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Stories / Poems

Stories by jonathan littell

relato sobre nada

spanish

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La idea de este relato se me ocurrió el otro día. Conducía yo por la autopista del norte; el sol, una bola de fuego que atravesaba la palidez del cielo, todo lo aplastaba con su luz y su calor, y, medio aletargado por ese inmenso cielo de verano, yo flotaba insensible al filo de quedar dormido. No sabía adónde iba; a decir verdad, no estaba seguro de si estaba conduciendo o bien si, acostado en ese calor inmenso sobre el rectángulo sin sábanas de mi colchón, soñaba que conducía, o incluso si no estaba teniendo ese sueño de conductor adormecido que conduce, las manos inertes en el círculo de cuero negro del volante. Mientras dormía, me decía: habría que escribir sobre esto y nada más, ni sobre la gente ni sobre mí, ni sobre la ausencia ni sobre la presencia, ni sobre la vida ni sobre la muerte, ni sobre las cosas vistas u oídas, ni sobre el amor, ni sobre el tiempo. Para empezar, el asunto tenía toda su forma. Obedeciendo una señal con un triángulo, salí de la autopista y me dirigí hacia el mar. Los aparcamientos se sucedían, monótonos, llenos de coches calentándose al sol. Finalmente advertí una pista un tanto aislada y la tomé. Llevaba a un trozo pequeño de playa, no demasiado limpia pero casi vacía: no había más que unas pocas personas vagueando que habían extendido los coloridos cuadrados de sus toallas, desnudos y relucientes, expuestos a la rabia del sol o bien medio escondidos bajo los discos irrisorios de las pequeñas sombrillas; me pareció buena idea, así que me desnudé yo también y entré en el agua. Estaba tibia y blanda, y en lugar de despertarme, esa extensión monótona, batiente, henchida de un gran rumor machacón aún me adormeció más, envolviendo mi cuerpo aletargado en el sinuoso juego de sus formas y de sus sonidos. Desnudo, flotaba de espaldas, la cabeza llevada por las olas, los ojos ciegos bajo el cielo triunfal, perforado en su cenit por el fuego sombrío e insaciable del sol, y soñé que nadaba hacia alta mar, tranquilamente, con paciencia y ritmo, desplegando al tiempo que la reservaba la fuerza de mis músculos contra la inercia de esa inmensa masa informe, maliciosa, agitada por una violencia plácida e incesante; de vez en cuando, metía la cabeza bajo el agua, y, los ojos cerrados contra el mordisco de la sal, perdía toda noción del espacio, me sentía zarandeado, abrumado, una sorda angustia sobrecargaba mis miembros que parecían agitarse como algas, sin fuerza alguna ni poder, cada uno separado de los otros e incapaces de encontrar un conjunto que hubiese servido para darle un sentido y una dirección a este movimiento; el aire en mis pulmones se iba viciando, me molía las costillas; luego un balanceo de las olas a la contra me echo hacia el cielo, la boca abierta formando un círculo a ras de las olas, azotada por copos de espuma, y volví a mis movimientos regulares, forzando un camino a través de ese desierto sin fin. Eso duró mucho rato, hasta que oí una voz, una joven que emitió una gran risa cristalina: «Que no, idiota, no estás nadando, estás soñando que nadas. ¿Acaso sabes nadar?» — «Pues claro», quise protestar: ahora bien, por más que abrí bien los ojos no vi a nadie.
Ahora me viene a la cabeza que ese mismo día unos camaradas me habían propuesto celebrar el aniversario de mi nacimiento; pero yo ya no recordaba la fecha, ni siquiera, por si fuera poco, el signo bajo el que había nacido. Así estaba: ni triste ni contento, ni abierto ni reservado, curioso ante todo pero sin interesarme por nada; conocía a mucha gente, pero no me relacionaba con nadie. No era mi culpa; si acaso de quienes me habían educado, o de mi naturaleza viciosa, o incluso de un golpe en la cabeza, en medio de la niebla, fue una noche de otoño, en una montaña alta y oscura.
En cuanto volví a la ciudad, me crucé con un conocido. Bajaba por una gran escalera que iba a dar a una explanada vacía y rectilínea, con su traje claro resplandeciente al sol; para verlo mejor, me puse la mano en visera, y él estalló en una sonrisa con dos filas de pequeños dientes regulares y brillantes entre sus labios granate mientras me tendía la mano y me tomaba por el hombro: «¿No te acuerdas de mí? Pero si somos amigos desde hace mucho». Se puso a hablar conmigo de todo y de nada en un tono desenfadado. Resultó un tanto sorprendente: yo pensaba que había muerto hacía años. «¡Qué va! No que yo sepa, mira.» Todavía permanecimos un rato charlando en aquellas escaleras; él seguía agarrándome por el hombro amistosamente, sus ojos reían. Yo también me reí, y antes de irme a casa le di la mano.
