entre dos aviones
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El problema es que hubo ese contacto, que una parte de mí se quedó colgado de ella y me enredó en los engranajes de esta maquinaria. Si no, no habría pasado nada, podría haberla admirado, desearla tranquilamente, y su indiferencia nunca me habría afectado. Todo empezó con una breve visita a K… Estuve allí con una vieja amiga, A., que me hospedó en su casa, en el sofá. C., que compartía el apartamento con A., volvió a las cuatro de la mañana (el tren, al parecer, se había quedado bloqueado), armó un escándalo enorme porque creía que la puerta estaba cerrada, y a las seis se marchó. Yo ya la había visto ese mismo día en la oficina de A., acalorada, moviéndose todo el tiempo, un torbellino alocado que no dejaba ni un resquicio al trato personal. Parecía incapaz de detenerse ni por un instante. Rasgos duros aunque vivaces, no desprovistos de belleza; y, sobre todo, una energía furiosa, concentrada en el trabajo por encima de cualquier otra cosa, pero capaz también de generar, de forma intermitente, unos fogonazos de vívida alegría que iluminaban a aquellos que no dejaban de rebotar en ella o de estrellarse con ella. A. ya se había ido, me dejó en el apartamento. Lo lógico hubiese sido no volver a ver a C., porque al día siguiente también yo tenía que irme; esa mañana hubo disturbios en la ciudad, suspendieron los vuelos y quedamos atrapados en el apartamento. Por la tarde, C. ya no se aguantaba, decidió salir, y yo me ofrecí a acompañarla; debido a la situación, las autoridades habían prohibido el uso de vehículos; atendiendo no tanto al espíritu como a la letra de sus instrucciones, salimos caminando. Yo tenía una pequeña herida en el dedo gordo del pie, una herida que, por culpa del clima y de mi irregular estilo de vida, había degenerado en una infección bastante fea. Así que cojeaba; supongo que vernos paseando por la ciudad, ella erguida, orgullosa, apresurada, yo renqueante y disfrutando apenas de la situación, debió de ser un espectáculo cómico. Cuando terminamos con las compras, y como no teníamos trabajo en todo el día, fuimos a una terraza de la calle principal a tomar una cerveza. Me dijo que, desde que había llegado a K…, era la primera vez que se tomaba un respiro. Estuvimos charlando, me habló de sus numerosos viajes, de su estancia en ciertos países que yo mismo soñaba con visitar desde hacía mucho tiempo. Un antiguo camarada al que no había visto en un año se unió a nosotros, también él sorprendido por aquel paro inesperado, e intercambiamos algunos recuerdos del país en que nos habíamos conocido, una región atroz pero que nos había seducido al uno y al otro. La cerveza estaba fresca, la terraza soleada, los amotinados pasaban en camiones confiscados, agitaban ramas verdes y gritaban consignas contra las nuevas autoridades. Fue agradable, creo no equivocarme si digo que incluso C. se relajó un poco, de vuelta al apartamento los dos estábamos de muy buen humor. El estado de mi pie había empeorado, me dolía mucho al caminar. C. me propuso drenar un poco el absceso para aliviarme. Me tomé varias copas y acepté. Me arrellané en un sillón y encendí un puro mientras ella, mi pie entre sus muslos, se ponía manos a la obra. Su compañera D., que estaba agotada, se había quedado dormida en el sofá, las risas que extrañamente me causaba el dolor de la cirugía no lograron despertarla. Entre tales ataques de risa, yo daba fuertes caladas a mi puro, y C. seguía dándome de beber mientras curaba la infección; tanto disfrutaba de aquella adorable operación que casi ni sentía molestia alguna. Cuando llegué al final de mi cigarro le puse fin. C. me sujetaba el pie con gran ternura, lo limpió y me puso una venda nueva; D. se despertó y fue a acostarse. C. y yo nos quedamos charlando un buen rato, o eso creo. Nuestras manos se buscaban, se tocaban, jugueteaban la una con la otra, se entrelazaban. Seguimos bebiendo, no pasó nada más, el mal ya estaba hecho.
