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Stories / Poems

Stories by lucy maud montgomery

el marido de emily

spanish

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Emily Fair descendió del automóvil de Hiram Jameson frente al portón. Tomó su bolso y su sombrilla y con su voz clara y musical le dio las gracias por haberla traído hasta su casa. La voz de Emily era muy particular. Siempre dulce; a menudo fría; a veces era suave y cariñosa con aquellos a quienes amaba, pero detrás siempre había un tono inflexible y distante. La gente jamás había oído temblar la voz de Emily.
—De nada, señora Fair —contestó Hiram Jameson, con una mirada que expresaba gran admiración.
Emily la enfrentó con indiferencia imperturbable. Hiram Jameson no le agradaba. A pesar de su aparente serenidad, estaba furiosa por habérselo encontrado en la estación al bajar del tren.
Jameson advirtió la actitud despectiva, pero prefirió ignorarla.
«Orgullosa como Lucifer —pensó mientras se alejaba—. Bueno, pero ella no es tan terrible. No me gustan las mujeres débiles: son siempre furtivas. Si Stephen Fair no se recupera, ella quedará en libertad y entonces…».
No completó la idea; en cambio, recordó con regocijo la figura de Emily junto al portón, bajo la cruel y tosca luz del atardecer otoñal, con el cabello castaño y rizado que le enmarcaba el rostro pálido y ovalado y el brillo despectivo de sus grandes ojos grises.
Emily permaneció un tiempo junto al portón después de que el automóvil de Jameson se perdió de vista. Una vez que se extinguió el breve estallido de esplendor provocado por la puesta del sol, giró y entró en el jardín, donde aún florecían los últimos ásteres y crisantemos. Arrancó algunos de los más lindos. Amaba las flores, pero esa noche los ásteres parecían lastimarla, porque enseguida los dejó caer y los pisó deliberadamente.
Una súbita ráfaga de viento sopló desde los campos dorados y húmedos y los arces maltrechos que rodeaban el jardín se contorsionaron y gimieron. El aire era frío y crudo. La lluvia, que había amenazado todo el día, se estaba aproximando. Emily se estremeció y entró en la casa.
Amelia Phillips estaba junto al fuego. Al ver a Emily, se acercó y tomó los paquetes y las mantas con cierta delicadeza que resultaba extraña en su personalidad tan ceñuda.
—¿Estás cansada? Me alegro de que ya estés de vuelta. ¿Tuviste que caminar desde la estación?
—No. Hiram Jameson estaba allí y se ofreció a traerme hasta casa. Hubiera preferido caminar. Creo que se está por desatar una tormenta. ¿Dónde está John?
—Después de cenar se fue al pueblo —contestó Amelia mientras encendía una lámpara—. Necesitábamos algunas cosas de la tienda.
Mientras hablaba se producían llamaradas de luz que hacían destacar los rasgos duros, casi toscos, y los hundidos ojos negros. Amelia Phillips parecía un dibujo al carbón exageradamente trabajado.
—¿Hubo alguna novedad en Woodford mientras estuve afuera? —preguntó Emily con indiferencia. Por cierto no esperaba recibir una respuesta afirmativa. La vida en Woodford era muy monótona.
Amelia la miró fijamente. ¡Entonces, no sabía nada! Amelia pensó que Hiram Jameson se lo habría dicho. Deseó que lo hubiera hecho, porque ella nunca estaba segura de las reacciones que podía tener Emily. La hermana mayor sabía que detrás de esa apariencia reservada se escondía un carácter apasionado que, una vez que traspasaba las fronteras del puritano dominio de sí misma, no tenía límites. A pesar de tener una perspicaz y natural agudeza y de haber llegado a conocer en profundidad el carácter de su hermana, Amelia Phillips jamás había podido desentrañar lo que Emily sentía hacia su marido. Desde el tiempo en que Emily había regresado a la casa de su infancia, cinco años atrás, jamás mencionó el nombre de Stephen Fair.
—Supongo que no estás enterada de que Stephen está muy enfermo —dijo Amelia con voz pausada.