Al abrir la puerta, me vi en el espejo, un gran espejo redondo apoyado contra la pared que reflejaba el rectángulo horizontal del colchón rayado, también él apoyado en el suelo, y el vertical de la puerta abierta, rojo por fuera, blanco por dentro. En el espejo, la figura enmarcada por los montantes de esa puerta me miraba, sonriendo apaciblemente; me pareció bastante hermosa, aunque de una belleza vaga, indefinida, turbia. Al caer la tarde, presioné el interruptor: la luz brotó, cruda y viva, de una bombilla desnuda colgada sobre el colchón, igualmente desdoblada en el espejo redondo. El espejo, de vidrio picado y parcialmente corroído, se lo había comprado a un vendedor de antigüedades, y me gustaba muchísimo. Debía de tener un defecto que yo no había advertido; con el tiempo, desde el reborde fue creciendo misteriosamente una grieta; luego una segunda fisura empezó a apartarse de la primera formando una pequeña V en la base del espejo, muy parecida al pubis de una mujer; finalmente, una larga línea horizontal acabó por tachar esa V. En cuanto al espejo, seguía mirándome, impasible, un ojo lóbrego de cíclope mudo. A veces lo ponía sobre el colchón y me acuclillaba a lo largo del borde, apoyándome en las manos; dependiendo del ángulo, veía mis rasgos sorprendentemente abstractos, muy distantes, o sólo la bombilla colgante del techo, o incluso nada, nada en absoluto, como si no se tratase de un espejo sino de una fosa abierta y luminosa, ligeramente violácea, recortada sobre mi cama, en la que podría haberme precipitado de cabeza hasta desaparecer para siempre jamás. A veces también me ponía ropa interior femenina -medias, unas finas braguitas negras de encaje, un sujetador con relleno-, acompañada a veces de un vestido fino, o a veces sin él, y contemplaba largamente esa hermosa forma femenina, elegante, con clase, de músculos finos y bien definidos, con una piel blanca bajo la cual serpenteaban unas venas gruesas e hinchadas de sangre, y en esa imagen perdía toda noción de tiempo, de lugar, de mi persona o de mi pensamiento. Que un par de oropeles comprados deprisa y corriendo en el súper bastaran para hacer una mujer, una verdadera imagen de mujer, era algo que me asombraba, un sortilegio, magia pura. Nada perturbaba esa felicidad. Sin embargo, una vez me sucedió algo curioso: en el rincón de mi cuarto, un niño decía suave aunque distintamente: «No deberías hacer eso». Yo no sabía quién era ni qué hacía allí, pero le respondí con benevolencia: «¿Por qué?». — «Preferiría que no volvieses a hacerlo.» Yo lo contemplaba sonriendo, tiernamente. En el disco del espejo, el encaje arácnido realzaba los riñones arqueados de la figura que en él se reflejaba, se sumergía entre sus nalgas; más abajo, otra cinta le cercaba el muslo. Yo seguía mirando al niño rubio, inmóvil y terco en su rincón, los puños apretados a lo largo de las piernas; al final, sin quitarle los ojos de encima, tendí la mano lentamente hacia el interruptor, presioné, y todo aquello, niño y forma femenina, círculos y rectángulos, se desvaneció en la oscuridad.
También me gustaba salir así a la calle, con esa ropa interior de encaje debajo de la ropa: eso me procuraba una sensación extraña, ligera y flotante, como si los dos sexos a la vez se pasearan en mi cuerpo a través de la ciudad. Sentado ante una bebida fría, en la terraza de un café en una plaza pública, observaba a las mujeres que pasaban, imaginaba sus ropas, tan ligeras y flotantes como mis sensaciones, lo que llevaban debajo, encaje o tejidos finos, que a menudo dejaban entrever: para ellas, esas delicadas capas sobre su cuerpo no añadían nada, no quitaban nada, eran simplemente mujeres, desnudas o vestidas, con o sin artificios, incluso vestidas de forma grosera, o como hombres, seguían siendo mujeres; esas piezas de tela, que tan inquietantes me resultaban a mí, eran para ellas tan naturales como su propia piel, aquella era apenas la textura de sus vidas, puede que una cosa agradable y mimosa, pero de la que podían prescindir: a lo sumo, de vez en cuando, sentían un cierto placer cuando se quitaban lentamente esa ropa interior ante el ávido deseo de un hombre. A mí me transformaban completamente, hacían de mí una libre oscilación alrededor de la cual flotaban libremente mis deseos, cuestión de todo o nada, y que sólo quedaba fijada para luego separarse y convertirse en su contrario y luego regresar o marcharse, y yo ya no sabía si era hombre o mujer, a menos que me lo dijesen. Eso me volvía extrañamente movedizo y me encantaba. Pero también podía ser nada más que un sueño, como ese otro sueño en el que yo intentaba descifrar las notas que había tomado al despertar de un tercer sueño, una larga historia maravillosa, lo mismo que esta. Veía las palabras, algunos dibujos garabateados con prisa, intentaba recrear ese sueño perdido que huía de mí sin piedad pero con exactitud, como los granos que van cayendo de un triángulo al otro en un reloj de arena; se me escapaba como se me escapa este relato. A decir verdad, nunca me quedó del todo claro si estaba durmiendo o despierto, también eso tenía que decírmelo alguien. Pero a la realidad nunca le falta voluntarios dispuestos a fijarla, por muy arbitrariamente que sea, como ese amigo, el de las escaleras, el que debería haber muerto pero me tiraba del brazo con una sonrisa: «Entonces, qué, ¿estás durmiendo?». Se sentó delante de mí y pidió, bebió, pidió de nuevo. «Tengo algo para ti -dijo-, te conozco, te gustará.» Se sacó un disquete del bolsillo y lo dejó encima de la mesa redonda. «¿Qué es esto?» — «Ya verás, ya verás.» Se levantó y se alejó sin pagar; eso me gustó, me alegró ver esa confianza, esa libertad, esa ligereza. El disco, que era plateado e iba en una fina funda cuadrada y transparente, quedó encima de la mesa, al irme lo dejé olvidado; apenas había dado unos pasos cuando la camarera me agarró por la manga para devolvérmelo. Tenía una sonrisa hermosa, la piel morena y sedosa: también ella portaba su cuerpo con naturalidad, como si no fuese un milagro.
