Korimba

Stories / Poems

Stories by jonathan littell

una vieja historia

spanish

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I
Mi cabeza atravesó la superficie y mi boca se abrió para tomar aire mientras mis manos, en un jaleo de salpicaduras, dieron con el borde, se apoyaron en él y trasladaron la fuerza del empuje a los hombros, izando mi cuerpo empapado fuera del agua. Me quedé un instante en equilibrio sobre el borde, desorientado por los ecos amortiguados de los gritos y los ruidos del agua, aturdido por la visión fragmentada de algunas partes de mi cuerpo en los grandes espejos que rodeaban la piscina. Alrededor de mis pies fue creciendo un charco; un niño salió corriendo ante mí y a punto estuvo de hacerme caer de espaldas. Recuperé el equilibrio, me quité el gorro y las gafas y, echando un último vistazo por encima del hombro a la línea reluciente de mis músculos dorsales, salí por las puertas batientes. Una vez seco y vestido con un chándal gris y sedoso, agradable a la piel, volví a encontrar el pasillo. Pasé sin vacilar por una bifurcación, luego por otra, aquí estaba bastante oscuro y la luz indistinta apenas permitía distinguir las paredes, me puse a correr a pequeñas zancadas como de footing. Las paredes, de un color apagado, desfilaban a los lados, a veces me parecía apreciar una abertura, o por lo menos una parte más oscura, la verdad es que no podía estar seguro, otras veces el tejido de mi chaqueta rozaba la pared y me desviaba hacia el centro del pasillo, que al parecer debía de curvarse, aunque muy poco a poco, de forma casi imperceptible, apenas lo suficiente para poner en duda el equilibrio de mi carrera, empecé a sudar, sin embargo no hacía ni frío ni calor, respiraba con regularidad, inspirando cada tres pasos una bocanada de aire insípido para expulsarla sibilante, los codos ceñidos al cuerpo evitando así tocar las paredes, que unas veces parecían alejarse y otras acercarse como si el pasillo serpentease. Al frente no distinguía nada, avanzaba casi al azar, por encima de mi cabeza no veía ningún techo, puede que por fin estuviese corriendo al aire libre, puede que no. Un fuerte golpe en el codo me hizo tropezar, lo froté con la mano en un acto reflejo y me volví: en la pared, un objeto reluciente destacaba sobre la negrura. Lo toqué con la mano, se trataba de un pomo, lo giré y la puerta se abrió, arrastrándome tras de ella. Me encontré en un jardín que me resultó familiar, calmo y apacible: el sol brillaba, numerosas manchas de luz salpicaban las hojas entremezcladas de la hiedra y las buganvillas, limpiamente podadas sobre su emparrado; más allá, los troncos trenzados de unas viejas glicinas emergían del suelo para ascender y cubrir con su verdor la alta fachada de la casa, erigida ante mí igual que una torre. Hacía mucho calor y me sequé con la manga el sudor que perlaba mi cara. Luego entré. Del fondo del pasillo, por una puerta entornada, me llegaron una serie de curioso ruidos, oclusivas más o menos graves entrecortadas de silbidos: el niño debía de estar jugando a las batallas, derribando uno tras otro a sus soldaditos de plomo en una tromba de tiros y explosiones. Lo dejé y subí por la escalera de caracol que llevaba al piso de arriba, me detuve en el rellano para contemplar un instante la mirada irónica, perdida en el vacío, de la gran reproducción de La dama del armiño que había allí colgada. La mujer estaba en la cocina; al oír mis pasos dejó el cuchillo, se volvió con una sonrisa y vino a abrazarme con ternura. Llevaba una bata de ir por casa gris perla, fina y ligera, yo le acaricié el costado a través del tejido, luego hundí la cara entre sus cabellos rubio veneciano recogidos en un moño sabiamente despeinado para olfatear su aroma, mezcla de brezo, musgo y almendra. Ella rió tiernamente y se liberó de mi abrazo. «Estoy preparando algo de comer. Enseguida estoy contigo.» Me rozó el rostro con la punta de los dedos. «El pequeño está jugando.» — «Sí, lo sé. Lo he oído al entrar.» — «¿Vas a bañarlo?» — «Claro. ¿Qué tal el día?» — «Bien. Fui a recoger las fotos, están arriba, sobre el mueble. Ah, otra cosa: tenemos un problema con el circuito eléctrico. Ha llamado la vecina.» — «¿Y qué ha dicho?» — «Parece que hay picos de tensión y que eso provoca cortes en su casa.» Eso me preocupó: «Esa mujer delira. Ya es la segunda vez que hago que repasen ese circuito. Y a un electricista profesional». — «Sí, ya lo sé.» Le di la espalda para volver a bajar la escalera. Los ruidos de batalla habían cesado. Antes de abrir la puerta, pasé por el cuarto de baño contiguo, abrí el grifo y comprobé la temperatura para que no estuviese demasiado caliente. Entonces entré en el cuarto del niño. Sólo llevaba puesta una camiseta; estaba de cuclillas y con las nalgas desnudas fotografiando con una camarita digital a sus soldaditos de plomo armados con lanzas y carabinas, cuidadosamente alineados sobre la alfombra que cubría las baldosas grises. Lo contemplé un momento como a través de una pared de cristal. Luego me adelanté y le di unas palmaditas en las nalgas: «Venga, al baño, que ya es hora». Él soltó el aparato y se echó en mis brazos gritando. Lo levanté y lo llevé hasta el cuarto de baño, le quité la camiseta y lo metí en el agua. Enseguida se puso a dar golpes con las manos, salpicando las paredes y riendo. Yo reí con él, pero al mismo tiempo me retiré contra la puerta para contemplarlo mientras él se sumergía por completo bajo la superficie.
Mientras cenábamos, el niño, sentado entre nosotros dos, parloteaba sobre sus batallitas. Yo lo escuchaba distraídamente, saboreando el vino fresco y las cigalas al ajillo. La mujer, su fino rostro cercado por unos mechones rubios que se le habían escapado del moño, sonreía y también bebía. El niño se calló por fin para ensañarse con una cigala, tratando de quebrar una de las pinzas con sus dientecitos de leche; yo me limpié con mi servilleta y, con la punta de los dedos, le acaricié el pelo, rubio como el de su madre. En cuanto hubo terminado, se levantó y desapareció por la escalera, limpiándose las manos grasientas en el pijama mientras su madre lo reñía amablemente. Acabé de recoger la mesa mientras ella bajaba a acostarlo, me lavé cuidadosamente las manos y volví para acabarme el vino. Encima del equipo de música había una funda, una grabación reciente de Don Giovanni; puse el tercer disco y fui a sentarme delante del ventanal, me encendí un purito fino y contemplé la luz azafranada de la tarde espolvoreada sobre las masas verduscas del jardín. El Comendador estaba a punto de presentarse a cenar y yo pensé en el sentido de esa figura moralizante y acusadora. Pretendía imponerle a toda costa su ley al hijo rebelde; pero ¿no lo habían ensartado ya, al principio del primer acto? Era evidente que no había servido de nada, pues ahí estaba de nuevo, aún más monumental y mortífero, azote de todos los placeres. Sin embargo se acercaba el final y el hijo seguía resistiendo como un jovenzuelo terco, taimado y pertinaz, negando cualquier obediencia a esa ley muerta, desusada, sofocante, aun cuando le iba la vida en ello. Fuera caía la noche y yo me levanté para ir a encender una a una las lámparas del salón. Luego me serví otra copa. El disco llegó a su término, en un final jocoso que sonaba como el último eco de la risa burlona del intratable bribón. Al rato, la mujer volvió a subir y yo la seguí hasta el piso de arriba. En la penumbra de la escalera, sus caderas se mecían suavemente. Mientras se duchaba miré por encima las fotografías que había sobre la cómoda: en todas aparecía yo junto al niño, en diferentes épocas y situaciones, en el circo, en la playa, en una barca. Ninguna de ellas me llamó la atención y volví a dejarlas en el mismo sitio para desvestirme, examinando distraídamente mis músculos esbeltos en el gran espejo vertical junto a la puerta. Visto de espalda, mi cuerpo me parecía casi femenino, me fijé en el culo, blanco y redondo como el de la mujer. Cuando ella salió del cuarto de baño, desnuda y todavía húmeda, su hermoso pelo enrollado en una toalla, la tomé por los hombros y la empujé encima del cubrecama, un espeso tejido dorado bordado con largas hierbas verdes. Ella se dejó caer bocabajo con un pequeño grito y yo alargué la mano para apagar la luz. Ahora sólo el resplandor macilento de la luna alumbraba la habitación, se colaba a través de los cristales detrás de los cuales se apreciaban las imprevisibles torsiones de los brotes de glicina, iluminando las hojas verdes del bordado y el cuerpo blanco extendido encima, la espalda recta y fina, los riñones, el doble globo de las nalgas. Me acosté sobre ese cuerpo y se estremeció. La toalla le había caído y la cabellera le tapaba la cara. Con la punta de los pies le abrí las piernas, pasé una mano bajo su vientre para alzarle los riñones y restregué mi sexo erguido contra la abertura del suyo. Pero estaba seco, reculé un poco, me humedecí los dedos con algo de saliva y lo unté, masajeándolo con soltura. Su respiración se apresuró, su trasero empezó a moverse bajo mi cuerpo, su cuerpo largo, sujeto entre mis dos manos, se estiró hasta escapársele un grito que enseguida acalló. Yo mismo sentía que me derretía suavemente, que una larga aguja de placer me traspasaba la espalda, muy fina, estirándome la piel de la nuca y electrizándola. Volví la cabeza: en el espejo, vi de nuevo mi culo y mis muslos nerviosos blanqueados por la luz de la luna, también los suyos, atrapados debajo, y entre unos y otros unas formas oscuras, rojizas, indistintas. Fascinado por tan incongruente espectáculo ralenticé mi movimiento, la mujer, su cuerpo perdido en las hierbas bordadas del cubrecama, jadeaba mientras su mano buscaba mi cadera, yo la veía en el espejo, sus uñas pintadas clavándose en mis músculos, fue entonces cuando se abrió la puerta, junto al espejo, y la luz lunar me permitió atisbar el pequeño rostro afilado del niño, sus ojos bien abiertos, los labios tercos, pertinaces. Me quedé petrificado. También su rostro permaneció inmóvil; justo a su lado, en el espejo, todavía podía ver la doble masa de las nalgas y el oscuro cúmulo de los órganos entre ellas. Sentí cómo el placer iba en aumento, la mujer gemía, me retiré abruptamente y rodé hacia el costado, mi verga, húmeda y escarlata, palpitaba mientras yo gozaba en largos jadeos casi sin darme cuenta, la cara del crío desapareció en la oscuridad de la escalera, se oyeron sus piececitos desnudos golpeando a toda velocidad la piedra de los escalones, la mujer me miró con gesto perdido y confuso, todavía en éxtasis. Empapado en sudor, la respiración entrecortada, me volví de espaldas y me sequé distraídamente el vientre con la sábana mientras la mujer, ya de pie, se ponía un batín para salir tras del niño.
Cuando ella volvió a acostarse yo debía de estar dormido. Al despertar, el cielo palidecía tras los cristales. Los tentáculos de la glicina se balanceaban quedamente; anidados en las ramas, los pájaros empezaban a cantar un concierto de agudos piulidos. La mujer me daba la espalda a medias, la cara de nuevo escondida bajo sus largos cabellos deshechos, la dejé y me puse rápidamente el chándal para bajar al salón. Coqueteaba con la idea de hacerme un café, enseguida renuncié y descendí hasta el piso inferior donde el niño, hecho una bola en su estrecha cama de madera, seguía durmiendo. Me senté en el borde y contemplé su semblante severo alumbrado en diagonal por la luz del alba. También aquí el canto de los pájaros llenaba la estancia. El niño parecía respirar con dificultad, el sudor le adhería el pelo rubio a la frente, lo despegué con los dedos y abrió los ojos. «¿Te vas?», dijo sin moverse. Yo meneé la cabeza. «No quiero», prosiguió mirándome fijamente con aire obstinado, casi ávido. «Tengo que hacerlo», respondí en voz baja. — «¿Por qué?» Yo lo pensé y luego respondí: «Porque me apetece». Su mirada, impotente y a la vez terca, se había velado: «Pues cuando tú eres feliz, yo soy desgraciado. Y cuando yo soy feliz, tú eres desgraciado». — «Pero no, qué va. No lo eres en absoluto.» Me incliné, besé con delicadeza su frente sudorosa, me levanté y salí. En el jardín todo estaba tranquilo, las hojas crujían ligeramente, ocultando los movimientos bruscos de los pájaros que seguían sin callar; ya hacía calor, un intenso calor matutino que se pegaba a la piel. La puerta se abrió fácilmente y encontré el pasillo, allí retomé mi carrera resuelta, las largas zancadas ritmadas por mi respiración. Era como si en el pasillo hubiese un poco más de claridad, me parecía apreciar mejor las curvas aunque seguía sin poder situar con precisión ni las paredes ni el techo, si es que había uno. Aquí la temperatura era más moderada, pero mi cuerpo, calentado por la carrera, sudaba en el interior de la ropa, los pantalones pegados a los riñones, lo cual no me impidió mantener la regularidad del ritmo, como una máquina bien engrasada. Pasé sin detenerme junto a unas aberturas más oscuras, bifurcaciones o puede que sólo alcobas de nicho; por fin algo me llamó la atención a mano izquierda, un brillo metálico que flotaba a un lado de mi campo de visión; sin vacilar ni aminorar la marcha, di con el pomo, abrí la puerta y atravesé el umbral. Mi pie se hundió en algo blando y me detuve en seco. Me hallaba en una habitación bastante amplia, en penumbra, con pocos muebles; en las paredes, las vides doradas del papel pintado ascendían entrelazándose; una moqueta rojo oscuro, color sangre, cubría el suelo. Al otro lado de la estancia, más allá de la cama cubierta por una pesada tela de color dorado con largas hierbas verdes bordadas, frente a la ventana, había una figura de pelo corto negro azabache; las contraventanas estaban cerradas pero ella miraba algo en el cristal, puede que su propio reflejo. Yo mismo la contemplé un momento como a través de un cristal, con una sensación distante, casi placentera. Al oír el ruido de la puerta que se cerraba, se volvió, vi entonces que se trataba de una mujer, una hermosa mujer cuyo rostro apagado y anguloso, al verme, se iluminó con una sonrisa. Con un movimiento suave le dio la vuelta a la cama y me abrazó, metiendo su pequeña lengua móvil entre mis labios. Yo perdí el equilibrio y caí con ella sobre las hojas verdes del cubrecama, mi nariz aplastada por su pelo corto, que colmaba mi rostro con su olor a tierra y canela. Debajo de mí, ella se retorcía entre risas tratando de liberarse. Yo me levanté y empecé mal que bien a desabrocharle la blusa de tul claro, rozando sus senos aprisionados por un sujetador rígido. Ella volvió a reír, se deslizó entre mis manos y se arrodilló sobre la extensión verde y dorada de la cama para abrocharse la blusa de nuevo. «En la calle -dijo, levantando, bajo las largas pestañas cargadas de rímel, sus hermosos ojos oscuros llenos de alegría-, soñé que te tocaba la cara. Y ya ves, aquí estás.» Yo alargué la mano otra vez hacia su cuerpo y ella la apartó entre risas. «¡Qué impaciente! Espera, me muero de hambre.» Descolgó el teléfono que había junto a la cama, marcó un número y, blandiendo un folleto de cartón, enumeré varios platos. Yo me levanté y estiré las piernas entumecidas. Luego pasé al cuarto de baño y abrí a tope los grifos de porcelana de la bañera, con los dedos bajo el chorro de agua para controlar la temperatura.
