en cuartos
spanish
Las carcajadas de los niños me horadaban los oídos y renuncié a leer. Di un suspiro, cerré el libro sobre mi dedo y apoyé la cabeza con desánimo contra el respaldo de la tumbona. Las risas no cesaban, seguidas ahora por un largo grito estridente; desde el interior de la casa se oyó a alguien llamándolos, voces de mujer. Cerré los ojos y traté de concentrarme en el hormigueo de mi rostro templado al sol. Pero fue en vano y volví a abrir los ojos. Estaba sentado al fondo del jardín; a mis pies, la hierba vibraba suavemente, un gran triángulo de luz verde que descansaba contra el verde más oscuro del seto y los árboles grandes y frondosos que recortaban su silueta contra el cielo blanco, sus hojas agitadas por una brisa ligera. Por mi espalda se acercaba una caótica cabalgata llena de gritos de alegría; un niño se acercó a mi silla, tiró al suelo la mesita sobre la que descansaba mi copa, afortunadamente vacía. Volví a suspirar, puse los pies en el suelo y me incliné para enderezar la mesa, recoger el vaso y ponerlo encima. El libro también lo dejé allí, su encuadernación de tela color menta destacaba sobre la madera oscura de la mesa como un pequeño rectángulo luminoso. No muy lejos, los niños corrían por el césped dando gritos; un poco más allá, una niña rubia con un vestido amarillo mostaza los observaba pensativamente, acostada bocabajo y apoyada en los codos, con una larga brizna de hierba entre los dientes. Los rodeé a todos y entré en la casa. A diferencia de durante el día, los cuartos parecían sumidos en la oscuridad, así que, ciego por un instante, pestañeé y caminé a tientas hacia el largo pasillo. El sol penetraba al bies a través de las altas ventanas y trazaba finas láminas de luz sobre el suelo encerado. Indeciso, paseé mis dedos por el papel pintado color crema, con motivos florales entrelazados de filetes dorados, y luego me detuve ante una reproducción enmarcada en la que aparecía una dama arrogante, de tiempos pasados, tenía un rostro pálido y severo como una máscara de marfil ajena a cualquier sentimiento, los secretos de su cuerpo escondidos para siempre. Al fondo del pasillo, otra vez se escucharon las risas de los niños, se estaban acercando; todo parecía sólido, demasiado sólido para mi gusto. Entré en una habitación, cogí un libro al azar y me senté en el borde de la cama. Sobre el armazón de la cama, hecho de latón, colgaba un cuadro, esta vez era una obra original que representaba a un grupo de personajes vestidos de marrón, de rosa y de blanco, dispersos por un jardín sombreado. Había allí una joven sentada que miraba fijamente al espectador; otra sonreía y apoyaba la cabeza y las manos, que tenía cruzadas, sobre el hombro de un hombre vestido con una chaqueta; la tela de su fino vestido de verano, pintado con maestría, permitía adivinar un cuerpo flexible dispuesto en una curiosa torsión, con una pierna debajo de la otra, como si fuese a dar la vuelta de un salto para hacer volar su vestido alrededor de sus caderas. Abrí el libro y lo hojeé, distraído por los gritos que se oían tras la puerta, penetrantes chillidos de alegría mezclados con risas infantiles a las que, de vez en cuando, venían a unirse algunos retazos de voces más adultas, divertidas o enojadas, al principio cercanas tanto unas como las otras aunque luego más alejadas, perdidas en las profundidades de la enorme casa. Entró un niño, un muchacho rubio con el pelo corto, también él buscaba un libro. Ni siquiera me miró, lo observé en silencio mientras él rebuscaba en la biblioteca, apartando bruscamente los volúmenes que no le convenían hasta que, finalmente, hizo su elección y salió sin decir una palabra. ¿Era hijo mío? Con toda sinceridad, no sabría qué decir. Miré las páginas del libro, pero las palabras flotaban ante mis ojos vacías de sentido. Al final lo dejé sobre la colcha bordada y también yo salí, enfilando el pasillo hacia el gran salón. Una niña, puede que la de antes, puede que otra, vino hacia mí a toda velocidad, golpeando el suelo con sus pies descalzos; me dio un golpe en la pierna, estalló en una carcajada, y continuó su carrera sin detenerse. En el salón, el chico rubio leía sentado a una mesa, entre dos grandes ventanas por las que entraba un chorro de luz; su cabello dorado brillaba, pero su cara seria y concentrada quedaba en la sombra, no pude ver sus ojos, que estaban fijos en las páginas abiertas. Delante de él, encima de la mesa, había un gran bol de frutas; sin levantar la cabeza, alargó la mano y se apoderó de una ciruela, se la llevó a los labios y la mordió, sorbiendo su jugo. Un poco por encima de su cabeza, entre una ventana y la otra, colgaba un lienzo enmarcado en madera sencilla con una joven pensativa que llevaba una blusa rosa, sentada a una larga mesa, un melocotón en su mano. La decoración interior, muy blanca con muebles oscuros y discretos, se asemejaba a la de donde estaba yo; pero esa chica de mirada serena y a la vez juguetona tenía en él su lugar, mientras que yo vagaba como una sombra entre aquellos cuartos llenos de vida. No muy lejos, en un largo sofá de cuero color burdeos, había dos jóvenes sentadas con un gato, charlando y tomando el té: «¿Has visto el tiempo?». — «Sí, dicen que va a llover.» — «Quién lo diría, ¿verdad?» El gato se estiró ronroneando y, de pronto, se volvió a dormir, su cabeza puntiaguda sobre las patas alargadas. Yo avancé un poco, hasta el centro de la gran alfombra roja que llenaba la habitación, ellas siguieron hablando sin prestar atención a mi presencia, yo vacilé, resiguiendo con el pie los motivos negros y blancos y entrelazados de azul de la alfombra, luego me dirigí casi reculando hacia el gran aparador que había al fondo del salón para servirme también yo una taza de té. Todavía estaba caliente; tomé la pesada tetera de cerámica y soplé sobre la taza escuchando distraído el palabreo de las dos mujeres; mi mirada se paseó por las diferentes pinturas que adornaban la habitación, pasando de una a otra, volviendo luego hacia atrás, para terminar posándose otra vez sobre el niño del pelo soleado. Absorto en su lectura, no le prestaba la menor atención a cuanto lo rodeaba, ni a mí ni a las dos mujeres que charlaban y reían, una de las cuales quizá fuese su madre. A pesar de recorrer las líneas impresas del libro, la mirada del chico sólo percibía un flujo de imágenes interiores, mucho más verdaderas y apasionantes para él que todo lo que había en la casa; al mismo tiempo, vivía su vida de niño en perfecta armonía con el entorno, los grandes cuartos de la enorme casa, aireados y luminosos, eran como una extensión de su pequeño cuerpo, tan variados y misteriosos como sus estados de ánimo. En cuanto a mí, yo miraba a esas personas que me rodeaban, las miraba atentamente, pero quedaban fuera de mi alcance, como una imagen atisbada a través de una pared de cristal; por más que acercase la cara, no lograba penetrarla, romper esa superficie invisible o, al revés, sumergirme en ella como en una extensión de agua fría, y detrás de ella, las cosas, iguales a ellas mismas, aparecían ordenadas en una especie de tranquilidad muda, un armonioso arreglo de colores, de luz y de movimientos, que organizaba en una sola imagen, pacífica pero inaccesible, tanto al niño rubio como al gato dormido, a las mujeres charlatanas y a la muchacha del melocotón.