Subí a mi torre alta y cuadrada, suspendida sobre la ciudad. Al fondo, detrás de los últimos edificios, el mar, de un gris metálico, se alzaba como una larga muralla bajo el pálido cielo de verano; cada vez que pasaba un barco grande, podría pensarse que volaba lentamente más allá de la ciudad. El cielo aparecía tachado por las horquillas entrecruzadas de numerosas grúas azules o verdes; a la derecha, la masa redonda de una pequeña montaña ocultaba la línea del mar. Encendí mi ordenador e inserté el disquete que me había dejado mi amigo. Se trataba de una breve película pornográfica, realizada claramente no por profesionales sino por las personas que en ella aparecían, dos hombres y una mujer, así como un cuarto, el que manejaba la cámara y que nunca aparecía en pantalla. De los dos hombres, el primero era todavía joven, de cuerpo macizo y con el pelo rapado; el otro ya andaba metido en una grasa peluda, y ostentaba unas grandes patillas, un tanto anacrónicas, a juego con el bigote. En cuanto a la mujer, llevaba medias negras y un antifaz rojo, y su cuerpo un tanto grueso mostraba ciertas señales propias de la edad; cuando bajaba la cabeza, su barbilla formaba grandes pliegues con su cuello; pero tenía un cabello magnífico, negro y vigoroso, sujeto con una goma a la altura de la nuca. Los dos hombres le acariciaban el cuerpo; luego el más joven empezó a besarla mientras el otro le pasaba la verga por los labios. Ella gemía suavemente, llevada por el placer aunque atenta también a la escena. La relación entre los personajes me intrigó: tenía que haber un marido, al menos un amante titular, me parecía una ley del género, pues estaba claro que no se trataba de una chica pagada para darle placer a los dos hombres sino al contrario, quien estaba al servicio del placer de la mujer eran los hombres, aunque algo en la actitud de todos ellos, sobre todo en la de ella, pasiva en su disfrute, sugería que no era ella quien había organizado la escena, más bien otro, que compartía así su placer, la había organizado para ella. Pero ¿quién era él? ¿El gordo de las patillas, más abierto, menos ávido en sus gestos que el joven, o acaso el que manejaba la cámara, cuyo objetivo seguía centrado en el cuerpo de la mujer y en lo que a ella le sucedía? Aunque no podía descartase que fuese otra mujer quien manejaba el aparato. Eso sí, a esos cuatro actores había que añadir un quinto, figura principal de la peliculita: la mirada. Ella era la que controlaba toda la puesta en escena. Por supuesto, estaba también la del hombre o la mujer que sostenía la cámara y miraba la escena a través de su visor, y la mía, que la contemplaba en la pantalla del ordenador; pero también se veía implicada la de las tres figuras desnudas sobre las sábanas verdes, desdoblada no sólo por la espera de la película por venir, sino allí mismo, de un modo más inmediato, por un gran espejo que ocupaba toda la pared junto a la cama, y donde se iban observando por turnos. En cierto momento, un hombre -¿el gordo, o el que filmaba?- pronunció una frase en una lengua que no entendí, puede que italiano o acaso un dialecto local, y esa frase me pareció que significaba: «¿Te gusta lo que ves?», porque la mujer, a quien el joven seguía besando, se miraba atentamente en el gran espejo siendo besada y filmada. «Sí, sí», jadeó ella; y la cámara ya no filmaba los tres cuerpos entremezclados sino sólo su reflejo en el espejo, donde la mujer, abandonada a su placer, sus ojos como canicas negras en la máscara roja, se miraba excitada, la boca abierta, la lengua fuera como la de un toro agotado por el inasible trapo rojo del matador, obscena y hermosa en su obscenidad. Así se estuvo contemplando durante un buen rato; luego, volvió lentamente la cabeza hacia el falo ofrecido a su boca. Después la cosa continuó, la movían, la tomaban por turnos; ella se dejaba llevar por sus brazos y sus cuerpos, por sus ávidos sexos, pero también se observaba constantemente en el espejo, como para asegurarse, Sí, soy yo, esa puta sublime de ahí soy yo, con ese pelo y ese cuerpo tan firme y tan femenino, siendo tomada por esos dos tipos, ah qué placer. Los hombres también se miraban, mas con astucia, a veces con sorna. Todo terminó de forma ritual, con su esperma en la boca de la mujer, su rostro, su máscara, sus senos, un breve disfrute terriblemente pobre después del de ella, que desbordaba esa peliculita de menos de veinte minutos.
