pizzería kamikaze
spanish
Creo que ella lloró en mi entierro; no es que quiera dármelas de listo pero estoy casi seguro de ello. A veces hasta consigo imaginarme cómo le habla de mí, de mi muerte, a alguien cercano a ella. De cómo me bajaron a la tumba, tan menudo y desamparado, como una tableta de chocolate rancio. De cómo, en realidad, nunca llegamos a hacerlo del todo. Y después de eso él se la folla brindándole un polvazo que es todo consuelo.
Capítulo primero
En el que Haim encuentra trabajo y un pub como Dios manda
Dos días después de haberme suicidado he encontrado trabajo en una pizzería que se llama Kamikaze y que forma parte de una cadena. El encargado de los turnos se ha portado muy bien conmigo y me ha ayudado además a encontrar un piso compartido con un alemán que trabaja en el mismo sitio. El trabajo no es gran cosa, pero como ocupación temporal no está nada mal, y en cuanto a este lugar, no sé… Siempre que se hablaba de la vida después de la muerte, de lo que habría, de lo que no, y de cosas por el estilo, yo nunca tenía una opinión clara. Lo que sí es seguro es que cuando pensaba que sí había algo, siempre me imaginaba que habría unos sonidos como los de un sónar, y personas flotando por el espacio, mientras que esto, no sé cómo expresarlo, a lo que más me recuerda es a la calle Allenby. Mi compañero de piso, el alemán, me ha dicho que este lugar es exactito a Fráncfort. Fráncfort, por lo visto, también debe de ser un sitio de mala muerte. Por la noche encontré un pub, bastante guay por cierto, el Fiambre Bar. Ponen una música que no está nada mal. Puede que no a la última, pero tiene estilo, y muchas tías van allí solas. De algunas puedes saber exactamente cómo acabaron, porque tienen cicatrices en las muñecas y cosas así, pero otras están estupendas. La verdad es que en mi primera noche aquí una me tiró los tejos, una que sí merecía la pena, sólo que tenía la piel un poco floja, suelta, como si hubiera terminado ahogada, pero tenía un cuerpazo diez, y los ojos también. Sin embargo, no me lancé. Para mis adentros me dije que era por Ergá, a la que con todo este asunto de mi muerte no había hecho otra cosa que amar más, pero vete a saber, puede que tan sólo sea un cortao.
Capítulo segundo
En el que Haim encuentra un verdadero amigo y pierde jugando con él al billar
Conocí a Ari Galfend en el Fiambre Bar casi por equivocación. Él estuvo de lo más amigable y me invitó a una cerveza, cosa que a mí me puso muy nervioso. Estaba convencido de que quería follar conmigo o algo así, pero enseguida comprendí que no iba de ese rollo, que sencillamente se aburría. Era unos cuantos años mayor que yo y un poquito calvo, lo que hacía que se le viera más la pequeña cicatriz que tenía junto a la sien derecha, la del orificio de entrada de la bala, y también la del orificio de salida junto a la sien izquierda, que era mucho más grande.
—Una bala expansiva Dum-Dum —les dijo Galfend guiñándoles un ojo a dos chicas muy jóvenes que estaban en la barra justo a nuestro lado tomándose una coca-cola light—, ¡ya que lo hacía fui a por todas!
Solamente después de que aquellas dos se hubieran marchado a la mesa de un rubio con coleta, reconoció que se había puesto a hablar conmigo exclusivamente porque creyó que estaba con ellas.
—No es que la cosa cambie mucho —dijo Ari golpeando la barra con la frente, en una especie de cabezazo que expresaba consuelo y desesperación—, porque, aunque me las hubieras presentado, al final habrían terminado por marcharse con cualquier rubio. Así es, a todas las chicas que conocí las estaba esperando siempre algún rubio. Pero no vayas a creer que eso me hizo un amargado, un poco desesperado quizá, pero de amargado nada.
Después de cuatro cervezas más nos pusimos a jugar al billar y Ari me habló de él. Resultó que vivía cerca de mí, en casa de sus padres, algo muy poco corriente. La mayoría de las personas viven solas aquí, como mucho con la novia o con un compañero de piso. Los padres de Ari se habían suicidado cinco años antes que él. Su madre estaba enferma de no sé qué y su padre no quería quedarse solo si ella ya no estaba. También su hermano pequeño vivía con ellos; hacía muy poco que había llegado: se había pegado un tiro durante el periodo de instrucción que precede a la mili.
—No está bien decirlo —dijo Ari metiendo la bola negra en el agujero de la izquierda—, pero no te puedes ni imaginar lo que nos alegramos cuando vino. Tendrías que haber visto a mi padre, un tipo al que si le descargaras un martillo de cinco kilos en el pie ni pestañearía, abrazando a mi hermano pequeño y te juro que llorando como un niño.
Capítulo tercero
En el que Kurt empieza a lloriquear y Haim a cansarse
Desde el día en que conocí a Ari, todas las noches hacemos la ronda por los bares. Aquí apenas hay tres, pero invariablemente siempre pasamos por los tres para estar bien seguros de no habernos perdido nada. Siempre terminamos recalando en el Fiambre Bar, que es con diferencia el más guay y el que abre hasta más tarde. Ayer la velada resultó un verdadero muermo, porque Ari llevó a ese amigo suyo, Kurt. Ari está colgadísimo de él porque era el cantante del grupo Nirvana y todo eso, pero la verdad es que es un verdadero pelmazo. Yo tampoco estoy demasiado contento aquí, pero es que él no deja de joder a todos con sus lamentos, y desde el momento en que empieza no tienes la más mínima posibilidad de pararlo. Cualquier cosa de la que se habla le recuerda siempre a alguna canción que escribió, y siempre acaba por recitarla y los demás tenemos que admirar la letra, y a veces hasta se acerca al camarero y le pide que ponga uno de sus temas, y entonces ya no sabes dónde meterte. La verdad es que no soy solamente yo, sino que todos, menos Ari, lo odian. Creo que tiene que ver con el rollo de que después de haberte suicidado, con todo el dolor que eso conlleva —porque, sinceramente, no tenéis ni idea de lo que duele—, la última cosa que puede impresionarte es alguien que de lo único que va es de cantar lo desgraciado que es. Si esas cosas no te importaran un huevo, todavía seguirías vivo con un póster deprimente de Nick Cave junto a tu cama en lugar de haber venido aquí. Pero la verdad es que no es sólo a causa de Kurt, sino que ayer me sentía especialmente asqueado. El trabajo con la pizza y todas estas salidas nocturnas están empezando a hartarme. Ver todas las noches a la misma gente bebiendo Coca-Cola sin gas, a esas personas que, aunque parecen estar mirándote directamente a los ojos, en realidad sólo están mirando al vacío. No sé, puede que yo sea muy negativo, pero, cuando los miras, hasta en los momentos más espontáneos, cuando se están besando, cuando bailan o cuando se ríen contigo, no sé muy bien por qué siempre tienen esa expresión. Como si estuvieran de vuelta de todo y ya nada les importara realmente.
Capítulo cuarto
En el que vamos a cenar a casa de los Galfend
El viernes, Ari me invitó a cenar a casa de sus padres.
—A las ocho —me dijo—, y no llegues tarde. Habrá chulent.
El piso de los Galfend era como cualquier otro piso de un inmigrante polaco normal y corriente, con unas estanterías de madera que el padre de Ari había hecho él solo y unas paredes con un estucado infernal. La verdad es que a mí no me apetecía demasiado ir. Los padres siempre me achacan malas influencias sobre sus hijos, no sé por qué. Me acuerdo de la primera vez que fui a cenar a casa de la familia de Ergá. Durante toda la comida el padre me estuvo mirando como un examinador que fuera a suspenderme y después, a los postres, intentó averiguar, como por casualidad, si yo no estaría arrastrando a su hija hacia las drogas.
—Conozco muy bien ese mundo —me dijo, sonriendo como un agente de la policía secreta un instante antes de efectuar la detención—, yo también he sido joven. Vais a una fiesta, bailáis un poco, el ambiente se va caldeando y entonces tú te la llevas a una habitación y le propones fumar un canutillo.
—Un porro —quise corregirlo.
—Bueno, lo que sea, como se llame… Quiero que sepas, Haim, que puede que yo te parezca un ingenuo, pero me las sé todas.
La suerte que yo tenía con los Galfend se basaba en que sus hijos eran tan degenerados que los padres ya no tenían nada que temer. Se alegraron mucho de que fuera y se pasaron el tiempo atiborrándome de comida. Hay algo agradable en la comida casera, es difícil de explicar, pero tiene algo de único, como un sentimiento. Como si tu estómago supiera apreciar la comida que no has pagado y que alguien ha preparado con cierto cariño. Y mi estómago, después de tantas pizzas, tanta comida china y platos preparados como había triturado desde que llegué aquí, supo valorar el gesto y lo manifestó con unas oleadas de calor que enviaba intermitentemente hacia el pecho.
—Esta mamaíta nuestra está hecha una fiera —dijo Ari abrazando a su diminuta madre sin tan siquiera haber soltado los cubiertos.
La madre de Ari se reía y nos preguntó si queríamos un poco más de menudillos, y su padre aprovechó la ocasión para soltar otro de sus pésimos chistes improvisados, y en ese momento, de repente, eché de menos a mis padres y el agobio con el que me atosigaban, que antes de que todo terminara tanto me había sacado de mis casillas.
Capítulo quinto
En el que Haim y el hermano pequeño de Galfend friegan los platos
Después de haber cenado me senté con la familia Galfend en el salón. El padre de Ari encendió la tele y escogió un programa de entrevistas pesadísimo, aunque no dejaba de insultar a todos los que iban desfilando por él. Ari, que se había liquidado una botella de vino entera durante la cena, dormitaba a su lado en el sofá. Aquello era aburridísimo, y Raanán, el hermano pequeño de Ari, y yo nos ofrecimos voluntarios para fregar los platos a pesar de las protestas de la madre de Ari. Raanán fregaba y yo secaba. Le pregunté cómo se las arreglaba aquí, porque sabía que había acabado con su vida hacía poco, y las personas que aterrizan aquí, la mayoría, sufren una especie de shock, por lo menos al principio. Raanán se encogió de hombros y dijo que creía que bien.
—Si no hubiera sido por Ari, habría llegado aquí hace ya tiempo.
