Korimba

Stories / Poems

Stories by etgar keret

la chaladura de nimrod

spanish

Save as PDF
Miron pierde el juicio
En todo lo que concierne al problema de Miron hay división de opiniones, como suele decirse. Los médicos creen que se trata de un trauma de la época del servicio militar que ha vuelto a aflorar de repente en su cerebro, como cuando un zurullo reflota de repente en la taza del váter mucho después de haber tirado uno de la cadena. Sus padres están empeñados en que todo le viene de los hongos alucinógenos que comió cuando viajó por la India y que le convirtieron los sesos en pura gelatina. El chico que lo encontró allí y lo volvió a llevar a casa dice que todo es por culpa de una chica holandesa que conoció en Dharamsala y le rompió el corazón. Pero Miron tiene su propia versión, según la cual el que lo ha metido en todo ese lío es Dios. Porque lo tiene pegado al cerebro como un murciélago, diciéndole esto, diciéndole lo otro, sea lo que sea con tal de discutir. Según Miron, tras la creación, Dios se pasó unos cuantos millones de años de lo más tranquilo hasta que de pronto apareció Miron cuestionándose un montón de cosas y Dios empezó a ponerse nervioso. Porque Dios enseguida se dio cuenta de que, a diferencia del resto de la humanidad, Miron no era ningún pringao. Y es que bastaba con que se le dejara una rendija para que éste aprovechara para darle, y a Dios, como bien es sabido, le encanta dar, pero no que le den, y lo último que se podía permitir era que alguien le diera por saco, y mucho menos alguien como Miron, así que desde el instante en que se percató no dejó de joder a Miron enviándole un auténtico batallón de desgracias, desde pesadillas nocturnas hasta chicas de lo más estrechas, y todo por ver si se derrumbaba.
Los médicos nos han pedido a Uzi y a mí que les ayudemos un poco con los antecedentes de Miron, ya que los tres nos conocemos desde que nacimos. Nos han hecho todo tipo de preguntas sobre el servicio militar, sobre cómo lo pasó allí Miron. Pero de la mayoría de las cosas ni nos acordamos, y de lo poco que sí, no se lo hemos contado porque la verdad es que no parecían muy simpáticos que digamos, y le hemos oído a Miron unas historias realmente increíbles sobre ellos. Después, en una de las visitas, Miron nos suplicó que le lleváramos hummus del restaurante del malvado de Kerem, porque lo que peor lleva es lo de la comida de ese sitio.
—Hace ya tres semanas que estoy aquí —echó cuentas—, y con los cuatro meses de la India llevo casi medio año sin hummus. Os juro que no se lo deseo ni a mi peor enemigo.
Así que fuimos a buscárselo, pero el malvado no quiso ponérnoslo en una pita para llevar.
—Tiene que ser en plato —soltó entre dientes con su satánica maldad y un tono indolente—, esto no es un puesto callejero.
Así que lo pedimos en plato y se lo preparamos nosotros en una pita. Cuando volvimos, la madre de Miron estaba allí. A Uzi lo saludó, pero a mí no. Hace años que no me dirige la palabra, por eso de que cree que he sido yo el que ha arrastrado a su hijo a las drogas. No le dimos el hummus mientras ella estuvo allí, porque temimos que se lo fuera a decir a los médicos o algo así. De manera que nos quedamos esperando hasta que se marchó. Entretanto, las alubias se enfriaron, pero a Miron le importó un pimiento y se abalanzó sobre la pita. Tres días después de eso le dieron el alta. Los médicos dijeron que había respondido sorprendentemente bien a la medicación. Miron sigue empeñado en que fue el hummus.
Uzi también lo pierde
En junio bajamos Miron y yo al Sinaí. También Uzi tenía que haber ido, pero en el último momento nos dejó plantados por no sé qué entrevista con un alemán de una compañía dedicada a la alta tecnología de Düsseldorf que podía llegar a conseguirle a su empresa un proyecto millonario. Aquel viaje debía haber sido algo especial, una especie de acto solemne para celebrar que a Miron ya no lo tenían por loco, así que Uzi se sintió un poco incómodo por mostrarse tan infantilmente interesado en unas posibles ganancias, y nos prometió que después de la entrevista iría a reunirse con nosotros.