En el agua, de espaldas a mí, ella acercó su largo cuerpo moreno al mío. Su pelo corto y tupido me hacían cosquillas en la nariz, le acaricié pacientemente los brazos, el vientre, la parte superior de los senos que flotaban en la superficie del agua un tanto verdusca del baño. Unas cuantas cicatrices pequeñas decoraban su piel mate, en algunos casos costurones bastante gruesos y más o menos largos, comprobé que tenía tres en el hombro izquierdo, una en la ingle, una grande en las costillas, justo bajo el seno derecho, y otra, bifurcada, en el ángulo de la mandíbula. Sonaron unos golpes secos en la puerta de la habitación. La chica se volvió en medio de un gran ruido de agua, me dio un beso rápido en los labios y saltó fuera de la bañera para ir a abrir, deslizando su cuerpo empapado en un amplio batín. Yo me sumergí en el agua, la cara aflorando apenas. Un poderoso sentimiento de plenitud colmaba mi cuerpo, pero una plenitud casi inquietante, inasible, imposible de poseer, que dejó tras de sí una sensación como de vacío. Asfixiados por el agua que cubría mis orejas, me llegaban algunos ruidos de forma indistinta. Salí del baño, me sequé rápidamente, me puse otro batín que había allí colgado y, sin molestarme en cerrarlo, volví al cuarto. De nuevo arrodillada sobre el cubrecama dorado, la chica contemplaba una gran bandeja en la que se alineaban varios platos de madera lacada hasta arriba de pescado crudo y verduras confitadas. Dos cervezas doradas espumaban en vasos de boca ancha. Yo fui con ella y empecé a comer sin decir una palabra. Aparte del tintineo de los palillos, todo permanecía en silencio; del otro lado de las contraventanas, donde debía de haber una calle o un patio, no llegaba el menor sonido; sólo la lámpara de la mesita de noche nos iluminaba con su halo amarillento, distinguí netamente nuestros reflejos en los cristales de la ventana, dos siluetas un tanto vagas, vestidas de blanco, que destacan sobre el campo de hierbas verdes del cubrecama. De vez en cuando, uno le ofrecía un pedazo de pescado al otro, quien lo atrapaba con la boca con una sonrisa sorprendida; cuando la besaba, sus labios tenían el gusto amargo de la cerveza. En la habitación se notaba una gran sequedad, sentía tirante la piel de las manos y el rostro, el pescado crudo también me dio sed, me acabé la cerveza rápidamente. La chica se levantó, cogió mi vaso vacío y fue al cuarto de baño. Yo me terminé las últimas verduras, apilé los platos en la bandeja y la dejé en el suelo, en un rincón. La chica tardaba en salir, yo me deshice de mi batín y me acosté sobre el cubrecama, bocabajo, con la cabeza sobre los brazos cruzados. Si me volvía, podía apreciar la doble luna de mis nalgas reflejadas en los cristales de la ventana, blanca y ligeramente abombada. Cuando volvió a aparecer, también la joven iba desnuda, espléndida, avanzaba con los pies desnudos sobre la moqueta rojo sangre con el vaso lleno de agua por delante, con los riñones atrapados en un arnés de cuero que mantenía erguido sobre su pubis un falo largo y negro. Tomé el vaso de su mano y bebí. Ella pasó por detrás de mí, sin pensarlo abrí las piernas y estiré los pies, sus dedos, untados con una sustancia líquida y resbaladiza, se movían entre mis nalgas masajeándome la aureola del ano, mis riñones se alzaron, ella se acostó encima de mí y pude oír su respiración ronca silbando en mi oído mientras su mano jugueteaba con mi cabello, apretándome la cabeza contra el cubrecama. El objeto pegado a sus riñones me daba golpes en el culo, pesado, duro y sedoso. Arqueé un poco las caderas y empezó a ir y venir entre mis nalgas, con una lentitud deliberada, luego se retiró con la punta colgando, yo me llevé la mano a la espalda para guiarla y la chica embistió con todo su peso: entonces mi culo se abrió de golpe y ella entró en mí, con sus dos manos agarradas a mis nalgas para mantenerlas separadas y su cabeza en mi nuca. Una llama fría y mordaz me colmó la pelvis, erguí la espalda y me apoyé con las dos manos en la cabecera de la cama, ahora sus riñones presionaban los míos a base de grandes golpes que difundían más allá, a través de mi cuerpo, la sensación de una dulzura espantosa, mis piernas se retorcían buscaban apoyo, se deslizaban, sus muslos firmes y suaves pesaban sobre los míos, ahora sus manos ascendían y se apoyaban en mi cabeza con todo su peso. El placer invadió mi cuello y mis hombros, una larga corriente difusa, eléctrica, me convulsionaba; mi verga, floja y casi olvidada, batía contra el borde del tejido al ritmo de sus golpes de riñón; apoyándome sobre uno de sus hombros, me liberé un poco, me volví de lado y abrí los ojos para mirar bajo su brazo. Su muslo moreno, marcado por varias cicatrices, apresaba el mío, mucho más pálido y cubierto de una pelambre rizada; las correas de cuero que mantenían en su sitio el objeto con el que me estaba ella trabajando los riñones formaban pequeños michelines en su carne; y en el espejo, más allá de su espalda larga y esbelta, podía apreciar su culo, dos globos dorados realzados por las correas que les pasaban por debajo, cabalgando el mío sobre el campo verde y dorado del cubrecama. De pronto se apagó la luz, borrando la imagen del cristal y sumergiendo el cuarto en la oscuridad; por más que abriese los ojos ya no veía nada, debía de ser una avería eléctrica, yo ahora estaba gozando con todos mis músculos y ella, restregándose contra mí entre gemidos, también debía de disfrutarlo, finalmente se dejó caer sobre mi espalda, su pelvis extendida contra mis nalgas, el falo inmóvil ensartado en mí, pasé una mano por detrás de la cabeza para revolverle el pelo, ella me mordió la nuca y yo volví a menear los riñones de forma espasmódica. El filo del placer no dejaba de fluir en olas sucesivas a través de lo largo y ancho de mi cuerpo abandonado. Yo quería recuperarme, tal vez liberarme de ella para esta vez tomarla yo, pero me vi invadido por una gran somnolencia, bostecé, mis manos se movían de forma cada vez más lánguida y ligera, volví a rozar mi espalda, mis riñones y sus muslos y así me quedé dormido, su verga alojada en mí y su cuerpo contra el mío, temblando de placer.
Cuando volvió la electricidad me desperté. La chica había rodado hacia un lado, sus piernas enmarañadas en las mías, el falo aún alojado en mí. Separé una nalga y me retiré con cuidado, ahora estaba seco y se enganchaba un poco, al final el objeto quedó liberado y cayó sobre el cubrecama con un ruidito amortiguado. Tenía la boca seca, pastosa; con cuidado, me desprendí de sus piernas, me levanté y me dirigí hacia el cuarto de baño. La luz blanca del neón me deslumbró, la apagué enseguida; todavía parpadeando, me incliné sobre el lavabo para beber ávidamente del grifo. Al salir contemplé a la joven: seguía durmiendo, acostada de lado, el falo casi escondido por completo en la sombra de su cuerpo curvado; detrás de ella, la luz amarilla de la lámpara de mesa iluminaba su espalda desnuda y morena, las largas hierbas verdes del cubrecama arrugadas bajo su cuerpo, las vides doradas del papel pintado. Me senté a su lado y le pasé con ternura la yema de los dedos por la nuca, la cerviz, la nalga. Ella se estremeció, pero sin despertarse. Su piel, casi áspera, rechinaba bajo mis dedos; entre sus piernas, sobre el falo negro se habían secado los humores, que en algunos lugares reflejaban la luz. Habría que bajar la calefacción, me dije confusamente. Pero no encontré ningún termostato, ninguna manecilla. Me levanté, llené dos vasos de agua, los coloqué sobre el radiador; luego apagué la luz y volví a acostarme junto a la muchacha, bocabajo, la mano en el hueco de sus riñones. Un ruido de agua procedente del cuarto de baño me despertó. La luz otra vez encendida y yo estaba solo en la cama. Me levanté, llamé a la puerta y entré sin esperar respuesta: la chica, desnuda y sentada en la taza, los codos apoyados en las rodillas, el falo aún atado a su vientre, estaba meando. Me incliné para darle un beso en el pelo. Ella se limpió y se levantó en un movimiento rápido que hizo rebotar su verga artificial, luego accionó la cisterna. «¿No vas a quitarte eso?», le pregunté mientras ella se aclaraba la cara y se echaba agua sobre el cabello. «¿Para qué? Me ha gustado, esto de tener una cola. Creo que me la voy a dejar puesta todo el día.» Ella se rió y yo salí y me acosté en la cama. Seguía haciendo mucho calor y sequedad y otra vez tenía sed. Ella salió tras de mí en el momento en que sonaba la melodía de un teléfono móvil. «¡Oh! Tengo que irme», dijo alegremente al mirar la pantalla. Apoyado en un codo, la contemplé mientras se vestía. Para tratar de introducir el objeto a lo largo de su muslo, tuvo que pelearse con sus vaqueros, ya de por sí demasiado estrechos para sus caderas. Al final logró cerrarlos y abrocharse el cinturón. Luego se puso el sujetador y la blusa, y se dio unos golpecitos en la bragueta: «Bonito paquete, ¿no?». Yo alargué la mano y la acaricié sin decir nada. Ella sonrió, meneó la cabeza y se marchó. Yo me levanté, me di una ducha rápida y también me vestí. La materia lisa y sedosa del chándal se deslizó agradablemente sobre mi piel, resultó reconfortante. Al salir de la habitación, vacilé: había dos puertas, una frente a la otra, no me había dado cuenta. ¿Cuál había tomado la chica? No tenía importancia. Abrí una al azar y atravesé el umbral con paso seguro; mis pies, enfundados en unas deportivas ligeras como plumas, retomaron sus pequeñas zancadas, pegué los codos contra las costillas y me concentré en la respiración, inspirando por la boca al ritmo de mis pasos. El aire aquí era menos seco, el sudor perló rápidamente mi rostro, humedeció mis axilas, el hueco de mis riñones, yo recorría el pasillo gris lanzando los pies sin apenas ruido. Estaba oscuro, pero no me molestó demasiado, se veía bastante bien; sin embargo, no podía distinguir el origen de la luz, las paredes parecían lisas, planas, indistintas, me pregunté vagamente de dónde podía venir la claridad, un dato que en el fondo me importaba muy poco. Aquí y allá había partes más oscuras que parecía abrirse a algún rincón, tal vez a un túnel, continué adelante sin disminuir la marcha, siguiendo la curva que no cesaba, y como un niño tendí la mano y dejé que mis dedos palpasen la pared hasta que tropezaron con un objeto que no había advertido. Era un pomo, lo giré y abrí la puerta. Supe enseguida que ese espacio me convenía. Era un estudio enorme y muy claro, las paredes forradas por libros, con un ventanal al fondo que daba a un montón de pequeños edificios escalonados delante de una franja de mar gris y luminoso. Fui a apoyar las manos sobre la larga mesa situada ante el cristal y observé la ciudad, contemplando los cambios de color de las fachadas a medida que la luz bajaba. Luego me volví. Encima del equipo de música vi la funda de un disco, unas viejas grabaciones de conciertos para piano de Mozart; puse uno al azar y deambulé por el estudio escuchando las primeras notas, dejando errar la mirada sobre el lomo de los libros y los numerosos grabados y reproducciones colgadas entre las estanterías. Las lúcidas y vivarachas notas de la música danzaban a través de la estancia, colmándome de una sensación de serena ligereza. Me serví un vaso de aguardiente, encendí un puro que encontré en una caja y me arrellané en un diván de cuero negro a hojear un álbum que había sobre la mesa baja. De formato horizontal y encuadernado en tela blanca, mostraba series de fotografías de hombres y mujeres desnudos llevando a cabo diversos movimientos descompuestos en secuencias por el dispositivo de grabación. Me detuve en una página: con un poderoso movimiento, un hombre hacía pivotar a otro alrededor de su cuerpo para echarlo al suelo, bocabajo, y abalanzarse sobre él para placarlo, su cabeza como confundida con la de su adversario mientras los blancos globos de las nalgas y las líneas nerviosas de los muslos se superponían, un sinuoso apilamiento de formas, fijado para siempre por el disparo sucesivo de los obturadores.
En este estudio hacía fresco, casi frío. Cambié el disco e inspeccioné los armarios buscando algo que comer. No había gran cosa, pero pude prepararme una cena revitalizante a base de sardinas en aceite, cebolla cruda, pan integral y vino rosado. Mientras me lo terminaba, mi cuerpo tiritaba, recogí rápidamente y fui a abrir la ducha, esperé a que saliese agua caliente para desvestirme. Debajo del chorro estiré los músculos, disfrutando de las sensaciones que atravesaban ese cuerpo, largo y nervioso. En la habitación, me sequé delante de un gran espejo redondo colocado al pie de la cama, un simple colchón echado en el suelo, cubierto por un grueso cubrecama bordado con unas largas hierbas verdes sobre fondo dorado. El espejo no reflejaba más que la parte inferior de mi cuerpo, que a pesar de la pequeña verga acurrucada entre las pelotas, se me aparecía casi como un cuerpo femenino, imagen que no me causaba la menor inquietud, más bien una difusa y agradable sensación de placer. Me volví para contemplar de perfil la combadura del muslo, la curva de los riñones, el óvalo delicado de la nalga. Me arrodillé sobre la cama, de espaldas al espejo, y levanté la cabeza. El culo, que ocultaba la parte de arriba del cuerpo, estaba ahora frente al círculo del espejo y, con una mano, lo abrí ligeramente, revelando la flor amarillenta del ano que parpadeaba suavemente, como si se estuviese mirando; una abertura minúscula pero sin fondo, deslumbrante. Aquello me pareció muy hermoso, lo contemplé pacientemente, hasta que al final me dejé ir y me acosté sobre el cubrecama. Ya no tenía frío y me dormí, como acostado en un campo de hierba, mecido por las cadencias alegres, burlonas, lúdicas de un último concierto. Cuando desperté estaba oscuro, todo en silencio, la carne de gallina me erizaba la piel y me deslicé bajo el cubrecama y las sábanas, envolviéndome bien para entrar en calor. Pero no logré volver a dormirme y al final me levanté, con el cubrecama sobre los hombros, para ir a la cocina americana a por un vaso de agua. Allá abajo, a través del ventanal, divisé en la negrura un rombo de luz, la ventana de un apartamento vecino que formaba un plano atravesado al bies por un largo diván de tejido blanco sobre el cual acababa de recostarse una joven en fina ropa interior. Sujeto encima del diván había un espejito redondo y ella se maquillaba, erguida sobre sus rodillas, con los riñones un tanto torcidos para mantener el equilibrio. De vez en cuando, levantaba el brazo para ajustar el ángulo del espejo, fijado en un soporte móvil, o bien para acercárselo a la cara, y ese gesto estiraba su pecho, anidado en un sujetador escotado, y hacía sobresalir el borde del pectoral, como un cable lechoso atado al hombro. Ella completaba esos gestos con rapidez y precisión, absorbida en la felicidad inconsciente de una rutina tan familiar para su cuerpo. La miré un momento, luego volví a acostarme. El sueño me llevó rápidamente a la entrada de una casa, una casa que debía de ser la mía, cerrada con llave tras una larga ausencia. Una serie de puertas daban a la cocina, de donde, tan pronto como abrí, salió un gato gris. La estancia apestaba a mierda y a basura, el gato debía de haberse quedado encerrado durante mi ausencia y lo había ensuciado todo: Poco importa, me dije encogiéndome de hombros, mi mujer lo limpiará. Abrí la puerta que llevaba al jardín trasero para airear, luego bajé al sótano; allí, atravesé un largo pasillo que desembocaba en una especie de cueva, abierta al gran jardín de delante. Mis obreros estaban allí esperando. «Dime, Emilio -pregunté-, ¿cómo va el trabajo?» Aquel a quien me había dirigido se adelantó, el sombrero entre las manos, y con una señal me pidió que lo siguiese afuera. La visión que allí me esperaba me horrorizó: el jardín, que antes dibujaba hermosas curvas montañosas protegidas de la vista de los vecinos, estaba ahora totalmente rellenado, formando una superficie plana a la misma altura de la casa siguiente. Desesperado, miré a mi alrededor: el viejo granero en ruinas contiguo a la casa había desaparecido, Emilio, en un exceso de celo, lo había demolido para nivelar el jardín. Fuera de quicio, arremetí contra él violentamente: «¡Pero Emilio! ¡Eso no es para nada lo que te había pedido!». Emilio intentó defenderse tímidamente, yo corría de un lugar a otro comprobando la magnitud del destrozo. El jardín así renovado desembocaba en las ventanas de la casa vecina, apenas escondidas por unos arbustos, y prolongaba ahora un camino vecinal que, antes, terminaba en las inmediaciones de mi propiedad. Precisamente por allí llegó un coche que atravesó mi jardín tocando alegremente el claxon a su paso. «¡A ver, Emilio! -exclamé-. ¡Mira bien y dime! ¿Y mi granero? ¿Quién te ha dado permiso para arrasarlo?» En vano estuve pensando en la forma de arreglar todo aquello, pues los daños eran demasiado importantes, me pareció una tarea imposible. El coche volvió a salir del jardín por un pórtico abierto cerca de la casa de los vecinos, y yo, furioso, lo seguí. «¡Venga, vas a cerrarme todo esto ahora mismo!», ladré señalando al camino. «¡Esto es una propiedad privada, por Dios, no una carretera!» Me adelanté y contemplé el callejón. Otro coche venía lentamente hacia mí, conducido esta vez por una mujer rubia. Emilio también había salido y estaba junto a mí, un poco en retaguardia. El coche deceleró, como para aparcar, pero no se detuvo y, con un gran estruendo metálico, fue a estrellarse perezosamente contra el pilar de piedra que sostenía el pórtico. Me acerqué deprisa, pero la conductora, las manos todavía sobre el volante, no se había hecho nada. Me pareció reconocer a mi vecina, que por otra parte se parecía curiosamente tanto a mi esposa como a mi madre -dos mujeres que tampoco sabían conducir-, y me incliné para hablar con ella de nuestro recién estrenado problema de vecindad; pero ni tiempo tuve de abrir la boca, pues, a través del cristal bajado, empezó a largarme una letanía de quejas: «¡Oh, precisamente usted! ¿Es consciente de que su circuito eléctrico anda como una cafetera? Hay picos de tensión todo el tiempo y eso provoca cortes en todo el vecindario». Aquellas palabras me llenaron de rabia y también yo me puse a gritar: «¡No sea usted exagerada, señora! He hecho que un electricista profesional revise el circuito por completo, dos veces. ¡Así que ya basta!». Cuando desperté, una luz fría bañaba la habitación, haciendo relucir el campo dorado del cubrecama pero sin calentar lo más mínimo. Me levanté y me vestí rápidamente, me bebí un vaso de zumo y salí. En el pasillo retomé la carrera sin vacilar, el esfuerzo me relajó y acabó de disipar los últimos restos del sueño. Todavía distraído, no obstante, tropecé alguna que otra vez con las paredes, la luz indistinta confundía los puntos de referencia y no siempre lograba situarlos con precisión, a veces aparecían zonas más oscuras, nuevos túneles o acaso nichos, yo los evitaba y me esforzaba por permanecer en el centro del pasillo, avanzando a zancadas cortas y regulares, mis deportivas golpeando con un sonido amortiguado un suelo tan liso como las paredes. Respiraba con regularidad, en pequeñas bocanadas rápidas, no me cansaba, sabía que así podía correr mucho tiempo. En un momento dado, advertí que llevaba los cordones sueltos, interrumpí la carrera y me arrodillé para atármelos; al levantar la cabeza, me di cuenta de que me hallaba ante un pomo, lo hice girar sin titubear y se abrió una puerta que franqueé en cuanto me hube levantado. Unos pasos más lejos me esperaba una hermosa mujer altiva, de físico muy sensual. Tenía una mano sobre la cadera; la otra acercaba a sus labios, pintados de color sangre, una larga boquilla para cigarrillos: «Llegas tarde, querida», murmuró exhalando una nube de humo y cogiéndome de la mano. «Dios mío, estás sudando. Y ni siquiera vas vestida.» En su muñeca tintineaban varias pulseras doradas; me agaché y rocé con los labios su hombro desnudo, la nariz entre sus largos rizos de reflejos pelirrojos, inspirando su rico olor a ámbar, ligeramente almizclado. «Disculpa. He tenido que correr.» — «No pasa nada. Ven.» La seguí a través de una gran estancia, al fondo de la cual había abierta una puerta con vidriera que daba al exterior. Un césped de un verde brillante, sobre el que dos hermosos dálmatas se perseguían ladrando y trazando grandes elipses erráticas, se extendía hasta unos bosquetes de palmeras, ficus y buganvillas; un grupo de chicas en pantaloncitos ceñidos y bikinis o en camisetas de tirantes jugaba al voleibol. «Ya ha llegado casi todo el mundo», dijo mi amiga con un ligero tono de reproche, subiendo una escalera de piedra que bordeaba la fachada de la vivienda. Sus altos tacones de aguja repiqueteaban sobre la piedra y sus caderas ondulaban delante de mí. La escalera desembocaba en una amplia terraza embaldosada, de color terracota, en medio de la cual brillaban las aguas verde esmeralda de una piscina rectangular. Una chica grande de pelo corto y negro hacía largos con el pecho desnudo; cerca del borde, acostada bocabajo y apoyada en los codos, otra joven, rubia con un moño retorcido, me seguía con la vista con aire burlón; sus hermosos piececitos, las uñas de rojo vivo, se mecían por encima de sus nalgas rollizas, apresadas en un bañador blanco a rayas azules que le dejaba la espalda al descubierto. Contemplé aquel cuerpo magnífico con un deje de envidia; pero mi amiga ya me arrastraba por otra puerta corredera a un gran salón enmoquetado de paredes gris pálido, con cortinas naranja quemado y amarillo limón, organizado en varios planos y amueblado con elegancia y sobriedad en tonos verdes que hacían juego con el césped. En el centro reinaba una especie de lecho o de diván de dimensiones imponentes, sin respaldo, cubierto con una gruesa tela dorada bordada con unas largas hierbas verdes. Rodeamos aquel mueble para seguir un pasillo que llevaba a un dormitorio. El cuarto de baño contiguo, con suelo de pizarra y paredes chapadas de blanco, me pareció inmenso. «Dúchate ahí -ordenó mi amiga-. Voy a buscar algo con que vestirte. Algo clásico, ¿no?» Me rozó la barbilla con sus uñas pintadas: «Y aféitate. Rascas». Me desvestí rápidamente e hice lo que me ordenaba. Apenas terminé de afeitarme, volvió con una pila de trajes y los dejó sobre una silla. La sesión de pruebas duró un buen rato, la talla no siempre me iba bien; me pasó un sujetador de encaje gris cuyo escote redondeaba un poco mis formas, unas bragas de tul bordado y unas medias de seda rematadas por una ancha banda de encaje, también grises pero de un tono más oscuro, casi metálico. Encaramada sobre los zapatos de tacón en los que había deslizado mis pies, admiré en el espejo la curva de mis nalgas y de mis muslos realzados por el encaje, retrasando el momento de ponerme el vestido. Este era sublime, un largo vestido tubo de lino y viscosa gris perla tricotado y muy sedoso, sin la menor costura, forrado en su interior con una seda rosa palo que resbaló delicadamente sobre mi piel cuando me lo puse por la cabeza. Los tirantes dejaban al descubierto mis hombros angulosos; delante, el tejido, modelado por el sujetador, daba forma a un pecho menudo pero encantador. Mi amiga me alisó el tejido sobre las caderas sin perder de vista nuestro reflejo en el espejo. Luego me maquilló, gris azulado para los párpados, un color más bien rosado para los labios y una laca también rosa pero más oscura para las uñas; me puso también algunas joyas, pendientes de perlas, collar trenzado, pulseras y anillos de plata labrados con gusto. En cuanto al pelo, fue sencillo: me lo alisó con gel, luego me lo separó con una raya larga y limpia, y lo dejó con una mecha aplastada de través en la frente, y los costados recogidos con pinzas. Me encaramé en mis zapatos de tacón y esbocé algunos movimientos. «Estás soberbia», le susurró con voz ronca mi amiga a la gran mujer con porte de reina que me devoraba con los ojos desde el espejo, los ojos realzados con kohl y con rímel, ardientes de excitación. «Puede que no sea la más guapa de la velada -murmuré pivotando sobre mis tacones y mirando por encima del hombro la espalda y los riñones de la figura en el espejo-, pero mi culo pondrá tiesa a más de una.»
