altisonante—: Con el nuevo cortador Sueño de Hollywood, podrán ustedes pelar las naranjas y los melones con facilidad y eficacia. Ya no perderán el valioso zumo cargado de vitaminas; se han terminado las manchas de melón sobre los delicados manteles de encaje. Y, sobre todo, tendrán ustedes unos bordes recortados del modo más atractivo. A los niños les encanta comer frutas curiosamente recortadas y mondadas, como naranjas...
—¿Es esto lo que vende ese joven? —preguntó una señora voluminosa, de poderosas mandíbulas. Humphries asintió.
—Entonces me quedo con uno. Pero tiene que dármelo él.
—Dos para mí. ¿Me quiere dar dos, joven?
—¡Cinco! Yo quiero cinco. Yo los pedí primero, pero usted no me oyó.
—Por favor, señoras —dijo Humphries, radiante—. Por favor, no empujen ni se peleen. Habrá para todas. Tenemos mondadoras Sueño de Hollywood en cantidad más que suficiente. ¿Ve usted, Bommer, ve usted —susurró— lo que puede hacer un poquito de propaganda? Que no se pierda ni una de estas ventas. ¡A trabajar!
Humphries se alejó alegremente, chasqueando los dedos en dirección a los mostradores próximos, cuyas dependientas se inclinaban todas de manera extraña en dirección a Bommer.
—A trabajar, chicas; que hoy promete ser un buen día. La verdad es —musitó, mientras volvía a su despacho para insultar a la primera tanda de corredores—, la verdad es que hoy parece que va a ser un día bueno en la sección de ralladores y abrelatas.
Cuanto había de cierto en esta suposición, no empezó a sospecharlo hasta poco antes de que sonase la hora del almuerzo, cuando el jefe de almacén irrumpió en su oficina chillando:
—Necesitamos más gente, Humphries. ¡En el almacén ya no damos abasto!
—¿En el almacén? ¿De qué me está hablando?
—¡Nos pasamos la mañana sirviendo pedidos al mostrador de Bommer! —El jefe de almacén se arrancó un puñado de cabellos y empezó a brincar frente a la mesa—. Todo mi personal trabaja para ese único mostrador; no tengo a nadie para el inventario, a nadie en recepción y tan pronto como le enviamos la mercancía, él la despacha. ¿Por qué no me dijo usted que hoy habría liquidación en la sección de ralladores y abrelatas? Hubiera encargado más mercancía al almacén central, en lugar de tener que enviar a buscarla cada media hora. He tenido que pedir a Cohen, de mobiliario moderno, y a Blake, de vestuario infantil deportivo que me presten un par de hombres!
Humphries movió la cabeza.
—No hay liquidación en la sección que usted menciona, ni ofrecemos saldos ni precios reventados en ella. Domínese, hombre, y trate de no desmoronarse ante una presión inesperada. Vamos a averiguar qué sucede.
Abrió la puerta de su despacho e inmediatamente exhibió la mejor técnica para quedarse aterrorizado. La sección de artículos para el hogar estaba abarrotada por una multitud de mujeres que luchaban y se debatían, animadas por el único deseo de acercarse al mostrador donde se vendían ralladores y abrelatas. Irving Bommer desaparecía completamente bajo una marea de melenas con la permanente y sombreros colocados de través. De vez en cuando, una caja de cartón vacía se destacaba para señalar aproximadamente la posición geográfica del dependiente y Humphries oía una vocecilla cascada que gritaba:
—¡Envíeme más abrelatas, almacén, más abrelatas! Se me han agotado las existencias. ¡Estas mujeres son insaciables!
Los restantes mostradores de aquel piso estaban abandonados... tanto por las dependientas como por los clientes.
El jefe de ventas aulló:
—¡Aguántelas como pueda, Bommer, allá voy!