—Te apuesto lo que quieras a que no viene —me dijo Miron—. Es más, te hago una apuesta doble: una, que no va a venir, y dos, que dentro de tres meses se casa con la Patatona.
No quise apostarme nada con Miron, porque lo que decía sonaba deprimente pero cierto. La Patatona era el apodo secreto que le habíamos puesto a la pelmaza novia de Uzi, que era además un hacha en todos los negocios de alta tecnología que a Uzi le gustaba tocar. Recuerdo que en una ocasión nos preguntó por qué la llamábamos Patatona, y Miron le dijo algo parecido a que tenía como una cáscara, pero que por dentro parecía comestible. Uzi no se lo acabó de tragar, pero desde entonces no volvió a preguntar.
Si la vida es una fiesta, el Sinaí, no se puede negar, es lo más parecido a un chill out. E incluso Miron y yo, que a diario no hacíamos prácticamente nada, advertíamos la tranquilidad medio zombi del lugar. En nuestra playa había muchos chalados con los que Miron trataba de entrar en contacto todo el rato con la pose del que ha estado mucho tiempo por Oriente, y hasta funcionó un poco. Yo no tenía fuerzas para eso, ni era ya capaz de coordinar mis movimientos, así que no hacía más que fumar y fumar montones de hierba mirando fijamente el mar y dudando acerca de si para comer pediría un panqueque o me arriesgaría con un pescado. También seguía un poco desde lejos lo que Miron hacía, para comprobar si de verdad se comportaba con normalidad. Porque todavía tenía alguna salida extraña, como cuando se le ocurrió empeñarse en cagar al lado del bungaló porque le daba pereza ir hasta el restaurante. Aunque la verdad es que esas cosas también las hacía antes de que la locura lo asaltara.
—Creo que voy a enrollarme con aquella bajita del pirsin —me dijo por la noche, después devolver del restaurante de la playa—. No me digas que no está buena.
Los dos estábamos ahora allí sentados, absolutamente flipaos y mirando el mar.
—Para que lo sepas —le dije—, en todo este asunto de tu ingreso Uzi y yo nos hemos hecho los duros, pero teníamos el culo encogido.
Miron se quedó pensativo.
—Es que fue todo muy raro, de repente empecé a oír voces, conversaciones, canciones. Como una radio estropeada que no sabes cómo apagar. Acabas por volverte loco, no tienes ni un segundo de lucidez. Te lo juro, era como si alguien estuviera intentando volverme loco. Hasta que de repente todo paró —Miron dio la última calada y apagó la colilla en la arena—. Y te diré algo más —añadió—, sé que puede sonar demencial, pero creo que fue Nimrod.
Contra todo pronóstico, Uzi llegó al día siguiente. Lástima no haber aceptado la apuesta de Miron. En cuanto Uzi dejó la mochila en el bungaló, nos llevó a rastras al restaurante, engulló unos calamares y nos contó cómo el alemán, a fin de cuentas, había resultado ser mucho más primo de lo que había esperado, y que se sentía feliz de estar allí con nosotros, sus mejores amigos, en el Sinaí, el lugar que más amaba en el mundo. Después anduvo recorriendo la playa muy excitado, llamando «¡hermano!» a cualquier cosa que se moviera y abrazando a todo beduino o egipcio que no fuera lo bastante rápido como para zafarse de él. Cuando también se cansó de eso, se empeñó en que jugáramos con él al backgammon, y después de habernos ganado a los dos ganó también a un beduino, a quien para que purgara su vergonzosa derrota obligó a arrastrarse por la playa tras su calvo contrincante gritando:
—¡Cuidado, chicas, que Abu-Calvo es imbatible!
Miron intentó tranquilizarlo con una calada, pero eso lo exaltó aún más. Intentó ligarse de una manera muy agresiva a una turista americana cuarentona, se cansó al cabo de un segundo, devoró tres crepes, nos dijo a Miron y a mí que le encantaba la paz que allí reinaba, pidió unos pinchitos y propuso que nos fuéramos los tres con su nuevo amigo beduino, que había resultado ser taxista, a jugar al casino de Taba. Miron estaba absolutamente en contra, porque creía tener posibilidades con la del pirsin, pero contra la plomífera insistencia de Uzi la calentura de Miron no tenía forma de salirse con la suya.