En la comida, todo siguió igual. Los niños gritaban, se quejaban, reían, volcaban sus vasos sobre la mesa, se limpiaban la boca con la manga o se frotaban los dedos grasientos en el pantalón, las mujeres los regañaban, los limpiaban, luego volvían a servirles, todo ello en medio de un estruendo continuo de cubiertos, vajilla, y ruidos de masticación. Si quería vino, tenía que esperarme a que alguien sirviese a otra persona para intentar cazar unas gotas al pasar, mi vaso tendido a través de la mesa; para comer, pinchaba al azar con la punta del tenedor en los platos que tenía cerca, una alubia por aquí, un trozo de carne por allá, nadie parecía darse cuenta. De vez en cuando, aprovechando una breve pausa en la conversación, yo aventuraba tímidamente una frase, pero pasaba desapercibida mientras el flujo de palabras y de gritos continuaba sin cesar. Los niños se levantaban con un terrible ruido de sillas, salían a jugar, luego volvían a mordisquear algo allí de pie hasta que alguien los obligaba a sentarse de nuevo, bebían dejando que el zumo se les escurriese por el mentón y la camisa, rebuscaban en el plato con las manos hasta dar con cosas que no les gustaban y echarlo en el plato de su vecino, luego se levantaban de nuevo de un salto para volver a sus juegos, inmunes a cualquier requerimiento. Cuando el postre, todo el mundo se dirigió al salón con su porción de pastel; yo, abrumado, me comí rápidamente los restos que se iban dejando en los platos de mi alrededor. En el salón, iban llegando visitantes, les servían bebidas alcohólicas y cigarros pequeños mientras entablaban una conversación entrecortada de bromas y fórmulas de cortesía; yo busqué una silla para, por lo menos, sentarme y escuchar, pero fue en vano, no había ninguna libre, más valía retirarse. Así me vi en un gran cuarto de baño blanco y azul; tres niñas chapoteaban entre risas en una gran bañera llena de espuma, intenté pasar pero ellas se pusieron a agitar los brazos y a dar chillidos, a tirarme unos grandes chorros de agua a través de la habitación, y eso me obligó a retroceder para que no me empapasen. El niño rubio, por su parte, tocaba el piano en otra habitación, una cancioncilla bastante simple cuyas notas iba desgranando al tiempo que marcaba los tiempos en voz baja. Yo quise alargar la mano para tocar algunas notas; sin darse cuenta, él cerró la tapa sobre mis dedos y se largó en un rápido tronar de pasos. Volví a abrir el piano e intenté esbozar el principio de una pieza, pero mis dedos entumecidos ya no recordaban el gesto. Sobre el piano, el retrato de un anciano de aspecto noble y un tanto amargo me contemplaba con un aire de reproche, sus labios prietos como para decirme que yo, allí, no tenía sitio. Preso de la fatiga, decidí acostarme; pero no sabía dónde dormir: visité varias habitaciones, todas igualmente limpias y hermosas, finalmente elegí una al azar. Me desvestí al pie de la cama, doblé la ropa con cuidado y la coloqué en una silla; al deslizarme bajo las sábanas, advertí el reflejo de mi cuerpo en el gran espejo redondo que colgaba enfrente de la cama, un cuerpo blanco, aparentemente bien hecho, pero que me resultaba completamente extraño. Apagué la luz y me tumbé de lado, una mano bajo la mejilla, la otra recogida contra el pecho. Pero no logré conciliar el sueño. A través de la puerta de madera seguían llegando los gritos de los niños, ruidos de pasos, trozos de voz. Parecían llegar desde todos los lados de la casa, pasaban de un sitio a otro, se alejaban, luego volvían todos juntos a precipitarse sobre mí. La alegría se había transformado en ira, oí llantos, frases bruscas y entrecortadas aunque no supe de qué se trataba. Luego todo se calmó, luego volvió a reavivarse, hasta que al final las voces se volvieron más ligeras, más alborozadas. Una mujer reía a carcajadas, un hombre se unió a ella, también los niños reían tranquilamente en un rincón. Un poco más tarde, seguía sin dormirme, la puerta se abrió y de la lámpara salió una luz fuerte. Apreté los párpados y hundí la cabeza en la almohada. A mi lado, alguien se desvestía, oí una tela arrugarse, luego el sonido de un cepillo sobre unos cabellos largos. Al final la persona se metió en la cama a mi lado, me dio la espalda y apagó la luz. Por el olor, comprendí que era una mujer; su cuerpo, cálido y suave, se entregó enseguida al sueño, su respiración se fue igualando, luego se vio tomada por un ronquido muy ligero. Irritado, me volví de espaldas y abrí los ojos. Poco a poco, estos se fueron acostumbrando a la oscuridad; girándolos a un lado, logré discernir a duras penas la curva de las sábanas, echadas sobre del hombro de la mujer, y la masa oscura de su cabellera. Volví a mirar el techo, escrutando en la penumbra las largas vigas de roble y la araña, cuyas facetas de vidrio tallado y brazos de cobre amarillo desprendían unos vagos reflejos de luz. La mujer dormía a mi lado sin moverse, las sábanas subían y bajaban al ritmo regular de su respiración. Y yo seguía sin conciliar el sueño, mis pensamientos, preocupados, se negaban a concedérmelo. Al final, cuando vi tras la ventana que el cielo se aclaraba, me levanté silenciosamente y me vestí en la penumbra. La mujer se había vuelto y puesto boca arriba, yo adivinaba su brazo bajo la sábana, tendido sobre el vientre, la mano metida entre las piernas. Salí y cerré la puerta lentamente. Enseguida me perdí en el desorden de los cuartos: en uno ellos, dormían cuatro niños en literas, sus cabecitas apenas emergían de entre las sábanas y los numerosos peluches; en otro roncaba una anciana, acurrucada en una estrecha cama de hierro colocada contra la pared; más lejos aún, había una pareja, la cabeza de la mujer escondida en el hueco del hombro del hombre, la sábana bordada echada a un lado, dejando a la vista un seno blanco con la gran aréola rosada, un seno lechoso en comparación con el busto más oscuro sobre el cual reposaba. En los pasillos, ya aclarados por el día, los cuadros polvorientos destacaban en la oscuridad, dibujando unos pequeños rectángulos de color sobre las paredes cubiertas de un tejido crudo, verde espárrago y blanco roto, realzados con marrón o con oro. Al final di con la salida de aquella casa adormecida, me deslicé por la puerta y la cerré con cuidado para no molestar a nadie.