La fiesta estaba en pleno apogeo. El remolino de mujeres a mi alrededor me provocó un ligero vértigo, en mis oídos resonaban ruido, música, risas, gritos, tintineo de vasos y joyas, me hallaba en medio de una zarabanda de guiños, mohines, sonrisas, contactos, gestos cariñosos, atisbos de movimiento repetidos en los grandes espejos que rodeaban el salón. El vestido, estrecho, me obligaba a dar pasos menudos, todavía no acababa de sentirme a gusto sobre los tacones; pero mi equilibrio se iba a afianzando poco a poco y, con él, iba ganando seguridad y empezaba a reírme, hablar, gesticular tan libremente como mis compañeras. Mi amiga me ofreció un cóctel, un gin-tonic fresco, chispeante, casi amargo, y se inclinó a susurrarme unas palabras al oído: «Aquí todo es perfecto, ¿no? Estamos entre las nuestras». Había demasiado ruido para oírla y meneé la cabeza. En una parte un tanto elevada del salón, tres chicas bailaban contoneándose, sus hermosos traseros apresados en minifaldas o en pantaloncitos, sus piernas largas y desnudas y lisas. Muy cerca de mí, una mujer altiva de cuerpo escultural, exagerado, que me sacaba casi una cabeza, se miraba fijamente en un espejo, sus dos manos remontando las caderas y el vientre hasta llegar a sopesar gravemente sus senos abombados. La joven de pelo rubio recogido en un moño, a la que había visto poco antes al borde de la piscina con un bañador rayado, se unió a nosotras, ahora llevaba un corto vestido bordado con una estola morada drapeada sobre los hombros estrechos. Su mano se posó con familiaridad sobre mi espalda y me rozó el cuello con los labios: «¡Qué hermoso vestido! Te queda muy bien». Me sonrojé de placer y, atrayendo su nuca con la mano, ceñí mi boca a la suya. Cerca de nosotras mi amiga reía; delante de mí, en el espejo, vi la espalda y los riñones de la joven, nuestros cuerpos enlazados y mi propia mirada filtrada a través de sus mechas despeinadas que olían a brezo, musgo y almendra. Finalmente se liberó y me contempló con una sonrisa breve y alegre; luego, acariciándome la cara con la punta de los dedos, se alejó: «Hasta luego». Di un trago mientras la veía desaparecer entre el gentío. Mi amiga seguía riendo y me ofreció un pintalabios: de pie ante el espejo, me retoqué con cuidado el trazo de los labios; cuando los presioné el uno contra el otro, en ese gesto tan íntimamente femenino, experimenté un placer sensual que se difundió por todo mi cuerpo. Cerca de mí, varias chicas se abrazaban sobre los sofás o de pie contra las paredes, vi manos de uñas variopintas errando sobre los muslos y las nalgas y desapareciendo bajo los vestidos o las faldas, senos que aparecían bamboleantes, su pezón erecto convidando a los labios, la joven peinada a lo chico que antes hacía largos en la piscina estaba ahora arrodillada entre los muslos de la gran mujer escultural; esta, su cabeza inclinada sobre aquella, seguía mirándose en el espejo, me volví hacia su reflejo e intenté que nuestras miradas se cruzasen, pero ella continuaba ensimismada en sí misma, impenetrable, así que podía contemplarla con total tranquilidad, sin que se diese cuenta; visto desde esa perspectiva su rostro adquiría un visaje duro, anguloso, casi masculino, a medida que la cabeza de pelo negro descendía a lo largo de su cuerpo, su mirada se ensombrecía virando hacia un aire feroz, desmesurado; y cuando por fin la chica le hubo apartado los muslos con ambas manos para posar la hermosa boca pintada sobre su sexo, sus ojos se vieron animados por una alegría furiosa, devoradora, soberbia. Yo bebía a sorbitos sin dejar de mirar el espectáculo en el espejo, mi amiga observaba igualmente a la pareja por encima de mi hombro y yo distinguía también, delante de mi propio reflejo, el de sus formas generosas y sus cabellos ensortijados. Una bandejita plateada que circulaba entre las invitadas llegó hasta nosotras; me agaché, cogí con delicadeza la paja de cristal e inspiré por la nariz una línea de polvo blanco, y luego otra; un temblor me atravesó el cuerpo, me incorporé, combada nerviosamente sobre mis piernas tensas por los altos tacones, y con una mano me alisé el tejido tricotado sobre la cadera y la nalga. También mi amiga tomó un poco de cocaína mientras yo le sujetaba la bandeja. Luego la hice pasar, y a ella la agarré de la mano para sacarla fuera. Al atravesar el umbral de la puerta corredera de cristal tirité, afuera hacía fresco, también humedad, bajo el haz de puntos luminosos dispuestos aquí y allá, la hierba brillaba por el rocío. «Hay mucha luz -le dije a mi amiga-. ¿Estás segura de que no van a saltar los plomos?» — «No te preocupes. Un electricista profesional ha revisado el circuito, dos veces.» También ahí había decenas de invitados charlando o besándose mientras bebían, reían, fumaban. Varias chicas, desnudas excepto por un tanga o una camiseta, nadaban en las aguas iluminadas de la piscina, sus cuerpos hermosos y esbeltos deformados por las ondulaciones del agua verde. En el borde, arrodillada, desnuda también salvo por unas finas bragas de encaje negro y violeta, la joven del moño medio deshecho a la que había besado contemplaba su imagen en el agua agitada. Desde donde yo estaba, veía su perfil: su luenga nuca realzada por el moño, su hombro anguloso y la graciosa curva de su espalda eran casi las de un chico; pero la forma redondeada de sus caderas cuando se levantó con un movimiento flexible, y las nalgas firmes que tensaban el tejido translúcido de las braguitas eran las de una mujer, toda una mujer. Yo seguía bebiendo, mi amiga me había pasado otro gin-tonic y el rojo de mis labios maculaba el borde del vaso, sentí que se me erizaba la piel bajo la ropa interior que la apresaba, una piel que buscaba con delicia, en los lugares donde estaba desnuda, el contacto del sedoso forro del vestido. La joven rubia, las manos sobre las rodillas y las nalgas hacia atrás como una chiquilla, seguía contemplándose en las blancas aguas de la piscina, y ese espectáculo me llenó de alegría. Luego se incorporó de golpe, brazos alzados y pequeños senos menudos lanzados hacia delante, tomó impulso y se sumergió, borrando así su reflejo. Vi cómo su cuerpo largo y blanco se esfumaba bajo el agua, el brazo a lo largo de los costados, propulsada por los pies. Mi amiga me acariciaba los riñones y las nalgas, haciendo resbalar el tejido del vestido sobre la tela chirriante del forro, pero yo apenas me daba cuenta. «Te gusta -me dijo su voz al oído-. Más que yo.» — «No es eso -dije yo con tristeza-. Siento celos de su cuerpo. El mío jamás será así.» — «Tú también eres muy guapa. Tu cuerpo me excita.» — «Tal vez. Pero no es lo mismo.» Me acerqué a ella, el pulso acelerado. La chica salió del agua, chorreando, los cabellos deshechos y empapados, las braguitas mojadas pegadas al pequeño sexo delicado. Otra mujer le tendió una toalla y ella se cubrió los hombros y corrió hacia nosotras a pasos menudos: «¡Dame un trago!», exclamó estallando en una risa alborozada. Apoyada contra mi amiga que ahora me acariciaba suavemente el vientre, le ofrecí mi vaso con una sonrisa afectuosa. Me sentía feliz y ligera, el espíritu dilatado por el alcohol y la cocaína, invadido por la plenitud del cuerpo ambiguo que dibujaba la hermosa ropa que me había prestado mi amiga. «Te vas a enfriar», le dije a la chica rubia que tiritaba, estirando los dedos para secar el agua que perlaba la piel erizada de su brazo. «Ven a secarte.»
Sola ahora en el cuarto de baño, examiné mi rostro a la luz cruda y despiadada del neón. Bajo su máscara de colores y de polvos me parecía hueco, casi febril. Me repasé rápidamente los pómulos ardientes con un poco de colorete y volví al salón. La joven rubia había salido antes que yo y bailaba ahora casi desnuda, su imagen repetida en los espejos ante la gran cama del tejido verde y dorado. Por todas partes reinaba una enorme confusión de cuerpos; desvestidos del todo o sólo en parte, se enlazaban sobre los divanes y la moqueta, abriéndose los unos a los otros en un comunismo alegre y salvaje en que los órganos, las manos y las bocas ávidas se imponían a los individuos haciéndolos estallar, revolverse, mezclándolos en una marea de gritos y de suspiros roncos, sacudidos por espasmos irregulares. Busqué con la mirada a mi amiga: seguía del otro lado del ventanal, encaramada con aire irónico sobre sus altos tacones, fumando un cigarrillo y contemplando con aparente indiferencia, a través del cristal, aquella utopía desordenada de los cuerpos, en cuyo seno me fui abriendo camino lentamente. Llegué delante de la chica rubia, la tomé por los hombros y la acosté bocabajo, empujando su pecho menudo y su cara sobre las largas hierbas de la tela. Así como involuntariamente, abrió las piernas, yo me arrodillé detrás de ella sobre el diván y acaricié sus muslos finos y nerviosos; cuando estiré del fino tejido de sus braguitas, las nalgas se ahuecaron para aflojarse enseguida y abrirse bajo la presión de mis dedos. Me agaché y rocé con los labios la piel todavía erizada del culo; con los codos prietos contra las costillas, ella tiritó; entonces le pasé la lengua por la raya, degustándola con un ligero amargor al contacto del ano, fruncido en medio de una escueta mata de pelo rubio. Deslicé una mano bajo su cuerpo estrecho, a lo largo del vientre y luego de la ingle, apartando el tejido mojado de su braguita para arropar entre mis dedos su pequeña verga blanda y sus pelotas acurrucadas. Ella empezó a gemir, yo le lamía el ano a golpecitos secos jugando con su sexo, mi propia verga se había endurecido y me incorporé para levantarme el vestido y extraerla de mi braguita, la unté con saliva y luego atraje contra mi vientre la espalda y las nalgas desnudas de la chica y me deslicé en ella de golpe para doblarme hacia delante, mis dientes sobre los pelos rizados de su nuca. Con las manos crispadas sobre el cubrecama bordado y la respiración entrecortada, la joven bufó de placer, yo solté su verga floja para acariciarle un seno, girándome un poco y apoyando la otra mano en su nuca: así podía contemplar una parte de nuestros cuerpos en el espejo, mi culo, moldeado bajo el vestido, dibujando una curva gris perla realzada por la luz del plafón, y debajo, casi carmesíes, desnudos salvo por la fina banda arrugada de la braguita, arqueados sobre la tapicería verde y dorada de la tela, el muslo y el culo de la chica rubia. Apreté su cuerpo menudo y fino entre mis manos y volví a buscar su verga, ahora sí estaba empalmada y el sexo, atiesado, parecía minúsculo entre mis dedos, lo bamboleé mientras seguía hurgando en su culo, ella jadeaba y gozaba dando chillidos, su trasero y su espalda estremeciéndose de forma continua. Luego se hundió en las hierbas bordadas, expulsando mi sexo de su culo en un movimiento largo y resbaladizo. Yo todavía no había gozado y mi verga palpitaba, yo jadeaba como ella, las manos apoyadas sobre sus largos muslos blancos. Pero llegó otro cuerpo para instalarse contra el mío y levanté la cabeza para frotarla contra la suya: se trataba de la gran chica peinada a lo chico, cuyo pelo negro y tupido, apretado contra mi cara, me colmaba las ventanas nasales de un olor a tierra y canela. Levanté la cabeza para besarla en los labios: justo delante de mis ojos, una espesa cicatriz bifurcada le marcaba el ángulo de la mandíbula. Totalmente desnuda, se restregó contra mi espalda, me acarició el pecho, presionó mis muslos con sus rodillas; luego me subió el vestido hasta los riñones, apartó mis braguitas hacia una nalga y se puso a su vez a acariciarme el ano, la yema del pulgar húmeda de saliva. Impasible detrás del cristal, mi amiga nos observaba atentamente; la chica rubia se había acurrucado como una bola y, retirada a un lado del diván, también nos miraba con los ojos húmedos de placer. La verga de la chica de pelo negro empujaba contra mis nalgas, pesada, caliente y tierna; apresado por su cuerpo palpitante de excitación, yo sentía cómo mi propio cuerpo se endurecía, cómo por un breve instante adquiría la densidad de un hueso de fruta para luego fundirse poco a poco. Con la mano atrás y el corazón batiente, guié la verga resbaladiza de saliva hacia mi ano, ella presionó y me ensanchó y entró, llenándome de gozo la espalda entera, desplegándola bajo el tejido del vestido. Yo no acababa de empalmarme, mi sexo rebotaba muellemente contra el encaje de mis braguitas bajadas, mis muslos enfundados en seda restregándose contra los muslos musculosos de la chica que, de una poderosa arremetida, se metió en mi interior, yo me repantigué sobre un hombro, retorciéndome un poco de lado, así podía ver otra vez varias partes de nuestros cuerpos enmarcados en los espejos, un amasijo de carnes movientes, de pedazos de ropa dispar amontonados sobre la extensión verdosa de la tela, rematados por el culo abombado de la chica, que a cada envestida se estremecía, y bajo su culo mi muslo y la curva de mi nalga, delimitados por el gris de la media y del vestido arremangado. Sus manos se apoyaban con todo su peso en mi nuca y mi cabeza y fue así que, bien abierto por su verga magnífica, mi cuerpo se arrancó de sí mismo, proyectándose tal que una sombra sobre los que lo rodeaban, el que lo estaba dominando y otros que andaban cerca, ligeros y dislocados por el placer que los elevaba como una inmensa marejada.