—Sí, sí, mucha broma —me dijo mientras nos montábamos en el taxi—, pero se ha vuelto completamente loco.
En Taba, Abu-Calvo y el beduino arrasaron el casino. Pasaban de una mesa a otra dejando tras de sí crupieres destrozados y tierra calcinada. Entre una jugada y la otra, Uzi se echaba al gaznate gigantescos pedazos de pudin de manzana y tarta de nata. Miron y yo estábamos sentados pacientemente en un rincón, esperando a que se cansara. Pero la verdad es que cada vez estaba más animado. Después de que Uzi y el beduino hubieran acabado de humillar a todo el casino y de repartirse las ganancias, nos fuimos en el taxi hasta el puesto fronterizo. Miron y yo le recordamos a Uzi que teníamos que volver a los bungalós, pero él no quería ni oír hablar de ello. Para él, la noche no había hecho más que comenzar, y aún podíamos hacer una parada en un par de locales nocturnos de Elat antes de regresar. Al despedirse del beduino le entregó su tarjeta de visita y le dio más de ochenta besos. Miron todavía intentó engatusar al beduino para que nos devolviera a la playa mientras Uzi continuaba su aventura en solitario. Pero el beduino nos riñó porque le parecía que dejar a un amigo tan maravilloso como Abu-Calvo en plena diversión era una verdadera vergüenza, y aseguró que él se moría de ganas de seguir con nosotros, sólo que le estaba prohibido cruzar la frontera. Dicho esto nos besó también a nosotros, se subió al taxi y desapareció. Cuando Uzi se cansó de El Espiral nos fuimos al pub El Yate, y de allí a un hotel que se llamaba Blue algo, y solamente entonces, después de que Miron y yo nos negáramos dos veces firmemente a llamar a la habitación a unas chicas de compañía, solamente entonces Uzi se echó boca abajo y se puso a roncar.
Desde esa salida que hicimos al Sinaí la empresa de Uzi empezó a prosperar cada vez más. Aparte del pringao del alemán, Uzi encontró dos primos más, un norteamericano y un indio, y se diría que iba a comerse el mundo. Miron dijo que aquello no hacía más que demostrar lo locos que estaban todos aquellos hombres de negocios. Porque prueba de ello era que, desde que a Uzi se le había ido la olla, no había dejado de ser cada día más poderoso y competente.
A veces todavía intentamos arrastrarlo a la playa o al billar, pero cuando lo conseguimos se empeña tanto en repetirnos lo bien que se lo está pasando y lo mucho que nos divertimos juntos, y pasa tanto tiempo leyendo mensajes en el móvil, que cuando llevas una hora con él se te han quitado hasta las ganas de vivir.
—No te preocupes, se le pasará —digo por intentar tranquilizar a Miron, mientras Uzi se encuentra absorto en una conversación transatlántica justo cuando le toca a él darle a la bola.
—Claro —dice Miron con el tono de quien sabe de qué va la cosa, como ex loco que es—, y si esto de la locura va por turnos, después de él vas tú.
El menda se descontrola
Esta mañana me he despertado terriblemente asustado. Como no sabía por qué, he pegado la espalda al colchón y he procurado moverme lo menos posible, intentando comprender qué es lo que me daba tantísimo miedo. Pero, a medida que el tiempo pasaba y no lograba averiguar la causa, el temor no hacía más que aumentar. Así que todavía continúo petrificado en la cama, diciéndome a mí mismo, en segunda persona y en el tono más sosegado de que soy capaz: «Cálmate, tío, cálmate. Esto no es real, todo está en tu cabeza». Pero el solo pensamiento de que esa cosa, sea lo que sea, esté dentro de mi cabeza me horroriza todavía mil veces más. Decido pronunciar mi nombre unas cuantas veces seguidas. Seguro que me tranquiliza. Sólo que, de pronto, mi nombre tampoco está. Y eso ya me saca de mis casillas. Me arrastro por la casa en busca de algún recibo, de una carta, de algo en lo que pueda aparecer mi nombre. Abro la puerta principal, la miro por fuera y veo una pegatina de color naranja en la que pone: «¡Que tengas una vida delirantemente fantástica!». En la escalera se oyen risas de niños y el ruido de unos pasos que se acercan; cierro la puerta y me quedo apoyado en ella. No hay que ponerse nervioso, dentro de un momento me acordaré, o puede que no, quizá nunca he tenido un nombre. Sea como sea, ésa no es la razón por la que estoy sudando tanto, por la que el pulso parece estar a punto de hacerme estallar la cabeza, no es eso, se trata de otra cosa. «Cálmate», vuelvo a susurrarme, «cálmate, te llames como te llames. Esto no puede durar mucho, enseguida acabará».