El portal se cerró tras de mí con un ligero clic y emergí a la palidez del alba. Después de pasar los camiones de la basura, la calle todavía estaba húmeda; a lo largo de la acera, las hojas aún vacilantes de los plátanos enmascaraban el cielo blanquecino, estriado de amarillo y reflejos anaranjados. Caminaba a buen paso, examinando con placer el cemento de la acera, aplicado a grandes pinceladas, como dando golpes con la brocha, luego ensanchando mi mirada para incluir los grises de la calzada, las fachadas de las casas, y los troncos jaspeados de vainilla de los plátanos, el verde anisado de las hojas en el resplandor de la madrugada, el rojo coral, el azul marino, el amarillo canario o el blanco de las carrocerías de los coches aparcados. Cuando llegué al edificio, inserté mi llave plana en la cerradura, colocada a una cierta altura de la pesada puerta de madera, y la empujé con todas mis fuerzas para desplazarla y acceder al estrecho pasillo de la entrada. Empecé entonces a sentirme más vigoroso: recuperé solidez, mi cuerpo se reencontró con sus formas y sus límites, volvía a ocupar el espacio. Ante mí se alzaba la puerta de un vecino permanentemente ausente, pintada de verde oliva; a mi derecha, la escalera de madera de color lavanda, cubierta con una vieja alfombra de terciopelo rojo fijada a los escalones por unos pequeños raíles de latón, conducía al entresuelo, donde estaban mis puertas. Allí vacilé ante la de la izquierda, pintada de negro, y la de la derecha, de un rojo carmesí; pero mi cuerpo revigorizado me recordó sus propias exigencias, así que di media vuelta y volví a salir a la calle, en busca de un bar abierto. Un poco más arriba había una placita bordeada de plátanos; un camarero con chaleco negro a rayas doradas disponía sobre la acera las mesas redondas de mármol verdoso y las pequeñas sillas de mimbre color paja, trenzadas de rojo y negro, dos de las cuales ya estaban ocupadas por unos hombres con abrigos oscuros. Uno de ellos leía el periódico, su titular, del que yo sólo llegaba a leer la mitad, hablaba de un país conocido por su hostilidad hacia nosotros; el otro levantó brevemente la cabeza: bajo el reborde de su sombrero blando, unas gafas de pasta con el cristal tintado ocultaban su mirada. Entré en el café, mientras el camarero les servía dos tacitas blancas, y pedí yo también un café y unas tostadas con mantequilla, las degusté lentamente en el mostrador, me tomé un segundo café y me fumé un cigarrillo, disfrutando felizmente del sentido recobrado de mi cuerpo.
Afuera, a la vuelta de la esquina, vi una sombra detrás de uno de los plátanos. Fui por ella y la agarré por la muñeca: «¿Qué quieres? ¿Qué haces aquí? ¿Me estás espiando?». Ella me miró con desprecio y aire travieso, e intentó soltarse el brazo, pero yo la sostuve firmemente. «Ven conmigo.» Sin soltarla, la llevé de vuelta al apartamento, ella me siguió sin rechistar hacia la puerta azur, que destacaba de lejos en medio de la sucia fachada de ladrillo del edificio. Al abrirla, noté que la pintura se estaba descascarillando: Habría que darle una mano de pintura, me dije al empujar la puerta, tal vez con un color que combine mejor con el de la escalera. Tiré de la chica, que seguía sin protestar, encaré las escaleras hacia el rellano estrecho, donde, delante de las dos puertas, otra vez dudé. Al final, me decidí por la de la izquierda, la negra. La habitación estaba a oscuras, encendí la luz: todo, los muebles, el suelo, el altillo elevado de la cama, estaba cubierto por unas grandes lonas de plástico, sucias pero translúcidas. Una de las lonas cubría un taburete formando un bulto sobre el cual había colocado un juego de construcción, un conjunto de piezas rojas, amarillas, azules, negras y blancas, el único toque de color en esa habitación gris y abandonada, como a la espera de unas reparaciones postergadas de forma indefinida. Hice una mueca y contemplé la ventana, detrás de la cual brillaba débilmente la pared blanca del pozo de aireación interior. «Bueno, la otra habitación, entonces», admití finalmente con pesar, sin mirar a la chica que seguía callada. Esta estaba más despejada, lo reconocí sin dudarlo; la ventana, aquí, daba a una pared de ladrillos, tan cercana que casi podía tocarla, pero la habitación, larga y estrecha, no parecía oscura, la encontré a mi gusto. Las paredes eran claras, antes debían de haber sido blancas, pero el tiempo las había salpicado y ensuciado, incluso se veían trazas indistintas de color, y estaban cubiertas de imágenes, fotografías, recortes de periódicos, viejas impresiones en sepia, páginas arrancadas de libros, clavadas o pegadas allí con celo amarillento. Quién pudo haber reunido semejante cantidad de imágenes, no tenía ni idea, tal vez otro inquilino, puede que yo en otra época, difícil decirlo. Cerca de la puerta se alzaba una tabla de madera clara, asentada sobre unos caballetes metálicos, con unos cuantos libros encima, la mayoría con las tapas arrancadas, y algunos fajos de papel; al otro lado, una mesa de centro redonda con una silla ocupaba el espacio de delante de la cama, tan ancha que sólo dejaba un paso muy estrecho para acceder a la puerta del baño, pintado del mismo rojo que la puerta de entrada. Le dije a la chica: «Toma, acuéstate ahí». Ella, con una risa de niña, me rodeó y atravesó el suelo caoba como si no tuviese pies; cuando estaba delante de la cama, se giró en un movimiento fluido y se dejó caer hacia atrás, los brazos en cruz, esparciendo su cabellera de un rubio veneciano sobre la extensión lila de las sábanas, todo ello sin quitarse el chubasquero verde manzana, que descubría unas piernas morenas y esbeltas. Yo me senté a la mesa redonda, me serví una copa de una botella que andaba por allí y me encendí un cigarrillo. La chica estalló en una carcajada cristalina y se levantó de un salto. «¡Eres gracioso!», se reía. Dejó caer su chubasquero sobre la cama; debajo llevaba un vestido de verano muy corto color berenjena, puede que de muselina, que apenas le llegaba a la parte superior de los muslos. Se pasó los dedos por la tupida cabellera, cortada medio larga, y dio un paso saltarín hacia delante. Yo alargué la mano para acariciarle el muslo al pasar, pero ella la esquivó con un gesto suave, y mis dedos apenas rozaron el tejido fino y rizado del vestido mientras ella se deslizaba detrás del escritorio y se ponía a jugar con los papeles, hojeando distraídamente los fajos. «Deja eso», gruñí, divertido. — «¿Por qué no me ofreces algo para beber?», preguntó sonriendo, sin quitarle el ojo de encima a los papeles. Yo le serví un vaso y se lo llevé; ella tomó un sorbo y, de repente, alzó hacia mí sus grandes ojos oscuros, profundos, sonrientes. «¿Me preparas un baño?» — «Abre el agua tú misma», repliqué yo de mala gana, volviendo a la mesa redonda. Ella rompió a reír, se levantó y volvió a cruzar la habitación, desabrochándose a la espalda los clips del vestido, el cual, tras un gesto brusco, fue a parar junto al chubasquero verde, encima de las sábanas. Aparte del vestido, sólo llevaba unas pequeñas braguitas de tul salmón, casi transparentes, yo contemplé la larga curvatura de su espalda, el brillo de su piel dorada, su cuello delgado bajo el pelo corto. «¡Eres un grosero!», me dijo, y luego se dio la vuelta con las manos en las caderas. «¿Te parezco hermosa?», continuó, redoblando su risa. Sus pezones marrones se alzaban sobre los senos pequeños, podía adivinar su espeso vello púbico bajo el fino tejido de las braguitas, ella se ahuecaba el pelo con las dos manos y sonreía con la boca muy abierta, joven, espléndida y orgullosa. Yo no respondí nada, feliz simplemente de verla. «¡Grosero!», repitió ella sin dejar de reírse. Abrió la puerta del baño y se entretuvo con algo al lado de la bañera esmaltada; de los grandes grifos blancos comenzó a salir agua. Yo la observaba a través de la puerta entreabierta: vi cómo se enderezaba y se quitaba las braguitas, alzando el pie hacia atrás, luego el otro; luego desapareció de mi vista y oí un chorro, esta vez más fino y agudo que el de la bañera. Mientras el agua seguía fluyendo, eché una ojeada a las fotografías que cubrían las paredes. Había imágenes extrañas, una mujer embarazada caminando con orgullo ante unos soldados puestos en fila, una aglomeración de hombres amontonados con el puño alzado y con una manta a rayas al hombro, dos hombres con trajes negros de pie frente a una cerca, con un paraguas multicolor en la mano y la parte inferior de la cara cubierta con una máscara quirúrgica. Una de ellas me llamó especialmente la atención: un soldado asiático, en medio de una multitud con trajes orientales de época, completaba espada en mano un súbito movimiento, al tiempo que la cabeza de un condenado, de rodillas ante él, salía despedida de sus hombros entre una densa surgencia de sangre. Era la captura perfecta de un doble instante, practicada a la manera de un deporte: el instante en que la hoja corta el cuello en un gesto perfeccionado, sincronizado con el instante en que el dedo del fotógrafo presiona el disparador; el momento de la ejecución armonizado con en el de la fabricación de la imagen, la imagen soñada, inaudita, producida, en su repetición banal (porque de ese tipo de imágenes había cientos, yo eso lo tenía claro) del instante de la muerte de un hombre. Aún sobre los hombros, la cabeza vacilaba, su boca deformada en un grito mudo, sus ojos cerrados ante la inasible evidencia; como también vacilaba la vida del condenado, suspendida una vez más y para siempre del breve clic del obturador. La chica, desnuda, había salido del baño y andaba por delante de la cama cepillándose los dientes vigorosamente, como una niña, con una ligera espuma blanca en los labios. Me lanzó una mirada, sonrió a través de la espuma, luego volvió al baño. Yo acabé de fumarme el cigarrillo, contemplando una vez más la imagen del chino decapitado, luego fui con ella. Acababa de acostarse en la bañera; el agua, todavía agitada, difuminaba las líneas de su cuerpo, sólo sobresalían de la superficie azulada el rostro estrecho y las puntas de los senos. «Sí, eres hermosa», reconocí tristemente al sentarme en el borde y tantear la temperatura del agua.