Habíamos terminado de fregar y de secar y empezamos a meterlo todo en los armarios. Raanán me contó una historia muy extraña: una vez, cuando no tenía más de diez años, se había ido solo en taxi a ver el derbi de Petah Tikva. Entonces era un hincha del Maccabi, con gorra, bufanda y todo lo demás, y los del Maccabi se pasaron el partido pegados a la portería del Hapoel, que no consiguió dar ni un solo pase. Pero, a ocho minutos del final, el Hapoel, en su única ofensiva de todo el partido, metió un gol en fuera de juego. Nada dudoso. De esos clarísimos fueras de juego que después en la tele son tema de discusión. Los jugadores del Maccabi todavía intentaron protestar, pero el árbitro lo dio por bueno al instante. El Hapoel venció y Raanán volvió a casa conmocionado y deprimido. Por aquella época Ari se pasaba el día haciendo músculos porque quería que lo reclutaran en una unidad de combate, y Raanán, que lo admiraba, cogió la comba de saltar de Ari, le hizo un lazo corredizo y la sujetó a la barra que Ari había fijado en el patio. Después llamó a Ari, que en ese momento estaba intentando estudiar para el bachillerato o la reválida, o lo que fuera, y le contó toda la historia del partido, el gol y la gran injusticia que se había cometido. A continuación le enseñó a Ari la soga de ahorcado que había atado a la barra y le explicó que no tenía ganas de seguir viviendo en un mundo tan poco justo en el que el equipo que a uno le gustaba podía llegar a perder así, sin merecerlo. Y que se lo contaba a Ari porque quizá era la persona más inteligente que Raanán conocía, por lo que, si Ari no conseguía encontrar ahora una buena razón para que siguiera viviendo, pensaba terminar de una vez por todas y ya está. Mientras Raanán hablaba, Ari no dijo ni una sola palabra, e incluso al final, cuando se suponía que tenía que decir algo, siguió callado y en lugar de hablar dio un paso adelante y le propinó a Raanán tal bofetada que lo lanzó a dos metros de distancia, hecho lo cual se volvió a su habitación y siguió estudiando para el examen. Raanán contó que tardó un poco en recuperarse del golpe, pero que después de levantarse del suelo soltó la comba de la barra, la dejó donde la había encontrado y se fue a duchar, y desde entonces no volvió a hablar con Ari del sentido de la vida.
—No sé muy bien lo que me quiso decir con esa bofetada —se rió Raanán al tiempo que se secaba las manos con el paño de cocina—, pero fuera lo que fuera funcionó muy bien hasta el momento de la instrucción.
Capítulo sexto
De cuando Haim deja de salir y empieza a perder el juicio
Hace ya casi dos semanas que no salgo por la noche. Y eso que Ari me llama todos los días prometiéndome tías buenas, diversión y que no va a llevar a Kurt, pero de momento no me he dejado tentar. Una vez cada tres días me aparece por aquí a eso de las tres de la mañana, se toma conmigo una cerveza y me habla de algo gracioso que me he perdido en el bar, o de una camarera con la que casi ha conseguido ligar, y todo dándome los más mínimos detalles, como un niño que le lleva a su amigo enfermo los deberes, y al final, antes de irse, intenta convencerme para que baje con él a tomarme un café de despedida. Ayer le expliqué que ya no me apetecen todas esas salidas. Que, con todas esas tías buenas, al final nunca pasa nada y vuelvo a casa destrozado.
—¿Y así no estás destrozado? —me espetó Ari—, mírate, dormitando toda la madrugada delante de la tele como un hipopótamo. Haim, tienes que entender que el hecho de que no suceda nunca nada es pura lógica. Pero ya que no sucede, no está mal pasar un buen rato con unas tías buenas y un poco de música, ¿no?
Cuando se fue, intenté volver a leer el libro que le había cogido prestado a mi compañero de piso, el alemán. Algo muy deprimente sobre un tuberculoso que se marcha a agonizar a no sé qué sitio de Italia. En la página veintitrés me di por vencido y puse la tele. Echaban un programa de encontrar pareja en el que presentaban a personas que habían acabado con su vida en la misma fecha, y cada uno contaba por qué lo había hecho, pero de una manera divertida, y después lo que haría con el primer premio, si lo ganaba. Entonces pensé para mis adentros que Ari tenía razón, que quedarse así en casa tampoco es que fuera ninguna bicoca, y que si no pasaba algo, y deprisa, iba a volverme loco.
Capítulo séptimo
En el que Haim, involuntariamente, frustra un intento de robo y gana un premio
Todo empezó a cambiar el día en que impedí que se produjera un robo. Ya sé que suena un poco demencial, pero eso fue lo que pasó. Acababa de terminar de hacer la compra en el súper cuando un gordo, un pelirrojo con una gruesa cicatriz en el cuello, chocó contra mí y de su abrigo cayeron unos veinte platos preparados para descongelar en el microondas. Nos quedamos plantados el uno frente al otro completamente petrificados. Creo que, de los dos, yo era el que sentía un poco más de apuro.
—¡Tsadok! ¡Ven corriendo! ¡Un ladrón, un ladrón! —se puso a gritar Linda, la cajera.
Quise pedirle perdón al gordo, decirle que me alegraba por él de que no fuera un gordo de verdad, que eran los platos preparados que llevaba debajo del abrigo lo que me había hecho creerlo, y que la próxima vez que birlara algo se decidiera más bien por las verduras, porque la carne, ¿cómo describirlo?, siempre queda toda floja y húmeda en el microondas. Pero en lugar de eso me limité a encogerme de hombros. Y el gordo, que ahora parecía todavía más flaco, también se encogió de hombros, como sólo puede hacerlo quien antes se haya desnucado, y se largó de allí. Un instante después llegó Tsadok con un palo y se quedó mirando tristemente la comida desparramada por el suelo.
—¿Cómo es posible? —dijo rodilla en tierra, en medio de un susurro que iba dirigido en parte a mí y en parte a los guisantes congelados que habían salido rodando—, ¿cómo es posible que alguien haga algo así? Robar, todavía, pero pisotear la musaka, ¿qué sentido tiene?
Antes de que me diera tiempo a escapar, la cajera vino hacia mí y me abrazó.
—¡Qué suerte! —me dijo—. Qué suerte que estuvieras aquí. Mira, Tsadok, ha sido él quien ha detenido al ladrón.
—Estupendo —dijo Tsadok sin levantar la vista de la musaka pisoteada—, estupendo, la cadena Súper-Ganga le da las gracias; si me acompaña a las oficinas y me da sus datos…
—Merece la pena —lo interrumpió la cajera a media frase—, dan un premio.
Entretanto, Tsadok había recogido la comida y calibraba los daños. Yo le devolví la sonrisa a la cajera y le dije que de verdad muchas gracias pero que no hacía falta y que además tenía muchísima prisa.
—¿Estás seguro? —me preguntó decepcionada—, se trata de un premio que merece mucho la pena. Un fin de semana para dos en un hotel.
Cuando después se lo conté a Galfend casi se muere de risa.
—Conque un fin de semana para dos en un hotel, ¿eh? —repitió mientras pelaba un plátano—, ¡menuda ironía! Lo que le pasa a esa chica es que está coladita por ti.
—¡De colada nada! —le dije yo—, es la política de esa cadena de supermercados.
—¿Qué pinta tiene? —me preguntó Galfend sin hacerme caso—, ¿está buena?
—Sí, no está mal, pero…
—Nada de peros —insistió Galfend—, desembucha, ¿qué edad crees que puede tener?
—Unos veinticinco —le dije, dejándome vencer.
—¿Con cicatrices muy a la vista? ¿Las venas cortadas, orificios de bala o similares?
—No le he visto nada.
—Una «impecable» —dijo Galfend, soltando un silbido de admiración.
«Impecables» es como llaman aquí a los que se han suicidado con pastillas o veneno, como yo, a los que llegan aquí sin ningún tipo de cicatriz.
—Joven, impecable, tía buena… Lo tiene todo.
—Yo no he dicho que esté buena —protesté.
—Ven —me dijo Galfend, haciendo caso omiso de mis palabras, mientras se ponía su feo abrigo de piloto.
—¿Adónde? —le pregunté, por intentar ganar un poco de tiempo.
—Al Súper-Ganga —me respondió él muy decidido—, a por el premio que nos corresponde.
—¿Nos corresponde? —le pregunté.
—Cállate y ven —me ordenó Galfend, sumido de lleno en su fase asertiva.
Así que me quedé callado y lo seguí. En el SúperGanga, entretanto, habían cambiado de turno. Allí ya no estaban ni Tsadok, ni la cajera, y los demás trabajadores no sabían nada de todo aquello. Galfend intentó iniciar una discusión, y cuando la cosa empezaba ya a ponerse realmente embarazosa fui a buscar unas cervezas. Junto al acuario de las carpas me encontré con Tsiki, mi compañero de piso de cuando yo todavía estaba con vida. Me resultó bastante sorprendente toparme aquí con él. Tsiki era una de las personas más asquerosas que yo haya conocido nunca, de ese tipo de compañero de piso que es capaz de armártela porque has dejado pelos en la bañera o te has comido su queso blanco, pero también era la última persona del mundo de la que yo habría pensado que se suicidaría. Hice como si no lo hubiera visto y seguí andando, pero él se percató de mi presencia y me detuvo con un grito:
—¡Haim!, sabía que tarde o temprano nos encontraríamos.
—¡Vaya! —dije forzando una sonrisa—, Tsiki, ¿qué tal?, ¿qué estás haciendo aquí?
—Lo que todos —murmuró Tsiki—, lo que todos. Hasta tiene un poco que ver contigo.
—¿Qué pasó? —le pregunté—. ¿Dejé la cocina hecha una mierda antes de acabar conmigo o algo parecido?
—¡Uf! —sonrió Tsiki—, siempre fuiste un bromista —y me contó con todo lujo de detalles cómo se había tirado por la ventana de nuestro piso compartido, un cuarto piso, y cómo había deseado durante todo el trayecto que su final fuera inmediato, pero había aterrizado mal, la mitad sobre el coche de un vecino y la otra sobre el seto, así que la cosa se alargó durante unas cuantas horas hasta que todo acabó.
Le dije que seguía sin entender qué tenía eso que ver conmigo y me respondió que no es que tuviera que ver mucho, pero algo sí.
—Ya sabes —dijo, combando la columna vertebral hacia atrás y apoyando la nuca en el estante de los cereales—, hay una especie de dicho según el cual los suicidios siempre vienen de tres en tres. Y hay algo de verdad en eso. Las personas que te rodean mueren y tú empiezas a pensar en ti, en qué es lo que te hace diferente a ellos, en qué será lo que realmente sigue manteniéndote vivo. A mí todo eso se me vino encima como una lluvia de proyectiles, y simplemente no tenía respuestas. Tu suicidio no me influyó tanto, fue más el de Ergá…
—¿Ergá? —le pregunté cortándolo en seco.
—Sí, Ergá. Más o menos un mes después de tu entierro. No sé por qué estaba convencido de que lo sabías.
Al otro lado del mostrador, uno de los empleados del Súper-Ganga le dio un martillazo en la cabeza a una carpa mientras yo notaba cómo las lágrimas me resbalaban por las mejillas. Desde mi llegada aquí no había llorado ni una sola vez.
—No te pongas triste —me dijo Tsiki, tocándome con su sudorosa mano—, los médicos dijeron que no había sufrido nada, ¿sabes?, que había sido inmediato.
—¿Quién está triste aquí? ¡Estás loco! —añadí, dándole un beso en la frente—. Ella está aquí, ¿no lo entiendes? Lo único que tengo que hacer ahora es encontrarla.
Desde lejos podía ver al encargado de los turnos explicándole algo a Galfend, que se limitaba a asentir con la cabeza con aire aburrido. Quizá ya se había dado cuenta de que no nos iban a dar el premio.
Capítulo octavo
En el que Ari pretende enseñarle a Haim alguna cosa sobre la vida pero enseguida desespera
—Jamás la encontrarás —dijo Galfend, y cogió una cerveza de la nevera—, te apuesto lo que quieras.
—Una cerveza —le sonreí, y seguí preparando la bolsa.
