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Stories / Poems

Stories by lucy maud montgomery

la novia espera

spanish

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Era sábado y, como Susan no tenía que ir a la universidad, no tenía en qué distraer la mente para olvidar aquello que la perturbaba tanto: su trigésimo cumpleaños.
Tía Ada parecía haberlo olvidado, aunque a la hora del desayuno no dejó de mencionar el hecho de que le habían aparecido varios cabellos grises en su cabellera oscura, lisa y brillante. Era común que tía Ada comentara ese tipo de cosas. Susan era consciente de que tenía canas. Cuando las descubrió, no les dio importancia. Nada de eso podía importarle desde que había recibido aquel telegrama hacía ya tantos años en el que le comunicaban la breve y terrible noticia de que Vernon Darby había muerto en Vimy Ridge. No le importaba si todo su cabello se volvía gris… como su vida. Gris y opaco. Pero ¿acaso era ésa una razón para que todos olvidaran su cumpleaños?
Hasta Ellery lo había olvidado. Era la primera vez en diez años que Ellery no le enviaba rosas para su cumpleaños. Pero lo más probable era que no se hubiese olvidado… tal vez quería mostrar discreción. Quizá pensó que a ninguna muchacha le gustaría, ni siquiera con rosas, recordar que tenía treinta años. Pero ella no pensaba en eso. A nadie le interesaba si la maestra de lenguas modernas de Clement tenía treinta o cincuenta años, siempre y cuando fuese eficiente.
Pero ni siquiera pensar de esta manera le ayudó a olvidar el hecho de que cumplía treinta años. Por el contrario, esta idea la asaltaba a cada instante. Se sentía mucho más vieja con treinta que con veintinueve. Y sin embargo, le quedaban tantos años por delante para sobrevivir de alguna manera. Sobrevivir como una opaca maestra de lenguas modernas, cuyas alumnas sólo recurrían a los conocimientos que adquirían de esas lenguas, ya fuesen clásicas o modernas, para hablar con los hombres y sobre ellos. Susan casi nunca era injusta con sus alumnas, pero la llegada de los treinta influye en el ánimo de cualquiera.
Comenzó a tomar conciencia de que se acercaban los treinta algunas semanas antes. Y se preguntó si, después de todo, no sería más sensato decirle a Ellery —cuando al llegar su cumpleaños volviera a proponerle matrimonio, como hacía todos los años— que se casaría con él. Ellery tenía la crónica costumbre de proponerle matrimonio el día de su cumpleaños. Susan jamás lograba convencerlo de que permanecería fiel a la memoria de Vernon Darby. Y ahora… bueno, como dijo alguien, en cierto modo, permanecería fiel. No se podía considerar infidelidad el hecho de que trataran de aprovechar al máximo el tiempo que les quedaba a Ellery y a ella. Desde la época en que iban juntos al colegio secundario, siempre fueron buenos amigos. Ella estaba convencida de que nunca podría ofrecerle todo su amor, porque estaba enterrado en algún lugar de Francia, pero era suficiente si existía un verdadero compañerismo. Estaba decidida a decirle que, si él aceptaba lo que ella podía ofrecerle, estaba dispuesta a casarse. Sentía que de esa manera procedía con mucha consideración hacia él y que Ellery debía apreciar su actitud y sentirse agradecido. Susan comenzó a pensar en la futura felicidad de Ellery. Sería hermoso hacerlo feliz, aunque ella sólo pudiera experimentar una sensación de contento. Desde luego, era imposible para ella volver a amar a otra persona. Pero había modos de sustituirlo.
Era bastante tarde cuando Ellery Boyden fue a visitarla, pero esa vez no llevó rosas. Susan lo había visto venir por la calle; Banjo le pisaba los talones. Era evidente que ella era la última parada en su larga caminata. Suspiró un poco… rezó una plegaria para disculparse ante Vernon… y se adelantó a aceptar su destino y a Ellery.
Una hora más tarde, Susan comenzó a sentirse defraudada. Ellery no parecía tener la más mínima intención de proponerle matrimonio. Ellery se sentó en su silla favorita y habló sobre un sinnúmero de cosas que deberían haberle resultado interesantes. Banjo, un perrito gris con un aire melancólico detrás de su aparente alegría, descansaba en el suelo, a los pies de Susan, con la cabeza apoyada en su zapato. Ella lo quería mucho a Banjo, pero a medida que el tiempo pasaba sintió la perversa inclinación de apartarlo con el pie y de obligarlo a buscar otro sitio que le sirviera de almohada.