En el fondo, la chica no me desagradaba. Era alegre, ligera, a todo decía que sí. Pero había algo en ella que se me seguía escapando. En mis brazos, desnuda, temblaba como un pajarito sacudiendo sus alas, mis gestos obtenían de su cuerpo largos suspiros que se convertían en jadeos sofocados, pero por mucho que la tocase, que la acariciase, que separase sus miembros flexibles para enterrarme en ella, nunca lograba poseerla del todo, y la sensación de ella se me escapaba continuamente entre los dedos. Yo también gozaba, en largas corrientes blanquecinas sobre su piel dorada, luego me acostaba a su lado, la recogía en mis brazos, dormía un poco; al despertar, todo empezaba de nuevo, sin fin, sin desenlace, sin satisfacción. Cuando hablábamos, ella me respondía, riendo, palabras ligeras como ella, no necesariamente vacías, pero sin consistencia, como una agradable puntuación sobre mis observaciones. Comíamos todo cuanto se nos ponía por delante, en bares o cafeterías elegidos al azar, yo engullía los platos con apetito pero sin discernimiento, para recobrar fuerzas antes de llevarla otra vez a la habitación. A ella todo le daba igual, picoteaba en sus placeres sin preocupaciones, llevada por la ligereza del momento, ávida y al mismo tiempo indiferente. Pero ella no podía rendirme cuentas de nada, y yo nunca llegaba a estar seguro de ella, ni en lo tocante a su cuerpo ni a sus palabras. Sin embargo, en este cuarto con paredes cubiertas de fotografías yo me sentía totalmente yo mismo, una criatura igual a los demás, arreglándoselas con su propia vida según la regla general, como todo lo que es. De este acuerdo tácito sólo escapaba la chica, su presencia seguía siendo una disonancia perpetua, siempre oblicua. Su misma vivacidad la convertía en una aparición, una mariposita que revolotea entre cuatro paredes hasta morir al alba. No es que me hubiese cansado, no se trataba de eso, pero no sabía qué hacer con ella, ni dónde ni cómo colocarla para asegurar un equilibrio aunque fuese transitorio, tropezaba con las aristas de su pequeño cuerpo móvil como con una superficie mal ajustada, incapaz de situarla en el mismo espacio que yo, aunque fuese por un momento.
Me encontré con mis amigos en el compartimento del tren con una cierta satisfacción. Una de entre ellos me había llamado riendo: «No lo habrás olvidado, ¿verdad? El tren sale mañana por la mañana a las 8.43. Tu billete lo tengo yo.» — «¿Qué tiempo hace allí?» — «No lo sé. Siguen anunciando lluvia, pero de momento hace buen tiempo.» Al cerrar la puerta roja de la habitación, me di cuenta de que no había cogido ninguna bolsa; en cuanto a la chica, no sabía muy bien dónde estaba, tal vez se hubiese quedado en la cama sin darme yo cuenta, o a lo mejor había salido antes que yo, no lo sé. Delante de la puerta de mi edificio había dos hombres con trajes oscuros: uno, su pie apoyado sobre un escalón, anotaba algo en un cuaderno, el otro me retuvo un momento para pedirme fuego. De camino, pasé junto a unos edificios grandes y modernos, unos ensamblajes de cubos de tonos azules, marrones y óxido, en los que los cristales armonizaban con unas placas de metal para formar largas franjas verticales, recortadas en partes distintas de anchura desigual. El tráfico se activaba, me crucé con un montón de gente, hombres y mujeres que corrían al trabajo, perdidos en sus pensamientos; sólo de vez en cuando, de hecho muy raramente, una joven levantaba los ojos y me sonreía, yo entonces se la devolvía. En el vestíbulo de la estación, reinaba una alegre efervescencia; mis amigos se intercambiaban libros en el compartimento que habíamos reservado; yo fui a la cafetería del tren a pedir un sándwich y me instalé en un taburete. El tren se estremeció en un chirrido, detrás de la ventana empezaron a desfilar los edificios de la ciudad, luego los suburbios cada vez más confusos y sucios, hasta que finalmente dejaron paso a los primeros árboles y a los campos salpicados de cementerios pequeños y hermosos. El cielo era claro, luminoso, estriado por largas estelas blancas; a lo lejos, se ensamblaban algunas nubes que, con sus grandes sombras, cubrían los campos de trigo y de pálida cebada. El destino no lo había elegido yo, sino la amiga que me telefoneó la víspera; había estado elogiando, largamente y ante todos nosotros, uno tras otro, los encantos de la pequeña ciudad de provincias, así como el placer de la multitud que, en esta época del año, llenaba sus calles por la noche: todo, según ella, lo convertía en el destino ideal para nuestra excursión. El hotel también lo había elegido ella: mi habitación era blanca, con una alfombra marfil y una colcha blanca, una silla de cuero negro y, como única decoración, la imagen de un cuadrado rojo enmarcada sobre la cama. La ducha, chapada de blanco y gris, era espaciosa, me puse bajo el agua bien a gusto, lamentando vagamente que la chica no estuviese allí, porque esa ducha le habría gustado, estaba seguro; mas el pensamiento se fue tan rápido como había venido, y me abandoné al chorro ardiente que martilleaba mi nuca.