—Una cerveza —repitió Galfend imitándome la voz—. Pedazo de idiota, ¿sabes cuántos cadáveres hay aquí? No tienes ni idea. Tú y yo llevamos ya no sé cuánto tiempo dando vueltas en media baldosa de apenas un metro cuadrado y todavía no conocemos ni a la mitad de la gente. Así que ¿dónde la vas a buscar?, ¿en el infierno? Puede que la Nofar esa viva en el piso de arriba.
—Ergá —le corregí.
—Ergá, Nofar, Coral. ¡Qué más da! —le restó importancia Galfend, y abrió la cerveza contra el borde de la mesa—, seguro que es una pija.
No le hice caso y seguí guardando mis cosas en la bolsa.
—¿Porque qué significa en realidad Ergá? —sonrió Galfend—, es como orgasmo, sólo que en hebreo, ¿no?
—Algo parecido —le dije, porque no tenía ganas de discutir con él.
—¿Qué clase de padres degenerados pueden ser capaces de ponerle ese nombre a su hija? ¿Me oyes, Haim?, cuando la encuentres tienes que presentarme a su madre.
—Te lo prometo —le dije levantando tres dedos de la mano derecha—, juramento de colega.
—¿Y por dónde piensas empezar?
Me encogí de hombros.
—Ergá siempre decía que odiaba la ciudad, que quería vivir en un sitio más despejado. Tener un perro, un jardín, ya sabes.
—Eso no quiere decir nada —protestó Galfend—, las chicas siempre dicen lo mismo, y después alquilan una habitación en Ramat Aviv con un estudiante que sólo ha hecho el campamento de las milicias universitarias. Te lo estoy diciendo, puede que viva a cien metros de aquí.
—No lo sé, pero estoy casi seguro de que no vive en la ciudad —insistí, y le di un trago a su cerveza—. Es por pura intuición. Como mucho habremos hecho una excursión.
—¿Habremos hecho? —me preguntó Galfend con recelo.
—Sólo era una forma de hablar —lo tranquilicé—, ni por un momento se me ha pasado por la cabeza que vengas conmigo por una simple pija. Además, soy muy consciente de que eres una persona con muchas obligaciones.
—Anda, tío —se enfadó Galfend—, no te pases.
—Al contrario —le dije—, pero si te lo acabo de explicar. Ni siquiera espero que me acompañes.
—Dame una buena razón e iré contigo, porque no es por joderte o algo parecido.
—La amo —probé suerte.
—Tú no la amas —dijo Galfend negando con la cabeza—. Eso es exactamente igual que lo de tu estúpido suicidio. Lo único que sabes hacer es llenarte el coco de palabras.
—¿Por qué? ¿Tu suicidio fue más inteligente?
—No quiero discutir contigo, Haim. Sólo estoy intentando decirte algo, no sé…, ni siquiera sé lo que es —añadió Galfend sentándose a mi lado—, pero vamos a formularlo de la siguiente manera: desde que llegaste aquí, ¿con cuántas chicas has follado?
—¿Por qué?
—Por saberlo.
—Lo que se dice follar follar, me parece que con ninguna.
—¿Sólo te parece?
—Con ninguna —cedí—, pero ¿qué tiene que ver eso?
—Tiene mucho que ver, porque tu cuerpo está que explota de semen en estos momentos, ¿lo entiendes? Abres los ojos y lo ves todo gris. La cosa ha llegado a tal punto que te está presionando el cerebro contra el cráneo lo suficientemente fuerte como para que creas que estás pasando por una experiencia sentimental que nadie más en el universo ha experimentado antes que tú. Una experiencia tan grande que merece la pena morir por ella, dejarlo todo, marcharte a vivir a Galilea. ¿Has vivido alguna vez en Galilea? ¿Sabías que…?
—Déjalo, Ari, ahora no tengo fuerzas para eso —le corté—, me llevo el coche, ¿vale?, y sin comeduras de coco por lo del seguro. Si jodo algo, yo lo pago.
—Ahora no te hagas el ofendido —me dijo Galfend tocándome el hombro—, sólo te he dicho que no me parece una buena razón. Ni siquiera he dicho que no te vaya a acompañar. Puede que tengas razón, que hablo por hablar y que esa Nofar sea algo fuera de serie…
—Ergá —le corregí de nuevo.
—Es verdad —sonrió Galfend—, perdona.
—¿Sabes qué? Déjate de pijas, de amor y de memeces —le dije cambiando de táctica—, tengo otra razón que quizá te convenza para acompañarme.
—¿Sí? —Galfend intentó parecer interesado, mientras encestaba el botellín de cerveza vacío en la papelera.
—¿Tienes algo mejor que hacer?
Capítulo noveno
En el que los dos amigos salen en busca de Ergá y en lugar de encontrarla se encuentran con unos árabes
Galfend le prometió a sus padres que los llamaría por teléfono todos los días, y desde el primer kilómetro empezó ya a buscar un teléfono.
—Tío, tranquilízate —le dije—, has estado en Sudamérica, en la India, te has metido una bala en el cerebro sin pestañear. No te pega comportarte ahora como si estuvieras en un campamento de Boy Scouts.
—Haim, te lo advierto, no me provoques —dejó escapar Galfend entre dientes mientras seguía conduciendo—, mira los tipos que hay por aquí. Si quieres que te diga la verdad, no sé por qué he venido contigo.
Fuera había unos tipos muy parecidos a los que pululaban por nuestro barrio, con los ojos un poco apagados y arrastrando los pies. La única diferencia era que Galfend no los conocía, y eso le bastaba para ponerse paranoico.
—No es paranoia, ¿no lo entiendes? Aquí todos son árabes. Ya te he dicho que teníamos que haber ido hacia el norte. Todas las tías buenas están en el norte, eso es más que sabido. Si vas hacia oriente no te encuentras más que a orientales.
—¿Y qué que sean árabes? —le dije—, ¿pasa algo?
—No sé, árabes, suicidas…, ¿no te preocupa? ¿Ni siquiera un poco? ¿Y si se dan cuenta de que somos israelíes?
—Pues nos volverán a matar. ¿No te das cuenta de que les importa un carajo? Están muertos, nosotros estamos muertos. C’est tout.
—No sé —masculló Galfend—, a mí no me gustan los árabes. No es una cuestión política, es algo étnico.
—Dime, Ari, ¿no tienes ya bastantes defectos como para encima tener que ser racista sin necesidad?
—Yo no soy racista —se rebotó Galfend—, es sólo que… Bueno, puede que sí sea un poco racista. Pero sólo un poco.
Empezaba a oscurecer y hacía tiempo que Galfend no tenía luces en su viejo y jodido Prinz, de manera que tuvimos que detenernos a hacer noche. Cerró las portezuelas por dentro y se empeñó en que nos quedáramos a dormir en el coche. Reclinamos los asientos hacia atrás y fingimos, oh maravilla, que nos quedábamos dormidos, y cada pocos minutos Ari escenificaba unos cuantos bostezos y hacía como si se estirara, aunque el resultado fue realmente patético. Al cabo de una hora hasta él estaba harto. Enderezó el asiento y dijo:
—Hala, vamos a ver si encontramos algún bar.
—¿Y los árabes?
—Al carajo con los árabes —respondió él—. Si es necesario, les daremos una lección, como en la mili.
—Tú no has hecho la mili —le recordé—, te dejaron quedarte en casa por problemas psicológicos, y con razón.
—No hace falta haber estado —me dijo mientras se apeaba del Prinz y lo cerraba con un violento portazo—, lo he visto por la tele.
Capítulo décimo
En el que Ari se arrepiente de no haber hecho el servicio militar y descubre lo difícil que es sacar a los muertos de su indiferencia
Al final resultó que Ari tenía razón y que aquello era un barrio árabe. Pero también yo tenía razón, porque la verdad es que a nadie le interesaba allí lo que ponía en nuestro pasaporte antes de que nos suicidáramos. Su bar se llamaba Gin, que es a la vez el genio que Aladino liberó de su lámpara maravillosa y esa bebida que las chicas y los gilipollas que tienen miedo del whisky mezclan con tónica. Ari dijo que ese juego de palabras no le parecía gran cosa, pero la verdad es que, comparado con el Fiambre Bar, cualquier cosa sonaba bien. Nos sentamos en la barra; el barman tenía el aspecto de alguien que había acabado pero que muy mal, hecho trizas. Ari intentó hablar con él en inglés, pero el tipo enseguida se percató del acento y le contestó en hebreo con absoluta indiferencia.
—No tenemos cerveza en botellín, sólo de barril —murmuró.
Su cara parecía un puzle que alguien hubiera dejado a medias, con medio bigote al lado izquierdo de la nariz y nada en el derecho.
—Pues que sea de barril, hermano —le dijo Ari dándole una palmadita en el hombro—, nos tomaremos una a la salud de la unidad de apoyo, Ahmed.
—Nasser —le corrigió el barman muy educadamente, al tiempo que empezaba a llenar los vasos—. ¿Qué es eso de la unidad de apoyo?, ¿estuviste en la mili? —le preguntó mientras servía la bebida.
—Sí —mintió Ari—, en la unidad de infiltrados árabes, hasta el final del servicio… ¡Joder, la mierda que he llegado a tragarme!
—¡Vaya! —dijo Nasser mientras le ponía delante la cerveza a Ari, y cuando me dio a mí la mía susurró—: Este amigo tuyo está un poco pirao, ¿no?
—¿Un poco? —le sonreí.
—Deja, deja —quiso tranquilizarme Nasser—, como decís vosotros, ahí está su encanto.
—¡Claro! —y Ari se tomó medio vaso de cerveza de un trago—. Es mi encanto.
—Cuando estaba vivo no hizo la mili, y eso lo reconcome —le expliqué.
—Sí que la hice —insistió Ari—, hasta me quedé más tiempo. La pistola —y se señaló la sien agujereada mientras imitaba el sonido de un disparo— la pagué con los cupones que me dieron en la sección de deportes del economato. Dime, ¿cómo te suicidaste?
Estaba más que claro que Ari buscaba pelea, porque si hay algo que aquí no se le debe preguntar a alguien es cómo puso fin a su vida. Pero el tal Nasser parecía estar tan acabado que ni siquiera Ari tenía la más mínima posibilidad de pelearse con él.
—¡Bum! —respondió con una sonrisa fatigada haciendo bailotear su reventado cadáver—, ¿no me digas que no se me nota?
—¡Joder! —dijo Ari—, ¡bum! ¿A cuántos mataste?
Nasser meneó la cabeza y se sirvió un poco de vodka.
—¿Y cómo voy a saberlo?
—Pero ¿cómo? ¿No se lo has preguntado aquí a nadie? Seguro que después de ti habrán llegado unos cuantos.
—Eso no es algo que se suela preguntar —dijo Nasser tomándose el vodka de un solo trago.
—Dime cuándo y dónde —se puso pesado Ari—, porque si me suicidé después que tú, a lo mejor te puedo decir cuántos…
—Déjalo —le dijo Nasser repentinamente muy serio—, ¿para qué?
—Pues qué bien, ¿no? —dije yo intentando cambiar de tema—, cuánta gente hay aquí esta noche.
—A tope —sonrió Nasser—, todas las noches está así. Pero ¿y qué? Casi todo son tíos. Muy de vez en cuando vienen un par de tías. A veces alguna guiri, pero casi nunca.
—Dime —le preguntó Ari—, ¿es cierto eso que cuentan de que antes de que salgas para alguna misión te prometen que en el mundo venidero tendrás setenta vírgenes que estarán buenísimas y serán unas ninfómanas? ¿Y para ti solito?