Esas imágenes, tan torpes y banales, me exacerbaron de alegría: llevado por el éxtasis, como por la suavidad de un melocotón maduro, me sentía como flotando sobre el suelo. Fuera, ahora era de noche, las luces de la ciudad brillaban ante un cielo y un mar que se confundían en un único plano, vasto y negro, sin fondo. Volví a visionar la película varias veces; cada vez me perforaba la mirada, paralizaba todos mis deseos, por lo general tan lábiles, en un único punto ciego ante el cual me hallaba yo como petrificado, sin aliento. Sin embargo, tal como no tardaría mucho en descubrir, no se trataba más que de un ejemplar más bien chapucero de una serie más amplia, realizada en cadena por una productora un poco más astuta que las demás; sin embargo, tal certeza no cambiaba nada, absolutamente nada: aquellas imágenes seguían siendo lo que eran, congeladas en la repetición eterna de su perfección tan violentamente humana. Dejé de salir de mi habitación, casi no me movía del colchón; apenas lograba levantarme ante el apremio de una necesidad urgente. Comer, beber, ni siquiera pensaba en ello; sin duda estaba enfermo, pero poco más sabía al respecto que lo que pudieran haberme dicho; no obstante no venía nadie, allí estaba yo solo en medio de mis espejos deformantes, que alteraban no la imagen que devolvían, sino a aquel a quien en ellos se miraba. Fue de nuevo el mismo amigo el que al final me dio, por teléfono, este sabio consejo: «Deberías ir a un médico». De hecho, de médico, tenía derecho a dos, dos mujeres delgadas y rígidas en sus largas batas blancas, una todavía joven y muy perspicaz, la otra claramente mayor y también más locuaz. «Decididamente, no le veo buena cara», dijo con gestos de pájaro. Juntas, me obligaron a desnudarme, me examinaron, me palparon, me escrutaron por turnos los orificios del cuerpo, con unos comentarios que a mí me resultaban crípticos pero que para ellas tenían sin duda mucho sentido. Al final, terminé acostado bocabajo, la médico de mayor edad, que se había puesto unos guantes de látex, me separaba delicadamente la raya de las nalgas, y ambas mujeres se inclinaban sobre mi ano como asomándose a un pozo, departiendo tranquilamente acerca de lo que allí veían. Me despidieron con unas medicinas que eligieron yo creo un poco al azar, y yo me las tomé, también al azar, más o menos desde este convencimiento: si mi estado mejora es que son buenas; si empeora, malas.
A pesar de mi estado de preocupación, volví a ver la película. Finalmente llegué a una conclusión: lo que tanto me había absorbido no tenía que ver con la vista, en realidad el origen de mi emoción, tan vívida ante esa escena, estaba en el oído. El descubrimiento lo hice por casualidad; con un gesto en falso le quité el sonido al ordenador, y resulta que mudas, aquellas imágenes no eran más que gesticulaciones grotescas. En cambio, me bastó cerrar los ojos y escuchar los gemidos, los bufidos, las palabras entrecortadas, superpuestas, las respiraciones irregulares, para volver a quedar atrapado: fue un hallazgo deslumbrante, casi cegador, pero aun así, limitado, pues el eco de esos sonidos, que en un primer momento abría el camino, terminó igualmente por constituir un obstáculo insalvable, elástico pero infranqueable; de nuevo me sentí rechazado, atrapado en sus redes, brutalmente devuelto a mí mismo, hasta el punto que todo volvía a empezar, en un vuelco desquiciado que no hacía más que arraigarme en mi imposibilidad.
«¡Ven con nosotros!», me había dicho mi amigo de forma perentoria: ¿cómo rechazar semejante orden? Fue así que terminé con toda una compañía en otra ciudad, que estaba sumida en sus fiestas. En las calles reinaba un enorme alborozo, protagonizado por una multitud alegre y sobreexcitada, enloquecida tanto por la libertad de que disfrutaba esos días como por el sol, el alcohol, las risas y el desordenado bullir de los cuerpos. Nosotros caminábamos sin rumbo; cuando nos apetecía, bebíamos vino fresco, de pie en la calle o apretados en unas terrazas abarrotadas. Entrada la tarde, mi amigo declaró: «Ven, vamos a ver la corrida de toros». Pero antes necesitaba un puro, así que entré en el primer estanco que encontré y allí el comerciante me gritó: «Un puro, vale, pero ¿cuál? ¿Cómo lo quiere?». — «Como usted prefiera, siempre que dure seis toros.» Ya en la plaza, nos apretujamos en las gradas de piedra; a nuestros pies se extendía el ruedo, un disco pálido rodeado de rojo por una sólida barrera de tablas pintadas. Nada perturbaba su calmo mandato, ni los gritos y gesticulaciones de la multitud, ni la música siempre renovada de la banda, ni tampoco el desarrollo, mesurado a la par que frenético, de las figuras que iban trazando y desvaneciendo unos hombres en traje de luces alrededor del toro, monstruo negro, brutal y rebosante de vigor, y sin embargo tan rápidamente ultimado. Al arrastrar las mulas el cuerpo, la sangre dibujó sobre la arena una larga coma roja; rápidamente, se acercaron unos hombres con sus rastrillos y la borraron, para que nada perturbase la superficie plácida en que se reflejaban la gloria y el triunfo del matador de toros. Todo me encantaba, tanto los gestos acogidos