la espera
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Así que regresé a París y esperé. No es que la espera me complaciese, al contrario. Pero había ciertas dificultades. Normalmente, debería haberme ido de inmediato, o al cabo de unos días. Me habían ofrecido un puesto en otro país, duro y frío, y no me desagradó, lo acepté rápidamente. Pero había un problema con los papeles, y no se estaba resolviendo. Mis empleadores ya tenían un hombre en la capital de ese país, él era quien debía solventar el problema, no sé qué estaría haciendo. Yo le telefoneaba a menudo, a él o a su asistente, y siempre había una excusa, vaga, a menudo contradictoria; pero de los papeles, nada. A él no le molestaba, dejaba que las cosas siguieran su curso. Yo, en cambio, me volvía tranquilamente loco.
Ya hacía más de un mes que esperaba. Un mes, ¿qué es un mes? En algunos casos, nada; en otros, una travesía por un pantano glacial. Si me hubiesen dicho de entrada: No hay otra, tienes que esperar un mes, o tres, no habría supuesto el menor problema, yo habría tomado mis medidas, habría sabido qué hacer. Pero ahí, en cambio, la espera se atascaba en lo informe, pues cada día ese administrador incompetente me decía: puede que mañana, o tal vez pasado mañana. Sólo los fines de semana ritmaban esa infernal desocupación, porque los fines de semana las oficinas están cerradas. Y así, tal como la espera se disipaba lentamente, iba yo languideciendo. Cada vez tenía más problemas para conciliar el sueño: por la noche, imposible dormirme; llegué a tomar pastillas, cosa que nunca me había sucedido. Y por la mañana, imposible levantarme, una fatiga oscura y aplastante me clavaba en la cama, a veces hasta entrada la tarde; a menudo, cuando por fin me levantaba, no era más que por unas horas, y al poco, agotado, volvía a dormirme hasta la hora de cenar. Luego, de vuelta el insomnio.
La irritación coartaba mi pensamiento y mis sentidos; la irregularidad me dominaba. Bebía, pero incluso eso carecía de consistencia. Cuando tenía una botella, me la acababa con una rapidez aterradora; pero una vez vacía, pasaban días y días hasta que me compraba otra. Quería volver a beber, lo deseaba terriblemente, pero ir a comprar otra botella era algo que me superaba. Me inventaba problemas de dinero para tener una excusa, pero era un pretexto vano que no hacía sino reafirmar mi parálisis. Y durante ese tiempo, otros deseos, todavía más ambiguos, me atravesaban el cuerpo sin piedad. En realidad, no movía un dedo por satisfacerlos; pero, solo en mi habitación, me engañaba a mí mismo al respecto, a veces hasta hacerme sangre.
No era la primera vez que me hallaba en semejante situación. Fue ciertamente debido a otra espera. Pero entonces aún estaba más perdido, o por lo menos, eso me parecía. En todo caso, ya fuese porque entonces tuviese más fuerzas, o al contrario, y estaba tan débil que ni defenderme podía, el caso es que llegué mucho más lejos en mi extravío. Fue así como una noche acabé en uno de los muelles de la ciudad, un lugar por el que suelen deambular almas en pena, ávidas de otro cuyo vacío interior pueda colmar el suyo por unas horas, llenarlas de vacío (es una forma de ver las cosas; hay otras). Era sin duda un lugar de mala reputación, donde pasada una cierta hora dejaba de regir la policía de las costumbres. Haciéndome el difícil, en mi desconcierto, dejé pasar algunos; al final, casi al azar, me acabé decidiendo por un joven negro. Creo no engañarme si digo que era un buen chico, en cualquier caso era muy tímido. Caminamos durante un buen rato, hasta llegar a su casa ni siquiera nos tocamos. Él no tenía muy claro cómo manejarse, así que me tocó imponerme a mí. Pero él se prestó de buen grado a mis exigencias. Y así sometí mi cuerpo al suyo durante horas. La vergüenza, el dolor, nada me bastaba, yo no era más que mi vacío, y cuanto