A la mañana siguiente encontré a C. en su frenesí habitual. Se iba en una misión a la otra punta del país; después de haber perdido ya veinticuatro horas, su impaciencia natural se vio exacerbada, y la oficina tronaba bajo sus órdenes y su no parar. Cuando la vi se había sentado un minuto a pensar, le tomé la mano; ella sonrió, me acarició la palma maquinalmente. Yo tenía que irme, ella andaba a toda prisa por un pasillo, también apurada: me dio un beso rápido en la boca y desapareció.
El aeropuerto era un auténtico caos. Seis grandes jumbos militares acababan de aterrizar uno tras otro, nadie era capaz de indicarme el mío; yo cojeaba furioso de uno a otro, machacado por el sol y rechinando los dientes de tanto dolor, navegando entre los sacos de víveres y las cajas de material descargado, las camionetas que recorrían la pista, los soldados agotados, las filas de gente aburrida esperando a ser evacuada; interpelé en ruso a unos pilotos ucranianos o lituanos preguntándoles cuál era su destino, aunque ni ellos mismos estaban demasiado seguros. A punto estuve de equivocarme de avión y aterrizar en el país equivocado. A C. la encontré bajo el ala de un Endover, agachada junto a dos colegas, haciendo planes y dando instrucciones de última hora. Me saludó distraídamente, todo era tan confuso que apenas le presté atención. Yo subí al Endover; ella cogió uno de los grandes jumbos que partía hacia el oeste.
Yo contaba con volver a verla la semana siguiente; hizo falta más de un mes. El día antes de regresar a K…, un amigo médico me examinó el pie y me prohibió viajar. Me quedé consternado, pero no había nada que hacer: la infección estaba muy avanzada, casi había llegado al hueso, tenía que operarme inmediatamente. El país en el que nos encontrábamos no disponía de las estructuras adecuadas; me aconsejó la capital de un país cercano con un hospital excelente. La idea de no ver a C. me aterraba, pero tuve que resignarme. En K…, el perfume favorito de C. había desaparecido; rápidamente una amiga mía me envió un frasco; incapaz de ir a regalárselo en persona, lo empaqueté y, antes de irme, pedí en su oficina que se lo hiciesen llegar al lugar donde se encontraba. Añadí una postal magnífica, un Vermeer que representaba a una joven sentada frente a una ventana, su rostro a plena luz, sosteniendo una copa y sonriendo a un orgulloso militar que figuraba de espaldas. El rostro de la chica me pareció como iluminado, y en la parte posterior de la tarjeta compuse un breve mensaje: traté de darle un aire irónico y encantador, no sé, tal vez lo conseguí. Me sentía demasiado inseguro sobre lo que estaba pasando como para expresar lo que realmente me inquietaba, tampoco quería parecer frío, indiferente, como tantas veces lo son mis cartas, incapaces de expresar sentimientos verdaderos. Sumido en tales dudas, sellé la carta y se la entregué junto con el perfume a un colega de C., quien me prometió que se la haría llegar.