Nada en el rostro de Emily se alteró. Sólo hubo un extraño estremecimiento en la voz cuando habló, como si hubiese sonado una nota falsa en una melodía celestial.
—¿Qué es lo que tiene?
—Tifoidea —respondió Amelia brevemente. Sintió alivio al ver que Emily lo había tomado con tanta calma. Amelia odiaba a Stephen Fair con todas las fuerzas de su ser, porque pensaba que él la había tratado mal, pero sospechaba que Emily, en el fondo de su corazón, aún lo amaba. Para Amelia Phillips, eso habría sido una debilidad intolerable.
Emily miró la lámpara sin parpadear.
—Hay que arreglar esa mecha —comentó. Luego, su voz volvió a adquirir aquel tono disonante—. ¿Está muy grave?
—No tenemos noticias hace ya tres días. El lunes los médicos no estaban preocupados, aunque dijeron que era un caso bastante agudo.
En el hermoso rostro de Emily se dibujó una expresión lánguida, casi fantasmal, que enseguida desapareció. ¿Qué era? ¿Alivio? ¿Arrepentimiento? Era imposible saberlo. Cuando volvió a hablar, su voz vibrante fue tan melodiosa como siempre.
—Amelia, creo que me iré a dormir. Supongo que John no regresará hasta tarde, y estoy cansada. Comenzó a llover. Supongo que arruinará todas las flores. Quedarán destrozadas.
Emily se detuvo en el oscuro corredor por un momento y abrió la puerta de calle. La lluvia le azotó el rostro con la fuerza de un látigo. Se esforzó para mirar a través de la densa penumbra. Más allá, en el jardín, vio los ásteres arrancados que parecían fantasmas. El viento que envolvía la vieja casona se lamentaba y sollozaba.
El reloj de la sala de estar dio las 8. Emily se estremeció y cerró la puerta. Recordó que siete años atrás, a las 8 de esa misma mañana, se había casado. Podía verse bajando las escaleras con su vestido blanco y con el ramillete de ásteres. Por un momento se alegró de que a la mañana siguiente esas irónicas flores del jardín estarían destruidas en mil pedazos por los latigazos del viento y de la lluvia.
Luego recuperó su equilibrio y ahuyentó esos recuerdos hostiles, mientras subía con pasos firmes las estrechas escaleras y caminaba a lo largo del corredor, con su curioso declive producido por el hundimiento de la casa, en dirección a su habitación en el ala noroeste.
Una vez que se tendió en la cama y apagó la luz, se dio cuenta de que no podía dormir. Quiso creer que era el ruido de la tormenta lo que la mantenía despierta. Ni siquiera podía confesarse a sí misma el hecho de que estaba aguardando con gran nerviosismo el regreso de John. Eso habría sido admitir una debilidad y Emily Fair, al igual que Amelia, despreciaba las debilidades.
Cada tanto una ráfaga de viento azotaba la casa con el rugido de un animal salvaje y bombardeaba la ventana de Emily con una lluvia de gotas estrepitosas. En los momentos de silencio que seguían a las ráfagas, Emily oía la caída suave e intermitente de la lluvia sobre los senderos del jardín, mezclada con el leve murmullo del arroyo que corría más allá de los graneros, donde las ramas de los pinos se agitaban en la tormenta. De pronto, Emily recordó un cuento fantástico que había leído una vez hacía muchos años y que ya casi había olvidado: la historia de un alma que salió en una noche tormentosa y oscura y que se perdió en algún lugar entre la tierra y el cielo. Sintió un escalofrío y se cubrió el rostro con el edredón.
—De todas las cosas, lo que más odio son las tormentas —murmuró—. Me asustan.
Para su sorpresa —ya que su rigurosa voluntad lograba dominar incluso hasta sus pensamientos— descubrió que no podía dejar de pensar en Stephen, no con cariño o con remordimiento sino de una manera muy impersonal, como si se tratase de un hombre que en nada se vinculaba con su vida. ¡Resultaba tan extraño imaginar que Stephen estaba enfermo! Jamás supo que Stephen se hubiese enfermado alguna vez. Rememoró el pasado como si estuviese mirando con indiferencia una serie de fotografías ajenas a su vida. Escena tras escena, rostro tras rostro, brillaban como destellos contra la oscuridad del fondo.