más hundía en él a ese joven, cuanto más me dejaba invadir por su armazón, por su musculatura, por su sexo grueso aunque extrañamente puntiagudo, más se abría ese vacío, más profundo se volvía, hasta revelarme la lóbrega extensión de su inmensidad. Al final fue la carne la que cedió, la que vaciló. Sumido en una confusión ordinaria, el chaval ya se creía enamorado. El frío se apoderó de mí, sus emociones me repugnaban, yo me repugnaba aún más. Me vestí y salí, cortando en seco su declaración. En el rellano de su miserable habitación estaban los retretes, pero yo tenía demasiada prisa, me sentía demasiado avergonzado, y no me detuve. Fue un error, porque unos minutos más tarde, en plena calle, sentí unas ganas irresistibles. Aún no había amanecido, todos los cafés que me encontraba estaban cerrados. A trancas y barrancas llegué al edificio donde me alojaba. Tenía que pasar por la escalera de servicio; de puro milagro, en la planta baja di con un váter, ya no podía aguantarme. Angustiado hasta casi la asfixia me abalancé en su interior, ni siquiera cerré la puerta, por poco no llego, y lo solté todo. Fue muy doloroso, os lo aseguro. Con las tripas retorcidas, me quedé un buen rato pegado a aquella letrina, sobresaltado al menor ruido, aterrorizado de que me descubriesen. No dejaba de sudar, había mierda por todas partes. Logré limpiarme los pantalones, el borde de la taza; en cuanto a mi ropa interior, ni siquiera lo intenté, me la quité y la tiré en uno de los contenedores del patio, la enterré entre la basura. Temblando, vacío, volví a mi habitación. Tanta inmundicia no me dejaba respirar, pero al mismo tiempo deseaba más, deseaba locamente zozobrar en ella, perdí toda noción de mí mismo, el delirio se había enseñoreado de mi cuerpo; asqueado, estaba iluminado por tanto horror, quería empezar de nuevo y no terminar nunca más. El sueño me tranquilizó un poco. Un tiempo después… pero dejemos esas tonterías, ya basta. Decía que en los tiempos de los que hablaba al principio no llegué tan lejos, excepto puede que en sueños. El camino, sin embargo, parecía el mismo. Pero mi situación comportaba ciertas diferencias, y estas también jugaron su papel, no hay duda. Por una parte, tenía un objetivo, un destino concreto, y eso no siempre había sido así. Por otra, tenía una correspondiente. Lo cierto es que su ausencia, su distancia, sólo influía un poco en mi abatimiento. Pero determinar qué papel jugó esa distancia en los extravíos de mi espíritu sería muy complejo. Quizá también contribuía: pero, por otra parte, me parece que debía de ser un factor de atenuación, ya que le ofrecía una salida a mi avidez malsana, puede que una salida ficticia, pero de una eficacia nada desdeñable, que se tradujo en llamadas telefónicas ruinosas y, sobre todo, en una serie de cartas interminables, escritas a veces en el transcurso de varios días. Curiosamente, esas cartas y llamadas, aun no estando del todo desprovistas de un cierto erotismo, seguían siendo en general muy castas e incluso tomaban a veces un giro casi idealista. Eso, en mi estado, puede parecer extraño, tanto más, como he dicho, en la medida en que mis deseos salían ganando, al menos parcialmente. No se trata aquí de una sublimación cualquiera, ni mucho menos. En efecto, las palabras más tiernas podían precipitar mi mente en un torrente de imágenes licenciosas, algunas relativas a mi correspondiente, otras más bien a figuras de la calaña del muchacho que encontré en los muelles. Y así, tras unos días casi tranquilos y serenos, me dio por escribir cartas terriblemente atormentadas, violentas, desesperadas. En verdad, todo eso me daba y me sigue dando vértigo. Y así fue pasando el tiempo. Porque eso es verdad, para bien o para mal iba pasando. Aunque resultaba agotador. Hay que decirlo: un día, la espera llegó a su fin. Pero no lo dudéis, volverá a empezar.