De pronto, Ellery calló. Susan se reanimó un poco. Tal vez había llegado el momento.
Los primeros signos fueron los de siempre: se aclaró la garganta, descruzó las piernas y las volvió a cruzar. Hasta entonces, normal. Pero Ellery estaba nervioso y Susan jamás lo había visto nervioso en esas ocasiones, cuando una vez al año le proponía matrimonio. ¿Acaso él también sentía que habían dejado pasar mucho tiempo y que ya era hora de tomar una decisión definitiva?
—Susan, he venido a pedirte un favor —dijo Ellery de pronto. Un gran favor.
Ésta era una nueva maniobra. Susan aguzó los oídos, pero no apartó el pie de la cabeza de Banjo. ¡Era un perro tan adorable!
—Creo que no hay nadie en este mundo a quien me agradaría más hacerle un favor… —dijo con amabilidad—. Si está dentro de mis posibilidades, por supuesto.
—Sí, puedes hacerlo —dijo Ellery—. En realidad, tú eres la persona indicada. Tienes muy buen gusto.
¿Acaso este hombre le estaba por pedir que le eligiera una corbata? Era imposible que le estuviera proponiendo matrimonio. Susan no apartó el pie del todo, pero lo movió y Banjo, en medio de su sueño, lanzó un gemido de protesta.
—Compré…, compré una casa —dijo Ellery. Parecía como si le resultara difícil hablar. Estaba incómodo—. Y quiero… es decir… me gustaría… ¿te importaría… ayudarme a decorarla?
Entonces, era una proposición matrimonial. Bajo la luz del atardecer, Susan sonrió. Esta vez usó la casa como cebo. ¡Imagínense a Ellery comprando una casa, pobre! ¡Cómo si ella fuese a casarse por una casa! ¡Qué inteligente se creía! ¡Y qué inútil le resultaba todo ahora, cuando ella ya había decidido casarse con él por otras y mejores razones!
—Pero —contestó Susan con voz pausada—, temo que yo no sepa mucho sobre decoración, Ellery.
—Por el contrario, tú sabes mucho sobre esas cosas —dijo Ellery con convicción—. Yo haría cualquier desastre. Mezclaría el estilo victoriano con el georgiano y con el modernista y el resultado sería una pesadilla. ¡Imagínatelo!
Sí, podía imaginarlo. Pero no iba a ceder con tanta facilidad… y menos ante una casa. Debía mostrarse que de nada le serviría su nuevo argumento.
—Pero, Ellery, tal vez mi gusto no satisfaga a la dueña de casa.
—Por el contrario… se sentirá muy satisfecha. —Ellery estaba más entusiasmado que nunca—. Sé que a Jennie le gustará mucho todo lo que tú elijas.
¡Jennie! Susan apartó el pie y Banjo se despertó. La miró con expresión de reproche y luego se levantó y se sentó junto a Ellery. Su expresión daba a entender muy claramente lo siguiente: «Susan, yo te aprecio… pero si hay alguna diferencia de opinión entre tú y Ellery, ya sabes de qué lado estoy».
—¿Quién es Jennie? —Susan se oyó preguntar.
—La joven con la que me voy a casar —dijo Ellery en una explosión de entusiasmo—. Juanita Vaughan. La conocí en las últimas Navidades cuando regresé a casa. Es… es un ángel, Susan.
—Me imagino. —Susan ya había tenido suficiente tiempo para… bueno, para recuperarse de la sorpresa. ¿Qué otra cosa? Cualquiera se sorprendería al escuchar una noticia tan inesperada. Susan se rió un poco. No se reía muy a menudo; pero cuando lo hacía, su risa era hermosa. Esta vez no era precisamente hermosa, pero Ellery no estaba de ánimo para advertirlo—. Ésta sí que es una verdadera sorpresa de cumpleaños, Ellery.
—Oh… es cierto… hoy es tu cumpleaños —dijo Ellery confundido—. Lo olvidé… con la compra de la casa… lo siento.