con una ovación rugiente, como aquellos que recibían abucheos, y le prestaba tanta atención a la larga ceniza de mi puro como al cuerno de la bestia, que aparecía y desaparecía en los ondulantes pliegues de los capotes rosa y amarillo. Ahora irrumpía desde el fondo de la arena el quinto toro de la tarde. Al parecer, el hombre que habría de matarlo era famoso por su talento, la pureza de su estilo y sus movimientos. Cuando el toro se detenía, resoplando, nervioso, confundido, él lo citaba desde muy lejos, casi desde el otro lado del círculo rojo, para acercarse luego con pasos menudos, tenso y combado, animando a la bestia con la voz y el capote para que embistiese, algo que siempre terminaba haciendo; entonces, inmóvil, los dos pies juntos y el busto echado hacia atrás con orgullo, el hombre hizo fluir tranquilamente al animal a su alrededor, como una corriente de mar que bordea una roca. Por supuesto, me habían explicado las reglas del juego: nada obligaba al hombre a quedarse allí, ofreciéndole la tripa y los riñones a un cuerno que, a veces, pasaba lo suficientemente cerca como para engancharle los dorados del traje; era una cuestión de etiqueta, que en tales asuntos lo significaba todo; la herida o la muerte no eran cosas a tener en cuenta. Precisamente, el hombre se disponía ahora a matar al toro; puesto de puntillas, vuelto de perfil, apuntó a la nuca con su larga espada curva, recto entre los cuernos de una bestia agotada, perdida aunque todavía furiosa; la mano izquierda con el trozo de franela roja cruzada delante de su cuerpo, se sumergió con destreza; un instante más tarde rebotaba entre los cuernos, un títere deshuesado, una muñeca de trapo, grotesco en su hermoso traje dorado, como si fuese a permanecer allí colgado para siempre, al tiempo que sus asistentes se abalanzaban sobre él gritando y agitando inútilmente sus capas. Al final cayó al suelo, los hombres alejaron a la bestia, otros quisieron llevarse al herido; «No pasa nada -parecía decir mientras se levantaba y recuperaba el estoque, que alguien le alcanzó-, no pasa nada». Volvió a plantarse delante del toro. El rostro, las manos, el traje solar cubiertos de sangre; arqueado, de perfil, sostenía su estoque levantado con las yemas de los dedos, en un triángulo perfecto con su brazo, como para saludar a su adversario, y lo miró con sus dos ojos negros y redondos, vacíos de todo pensamiento más allá de la perfección del gesto que ahora retomaba, unos ojos que miraban a la bestia que iba a matar como habrían mirado un espejo. Luego hubo un gesto tajante y enseguida le estaba dando la espalda al toro, que se tambaleó, arremolinado en el ballet de las capas que le ponían bajo el hocico, el estoque plantado hasta la guarnición; caminaba hacia la barrera roja sin volverse hacia atrás, mientras el animal se desplomaba pesadamente detrás de él, las cuatro patas en el aire, alzadas al cielo.
Esa noche terminé en un sótano; al fondo, sentados en simples sillas de madera, los pies plantados en la tarima, unos hombres vestidos de negro tocaban música. Era muy bonito; pero a decir verdad, lo que más me gustó fue la cortina que había detrás de ellos, una larga cortina plisada de terciopelo granate, iluminada con una luz brillante. Me ofrecieron una bebida, igualmente roja y servida en una copa alta, no supe muy bien qué era, seguramente vino; yo estaba sentado a una pequeña mesa redonda, en compañía de varias personas, no sabía muy bien quiénes eran; mi amigo debía de estar por allí, a menos que se hubiese ido. Al poco salieron unas chicas al escenario, llevaban unos largos vestidos negros constelados de lunares rojos, como enormes lunas sangrientas punteando un cielo nocturno; bailaban con gestos rígidos, aunque de una rigidez extrañamente flexible, formando cuadrados, círculos, para luego deshacerlos; cuando, rectas y orgullosas, giraban sobre ellas mismas, sus amplias faldas revoloteaban alrededor de sus piernas delgadas y musculosas, desplegándose en unas coronas fluidas, parecidas a la rueda que tira el arrogante matador a su espalda cuando pone fin a una serie de pases que han dejado al toro de rodillas. Destacaban sobre la cortina roja como sombras, daban vueltas y más vueltas entrechocando sus tacones, que se volvían más visibles a causa de esos sonidos cadenciosos y de las figuras que dibujaban, unas figuras estáticas y casi torpemente encadenadas, a la manera de los pases de capa mal hilvanados de un novicio todavía inseguro de su bestia, que por sus cuerpos borrados detrás del tejido de los vestidos llenos de lunas; solo el sudor, que humedecía sus axilas, visible cuando alzaban los brazos para hacer serpentear las muñecas y chasquear los dedos, recordaba a veces su materialidad. Yo me iba embriagando lentamente; pero al mismo tiempo, me di cuenta de que, igual que los gestos del torero en el centro del círculo rojo de la arena, igual que los movimientos de las bailarinas en el rectángulo de la escena, esa embriaguez era también una forma de comunión, el paso al otro lado que, de forma insensible, abre el camino del mundo de la muerte, revelándole a quien lo encara que ya se hallaba en él, que estuvo allí siempre.