No debió de cumplir su promesa; pero es que nada debió de suceder como estaba previsto. De hecho, C. todavía no había regresado a K…: esa noticia, que me encogió el corazón apenas la supe, ahora me consolaba un poco de mi partida forzada, ya que esperaba que mi regreso tras la convalecencia coincidiese con el suyo. Naturalmente, no fue así. Las Parcas, traviesas ellas, se lo estaban pasando bomba trastocando nuestros desplazamientos. La operación salió muy bien, traté con un viejo cirujano alemán, maravillosamente excéntrico, que amenizó mucho el procedimiento disertando, mientras se manejaba con la carnicería, sobre la historia del uso médico de la cocaína, desde 1875 hasta nuestros días. Así aprendí que la invención de derivados de la cocaína, que preservaban las virtudes anestésicas del producto y eliminaban sus efectos euforizantes, había sido estimulada por el amor inmoderado que profesaban por esa droga los más grandes doctores y cirujanos de la época, un amor que los llevaba a vaciar sus armarios para consumirla por vía nasal, intravenosa, e incluso, en aquellos tiempos, ocular. Semejante problema, tan embarazoso para la reputación de la profesión médica, llegó a su fin en 1919 con la aparición de la novocaína, lejano y grosero ancestro de la molécula milagrosa por culpa de la cual ahora sólo me distraía de la elocuencia del cirujano el desagradable crujido del bisturí rajando mi carne. Tuve que guardar cama unos días; tan pronto como pude ponerme de pie, aunque de manera muy precaria y dolorosa, empecé a preguntar por los aviones que salían. Me confirmaron en un vuelo del viernes dirección a G…, ciudad desde la que despegaban la mayoría de los aviones con destino a K… Tenía mucho trabajo que hacer para ponerme al día, pero no por ello dejé de tomarme la libertad poco profesional de seguir afinando mis planes de viaje. Llamé a K…: C. no se encontraba ni allí, ni siquiera en esa ciudad del oeste donde había estado trabajando (la ciudad de M…), sino que había regresado a G… para rendir cuenta de sus actividades. Gran noticia: podría pasar el fin de semana con ella en G… sin el menor remordimiento, luego ocuparme de mis asuntos en otro lugar, y volver a encontrarme con ella más tarde. Entonces, los que controlaban los aviones cancelaron mi reserva: había flete y eso era más importante, me dijeron. Hasta el lunes no había aviones, estaba desesperado, sabía que C. volvería a M… Me daba cuenta de que, desde hacía algún tiempo, esa mujer ocupaba mi vida por completo, y en el fondo disfrutaba hasta del sufrimiento que me causaba la imposibilidad de volver a verla, tan fuerte era la emoción. Me decidí a llamarla por teléfono a G… (me angustiaba pensar en cómo se iba a tomar ella algo tan inoportuno): pareció encantada; su voz me retorció el alma. El sábado ella salía hacia K…, luego de allí hacia M… Le pedí que me esperase antes de ir a K…, le era imposible, pero prometió que nos veríamos un poco más tarde. «Hasta pronto, niño guapo», me dijo al colgar; desgarrado entre el placer que me causaron aquellas palabras y la frustración de no poder volver a verla, me pasé la tarde tratando por todos los medios de encontrar un avión. Otra organización fletó uno, contacté a un amigo, él me prometió que me encontraría una plaza; dos horas más tarde me llamó y me contó que su jefe me había vetado (supe más tarde que otra mujer, a quien yo apenas conocía pero que por alguna razón que nunca desentrañé me odiaba cordialmente, tachó mi nombre de la lista). Así me pasé varias horas, entre la más violenta de las esperanzas y la rabia más aciaga. Yo vociferaba, saltaba de una oficina a otra, volvía locas a las secretarias con mi obstinación, las obligaba a seguir unas pistas que eran inútiles a simple vista, pero que les hacían perder el día y la paciencia. A las seis de la tarde se obró el milagro: el primer transportador, al que había vuelto a llamar quemando un último cartucho, me anunció tranquilamente que había sitio no sólo para mí, sino también para unos doscientos kilos de carga que tenía que llevarme. Fue un follón, porque, por supuesto, la carga no estaba lista, faltaban los papeles de la aduana, el transitario había cerrado todo el día: a las ocho, sin embargo, todo estaba en orden. Tenía que acudir al aeropuerto a las seis de la mañana, me presenté a las cinco y media, no abría hasta las seis treinta, y a las siete vinieron a decirme que el avión estaba averiado y que ese día ya no iba a salir. Tal era mi abatimiento que apenas advertí la gracia espantosa de la situación. Por la tarde volví a telefonear a C.: ella seguía teniendo previsto partir al día siguiente y no podía retrasar su viaje, pero escucharla me confortó un poco. Al día siguiente salí. El avión tenía que seguir hacia la ciudad donde se suponía que trabajaba yo, ahora que C. no estaba en G… bajar hasta allí no tenía sentido. Durante el vuelo alimenté la vana esperanza de cruzarme con ella unos minutos en la pista de G…, poder hablar con ella aunque sólo fuese por un instante, ver sus ojos y su sonrisa, besarla. Su avión, por supuesto, se había ido hacía horas.