La madre de Emily murió durante el parto, pero Amelia Phillips, veinte años mayor que la pequeña Emily, supo llenar con tanta eficiencia y con tanto cariño intuitivo el lugar vacío que Emily jamás tomó conciencia de la falta de una madre. También recibió el amor y las palmaditas cariñosas de John Phillips, el hermano mayor, serio y silencioso. La gente de Woodford solía decir que era una vergüenza la manera en que John y Amelia habían malcriado a Emily.
Emily Phillips nunca fue como las otras niñas de Woodford y entre sus amigas no había ninguna de su edad. Su belleza poco común atrajo a muchos hombres, pero ella jamás mostró interés en ninguno, hasta que Stephen Fair, quince años mayor, llegó a la vieja casona gris circundada por sauces para cortejarla.
Amelia y John Phillips nunca quisieron a Stephen. Había una vieja enemistad entre las dos familias, que había desaparecido entre la generación joven, pero que aún existía entre los mayores.
Emily amó a Stephen desde el principio. De hecho, en el fondo de su extraño y caprichoso corazón, lo comenzó a amar mucho antes de aquel día memorable en que él, por primera vez, la miró con ojos distintos y descubrió que la silenciosa niña criada en la vieja casona de los Phillips, en quien nunca había reparado, había florecido hasta convertirse en una mujer de una belleza extraña y angelical, de ojos grises y profundos cuya expresión jamás se borraría del recuerdo de Stephen Fair hasta el día de su muerte.
John y Amelia Phillips dejaron de lado su injustificada antipatía al descubrir que Emily se había enamorado. Después de un breve noviazgo, se casaron y Emily abandonó la casa de su infancia para ir a vivir al hogar de los Fair, a tres kilómetros de distancia.
La madre de Stephen vivía con ellos. Janet Fair jamás quiso a Emily; nunca deseó que Stephen se casara con ella. Pero, además, tenía el hábito muy arraigado de hacer maldades y sentía un intenso placer al hacerlas. Amaba a su hijo y había querido a su marido; sin embargo, mientras Thomas Fair vivió, ella fomentó una rivalidad y un descontento permanente entre Thomas y Stephen. Más tarde, su placer consistió en crear problemas entre Stephen y su mujer.
Tenía una ventaja sobre Emily: siempre se mostraba amable y, en apariencia, su carácter era dulce. Emily, herida y molesta por infinidad de incidentes triviales y sutiles que escapaban a la comprensión de su marido, sorprendía a Stephen con violentos arranques de ira que a él le resultaban en su gran mayoría inmotivados e injustificados. Hizo todo lo posible por preservar la paz entre su mujer y su madre, y como todos sus intentos resultaron infructuosos y como no sabía todo lo que Emily debía soportar de las manos crueles de su madre acabó por pensar que Emily era una mujer fantasiosa y fácilmente irritable, una niña malcriada cuyos caprichos no debían ser atendidos.
Hasta cierto punto tenía razón. La habían malcriado. Las continuas concesiones que recibió por parte de sus hermanos no la prepararon para afrontar los problemas de su nueva vida. Por cierto, la señora Fair no era una mujer agradable para convivir, pero si Emily hubiese sido más tolerante con las pequeñas ofensas y menos resentida de los esfuerzos bien intencionados, aunque torpes, que su marido hacía para crear un clima de armonía, la vieja señora no habría podido llevar a cabo ninguna maldad. Pero Emily se negó a ser más indulgente y la brecha entre marido y mujer se abrió de una manera insidiosa.
La ruptura final se produjo al cabo de dos años de matrimonio. Con una intensa furia rebelde, Emily le dijo a su marido que no seguiría viviendo en la misma casa con su madre.
—Debes elegir entre las dos —le dijo. Su espléndida voz vibraba con toda la emoción desencadenada, pero no titubeó—. Si ella se queda, yo me iré.