Cuando abrí los ojos estábamos las tres echadas sobre el diván, nuestros miembros mezclados los unos con los otros, desnudas excepto por algunas prendas de tul y de encaje. Tenía la boca pastosa, algunos calambres me recorrían los músculos. La joven de los cabellos rubio veneciano dormía bocabajo totalmente desnuda, la del pelo negro yacía de espaldas, su larga verga apoyada en el muslo. La rocé con el envés de los dedos, pero la chica no despertó. Me incorporé, me senté en el borde de la gran cama y me deshice del zapato de tacón que no me había quitado durante toda la noche, así como de la media de seda. A pesar del dolor ácido que se ensortijaba con intermitencia en mi cabeza, una enorme sensación de paz y plenitud colmaba mi cuerpo. A nuestro alrededor había otras chicas que también dormían, echadas sobre los sofás y las mullidas moquetas. Algunas seguían gozando en sueños, una de ellas, una muchacha muy delgada de pechos desmesurados, se acariciaba distraídamente un seno y soltaba pequeños gemidos. De mi amiga no había el menor rastro. Me levanté y deambulé por la casa silenciosa buscando el cuarto de baño, donde estuve un buen rato meando, sentada en la taza. Luego me desmaquillé y me di una ducha, estremeciéndome de placer bajo el chorro caliente. Mi ropa de deporte estaba enrollada en el rincón y, en cuanto me hube secado, me la puse en un santiamén. En el salón, mis dos compañeras seguían durmiendo, acurrucadas ahora la una contra la otra en medio del campo verde y dorado de la gran pieza de tejido. La chica del pelo a lo chico se había vuelto sobre el costado de tal modo que su pelvis encajaba con las nalgas finas y nerviosas de la joven rubia, medio escondidas bajo las más musculosas de la otra. Mis deportivas no hacían el menor ruido sobre la moqueta y al salir no desperté a nadie. Bajé, atravesé la casa y abrí la puerta del fondo para meterme en el pasillo; tan pronto como la cerré me puse a correr, subiéndome la cremallera del chándal hasta el cuello. No contaba los pasos, se iban sucediendo uno tras otro, firmes y regulares como mi respiración, conduciéndome mal que bien en la difusa luminosidad, tratando de adivinar la curva del pasillo, temeroso por chocar con la pared. De cuando en cuando, cada vez que aquello se volvía demasiado oscuro, alargaba una mano para guiarme, pero a veces mis dedos no encontraban más que el vacío, tal vez otro ramal o acaso un hueco, entonces vacilaba pero no me detenía, esforzándome por mantener el rumbo. Cuando mi mano golpeó un objeto metálico, supe enseguida que era el pomo de una puerta, ajusté mi paso para cogerlo y abrí. Más allá del umbral, la luz me deslumbró, parpadeé y me tapé los ojos con el brazo. El aire era como el de un incendio, la cara y el torso cubiertos de sudor, me quité rápidamente la chaqueta para secarme con ella, luego me la anudé a la altura de los riñones. Entonces miré a mi alrededor. Me hallaba en el lindero de una extensión de tierra roja sobre la cual había dispersos varios grupos de cabañas redondas con las paredes de arcilla y los tejados de paja. La gente iba y venía, sobre todo mujeres y grupitos de niños, algunos hombres también, todos de piel negra y pelo corto y crespo, vestidos de colores vivos y a menudo mal combinados. Unas cuantas palmeras ascendían enormes entre las cabañas; más lejos se alzaba una gigantesca pared de vegetación, donde el verde brillante de los mangos destacaba sobre los tonos más oscuros, verdín o amarillento, de los otros árboles. En el aire flotaban ruidos de pájaros y gritos de niños; a veces también resonaban los ladridos de un perro invisible. El aire era pesado, eléctrico. Una mujer, sentada a la sombra delante de una cacerola ennegrecida que cocía a fuego lento sobre un pequeño fuego, me hizo una señal con su cucharón para que me acercase. A su lado, sobre una estera de paja trenzada, dormía un bebé, una niña desnuda con sólo un cordoncillo de color alrededor de los riñones. La mujer me señaló otro taburete y me ofreció una escudilla humeante llena de alubias rojas con una cuchara de latón. Yo tenía mucha hambre y devoré jovialmente el plato, dándole las gracias con una sonrisa y algunas palabras; ella respondió en una lengua que no entendí, animándome con un gesto a seguir comiendo. Le faltaba sal pero poco importaba, devoré cucharada tras cucharada hasta vaciar la escudilla. Seguía sudando copiosamente, aquel húmedo calor me pegaba la ropa al cuerpo. Una bocanada de viento caliente sacudió las palmeras y la mujer levantó la cabeza. Yo también miré: unas pesadas nubes negras cubrían el cielo sobre el bosque. Las primeras gotas empezaron a estrellarse contra el suelo, haciendo brotar partículas de tierra roja; la mujer recogió al bebé en su estera y agarró la cacerola, gesticulando para que la siguiese bajo un tejado de paja sujeto por estacas, como una cabaña sin paredes. Allí había tres sillas pequeñas o taburetes de madera, tomamos asiento en silencio mientras que, afuera, la lluvia iba intensificando su zumbido y creciendo en volumen hasta ahogar cualquier otro sonido. De pronto, todo se había ensombrecido. El bebé despertó y rompió a llorar. La mujer lo meció, luego, con un gesto seco, liberó de su blusa un grueso seno redondo y flácido del cual se apoderó la criatura con avidez para mamar con todas sus fuerzas. La lluvia martilleaba ahora la tierra y yo miraba en silencio a la mujer y a su bebé, escuchando el croar de los sapos que se elevaba desde el linde del bosque. De repente, delante del refugio apareció una sombra que gritó unas palabras guturales. La cara de la mujer se descompuso, apretó al niño contra su pecho, la sombra se había agachado para entrar en el refugio, cuando se incorporó vi que se trataba de un soldado armado, la cabeza cubierta por trencitas y el pecho y los brazos decorados con objetos heteróclitos, joyas o fetiches. Gritó y agitó su arma hacia el exterior, la mujer se había apartado de la silla y se había sentado en el suelo, con el bebé bien abrazado, sin previo aviso el hombre me dio una buena patada, caí al suelo y siguió moliéndome a palos hasta que me puse a reptar hacia fuera para escapar de él. La lluvia me empapó inmediatamente; apoyado sobre las manos, traté de levantarme, pero un mal golpe en la espalda me lanzó volando sobre un charco. Aturdido, medio grogui, la boca llena de un lodo que en vano traté de escupir, me acurruqué sobre el costado, el dolor chisporroteando como la quemadura de un hierro candente, incapaz siquiera de salir del charco. Borrosas, apenas distinguibles, las botas de goma verde del hombre me tapaban todo el campo de visión, rodé sobre los hombros, la figura verde y morena, velada por la lluvia, seguía encima de mí agitando su fusil, a mi espalda la mujer gritó, yo seguí al soldado con la mirada mientras iba hacia ella, que se agarró convulsivamente a su bebé hasta que el hombre se lo arrancó en un gesto brutal y lo lanzó volando a un matorral, la mujer dio un grito estridente y se apresuró hacia el matorral; pero un violento golpe en el vientre la dobló en dos y la tiró al suelo, y allí el hombre le asestó una patada en la cabeza. Fue lo último que vi, algo o más bien alguien me había cogido por el pelo para arrojarme sobre el lodo, di un alarido y procuré agarrarme al brazo, lo que me valió una buena tunda, sofocado, medio asfixiado por el fango y el terror, al final logré rehacerme y caí de rodillas mientras una mano implacable me retorcía los brazos a la espalda y me los ataba a la altura de los codos. Luego me pusieron de pie y un violento empujón me propulsó hacia delante. Se estaba haciendo de noche, la lluvia me cegaba y no veía nada, un último golpe volvió a tirarme al suelo cerca de unas personas a las que oía pero no podía distinguir. Me retorcí para volver a ponerme de rodillas, parpadeando con furia, varias cabezas me rodeaban, chicos y chicas, todos parecían muy jóvenes, gritaban y lloraban en su lengua. La cuerda me cortaba la circulación a la altura de los codos, sentí que mis manos se entumecían. Poco a poco la lluvia se fue apaciguando, tras de una nube apareció un pedazo de cielo apagado que depositó sobre la escena una luz vacilante, estábamos rodeados de soldados, todos semejantes al primero, dos de ellos le anudaban cuerdas a los niños sentados alrededor de los riñones, vino otro y me ató de esa misma manera, más lejos, otros soldados blandían sus fusiles automáticos, empujaban a una media docena de hombres hacia el mango inmenso y solitario que se alzaba en medio de la plaza, los pusieron contra el tronco y los ataron juntos, los hombres se dejaban hacer sin resistirse, desde donde yo estaba no podía escuchar si protestaban o no, seguía lloviendo un poco y el croar de los sapos colmaba el crepúsculo, la luz del sol poniente hacía relucir los charcos esparcidos por la plaza, uno de los soldados cogió un grueso palo que andaba por allí y, con gesto tranquilo, preciso y metódico, le fue reventando la cabeza a los hombres del árbol. Otros hombres empezaron entonces a molernos a golpes para que nos pusiésemos en pie, fue cuando me di cuenta de que nos habían atado de tal modo que formábamos una especie de cadena humana, tuve la impresión de ser el único adulto, todos los demás parecían niños o adolescentes. A mi lado había dos soldados: «Por favor, please, bitte, s’il vous plaît, min fadlikoum, pozhaluista, molim vas», mascullé de forma idiota en todas las lenguas que conocía, agitando los brazos a mi espalda. Uno de ellos me miró con ojos muy rojos; el otro lanzó unas palabras y el primero se sacó un cuchillo y se adelantó para cortar las cuerdas que me apresaban los codos. Mis manos y mis antebrazos estaban amoratados, ya no los sentía, los golpeé contra mis muslos y un horrible hormigueo los invadió, casi insoportable, los codos también me quemaban, un dolor agudo, a la altura por donde me los habían atado, me di unos masajes mal que bien, apretando los dientes para no gemir. Un poco más lejos, una joven se debatía en el suelo gritando. Un soldado quiso levantarla pero ella se resistió, pataleando en el suelo cenagoso y aullando con todas sus fuerzas. Por fin el soldado la soltó y se incorporó, tomó el fusil que llevaba al hombro y le aplastó la cabeza de varios culatazos, no se detuvo hasta que la chica quedó inmóvil por completo. Luego le desató la cuerda de los riñones y volvió a atarla para reestructurar la cadena, que se puso en marcha entre gritos y golpes, dejando atrás el cadáver, echado en el lodo, la sangre y los sesos salpicando unos charcos todavía acribillados por las últimas gotas de lluvia.
Nos obligaron a caminar toda noche. Igual que los niños atados conmigo, tuve que cargar sobre la cabeza un pesado saco lleno de grano o de harina. El sufrimiento lancinante en mis brazos, magullados por las cuerdas demasiado apretadas, agravaba la dificultad del ejercicio; no dejaba de resbalar en el lodo, de tropezar con raíces, lianas o zarzas, a menudo dejaba caer el saco y me caía una lluvia de golpes como castigo. Las ramas espinosas me laceraban los brazos y la cara, los mosquitos me devoraban sin que pudiese rascarme, avanzaba paso a paso, jadeando, guiado de forma aproximada por la cuerda que me unía a la niña de delante. Cuando uno de los niños, agotado por el cansancio, acababa cayendo al suelo, lo machacaban a patadas; si no se levantaba lo suficientemente rápido, lo mataban con un palo, un culatazo o un cuchillo: desde que aparecieron los primeros soldados, no había oído un solo disparo. A nuestro alrededor se alzaban los árboles inmensos del bosque, negros y amenazantes, entrelazados en redes de vegetación como en telarañas gigantescas, la luz de la luna apenas se filtraba entre ellos, pero eso no parecía molestar a los soldados que guiaban la marcha. A ambos lados de la columna, la oscuridad estaba animada por un baile enfurecido de luciérnagas, minúsculos puntos de luz verde que aparecían y desaparecían, breves como un parpadeo amistoso; el bosque crujía por todas partes, gritos de aves o de monos asustados por el rumor de la tropa, sonidos de hojas pisoteadas, de ramas quebradas, de gotas de agua sacudidas de las ramas, una orden ladrada en una lengua desconocida, el aullido de dolor y de miedo de un niño golpeado, el ruido ronco de las respiraciones desconsoladas. Violentos olores se me agarraban a la garganta, olores de tierra, de lodo, de ciénaga, de hojas descompuestas, el agrio aroma del sudor de los soldados que a veces pasaban a mi lado, el hedor más dulzón de la mierda cuando uno de los niños, no pudiendo aguantarse más, se cagaba encima mientras caminaba, el olor, reconocible entre todos los otros, del puro miedo. Cuando llegamos al campo todavía era de noche. En un gran murmullo contenido, fuimos acogidos por soldados armados y por una muchedumbre de niños; unas manos ágiles e invisibles nos quitaron los sacos de la cabeza, los bidones y las cacerolas; separados en dos grupos, chicos y chicas, y a través de un claro todavía empapado por la lluvia, fuimos llevados ante el jefe de aquel ejército extraño. Retrepado en un pequeño asiento de madera trenzada, imperaba bajo un toldo de paja, rodeado por una decena de soldados armados con fusiles rusos y con machetes, y por mujeres jóvenes y niñas, sentadas a sus pies en silencio. Unas manos rudas nos obligaron a arrodillarnos sobre la hierba húmeda, a diez o doce metros del grupo; el comandante se acercó, la luna iluminaba sus rasgos y pude distinguirlos con claridad, tenía pinta de ser muy joven, apenas un poco mayor que sus hombres, también a ellos los veía mejor y ninguno parecía haber abandonado la adolescencia. Un soldado se acercó a su jefe y este, con una voz fuerte pero un tanto aguda, pronunció varias frases que el soldado tradujo enseguida a una lengua que, como la original, tampoco entendí. Luego, toda la asamblea se arrodilló a nuestro alrededor; sólo quedó en pie el comandante, con sus trencitas aceitadas y sus grisgrises relucientes en la claridad nocturna, que entonó un solemne cántico, repetido en coro por todos los presentes. Cuando hubo terminado, varios soldados pasaron entre nosotros con una pequeña calabaza en la mano, mojaban los dedos en una sustancia espesa y líquida que había en el recipiente y le trazaban a cada nuevo cautivo una cruz sobre la frente, el pecho, la espalda y las dos manos. Cuando llegó mi turno, me dejé hacer de forma pasiva y cerrando los ojos; de ahora en adelante, les pertenecía. Luego el comandante distribuyó a las niñas entre sus soldados, quedándose dos para él, y yo, junto con otros muchachos, fui apartado hacia un rincón del claro, donde nos ataron de nuevo los unos a los otros por la cintura y nos dijeron que nos echásemos a dormir. Por encima de mi cabeza, el follaje de los árboles destacaba sobre un cielo pálido, de las hojas todavía caía alguna que otra gota, la luna brillaba más alto y no vi ninguna estrella. Detrás de mí resonó un grito breve, seguido de un crujido de hojas y de un gruñido; me volví mal que bien: en medio de una extensión de altas hierbas verdes, cerca de los primeros árboles, un soldado había arrojado al suelo a una de las niñas. Ella cayó bocabajo, sobre el suelo un poco dorado, y él se bajó los pantalones, se arrodilló detrás de ella y le levantó el vestido. Ella volvió a gritar y él la golpeó, un puñetazo brutal en la nuca; ella se calló inmediatamente, y él se acostó encima de ella; tenía frente a mí sus dos nalgas negras y sus muslos poderosos, casi azules bajo el frío resplandor de la luna, durante unos instantes los miré ir y venir, el cuerpo de la muchacha había desaparecido en las altas hierbas, pero no costaba imaginar su temblor impotente, finalmente me volví sobre la espalda y cerré los ojos. La tregua no duró mucho, una patada en las costillas me despertó demasiado pronto; con las luces del amanecer, el campo se ponía en marcha, había jovencitas machacando alimentos en morteros de madera y muchachos trajinando madera seca para avivar los fuegos y hervir agua. Unos pocos soldados nos desataron y nos indicaron que podíamos entrar en el bosque para hacer nuestras necesidades. Pasé entre los árboles, alejándome un poco de los otros chicos para buscar un arbusto, y finalmente me bajé los pantalones tiesos de barro y mugre y me agaché: la mierda empezó a fluir de inmediato, líquida, hedionda, casi verde. Cuando hube terminado me limpié mal que bien con unas hojas y me levanté. Un poco más lejos, había soldados gritando y niños correteando por entre los árboles hacia el campamento. Fue entonces cuando reparé con asombro en una choza, plantada al borde de un terreno despejado entre los árboles, con paredes de tierra cerradas por una puertecita de madera. Me acerqué y agarré el picaporte de metal para empujar la puerta, que cedió fácilmente, entonces agaché la cabeza y los hombros para entrar. Una vez en el pasillo me recuperé y, a pesar de los dolores que todavía me atenazaban, retomé la carrera enseguida. Ya no sentía la menor fatiga ni incomodidad, respiraba con facilidad y daba largos pasos de forma regular, aunque me costaba mantener el equilibrio, andaba un poco a tientas, desorientado por la falta de luz y de indicaciones, y me di un golpe violento contra una pared sin interrumpir por ello la carrera, tanteando la forma de navegar entre aquellas paredes, evitando los sectores más oscuros que podrían haber sido bien mazmorras, bien galerías laterales que sabe Dios dónde llevarían. Al final desemboqué en el vestuario y me cambié deprisa, me encasqueté el gorro de baño en el pelo sucio todavía de barro y pasé por las puertas batientes para entrar en un espacio enorme y azul lleno de ecos de gritos y ruidos de agua. Por todos lados había unos grandes espejos que rodeaban la piscina y me devolvían reflejos de mi cuerpo fragmentados e imposibles de unir los unos con los otros, seguía vacilando, luego recuperé mis fuerzas y, con el cuerpo tenso y las nalgas prietas, me zambullí recto como una lanza en el agua clara y fresca.