Pasé una semana trabajando con mis colegas y al cabo planeé regresar a K…: tenía en efecto que pagar unas deudas, lo cual justificaba un viaje que, de otro modo, mi sentido del deber no me habría permitido. Tuve que volver por G…, los aviones a K… fueron cancelados varios días seguidos; pero C. seguía en M…, me armé de paciencia. El superior de C. me dijo entonces que ella tenía que volver a K… el miércoles, que era el día en que yo me marchaba. Estaba feliz, aunque también aterrorizado ante la sola idea de un nuevo imprevisto. El avión que yo iba a coger continuaba desde K… hacia M… luego volvía a K…; antes de enterarme de que ella iba a estar de viaje de regreso, yo había decidido hacer ese tramo adicional y llevarle una flor, aunque sólo fuese para verla media hora. Así que modifiqué ligeramente el proyecto: bajaría en K…, pero igual le enviaría la flor sin indicarle de parte de quién, para que le diese la bienvenida en el avión. A punto estuvo la malicia de un jefe de oficina, que también parecía odiarme, de hacerme perder ese avión: aunque había reservado mi asiento hacía días, mi nombre no aparecía en la lista, y el empleado que controlaba el embarque se negó a dejarme subir. Debía de tener pinta de orgulloso a pesar de la desgracia, allí de pie en la pista, con mi gran flor amarilla en la mano, tan incongruente en ese contexto que estuve dudando hasta el último momento si llevarla o no conmigo. Pero muy oportunamente llegó un amigo, que supervisaba directamente los vuelos, él me hizo subir al avión. A bordo había un sueco que continuaba hasta M…: le entregué la flor con instrucciones precisas. El vuelo fue espantoso, nos pasamos media hora metidos en una violenta tormenta; yo mantuve la calma pensando que ese tipo de temblores debían de ser normales para un avión tan pequeño, pero cuando llegamos a K…, vi que los pilotos estaban pálidos. Pronto encontré al superior de C., a quien empezaba a unirme una sólida camaradería; C. debía llegar unas horas más tarde.
La encontré por la tarde en la oficina, maravillado de que no se produjera ningún otro contratiempo, de que no se hubiese vuelto a G…, por ejemplo, sin detenerse en K… «Así que no has querido hacer el viaje de ida y vuelta para acompañarme», me regañó. «Ya, pero en su lugar te he enviado una flor.» No la había recibido, el sueco la había olvidado en el avión. Ella la había visto al subir y se había preguntado para quién sería, de dónde vendría. Aunque sólo fuese por eso, me sentía orgulloso del gesto. En cuanto al perfume, tal como me dijo más tarde, nunca fue enviado a M…, aunque ella lo recuperó a su paso por G…, y le gustó mucho, en las últimas semanas, poder combatir así el hedor abominable de aquellos de quienes debía ocuparse.
A mi llegada me había besado amistosamente; todo, a partir de ese momento, iba a ser más complicado. Ya lo he dicho más arriba, me había comprometido demasiado antes, había abierto demasiado precipitadamente una puerta que mis instintos, en general bastante buenos, solían mantener firmemente cerrada.