Mis amigos querían visitar una iglesia y luego pasearse; yo, por mi parte, elegí el museo y quedé en volver a vernos al caer la tarde. Sobre el laberinto de callejones estrechos que conducían a la plaza del museo, el cielo se iba volviendo gris, pensé que debería haber hecho caso de las previsiones y traerme un paraguas, o al menos un impermeable. El museo, todavía no muy conocido, había abierto sus puertas no hacía mucho: un rico excéntrico de la región, cuya única hija, según se decía, se había ahorcado, legó su colección a la ciudad, así como una fortuna suficiente para garantizar su conservación y exposición. Las salas no eran grandes, pero sí altas y claras, blancas como mi habitación del hotel, lo cual daba una sensación de espacio propicio para el recogimiento. Había pocos visitantes, los escasos sonidos se oían amortiguados, ni siquiera los pasos resonaban en el suelo encerado. Atravesé aquellas estancias alineadas como capillas, paseando mi mirada por las imágenes que había allí colgadas, la mayoría de ellas, en realidad, no me decían nada. Eran cuadros hermosos, pintados con talento y con vigor, las figuras, formuladas según todas las reglas del arte, parecían dotadas de vida y de movimiento, pero no me decían nada, así que seguí mi camino. Al final, me detuve delante de un gran lienzo casi cuadrado, un poco más grande que yo, un fondo rojo sobre el que había pintado un gran rectángulo negro, luego, debajo, otro rectángulo más estrecho, rojo también pero en un tono más oscuro que el del fondo, y más irregular. Ciertamente, era poca cosa, pero lo que me llamó la atención fue que, si se movía para contemplarlos, aquellos rectángulos empezaban a moverse, a avanzar o a retirarse, desmesuradamente. En cuanto yo retrocedía un poco, el rectángulo negro se movía lentamente hacia mí, como si me invitase a unirme a él; pero tan pronto como daba un paso al frente, él retrocedía a toda velocidad y se iba lejos, detrás del fondo, revelándose como un abismo vacante en el que a punto estaba yo de precipitarme. Aterrorizado, amagué con un paso atrás, y de inmediato él se precipitó hacia delante, recuperando al instante su lugar suspendido ante el fondo, abriéndose a mí con una ligera sonrisa muda. El rectángulo inferior, por su parte, se apartaba de una forma más traviesa: por ejemplo, si dabas uno o dos pasos al bies, cambiaba de color, viraba a naranja, un color sordo, un tanto quemado; si no, bailaba de un lado al otro, siempre un poco más retrasado que el gran rectángulo negro. Aquella pintura asombrosa actuaba como si fuese ella la que me miraba, era un rostro sonriendo con seriedad y clemencia, una cara que me miraba mirarla, que me impedía alejarme o incluso mirar hacia otra parte. Tuvo que llegar un guardia y tocarme el hombro: «Señor, es la hora, vamos a cerrar». Liberado por su intervención, me uní a los últimos visitantes que se dirigían a la salida. Afuera, unas cuantas gotas habían punteado, una tras otra, la piedra gris de la acera, una de ellas me dio en la frente, otra en la mano. Justo delante, una tienda cerraba sus puertas; la vendedora me permitió con amabilidad que le comprase un sombrero de fieltro antes de bajar la persiana. En la plaza donde iba a reunirme con mis amigos, la multitud era densa, compacta y ruidosa, ni siquiera las primeras señales de lluvia desalentaban su alegría y su animación. A mis amigos los encontré en la terraza cubierta de un café, pedí una copa mientras se burlaban de mi sombrero, que sin embargo tan útil me resultaba. Bebimos y fumamos; me describieron la iglesia con pelos y señales, yo, por mi parte, me callé, feliz de escuchar la excitada algarabía de sus voces. Al salir del bar, la lluvia arreciaba, entre la multitud, se iban abriendo un paraguas tras otro hasta que empezaron a entrechocar, a tal punto que a veces tuve que meter la cabeza en los hombros para evitar que me diesen un golpe en el ojo. Poco a poco, en el seno de esa multitud fui perdiendo de vista a mis amigos; al final desaparecieron por completo, y me quedé solo. No me preocupé: La ciudad no es tan grande, me dije, no tardaré en dar con ellos. Caminaba a lo largo de un parapeto de piedra un tanto curvo; yo sabía que detrás corría el río que rodeaba la ciudad, pero de este lado estaba demasiado oscuro como para ver nada. Dos hombres con impermeable se acercaban hacia mí caminando al mismo paso, bajo los grandes paraguas negros, sus rostros resultaban invisibles. Su apariencia me resultó vagamente amenazante; pero cuando llegaron a mi altura, se alejaron sin decir una palabra, pasando por un lado y el otro, y reuniéndose de nuevo a mi espalda. Más adelante, la calle subía, se ensanchaba y conducía a un gran puente de piedra que conectaba esta orilla con la parte nueva de la ciudad; a la entrada del puente, decidí retroceder y escogí un estrecho callejón que se dirigía hacia la zona alta. Pero tampoco allí encontré a mis amigos. Bajo los árboles, susurrando furtivamente y formando pequeños grupos, vi numerosas figuras turbias vestidas con largos abrigos; coches con los cristales tintados iban y venían en un incesante ballet, a veces uno de ellos se detenía a la altura de uno de los grupos, se abría una portezuela, entonces intercambiaban unas palabras, o bien se subía un hombre, cerraba la portezuela, y el coche se iba. Sobre las calles y las plazoletas, brillaban adornos luminosos que colgaban de cables, bajo la lluvia ahora incesante, su resplandor formaba como grandes nimbes ovoides. Aquí ocurren cosas extrañas, me dije, mientras evitaba los grupos de hombres de aspecto inquietante; en cuanto a mis amigos, por más que recorriese las calles, seguía sin hallar el menor rastro, tal como se iba haciendo más tarde, me iba encontrando con menos gente, pero yo, sin embargo, seguía obstinado, recorriendo cada rincón con una creciente sensación de malestar. Fue así como llegué a un pequeño parque acogido por unas casas antiguas, entre las entradas crecían unos árboles altos y antiguos, encaramados sobre unos montículos rodeados por raíles de metal; en un hueco, un tanto retirada hacia atrás, se apreciaba la apertura de una especie de glorieta, accesible a través de unos pocos escalones y débilmente iluminada; metí la cabeza con la vana esperanza de encontrar allí a mis amigos, conversando al abrigo de la lluvia, pero en los bancos de piedra sólo había tres militares, iban vestidos con uniformes de oficial y llevaban las hombreras mojadas; fumaban cigarrillos y hablaban en voz alta sin prestarme atención. «Francamente, exageran», decía uno de ellos con el bigote gris, amarillo de nicotina, estremeciéndose sobre su desagradable boca. — «Sí, es cierto. Nos están provocando», declaró el segundo, levantándose el quepis para rascarse la frente. — «Esta no la podemos dejar pasar», concluyó gravemente el tercero. — «Hay que reaccionar.» Los dejé allí debatiendo y, profundamente desalentado, me dirigí a la calle. Yo sabía que mi hotel no estaba muy lejos; quizá fuese mejor esperar allí, en lugar de deambular bajo la lluvia. Y luego estaban todos esos tipos siniestros, que no me decían nada bueno. Precisamente, delante del hotel había dos de ellos con las manos en los bolsillos; a pesar de la noche y de la lluvia, que seguía cayendo en pequeñas gotas, llevaban gafas oscuras, como si jugasen a los policías, o acaso a los espías. Pasé por la entrada sin detenerme, ellos me siguieron con la mirada pero no se movieron. El callejón bajaba hasta la calle principal; aquí la multitud era de nuevo más espesa, pero igual me pareció ver a uno de los tipos siniestros, plantado bajo un árbol o sentado tras la ventana de un bar. Al fondo de la calle se alzaba la estación; en una hora salía un tren, compré un billete y tomé asiento con alivio, limpiando con el revés de la manga el fieltro mojado de mi nuevo sombrero.