II
Encadenaba largos sin contarlos, complacido por la fuerza de mis músculos y el contacto fluido y viscoso del agua, marcando apenas la pausa en los extremos de la piscina para volver a lanzarme con un vigor cada vez renovado. Por fin, sumergido bajo la superficie con los ojos bien abiertos, di el circuito por terminado. Mi cabeza surgió a la superficie, mis dos manos encontraron el borde, se apoyaron en él y, de una tracción, izaron mi cuerpo empapado fuera del agua. Desorientado por la luz azul y los ruidos, me quité el gorro y las gafas y me quedé allí un instante, el agua goteando de mi cuerpo para formar un charco a mis pies. A mi alrededor resonaban chapoteos, gritos y risas, los grandes espejos que rodeaban la piscina me devolvían fragmentos de mi cuerpo desde todas partes, un hombro aquí, un muslo allí, el costado, el pectoral, la nuca, la larga curva de la espalda. Cerca de mí, una joven esbelta se zambulló en un movimiento breve y poderoso. Yo recuperé mis fuerzas, fui hacia las puertas batientes y las empujé con un golpe brusco con la palma de las manos. Una vez seco y vestido con un chándal gris y sedoso, agradable a la piel, volví a encontrarme en el pasillo y eché a correr a zancadas cortas, mis deportivas blancas golpeaban el suelo a paso ligero, mi respiración sibilante entre los labios. Reinaba aquí una claridad difusa, casi opaca, no veía ninguna fuente de luz y a duras penas distinguía las paredes para orientarme; en algunos lugares, unas zonas todavía más apagadas parecían sugerir encrucijadas o, en rigor, algún tipo de depresiones, yo las ignoraba y mal que bien continuaba recto, pues el pasillo parecía curvarse y todo el tiempo me tocaba corregir la carrera para evitar tropezar con las paredes. A veces, para guiarme, alargaba los dedos, y fue así que chocaron con un objeto metálico, un pomo al que me agarré y que giré con gesto decidido, siguiendo el movimiento de la puerta que se abría. Me hallé en un jardín desconocido pero que, no obstante, me resultó vagamente familiar, un jardín casi salvaje, abandonado, invadido por las malas hierbas. Avancé con dificultad entre las largas ramas espinosas de las buganvillas, medio asfixiadas por la hiedra que todo lo recubría; delante de mí, la alta fachada de la casa, erguida como una torre, desaparecía bajo la glicina que crecía hacia el tejado y que, en algunos tramos, se doblegaba bajo su propio peso, ocultando el sol y sumergiendo el jardín en una semioscuridad que no atenuaba en absoluto el calor húmedo y pesado. Con la manga me enjugué el sudor que me bañaba el rostro y entré en la casa. Todo estaba en silencio. Al fondo del pasillo empujé una puerta entreabierta: era el cuarto de un niño, examiné los juguetes por un instante, los carteles de cine, los soldaditos de plomo esparcidos sobre la gran alfombra para luego retroceder y encarar la escalera de caracol que llevaba al piso superior. El rellano lo adornaba una reproducción enmarcada de La dama del armiño, apenas visible bajo tanta suciedad; arriba todo estaba vacío. Pasé los dedos sobre superficies grises de tanto polvo, una capa espesa e intacta, como si la casa llevase mucho tiempo abandonada; sin embargo, por todas partes encontré rastros de una presencia reciente, la vajilla sucia se amontonaba en el fregadero, el frigorífico estaba lleno aunque los alimentos empezaban a apestar, los lirios de un estrecho florero apenas empezaban a marchitarse; en el salón, la mesa estaba puesta, había restos de comida llenando platos y más platos, montones de ropa sobre los muebles, un libro abierto en el sofá, una botella descorchada sobre una cómoda. Subí al siguiente piso. La habitación estaba a oscuras, bañada por una débil luz verde, la luz del día filtrada casi por completo por la glicina que cubría la ventana. Aquí reinaba un calor sofocante y traté de abrir la ventana, pero la glicina me lo impidió y no logré más que entornarla. Quise encender la luz pero las bombillas parecían fundidas; en un armario del cuarto de baño encontré una nueva y cambié la de la mesita de noche, tampoco se iluminó; bajé y localicé en la cocina la caja de fusibles, los plomos habían saltado, rearmé el disyuntor principal, y varios plafones se iluminaron a la vez. Arriba, la lámpara de la mesita de noche emitía ahora una luz amarilla y lúgubre. Miré a mi alrededor. Amontonado a los pies de la cama, allí tirado sin cuidado, había un cubrecama bordado, unas largas hierbas verdes sobre un fondo dorado; había vestidos de mujer por todas partes, bragas sucias, faldas, zapatos desparejados; encima de la cómoda hallé varias fotografías que recogí y examiné brevemente, una tras otra. En todas aparecía yo acompañado de un niño guapo y rubio de ojos vivos y chispeantes, se nos veía a diferentes edades y en diferentes situaciones, en la playa, en el circo, en una barca, pero siempre a mi lado, entre mis brazos o sentado sobre mis rodillas. Las dejé allí y me puse a registrar los cajones. En el de la mesilla de noche encontré lo que buscaba, unas tijeras de papel de un metal muy pesado; volví a coger las fotos y empecé a recortarlas, separando cada vez mi imagen de la del pequeño, y metiendo las suyas en el cajón para cerrarlo al terminar. Luego barajé los fragmentos de fotos restantes como si de naipes se tratasen y los desplegué en abanico. Así arrancado de su contexto, mi rostro congelado adquiría vida propia y reflejaba como un espejo la presencia del niño eliminado, evidenciando todo cuanto a él lo unía y ya nunca podría deshacerse. Eso suscitó en mí un sentimiento glacial, no podía apartar la vista de esas imágenes y, al mismo tiempo, no podía seguir mirándolas; al final, agobiado por la angustia, las arrojé con rabia encima de la cómoda y allí quedaron esparcidas.
En la cocina, inspeccioné el frigorífico y el congelador en busca de algo comestible; al final di con unas cigalas congeladas que me preparé salteadas al ajillo con aceite de oliva. Las saboreé con un delicioso vino blanco muy fresco, desmembrando con los dedos el caparazón del abdomen y quebrantando las pinzas con los dientes para chuparles las fibras y el jugo. Cuando acabé de comer, recogí rápidamente, me lavé con cuidado las manos, que olían a ajo y a marisco, y fui junto al ventanal del salón a beberme el vino con un fino purito, contemplando la luz azafranada de la tarde a través de la maraña de la glicina. Cuando el sol se puso por completo, fui encendiendo una a una las luces del salón. También intenté poner un disco, pero el equipo de música estaba roto, algo debía de haberlo fundido. Finalmente subí. Junto a la cama, la lámpara de la mesita de noche seguía iluminando la habitación con su luz sucia; mi mirada recorrió las sábanas arrugadas, sucias, desgastadas; cuando intenté mullir la almohada, esta despidió una nube de polvo que me hizo estornudar repetidas veces. Irritado, le quité la funda y saqué las sábanas, luego revolví un armario buscando otras limpias e hice la cama deprisa. Arrastré el cubrecama hasta la escalera para sacudirlo; el espacio se llenó de polvo, lo batí varias veces contra los peldaños de piedra, estornudando convulsivamente, y volví a ponerlo sobre las sábanas. La luz de la luna, que penetraba a través de los intersticios de la glicina, moteaba las largas hierbas verdes y el fondo dorado del tejido con minúsculos puntos blancos. Me desvestí rápidamente; una película de sudor cubría mi piel, seguía haciendo mucho calor, tenía la sensación de asfixiarme. Me eché bocabajo, extendiendo los brazos y acariciando con los dedos la trama roída del bordado. La verga se me había quedado aplastada bajo el vientre y la solté; me picaban las nalgas, y me volví para observar el gran espejo vertical que había junto a la puerta: pero no me devolvió más que la imagen de una esquina vacía de la cama, un lienzo de pared blanca, el borde de la ventana. Me dormí así, mi cuerpo desnudo sobre los restos del cubrecama, bañado en aquella luz desigual y vacilante. Un ruido indefinible me sacó de un sueño en el que trataba de convencer a una joven rubia, su moño sabiamente despeinado, para que se apuntase a clases de conducción. Sin volverme, miré por encima del hombro hacia la puerta: ahora estaba abierta, y yo tenía la certeza de haberla cerrado. El rectángulo negro de la escalera destacaba del marco de la puerta, escudriñé en esa oscuridad, en vano, no había nada. Cuando volví a despertar, el cielo tras la glicina parecía palidecer. Aparte de un rumor de hojas muy ligero seguía sin escuchar el menor ruido. Me levanté, me puse rápidamente el chándal y bajé al salón. Delante de la puerta de la cocina, por un momento sopesé la idea de hacerme un café, pero de pronto la desestimé y descendí al piso inferior. En la habitación del niño intenté llegar hasta la cama, pero los soldaditos de plomo esparcidos sobre la alfombra me lo impidieron, tenía miedo de pisarlos y permanecí un instante junto a la puerta, contemplando la cama vacía y las sábanas amontonadas, luego di media vuelta y atravesé el pasillo para salir al jardín. Las hojas secas y las ramitas crujían bajo mis pies, el calor matutino se me pegaba a la piel, la profusa vegetación descontrolada me inspiró una inquietud sorda, vaga. Me dirigí hacia la puerta del fondo, que se abrió fácilmente bajo la presión de mi mano. Tan pronto como se cerró tras de mí, me puse a correr, aliviado por la frescura relativa que aquí reinaba. La cadencia de mi respiración ritmaba la de mis zancadas; todo parecía un poco vago, indistinto, ni siquiera veía el techo, si es que había uno, aunque no era algo que me molestase, más que distinguirlas con precisión, adivinaba las paredes, la grisalla tenebrosa que aquí y allá indicaba un nuevo cruce o acaso un rincón, evité un obstáculo tras otro para seguir la larga sinuosidad del pasillo, golpeando nerviosamente una pared de vez en cuando para asegurarme de su solidez y de la suavidad de su revestimiento. Fue así que mi mano acabó dando con una protuberancia metálica: me agarré a ella, la giré y empujé. Más allá del umbral, mi pie se hundió en algo blando y me detuve en seco. Me hallaba en una habitación bastante amplia, más bien clara, con pocos muebles; en las paredes, las vides doradas del papel pintado se entrelazaban hasta las molduras; el suelo lo cubría una moqueta roja, descolorida, manchada y más bien grisácea. Al otro lado de la habitación, separada de mí por una cama cubierta con un pesado tejido dorado bordado con largas hierbas verdes, había una figura de pelo corto color azabache. Las contraventanas estaban cerradas pero miraba algo en el cristal de la ventana, puede que su propio reflejo. Empujé con cuidado la puerta, hasta que se cerró con un ruido sordo; la figura se volvió, vi entonces que se trataba de un hombre, un hombre joven y guapo que, al verme, dejó que una sonrisita furtiva le atravesase el rostro apagado y anguloso. Era de una belleza irreal, casi perfecta, una belleza que lo aislaba definitivamente del mundo. Con un movimiento flexible y felino, rodeó la cama y, sin decir una palabra, me cogió de la nuca para atraer mi boca hacia la suya. Su barba, mal afeitada, me rascó la piel, pero le devolví febrilmente el beso, embriagado y al mismo tiempo repelido por su olor a agua de colonia barata mezclado con un sudor almizclado. Con un movimiento, me acostó sobre las hojas verdes del cubrecama y vino a arrodillarse encima de mí, apoyándose sobre unos poderosos brazos que yo acaricié con la punta de los dedos al mismo tiempo que sus hombros, su nuca, sus costados. Mi verga, atrapada de lado, se endureció bajo el chándal; él se incorporó, yo tendí las manos y me propuse desabrochar la hebilla de su pesado cinturón de cuero, él volvió a retroceder y se puso en pie, mis dedos hurgaron para soltar su sexo, bloqueado bajo el elástico de los calzoncillos, por fin se liberó, ya hinchado, dulce y firme, y me agaché a lamerle la punta y deslizarla entre mis dientes. Todavía se le puso más dura y me llenó la boca, haciendo presión contra mi lengua y el fondo de la garganta, la rodé entre mis labios, saboreando su suavidad y su potencia; su mano, sobre mi nuca, me aplastaba contra los pelos de su bajo vientre, respiré por la nariz, enloquecido por su olor soso y agrio mezcla de orina y desodorante, aspirando con la lengua y los labios aquella verga enhiesta, hasta que una arcada me hizo hipar y me despegué de él, deglutiendo convulsivamente. Su miembro húmedo me golpeó en la mejilla al tiempo que él me regalaba una breve risa seca, su mano todavía agarrada a mi nuca. Quise acercar mi boca al sexo pero él se alejó unos pasos, dejándolo latir al ritmo de su corazón entre los faldones abiertos de sus vaqueros para luego metérselo de nuevo en los calzoncillos y abrochárselo todo. «Espera. Tengo hambre.» Descolgó el teléfono que había junto a la cama, marcó un número y, blandiendo ante sus ojos un folleto de cartón, pidió algunos platos. Yo me levanté, moviendo mis piernas entumecidas, y fui al cuarto de baño donde abrí a tope los grifos de porcelana de la ducha, con una mano bajo el chorro para controlar la temperatura.
Bajo el agua ardiente se restregó en mí, estrechándome el culo y apretándome contra su cuerpo, su verga todavía medio rígida chocando contra la mía. Hice que se girase para enjabonarle los hombros, la espalda, las caderas, deslizando mis dedos entre sus nalgas y acariciando las matas de pelo rizado alrededor de su ano. Su piel mate estaba cubierta por numerosas cicatrices pequeñas, lo suficientemente gruesas en ciertos lugares como para formar costurones, conté tres en su hombro y todavía noté otras bajo mis dedos, en el pecho y la ingle, y una larga y bifurcada en el ángulo de la mandíbula. Empujé mi verga contra su culo y le mordí la nuca con él apoyado en la pared alicatada. En la puerta de la habitación sonaron unos golpes sordos. Él se retiró, pasándome sus dedos a lo largo de las pelotas y el sexo, y se puso un gran albornoz para ir a abrir. Yo me abandoné al chorro de agua, encorvando la nuca bajo su presión ardiente. Unas poderosas ganas recorrían mi cuerpo, tensando mis músculos de excitación y dejándome atravesado por una sensación de vacío, saciado. Por fin cerré el grifo y me sequé rápidamente, me puse otro albornoz que había allí colgado sin preocuparme por anudarlo. Sentado con las piernas cruzadas sobre el cubrecama, el joven contemplaba una gran bandeja con varios platos de madera lacada llenos de pescado crudo y verduras confitadas. Dos cervezas doradas espumaban en unos vasos altos más bien estrechos. Me uní a él y empecé a comer en silencio. Aparte del tintineo de los palillos no había el menor ruido; detrás de las contraventanas, que daban, eso suponía yo, a una calle o acaso a un patio, todo permanecía en silencio; sólo una lámpara sobre la mesita de noche nos iluminaba con su halo pálido, yo veía claramente nuestros reflejos en los cristales de la ventana, dos siluetas un tanto vagas vestidas de blanco, que destacaban sobre el campo verdoso del cubrecama. Me acabé las últimas verduritas, deposité la bandeja en el suelo y le desanudé la bata, deslizando mi mano entre sus muslos para acariciarle la verga. Él dejó ir un gran suspiro y se volvió sobre el cubrecama. Abrí sus piernas y me incliné hacia delante para pasarle la lengua alrededor de las pelotas y hacerlas luego rodar entre mis labios, una tras otra. Con las dos manos le aparté las rodillas, casi contra los hombros, y seguí lamiéndolo y deslizando mi lengua a lo largo del perineo y hurgando entre los pelos y estirando la punta para por fin acariciarle el ano. Aquello tenía un gusto picante, áspero, hundí la lengua hasta que él suspiró y me acarició el pelo con una mano, echando sus pantorrillas aún más atrás. En esta habitación el ambiente era muy seco, pronto me faltó la saliva, solté sus piernas y me incorporé para darle un trago a la cerveza, él tomó el vaso de mi mano y también bebió, luego, con un movimiento nervioso, se deshizo del albornoz y se volvió bocabajo, ofreciéndome sus muslos peludos y sus nalgas enérgicas y musculosas; también yo me desnudé y me acosté sobre la cama, mi sexo atiesado plantado entre sus muslos, lo agarré con la mano por la barbilla y atraje su cabeza hacia la mía, sus labios todavía conservaban el regusto amargo de la cerveza, le levanté la pelvis y guié mi polla con una mano hacia la abertura del ano, pero estaba demasiado seco, así que me incorporé y reuní en mi lengua algo de saliva mientras con las dos manos le abría las nalgas, la saliva chorreó sobre la pelambre y el ano fruncido, apenas dilatado, lo acaricié con el pulgar, luego el pulgar lo empujé un poco y me unté la verga con saliva. Entonces presioné con ella contra el centro de la pelambre, él gruñó, también empujó, aquello se abrió de golpe y me hallé atrapado, pegado contra su culo, deslicé mis manos bajo sus axilas y las cerré sobre su nuca, agarrándome a él y forzándolo a base de golpes secos de riñón, él jadeaba, la cara contra las hojas verdes del cubrecama, yo le levanté otra vez la pelvis y me volví: en los cristales de la ventana, distinguí claramente nuestros dos cuerpos uno encima del otro, la doble luna de mi culo y mis muslos abiertos, suspendidos por encima de los suyos con una masa más oscura e indistinta entre ellos. Ahora el placer me recorría la espalda, tiraba de la piel de mi nuca; disminuí el movimiento; en ese preciso momento sonó el teléfono, quedando los dos congelados, uno encima del otro. Me retiré para descolgar, hice presión con todas mis fuerzas con los músculos de la pelvis, pero era demasiado tarde, el goce se había apoderado de mí y, en el momento en el que articulé un «¿Sí?» ronco en el microteléfono, mi esperma brotó en largas sacudidas, salpicándome el vientre, el culo del muchacho, las hojas bordadas del cubrecama. «¿Sí?» En el auricular no respondió nadie. Acerqué más la oreja, repetí varias veces «¿Diga? ¿Diga?», pero no escuché más que el ligero zumbido de la línea vacía. Todavía acostado bocabajo, el joven se la meneaba rápidamente, al final colgué y me volví para tomarle a manos llenas el culo y las pelotas, crispando los dedos justo cuando él se venía.