Stephen Fair, atormentado y perplejo, estaba furioso, con esa ira implacable que finalmente estalla en los hombres pacientes.
—Entonces, vete —dijo con seriedad—. Nunca le cerraré las puertas a mi madre por los caprichos de una mujer.
El rostro enrojecido de Emily se cubrió de un color blanco marmóreo.
—¿Estás seguro? —preguntó con calma—. Piénsalo bien. Si me voy, nunca más regresaré.
—Estoy seguro —respondió Stephen—. Márchate de mi casa si quieres… si es que tomas los votos matrimoniales en forma tan liviana. Cuando recuperes tu equilibrio, puedes regresar. Yo nunca te lo pediré.
Sin pronunciar palabra alguna, Emily se marchó. Esa noche volvió con John y Amelia. La recibieron con alegría, ya que creían que Stephen la trataba mal. Odiaron a Stephen Fair con un renovado rencor personal. Lo único que no le hubiesen perdonado a Emily era que hubiese cedido.
Pero no cedió. En el fondo de su alma, Emily sabía que a pesar de todos sus justos motivos no tenía razón y precisamente era por eso que no lo perdonaría jamás.
Dos años más tarde murió la señora Fair y otra nuera, que había enviudado, se hizo cargo de la casa. Si alguna vez Stephen pensó en Emily, no lo demostró. Stephen Fair nunca se echaba atrás.
Desde el momento en que se separaron, nunca cruzaron un saludo o una mirada. Cuando se veían, tal como ocurría cada tanto, los rostros de ambos permanecían inmutables. Emily Fair había enterrado el amor que sentía por él. Por orgullo y furia no se permitía recordar en qué lugar había sepultado su amor.
Stephen estaba enfermo. Esta extraña mujer se sintió orgullosa de su propia inflexibilidad, ya que el hecho no la conmovía. Se sentía tan indiferente como si se tratara de un desconocido. No obstante, esperaba y permanecía atenta al regreso de John Phillips.
A las diez oyó la voz de John en la cocina. Se inclinó sobre la cama y abrió la puerta. Oyó voces abajo, pero como no podía distinguir las palabras, se levantó y fue hasta el corredor sin hacer ruido, se arrodilló junto a la balaustrada de la escalera y prestó atención. La puerta de la cocina justo debajo de ella estaba abierta y un tenue haz de luz le iluminó el rostro pálido y atento. Parecía aguardar el veredicto de una sentencia.
Al principio, John y Amelia hablaron de temas triviales. De pronto, Amelia preguntó:
—¿Oíste algo acerca de Stephen Fair?
—Se está muriendo —fue la breve respuesta.
Emily oyó la exclamación sobresaltada de Amelia. Las manos apretaron con fuerza la balaustrada hasta que los bordes afilados le lastimaron los dedos. Volvió a oír la voz dura e inexpresiva de John:
—Antes de ayer comenzó a empeorar y desde entonces está más grave. Los médicos opinan que no vivirá hasta mañana.
Amelia comenzó a hablar rápido y en voz muy baja. Emily no pudo seguir escuchando. Se puso de pie y se dirigió a ciegas hasta su cuarto; una pena tan grande le desgarraba las fibras del corazón que se preguntó por qué no podía gritar.
¡Stephen, su marido, estaba muriendo! En la dolorosa angustia del momento, su alma se abrió de par en par como se abren las páginas de un libro. El amor que había enterrado surgió, terrible y acusador, de las profundidades de su ser.
De su letargo y de su dolor brotó con claridad un propósito: debía ir a ver a Stephen, debía rogarle y pedirle que la perdonara antes de que fuese demasiado tarde. No se atrevía a bajar hasta donde estaba John para pedirle que la llevara a ver a su marido. Podía negarse. Se sabía que los Phillips eran capaces de hacer cosas aun más duras. En el mejor de los casos, se desataría una tormenta de protestas y objeciones por parte de sus hermanos y Emily sintió que no podría resistirlo en su actual estado de ánimo. Acabaría por enloquecerla.