Regresé a la arena; bajo el aro resplandeciente del sol, la barrera roja brillaba, su gran curva cortada al bies por la línea de la sombra. Sin embargo, de un círculo pasé a otro: porque, sumergiendo mi mirada en el que formaba el ruedo, al final me encontré encarado no al toro y a su cuerno, sino a mí mismo, a mi rostro pálido y lánguido, reflejado en el redondel esmerilado del espejo de mi habitación; y la carne que ensartaba el cuerno de la bestia, cuando pillaba al desafortunado matador por el triángulo muscular en el interior del muslo, casi por casualidad y del mismo modo que me sucedía a mí, cuando a veces enganchaba el triángulo suave y vulnerable de una muchacha que la suerte ponía en mi camino, está claro que en cierto modo no era otra que la mía, ofrecida desnuda, sin ninguna protección, ni esa risible que suponía la ropa interior de encaje, ni la protección resplandeciente y soberana que suponía el fabuloso traje de luces, solamente, tal vez, el del deseo sin fin, revoloteando aquí y allá como una muleta agitada por el viento, oropel sangriento, inasible, irrisorio, que confundía todas estas formas en un gesto imposible, para separarlas por siempre.
En mi habitación, pasé largas horas descansando, acostado sobre mi colchón, las cortinas echadas pero el gran ventanal abierto, dejando correr la brisa sobre mi piel desnuda. Con la cabeza hacia la pared, el espejo redondo me recordaba su presencia; ya no reflejaba mi cuerpo, su círculo estaba colmado por los pliegues oscuros e inflados de la cortina, incesantemente agitados por el viento. Cuando algo me apetecía, me levantaba. El agua, desplegada al fondo ante mis ventanas, me atraía; de pronto la deseaba desesperadamente, sin moderación posible, aunque era un deseo que no traía aparejada ni la paciencia necesaria para abandonar la ciudad otra vez, ni el valor para hacer frente a las muchedumbres y al ruido y a la suciedad de las playas a pie de calle. Ahora bien, un poco más lejos, en el montecillo, solución sencilla a tales dificultades, había una piscina, y para llegar, el metro. En una parada se sentó a mi lado una pareja joven, primero el chico, luego, a horcajadas en su regazo, de espaldas a su pecho, la chica. Ella llevaba una especie de mono blanco de pantalones cortos, y se comía un plátano con voracidad; de perfil, le veía las pecas, parecía bastante ordinaria, pero vivaz y sonriente. A él no lo veía en absoluto: acariciaba con la mano el vientre de su amiga, y con cada movimiento su brazo peludo y sedoso rozaba el mío, como si en ese gesto afectuoso participásemos los tres, como si quisiesen incluirme con ellos sin ponerse de acuerdo, y yo, yo estaba encantado, les estaba agradecido por esa presencia amistosa. La chica se había terminado el plátano; aprovechando una nueva parada, saltó del vagón para ir a tirar la piel, luego volvió a meterse dentro rápidamente, y entre risas volvió a ponerse entre las piernas del chico, que reanudó sus quehaceres. Su imagen se reflejaba en el rectángulo de la ventana opuesta, yo miraba a la chica, ahora tumbada en los brazos de su hombre, abandonada en todo su peso, feliz. En la piscina, un amplio cuadrado azul a cielo abierto que dominaba la ciudad, sumergí alegremente mi cuerpo en el agua fresca y clara; mientras chapoteaba o descansaba apoyado en el borde, podía recorrer con la mirada la vasta extensión de edificios, las pilas de cubos que un niño torpe había amontonado sin orden alguno, o bien, si me dejaba llevar de espaldas, podía perderme en la inmensa cúpula vacilante del cielo. A mi alrededor resonaban las risas, los gritos de alegría, los ruidos de agua; los cuerpos desnudos brillaban al sol; justo al lado, en otra piscina, unos niños audaces y graciosos intentaban saltos acrobáticos desde unas plataformas altas y escalonadas. Siempre se tiraban juntos, las chicas con las chicas y los chicos con los chicos; su temeridad me maravillaba: yo no habría sido capaz en la vida de tan hermosos, precisos y valientes movimientos. Salí del agua, todavía goteando me senté a una pequeña mesa redonda y pedí una copa de sorbete de lima; dejé que el sol me secase mientras saboreaba el hielo y observaba a los niños tomando el baño. Dos niñas se habían colocado al borde de la plataforma más alta, de unos doce metros de altura, de espaldas a la piscina, los brazos a lo largo del cuerpo, sus pequeños músculos definidos y tersos: sin ponerse de acuerdo, se dejaron caer al vacío, recto hacia detrás, como tablas; suspendidas en el aire, desplegaron los brazos formando una punta delante de sus cabezas justo a tiempo para abrirse paso a través de la superficie del agua como una flecha poderosa. Enseguida otros niños ocuparon su lugar entre risas, yo me terminé el sorbete bien contento, saboreando con cada cucharadita la espera que me separaba de volver a tirarme al agua.