Cuando me tranquilizo un poco llamo a Uzi y a Miron y quedo con ellos en la playa. Como mucho hay cuatrocientos metros desde mi casa, y me acuerdo perfectamente del camino, aunque de repente todas las calles me parecen otras y tengo que ir mirando cómo se llaman para asegurarme de que realmente se trata de ellas. Y no son sólo las calles, todo me parece diferente, hasta el cielo está como arrugado y bajo.
—Ya te lo dije, que llegaría el momento en que a ti también te pasaría —dice Miron, y chupa la franja roja de su polo Pirulo—. Primero me volví loco yo y luego Uzi.
—Yo no he estado nunca loco —protestó Uzi—, sólo perdí un poco el norte.
—Llámalo como quieras —continúa Miron—, ahora te ha tocado a ti.
—Ran tampoco está loco —empieza Uzi a calentarse—, ¿por qué le metes esas cosas en la cabeza?
—¿Ran? —pregunto—, ¿así es como me llamo?
—¿Sabes qué? —reconoce Uzi—, puede que sí esté algo loco, dame un poco.
Miron le pasa el polo con la absoluta seguridad de que ya no lo volverá a ver más.
—Dime —pregunta—, ¿cuando empezó no notaste como si tuvieras a otra persona en la cabeza?
—No lo sé —vacilo—, puede que sí.
—Te lo digo —me susurra Miron, como si fuera un secreto—, yo sí lo noté y además me dijo unas cosas que sólo él sabía. Estoy seguro de que es Nimrod.
La chaladura de Nimrod
Hasta los doce años Nimrod fue una mierda de persona. Un niño llorica al que, si no hubiese sido tu mejor amigo, ya haría tiempo que le habrías partido la cara. Pero un buen día, un poco antes del Bar Mitzvah, le pusieron plantillas y, de repente, cambió por completo. La verdad es que Miron, Uzi y yo éramos amigos de Nimrod desde hacía mucho, pero, desde que también era majo, hasta había empezado a resultar agradable estar con él.
Después, en el instituto, Uzi y yo hicimos el bachillerato normal y Miron y Nimrod el nocturno, y con mucha playa. Después de eso vino el ejército. A Miron lo reclutaron medio año antes que a nosotros, así que cuando llegamos él ya estaba lo suficientemente maleado como para conseguir que todos sirviéramos en la misma unidad de la Kiriah. Nimrod llamaba a aquello «CLUB»: «Cerca de La Ubre Buena».
La mayor parte del tiempo no hacíamos nada, fuera de holgazanear en la cantina, amenazar a nuestros comandantes con que nos iríamos a quejar al defensor del soldado y marcharnos a casa a las cinco. Aparte de eso, Uzi iba a hacer surf a la playa del Sheraton, yo me masturbaba compulsivamente, Miron hacía unos cursos en la universidad a distancia y Nimrod tenía novia. La novia de Nimrod estaba buenísima y, como excepto él todos éramos vírgenes, a nosotros nos parecía que estaba el triple de buena. Recuerdo que una vez le pregunté a Miron, hipotéticamente, que haría si ella fuera a su casa y le pidiera que se la metiera. Miron dijo que no lo sabía, pero que, lo hiciera o no, se lamentaría de por vida, lo cual es una respuesta muy bonita, aunque, como lo conozco, seguro que se habría decidido por la opción de echarle un polvo y lamentarlo después.