—Sí, eso es lo que nos prometen —dijo Nasser—, y mira cómo he terminado, completamente alcoholizado.
—Así que al final te tomaron el pelo, Nasser —le dijo Ari, alegrándose de su desgracia.
—¡Anda!, pues puede que sí —asintió Nasser—, ¿y a ti?, ¿qué es lo que te prometieron a ti?
Capítulo undécimo
En el que Haim sueña que él y Ergá se compran un sofá pero acaba despertando a la triste realidad
Por la noche, en el coche, sueño que Ergá y yo nos vamos a comprar un sofá y que el dependiente de la tienda es el árabe del bar al que Ari ha intentado incordiar. Nos enseña un montón de modelos, tantos que nos resulta muy difícil ponernos de acuerdo. Ergá se empeña en uno espantoso con una funda roja mientras que yo quiero otra cosa, no recuerdo exactamente qué. Nos ponemos a discutirlo en medio de la tienda, pero no civilizadamente, sino a gritos. La discusión se pone cada vez más fea, hasta el punto de que empezamos a jodernos mutuamente y a decirnos cosas hirientes, cuando de repente me doy cuenta de lo que estoy haciendo, me paro y le digo:
—Dejémoslo, ¿qué importancia tiene? Total, sólo es un sofá. Lo importante es que estamos juntos.
Y al decírselo ella me sonríe. Pero entonces, en lugar de devolverle la sonrisa, me despierto en el coche.
En el asiento de al lado Ari se revolvía dormido, insultando a los que debían de estar molestándolo en sueños.
—Tú te callas —le decía a uno que por lo visto se había pasado—, una sola palabra más y te reviento la cabeza.
Ese uno debió de seguir en sus trece, porque Ari intentó incorporarse y se clavó el volante en las costillas. Después de despertarse él también, abrimos las ventanillas y nos fumamos un cigarrillo.
—Mañana nos compramos una caravana, o un iglú, o como se llame esa mierda que venden en las tiendas de deportes —sentenció Ari.
—Una tienda de campaña —le dije.
—Sí, una tienda. Ésta es la última vez que dormimos en el coche —prosiguió dándole una calada de despedida al cigarrillo y arrojándolo por la ventanilla—. Pues el árabe del bar ha resultado ser un buen tío. La birra asquerosa, pero el tal Nasser muy agudo. ¿Sabes lo que he soñado?
—Sí —le dije, aspirando el humo del último pedacito de la colilla—, que le cagabas en la cabeza.
Capítulo duodécimo
En el que los dos amigos recogen a una tía buena que hacía autoestop e intentan entablar conversación con ella
Por la mañana Ari y yo recogimos a una tía que estaba haciendo autoestop, cosa bastante extraña porque aquí nadie suele hacer autoestop. Ari la vio ya desde lejos.
—Mira a ésa —dejó escapar entre dientes—, ¡qué tía más buena, mamma mia!
—¿Una «impecable»? —le pregunté aguzando la vista.
—Más que eso —se relamió Ari—, una impecable-bombón. Te lo juro, si no estuviéramos aquí nunca habría creído que alguien así acabaría suicidándose.
La lascivia, por lo general, llevaba a Ari a exagerarlo todo, pero en esta ocasión tenía toda la razón. La chica tenía en los ojos una vivacidad con la que pocas veces te encontrabas aquí. Cuando la pasamos de largo seguí mirándola por el retrovisor, con su larga melena negra y una mochila de las que llevan los escaladores, y de pronto vi que levantaba la mano. Ari también lo vio y clavó los frenos. El coche que venía detrás casi nos machaca los sesos, pero en el último instante consiguió esquivarnos. Ari dio marcha atrás y se detuvo a su lado.
—Sube, hermana —le dijo con una voz que intentaba sonar indiferente, aunque sin éxito.
—¿Hacia dónde vais? —preguntó ella con cierta suspicacia.
—Hacia el este —le dije.
—¿Hacia dónde del este? —siguió preguntando ella, al tiempo que empujaba la mochila y entraba tras ella en el coche.
Me encogí de hombros.
—¿Tenéis la más mínima idea de adónde os dirigís?
—Tú no llevas demasiado tiempo aquí, ¿verdad? —se rió Ari.
—¿Por qué? —respondió ella molesta.
—Porque, si no, ya sabrías que ninguno de los que estamos aquí tiene mucha idea de adónde va. Vete tú a saber, puede que si lo supiéramos no hubiéramos terminado así.
Se llamaba Lihi y nos contó que, efectivamente, hacía poco que había llegado y que desde entonces andaba vagando de un lado para otro en autoestop en busca de las personas encargadas de aquel lugar.
—¿Las personas encargadas de este lugar? —se rió Ari—. Pero ¿tú qué te crees, que esto es un club de campo y vas a encontrar las oficinas de la dirección? Este lugar es exactamente igual al que dejaste antes de suicidarte, pero un poco peor. Dime, cuando todavía vivías, ¿intentaste alguna vez encontrar a Dios?
—No —dijo Lihi, y me ofreció un chicle—, pero entonces no tenía ningún motivo para hacerlo.
—¿Y se puede saber qué motivo exactamente tienes ahora? —se rió Ari, cogiendo también él un chicle—. ¿Te has arrepentido? Porque tendrías que saber que si ésa es la cuestión y andas ya con la mochila a la espalda buscando a alguien que te consiga un visado para regresar…
—Dime —lo interrumpí antes de que empezara a ofenderla de verdad—, ¿por qué has levantado la mano cuando ya te habíamos pasado de largo?
—No lo sé —dijo Lihi encogiéndose de hombros—, es que no estaba muy segura de querer montarme con vosotros. Desde lejos me habéis parecido, ummm, un poco…
—¿Sospechosos? —intentó adivinar Ari.
—No —sonrió Lihi algo confusa—, unos pelmazos.
Capítulo decimotercero
En el que Haim no pierde las esperanzas, Ari no deja de quejarse y Lihi sigue en manga larga
Han pasado ya cinco días desde que recogimos a Lihi. Ari no hace más que juntar calderilla y buscar constantemente un teléfono. No hay día en que no hable con sus padres durante al menos una hora, y cuando Lihi o yo pretendemos burlarnos de él por ello, enseguida se ofende. Lo que sí es verdad es que ya no nos da la lata con lo del seguro del coche, por lo que los tres nos vamos turnando al volante. No llevamos mal ritmo, a pesar de que por lo de las luces del Prinz no podemos conducir de noche. A nuestro alrededor la ciudad empieza a desvanecerse y hay menos gente y más cielo, más casas bajas con jardín, pero por algún motivo todo está siempre marchito. La tienda de campaña que hemos comprado es relativamente cómoda y estamos empezando a acostumbrarnos a ella. Todas las noches sueño ese estúpido sueño de la discusión con Ergá y todas las noches terminamos por hacer las paces. Después, cuando me despierto, Ari me dice que nunca la encontraré, pero que no le importa acompañarme hasta que me harte de seguir buscándola. Siempre se empeña en hablar de Ergá cuando Lihi está presente. A Lihi, sin embargo, sí le parece que tengo posibilidades, pero Ari no está de acuerdo con ella en eso. Ayer, cuando bajamos del coche para mear, empezó a quejarse de que, desde que ella está con nosotros, la situación se ha puesto un poco pesada.
—De follárnosla, nada de nada —me dijo, mientras se la sacudía—, porque no nos la vamos a follar los dos. Por lo menos cuando estábamos solos podíamos hablar de cosas guarras.
—Pues habla de cosas guarras ahora también —le dije—, libremente, ¿quién te lo impide?
Los dos habíamos terminado ya de mear, pero nos quedamos allí de pie en la misma postura para poder seguir hablando.
—En principio tienes razón —tuvo que reconocer Ari—, pero la verdad es que los dos sabemos que desembuchar todo eso delante de una tía no es exactamente lo mismo. Con ella delante todo suena menos espontáneo y más provocativo.
Después de eso volvimos al coche y relevé a Ari al volante. Entretanto, Lihi dormitaba con su chándal en el asiento de atrás. Desde que la habíamos recogido no la había visto en manga corta. Ari decía que estaba dispuesto a apostarse su Prinz a que se había abierto las venas, pero ninguno de los dos nos atrevíamos a preguntarle cómo se había suicidado y por qué, aunque tampoco es que fuera tan importante. Es tan encantadora cuando duerme, tan tranquila, y, fuera de la historia esa de querer encontrar a los encargados del lugar, que, la verdad, resulta un poco chocante, es una tía estupenda. A pesar de todo lo que se queja, creo que Ari se ha enamorado un poco de ella y puede que sea precisamente por eso por lo que se queja tanto, para que yo no me dé cuenta. Lo cierto es que a veces también a mí me asaltan esos pensamientos, que realmente no voy a encontrar a Ergá y que puede que Lihi esté un poco enamorada de mí, pero al instante me los quito de la cabeza. Además noto que Ergá ya está muy cerca. Ari me dice que eso no son más que tonterías, que seguramente se encuentra en la otra punta, y que esté donde esté ya tiene a alguien, seguro que a un negro que se suicidó colgándose de la polla. Pero mi olfato me dice que estoy muy cerca de ella, que la voy a encontrar, y el hecho de que mi mejor amigo de aquí esté desesperanzado y destrozado no significa que también yo tenga que estarlo.
Capítulo decimocuarto
En el que lo que empieza con un milagro acaba casi en desgracia
Hacia el atardecer, cuando ya nos habíamos puesto a buscar un sitio donde acampar, sucedió algo extraño. Lihi se encontraba conduciendo cuando un camión quiso adelantarnos y se puso a tocar el claxon con un ruido espantoso, tanto que Lihi se apartó hacia el arcén para dejarlo pasar, y al poner el intermitente para regresar a su carril, las luces del Prinz, de repente, se encendieron. Ari, que estaba sentado detrás, se quedó realmente extasiado.
—Eres una maga, un genio —le dijo a Lihi, besándola con tanto entusiasmo que ella casi perdió el control del vehículo—. Eres la Florence Nightingale del volante, ¿qué digo la Nightingale? ¡Eres Marie Curie!, ¡Mania Shohat!
—Ari, cálmate —se rió Lihi—, que sólo son unas luces.
—¿Sólo unas luces? —la miró Ari con indulgencia—, ¡qué inocente eres! Tan genial como inocente. ¿Sabes cuántos mecánicos han buceado bajo la tapa del motor de este viejo Prinz? Déjate de mecánicos, ¡ingenieros nucleares!, los mayores gurús de la mecánica pesada, personas que desmontan y montan motores de MAC diésel en veinte segundos con los ojos vendados no han conseguido repararlo, hasta que has llegado tú —le dijo masajeándole el cuello—, mi ángel genial.
Desde donde yo los observaba se diría que el entusiasmo espontáneo de Ari se había apagado ya un poco y que seguía forzándolo solamente como excusa para toquetear un poco más a Lihi.
—¿Sabes lo que eso significa? —le dije—, que ahora también vamos a poder viajar de noche.
—Genial —exclamó Ari—, y lo primero que haremos esta noche, con nuestras más que preciosísimas luces, es ir a colocarnos bien colocados.