Mi amigo me invitó a celebrar su cumpleaños. Al llegar al portal del edificio, llamé varias veces al número indicado: al final, me respondió una señora que me pareció mayor con una voz delgada, casi inaudible: «No es aquí». «¡Pero es la dirección que me han dado!» — «Lo sé, no es usted el primero. Pero no es aquí.» — «¿Y entonces, dónde?» — «No lo sé.» De hecho, era el apartamento de enfrente, al otro lado del pasillo; esperé fumando en la calle a que llegase otra gente que pudiese indicarme el camino correcto. «¡Ah, has traído bebida, ¡genial!», exclamó mi amigo, desoyendo mis protestas por su error: «No es nada, no es nada». El apartamento era pequeño, la multitud densa y ruidosa; la gente bebía, hablaba, no había música. Yo no conocía a casi nadie; en realidad, aparte de a mi amigo, no conocía a nadie. Pero la gente estaba borracha y excitada y no era difícil relacionarse. Estuve charlando con una chica rusa que bebía mucho y reía con una risa quebradiza aunque simpática; en uno de sus brazos blancos llevaba una serie de cicatrices, unas tachaduras grandes y desiguales, ella aseguraba que se las había hecho ella misma, cómo y por qué, no lo entendí bien. Aunque quizá no quiso decirlo. Llegó una mujer gorda y rubia, bastante vulgar, y la besó; era su madre, ya borracha, acompañada de un hombre mucho más joven que ella con una perilla cuidadosamente recortada. «Mi suegro», se burló la joven rusa; yo seguía bebiendo. En el pasillo, otra mujer, creo que era la señora de la casa, me cogió por la nuca y me besó la boca. Yo la aparté suavemente. «¿No? ¿No quieres?» Me miraba con desenfreno, como enloquecida. — «No -contesté sonriendo con amabilidad-, no quiero.» — «No pasa nada», replicó ella, y siguió pesadamente hacia la cocina. En el salón, la madre de la joven rusa soltó una risa gutural mientras agitaba sus pechos lechosos ante la mirada deslumbrada de su compañero. Su hija estaba sentada a una mesa baja; en compañía de dos amigas (dos gemelas aparentemente idénticas, aunque bastaba intercambiar un par de palabras con ellas para advertir sus caracteres sorprendentemente opuestos, una dulce, atenta y paciente, la otra áspera, casi rabiosa, y que alimentaba un resentimiento sordo que oscurecía cada una de sus palabras), tomaba cocaína indiferente a su madre, que jugaba con el pelo rizado de su amante y bebía. Ella también bebía, metódicamente, ya debía de estar completamente ebria y sin embargo se mantenía lúcida, clara, amistosa. Probablemente yo también estaba muy ebrio. Ella me hablaba mucho; sin embargo, no parecía especialmente interesada en mí, a veces desaparecía repentinamente en medio de una frase y me dejaba con sus dos amigas o con el mío. Yo intentaba hablar con este último, pero resultaba absolutamente incoherente, no entendía nada. Su hermano, que era siete años menor pero también celebraba su aniversario -uno había nacido antes de medianoche, el otro después, y así, sin solución de continuidad, pasamos de un aniversario al otro-, asentía con la cabeza y reía quedamente con aire cómplice; de vez en cuando se sacaba del bolsillo una bolsita y vertía cocaína sobre la mesa, mientras con un gesto amplio invitaba a los invitados a que se sirviesen. Yo, en cuanto podía, reanudaba mi conversación con la joven rusa. Su madre había desaparecido, la mujer que había intentado besarme estaba derrumbada junto a la mesa, me miró con mala cara y avidez, yo le respondí con una sonrisa y continué hablando con la joven, que seguía buscando algo que beber. Todas las botellas estaban vacías, ahora cogía los vasos abandonados sobre la mesa para rellenarse el suyo con ellos, mezclando entre risas los diferentes vinos y bebiendo sin cesar. Finalmente, la convencí para irnos. En la calle, el cielo se iba poniendo pálido y ella me arrastró a un bar donde le pagué varias copas; se había pasado a la cerveza, yo seguí bebiendo alcohol fuerte. Curiosamente, cuando me miraba, sus pupilas no sólo reflejaban mi rostro, abotargado y vencido por el alcohol, sino que quedaban como enmarcadas por el reflejo de la ventana que había a mi espalda, dos pequeñas bolas negras incrustadas en dos luminosos cuadrados. Yo traté de convencerla para que se viniese conmigo, pero ella rechazó amistosa y firmemente mis proposiciones; el alcohol y la cocaína la colmaban y hacían vibrar su cuerpo magro con una alegría maléfica; sin embargo, era muy dueña de sus actos y sus palabras: «Eso no se hace así», dijo con una risa límpida, un tanto rota. Yo reí con ella, nos entendíamos de maravilla. Afuera ya era de día. Cuando subí al taxi, me ofrecí al menos a dejarla de camino, pero ella también se negó, hasta que, al final, me empujó en el coche con bastante fuerza. Mientras este arrancaba, se alejó a largos pasos, lanzándome un último saludo con una sonrisa amplia y crispada, frágil, feliz.