La lluvia estriaba las ventanas del tren; más allá, todo era negro, opaco, inaccesible. Cuando llegué seguía lloviendo, esta vez un aguacero cerrado y persistente, llegué al apartamento empapado y un tanto pesaroso. La chica, vestida con apenas unas bragas de algodón verde con finas rayas rojas, hojeaba una revista, tumbada bocabajo sobre el rectángulo lila de la cama. «Pero ¿tú qué pintas aquí?», pregunté, sorprendido, al tiempo que me quitaba la ropa mojada. Mientras luchaba con los pantalones, ella me sonrió: «Pues esperarte». — «Por lo menos, podrías haber puesto la calefacción -renegué-. Esto está helado.» A pesar de ir prácticamente desnuda, ella no parecía notarlo, pero yo temblaba, me apresuré a ponerme unos pantalones secos, luego una camisa y un jersey. No noté mucha diferencia, me senté a la mesa redonda y me serví una copa. La chica se había incorporado y, sentada con las piernas cruzadas, me contemplaba con gesto divertido: su sonrisa, su fina cintura, sus pequeños senos enhiestos, la arista de sus rodillas, todo en ella me dirigía como un reproche, amistoso e indistinto. Me levanté con el vaso en la mano y me senté al escritorio. La chica se inclinó hacia atrás y apoyó la cabeza en las almohadas, sus rodillas, tocándose, formaban un triángulo inestable con los pies, que aplastaban las sábanas violáceas. «Si tienes frío, ven aquí.» — «No, ahora no», respondí distraídamente, manoseando un bolígrafo y moviendo papeles, paseando mi mirada por las innumerables imágenes que adornaban las paredes sin realmente llegar a verlas. «Entonces tómate un baño caliente», sugirió. Yo me froté el hombro: «No, ahora no». Entre mis dedos apareció un pequeño huevo de cristal, opaco y bastante áspero; lo sopesé, lo deslicé en la palma de la mano, luego lo levanté a la luz: se iluminó con un resplandor cálido, rojo, oscuro y moviente, como si estuviese lleno de sangre o incubase una misteriosa criatura vinculada de algún modo con el fuego. Me acabé la copa y busqué la botella con la mirada, pero la chica, no sé cómo, se la había llevado y la hacía rodar entre sus piernas mientras sonreía: «¿La quieres? Ven a buscarla». — «Venga ya, me aburres.» Mis hombros temblaban: debía de haber cogido frío. Tras la ventana, seguía cayendo una lluvia espesa, oscureciendo el espacio, casi ocultando la pared de ladrillo a pesar de lo cerca que estaba. Me levanté y me dirigí al baño; la chica había vuelto a su revista y pasaba las páginas sin que sus pies dejasen de jugar con la botella. Me puse delante del espejo y examiné mi rostro: me parecía extrañamente borroso, medio borrado, no lograba determinar su disposición; mistificado, lo froté, pero era como si la piel se deshilachase entre mis dedos, dejándome aún más inconsistente. Preferí no ver eso y volví a la habitación; la chica seguía leyendo, bastante animada y absolutamente real, con sus huesos finos y sus articulaciones delicadas, su piel tibia y dorada, sus greñas con reflejos rojizos, sus ojos oscuros siempre un poco distraídos. Temía tocarla, me parecía que mis dedos atravesarían su piel, o se desmoronarían contra ella como arena húmeda. Regresé al despacho y al pasar cogí la botella, me serví otra copa, y empecé a leer los folletos que había allí amontonados. La escritura no se diferenciaba en nada de la mía, debía de haber sido yo mismo quien escribió aquellas líneas, aquellas páginas de texto, pero no me sonaban de nada, apenas lograba descifrar su sentido. Era una especie de narración: el narrador, sombra extraviada, deambulaba por una gran casa en cuyos cuartos resonaban las risas de unos niños pequeños. La decoración me pareció vagamente rusa, como si me hallase en un relato de Chéjov, si es que eso hubiese tenido la menor consistencia psicológica; en todo caso, no tenía nada que ver conmigo. ¿Se trataría de una traducción que yo había hecho y que luego olvidé? ¿O acaso de la copia de un texto que había caído en mis manos? No tenía la menor idea, y tampoco importaba. En la cama, la chica parecía dormir, sus senos escondidos bajo la revista bocabajo, la cabeza de lado, la cara medio oculta por el pelo. Cada vez ocupa más espacio, me dije, pronto estará aquí como en su propia casa. Yo seguía teniendo mucho frío, todo el cuerpo me temblaba, pero no quería acostarme junto a ella, tenía miedo de herirme con sus huesos puntiagudos, con su cuerpo tan duro y afilado; así que amontoné los papeles, salí al pasillo, y abrí la segunda puerta, la de la izquierda, atravesé la habitación caminando sobre la lona de plástico, subí por la escalera del altillo y, hecho una bola, con los ojos cerrados y las extremidades sacudidas por largos escalofríos, me deslicé bajo la lona que lo cubría. ¿Cuánto tiempo duró? No sabría decirlo, una eternidad de arena y lava, mi cuerpo se había deshecho de toda solidez y de toda presencia, flotaba muy arriba en la fiebre como en una barca fúnebre, recorriendo a lo largo de los años todas las aguas del mundo, incapaz de encontrar su camino, ni hacia la vida ni hacia la muerte. Cuando al final de ese viaje plurisecular volví a abrir los ojos, la lona había desaparecido, me hallaba acostado bajo un gran edredón metido en una funda beige totalmente impregnada de mi sudor. Me di la vuelta y examiné la habitación, la lona había sido retirada, el suelo estaba cubierto por una espesa alfombra azul azur con motivos en azul oscuro, todo parecía limpio y aseado, el juguete de colores seguía estando encima del taburete. Contra la pared se alzaba un gran espejo rectangular con un fino marco naranja: busqué en él mi reflejo, pero no alcanzaba a ver más que el juguete, que me parecía más grande y elaborado de lo que recordaba, como si durante la larga noche hubiese crecido. Oí abrirse una puerta en el altillo, no me había fijado nunca en que había una, y la chica apareció en la alfombra azul. Esta vez, llevaba unos ligeros pantalones marrones y una camiseta roja sin mangas, adornada en el pecho con un gran círculo negro. «Mejor, ¿no?», dijo, alzando la cabeza hacia mí y sonriendo con todos sus dientes. «Deberías derribar el tabique, o al menos hacer que te abriesen una doble puerta, ganarías mucho espacio.» No me llegaron las fuerzas para decirle que se guardase sus consejos, cerré los ojos, me acosté de espaldas y estiré los miembros doloridos. Hasta entonces, no me había dado cuenta, pero mi ropa había desaparecido junto con las lonas, estaba tumbado desnudo bajo el edredón y sentí una súbita vergüenza, transformado en pájaro desplumado, irritado y miedoso. «¿Dónde está mi ropa?», pregunté en un susurro, pero, me oyese o no, no respondió, había vuelto a desaparecer. Oí un ruido confuso de agua, sin duda la estaba dejando chorrear en el baño, al otro lado; de repente, el sonido se volvió más preciso y, antes siquiera de que ella reapareciese, entendí que la misteriosa puerta debía de comunicar con el baño, y permitir el paso de un cuarto al otro. Esta vez tenía una manzana verde en la mano, se la llevó a la nariz y le dio un mordisco. Me ofreció otra que llevaba escondida a la espalda: «Toma, coge una». Como yo no reaccionaba, insistió, moviendo la manzana prácticamente bajo mi nariz: «Venga, te vendrá bien». Yo no me moví y ella mordió de nuevo la suya, masticando