Mientras intentaba secar los rastros de esperma del cubrecama con la ayuda de un rollo de papel de váter, un apagón nos sumergió en la oscuridad. Me acosté junto al chico, que me dio la espalda con un suspiro difícil de interpretar. Me apreté contra él, mi verga ahora flácida anidada en el hueco de sus nalgas. Supongo que así nos dormimos. Cuando volvió la electricidad me desperté súbitamente. Tenía la boca seca, pastosa; parpadeé, salí de la cama para ir a beber ávidamente del grifo del cuarto de baño, cegado por la luz del neón que enseguida apagué. Al salir contemplé al chico: seguía durmiendo, repantigado bocabajo, sus piernas velludas entremezcladas con el tejido bordado. Pasé lentamente la yema de los dedos a lo largo de su espalda y sus nalgas, hasta llegar a las cicatrices; la piel rechinaba, casi áspera; entre sus muslos, mi esperma se había secado en chorretones blanquecinos. Tendría que bajar la calefacción, me dije un tanto confuso. Pero no vi ningún termostato, ninguna manecilla. Al final llené dos vasos de agua, los puse sobre el radiador, apagué la luz y volví a acostarme junto al joven, una mano en su costado. Unos ruidos de agua que venían del baño me despertaron por completo. La luz volvía a estar encendida y yo me hallaba solo en la cama. Llamé a la puerta y entré sin esperar respuesta: el joven estaba meando en pie delante de la taza. Le di un beso en el hombro y luego me metí rápidamente en la ducha. Al salir, los riñones envueltos en una toalla, él acababa de ponerse sus vaqueros y de abrocharse el cinturón. Con una sonrisa, toqué el bulto que le hacía el pene: «Buen paquete», le dije. Él se rió secamente, se pasó la camisa por la cabeza, se sacó un teléfono del bolsillo y lo miró: «Tengo que irme. ¿Me das el dinero?». Yo lo miré sorprendido: «¿El dinero?». — «Sí, el dinero. Como siempre.» Él estaba ahora sentado en el borde de la cama mientras se ponía los calcetines y se calzaba las botas de cuero. Una inquietud sorda tensó mis músculos, dudé, luego fui a buscar en los bolsillos de mi chándal para regresar enseguida con un gesto de impotencia. El chico se puso de pie, lo tenía frente a mí, los hombros un tanto encorvados y el rostro tranquilo y frío; una cierta sensación de amenaza emanaba de su persona, no tanto de su rostro como de la redondez de sus hombros, la tensión de sus muslos, el engañoso relajo de sus brazos colgantes. «¿Y?» — «En realidad no tengo dinero.» — «¿Me estás jodiendo, o qué?» Su brazo se levantó y, antes de que pudiese esbozar un gesto de defensa, me dio una bofetada que me propulsó contra la pared; un segundo golpe en mi vientre, esta vez con un puño cerrado, me dobló en dos y terminé arrodillado delante de él, aturdido, jadeando. Me cogió por el pelo, me levantó y me golpeó varias veces en la cara, haciéndome volar hasta la cama donde mi boca salpicó de sangre la gruesa tela del cubrecama. «¿Me estás jodiendo?» Ahora me perseguía por la habitación, se le había caído la toalla y yo me arrastraba desnudo mientras él me castigaba las costillas y las extremidades con unas patadas que estallaban en mi cuerpo como haces de fuego. Al final, me dejó tendido sobre la moqueta, la boca y la nariz llenas de sangre, luchando entre silbidos por inspirar un poco de aire. Tenía el dorso de sus piernas delante de mí, vi cómo mi ropa iba cayendo al suelo prenda tras prenda. «Hostia puta, es verdad que no tienes nada, cabrón», dijo su voz por encima de mi cabeza al tiempo que sus piernas se volvieron hacia mí. Todavía pude ver cómo la punta de una de sus botas reculaba, luego nada. Cuando volví en mí, seguía desnudo sobre la alfombra roja bañado en sangre; afortunadamente, el color era el mismo y no se veía demasiado. Me quedé allí un buen rato jadeando, dejando que el dolor se repartiese por mi cuerpo, luego me arrastré hasta el baño donde logré levantarme delante del lavabo. Me enjuagué la cara, la boca; el agua, enrojecida, salpicó la porcelana y el espejo, me palpé con cuidado la nariz y los dientes, uno o dos se movían un poco pero estaban todos ahí, la nariz no parecía rota, seguí bebiendo y enjuagándome la boca hasta que el agua salió prácticamente clara. Entonces volví a la habitación donde recogí mi ropa con dificultad y me senté con todo mi peso en el borde de la cama para ponérmela. Una vez vestido, me quedé allí un momento para recuperar el aliento. Luego me dirigí hacia la puerta. En realidad, había dos, no me había dado cuenta, y no tenía ni idea de cuál había tomado el joven, con quien no quería volver a encontrarme. Abrí una al azar y salí. Enseguida el aire fresco del corredor me devolvió el vigor, el dolor que atenazaba mis extremidades se desvaneció y empecé a correr a zancadas cortas, posando regularmente un pie frente al otro y respirando con facilidad. El ambiente ya no era tan seco y rápidamente una fina película de sudor me cubrió el rostro y el cuerpo doloridos; al tragar saliva seguía sintiendo un sabor acre, un tanto ferruginoso, el regusto de la sangre; presioné con la lengua sobre los dientes, me dolió pero estaban bien. Aquí todo estaba muy gris, se me nublaba la vista y apenas distinguía nada, tal vez algunos rectángulos un poco más sombríos que lo mismo podrían dibujar nichos o alcobas de nicho que bifurcaciones, yo me esforzaba por permanecer en el centro del pasillo, lo cual no resultaba sencillo pues se curvaba constantemente, a punto estuve alguna que otra vez de chocar contra una pared, pero volvía a orientarme titubeante y sin dejar de correr, daba cada zancada alargando la mano, los dedos abiertos, para asegurarme del emplazamiento de las paredes, y fue así que reparé un poco por suerte en un objeto metálico, un pomo, al parecer; mis dedos se cerraron sobre él y la puerta se abrió de golpe. Sin soltar la presa, atravesé el umbral. El espacio que allí se abría, un amplio estudio, me acogió como un refugio que atravesé vacilando, apoyándome en las paredes y en las estanterías de libros que las cubrían hasta llegar al gran ventanal del fondo, delante del cual me arrellané en una butaca de cuero negro. Me sentía desorientado, sin pensar en nada pero terriblemente mal conmigo mismo, no era el dolor físico, que prácticamente había desaparecido, no, se trataba de otra cosa, una angustia sorda que me turbaba el ánimo y me impedía disfrutar de la apacible vista ante mis ojos, montones de pequeños edificios variopintos, escalonados hasta el doble muro formado por la larga franja azul del mar y la franja más pálida del cielo, virando a gris hacia el fondo del horizonte. Allí permanecí un buen rato, respirando por la boca, para luego levantarme a duras penas de la butaca a pasear por el estudio. Encima del equipo de música encontré una funda de disco, unas viejas grabaciones de conciertos para piano de Mozart, pero no estaba yo para música y la dejé allí. Todo me parecía fútil, despojado de sentido y de interés, los libros apretados en las estanterías, las reproducciones y los grabados que colgaban de las paredes. Me serví un vaso de aguardiente y me lo bebí de un trago antes de servirme otro y arrellanarme en el diván, tapizado de cuero negro igual que la butaca, liándome un cigarrillo que no me encendí. Había allí un álbum, encima de una mesa baja, lo hojeé distraídamente: de formato horizontal y encuadernado en tela blanca, mostraba a mujeres y hombres desnudos llevando a cabo diversos movimientos descompuestos en secuencias por el dispositivo fotográfico. No me detuve en ninguna imagen en particular, sencillamente desfilaban ante mis ojos, series congeladas de espaldas, de muslos y de culos blancos, atrapados para la eternidad por el disparo sucesivo de los obturadores en posturas que ya no conformaban un movimiento único sino que servían más bien para poner de relieve esos cuerpos blancos y aquello a lo que se reducían, espaldas, culos y muslos.
Hacía fresco en aquel apartamento, casi frío. Registré los armarios buscando algo que comer y me compuse una sencilla comida a base de sardinas en aceite, cebolla cruda, pan integral y vino rosado. Me acabé la botella, el cuerpo tiritando bajo el fino chándal; apenas hube acabado de recoger sentí que se me contraía el abdomen, la comida me revino de golpe, el vino todavía helado mezclado con pedazos de cebolla y de sardinas en una papilla espesa que salpicó el fregadero, eso me calmó un instante y corrí con la mano en la boca al cuarto de baño, de nuevo todo me revenía y acabé de vaciarme en la taza del váter de porcelana blanca, con lágrimas en los ojos, la garganta abrasada por la ácida mezcolanza y el vientre retorcido por los espasmos. Cuando hube terminado, me enjuagué la boca abundantemente, luego me senté en el suelo para recuperar el aliento. Al final me levanté. En la cocina americana, me serví un buen vaso de aguardiente y me lo bebí sin respirar, lo cual aumentó la sensación de quemazón pero atenuó el regusto inmundo que todavía me llenaba la boca, lavé mal que bien el fregadero y regresé al cuarto de baño a darme una ducha, me desvestí mientras esperaba a que el agua saliese caliente y me metí debajo. El agua azotaba mi cuerpo cansado, pero eso no me reconfortó, me costaba situarme, paseé mis manos por los costados, las caderas, las nalgas y los muslos, sin llegar a encontrar el sentido de ese cuerpo que se desmoronaba y escapaba de mí. En la habitación, me sequé ante un gran espejo redondo inclinado al pie de la cama, que era un simple colchón sin somier cubierto con un cubrecama bastante grueso, bordado con largas hierbas verdes sobre un fondo dorado. En el espejo, mi cuerpo me pareció ilegible, contemplé en abstracto los miembros y el torso jaspeado de manchas azul y negro tirando a verde, sólo la verga venosa, olvidada e inútil entre los muslos, me pareció que lo diferenciaba de un cuerpo de mujer, en cualquier caso era un cuerpo vago, indistinto, y cuando me volvía lo era todavía más, reducido a unas pocas líneas curvas y a unas secciones de piel clara que podrían haber pertenecido a cualquiera. Me arrodillé sobre el cubrecama, de espaldas al espejo, con sólo levantar la cabeza veía los globos blancos de las nalgas con la oscura concavidad del ano anidada en medio, apreté los muslos para esconder las pelotas, de tal modo que en mi campo de visión no quedaba más que el trasero, el ano y las hierbas verdes del cubrecama, estiré una nalga y el ano se dilató un poco, abriéndose tal que un iris en su insondable profundidad, un agujero negro que me pareció la única parte todavía entera de mi cuerpo en vías de disolución, tratando en el espejo de reorganizarse a su alrededor. Me humedecí un dedo con saliva y lo pasé sobre el borde de la cavidad, presionando en circulitos, luego cerré los ojos y hundí una falange, el contacto me tranquilizó y empujé un poco más, lo cual difundió en todas direcciones una sensación de bienestar a través de mi cuerpo helado, dibujándole una forma, todavía aproximada pero bien real. Sonó el interfono y me saqué el dedo al tiempo que abría los ojos. Esperé. Volvió a sonar, en largos golpes repetidos, chirriantes. Me levanté y, con ese mismo dedo que acababa de retirar de mi cuerpo, apreté con rabia el botón: «¿Sí?», ladré. Me respondió una voz de mujer, una voz tranquila y firme, la voz de una mujer rubia, pensé, sin llegar a entender de qué forma podría saber algo así. «Señor -dijo-, también yo vivo en este edificio, y su circuito eléctrico tiene unos picos de tensión muy importantes que provocan cortes en las casas de todos los vecinos. Eso tiene que terminar.» La cólera se apoderó de mi rostro y le grité al interfono con voz entrecortada y temblorosa: «Señora, he hecho que un electricista profesional revise el circuito, además dos veces. ¡Ya basta!». Con un gesto seco, retiré el dedo del botón, luego desconecté el interfono para que no pudiese sonar de nuevo. Todavía furioso, desamparado, me eché sobre el cubrecama, acostado bocabajo con los brazos abiertos, y me dormí brutalmente. Cuando desperté estaba tiritando. Me levanté y me cubrí los hombros con el cubrecama, luego atravesé el estudio en la oscuridad hasta llegar ante el gran ventanal. Allá abajo, divisé en la negrura un rombo de luz, la ventana de un apartamento vecino que formaba un plano atravesado al bies por un diván largo de tejido blanco sobre el cual acababa de recostarse una joven desnuda, seguida de inmediato por un hombre en erección. Este le levantó las piernas para ensartarla, yendo y viniendo con ritmo regular, entrecortado, casi mecánico, luego la puso de rodillas y repitió su movimiento, siempre al mismo ritmo. Al cabo de un momento volvieron a cambiar de posición, esta vez fue él quien se sentó en el diván y ella la que se puso en cuclillas sobre él, pero el ritmo seguía siendo idéntico, casi cómico, el ritmo de una vieja película de Buster Keaton rodada a dieciséis imágenes por segundo, y de ese modo fueron encadenando figuras como si estuviesen probando de forma sistemática todas las posiciones propuestas por un manual alemán de armonía de la pareja, yo miré todavía un momento las lunas redobladas de sus culos frente al rombo luminoso del cristal, hasta que me cansé y volví a echarme en el colchón, envuelto siempre en el cubrecama que me protegía un poco del frescor nocturno. Soñé con trabajos interminables y mal acabados, y también con una mujer rubia, mi madre o mi mujer, no acababa de tenerlo claro, que ni sabía conducir ni quería aprender. Al despertar de nuevo, una luz fría se derramaba sobre la habitación, haciendo centellear la trama dorada del tejido pero sin el menor calor. Me levanté y me vestí rápidamente, me bebí un vaso de zumo y me dirigí hacia la puerta. En el momento de abrirla vacilé, la mano en el pomo, algo había que me retuvo vagamente, puede que la voz de la mujer en el interfono, pero fue una sensación fugaz que se desvaneció tan rápidamente como había aparecido, cerré la puerta y salí. Inmediatamente, una suave tibieza invadió mis miembros y, súbitamente relajado, me puse a correr a un paso regular y poco rápido, los codos pegados al cuerpo, respirando con placer y mirando al suelo delante de mis pies, tan gris y difícil de situar con precisión como las paredes o el techo, casi invisible en la oscuridad, si es que había techo, quién sabe, tal vez aquel largo pasillo estaba abierto al exterior, no podía estar seguro de nada. De vez en cuando, una de mis mangas rozaba una pared y yo, instintivamente, corregía la carrera, esforzándome por seguir la curva imperceptible sin desviarme, sin prestar atención a las zonas más oscuras que lo mismo podrían haberse revelado como huecos que como refugios de seguridad o acaso como otros pasillos que sabe Dios adónde llevarían. No experimentaba la menor dificultad, respiraba a gusto, llenando mis pulmones e irrigando de oxígeno mi cuerpo que avanzaba a paso ligero, uniforme, regular. En una de las paredes me llamó la atención una manchita brillante, era el pomo de una puerta, la abrí y atravesé el umbral sin aminorar la marcha. Dos pasos más allá tuve que parar en seco para evitar tropezar con un hombre desnudo que me dio las gracias con una mirada reptiliana, a la vez desconcertada y vacía, y que luego retrocedió un paso y se alejó. Otro hombre, los brazos y los muslos cubiertos con motivos abstractos tatuados con tinta negra, acababa de desvestirse, otro estaba tirando de su verga y sus pelotas para hacerlos pasar por una especie de anillo metálico. El aire era acuoso, cargado de humedad, pero aquí hacía más fresco que en el pasillo, yo seguía sudando y empecé a desnudarme, abrí una de las numerosas taquillas que cubrían las paredes y metí la ropa dentro. Un joven me tendió una toalla, unas chanclas y un candado, cerré la taquilla y me ceñí la toalla a los riñones, luego seguí a los otros tipos que habían desaparecido en la oscuridad, al fondo de la pequeña sala. El suelo, embaldosado y húmedo, resbalaba un poco, un olor indefinible, molesto, llenaba el aire, desemboqué en una barra de bar en la que había algunos hombres, bien en toalla bien totalmente desnudos aparte de las chanclas. Un joven sonriente y apuesto, de musculatura fina aunque nudosa y con los pezones perforados con un arito, se acercó a mí y me pasó la mano por encima del hombro: «¿Qué bebes?». — «Lo que tú quieras.» Mientras el barman nos preparaba los cócteles, el joven me miró de arriba abajo con aire desconfiado; cuando probé el gin-tonic, claro, fresco, chispeante, casi amargo, se acercó a susurrarme unas palabras al oído: «¿Vienes a menudo?». — «No sé. Depende.» — «No recuerdo haberte visto. Pero es cierto que aquí uno no viene a mirar.» Se alejó para reunirse con sus compañeros y me dejó bebiendo solo. Me terminé la copa rápidamente y enfilé la escalera que llevaba al piso de abajo. El olor se iba haciendo más intenso a medida que descendía, también más preciso, aquello olía a sudor rancio de macho y a calcetín sucio, mezclado con fuertes efluvios animales, rastros de esperma y de mierda. Abajo, se abría hacia varios lados un sombrío