Pero en el caso de Nimrod ni siquiera es que estuviera encoñado, sino que sencillamente se había enamorado de ella. Se llamaba Netta, que es un nombre que me gusta hasta el día de hoy, y era enfermera en el ambulatorio. Nimrod me dijo una vez que podía pasarse horas tendido en la cama junto a ella sin aburrirse y que el punto que más placer le daba cuando ella le tocaba era ese lugar de la planta del pie donde todos tienen un callo y él, sin embargo, lo tenía completamente liso.
En la Kiriah hacíamos guardia dos veces al mes, y una vez cada dos meses nos tocaba en sábado. Nimrod siempre se las arreglaba para que su turno cayera cuando Netta estaba de guardia en el ambulatorio, de manera que hasta en esos momentos estaban juntos. Al cabo de un año y medio ella lo dejó. Fue una de esas separaciones raras, tanto que ella ni siquiera pudo explicar el motivo y a Nimrod le empezó a dejar de importar cuándo le tocaban las guardias. Un sábado nos quedamos juntos en la base Miron, Nimrod y yo. Uzi se había escabullido falsificando un permiso. Hacíamos guardia en la misma patrulla, Miron la primera, Nimrod la segunda y yo la tercera, y, antes de que me diera tiempo a relevarlo, entró en la habitación un horrorizado comandante diciendo que el que estaba de guardia se había metido un balazo en la cabeza.
Segunda vuelta
La segunda vez que Miron enloqueció resultó ya mucho más agradable. No le dijimos una palabra a sus padres, y yo me fui a vivir con él hasta que se le pasó. La mayor parte del tiempo estuvo en silencio, sentado en un rincón y escribiendo para sí una especie de libro que, a largo plazo, debería reemplazar a la Biblia. A veces, cuando se terminaban las cervezas de la nevera o los cigarrillos, me insultaba un poco, con rabia, y me decía que yo era un demonio que le habían enviado en forma de amigo para atormentarlo. Pero, aparte de eso, era perfectamente soportable. Uzi, por el contrario, se tomó su larga temporada de cordura muy a pecho. Aunque no lo quisiera reconocer, parecía como si la boyante empresa internacional que tenía le rezumara por todos los poros. Por el motivo que fuera, cuando le atacaba la chaladura tenía mucha más capacidad para escribir todo tipo de documentos formales y asistir a reuniones aburridas, así que, ahora que estaba un poco más equilibrado, todo ese asunto de ser un hombre de negocios le molaba menos. A pesar de ello, parecía que su empresa cotizaría en bolsa en cualquier momento, y él arañaría unos cuantos millones en un abrir y cerrar de ojos. A mí me despidieron de otro trabajo más, y Miron, en uno de sus momentos de lucidez por falta de cervezas y cigarrillos Noblesse, me dijo que era él quien se había encargado de que me despidieran utilizando sus infalibles poderes mentales. No lo sé, puede que sea verdad que todos esos trabajos no sean lo mío, y que lo que sencillamente tengo que hacer es esperar pacientemente a que Uzi haga fortuna y me dé un poco de dinero.
La segunda vez que Uzi empezó a perder el juicio fue para mí la prueba definitiva de que se trataba de una especie de rueda, y entonces empecé ya a ponerme nervioso, porque sabía que el próximo sería yo. Miron, que había vuelto a tranquilizarse, seguía insistiendo en que todo aquello tenía algo que ver con Nimrod.
—No sé qué es lo que quiere exactamente, quizá que lo venguemos o algo así. En cualquier caso, hasta que no hagamos lo que sea no creo que nos deje en paz.
—¿Vengar qué? —le espeté a Miron—, si Nimrod se suicidó.
—¿De dónde te has sacado tú eso? —insistió Miron—. ¿Y si lo asesinaron? Además, puede que no sea exactamente vengarlo, sino simplemente algo que quiere que hagamos para que él pueda finalmente descansar. Ya sabes, como en las películas de terror, que alguien pone un puesto de pipas encima de la tumba de otro y hasta que no lo quitan de allí su espíritu no encuentra descanso.