lentamente y con aplicación mientras se metía la otra en el bolsillo de los pantalones. «El baño estará listo. ¿Vienes?» Yo no podía dejar de mirar el bulto redondo en su cadera; al final levanté la mirada hacia el espejo, que desde su marco naranja reflejaba la línea larga y flexible de su cuerpo. «¿Dónde está mi ropa?» — «¡Oh, mira que eres pesado!», se rió. «Está aquí, en una silla. He añadido unos calzoncillos limpios, tú no los habías puesto.» Volvió a pasar bajo el altillo y cerró la puerta. Yo escuché lo que hacía detrás del tabique, había cerrado la llave del agua y debía de estar desnudándose, luego oí cómo su cuerpo se deslizaba en la bañera. Seguía mordisqueando su manzana, chapoteaba en el agua. Yo entonces me retorcí bajo el edredón y apenas pude llegar a la escalera, que tal como iba bajando mal que bien, agarrándome con todas mis fuerzas para no caer, cedía bajo mi peso. Mi ropa estaba exactamente donde ella me había dicho, pero el sombrero había quedado en la otra habitación, por no hablar de la chaqueta, con la cartera y los cigarrillos. Ahora bien, volver a pasar por ese baño, que yo imaginaba radiante por el exceso de vida de esa chica, era algo que superaba mis fuerzas, y la llave de la puerta del rellano había quedado precisamente en el bolsillo de la chaqueta. Traté de reflexionar sobre la situación, pero mis brumosos pensamientos resultaban contradictorios, la lluvia, que seguía repiqueteando en el conducto de ventilación, todavía los complicaba más, porque salir en camisa bajo la lluvia no era siquiera una opción, pero volver a encarar a esa chica imposible, no me sentía capaz, y de momento no se me ocurría ninguna otra opción. Podría haberme pasado ahí mucho tiempo, dándole vueltas y más vueltas a esos pensamientos circulares, pero cada vez que me movía, el enorme espejo que había en la pared me devolvía un reflejo, demasiado fragmentado y agresivo para ser el mío, que me hacía daño. Sin lograr decidirme, abrí la puerta del pasillo: encontré un gran paraguas de tela habana, abierto y del revés, empapando de agua la vieja alfombra roja. ¡Eso lo resuelve todo!, me dije con alegría, al tiempo que asía su mango de cuero negro. Apoyado contra la barandilla, lo sacudí y rocié la alfombra y el piso lavanda con una lluvia de gotitas, luego lo cerré y empecé a bajar las escaleras, apoyando todo mi peso en el mango, en un vano intento de controlar mis miembros, que, extraviados, trataban de moverse cada uno en una dirección distinta.
Caminando bajo la lluvia, con la cabeza y la parte superior del cuerpo bien protegidos por el paraguas desplegado, me sentí embargado por una alegría infantil, teñida no obstante de una cierta inquietud: miraba a mi alrededor, escrutando los árboles y los coches aparcados a lo largo de la acera, pero no veía nada fuera de lo normal. Los escasos transeúntes, también ellos protegidos de las trombas de agua por sus paraguas o, a veces, por un periódico sobre la cabeza, avanzaban con paso rápido, cada cual iba a lo suyo y nadie se fijaba en mí. Cuando llegué a casa, abrí el portal y, tras cerrarlo cuidadosamente detrás de mí, atravesé el jardín y llamé al timbre. Llevaba los zapatos y los bajos de los pantalones empapados, pero eso no me preocupaba; mientras volvía a llamar distraídamente, me di cuenta de que ya me encontraba mucho mejor de pie. Una mujer de una cierta edad abrió la puerta: «¡Ah, es usted! Nos preguntábamos dónde estaría. El pequeño está enfermo». Cerré el paraguas, lo deposité en un tubo grande previsto a tal efecto, la seguí hasta la habitación de los niños a lo largo de un pasillo adornado con reproducciones, dejando en el suelo las huellas de mis pasos húmedos. El niño yacía bajo varias mantas oscuras, acurrucado entre grandes temblores. Alargué le mano y le toqué la frente, que ardía bajo mis dedos, luego le acaricié el pelo empapado en sudor. «¿Ha venido el médico?», le pregunté sin volverme a la mujer que permanecía junto a la entrada de la habitación. — «Sí. Le ha puesto una inyección.» — «¿Cuándo?» — «Esta mañana.» A la cabecera de la cama vi un frasco de pastillas, lo cogí, leí la etiqueta, lo volví a dejar. «¿Esto lo ha dejado aquí el doctor?» — «Sí. Ha dicho que hay que darle una cada cuatro horas.» — «¿Y se ha hecho?» — «Sí, puede usted contar con nosotros.» Junto a las medicinas, sobre la mesa de café, había también una jarra de agua y un vaso; volví con cuidado al niño para ponerlo boca arriba, le levanté la cabeza y le puse el vaso en los labios: «Bebe -le dije-, hay que beber». Él no abrió los ojos pero separó los labios, yo le acerqué el vaso, pero la boca le temblaba demasiado, el vaso tintineaba contra sus dientes, el agua le chorreaba por la barbilla. Volví a dejar su cabeza sobre la almohada, empapado en su sudor, y de nuevo le acaricié el pelo. «Tráigame un cubo de agua. Con una esponja, o un guante de baño.» La mujer se retiró sin una palabra y regresó con lo que le había pedido. Puse el cubo en el suelo, remojé el guante, lo escurrí, y, sentado en el borde de la cama, se lo puse al niño en la frente. Él levantó la mano y la posó sobre la mía, era ligera como la pata de un gato, seca y caliente también. Volví a remojar el guante y repetí la operación varias veces seguidas; poco a poco, los largos temblores se fueron calmando; al final logré que bebiese un poco. A mi espalda, la mujer me miraba hacer en silencio. Yo me levanté y la miré: «Las sábanas están empapadas, el pijama también. Cámbielas. ¿Puede usted hacer eso?». Ella me miró y asintió. Yo salí y me dirigí hacia el gran salón. Había allí varias personas intercambiando trivialidades con poca convicción; en la mesa junto a la ventana, los niños jugaban quedamente a las cartas, varias niñas y un muchacho, más joven que ellas; sobre sus cabezas, la chica joven de rosa me seguía contemplando con su mirada tranquila, casi cómplice, como si quisiese invitarme a compartir su melocotón. Yo me serví una copa de vino y me senté en el sofá, crucé las piernas y agarré firmemente la mano de la mujer que estaba a mi lado. Cuando abordábamos un nuevo tema, yo daba mi opinión con voz firme, clara e inapelable; las personas reunidas a mi alrededor asentían ante el jefe con gravedad, sin contradecirme nunca. Por la noche volvió el médico; mientras tanto, yo me había lavado y cambiado, me había puesto un traje limpio con un chaleco e incluso una corbata de lana de ganchillo, color pardo igual que el traje. Acompañé al médico al cuarto del niño y estuve con él mientras lo examinaba, lo auscultaba y le tomaba la temperatura. Con nosotros habían venido otras personas, mujeres y hombres e incluso una niña, no se quedaban quietos e iban y venían sin rumbo, sin decir una palabra pero, afortunadamente, manteniendo una distancia suficiente. Por fin, el médico emitió su veredicto, que coincidía con el mío punto por punto: continuar con las pastillas y las compresas, vigilar al niño y darle de beber. «¿Lo habéis oído? -les dije a cuantos andaban por allí-. Es importante darle de beber, eso es lo que yo había dicho.» Le di las gracias al médico y lo acompañé hasta la puerta; nos despedimos con un sincero apretón de manos, y me dio su palabra de que volvería el día siguiente, por la mañana temprano.