—No es nada —dijo Susan con voz amable—. En estas circunstancias no es de esperar que te acuerdes de los cumpleaños. Además… cuando se llega a los treinta, uno prefiere que la gente se olvide. Con respecto a tu noticia, Ellery… ahora que recuperé el aliento… me alegro por ti. Soy una vieja amiga tuya y no hay felicidad que no te desee. Pero… creo que me lo tendrías que haber dicho antes.
—No había nada para contar… hasta hace unos pocos días… es decir… no había nada resuelto. Eres la primera en saberlo. Sabía… sabía que te alegrarías por el hecho de que así dejaría de molestarte. Siempre seremos muy buenos amigos, Susan, ¿no es así?
—Por supuesto. No veo que otra cosa podríamos ser —dijo Susan con más amabilidad que antes.
—Y Jennie… tú serás amiga de ella, ¿no es cierto? Necesitará de una amiga… es tan joven… casi un bebé…
—No puedo imaginarme no siendo amiga de tu mujer, Ellery.
—Sabía que lo verías de ese modo —dijo Ellery con aire de triunfo—. Susan, eres una amiga tan adorable y digna de confianza. Y en cuanto a la casa…, me ayudarás, ¿no es cierto?
—Veré qué puedo hacer… si es que crees que mi estilo le agradará a Jennie. ¿Qué casa compraste?
—La casa de Dan Weaver, allí arriba del cerro… Cat’s Ladder… la conoces, ¿no es así?
Sí, Susan la conocía. Susan y Ellery habían pasado cerca de ella en uno de sus paseos y, al verla, la habían señalado con entusiasmo. A Susan le encantaban las casas lindas. Toda su vida vivió en la casa grande, elegante y odiosa de tía Ada, situada en ese terreno árido y sin árboles, y que Susan detestaba tanto. Pero la casa de Weaver… Cat’s Ladder, como la llamaba Dan, debido al empinado barranco que había detrás, siempre la había sentido como un miembro indiscutible de su familia. Y debía decorarla para Jennie.
—Corrí a comprarla en cuanto Jennie me escribió para decirme que aceptaba casarse conmigo —dijo Ellery—. Le… le pertenecía a ella… la imaginé dentro de esa casa. Jennie es… tan hermosa, Susan.
—Estoy segura de que no elegirías a alguien que no lo fuese —dijo Susan y cada vez que hablaba su voz resultaba más amable y cordial. Ni a ella ni a Ellery se les ocurrió que en realidad se estaba halagando a sí misma—. ¿Cómo es… es decir… cuál es su tipo? Tendré que saber algo sobre ella si es que voy a amueblar la casa. Pero, Ellery, ¿no sería mejor esperar hasta que estén casados para que ella misma la decore? A mí, por ejemplo, no me gustaría que otra mujer decorara mi casa.
—No… pero Jennie es diferente —dijo Ellery en un rapto soñador—. Ella es tan sólo una niña… y siempre tuvo todo servido… tú sabes… es una de las Vaughan de Edgetown y no es muy eficiente, Susan. —Susan se resignó—. Y no quiero que se preocupe por los detalles domésticos. Quiero dejar la casa lista y sólo entonces llevarla a vivir allí.
—Alzándola en brazos para atravesar el umbral, supongo —dijo Susan con un poco de sarcasmo.
—Sí, exacto —dijo Ellery—. Será fácil… es tan… tan niña. Y con respecto a su tipo, a pesar de que Jennie debería ser morocha por su nombre, es tan rubia como la luna. Tiene el cabello brillante y suave y hermosos ojos de color verde oscuro… Nunca imaginé que los ojos verdes pudieran ser tan bellos hasta que vi los de Jennie… una criatura tímida y etérea, como el rostro de una Virgen.
—¡Y yo debo amueblar Cat’s Ladder para agradar a eso! —exclamó Susan con una expresión de desaliento burlón—. ¿Cuándo… cuándo será la boda?
—A fines de agosto, espero. Eso nos dará tiempo para pasar un mes en Muskoka.
—Y ahora estamos a mediados de mayo. O sea, tres meses. Bueno, haré todo lo que pueda, Ellery.
—Gracias. —Ellery se levantó con expresión de alivio—. Me has sacado un peso de encima, Susan. Vamos, Banjo.
Banjo lo siguió y, al llegar a la puerta, se volvió y miró a Susan:
«Debo permanecer al lado de Ellery… pero eso no significa que esté al lado de ella».