Al final la cosa acabó con que Miron y yo fuimos a Kiriat-Shaul a comprobar que ningún listillo estuviera por casualidad vendiendo agua mineral y Coca-Cola sobre la tumba de Nimrod. La única razón por la que accedí a ir allí con Miron fue porque me ponía muy nervioso pensar que el próximo iba a ser yo. Y la verdad es que, de los tres, a mí me tocó comerme la chaladura más desagradable.
La tumba de Nimrod estaba exactamente igual que siempre. Hacía ya seis años que no habíamos ido. Al principio, para los aniversarios, su madre todavía nos llamaba. Pero, con todos esos rabinos militares y esas estúpidas viejas que venían año tras año, no nos hacía precisamente mucha gracia volver. Siempre nos decíamos que iríamos otro día, en una especie de aniversario de los amigos, pero luego lo íbamos dejando. La última vez que hablamos de ello, Uzi dijo que, en realidad, cada vez que íbamos juntos al billar, al cine o simplemente a un bar, también era como recordar a Nimrod, porque cuando los tres estábamos juntos, aunque no pensáramos en él, él estaba allí.
A Miron y a mí nos costó por lo menos una hora encontrar la tumba, y nos pareció que estaba muy cuidada, limpia, con unas cuantas piedrecitas colocadas encima como prueba de que alguien la había visitado no hacía mucho. Miré las fechas de la lápida y pensé en que yo, uf, estaba a punto de cumplir los treinta y Nimrod no tenía ni diecinueve. Me resultó muy extraño, porque por alguna razón siempre que pienso en él lo veo como de mi edad, cuando en realidad yo ya me estoy quedando calvo y él es todavía casi un niño. Al salir echamos las kipás de cartón en la caja, que estaba junto a la verja, y Miron me dijo que no se le ocurría nada más, pero que aún podíamos hacer una sesión de espiritismo. Fuera del cementerio, al otro lado de la valla, había un gato gordo y peludo masticando un pedazo de carne. Lo miré y él pareció darse cuenta, porque apartó la vista de la carne y me miró sonriente. La sonrisa era perversa, llena de maldad, y después volvió a ponerse a masticar la carne sin quitarme los ojos de encima. Noté cómo el miedo empezaba a fluir por mi cuerpo, desde la parte más dura del cerebro hasta la más blanda de los huesos. Miron ni siquiera advirtió que algo me pasaba, así que seguía hablando. «Tranquilízate, Ran», me dije, y el hecho de acordarme de cómo me llamaba me puso tan contento que casi se me saltan las lágrimas, «respira hondo, no te vengas abajo. Sea lo que sea, enseguida se te pasará». En ese mismo instante, en el apestoso despacho de un bufete de abogados de Petah-Tikva, Uzi se acobardó y no se atrevió a estampar su firma en un contrato que le habría reportado a un desconocido grupo de inversores polaco el treinta por ciento de las acciones de su empresa a cambio de un millón y medio de dólares. Sólo con que hubiera seguido estando chalado un cuarto de hora más, nos habría podido llevar a nosotros y a su Patatona a un crucero por el Caribe, pero en lugar de eso volvió de Petah-Tikva a casa en un taxi colectivo de la línea 54 con un taxista demente que no quería poner el aire acondicionado.
Tralarí, tralará
Cuando Uzi nos comunicó que se iba a casar con la Patatona, ni siquiera intentamos discutir. Por alguna razón sabíamos que acabaría por ocurrir. Uzi nos mintió diciendo que había sido idea suya y que lo hacía, sobre todo, para que en el banco le concedieran la hipoteca para el piso que tenía pensado comprarse de todos modos en un moshav cerca de Natania.
—Pero ¿cómo puedes casarte con ella? —intentó Miron hacerle ver, aunque sin demasiado entusiasmo—, si ni siquiera la quieres.
—¿Por qué dices que no la quiero? —protestó Uzi—. Llevamos ya tres años juntos, y ¿sabes que nunca le he sido infiel?
—Pero no es porque la ames —dijo Miron—, sino porque no te lo has sabido montar bien.