Luego arremetió contra la masa femenina. Mientras se abría paso entre mujeres que sujetaban contra el pecho cajas enteras de abrelatas, observó que aquel olor peculiar que desprendía Bommer se percibía incluso a distancia. Además, se había hecho más fuerte y acre...
* * *
Irving Bommer parecía un hombre que hubiese descendido al Valle de las Sombras y hubiese visto allí tales cosas, que ya no le produjesen efecto cosas tan insignificantes como el Mal. Tenía el cuello de la camisa abierto, la corbata le colgaba sobre un hombro, las gafas pendían de la oreja opuesta, tenía los ojos terriblemente congestionados y sudaba tan copiosamente, que parecía como si sus ropas acabasen de ser retiradas de una concienzuda lavadora.
Estaba asustadísimo. Mientras tuvo mercancías con que entretenerlas, sus adoradoras adoptaron una actitud relativamente pasiva. Pero así que se le agotaron las existencias, las mujeres se concentraron de nuevo en su persona. Al parecer, no reinaba rivalidad entre ellas; si se empujaban, lo hacían solamente para obtener una vista más favorable del pobre Irving. Al principio, ordenó a unas cuantas que se volviesen a sus casas y ellas le obedecieron; pero en el momento presente, si bien parecían dispuestas a obedecerle en todo cuanto les ordenase, se negaban en redondo a alejarse de su presencia. Sus muestras de afecto se habían hecho más insistentes, más decididas... y más organizadas. Confusamente, él comprendió que esto se debía a su prodigiosa transpiración ... el sudor mezclado con la poción amorosa la diluía aún más, esparciendo su olor a mayor distancia.
¡Y qué caricias le prodigaban! Nunca se hubiera imaginado que una caricia femenina pudiese resultar tan dolorosa. Cada vez que se inclinaba sobre el mostrador para despachar a una cliente, docenas de manos se tendían hacia él y le acariciaban los brazos, el pecho, cualquier parte accesible de su cuerpo. Multiplicados por las tres horas que llevaba trabajando, aquellos cariñosos contactos habían llegado a parecerle otros tantos puñetazos.
Estaba lloriqueando, cuando Humphries consiguió deslizarse tras el mostrador y ponerse a su lado.
El joven le habló con voz compungida:
—Me tiene usted que enviar más género, mister Humphries —tartajeó—. Sólo me quedan ralladores de berenjenas y unos cuantos mondadores de coles. Cuando se acaben, me acabaré yo.
—Calma, muchacho, calma —le dijo el jefe de ventas—. Tiene usted que soportar esta prueba como un hombre. ¿Quiere usted ser un dependiente eficaz y seguro de sí mismo, o prefiere ser una caña sobre la que no se apoyaría ningún detallista? ¿Dónde están esas dependientas? Deberían estar tras el mostrador, ayudándole. Bien, de momento el almacén no puede mandarnos más género, para variar, intente interesarlas en colgadores para toallas y artículos de tocador.
—Oiga —un brazo forrado de piel de cordero se extendió sobre el mostrador para dar unos golpecitos en el hombro de Humphries—: Apártese, que no puedo verle.
—Un momento, señora, no se impaciente —empezó a decir Humphries con animación, para detenerse al ver la mirada asesina de la mujer. Tanto ella como las que la rodeaban, como le pareció, se veían muy capaces de clavarle un cortador Sueño de Hollywood en el corazón sin que sus manos temblasen. Tragó saliva y se tiró de los puños de la camisa.
—Por favor, mister Humphries, ¿puedo irme a casa? —le preguntó, lloroso Irving—. No me encuentro muy bien. Y habiéndose terminado el género, de nada sirve que me quede aquí.
—Bien —dijo su jefe, reflexionando— no podemos decir que no hemos tenido un día atareado, ¿no le parece? Y si no se encuentra bien, como dice... Claro que no espere usted que le paguemos la tarde, pero si, puede irse.