Después de unos pocos minutos, Susan subió las escaleras cantando. Tía Ada se asomó desde su habitación.
—¿Qué es lo que ocurre, niña?
—¿Ocurrir? Nada —dijo Susan—. Estoy cantando.
—Nunca cantas, salvo cuando algo te preocupa.
—No estoy preocupada —dijo Susan decidida—. No es nada. Estoy encantada y muy entusiasmada. Tengo un proyecto muy alegre para este verano… Le prometí a Ellery Boyden que lo ayudaría a decorar la casa de él y de su novia… una de las Vaughan de Edgetown. ¿Quién no cantaría ante semejante perspectiva?
—Bueno —dijo tía Ada con tono alentador—, cuando una puerta se cierra, cientos se abren.
Susan cerró la puerta de un golpe. Era inútil discutir con tía Ada. Tía Ada nunca entendería que su corazón estaba enterrado en Francia. De pronto, Susan volvió a cobijarse en ese pensamiento. Se miró en el espejo. En fin, no se parecía en absoluto a Jennie Vaughan. Ella, Susan, era alta, de cabello negro… sí, aún era negro… y tenía ojos castaños. Por cierto, no era del tipo para alzar en brazos y traspasar el umbral. Pero ¿no se estaba desvaneciendo su aire de distinción?
—Ellery tiene treinta y cinco años y está por casarse con un bebé —dijo en un tono despectivo—. Es evidente que el hecho de ser profesor de Economía y Sociología en la universidad de Clement no implica que un hombre es sensato, cuando se trata de elegir esposa. Bueno, querida Susan, ríete de ti misma. Ésta es la mejor oportunidad para poner en práctica tu afamado buen humor. El día de tu trigésimo cumpleaños, estabas sentada, bien vestida, aguardando a que te propusieran matrimonio y el hombre en cuestión viene y te pide que… decores la casa para su novia rubia y etérea. Bueno, es una escena perfecta para una tira cómica, Susan.
—Me gustaron muchas de las casas que vi —dijo Ellery—. Y cualquiera de ellas habría sido suficiente. Pero cuando vi esta casa, supe que debía comprarla. ¿Recuerdas aquella tarde del año pasado, cuando fuimos a recoger anémonas y tomamos este atajo para regresar? Los dos levantamos la vista y la vimos al mismo tiempo.
—La reconocimos, a pesar de que nunca la habíamos visto antes —dijo Susan en un tono soñador—. Siempre quise… deseé tener una casa blanca y verde.
Cat’s Ladder era aún más hermosa de lo que Susan recordaba. Las casas que tenían cierto encanto siempre le habían fascinado… eran tan poco comunes. ¡Qué vista! El pueblo se extendía allí abajo… a la izquierda, la ciudad universitaria, la hermosa torre de la biblioteca, enmarcada entre dos esbeltos álamos y contra ese suave cielo enrojecido del atardecer… a la derecha, cerros soñadores que circundaban un valle exquisito.
—Algunos valles son tan adorables —dijo Ellery—. El solo hecho de mirarlos te causa placer y ese valle es uno de ellos. Pero debemos tirar abajo ese árbol, ¿no es así?
—¿Ese hermoso arce? No serías capaz de derribarlo —gritó Susan, que quería a los árboles con pasión.
—Arruina la vista —se defendió Ellery.
—No… sólo la protege como si fuese un tesoro. ¿Acaso no ves la dignidad, la belleza y el romanticismo que le da a ese rincón? Estoy segura de que a Jennie le gustará ese árbol.
Susan no estaba muy segura. Sentía que ninguna criatura de ojos verdes podía amar a los árboles. Pero Ellery no tenía ninguna duda al respecto.
—Sí, le gustará. Lo dejaremos. Ahora que lo pienso, es el lugar ideal para desayunar en el verano. Siempre que sea posible, tomaremos el desayuno al aire libre. Susan, mira ese cerro allí a lo lejos. Es amigo mío. ¿No parece un viejo austero y distante bajo esa luz? Pero bajo otras luces se vuelve dulce y adorable. Haremos un jardín en ese rincón soleado. Plantaré consueldas, aguileñas, dedaleras y lirios blancos y farolillos blancos, rosas y del color delicioso de la malva, salpicados de púrpura. Los jardines de Edgetown están llenos de estas flores.
