el destino
spanish
Acababa de terminar la quinta carrera de la competencia abierta. Había ganado Lu-lu y la multitud reunida en la tribuna principal, así como todos los que se agolpaban alrededor de la pista por no haber pagado la entrada, la ovacionaban con voces roncas. Por sobre el clamor ensordecedor se oyó la exclamación de una mujer:
—¡Ay… perdí mi boleto!
Un hombre parado delante de ella se volvió.
—Tengo uno de más. Acéptelo, por favor.
La mujer extendió la mano pequeña con guantes a la moda, y luego de tomarlo con entusiasmo, levantó la mirada. Ambos se sobresaltaron. El hombre palideció, mientras que el rostro ya maduro de la mujer se cubrió de un velo sombrío.
—¿Tú? —balbució la mujer.
Los labios del hombre se abrieron en esa fría sonrisa que ella tanto recordaba y odiaba.
—Es evidente que no te alegra verme —dijo él con voz tranquila—, pero supongo que era de esperar. No vine aquí con el propósito de molestarte. Este encuentro me resulta tan inesperado como a ti. En ningún momento sospeché que durante media hora habías estado cerca de mí…
Ella lo interrumpió con un gesto enérgico. Con el boleto aún en la mano, se apartó de él. El hombre volvió a sonreír, pero esta vez con un dejo de burla, y fijó la mirada en la pista.
Ninguno de los que estaban alrededor había advertido este otro juego. Todas las miradas estaban pendientes de lo que ocurría en la pista: la estaban despejando para la próxima carrera. Los caballos que acababan de correr eran retirados del circuito cubiertos con una manta y cuando pasó Lu-lu —ese curioso fenómeno—, la multitud la ovacionó. Aquellos que habían apostado a Mascot, el rival favorito, estaban sombríos.
Todo esto pasó inadvertido para la mujer. Era menuda, muy bonita, aún joven y vestía de un modo muy particular. Observó a hurtadillas el perfil del hombre. Parecía envejecido desde la última vez que lo había visto. Algunas hebras plateadas iluminaban el oscuro cabello prolijamente recortado y la barba corta y afilada. Sin embargo, los rasgos serenos y los ojos grises y un tanto duros no mostraban casi ningún cambio. Se preguntó si a él acaso le importaría.
Hacía ya cinco años que no se veían. La mujer cerró los ojos y recordó el pasado. Todo resurgía con claridad. Cuando se casaron tenía dieciocho años; era una muchacha alegre, vivaz y bonita como una flor de primavera. Él, mayor que ella, era un estudiante serio y tranquilo. Sus amigas se preguntaron por qué se casó con él; a veces, ella también se lo preguntó, pero lo había querido, o al menos así lo creyó.
El matrimonio no había sido feliz. A ella le gustaban las reuniones sociales y las diversiones; él sólo quería calma y soledad. Ella era impulsiva e impaciente; él, pausado y serio. Las dos personalidades terminaron por enfrentarse. Al cabo de dos años de llevar una vida casi insoportable, se separaron con serenidad, sin ningún escándalo. Ella quiso el divorcio, pero él no estuvo de acuerdo. Entonces, la mujer decidió tomar un camino independiente y volvió a su anterior modo de vida. A los cinco años había logrado enterrar todos los recuerdos. Nadie sabía si estaba contenta; el mundo era benévolo con ella y la vida que llevaba era alegre e irreprochable. Deseó no haber concurrido a las carreras. Era un encuentro muy molesto. Abrió los ojos con esfuerzo: la pista llena de polvo, los veloces caballos, los alegres vestidos de las mujeres en la tribuna principal, el cielo azul y despejado, el sol brillante de septiembre, los reflejos rojizos y distantes, todo se confundía en un intenso resplandor que le provocaba dolor de cabeza. Pero, en un primer plano a su lado, vio la esbelta figura; el rostro vuelto hacia la pista.
Se preguntó con vaga curiosidad qué motivo lo había inducido a ir a las carreras. Esa clase de pasatiempo no correspondía con su personalidad. Era evidente que ese encuentro casual no lo había perturbado, señal de que no le importaba. Suspiró y cerró los ojos. Cuando terminó la carrera, él se volvió.
—¿Puedo preguntarte cómo has estado desde… desde la última vez que nos vimos? Se te ve muy bien. ¿El mundo social dejó de resultarte interesante?
Estaba enojada con él y con ella misma. ¿Dónde había dejado ella sus indiferentes modales de sociedad y su compostura? Se sintió débil e histérica. ¿Qué pasaría si rompía a llorar delante de toda la gente y de esos fríos ojos grises? Casi lo odió.
—Por supuesto que puedes preguntármelo… ¿Por qué habría de molestarme? Me he divertido mucho… y estoy bien… muy bien. ¿Y tú?
Antes de responder, tomó nota del resultado de la carrera.
—¿Yo? Bueno, las ratas de biblioteca y los ermitaños siempre llevan una vida apacible. Ya sabes, jamás me interesaron las diversiones. Vine aquí para asistir a la venta de unas ediciones poco comunes y un buen amigo me arrastró hasta las carreras. Me resulta bastante interesante. Debo admitir que es mejor de lo que imaginaba. Es una pena que no pueda quedarme hasta el final. Debo irme en cuanto termine la competencia abierta, o tal vez antes. Yo aposté a Mascot, ¿y tú?