Encendió una lámpara y se vistió sin hacer ruido, pero con urgencia febril. Luego, se detuvo a escuchar. La casa estaba silenciosa. Amelia y John se habían acostado. Se envolvió en un pesado chal de lana que estaba en el corredor y se escabulló por la escalera. Con dedos torpes, forcejeó la llave de la puerta, la hizo girar y se deslizó en la noche.
Parecía como si la tormenta la fuera a alcanzar para luego tragarla. Cruzó el jardín, donde las flores estaban aplastadas contra la tierra; atravesó el extenso campo, donde la lluvia le azotó el rostro con la fuerza de un látigo y el viento, con su abrazo, la arqueó como a una caña quebrada. Guiada por un ciego instinto más que por otra cosa, encontró a través de los campos, los bosques y los valles desolados, el camino que conducía a su hogar perdido.
Años más tarde, Emily Fair recordaría esa alocada caminata en medio de la tormenta y de la oscuridad como una pesadilla. A menudo tropezaba. Una vez, una puntiaguda rama de abeto le golpeó la frente y le asestó una cuchillada que la dejó marcada para siempre. Mientras se abría paso para volver a encontrar el camino, gotas de sangre le corrían por el rostro.
—¡Dios mío, no permitas que muera antes de llegar a él! No lo permitas… por favor… ¡por favor! —imploró con desesperación en un tono desafiante más que suplicante. Luego, al darse cuenta, gritó horrorizada. Seguramente algún terrible castigo caería sobre ella por su agravio: encontraría muerto a su marido.
Cuando Emily abrió la puerta de la casa de los Fair, Almira Sentner gritó alarmada. ¿Quién o qué era esa criatura con el rostro pálido y los ojos desencajados, con las ropas húmedas y desgarradas y el cabello despeinado y revuelto por el viento y con grandes gotas de sangre en la frente?
Poco después reconoció a Emily y su rostro se endureció. Esta mujer, cuñada de Stephen, siempre odió a Emily Fair.
—¿Para qué viniste? —preguntó con dureza.
—¿Dónde está mi marido? —preguntó Emily.
—No puedes verlo —dijo la señora Sentner, desafiante—. Los médicos sólo permiten que pasen aquellos a los que él ya está acostumbrado a ver. La gente extraña lo perturba.
La insolencia y la crueldad de sus palabras encontraron oídos sordos. Al comprender que su marido aún estaba vivo, Emily se dirigió a la puerta de la sala.
—¡Córrete! —gritó con una voz que no era más que un susurro conmovedor, pero que intimidó a Almira Sentner. De mala gana, se echó a un lado y Emily subió sin obstáculos las escaleras hacia la habitación donde descansaba el enfermo.
Dos médicos de turno estaban allí, junto con la enfermera diplomada de la ciudad. Emily los empujó hacia un lado y se desplomó junto a la cama. Uno de los médicos hizo un movimiento rápido como para apartarla, pero el otro lo detuvo.
—Ahora ya no importa.
Stephen Fair volvió la lánguida cabeza de largos cabellos sobre la almohada. Sus ojos apagados y febriles encontraron los de Emily. Durante todo el día no había reconocido a nadie, pero enseguida supo quién era ella.
—¡Emily! —murmuró.
Emily se acercó y le besó los labios con pasión.
—Stephen, he vuelto a tu lado. Perdóname… perdóname. Dime que me perdonas.
—Está bien, mi pequeña —dijo.
Emily hundió el rostro en la almohada junto a su marido y sollozó.
Bajo la luz tenue y gris del amanecer otoñal el médico más viejo se acercó a la cama y levantó a Emily, que no se había movido en toda la noche. Ella alzó el pálido rostro con un tácito ruego en la mirada.
El médico miró el cuerpo que dormía en la cama.
—Su marido vivirá, señora Fair —dijo con dulzura—. Creo que usted le salvó la vida. La alegría de verla alejó la marea menguante y le devolvió la vida.
—¡Gracias a Dios! —dijo Emily.
Por primera vez, la hermosa voz de Emily tembló.
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