dédalo de pasillos, cabinas y escondrijos, guardado por un coloso de piel negra, desnudo e inmóvil. Contemplé brevemente su cara impasible, su pecho musculoso, su verga larga y gruesa, luego me dirigí hacia las duchas donde me enjuagué el cuerpo para sentarme luego en una cabina muy caliente, llena de vapor. Otros hombres la compartían conmigo, nadie hablaba, no me quedé mucho tiempo, salí a ducharme otra vez y, las chanclas repicando sobre las baldosas, volví a dirigirme hacia el cancerbero negro, que parecía no haberse movido un centímetro. Al llegar a su altura vacilé, luego le rocé la cadera; él se rehízo de un solo movimiento, la mirada igual de cerrada, no insistí y me adentré en el laberinto, avanzando a pasitos en la penumbra. Aquí y allá había hombres, la inmensa mayoría en toalla, sus siluetas apenas discernibles en la oscuridad, algunos de pie en el pasillo, otros sentados en una cabina, las manos sobre la verga o bien detrás de la nuca. Tal como me iba cruzando con ellos escuchaba como un murmullo imperceptible, puede que fuesen palabras aunque imposibles de entender, o puede que no fuesen más que sonidos inarticulados, estertores entrecortados de gritos balbucientes. En un cuarto, iluminado de forma muy somera, varios hombres desnudos y relucientes de sudor se manejaban alrededor de otro, suspendido con las piernas al aire en una especie de hamaca de cuero; más allá, en una pequeña cabina casi a oscuras, un hombre de hombros peludos y poderosa espalda, acuclillado sobre los muslos de otro, hacía ir y venir sus riñones sin el menor sonido. Traté de abordar al azar a uno de los tipos apostados en el pasillo, posando mi mano en su pecho, pero la rechazó sin decir una palabra y seguí mi camino, repitiendo la operación con cada hombre con que me fui cruzando, sin mejor suerte. Despechado, me aventuré en una cabina donde un hombre desnudo, imberbe por completo, más bien graso, yacía acostado sobre una banqueta, la toalla sobre la cara; me acerqué, él no reaccionó, yo le puse la mano en la verga floja: ningún movimiento acogió el contacto, ni siquiera un estremecimiento. Tomé la verga y las pelotas entre mis dedos y las acaricié, el tipo seguía sin moverse, entonces me agaché y me llevé la verga a los labios, seguía estando floja, la rodé en mi boca apretándole las pelotas, luego me puse a chupársela, mamando como si se tratase de una ubre, pero no había nada que hacer, no se le ponía dura, al final me retiré y dejé allí al hombre repantigado para retomar mi trayecto a través del pasillo. Al fondo, descubrí una pequeña sala redonda con un estanque de agua lleno de burbujas: el joven que me había ofrecido una bebida estaba allí sumergido hasta el pecho en compañía de otros dos hombres, aspirando por la nariz con una paja de cristal un polvo blanco dispuesto en líneas sobre una bandejita. En cuanto me vio me ofreció la bandeja y la paja, sin decir una palabra; yo la acepté y lo imité, inspirando primero una línea, luego otra; un escalofrío me atravesó el cuerpo, le pasé la bandeja a su vecino y me incorporé, torcido nerviosamente sobre mis muslos, alisando con una mano la toalla sobre mi cadera y mi nalga. Me hubiese gustado meterme con ellos en el agua pero no había sitio; así que di media vuelta y me adentré de nuevo en el laberinto. Aquí y allá había hombres chupándose la verga, lamiéndose el culo o penetrándose, sólo unos pocos estaban solos, y estos, inexplicablemente, despreciaban mis insinuaciones, parecían preferir seguir solos, atiesados en la negrura, los ojos vacíos, acariciándose con lentitud. En el cuarto de la hamaca, el joven suspendido se hallaba ahora solo, repantigado con la cabeza hacia atrás, las piernas colgando, el cuerpo maculado de esperma y jaspeado por rastros de golpes o quemaduras de cigarrillo, vaciado, inerte, perdido en otro espacio. Yo hubiese podido levantarle las piernas y ensartarlo a mi vez, pero preferí permanecer allí mirando cómo gemía despacio, replegado en sí mismo, ido, muy lejos, cuánto me hubiese gustado estar en su lugar, pero al parecer yo no acababa de controlar las oscuras reglas de aquel sitio porque nadie quería nada conmigo. Me acosté un buen rato desnudo en una cabina, con el culo hacia la entrada, la cocaína zumbando a través de mi cuerpo, y sin embargo nadie vino a acariciarme ni a tomar aquello que de tan buen grado yo ofrecía, de vez en cuando sentía una presencia vaga en la abertura, pero cuando me volvía ya había desaparecido; exasperado, acabé por levantarme, en otros sitios fue igual, el gigante negro de la entrada, cuando me puse en cuclillas delante de él y me metí en la boca su verga pesada y venosa, me soltó una bofetada que me hizo caer sobre las nalgas, en el cuarto del fondo volvieron a darme cocaína sin mover una ceja, no obstante nadie me hizo sitio en la bañera, la confusa excitación que me atravesaba el cuerpo no me permitía relajarme y me empujó a darme otra vuelta por el laberinto, otra vez vana, al final volví a la sauna, dejando que el calor húmedo relajase mi cuerpo enervado y tenso a rabiar.
Luego, pasé otra vez por la ducha; el agua fría me golpeaba el rostro, lo imaginé prematuramente envejecido, marchito, agotado por el deseo. Cuando volví a salir me fijé en una sala, más allá de la sauna y del laberinto, en la que antes no había reparado: detrás de una gran pared de cristal, de pie en la penumbra, una decena de hombres desnudos se entrelazaba en un solo abrazo. Los miré un momento, fui a unirme a ellos, y esta vez nadie hizo el gesto de rechazarme. Muy rápidamente, la masa de cuerpos me atrapó, había manos que recorrían mi cuerpo y me masajeaban las nalgas, había dedos húmedos que me amasaban el ano, caras mal afeitadas que apretaban sus labios contra los míos, bocas que me chupaban y luego me mordisqueaban dolorosamente los pezones, mis propias manos que encontraban a tientas otras vergas enhiestas y las acariciaban, el olor a sudor y a carne que me embriagaba y me hacía perder pie, entonces me puse de rodillas, una verga hasta el fondo de la garganta, otra que me frotaba la mejilla, una tercera pegada a mi frente, puños poderosos que me cogían por el pelo y la nuca y manejaban mi cabeza, sexos que me daban golpes en los labios redondeados y se metían hasta el paladar medio asfixiándome, luego se retiraron y un par de nalgas peludas ocuparon su lugar apoyadas contra mi cara, saqué la lengua y absorbí el gusto acre y amargo del ano, otra lengua, golosa, hacía lo mismo con el mío, retorciéndose mientras varias manos me abrían las nalgas, poco a poco me hallé atropellado en el suelo, con un brazo o un pie que bloqueaba mi nuca y levantaba mi culo para endilgarme una primera verga, yo gruñí ante la presión, pues me levantaron la cabeza para meterme otro miembro en la boca, los dos sexos iban y venían en mí, desmembrándome y llenándome de una luz blanca que me incendiaba de arriba abajo, haciéndome temblar de placer a tal punto que unas manos tenían que sostenerme para que no me derrumbase, el hombre de detrás de mí me forzaba, a grandes golpes sordos, el culo sostenido casi en vertical, al final se puso completamente tieso, llevado por el goce, su sexo se vació, se estremeció y se acabó ablandando hasta retirarse de golpe, arrastrando tras de sí el látex flácido del preservativo lleno de esperma, otro vino a ocupar su lugar y todo volvió a empezar, también en mi boca se iban sucediendo las vergas, había perdido toda noción del tiempo, un hombre disfrutaba brutalmente sobre mi cara y el esperma, pegajoso, me cubrió las órbitas y los labios, yo lo sequé mal que bien y batí los párpados para despegarlos, estaba rodeado de fragmentos de cuerpo, manos, muslos velludos o bien lampiños y tatuados, sexos gruesos, enhiestos y desmochados, cerré los ojos y me abandoné a todos aquellos miembros que me trituraban, me perforaban, me abrían todavía más, mi cuerpo me parecía desmesuradamente redondeado, ensanchado como una corola hinchada de savia, arqueado en semicírculo por las descargas de placer que lo tensaban hasta romperlo para luego soltarlo de golpe, retomando en el mismo instante sus pulsaciones crecientes, lo cual revolvía mis sentidos y agotaba mis músculos que cada vez temblequeaban más, volví a abrir los ojos, la pared de cristal, junto a mí, reflejaba indistintamente el entrelazamiento de los cuerpos, no se podía distinguir nada con precisión más allá de los culos, superpuestos y brillando como lunas, detrás del cristal también había una figura, abrí bien los ojos para alcanzar a distinguirla, era un niño pequeño, un muchachito rubio, de rostro afilado y completamente desnudo, que nos miraba a través de la pared de cristal con los ojos abiertos, los labios tercos, pertinaces. Me quedé helado, la cara también permaneció inmóvil, a mi alrededor el tropel de los cuerpos seguía pataleando, mascullando, jadeando; un difuso malestar se apoderó de mí, desprendiéndome rápidamente de mi propio cuerpo. ¿Qué hacía aquí ese muchacho?, me pregunté. ¿Acaso la entrada al establecimiento no estaba prohibida a los menores? El muchacho, mudo y obstinado, no dejaba de mirarme y yo intenté librarme del hombre que me penetraba con brutalidad, pero sus manos se hicieron fuertes sobre mis caderas y me mantuvieron despiadadamente remachado a su miembro, que iba y venía a un ritmo desenfrenado, en vano lo rechacé, el niño no nos quitaba el ojo de encima, yo estaba subyugado por el pánico y forcejeé con mayor fuerza, otras manos vinieron a retorcerme los brazos y a estrujarme de nuevo en el suelo, un pie me aplastó la cabeza contra las baldosas mientras la verga se retiraba de golpe para rociar mi culo de lefa y llegaba otro a reemplazarlo y deleitarse en mí, entonces cerré los ojos, borrando al niño y los órganos que me rodeaban, y me abandoné a la tempestad de la carne, mi cuerpo como arrancado de sí mismo, salpicando cuanto lo rodeaba, llevado por un mar negro y desencadenado.
Cuando otra vez abrí los ojos estaba solo, echado sobre las baldosas. Me volví bocarriba y me cubrí instintivamente el sexo con las manos, como para protegerlo de unos golpes que habían cesado. Avalanchas de esperma se secaban sobre mi piel, me maculaban la cara, los cabellos. Pensé entonces en el hombre joven de la hamaca, abandonado a sí mismo; también yo, ahora, debía de presentar esa misma apariencia convulsa. Pero mi espíritu no alcanzaba a desprenderse de mi cuerpo, molido, magullado, estupefacto. No había llegado a gozar e intenté vanamente meneármela, pero mi verga se negaba a endurecerse y al final me levanté y fui a ducharme. Me quedé un buen rato bajo el chorro de agua, las piernas todavía temblorosas, los miembros quebrantados por el cansancio, abandoné mi cabeza y la nuca bajo el flujo que poco a poco iba enjuagando toda la suciedad pegada a mi piel y confortando mis músculos. Por fin cerré el grifo y me dirigí hacia la escalera. Mi toalla había desaparecido, me paseé desnudo, todavía chorreante. De camino, me crucé con varios hombres, no me prestaron la menor atención y yo no tenía forma de saber si formaban parte de los que se habían servido de mí. Es algo que no me generaba más que una vaga curiosidad, casi abstracta, a la vez que divertida. En el bar, pedí una toalla, me sequé y me envolví los riñones, luego pedí otro gin-tonic que fui a beberme a sorbitos en un sofá de polipiel, frente a una pantalla de televisión en la que pasaban escenas pornográficas sin voz. Las imágenes, cambiantes y repetitivas, desfilaban ante mis ojos que de vez en cuando las examinaban distraídamente, aunque enseguida resbalaban sobre su superficie, sin comprometerse, de pronto tan indiferentes a las series de vergas enhiestas penetrando series de culos redondos y blancos como a las grandes fotografías de extensiones de altas hierbas, brillantes sobre un suelo dorado, que cubrían la pared de detrás de la barra. Aparte del camarero, no quedaba casi nadie, no lejos de mí un hombre se tomaba un refresco meneándose el miembro con hastío y mirando a la pantalla con mirada lúgubre y vacía, me acabé el cóctel, me levanté y regresé a los vestuarios. Mi cuerpo seguía vibrando, abotargado de sensaciones pero todavía hambriento, tenía la vaga esperanza de volver a cruzarme con el muchacho de los pezones perforados, el que me había pagado una copa al llegar, yo también quería invitarle a una y, luego, acariciar con gula su hermoso cuerpo de raza, pero no había nadie, así que también yo recogí mi ropa de la taquilla, me la puse y me dirigí hacia la puerta. Esta se abrió con facilidad y, en cuanto la atravesé, me puse a correr. El esfuerzo revitalizó mis músculos exacerbados, sentí cómo se iban aflojando y encontrando un equilibrio natural y ordenado que me propulsó a un paso ni demasiado lento ni demasiado rápido, constante, ritmado por la respiración sibilante entre mis labios. En la semioscuridad que aquí reinaba, más que ver adivinaba las paredes del pasillo, parecían curvarse y me tocaba ir corrigiendo la trayectoria para no tropezar con una de ellas; con cierta regularidad unas partes más oscuras parecían sugerir una bifurcación o acaso una especie de cripta, yo las ignoraba y corría con la mente en blanco, sin pensar en nada, contento del gozoso despliegue de mi cuerpo que con tanta naturalidad se ajustaba al desarrollo de aquel espacio cuyo final era difícil de imaginar, me sentía como un niño libre de toda limitación y sin preocupaciones, aquí y allá mis dedos golpeaban con agrado las paredes, más como un juego que para orientarme, y fue así que dieron con una especie de saliente metálico, un pomo, parecía, y a él me agarré para empujar una puerta, abrirla y atravesarla con un salto ágil, sin aminorar la marcha. Mis deportivas chirriaron en la nieve y me detuve. Un hombre pasó junto a mí, guiando a un caballo con una cuerda y seguido por otros dos que llevaban una marmita, sus alientos congelados suspendidos en un aire helado que atravesaba la delgada tela de mi chándal. Tirité y me froté los brazos. Un poco más adelante, debajo de una prominente haya con ramas grises y desnudas, había apiñado un grupo de hombres alrededor de un fuego. Me acerqué, mis pies se hundieron en la nieve fresca; uno de los hombres me vio y me saludó: «¡Eh, mi comandante! Va a coger usted frío. Venga a cambiarse». Me condujo a un cobertizo donde encontré todo lo que necesitaba en un tosco armario de tablas: pantalones de una sólida lona marrón y un jersey de cuello alto que me puse encima del chándal, chaqueta de oficial con botones dorados, botas de cuero y un largo abrigo bien grueso, de alto cuello y amplios faldones que me golpeteaban las pantorrillas. También había un gorro de piel y un par de guantes blancos bien ajustados, que me puse y abroché con una notable sensación de alivio. El soldado me estaba esperando a la salida: «No olvide esto», dijo, y me dio un látigo y una funda de cuero que contenía una pistola de cañón largo, con una culata de madera pulida y redondeada. Empezó a nevar, una lluvia de copos ligeros como el aire que danzaban alegremente y se derretían al menor contacto. Sujeté la pistolera al cinturón de mi chaqueta mientras seguía al soldado hacia el fuego. Otros hombres habían venido a unirse a los primeros, todos ellos llevaban uniformes como el mío, cuando vieron que me acercaba se pusieron en posición de firmes, golpeándose los talones, y me saludaron. Varios de ellos llevaban en el cuello una pesada cruz de metal labrado; yo me saqué la mía del bolsillo de la chaqueta y también me la puse en el cuello, acariciando el metal con los dedos y levantando la cabeza hacia un hombre desnudo, colgado por un solo pie de una rama de la haya, su piel grisácea lacerada por golpes y cuchilladas. «¿Y este?» — «Un espía, mi comandante. Estaba merodeando por donde los caballos, le hemos dado una buena lección.» Meneé la cabeza y me acerqué a la hoguera. Un hombre sacó un taburete plegable y me senté, otro me tendió un cuenco humeante lleno de alubias rojas y una cuchara de latón. Tenía mucha hambre y devoré el plato alegremente, le faltaba sal pero poco importaba, me comí hasta la última cucharada y rebañé el cuenco. Ahora ya no tenía frío, el fuego me tostaba agradablemente los pies y los muslos, algunos copos se posaban por un momento en mis mangas para derretirse enseguida y yo los miraba con agrado. Eructé y bebí agua. «Haced que ensillen los caballos -ordené, al tiempo que me levantaba-. Nos vamos.» Los hombres se pusieron manos a la obra inmediatamente. El hombre colgado oscilaba lentamente encima del fuego, allí fijado por una rama más delgada empalada en su ano. Un soldado se acercó y me saludó: «¿Y los prisioneros, mi comandante?». Lo pensé durante un breve instante: «Fusílenlos». — «¿Las mujeres también?» — «Las mujeres también.» Me dirigí a grandes pasos hacia el cercado. Un hombre me trajo un hermoso caballo bayo, cuyos ollares dejaban escapar volutas de vapor mezcladas con los copos que caían, cada vez más tupidos. Cogí el ronzal de las manos del soldado, acaricié