Durante la comida, siguieron las palabras banales y desordenadas; sin arrogancia pero con firmeza, fui desalentando las discusiones inútiles, poniendo punto final a las controversias estériles mediante una opinión mesurada, llamando al orden a los que se excitaban, arguyendo palabras sensatas. No es que me tomase a mí mismo demasiado en serio, al contrario, me sentía como un niño jugando a ser mayor, lo que pasa es que, precisamente, jugaba con seriedad, con tal seriedad que nadie se daba cuenta, y cuando comenté en detalle la grave crisis de política exterior que se avecinaba, todos me escucharon atentamente, tragándose mis palabras sin interrupciones. Los niños comían en silencio, con sólo un ligero tintineo de cubiertos, pidiendo a veces, en los interludios entre un tema y otro, educadamente, un poco de sal, de agua, o una porción adicional de comida. Un niño se llevó la mano a los labios: yo lo miré, él se sonrojó y cogió la servilleta para limpiarse. Cuando hubieron terminado, los niños se excusaron y se levantaron de la silla; yo serví un poco más de vino a los mayores y repartí unos puritos entre quienes quisieron uno. La mujer que había sentada a mi izquierda, sus hermosos ojos claros fijos en mí mientras escuchaba mis palabras en silencio, levantó un mechero encendido; yo acerqué su mano a la punta de mi cigarro y le di las gracias con una sonrisa, reteniendo los dedos con delicadeza para que la llama no temblase. Ella me contemplaba con una gratitud apasionada, pero al mismo tiempo una ola de angustia turbaba su mirada, la volvía borrosa y rarificaba sus rasgos, como era el caso de todos cuantos había reunidos en torno a esa mesa. Oí un ruido y levanté la cabeza: el niño rubio estaba en el umbral de la puerta, descalzo, pálido como la cera. Dejé el puro en el cenicero, me levanté, fui donde estaba y lo cogí en brazos para llevarlo a una de las habitaciones vacías, donde lo dejé sobre el cubrecama bordado. Él murmuraba palabras confusas, acerqué la oreja, las palabras ganaron fuerza y empezaron a formar frases, yo escuchaba atentamente, ahora hablaba en voz alta, con los ojos bien abiertos dirigidos hacia un punto que yo no podía situar, sus palabras eran claras pero me sentía incapaz de captar su sentido, enunciaba frases de una sintaxis impecable, pero la palabra clave en cada una de ellas, la que habría de concederle su sentido a todas las otras, resultaba incomprensible, un grupo de sílabas aparentemente significantes pero que no guardaba relación con nada, otras veces aparecía una palabra absolutamente comprensible, llena de sentido, pero encadenada en una frase confusa por completo, incapaz de soportar ningún significado. Yo también hablaba, palabras calmas y apacibles, respondía sin reflexionar a sus frases, tratando de llevarlo a un sentido de lo real, pero cada vez sus palabras seguían a las mías solamente para superarlas y alejarse de ellas en sentido contrario, a toda velocidad, hasta una distancia vertiginosa, al fondo de la cual se volvían para regresar, trazando el camino inverso con una lógica implacable. Yo había pedido el cubo y le aplicaba compresas frías mientras le acariciaba la espalda y le hablaba dulcemente; no obstante, el terror iba ganando terreno, sus rasgos se crispaban, yo repetía mis palabras reconfortantes con una sonrisa, sus ojos seguían abiertos pero yo no tenía forma de saber si veían algo, no sabía si estaba despierto o si dormía y soñaba en voz alta, incorporando mis palabras a su sueño, no quería violentarlo, seguía humedeciéndole la frente y la cabeza tratando de traerlo conmigo, a la realidad del cuarto en que nos encontrábamos. Poco a poco, el flujo de palabras fue disminuyendo, las frases se espaciaron; al final, el niño cerró los ojos y su cabeza mojada se inclinó contra mi pecho, donde la sujeté en la palma de mi mano, que al lado de su cara pequeñita parecía enorme. Con una toalla que me trajeron, le sequé el pelo, luego lo acosté en la cama y me tumbé a su lado sin siquiera quitarme los zapatos. Ya calmado, respiraba con un ruido silbante pero regular, sus párpados, hinchados y translúcidos, se estremecían sobre sus ojos. Lo rodeé con el brazo y permanecí con él durante un buen rato. Mucho después, el niño dormía regularmente y yo me levanté: «Usted se queda con él», le dije a la primera persona que me encontré en el pasillo. Los otros se habían dispersado por la casa, a través del resquicio de una puerta o al fondo de un pasillo veía a unos y otros, me daba igual, volví a por mi cigarro apagado, me lo encendí, me senté bajo el retrato de la muchacha del melocotón, y abrí el periódico que había por allí para estudiar las últimas declaraciones del dirigente extranjero que nos amenazaba de manera tan incomprensible.
En el desayuno, las personas reunidas alrededor de la mesa parecían aún más insustanciales, aún más efímeras que la víspera. La mujer que había pasado la noche conmigo metía una cuchara en un huevo pasado por agua sin quitarme el ojo de encima; en su cuerpo, bajo el vestido de batista, debía de quedar algún rastro de nuestros retozos; creo que era la que me había dado fuego durante la cena, pero no podía estar seguro. Los niños se habían callado, comían tostadas con mantequilla y bebían vasos de zumo de fruta; en cuanto a mí, estaba hojeando el periódico de la mañana, lleno de unas noticias cada vez más inquietantes en las que me esforzaba por concentrarme, y es que hasta ese punto me distraía la conciencia de mi propia presencia: me sentía tan sólido que hasta me dolían las articulaciones. Anunciaron que llegaba el médico: me reuní con él en el pasillo y, en pocas palabras, lo puse al corriente de cómo había ido la noche. «No hay de qué preocuparse -afirmó-, a esas edades, tener la fiebre tan alta es algo que pasa. Lo importante es bajar la temperatura, precisamente como ha hecho usted.» En la habitación, examinó al niño, que se dejaba hacer con una mirada cansada, sin protestar; el médico intentó que le respondiese a algunas preguntas, pero él no recordaba nada. La fiebre le había bajado. «Tendría que comer un poco -decretó el médico, mientras guardaba su instrumental en el maletín-. Caldo, puré, un poco de arroz blanco, si puede.» Afuera seguía lloviendo, cogí el gran paraguas marrón para acompañarlo hasta su coche, me aparté para que pasase delante de mí por el portal, protegiéndolo de la lluvia. Solo en la calle, de espaldas al portal, dudé: ¿y si volviera al apartamento? Miré la calle en esa dirección y, cuando vi a los dos hombres de negro, cada uno con su paraguas, se me encogió el corazón. Los sujetaban muy alto, lo cual me permitió ver, aterrorizado, sus ojos brillantes, sin vida, y sus labios abiertos en unas sonrisas grandes, carnívoras. A paso tranquilo, uniforme, resuelto, se dirigían hacia mí.