Precisamente estábamos jugando al billar, y Uzi nos dio una paliza a los dos con unos golpes fabulosos de pura chorra, como si hubiera decidido sacar el máximo provecho de la poca suerte que le quedaba, deprisa, antes de que se le agotara del todo. En la mesa no quedaba más que la bola negra, y le tocaba a Uzi.
—Vamos a hacer una apuesta —le propuse a la desesperada—, si ahora metes la negra, Miron y yo dejaremos para siempre de llamarla «Patatona», pero si fallas, dejas toda esa historia de la boda por un año.
—No estoy dispuesto a apostarme nada por algo que tenga que ver con los sentimientos —dijo Uzi, e hizo rodar la bola negra por el agujero más cercano con un certero golpe—. Además —sonrió—, ya es imposible, porque hemos hecho imprimir las invitaciones.
—¿Cómo se te ocurre proponerle una apuesta como ésa? —me echó después la bronca Miron—, pero ¡si era un tiro de lo más fácil!
Hasta que llegó el día señalado, a Uzi le dio tiempo de estar loco dos veces, y las dos dijo que iba a anularlo todo, pero enseguida se arrepentía. Yo, entretanto, me quedé a vivir en el piso de Miron. Ahora, como la mayor parte del tiempo estábamos chalados, era mucho más agradable vivir juntos. Además, tampoco es que yo tuviera dinero como para mantener un piso. Miron le robó a Uzi un paquete gigantesco de invitaciones de boda, y con ellas nos hacíamos los filtros para los porros.
—¿Cómo te puedes casar con alguien que tiene una madre que se llama Tirtsa? —le decía a Uzi cada vez que nos sentábamos a fumar juntos, y Uzi se limitaba a mirar fijamente el techo y a reírse con su risa de colgado. La verdad es que hasta yo, que en ese asunto estaba de parte de Miron, me daba cuenta de que aquello no era realmente un buen argumento.
Tres días antes de la boda hicimos una sesión de espiritismo. Compramos un hule de color celeste, escribí en él con un rotulador negro todas las letras y Miron trajo de la cocina un vaso de café de cristal, de esos corrientes, y dijo que lo tenía desde hacía muchísimo tiempo, de casa de sus padres, y que seguro que Nimrod había bebido de él. Apagamos todas las luces de la casa y colocamos el vaso en medio de la güija. Todos pusimos un dedo en el vaso y esperamos. Al cabo de cinco minutos Uzi dijo que estaba harto y que se estaba cagando; encendió las luces del salón, encontró un periódico deportivo de hacía una semana y se encerró con él en el váter. Mientras, Miron y yo nos fumamos un cigarrillo. Le pregunté a Miron qué pensaba que habría sucedido si aquello hubiera funcionado y el vaso se hubiera movido. Pero Miron se enfadó y dijo que de momento no había pasado nada porque Uzi enseguida se aburría de todo, pero que eso no quería decir que no fuera a pasar nada. Después de que Uzi saliera por fin del váter, Miron volvió a apagar las luces y nos pidió que nos concentráramos. Volvimos a poner el dedo y esperamos. No pasaba nada. Miron se empeñaba en que lo siguiéramos intentando, y nosotros no estábamos dispuestos a discutir con él. Al cabo de unos cuantos minutos el vaso empezó a moverse. Al principio despacito, pero después de unos segundos tomó impulso y empezó a bailar alocadamente por toda la güija. Miron dejó el dedo sobre él mientras anotaba con la otra mano las letras en las que se iba deteniendo. «T-r-a-l-a-r-í T-r-a-l-a-r-á», balbucía el vaso, para después detenerse tranquilamente en el signo de exclamación que estaba en el extremo derecho del hule. Nos quedamos esperando un poco más, pero no pasó nada. Uzi encendió la luz.
—¿Conque T-r-a-l-a-r-í T-r-a-l-a-r-á, eh? —dijo furioso—. Pero ¿dónde estamos?, ¿en el parvulario? Has sido tú el que lo ha movido, Miron, así que no te las quieras dar ahora de agente Mulder. ¿T-r-a-l-a-r-í T-r-al-a-r-á? ¡La puta que te parió! Bueno, estoy muerto de cansancio, me he levantado a las siete. Me voy a dormir a casa de Liraz.