Seguimos, pues, avanzando en busca de algún bar. Fuera de la ciudad todo estaba bastante desierto. Cada media hora pasábamos por delante de una flecha que anunciaba una hamburguesería o una pizzería. Al cabo de cuatro horas, Ari se rindió y nos detuvimos en un sitio donde vendían helados y granizado de yogur. Ari les preguntó qué era la cosa más parecida al alcohol que tenían y la camarera le dijo que el helado de licor de cerezas.
—Dime, Sandra —le dijo Ari mirando de reojo el nombre que llevaba la empleada en la chapa—, ¿cuántos cucuruchos te parece que hay que meterse en el cuerpo para cogerse un pedo?
Debajo del nombre en la placa, aparecía el logo de la cadena de establecimientos, una foca con un sombrero de payaso montada en un monociclo al pie del cual figuraba el lema: «Mucho sabor por poco dinero».
—No lo sé —dijo Sandra encogiéndose de hombros.
—Pues tráenos cuatro kilos —le ordenó Ari—, así iremos sobre seguro.
Sandra llenó las tarrinas con mano experta. El cuerpo parecía algo fatigado, pero mantenía los ojos constantemente abiertos, casi sorprendidos. Se hubiera suicidado como se hubiera suicidado, seguro que se había tratado de algo repentino. De camino hacia el coche, Lihi se detuvo junto a una de esas hojas en las que constan las normas que deben cumplir los empleados del lugar: hablar con educación a los clientes, lavarse las manos al salir del váter y cosas similares. Cuando trabajaba en la pizzería Kamikaze también teníamos una hoja de ésas colgada al lado de los lavabos, pero cuando cagaba allí nunca me lavaba las manos, por nada en especial, puede que para sentirme más independiente.
—Hay algo entre decepcionante y deprimente en esta clase de sitios —dijo Lihi cuando ya nos estábamos comiendo el helado en el coche—, siempre que entro en un lugar así tengo la esperanza de que suceda algo fuera de lo común. Aunque sea algo pequeño. Que el vendedor lleve la placa con su nombre boca abajo, que se le haya olvidado ponerse el gorro, o que diga simplemente: «Más vale que no pidas nada, porque la comida de aquí está asquerosa», pero eso nunca ocurre. ¿Entendéis lo que quiero decir?
—Para serte sincero —le dijo Ari, arrebatándole la tarrina de helado—, no del todo. ¿Nos turnamos un poco?
Nos dimos cuenta de que se moría por conducir con las luces nuevas. Apenas un kilómetro después de que se dieran el relevo había una especie de curva a la derecha e inmediatamente después de ella yacía en medio de la carretera, adormilado, un hombre alto y delgado con gafas, que no dejó de roncar ni siquiera cuando Ari se salió de la calzada y fue a chocar contra un árbol. Salimos del coche; ninguno de nosotros parecía haber sufrido daños graves, pero el Prinz estaba completamente abollado.
—Dime —dijo Ari corriendo hacia el hombre que yacía en la carretera, para después zarandearlo—, ¿estás loco?
—Al contrario —exclamó el alto despertándose y levantándose sorprendentemente deprisa, al tiempo que le tendía la mano a Ari—, soy Rafael, Rafael Kneller. Pero podéis llamarme Rafi.
Y cuando se dio cuenta de que Ari no le estrechaba la mano que él le había tendido, entrecerró los ojos y se quedó observándolo.
—¿Qué olor es ése, como de helado? —e inmediatamente después, sin esperar respuesta—. Decidme, ¿no habréis visto por aquí un perro, por casualidad?
Capítulo decimoquinto
En el que Kneller da muestras de una gran hospitalidad y un poco de paranoia y explica por qué su casa no es en realidad un campamento de verano
Después de que Ari se tranquilizara un poco, nos pusimos todos a examinar el coche y vimos que no merecía la pena seguir perdiendo el tiempo. Kneller se sintió tremendamente incómodo cuando comprendió lo que había sucedido y que todo había sido por su culpa, por lo que nos ofreció que fuéramos a dormir a su casa. Por el camino no dejó de hablar, y, a cada paso que daba, el cuerpo se le descoyuntaba en todas direcciones, como si quisiera ir a un montón de sitios a la vez y le costara decidir adónde. La verdad es que el tal Kneller parecía un verdadero loco, aunque completamente inofensivo. Hasta despedía un olor de lo más inocente, como a culito de bebé. Me resultaba difícil imaginar cómo se habría suicidado alguien como él.
—Normalmente no ando por ahí fuera a estas horas, pero justo había salido a buscar a mi perro Fredi, que se me ha perdido, ¿no lo habréis visto, verdad? Ha sido entonces cuando todo este ambiente tan pastoral ha podido conmigo. Aunque eso es algo completamente normal, porque ¿a quién no le gusta echar una cabezadita entre los árboles, ya sabéis, en el seno de la naturaleza? —nos dijo Kneller, gesticulando mucho, en un intento por explicar los acontecimientos—. Pero ¿así, en medio de la carretera? ¡Por favor! ¡Eso es una enorme irresponsabilidad! ¡Demasiadas drogas blandas! —añadió guiñándonos un ojo, pero, al darse cuenta de que Ari permanecía muy serio y mostraba un aire amenazador, se apresuró a decir—, drogas como metáfora, quiere decirse, porque aquí nadie fuma nada.
La casa de Kneller tenía exactamente la misma pinta que las torpes casitas que pintábamos en el parvulario, con un tejado de tejas, una chimenea, un frondoso árbol en el jardín y una especie de luz amarillenta en las ventanas. En la entrada de la casa había un enorme cartel que rezaba en letra de imprenta: «En alquiler», y sobre estas dos palabras alguien había garabateado en color azul: «El campamento de verano de Kneller». Kneller nos explicó que no era del todo cierto que la casa estuviera en alquiler, es decir, que lo había estado, pero que entonces había llegado él y la había alquilado, y tampoco era verdad que tuviera un campamento de verano, sino que era una broma con no demasiada gracia de un amigo suyo que ya llevaba viviendo con él bastante tiempo y había decidido que, con tantos huéspedes y todas las actividades que Kneller les organizaba, aquel sitio parecía una especie de campamento de verano.
—Esperad a que vean el helado —sonrió mientras señalaba la tarrina de plástico que Lihi llevaba en la mano—, se van a volver completamente locos.
Capítulo decimosexto
En el que Lihi hace un pequeño milagro y Ari se enamora de una esquimal
Llevamos aquí casi un mes y Kneller ha empezado a hacerse a la idea de que Fredi, su perro, no tiene intención alguna de volver, y tampoco parece que la grúa que Galfend llamó en su momento vaya a llegar jamás. Durante la primera semana aquí Ari siguió haciéndonos la vida imposible e intentó llamar a un montón de números de teléfono en busca de un modo de regresar a casa, pero después conoció a una esquimal de lo más macanuda, que es demasiado guiri como para captar cómo es Ari, y desde que están juntos a él ya le urge menos largarse. Aunque sigue hablando con sus padres por teléfono una vez al día, y ahora el tema es, sobre todo, ella. Al principio, este lugar también me ponía muy nervioso a mí, porque está lleno de personas positivas de todo el mundo, de esas que después de suicidarse han descubierto el lado guay del asunto. Una especie de mezcla entre los anuncios de Benetton y unas islas perdidas. Sólo que las personas que hay aquí son realmente agradables, bastante apagadas, aunque intentan sacar el máximo de lo poco que tienen. Y entre ellas, como un director de orquesta, anda dando vueltas Kneller gesticulando constantemente con los brazos. Le he contado a Lihi que, cuando yo estudiaba bachillerato, había en el libro de física un problema sobre un hombre milagroso —así es como lo llamaban en el libro— que se cae del tejado de un edificio y comprueba el tiempo de su caída con un cronómetro. No se hablaba de su aspecto, pero yo me lo había imaginado muy parecido a Kneller, un ser de otro mundo. Lihi me preguntó qué pasaba al final del problema de física y yo le dije que no me acordaba muy bien pero que seguro que el hombre milagroso ganaba al final, porque era un libro de física para chicos de bachillerato. Ella me comentó que, si eso era así, seguro que se trataba de Kneller, porque podía imaginárselo a la perfección saltando del tejado de un edificio pero no era del todo capaz de imaginárselo chocando contra el suelo. Por la mañana íbamos con él a trabajar un poco en el jardín, en el que hasta el momento no había conseguido cultivar otra cosa que no fuera marihuana. Mientras estábamos trabajando, Lihi abrió el grifo para beber agua, y en su lugar salió gaseosa. Lihi y yo estábamos entusiasmados, pero Kneller no parecía demasiado impresionado.
—No hagáis ni caso —dijo con desdén—, eso aquí es normal.
—¿Cómo? —dije sorprendido.
—Que sucedan cosas como ésta —prosiguió Kneller labrando los arriates.
—¿Quieres decir milagros? —le pregunté—, porque, date cuenta, Rafi, no es que Lihi haya convertido el agua en vino, pero le ha faltado poco.
—Lo suficiente —dijo Kneller—. Si quieres puedes llamarlo milagro, pero se trata de un milagro insignificante, porque aquí se dan como setas. Me extraña que os hayáis dado cuenta siquiera, porque la mayoría de la gente ni se fija.
Lihi y yo no terminábamos de entenderlo. Pero Kneller nos explicó que era una de las características más notables de aquella zona, que las personas eran capaces de hacer allí cosas bastante sorprendentes, como convertir piedras en plantas, cambiar el color de los animales, y hasta levitar un poco en el aire, pero sólo mientras eso no supusiera un cambio fundamental para nadie. Le dije que se trataba de algo bastante sorprendente y que si realmente sucedía allí con tanta frecuencia se podía pensar en organizar un espectáculo de magia e incluso transmitirlo por la tele.
—Pero si estoy intentando explicártelo —insistió Kneller mientras arañaba enérgicamente la tierra—. Que no se puede, porque en el momento en el que viniera gente con el propósito concreto de verlo, ya no funcionaría. Estas cosas suceden solamente si se las ignora. Es como si, por ejemplo, te encontraras de repente caminando sobre el agua, cosa que aquí sucede de vez en cuando, pero sólo con la condición de que nada ni nadie te espere en la otra orilla ni haya por los alrededores algún histérico que vaya a armarla por eso.
Lihi le comentó lo de las luces del Prinz la noche que lo habíamos conocido y Kneller le dijo que se trataba de un caso clásico.
—Pues reparar las luces de un coche me parece bastante significativo y útil —lo reté.
—Depende de hacia dónde vayas —dijo Kneller sonriendo—, si cinco minutos después te cochas contra un árbol, pues no tanto.