el cuello de la bestia, comprobé la cincha y me subí a la silla de montar, donde me planté para observar los preparativos. En el bolsillo de mi chaqueta había un estuche con puros, me encendí uno y aspiré, las bocanadas de tabaco me proporcionaron una sensación de serenidad, ligera y casi jubilosa como la nieve que colmaba el cielo. A mi alrededor, los hombres iban y venían, alineaban los caballos, plegaban las tiendas; más lejos, unos soldados escoltaban a un pequeño grupo de hombres y mujeres, la mayoría de ellos vestidos con harapos. Cuando llegaron a un bosquete de pinos, los obligaron a arrodillarse en la nieve. Luego un soldado tomó su fusil, apuntó a una nuca y apretó el gatillo; el hombre salió volando hacia delante en un brusco estallido de sangre; ahora el soldado se volvía hacia el siguiente y cargaba su arma. Unos hombres a caballo vinieron hacia mí. Uno de ellos me tendió una lanza con el mango de fresno pulido y el filo acerado, largo y fino en forma de hoja; yo la cogí con satisfacción, la sopesé y me la puse sobre las rodillas. Cuando todo estuvo listo le di al puro una última bocanada, lo tiré sobre la nieve y blandí la lanza para dar la señal de salida. Mi caballo piafó y lo guié con los talones, poniéndome la lanza bajo el brazo y asiendo las riendas con la mano libre. A mi alrededor, la columna se puso en movimiento, bordeando los árboles, rodeando los cuerpos de los fusilados que yacían bocabajo en la nieve enrojecida, sus miembros dislocados como muñecas. Un poco más lejos cogimos un atajo y lancé mi caballo al trote, los cascos volaban sobre la nieve virgen, las lanzas golpeaban las ramas y provocaban una lluvia de manojos de nieve, agujas y piñas de pino que caían sobre nosotros, yo me reía y mis hombres reían conmigo, feliz de esa improvisada carrera vespertina a través del bosque. Más lejos se abrían unos extensos campos nevados, rayados de marrón por la tierra revuelta por la labranza, los atravesamos sin disminuir el paso, había dejado de nevar, el cielo viraba a gris y se oscurecía, poco a poco las nubes se fueron deshilachando, vertiendo sobre la tranquilidad del paisaje la luz blanca de la luna llena. Por fin cayó la noche y di orden de que los caballos fuesen al paso. Avanzábamos a través de los campos entre el ruido de los arreos y las espuelas, los resoplidos de los caballos y el sonido amortiguado de las decenas de cascos en la nieve, envueltos por los ricos efluvios de la tierra helada, el cuero, el aceite de los fusiles, el sudor de los caballos y el estiércol. La luna ahora lo iluminaba todo, se distinguían perfectamente unas extensiones blancas y onduladas entrecortadas por arboledas, masas más oscuras dispersas aquí y allá bajo la bóveda azulada del cielo nocturno. A lo lejos brillaban unas luces y, sin decir palabra, dirigí la columna hacia allí. Poco a poco, fueron apareciendo ante nosotros las formas de un gran edificio enclavado entre árboles y rodeado de dependencias, una casa solariega aislada como tantas otras que todavía quedaban en estas tierras. Un perro que advirtió nuestra llegada se puso a ladrar, luego otro, se encendieron nuevas luces y oímos gritos breves y ruidos de puertas. Con un gesto de mi lanza, envié dos grupos de hombres a que rodeasen la casa por los flancos y seguí avanzando al paso, seguido del grueso de la tropa. Llegué a la gran puerta del recinto, construida con fuertes planchas de hierro, la golpeé con mi lanza y grité: «¡Abrid!». Los perros ladraron más fuerte, nadie respondió. «¡Abrid! ¡Abrid o lo quemo todo!» Por fin se escuchó una voz: «¿Quién va?». — «Abre, en nombre de Dios -gruñí-, si es que queréis salvar la vida.» Al final las bisagras crujieron y se abrieron los pesados batientes. Apareció un hombre algo mayor, blandiendo un farol: «¿Quiénes son ustedes? ¿Qué quieren?». Sin molestarme en responder, le atravesé la garganta con la lanza; su voz se ahogó en borbotones de sangre, el farol cayó en la nieve donde siguió brillando, él permaneció un momento enganchado a la lanza, hasta que le imprimí al eje un sutil movimiento para que se desprendiese. El cadáver se deslizó en la nieve y yo sacudí la lanza para escurrirla; luego la clavé en el suelo, desmonté, y le até el ronzal de mi caballo. No necesité decir nada, mis hombres conocían su trabajo, me encendí otro puro con calma y le di una calada mientras corrían hacia la casa, a pie o todavía a caballo. Sonaron unos disparos, uno de ellos rodó por los suelos, los otros se arrodillaron y abrieron fuego, ametrallando las ventanas que estallaron una tras otra en una lluvia de cristales. Todo terminó muy deprisa. Una docena de soldados se precipitó como perros rabiosos hacia la puerta de entrada derribada, del interior todavía llegaban algunos disparos, ruidos de puertas que volaban en pedazos, gritos roncos, aullidos enloquecidos de mujeres. Dejé allí mi caballo, saqué la pistola de su funda y entré yo también, salvando el cuerpo de un joven medio desnudo cuya sangre embebía la alfombra del vestíbulo en la entrada. Unas mujeres corrían en camisón por los pasillos, perseguidas por soldados alborozados; en el salón, en medio de los muebles destruidos y los cadáveres tirados como marionetas, había un viejo sentado en su butaca, los ojos terriblemente abiertos, el labio inferior tembloroso. De repente, se apagaron todas las luces eléctricas, los plomos debían de haber saltado, pero las velas y los candeleros encendidos bastaban para iluminar la escena. Me llegó un fuerte olor a cordita y a sangre que disfruté con deleite. En las zonas comunes, un soldado violaba a una criada gorda encima de una mesa ante la mirada jovial de sus compañeros, otro, apaciblemente sentado en una silla, se cortaba rebanadas de pan y de queso; dos hombres volcaron un aparador lleno de vajilla que cayó en un gran estruendo de porcelana rota. Al fondo de la casa todavía resonaban algunos disparos; en el patio trasero, más allá de los retretes, tres soldados trataban entre juramentos de matar un cerdo que gruñía y se resistía con todas sus fuerzas ante el cuchillo; cerca de ellos, metían en una carreta a dos campesinos mal afeitados, las manos atadas a la espalda, para colgarlos de un grueso roble; más lejos, ardía un granero alegremente. Subí al piso de arriba: allí reinaba el mismo alboroto festivo, un suboficial bailaba solo con una copa de champán en la mano delante de un gran espejo, un soldado meaba en las cortinas, un tercero exhibía sus manos cubiertas de sortijas y pulseras de mujer. De una puerta entreabierta salían unos gritos agudos; dos hombres ensartaban a calzón bajado a un joven desnudo, echado hacia delante sobre una cama de hierro, la cabeza enterrada en los cojines bordados. Más lejos, al fondo del pasillo, había una puerta cerrada. Tanteé el pomo, estaba cerrado con llave, di un golpe, ninguna respuesta, di otro golpe con el puño y grité: «¡Abrid!», de nuevo nada. Entonces me retiré e hice saltar la cerradura de una patada. La hoja voló; de pie delante de la cama había una mujer en ropa interior gris perla, fina y ligera, sus cabellos rubio veneciano recogidos en un moño sabiamente despeinado, iluminado por la luz macilenta de la luna que entraba por las ventanas. Al verme, gritó y se llevó la mano a la boca. «¡Tú! -gimió-. ¿Tú? ¡Pero, estás loco! ¡Estás loco!» Yo la miré, aturdido por esas palabras: «No nos conocemos», le dije dando un paso adelante y soltándole una bofetada que la hizo caer sobre la extensión dorada y verde del cubrecama bordado. Ella se acurrucó y empezó a sollozar, arañándose su hermosa cara crispada. Yo empujé la puerta, me quité el abrigo, luego el cinturón, que puse en una silla, y me acerqué a la cama, desabrochándome la guerrera. La joven trató de darme una patada con el talón, la agarré del tobillo riendo y la puse bocabajo. Acaricié sus nalgas bajo el sedoso material del vestido, una tela de punto sin la más mínima costura y forrado con una fina seda rosa palo, ella gritó con todas sus fuerzas, su rostro perdido en las largas hierbas verdes bordadas del tejido, yo le asesté un puñetazo en la espalda y los gritos cesaron de forma instantánea, entonces le subí el vestido hasta los senos y, con un gesto seco, le bajé las bragas, revelando un redondo culo blanco. Ahora ella gemía: «No, no, te lo ruego», volví a pegarle para hacerla callar, me desabroché la bragueta, me subí a la cama y, abriéndole las piernas, la forcé con un violento golpe de riñón. Ella lanzó un último grito agudo, luego cerró la boca. Adentré mis manos, aún enguantadas de blanco, en el moño despeinado y me apoyé con todo mi peso sobre su cabeza, oliendo los aromas de brezo, musgo y almendra que emanaban de su cabello. Pero estaba seca y la sensación me pareció poco agradable, me retiré, escupí varias veces en su ano, anidado entre una pelusa rubia, me unté el glande con saliva y me adentré en ella, esta vez lentamente, ella seguía sin dejar ir un solo ruido, extendida con su vestido gris sobre el cubrecama verdoso, el rostro oculto tras sus cabellos despeinados. Me volví: al lado de la puerta entreabierta había un gran espejo vertical, en él vi mi culo, blanco bajo la luz de la luna, yendo y viniendo entre aquellos largos muslos blancos encajados debajo de los míos. Disminuí el ritmo, explayándome en el espectáculo, la mujer, bajo mi cuerpo, respiraba sibilante pero seguía callada, le di otro golpe sin tener muy claro por qué, luego otro, cada vez se quedaba sin respiración pero se negaba a gritar, y ese mutismo me enfureció, me puse a estrangularla, las dos manos enguantadas apretándole la nuca, sentía cómo sus muslos se tensaban y batían debajo de mí, su culo se contrajo y gocé brutalmente, vaciándome en ella en largas sacudidas para luego soltarla y rodar sobre la espalda, acostado encima de las hierbas bordadas, con los ojos cerrados. A mi lado oía cómo la mujer hipaba, tosía, tragaba aire convulsivamente. Abrí los ojos y me senté de nuevo, me miré el bajo vientre, tenía rastros de mierda en el pene, tiré de un faldón del cubrecama y me sequé, luego me abroché. La mujer seguía acostada bocabajo, el culo al aire, ahora sollozaba más despacio, mordiendo el tejido del cubrecama para asfixiar el sonido. Le di una palmadita en la nalga y se calló abruptamente: «Puedes irte», le dije. Con la cabeza vuelta, se incorporó a duras penas sobre sus rodillas y tiró con los dedos del tejido del vestido para cubrirse el trasero; se puso en pie, tropezó, se apoyó en el borde de la cama, luego se agachó para subirse las bragas bajo el vestido. Yo no veía más que su perfil. Se estaba mordiendo el labio inferior y la luz de la luna jugueteaba con los cabellos despeinados sobre su nuca. Entonces me miró, sus ojos perdidos, incapaces de toda comprensión. Le hice una leve señal con los dedos y se dirigió titubeando hacia la puerta. Me incliné hacia la silla, saqué mi pistola de su funda, la armé y apunté a su nuca. El tiro la hizo volar contra la puerta, cayó sobre la alfombra en una masa gris y retorcida, dejando unos largos regueros rojos sobre la madera pulida. Abandoné el arma a un lado y le volví la espalda, acariciando distraídamente con los dedos enguantados el grueso tejido del cubrecama bordado.
Justo cuando me desperté el cielo empezaba a palidecer. Todavía se oían algunos ruidos sordos de cristales rotos, un canto melancólico. Me incorporé e intenté encender una lámpara de mesa, pero la electricidad seguía sin funcionar. Delante de la puerta, la masa sombría del cuerpo de la mujer parecía un montón de ropa sucia, tirada allí para que se la llevasen las criadas. Me levanté, encendí algunas velas y me puse a buscar en los muebles, metiéndome en el bolsillo las joyas y las divisas que iba encontrando. En el cajón de la mesita de noche di con unos trozos de fotografías. Esos fragmentos recortados representaban a un niño rubio; y aunque aquí y allá se distinguían los brazos de un hombre, fue sobre todo la expresión del niño, unas veces concentrada, otras asustada, otras radiante de alegría, las que denunciaron la presencia de otra persona que había sido eliminada a tijeretazos, una presencia que lo era todo para él. Los tiré al suelo, acabé con mi registro y, apartando el cadáver de una patada, salí a unirme a mis hombres. La inmensa mayoría dormían ebrios en butacas, sobre las alfombras o encima de alguna mesa, otros canturreaban vaciando las últimas botellas; delante de la escalinata, unos soldados más sobrios preparaban la partida, fijando sobre su silla de montar los sacos del botín o de provisiones. Le encargué a cuatro de ellos que despertasen y reuniesen a sus compañeros; luego dispuse que me trajesen mi caballo y di la orden de partida a los que estaban listos. Lanzas en mano o a la espalda, atravesamos el pórtico, rodeando el cadáver del viejo del farol, tieso en la nieve. El día despuntaba, el cielo era gris, delante de nosotros se extendía el blanco ensordecido de los campos de remolacha nevados, salpicados por las manchas oscuras de algunos bosquetes. De un golpe de talón, lancé mi caballo al trote, los hombres me siguieron, gallardos y risueños. A lo lejos, aislado en la extensión blanca, pude ver un puntito negro y dirigí mi caballo hacia allí. A medida que me iba acercando fui viendo que se trataba de una figura, la figura de un niño rubio y desnudo tambaleándose en la nieve. Lo alcanzamos rápidamente y nos plantó cara mientras lo rodeábamos, lívido, temblando de frío, sus piernas maculadas de una mierda que se le había escapado sin darse cuenta a lo largo de la carrera, y las facciones deformadas por el llanto, el frío y el terror. Mis jinetes formaron a su alrededor un círculo de lanzas y caras cerradas. Mi caballo dio un paso adelante, el chico se cayó de culo, retrocedió, se levantó caminando con dificultad en la nieve mezclada con mierda, siguió ensuciándose, su rostro retorcido en sollozos, lo maté con una rápida lanzada en el pecho, lo levanté un poco, luego lo tiré hacia atrás como una marioneta en la nieve, ante la risa burlona de mis hombres. Entonces lancé mi caballo al galope a través de la planicie, llevado por una estimulante sensación de libertad soberana, el aire frío me mordía las mejillas y los pulmones y yo me recreaba en ello, sentía que me agrandaba sobre mi silla de montar hasta devenir un igual a la vasta llanura, la nieve y el cielo sobre mí. Al final de la tarde llegamos a una estación tomada por las fuerzas enemigas. El grueso de mis tropas se había unido a nosotros y la sitiamos por todos lados en un diluvio de fuego y gritos incoherentes, en la esquina principal de ataque habían colocado una ametralladora que nos mantuvo a raya durante un buen rato, hasta que uno de mis soldados, arrastrándose hasta el pie de la pared, logró silenciarla con una granada. Entonces se desató la escabechina. De las puertas empezaron a emerger supervivientes con las manos a la cabeza, mis hombres los pusieron contra la pared de la estación y los fusilaron a diestro y siniestro, yo fui uno de los primeros en entrar en la edificación propiamente dicha, pistola en mano, un soldado enemigo me apuntó con su fusil y lo abatí de un tiro, más lejos se arrastraba un herido y también acabé con él, por todas partes resonaban disparos y gritos de los moribundos. Al fondo de la estancia principal había una puerta, la abrí de una patada, daba a una galería vacía que atravesé mientras me desabrochaba el abrigo y el cinturón, al final había otra puerta, dejé caer la pistola y me quité la chaqueta, así como los guantes blancos, rápidamente me deshice del resto de la ropa, quedándome sólo con el chándal y poniéndome las deportivas que me había guardado en un bolsillo, la puerta estaba abierta y en cuanto atravesé el umbral me puse a correr. Estaba oscuro aquí, yo andaba desorientado y tropecé varias veces contra las paredes hasta lograr algo parecido a un equilibrio que me permitió seguir avanzando de manera regular, respirando con gusto al ritmo de mis zancadas. Pero el pasillo se curvaba, no me aclaraba a permanecer en su centro y de nuevo mi hombro chocó con una pared, me pareció distinguir unas manchas todavía más oscuras, posiblemente ramificaciones o acaso sólo un rincón, las evité mal que bien hasta que un golpe más fuerte que los otros me hizo titubear, aminoré la marcha pero sin dejar de correr, por fin desemboqué en el vestuario y me cambié rápidamente, ajustándome el gorro de goma y atravesando las puertas batientes que daban a un gran espacio lleno de ecos de gritos y ruidos de agua, todo azul y luminoso y además agrandado por unos enormes espejos que rodeaban la sala y en los que no acertaba a ver sino fragmentos de mi cuerpo, fugaces y sin relación unos con otros, vacilé, a punto estuve de caer, pero me rehíce y me incorporé, recuperé el equilibrio, mi cuerpo encontró su eje y, los músculos tensos, las nalgas prietas, me zambullí recto como una lanza, hendiendo con todo mi peso el agua clara y fresca de la piscina.
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