Su retirada, a partir de ese momento, me desgarró lentamente. En los días siguientes, permaneció inmersa en sus actividades frenéticas; de vez en cuando, me concedía un momento de charla, pero enseguida la distraía algún pensamiento de trabajo y todo volvía a empezar. Su contrato llegaba a su fin, abandonaba el país; había recibido varias propuestas, una de su actual empleador, para la ciudad en la que yo estaba destinado normalmente (pero no le interesaba en absoluto), otra para volver a M… con otra organización, otras para diferentes países. No lograba decidirse, lo comentaba con todo el mundo, así como también comentaba incansablemente todos los problemas que había tenido en M… De momento, herido por su indiferencia, yo creía haberme equivocado horriblemente, haber malinterpretado por completo una serie de gestos que, para ella, no debían de ser más que de amistad; más tarde, pensé que el tiempo pasado en M…, del que salía visiblemente agotada, debía de haberla afectado hasta tal punto como para que incluso ella, que siempre parecía tan segura de lo que hacía y de adónde iba, perdiera el pie sensiblemente, y no supiese ocuparse más que de sus problemas concretos, último refugio. Seguía mostrándose amistosa; pero sea cual fuere la causa, había pisado el freno en lo que respecta al breve contacto que surgiese en su momento entre nosotros, y ese frenazo no tardó en quebrarme. Lo más doloroso fueron las noches: me invitó a quedarme en su casa, se negó a dejarme dormir en el sofá, insistió en colocarme en su habitación, en una cama separada. Así que dormía a un metro de mí, casi desnuda, y me era imposible tocarla. También yo estaba agotado por el trabajo de los últimos meses, por el disgusto que me causaba el país en el que trabajaba, por la estremecedora incertidumbre en relación a las acciones que había estado llevando a cabo; la indiferencia de C., o simplemente su ausencia, acabó por sumergirme en el infortunio. Yo siempre bebo mucho, bebí todavía más. Apenas lograba dormir, y cada noche, al acostarme con esa separación entre nuestros cuerpos, tenía la impresión de estar ensartándome en un cuchillo. Me despertaba sobresaltado, a veces me volvía a dormir; por la mañana estaba vacío, agotado, y los asuntos sumamente desagradables que había venido a resolver en K… no hacían más que agravar mi turbación. Por la noche, en cuanto mis ojos se acostumbraban a la oscuridad, veía claramente su forma; a veces la sábana se le escurría, yo entonces contemplaba largo y tendido su espalda blanca, sus pequeños pechos afilados. Rara vez he sentido un deseo tan violento y, al mismo tiempo, tan poco físico: a lo que mi cuerpo aspiraba no era tanto a hacerle el amor como a, simplemente, pegarse contra ella. Me sentía desamparado, en un estado extremo, cada vez me quedaban menos asideros; cuando charlábamos, no era capaz más que de una conversación plana, tensa, me resultaba imposible expresar lo que me sucedía. Ella también estaba un poco enferma y dormía muy mal. Y así tuvieron lugar ciertos momentos extraños que hoy todavía no entiendo. Recuerdo que una vez, atrapado cada cual en su respectivo insomnio, nuestras miradas se cruzaron, y nos miramos largamente, sin sonreír, sin hablar. Otra vez, en un momento parecido en que la falta de sueño parecía hacerla sufrir casi tanto como a mí, le tendí la mano de una cama a la otra y ella la tomó hasta dormirse de nuevo. La última noche de nuestra estancia en K…, ella se había acostado antes que yo, yo me senté en el borde de mi cama, de cara a ella, y le tomé la mano; abatido por la fatiga y la tristeza, besé esa mano, la acaricié, y finalmente posé en ella la cabeza durante un buen rato. No sé si hablamos o si simplemente me dejé llevar por esa mano. Finalmente la retiró. Loco de dolor, casi llorando, me incliné sobre ella y la besé suavemente en los labios. Luego me acosté. La noche fue tan mala como las otras. No alcanzo a entender el significado de esos momentos en que, si bien es cierto que no me estaba invitando, lo cierto es que tampoco me rechazaba. Pero algo muy intenso me impedía