Irving le dio las gracias y se dirigió hacia el extremo del mostrador, pero Humphries lo asió por el codo. Después de lanzar una tosecita, dijo:
—Quiero decirle, Bommer, que se olor no es nada ofensivo. Por el contrario es muy agradable. Espero no haberle ofendido por mi irreflexiva observación acerca del baño.
—En absoluto, señor Humphries. No me ha ofendido usted.
—Me alegro. No era mi deseo ofenderle. Prefiero contar con su simpatía, Bommer, y quiero que sepa que soy su amigo. Verdaderamente, yo...
Irving Bommer huyó a todo correr, tratando de esquivar la multitud femenina, pero ésta se abría para franquearle el paso. Sin embargo, centenares de manos se tendían hacia él para tocar —¡sólo tocar!— alguna parte de su dolorida anatomía.
Así consiguió llegar hasta el ascensor del servicio y un escalofrío recorrió su cuerpo al oír el hambriento gemido de desesperación que se elevó cuando las puertas del ascensor se cerraron ante los ávidos semblantes del tropel que iba en vanguardia. Mientras descendía, oyó una voz juvenil que gritaba:
—¡Sé donde vive! ¡Os llevaré a todas a su casa!
El maldijo el espíritu de solidaridad de aquellas arpías que le acosaban. Siempre había soñado en convertirse en un ídolo femenino, pero jamás había pensado que una de las características que poseen los ídolos es la de ser objeto de culto por parte de las multitudes.
Salió corriendo del ascensor al llegar a la planta baja y llamó a un taxi, observando al propio tiempo que la ascensorista le había seguido sin vacilar para llamar a otro. Mientras daba frenéticas instrucciones al chofer, vio que por toda la calle había mujeres subiendo a taxis y haciendo señas a los autobuses para que pararan.
—¡Dese prisa! —ordenó al taxista—. ¡A toda la velocidad que pueda!
—Hago lo que puedo, amigo —repuso el chófer sin volverse—. Tengo que cumplir las prescripciones del tránsito. Cosa que no hacen esas señoras que nos siguen.
Atisbando con desesperación por la ventanilla trasera. Irving Bommer vio cómo los coches que le seguían hacían caso omiso de semáforos rojos, guardias del tráfico y coches que surgían por las esquinas. Cada vez que su coche se detenía, se engrosaban las huestes de perseguidoras motorizadas.
Pero a medida que su miedo aumentaba, su transpiración se hacía más abundante y su efluvio se expandía a mayor distancia por las calles.
Se bañaría al llegar a casa... eso es lo que haría..., se ducharía y se enjabonaría a conciencia, para hacer desaparecer el último rastro de aquella maldita substancia. Pero tenía que apresurarse.
Los frenos del taxi chirriaron cuando su acción se ejerció de pronto sobre las ruedas.
—Se acabó, señor. No podemos seguir. Por lo visto, se ha organizado una manifestación.
Mientras pagaba al taxista, Irving Bommer dio un respingo al ver la calle abarrotada de mujeres.
Desde luego, era culpa de la botella del masaje... el pulverizador debía estar abierto, y el olor se había esparcido. Como la botella estaba casi llena del todo, la pérdida debía de haber sido considerable. Y si unas cuantas gotas bastaban para producir tales efectos... Había mujeres en la calle, en el patio, en la callejuela contigua, todas con la vista fija en su habitación, como perros que hubiesen olfateado a una zarigüeya. Se veían muy tranquilas y pacientes, pero de vez en cuando surgía de ellas un suspiro que se hinchaba hasta alcanzar el volumen de un fuego de artillería.
—Espéreme —dijo al chófer—. Volveré pronto.
—Eso no puedo prometérselo. No me gusta el aspecto de ese gentío.
Irving Bommer se tapó la cabeza con la chaqueta y corrió hacia la entrada de la pensión. Docenas de caras sorprendidas y dichosas se volvieron hacia él.