—A Lu-lu —se apresuró a contestar. Parecía un desafío. ¡Qué ficticio resultaba todo eso! ¡Mantener esa conversación trivial como si se tratara tan sólo de un encuentro casual entre dos conocidos!—. Lu-lu pertenece a una amiga mía; es por eso que estoy interesada.
—Ahora Lu-lu y Mascot están empatados: cada uno ganó dos carreras. Una más definirá al ganador. Hoy es un muy buen día para las carreras. Permiso.
Se inclinó hacia adelante y extrajo un pedazo de papel de su capa gris. Ella tembló levemente.
—¡Tienes frío! Esta tribuna es muy ventosa.
—No tengo frío, gracias. ¿Qué carrera es ésta? ¡Ah! La de tres minutos.
Con fingido interés, se inclinó hacia adelante para mirar la tabla de resultados. Respiraba con dificultad. Tenía los ojos húmedos; se mordió los labios con fuerza y se quedó contemplando la pista hasta que las lágrimas desaparecieron.
En ese momento él volvió a hablar, en voz baja, tranquila, acorde con las circunstancias.
—¿Qué encuentro curioso, no es verdad? ¡Cuánto romanticismo! A propósito, ¿sigues leyendo tantas novelas como antes?
Creyó escuchar un tono burlón en su voz. Siempre le habían parecido frívolas las novelas que ella leía. Además, esa pregunta personal le molestó. ¿Qué derecho tenía?
—Casi tantas como antes —contestó con indiferencia.
—Yo era muy intolerante, ¿no es así? —dijo después de una pausa—. Eso decías y tenías razón. ¿Eres más feliz desde… que me dejaste?
—Sí —dijo ella en tono desafiante, al mismo tiempo que le clavaba la mirada en los ojos.
—¿Y no te arrepientes?
El hombre se inclinó un poco hacia adelante. Sus mangas rozaron el hombro de la mujer. Algo en el rostro de él le impidió decir lo que estaba por contestar.
—Yo… no… no dije eso —murmuró débilmente.
Hubo una explosión de aplausos. Estaban trayendo los caballos para la sexta carrera. Ella se volvió para mirarlos. La pizarra comenzó a indicar las apuestas que parecían no terminar jamás. Estaba cansada de todo eso. No le importaba en absoluto si ganaba Lu-lu o Mascot. ¿Qué era lo que le importaba? ¿Acaso el mundo social había compensado la falta de amor? Una vez, él la había querido y al principio fueron felices. Ella jamás pronunció una palabra de arrepentimiento ni siquiera en su propio corazón. De pronto, sintió su mano sobre su hombro: levantó la mirada. Sus ojos se encontraron. Él se inclinó y le dijo casi en un susurro:
—¿Volverías conmigo?
—No lo sé —murmuró casi sin aliento, casi fascinada.
—Los dos fuimos culpables, pero yo más que tú. Fui muy duro contigo. Debí ser más indulgente. Los dos hemos aprendido ahora. Vuelve a mí… querida.
Su tono de voz era frío y su rostro, inexpresivo. Tuvo deseos de gritar NO.
Pero la mano delgada y hábil apoyada sobre su hombro temblaba con la fuerza de la emoción reprimida. Entonces, sí le importaba. Un capricho alocado se le cruzó por la mente. Dio un salto.
—¡Mira! —exclamó—. Acaban de largar. Esta carrera tal vez defina cuál será el ganador. Si gana Lu-lu no volveré a tu lado, pero si gana Mascot volveré. Ésa es mi respuesta.
Él palideció, pero aceptó la decisión con un leve movimiento de cabeza. Sabía por experiencia que sus caprichos no eran cambiantes y que se aferraba a ellos con gran obstinación, por más absurdos que fuesen.
Ella se inclinó hacia adelante sin aliento. La multitud guardaba silencio y estaba atenta a lo que ocurría en la pista. Lu-lu y Mascot iban parejos; era un espectáculo extraordinario. En la mitad de la carrera Lu-lu avanzó medio cuerpo con ímpetu y firmeza, lo que provocó euforia entre los que habían apostado. Sólo una mujer ocultó el rostro entre las manos y no se atrevió a seguir mirando. Sólo un hombre, con el rostro pálido y los labios tensos, miró la pista sin inmutarse.
Poco a poco, Mascot volvió a recuperar terreno. Ya estaban en la recta final; iban parejos; comenzaron a ovacionarlos; luego, silencio; después, otra explosión tremenda, gritos, exclamaciones y aplausos: Mascot había ganado. En la primera fila una mujer se puso de pie, se inclinó y tembló como una hoja en el viento. Enderezó su sombrero carmesí y se acomodó el velo con movimientos inseguros. Tenía una sonrisa dibujada en los labios y lágrimas en los ojos. Nadie reparó en ella. Un hombre a su lado la tomó de la mano con aire tranquilo. Y juntos abandonaron la tribuna.