empujarla, provocar en ella un rechazo que tendría al menos el mérito de ser claro. Quién sabe si también ella acusaba una especie de desesperación que navegaba junto a la mía sin posibilidad de contacto. En nuestras conversaciones, el tema no lo tocaba: sólo hablaba de los aspectos positivos de su vida, o bien de sus problemas concretos, lo cual cuadraba con su carácter agresivo y decidido. Tenía un hijo, eso no lo había contado, deseaba volver a verlo, me hablaba de él con entusiasmo. Su marido había desaparecido de la historia hacía un tiempo. Sospecho que algo había que la minaba por dentro, algo fundamental que la impulsaba, entre otras cosas, a vivir una vida tan inestable; algo que, por su propia naturaleza, era incapaz de reconocer. Esa debe de ser la gran diferencia entre nosotros. El último día, mientras miraba cómo preparaba las maletas, me hizo algunas preguntas personales. No pude responder más que de forma superficial: por sus preguntas y el tono al hacerlas, me pareció imposible que pudiese entender o aceptar respuestas verdaderas, y eso que yo estaba en disposición de formularlas. «¿Sufres?», me preguntó a quemarropa; una vez más, eludí la pregunta. La conversación no fue mucho más allá y me dejó confundido. No sabía si había hablado demasiado o acaso no lo suficiente. Su reacción era ilegible, de nuevo estaba en otra parte, en sus planes de partida. Íbamos a coger todos, nosotros y su colega D., un vuelo comercial a G… Ella no quería detenerse en G… pero tenía que hacerlo por razones administrativas. El embarque en el aeropuerto fue extremadamente caótico, pero el vuelo fue rápido. Yo tenía la idea de tomar una habitación en el mismo hotel que ella: última oportunidad, me dije, para resolver esta historia de una manera o de otra. Luego, en el avión, mientras ella parloteaba sin cesar con D., me sentí completamente desesperado, sucio, y por un instante pensé en desistir de todo allí mismo, dejarla en el aeropuerto de G… y no volver a verla, no volver a exponerme a tal indiferencia, cuya profunda ambigüedad me desgarraba. Prevaleció la flaqueza, fui a ese hotel: no quedaban habitaciones. Bueno, me dije, ya está, no he tenido que tomar yo la decisión. Quedamos a las ocho de la tarde; yo acudí, ella ya no estaba. Había dejado una nota en la recepción para otro hombre a quien tenía que ver por asuntos profesionales: para mí, nada. Más tarde, esa misma noche, la encontré en un restaurante con todos sus colegas. Se hallaba inmersa en una conversación con su jefe, apenas me miró. Aprovechando una pausa, le dije de vernos al día siguiente para almorzar. Ella aceptó distraídamente y me dijo que pasase por la oficina. Poco después se fueron todos y apenas me dijo adiós. Estaba lejos, muy lejos. Al día siguiente, al mediodía, la encontré en la oficina con D., resolviendo sus problemas administrativos. Estaba agotada y casi ni prestó atención a mi presencia. Esperé una hora, le pregunté dos o tres veces si iba a almorzar conmigo: «No sé, no sé -contestaba-, tengo que volver al hotel». Estaba sentado en la antesala de la oficina donde ella seguía con el administrador, cuando un pajarito blanco y negro entró en la estancia. Empezó a recorrer el lugar con paso irregular pero tranquilo, lo sorprendió una puerta cerrada. Luego se volvió hacia una pequeña polilla que había allí dormitando y la atacó con el pico. La mariposa se resistió, mas fue en vano, el pájaro la engulló entre una nube de escamas, un fino polvillo blanco de alas arrancadas que formaba un halo luminoso alrededor de su cabeza. C. seguía charlando con D., ambas esperando al administrador que tenía que pagarles, hablaban vívidamente de incidentes de su trabajo y reían. Yo me senté junto a ellas, inútil. Luego volvió el administrador. Una vez más, le pregunté a C. si quería venir a almorzar: su respuesta seguía siendo vaga, estaba claro que sus problemas la acaparaban por completo, lo único que hacía yo allí era molestarla. Me fui con un leve saludo, ella no hizo nada por retenerme. Al día siguiente, el vuelo que iba a sacarme de allí fue cancelado por día festivo.