Capítulo decimoséptimo
En el que Lihi revela a Haim un asunto íntimo y Ari insiste en que no son más que bobadas
Tras mi conversación con Kneller empecé a ser más consciente de todos aquellos milagros. Ayer, Lihi y yo estábamos paseando por los alrededores de la casa. Lihi se detuvo un momento para atarse el cordón del zapato y de pronto vimos cómo la roca en la que hacía un segundo había apoyado el pie giraba sobre sí misma hasta ponerse boca arriba y desaparecía, así, sin más, sin explicación alguna. Y el día antes, cuando Ari se disponía a colocar las bolas en la mesa de billar, vi cómo de repente una se convertía en un huevo. La verdad es que me muero por obrar mi primer milagro, sin que me importe demasiado cuál, aunque sea la cosa más tonta. Kneller dice que el hecho de que yo lo desee tanto me lo pone difícil, y que por eso nunca lo conseguiré. Puede que tenga razón, pero hay algo en sus explicaciones que me parece confuso y poco consistente. Kneller me dice que no es la explicación sino este lugar lo que resulta confuso y poco consistente. ¡De repente uno se suicida y, pam, un segundo después ya está aquí con sus cicatrices y su hipoteca! Y además ¿por qué se suicidará uno en lugar de morirse sin más? Se diría que tampoco eso tiene demasiada lógica. Las cosas son como son y punto. Puede que no sea nada del otro mundo, pero podría ser mucho peor. Por su parte, Ari se pasa el día con su nueva amiga. Hay un río cerca y ella le está enseñando a llevar un kayak y a pescar, cosa bastante extraña, porque por lo menos yo casi nunca he oído ni visto por aquí ningún animal, excepto quizá el perro de Kneller, que tampoco estoy muy seguro de que exista. Ari no tiene mucho que ofrecerle a cambio, pero para no quedar como un aprovechado le está enseñando nombres de antiguos futbolistas y palabrotas en árabe. Yo me paso la mayor parte del tiempo con Lihi. Kneller tiene unas cuantas bicicletas en el trastero, así que nos dedicamos a hacer un sinfín de excursiones. Me ha contado cómo terminaron sus días. Resulta que no se suicidó, que murió de una sobredosis. Un tipo le propuso inyectarse algo, y como era la primera vez que los dos lo hacían, según parece no lo prepararon bien. Por eso, está convencida de que ha llegado a este lugar por error y de que, si encontrara a alguien a quien poder explicárselo, la sacarían de aquí de inmediato. La verdad es que no creo que tenga la más mínima posibilidad de encontrar a ese alguien, pero también creo que es mejor no decírselo. Lihi me ha pedido que no se lo cuente a nadie, pero se lo he dicho a Ari, quien opina que eso no son más que bobadas, que nadie llega hasta aquí por equivocación. Le he contado lo que Kneller dice, que todo este lugar no es más que un enorme error, y que si este sitio es lo suficientemente raro como para que una bola de billar se convierta en un huevo, es posible que también Lihi haya llegado hasta aquí por error.
—¿Sabes a lo que me recuerda? —me dijo Ari, al tiempo que se llenaba la boca con un mordisco de su bocata caliente—, a las películas esas en las que el protagonista entra en la cárcel y algunos internos se le acercan para contarle que están allí por error y que son inocentes, aunque tú estés viendo por la pinta que tienen que son los más culpables de todos. Sabes que me encanta Lihi, pero ¿qué tontería es esa de la sobredosis? ¿Has visto alguna vez a alguien inyectándose en Tel Aviv? Pero si en Israel la gente tiene pánico hasta de la antitetánica, si en cuanto ven una aguja se desmayan.
—No es que sea una drogadicta o algo así —le dije—, era la primera vez que lo hacía.
—La primera vez —repitió Ari tomando un sorbo de café—, créeme, Haim, nadie se muere la primera vez, no importa lo que se haya metido, a menos que haya puesto mucho empeño en ello.
Capítulo decimoctavo
En el que Haim sueña que está en una película de presos que acaba mal, y todo por falta de carácter
Esa misma noche soñé que Ari, Lihi y yo nos fugábamos de una cárcel. Primero nos escapábamos de la celda, algo que resultó relativamente fácil, pero después, al llegar al patio de la cárcel, empezaron a sonar las sirenas y a caernos encima los focos. Al otro lado del muro nos esperaba una camioneta, y yo serví de apoyo a Ari y a Lihi para saltarlo. Después quise saltar yo, pero ya no había quien me ayudara, y entonces, de repente, veo a Kneller a mi lado que se eleva por el aire y pasa volando al otro lado. Ahora todos están fuera, incluida Ergá, sentada al volante de la camioneta, y todos están esperando a que llegue yo. Oigo a mis espaldas las sirenas y los perros que se acercan, y todos esos ruidos que se oyen siempre en las películas sobre cárceles. Desde el otro lado del muro, Ari me grita:
—¡Venga, Haim! ¿Qué te pasa? ¡Levanta el vuelo de una vez!
Y, como para fastidiarme, Kneller se eleva por encima de la camioneta y hace todo tipo de piruetas y monerías. Yo también lo intento, pero no consigo nada. Y entonces todos se van, o quizá es que la familia de Ari ha llegado de repente, porque, la verdad, de esa parte ya no me acuerdo muy bien.
—¿Sabes lo que ese sueño significa? —me dice Ari—, ¡que eres un fracasado! Un tipo que se deja influir con facilidad, un tarado, porque basta con que yo diga una sola vez la palabra «cárcel» para que vayas directo a soñar con eso. Lo que viene a decir tu sueño es que eres una desgracia.
Ari y yo estamos sentados a la orilla del río sujetando con la mano unas cuerdas de tender la ropa con las que intentamos pescar según un método que su amiguita le ha enseñado. Llevamos aquí más de dos horas y ni siquiera hemos pescado un zapato, por lo que Ari se vuelve muy cruel.
—Piénsalo bien, en el sueño todos consiguen ponerse a salvo porque se toman su existencia a la ligera. Y solamente tú, que siempre te estás comiendo el coco, te quedas atrapado. Se trata de un sueño muy simple, casi diría que de manual.
Ya empieza a hacer fresco y me pregunto cuándo se hartará Ari de esta estupidez de la pesca, porque hace rato que me he cansado, y está más que claro que no hay peces.
—Y te diré aún más —continúa Ari—, no es solamente en el sueño donde eso se demuestra, sino en el hecho de que lo recuerdes y después lo cuentes. Muchas personas sueñan, pero no todas hacen de ello un problema. También yo tengo sueños, pero nunca me empeño en contártelos, y por eso mismo soy una persona más feliz —y, como para probarlo, tira de la cuerda y saca un pez. Aunque se trata de un pez pequeño y feo, a Ari le basta para alimentar su ya de por sí inflado ego—. A ver si algún día le haces caso a tu amigo: olvídate por un momento de tus sueños y de todos esos milagros tan infantiloides y céntrate en Lihi. Vive el momento, ¿qué hay de malo en eso? La chica está muy bien, un poco descentrada, pero es positiva y seguro que está por ti. Entre nosotros, nunca va a encontrar a Dios para presentarle sus quejas y tú no vas a encontrar el cadáver de tu pija, de manera que, como los dos estáis atrapados aquí, solos, lo mejor es que por lo menos saquéis provecho el uno del otro.
Mientras conversamos, el feísimo pez que se retuerce en la mano de Ari se convierte en otro pez, rojo y un poco más grande, aunque no por eso menos feo. Ari lo aplasta contra el suelo y le machaca la cabeza con una piedra hasta que deja de agitarse, otro truco de los esquimales. Ni siquiera se ha dado cuenta de que el pez ha cambiado de aspecto, y, para ser sinceros, puede que hasta tenga razón y no haya que dar tanta importancia a las cosas. Pero, en cuanto a lo de Ergá, siento sin ningún género de dudas que ella está aquí, que, llegado el momento, bastará con que me dé la vuelta y ella estará ahí, detrás de mí. Además, todo el cinismo de Ari me importa un comino porque sé que la voy a encontrar.
—Sólo dime una cosa —me pide Ari de camino a casa—, ¿el Kneller ese de qué va? Eso de que siempre esté alegre y vaya abrazando a todo el mundo… ¿Es que es maricón o qué?
Capítulo decimonoveno
En el que Kneller celebra su cumpleaños y Haim y Lihi deciden continuar viaje
Son muchos los que están llegando aquí estos últimos días, porque va a ser el cumpleaños de Kneller y todos están entusiasmados haciendo tartas o pensando en alguna idea original para hacerle un buen regalo. La mayoría de los que se mueven por aquí no tienen siquiera la coordinación suficiente para respirar, y Lihi dice que será una gran suerte si toda esta locura creativa no acaba en tragedia. Hasta el momento ya hay dos que se han cortado, y otro que se ha pinchado casi todos los dedos al intentar hacerle un bolso a Kneller. Aparte de eso está también Ian, un holandés de lo más volado que ayer salió de aquí con un cazamariposas, dijo que se iba al bosque a buscarle a Kneller un perro nuevo y desde entonces no hemos vuelto a saber de él. El propio Kneller también parece estar muy emocionado. Por la noche, cuando pusimos la mesa para la cena de cumpleaños le pregunté cuántos cumplía y se puso a balbucear hasta que reconoció que, de pronto, ya no se acordaba. Después de la cena y de los regalos pusimos música y todos empezaron a bailar como locos, igual que en las fiestas del instituto. Hasta yo bailé un lento con Lihi. A eso de las cuatro de la mañana alguien recordó que Kneller había estudiado violín y que había uno viejo abandonado en el trastero. Al principio Kneller no quiso tocar, pero enseguida dejó de resistirse y tocó «Para un millón de equivocados». La verdad es que no soy un gran entendido en música, pero en mi vida había oído a alguien tocar de esa manera. No es que no desafinara, porque la verdad es que un poco sí lo hacía, pero sentías con cada nota que ponía en ello toda su alma. Y no fui únicamente yo el que sintió eso, sino que todos nos pusimos de pie y nos quedamos en silencio, como cuando suena la sirena en recuerdo de nuestros muertos. Incluso Ari, al que siempre le gusta incordiar en esos momentos, se calló la boca y tenía los ojos llenos de lágrimas. Después me dijo que era de alergia, pero está claro que lo decía por decir. Cuando Kneller terminó de tocar, ya nadie tuvo ganas de hacer nada en especial. La mayoría se fue a dormir y Lihi y yo ayudamos un poco a recoger. Cuando estábamos en la cocina me preguntó si no echaba de menos todas las cosas que había tenido antes de suicidarme. Le dije la verdad, que no me moría por volver allí y que no me acordaba mucho de mi pasado, excepto de Ergá, pero, como ella ahora estaba aquí, ya no había nada que yo echara de menos.
—Puede que me eche de menos un poco a mí mismo —le dije—, a mí mismo tal y como era antes de acabar con mi vida. Puede que me lo esté inventando, pero, no sé por qué, me recuerdo a mí mismo más… más algo. Ni siquiera de eso me acuerdo ya.
Lihi me dijo que ella lo echaba de menos todo, hasta las cosas que había odiado, y que le parecía que al día siguiente debía marcharse de allí, porque, si quería encontrar a alguien que la ayudara, necesitaba seguir buscando. Le dije que tenía razón, y que yo también debería seguir mi camino si de verdad quería encontrar a Ergá. Terminamos de meter los cacharros en el fregadero, pero ninguno de los dos teníamos ganas de irnos a dormir. En el salón, Kneller estaba sentado en el suelo jugando con sus regalos, como un niño, cuando de repente Ian irrumpió en la estancia muy alborotado, con su estúpido cazamariposas en la mano, y dijo que al otro lado del bosque vivía el rey Mesías, y que tenía secuestrado al perro de Kneller.