No tardé en forjar una auténtica pasión por aquella chica. La llamaba por teléfono, charlábamos, intercambiábamos trivialidades; ella seguía manteniendo la misma distancia amistosa. La invité a la piscina y ella, so pretexto de una alergia al cloro, se negó; nada pudo convencerla de ir al mar. Por la noche, nos emborrachábamos juntos. Ella estaba estudiando persa: feliz con ese pretexto incongruente, yo disertaba sobre la génesis de las lenguas indoeuropeas, tema que no controlaba mucho pero que me apasionaba. A veces, ella me interrumpía con seguridad y firmeza, y pasaba abruptamente a otro tema sin la menor relación; una hora más tarde, recuperaba el anterior, siempre de forma igualmente abrupta, y a continuación volvía a abandonarlo. Cuando ella hablaba, yo la miraba. Bonita, en realidad, no lo era tanto; pero me encantaba la desenvoltura y la seguridad con que habitaba su cuerpo y su rostro. Su risa estallaba, los vasos y los cubitos de hielo tintineaban, los encendedores chirriaban y chasqueaban, las monedas entrechocaban sobre el zinc de las mesas redondas, oh dulce idilio. Al final de la noche siempre me dejaba de la misma manera, cordial, sonriente, firme y alegre.
La verdad es que la chica a la que yo amaba no era esa, sino otra. Lo había soñado una noche, solo en mi habitación, un largo sueño, tierno y profundo, que de tanta felicidad me había colmado que, cuando desperté, fue como si me hubiesen dado un golpe de espada en la nuca, infligido por el día, con precisión y sin piedad. Era morena, de eso estoy más o menos seguro, morena y llena de amistad y de alegría y de locura; yo no sabía quién era, nunca antes la había visto, sin embargo la conocía, de eso estoy seguro, y también ella me conocía y me esperaba mientras distraía sus días tal como podía, disponiendo libremente de su cuerpo, de su tiempo y de su belleza, que no obstante estaba reservada para mí, su triste príncipe de Aquitania. Ella no hacía nada para agradarme o desagradarme, y a mí me era igual; a sus amigos y amantes, tipos grandes, lozanos y violentos, yo los ignoraba y no los recibía en mi casa. Ya había conocido a otros como ellos, antes, en el este, cuando aquellas guerras sangrientas que parecían fiestas, mientras se mataban unos a otros yo reí y bebí con ellos, preservando mi parte para mí, siempre libre. Quizá por eso me había amado: aunque yo, de su parte, jamás recibí nada, ni para bien ni para mal, ni me concedió ningún derecho ni tampoco me perjudicó; lo que me dio me lo dio libremente, del mismo modo que me lo quitó más tarde, nada tenía yo que objetar, y eso que ardía de los pies a la cabeza, ardía en un fuego de hielo del que luego no quedaba ni ceniza. Al mismo tiempo, yo la engañaba. Había conocido a otra chica, mucho más guapa y simpática, vivaz y divertida y que era mejor. Sucedió con motivo de otra fiesta, una gran fiesta popular, las calles estaban llenas de gente, cuerpos sudorosos, jubilosos y cansados que se dispersaban como gorriones cada vez que cargaban contra ellos aquellos diablos socarrones, armados con unas ruedas de fuego que disparaban a su alrededor enormes haces de chispas, y seguidos por filas de tambores que batían impasibles el compás, frenético, punzante, aterrador; detrás de ellos, se agrupaba la multitud riendo, empujándose, arremolinándose, y todo volvía a empezar. Yo me pasé la noche bailando con esa chica, a la que no conocía de nada; uno tras otro, a nuestro alrededor la gente se fue marchando, vencida por el agotamiento y el alcohol. Por la mañana, la llevé a mi casa, pero en vez de acostarla en la cama, la tomé en mis brazos y, con una carcajada loca, nos caímos los dos en el sofá. La besé, y ella también me besó, riendo y protestando mansamente, acaricié y olisqueé su largo cabello ondulado, su hermoso cuerpo, le besé el cuello, la nuca, la orejita; aun así, cuando mi mano trató de deslizarse bajo sus pantalones, ella me agarró la muñeca con un gesto firme y tranquilo; yo volví a insistir, entre dos besos deslicé mis dedos por aquí y allá, hasta que poco a poco volví al elástico; y ella opuso otra vez una resistencia débil pero implacable. Finalmente, me puse a acariciarla a través del fino tejido de sus pantalones, bajo los cuales aprecié la áspera textura de su ropa interior; ella se dejó llevar, la respiración se le aferró a la garganta y dio paso a un largo y radiante gemido. Yo también estaba contento, darle placer me satisfacía, seguí masajeándola con delicadeza, ella se movía lentamente debajo de mí, siguiendo en pequeños círculos el ritmo paciente de mis dedos, cerré los ojos y hundí la cara entre su pelo bello y oloroso, muy cerca de su oreja, respirando con todas las fosas nasales la fragancia leve y áspera de su sudor, mientras sus manos descendían suavemente y me desabrochaban el cinturón y los pantalones, sin prisa, botón por botón, y me liberaban la verga para cogerla entre las dos palmas, acariciándola ligeramente, con un movimiento ínfimo, por el simple placer de sentirla bajo sus dedos mientras el placer se apoderaba de su joven cuerpo.
A este relato no hay nada más que añadirle. No tengo muy claro de dónde viene ni sé qué quiere decir, tampoco a quién podría estar destinado; de momento, significa que ya he terminado; sólo me queda enviárselo a alguien que a su vez se lo enviará a otro, más lejos, sin esperanza de un retorno, de una contraclave que pondría fin a mi desposesión. Como mucho, me hubiese gustado que tuviese el sabor de un sorbete de lima, fresco, ligero, acidulado, tomado al sol en una gran piscina, en el agua clara en que sumergen sus cuerpos los bañistas como se sumerge uno en la aspereza de la vida, sin una mirada atrás.
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