Liraz era como se llamaba la Patatona, y vivía muy cerca. Miron seguía observando fijamente las letras que estaban apuntadas en la hoja incluso cuando Uzi ya se había ido y yo me había puesto a leer el periódico deportivo que Uzi se había llevado al váter, y cuando me lo leí entero le dije a Miron que me iba a la piltra. Miron dijo que estupendo, pero que antes quería que volviéramos a intentar lo del vaso, porque por más vueltas que le daba, eso del T-r-a-l-a-r-í T-r-a-l-a-r-á no le decía nada. Así que apagamos la luz otra vez y pusimos el dedo. En esta ocasión empezó a moverse de inmediato y Miron apuntó las letras. «N-o-m-e-d-e-j-é-is-s-o-l-o», dijo el vaso, y después volvió a detenerse.
Parabienes
La boda en sí resultó impactante, con un rabino que se creía un showman y un pinchadiscos que ponía a Bryan Ferry y a David Daor. Miron conoció a una chica con una voz un poco estridente pero que tenía un cuerpazo. Tras la ceremonia, hasta consiguió poner nervioso a Uzi por un momento cuando le dijo que el vaso que acababa de romper era el vaso de la güija de Nimrod. A mí, entretanto, me asaltó uno de mis ataques de pánico y vomité en el váter unos dos kilos de empanadillas de espinacas.
Esa misma noche Uzi y su Patatona se fueron de luna de miel a las islas Seychelles. Miron y yo nos quedamos en la terraza tomando café. Ahora Miron hacía otro numerito, y es que, cuando preparaba café, siempre le preparaba un nescafé a Nimrod en el vaso de la sesión de espiritismo y lo ponía en la mesa, como si de la copa de Elías se tratara, y, después de que nosotros hubiéramos acabado de tomarnos el café, el de Nimrod lo tiraba por el fregadero. Miron imitaba al pinchadiscos y yo me reía. Aunque la verdad era que los dos estábamos tristísimos. Se nos podía acusar de chauvinistas, interesados, egocéntricos, muchas cosas, pero lo cierto era que la movida de la boda nos pesaba como si nos hubieran echado encima veinte toneladas. Le pedí a Miron que me leyera algún capítulo de ese libro suyo, el que escribe cuando está loco y se supone que va a sustituir a la Biblia. La verdad es que ya se lo había pedido un millón de veces y él nunca había querido leérmelo. Cuando está loco tiene miedo de que le roben las ideas, y, cuando está cuerdo, simplemente le da vergüenza.
—Joder —le dije—, léeme sólo un trocito, como si me leyeras un cuento antes de dormir.
Y, de puro deprimido que estaba, Miron accedió y sacó del cajón de los zapatos aquellos folios suyos todos garabateados. Antes de ponerse a leer, me miró y dijo:
—Ya sabes que ahora sólo quedamos dos. Es decir, Uzi seguirá siendo amigo nuestro y todo eso, pero ya no estará en lo del rollo de Nimrod.
—¿Y tú cómo lo sabes? —protesté yo, a pesar de que en mi fuero interno sabía que tenía razón.
—Escucha lo que te voy a decir —dijo Miron—, hasta Nimrod sabe que no está bien atacar así a alguien que está casado. Tampoco está siempre bien que nos esté volviendo locos a nosotros, pero él no vendría a visitarnos si no estuviera seguro de que a nosotros no nos importa que lo haga. No hay nada que hacer, nos hemos quedado solos, Ran, y sólo estaremos tú y yo, semana tras semana, como custodios.
Miron cogió los papeles y se aclaró la garganta, como un locutor que se hubiera atragantado a mitad de una noticia.
—¿Y si de repente se fuera uno de nosotros? —le pregunté.
—¿Irse? —alzó confuso la cabeza de sus folios—, ¿adónde?
—¡Y yo qué sé! —le sonreí—, lo he dicho por decir. Imagina que mañana me tira los tejos por la calle el chocho de mi vida, nos enamoramos y me caso con ella. Entonces te quedarías con Nimrod y su chaladura a tiempo completo, solo.
—¡Jo! —dijo Miron terminándose de un trago lo que le quedaba del café—, menos mal que eres feísimo.
Save as PDF