Capítulo vigésimo
En el que Fredi engulle shawarmas bajo una falsa identidad
Ian nos miraba jadeante. Tenía la cara muy roja. Lo hicimos sentarse en el salón, le llevamos un vaso de agua y nos contó cómo se había perdido en el bosque mientras buscaba un perro nuevo para Kneller y cómo, finalmente, cuando salió por el lado opuesto, vio una mansión con piscina y quiso pedirles a las personas que allí vivían que le permitieran telefonear al campamento para que alguien fuera a buscarlo. Pero en la casa no tenían teléfono, sólo mucha música y mucho ruido; todos llevaban coleta y estaban muy bronceados, tanto que parecían australianos, excepto las tías, que andaban por allí en tanga. Habían sido muy amables, lo habían atiborrado de comida y le contaron que aquella mansión era la casa del rey Mesías, que ellos eran sus amigos, que al rey Mesías sólo le gustaba la música trans y que por eso la tenían puesta todo el tiempo a todo volumen. También le contaron que el rey Mesías se llamaba Gib’ón pero que todos lo llamaban Gib, porque así había empezado a llamarlo una chica y la cosa cuajó enseguida, y que Gib era de un asentamiento de Galilea pero hacía ya mucho tiempo que estaba allí, y dentro de una semana, a contar desde ese mismo día, iba a hacer un milagro muy importante, con sentido, no algo corriente hecho como por casualidad; tenían prohibido revelar de qué se trataba pero sería algo realmente sonado y él podía quedarse a verlo. Ian, por su parte, como se iba acostumbrando a la música, se entusiasmó con la idea del milagro, pero sobre todo con las tías desnudas. Le prepararon una habitación en la casa junto con un simpático surfista que antes de suicidarse había sido director del Hard Rock Cafe de Edmonton, Nueva Zelanda. Por la noche, todos fueron a la piscina a nadar desnudos, y como a Ian le daba un poco de vergüenza se quedó fuera y de repente vio a Fredi, el perro de Kneller, que estaba comiendo shawarma en un cuenco de plástico junto a la piscina. Ian les explicó que Fredi era el perro de un buen amigo suyo y que se había perdido hacía unas semanas. Todos se quedaron perplejos, porque el rey Mesías había adoptado a aquel perro y les había dicho que era un genio y hasta le había enseñado a hablar. Ian sabía muy bien que el perro de Kneller era capaz de decir algunas palabras, aunque sin entenderlas del todo, pero también sabía que, excepto por ese detalle, era un perro tontísimo. Esto, sin embargo, no quiso decirlo por no ofender al rey Mesías, que acababa de llegar en ese momento. El tal rey Mesías, Gib, era un rubio muy alto, con los ojos azules y el pelo largo, y tenía una novia un poco jorobada pero muy guapa. Los dos escucharon pacientemente la historia de Ian, hasta que al final Gib dijo que, si aquél era realmente el perro que se había perdido, le alegraría mucho poderlo devolver, y que había una manera muy sencilla de averiguarlo. Le preguntó a Ian cómo se llamaba el perro, y entonces Ian le dijo que Fredi. Gib llamó a Fredi, que justo acababa de terminar de comer, y le preguntó cómo se llamaba, y el tonto del perro movió la cola y dijo: «Nasser», una broma muy mala que Kneller había copiado de uno de los paracaidistas más retrasados de la mili y que le había enseñado a gastar a Fredi cuando era un cachorro. Ian intentó explicarles también eso, pero Gib, por lo visto, estaba ya convencido de que se trataba de otro perro, y el propio Fredi no parecía dispuesto a marcharse con Ian, porque en casa de Kneller jamás le habían dado shawarma. Entonces a Ian le pareció que lo mejor sería regresar aquí cuanto antes para poder contárnoslo todo.
—El rey Mesías, milagros con sentido, música trans —dijo Kneller furioso—, toda esa historia me suena a puro cuento. La única cosa que no me sorprende es que Fredi no quiera volver, porque siempre dije que era un perro muy desagradecido.
Capítulo vigésimo primero
En el que Haim y Lihi salen en busca del rey Mesías y, por equivocación, dan con el mar
A las siete de la mañana, cuando la mayoría de los invitados a la fiesta todavía dormían tirados por la alfombra, Kneller se plantó en medio del salón con una mochila y dijo que se le había terminado la paciencia y que quería ver a Fredi ya mismo. Lihi y yo nos ofrecimos a acompañarlo. Lihi, a pesar de que no se había creído demasiado toda esa historia del rey Mesías, dijo que no tenía nada que perder y que aprovecharía para preguntarle por los responsables de aquel lugar y cómo encontrarlos, y yo, por mi parte, pensé que, si era cierto que allí había tantísimas personas —como había dicho Ian—, podía ser un buen lugar donde buscar a Ergá. Además, en vista de la falta de coordinación de Kneller y de Ian, seguro que no estaría de más que alguien les echara una mano. Kneller quería que fuéramos en el coche de un amigo suyo, pero Ian le dijo que sólo sabía ir a aquel sitio a pie. Así fue como lo seguimos durante más de diez horas por el bosque, hasta que empezó a oscurecer y él mismo reconoció que se había perdido. Kneller dijo que eso era muy buena señal, porque también la vez anterior Ian se había perdido, y para celebrarlo sacó de su mochila una cachimba. Ian y él dieron cuatro caladas cada uno y quedaron agotados. Lihi y yo decidimos recoger algunas ramitas secas para intentar encender una hoguera. Nuestra única luz era el mechero que le habíamos cogido a Kneller, que ahora dormía como un niño. Cuando nos alejamos un poco de él y de Ian, que roncaba a su lado, empezamos a oír otro ruido, un poco lejano, como de algo que se rompía pero que a la vez resultaba sedante, y Lihi dijo que sonaba como el mar. Avanzamos hacia allí y, efectivamente, a unos cientos de metros estaba el mar. Era muy extraño, pero nadie en el campamento, incluido el mismo Kneller, había mencionado nunca que estuviéramos cerca del mar; posiblemente no lo sabían, puede que excepto nosotros nadie lo supiera. Nos quitamos los zapatos y caminamos un poco por la playa. Antes de poner fin a mi vida iba mucho a la playa, casi a diario. Cuando lo recordé comprendí mejor lo que Lihi había comentado el día anterior sobre las añoranzas y entendí por qué deseaba regresar. Le conté a Lihi que el padre de Ari llama a este lugar «El país de las tinieblas», porque las personas que se encuentran aquí ya no desean nada y uno siempre tiene la sensación de que todo está bien, aunque en realidad estás ya medio muerto. Lihi se rió y dijo que la mayoría de las personas a las que había conocido antes de suicidarse también estaban medio muertas o muertas del todo, de manera que mi situación era todavía relativamente buena, y al decirlo me tocó como por casualidad, pero no.
Siempre había tenido la esperanza de que, si algún día le era infiel a Ergá, lo sería con una chica realmente guapa, para después, cuando me arrepintiera, poder consolarme diciéndome que era tan guapa que nadie habría podido resistirse. Y, en realidad, Lihi era exactamente así. Esa noche, además, cuando me rozó, me di cuenta de que ella tenía razón y de que mi situación era todavía relativamente buena.
Capítulo vigésimo segundo
En el que Kneller le echa en cara la verdad a Fredi
Lihi y yo nos despertamos con el amanecer, o mejor dicho, con los gritos de Kneller. Abrimos los ojos, y la playa que nos rodeaba ya no era sólo nuestra. No es que hubiera alguien, pero ahora, a la luz del sol, podíamos ver que estaba toda llena de condones usados. Flotaban en el agua poco profunda como medusas, se hundían en la arena alrededor de nosotros como conchas marinas, y todo se llenó de pronto de un olor a goma usada que, por algún motivo, había permanecido oculto por el aroma del mar. Me esforcé por no vomitar, por Lihi, y la estreché entre mis brazos con fuerza. Así permanecimos tendidos, sin movernos, no sé durante cuánto tiempo, como una pareja de turistas que, atrapados en un campo minado, esperan a ser rescatados.
—Aquí estáis —asomó de pronto Kneller entre los árboles—, ya estaba preocupado. ¿Por qué no contestáis cuando se os llama?
Nos condujo hasta el lugar en el que habían dormido Ian y él, y por el camino nos contó que esa playa había sido una vez la de las putas y los yonquis, sólo que con el tiempo se había vuelto tan repugnante que hasta ellos habían dejado de frecuentarla.
—No me digáis que habéis dormido ahí —nos dijo haciendo una mueca, al tiempo que Lihi y yo nos sacudíamos de encima la arena y todo lo que se nos había pegado a la ropa—. ¿Para qué?
—Eso es lo que nos pasa a los que nos gusta el mar —le respondió Lihi con media sonrisa.
—Eso es lo que les pasa a los que les gustan las enfermedades —la corrigió Kneller, y continuó su enérgica marcha—. Sólo espero no haberle perdido la pista a Ian.
Pero Ian había desaparecido, aunque antes de que nos diera tiempo a empezar a preocuparnos por él apareció corriendo muy contento y nos dijo que había conseguido encontrar la casa del rey Mesías y que estaba allí mismo. La casa del rey Mesías era realmente enorme, como esas casas que Ergá siempre me enseñaba cuando íbamos a visitar a sus tíos a Cesarea, de esos sitios en los que aparte de piscina, pista de squash y yacusi, siempre hay un refugio nuclear en el sótano. Cuando llegamos, junto a la piscina había más de cien personas en una especie de cóctel o bufé que, por lo visto, duraba ya desde el día anterior. Muchos parecían friquis, pero había también surfistas, pijos, todo tipo de gente y todos muy alterados. Y entre aquellos invitados andaba Fredi poniendo cara de pobrecito y obligando a todo el mundo a darle comida. Cuando Kneller lo vio, perdió los estribos. Se plantó delante de Fredi y empezó a gritarle que cómo se atrevía a portarse así con él, y encima el día de su cumpleaños, que era un ingrato, y se puso a recordarle todo tipo de detalles embarazosos de cuando Fredi era un cachorro. Entretanto, Fredi lo miraba muy sereno, masticando despacito un trozo de sushi, como un viejo yemenita masticando hojas de qat. Los que se encontraban allí cerca trataban de calmar a Kneller y le decían que Gib lo arreglaría todo enseguida. Pero, cuando vieron que de nada servían sus palabras, intentaron que se interesara por el milagro tan importante que el tal Gib iba a hacer, aunque sólo consiguieron que Kneller se pusiera aún más furioso. Mientras tanto, Lihi y yo nos manteníamos al margen y comíamos todo tipo de manjares, porque llevábamos un día entero sin probar bocado. Había muchas cosas que queríamos decir, pero no lo hicimos por el jaleo y el ruido que allí había, aunque no fue sólo por eso. Y entonces, de repente, llegó Ian y dijo que Gib y su novia llamaban a Kneller y a Fredi a su salón para intentar entender qué es lo que estaba pasando, y que era mejor que también fuéramos nosotros porque Kneller pensaba armarla. Antes de entrar oímos ya los gritos de Kneller y una voz perruna que de vez en cuando decía muy bajito:
—Tranqui, tío, no pierdas los nervios.
Y yo pude distinguir también la voz de Ergá.