—¡Es él! —oyó que gritaba la ronca voz de la señora Nagenbeck—. ¡Nuestro maravilloso Irvin Bommer!
—¡Er guapo mosito! —era la voz de la gitana—. ¡Er divé con carita de emperaor!
—Abran paso —exclamó con brusquedad Irving Bommer—. Apártense.
A regañadientes, sin abandonar su expresión arrobada, la muchedumbre femenina se apartó abriéndole camino. El abrió la puerta de entrada en el preciso instante que el primero de los automóviles perseguidores doblaba rugiendo la esquina.
Había mujeres en el vestíbulo, mujeres en la sala y en el comedor, mujeres en la escalera hasta la puerta misma de su habitación. Se abrió paso entre ellas, sin hacer caso de sus miradas de adoración y caricias desesperadas, y abrió la puerta de su cuarto, cerrándola con un violento portazo.
—Tengo que poner orden en mis ideas —se dijo, cogiéndose la cabeza, que parecía que iba a estallarle, con sus manos febriles.
Un baño no sería bastante, pues quedaría la enorme botella de masaje, que seguiría esparciendo su terrible contenido. ¿Y si la vaciase en el lavabo? Sería peor, pues se mezclaría con agua y aún se diluiría más. Por otra parte, podía atraer a ejércitos de ratas de alcantarilla. No, tenía que destruir la maldita poción. ¿Pero cómo? ¿Cómo?
El horno del sótano. El masaje para después del afeitado contenía alcohol, y el alcohol ardía. Quemaría la loción, luego se daría una ducha sin emplear jabón corriente, sino algo verdaderamente eficaz, como lejía... o ácido sulfúrico. ¡El horno del sótano!
Se metió la botella bajo el brazo como si fuese una pelota de rugby. En el exterior oía cómo un centenar de automóviles lanzaban bocinazos y un millar de voces femeninas suspiraban y murmuraban palabras de amor. En la distancia, muy débilmente, sonaban las sirenas de la policía y las voces disgustadas y sorprendidas de los agentes de la autoridad, que se esforzaban por hacer circular una multitud decidida a permanecer inmóvil.
Así que abrió la puerta, comprendió que había cometido un error. Un tropel femenino irrumpió en la estancia como si la combinación de la pócima, su transpiración y la botella que rezumaba su contenido fuesen absolutamente irresistibles.
—¡Atrás! —vociferó—. ¡Atrás! ¡Tengo que salir!
Con mayor lentitud que antes, con mayor indecisión, ellas le dejaron salir. Se abrió camino hasta el rellano de la escalera, retorciéndose y contorsionándose para evitar las manos delicadas que se tendían en su dirección.
—¡Despejen la escalera, por favor!
Algunas se retiraron, otras no. Pero ya podía bajar. Estrechando fuertemente la botella contra su pecho, siguió avanzando. Una jovencita apenas salida de la pubertad tendió hacia él los brazos con gesto amoroso. El se apartó a un lado. Por desgracia. su pie derecho ya pisaba el primer peldaño. Se balanceó y trató de apoyarse en el izquierdo, pero se inclinó hacia adelante, perdiendo el equilibrio. Una matrona de cabellos grises trató de acariciarle la espalda y él se esforzó por esquivarla.
Esto le perdió. Cayó cuan largo era y la botella se le escapó de las manos.
Bajó rodando por la escalera y finalmente aterrizó sobre los trozos de la botella. Su contenido esparcido por el suelo le humedeció el pecho.
Levantando la mirada, consiguió lanzar un solo chillido de espanto antes de verse sepultado por el alud de rostros amorosos y suplicantes.
Esto explica que en el cementerio del Sauce Blanco sólo pudiesen enterrar un fragmento de linóleo manchado de sangre. Y el inmenso monumento erguido sobre el mismo fue costeado con los fondos reunidos en una hora en la más fervorosa de las colectas públicas.