Capítulo vigésimo tercero
En el que Haim se encuentra finalmente con Ergá
No sé cuántas veces me había imaginado este encuentro, al menos un millón. En todas ellas había un final feliz, y no es que no hubiera pensado en todo tipo de complicaciones posibles, porque las había imaginado todas, para que, sucediera lo que sucediera, dijera ella lo que dijera, poder estar preparado. Ergá me reconoció al instante, corrió hacia mí, me abrazó y se echó a llorar. Después me presentó a Gib, que me estrechó la mano, me dijo que había oído hablar mucho de mí y parecía un buen tipo. Yo le presenté a Ergá a Lihi, lo que resultó un poco embarazoso. Lihi no dijo nada, pero me di cuenta de que, a pesar de lo complicado que todo aquello era para ella, se alegraba por mí. Ergá y yo dejamos a todos a nuestras espaldas y salimos a la terraza. A través de la puerta podíamos oír el discurso de Kneller, y a Gib, que por lo visto hacía rato que había renunciado a Fredi, murmurando unas palabras de conformidad. Ergá me contó lo que había sucedido después de que yo me suicidara, que no había sabido ya qué hacer con su vida y se había sentido tan culpable que tan sólo había deseado morir. Mientras ella hablaba, yo la miraba y comprobaba que seguía siendo idéntica a como la recordaba, que llevaba incluso el mismo corte de pelo. Sólo su equilibrio había cambiado de una manera extraña, porque se había suicidado saltando desde la azotea del hospital Poriah. Ergá me contó que después de mi entierro se fue a Galilea y se pasó todo el viaje llorando sin parar, y que cuando llegó a Mitspé al primero que vio fue a Gib’ón, y en cuanto lo vio todo se calmó en ella y dejó de llorar. No es que hubiera dejado de sentir pena, pero ya no se trataba de una tristeza histérica, sino que se convirtió en otra cosa no menos profunda, pero que podía sobrellevarse. Gib’ón opinaba que todos estábamos atrapados en el mundo de los vivos y que había un mundo superior al que se podía llegar. En Mitspé había otros que creían en sus poderes. Dos semanas después de que Gib’ón y ella se hubieran conocido, él tenía previsto cortar el vínculo existente entre su cuerpo y su alma, pasar al otro mundo y regresar después a su cuerpo para mostrarles a todos el camino, sólo que algo se jodió y su alma jamás regresó. En el hospital, cuando certificaron su muerte, ella notó que la llamaba desde el lugar al que había llegado, así que cogió el ascensor hasta la azotea y desde allí saltó al vacío para poder estar con él. Ahora volvían a estar juntos y Gib’on iba a hacer de nuevo lo que había intentado hacer en Galilea. Sólo que esta vez estaba convencida de que lo conseguiría, que encontraría el camino que llevaba a ese mundo y regresaría para mostrárselo a todos. Después de eso volvió a decirme lo importante que yo era para ella, que solamente después de que yo acabara con mi vida había comprendido de verdad cuánto me había herido y que se alegraba de volverme a ver para poder pedirme perdón. Durante todo ese rato yo no hice más que sonreír y asentir con la cabeza. Muchas veces, cuando fantaseaba con aquellos encuentros, la imaginé con otro, pero siempre luchaba contra esa idea y le decía cuánto la amaba, que nadie la iba a querer como yo, la acariciaba, la tocaba, hasta que ella cedía. Ahora en la terraza, cuando finalmente la había encontrado, lo único que yo deseaba es que llegara el momento en que ella me diera un beso de amigos en la mejilla y todo terminara de una vez. Pero en mi auxilio sonó de repente un gong y Ergá me explicó que teníamos que volver, porque eso quería decir que Gib’ón estaba a punto de empezar, de manera que en lugar de darme un beso se limitó a abrazarme.
Capítulo vigésimo cuarto
En el que Gib promete hacer un milagro importante
Cuando volvimos a la sala, Lihi y Kneller ya no estaban allí. Gib, que ahora vestía una túnica bordada, dijo que ya estaban abajo, y cuando fui a buscarlos vi que la gente congregada en torno a la piscina se había dividido en dos grupos: hombres y mujeres. A Kneller lo encontré enseguida y a lo lejos pude ver a Lihi, que me hacía un gesto con la mano como para preguntarme cómo había ido todo. No conseguí encontrar ningún gesto que explicara lo que había sucedido con Ergá; quise decirle desde lejos que la amaba, pero tuve la impresión de que habría resultado demasiado de película, así que me limité a sonreír y mediante gestos le indiqué que hablaríamos más tarde. Kneller me dijo que Lihi le había preguntado algo a Gib, algo sobre cómo regresar al mundo de los vivos, y Gib le había dicho que no perdiera más el tiempo, que él mostraría a todos el camino hacia un mundo mucho mejor, y cuando salieron fuera Lihi le dijo a Kneller que el Gib ese le parecía un auténtico gilipollas. La música estaba tan alta que apenas podía oír a Kneller. Él se rió un poco de mí y de Lihi y me dijo que era la primera vez que conocía a unas personas todavía más ingenuas que él, yo con mis milagros y ella con sus sueños.
—En lugar de suicidaros, tendríais que haberos marchado a California —me dijo.
Vi que acariciaba a Fredi, lo que significaba que todas sus desavenencias eran agua pasada. Gib subió al estrado vestido con la túnica, Ergá subió tras él con un alfanje en la mano, de esos que aparecen en las ilustraciones del sacrificio de Isaac en la «Biblia para niños». Se lo pasó a Gib’on y la música se interrumpió con un «bum».
—¿Qué estupideces son éstas? —murmuró Kneller a mi lado—, pero si este tío ya está muerto. ¿Qué querrá ahora?, ¿ser un muerto al cuadrado?
Las personas que teníamos delante se volvieron hacia nosotros pidiendo silencio y yo me sentí muy incómodo, pero Kneller ni se inmutó y siguió diciendo que estaba dispuesto a apostarse lo que fuera a que Gib nunca lo haría, porque quien se ha suicidado una vez y sabe los dolores que comporta morir no lo vuelve a intentar. Y en el instante en que terminó de decirlo, Gib cogió el alfanje y se lo clavó en el corazón.
Capítulo vigésimo quinto
En el que llega una furgoneta blanca y empieza todo el jaleo
Resulta extraño, pero por mucho que todas las personas que estábamos alrededor de la piscina supiéramos en todo momento lo que iba a suceder, nos sentimos sorprendidos. Se hizo un silencio muy raro y luego se oyó un suave murmullo. Desde el estrado, Ergá nos gritaba a todos que mantuviéramos la calma porque en cualquier momento Gib regresaría a su cuerpo, pero el murmullo entre el público no cesó. Entretanto, vi que Kneller le susurraba algo a Fredi y que después le hablaba al mechero; en unos segundos llegó una furgoneta blanca que se detuvo junto a la mansión y de ella salieron dos hombres altos y delgados vestidos con unos monos blancos. Uno de ellos llevaba un megáfono. Kneller corrió hacia ellos y se puso a hablarles gesticulando mucho, según su costumbre. Empecé a desplazarme a empujones en dirección a las mujeres para buscar a Lihi, pero no conseguía verla por ningún sitio. El hombre del megáfono nos pidió a todos que nos dispersáramos en silencio. En el estrado, Ergá se había sentado junto al cadáver de Gib y lloraba. Vi que intentaba llegar al cuchillo, pero el otro hombre del mono blanco se le adelantó. Lo cogió, se cargó el cadáver de Gib a la espalda y le hizo una señal a Kneller para que acompañara a Ergá al vehículo. El hombre del megáfono volvió a pedir que nos dispersáramos. Algunos empezaron a moverse, pero muchos seguían petrificados. Junto al hombre del megáfono vi en ese momento a Lihi; ella también me vio e intentó ir hacia mí, pero el conductor de la furgoneta, que también vestía un mono y hablaba por una especie de walkie talkie, le dijo que se acercara. Lihi me hizo señas de que enseguida vendría conmigo y yo empecé a avanzar hacia el vehículo, apartando a empujones a todo el que encontraba en mi camino. Pero, hasta que conseguí acercarme, Kneller, que llevaba a Fredi bajo el brazo, y el del mono con el megáfono montaron en la furgoneta y ésta se marchó de allí. En la ventanilla pude ver a Lihi que intentaba gritarme algo, pero no logré entender qué. Ésa fue la última vez que la vi.
Capítulo vigésimo sexto
Con un espíritu optimista
Me quedé allí esperando unas cuantas horas, porque al principio creí que la furgoneta se había ido solamente para dejar a Gib y a Ergá en algún lugar, y que Lihi enseguida volvería. Hubo más personas que se quedaron, todas con el aspecto de estar completamente aturdidas y de no haber entendido del todo lo que había sucedido. Todos nos sentamos en las tumbonas que rodeaban la piscina, sin pronunciar una sola palabra. Poco a poco la gente se fue marchando, y al final, al ver que me había quedado solo, empecé a andar en dirección a la casa de Kneller.
Cuando llegué ya era de noche. Ari me contó que Kneller había irrumpido en la casa para coger unas cuantas cosas y que les había dicho a todos que se podían quedar allí todo el tiempo que quisieran; después quiso hablar sólo con Ari y le pidió que cuidara de Fredi. Le reveló a Ari que en realidad él nunca se había suicidado de verdad y que todo ese tiempo había sido un ángel de incógnito, pero que ahora, con todo el lío del rey Mesías, había sido descubierto, por lo que al parecer tendría que volver a ser un ángel corriente. Sobre Gib le dijo a Ari que no lo envidiaba, porque si este lugar podía parecer una mierda, el sitio al que van los que se han suicidado dos veces es mil veces más asqueroso, porque allí hay muy poca gente y todos son muy raros. Le pregunté a Ari si Kneller había comentado algo de Lihi, y al principio Ari me dijo que no, pero después me contó que Kneller le había dicho que durante todo aquel jaleo Lihi se había acercado a uno de los empleados de Kneller y le había pedido que revisara su expediente, y que, por muy demencial que pudiera sonar, resultó que había sido un error; nadie sabía muy bien qué hacer con ella, pero tenía muchas posibilidades de que se la llevaran de aquí y la devolvieran a la vida. Ari me confesó que al principio no me lo había querido decir para no entristecerme, pero que en realidad se trataba de una buena noticia porque Lihi había llegado al sitio en el que quería estar.
Ari decidió quedarse con su novia en casa de Kneller y yo regresé solo a la ciudad. Por el camino hasta conseguí hacer un milagro, por casualidad, y fue sólo entonces cuando comprendí lo que Kneller había intentado explicarme cuando decía que aquello no tenía importancia. Ari me había entregado un paquete para que se lo llevara a sus padres y ellos se alegraron mucho de verme y me pidieron que se lo contara todo, sobre todo lo de la novia de Ari. Su padre me dijo que Ari parecía completamente feliz por teléfono y que toda la familia pensaba ir a visitarlo al mes siguiente. Entretanto, me invitaban a cenar a su casa los viernes por la noche y también entre semana, o cuando yo quisiera. En la pizzería Kamikaze también se alegraron de mi vuelta y enseguida me encontraron un turno.
Por las noches no sueño con ella, pero sí pienso mucho en ella. Ari dice que ése es mi carácter, colgarme de las tías con las que no tengo la más mínima posibilidad. Puede que tenga razón, porque las probabilidades son muy bajas. Pero, por otro lado, en una ocasión Lihi me dijo que un medio muerto era lo suficientemente bueno para ella, y cuando se montó en la furgoneta me hizo señas de que enseguida volvería, así que vete tú a saber. Por si acaso, cada vez que empiezo mi turno en la pizzería hago algo insignificante, como, por ejemplo, ponerme la placa del nombre al revés o atarme mal el delantal, algo que sirva para que, si a pesar de todo un buen día vuelve, no se sienta triste.