—¿Le gustarán a la dama del cabello brillante esas flores tan anticuadas? —preguntó Susan con malicia.
—A ella le gusta todo lo que es hermoso —dijo Ellery con fatuidad.
Susan no podía tolerar el tono fatuo de Ellery; por lo tanto, entró a la casa para echarle una mirada al interior. Esperaba poder encontrar muchos defectos… cosas que le hicieran más fácil la idea de dejar la casa en manos de la futura esposa de Ellery Boyden. Pero no pudo encontrar ninguno. El comedor inundado de sol con sus ventanas cóncavas, que recibían la sombra de las glicinas, era lo que Susan consideraba el comedor ideal. Cuando la luz del sol se filtraba por entre las hojas, en las paredes se formaban hermosos tapices de sombras. La sala de estar, con los dos abetos en punta asomados por la ventana que daba al este, parecía estar viva. Al pie de la exótica ventana, ubicado en el descanso de la escalera, había un sillón amplio y profundo donde uno se podía sentar a contemplar el barranco. Para Susan aquélla no era una ventana, era toda una personalidad.
—¿No crees que le encantará la vista que tiene esta ventana? —preguntó Ellery—. Estoy contento de que todas las ventanas tengan una vista tan bella. De cada una de ellas se puede contemplar una belleza diferente y especial. Quisiera que sus ojos no viesen más que cosas hermosas, cada vez que mire fuera de mi casa.
Susan llegó a la conclusión de que al enamorarse la gente se volvía sentimental. Pero ella era tolerante. Cat’s Ladder ofrecía muchas posibilidades y Susan se sintió interesada por la casa. Para su sorpresa, las siguientes semanas le resultaron sumamente interesantes. Dejó de pensar en Jennie y decidió decorar Cat’s Ladder de acuerdo con su propio gusto.
«Es inútil intentar hacer otra cosa. Al fin y al cabo, no la conozco a Jennie, a pesar de los arrebatos de Ellery, y no tiene sentido decorar la casa de acuerdo con la vaga idea que tengo de ella. Ellery deberá confiar en mí por completo o no confiar en absoluto en lo que a gustos se refiere».
Ellery confiaba mucho en Susan. Más allá de insistirle acerca de que no se preocupara por los precios, apenas se entrometía. Susan lo arrastraba en busca de cosas nuevas para Cat’s Ladder. Tuvieron pequeñas discusiones, pero Ellery siempre cedía. Susan tenía buen ojo para conseguir cosas exóticas y la hermosa y antigua aldaba de bronce que encontró en el negocio de un judío al este del pueblo, la emocionó hasta las lágrimas. En el piso de la sala de estar, puso la antigua alfombra persa de Ellery, con el dibujo del árbol de la vida, aunque Ellery quería comprar algo nuevo y brillante. Había un reloj de péndulo hermoso y antiguo y un sofá de roble para el vestíbulo. Susan consiguió unos cuadros antiguos, muy lindos, con leyendas inscriptas, unos encantadores platos azules y unos candelabros de hierro forjado a mano. Tenían una mesa Estuardo con patas retorcidas que había pertenecido a la abuela de Ellery y Susan insistió en colocar la cómoda de caoba del tío de Ellery, capitán de la marina mercante, en la sala de estar, a pesar de que Ellery pensaba que debía esconderla en alguna habitación del fondo.
—Es lo más lindo que tienes —dijo Susan con voz severa.
Pasaron una hermosa tarde revisando todas las cosas. Ellery nunca se había molestado en saber lo que tenía. Estaba sorprendido: corales… rosas y blancos y caracoles moteados… plumas de exóticos pájaros tropicales… semillas y nueces de varias islas de alta mar, ídolos de marfil y maravillosos bordados.
—¿No es fascinante vaciar todos estos cajones viejos? Nunca sabes lo que puedes encontrar —dijo Susan con alegría—. ¡Mira! —Se arrojó sobre una cajita al tiempo que lanzaba un grito de deleite—. ¿Qué será? ¡Ellery! Es una perla verdadera… una perla natural. ¿No es hermosa?
—Mandaré hacer un anillo para Jennie —dijo Ellery.
Con todas las maravillas que había encontrado en la cómoda, Susan se había olvidado por completo de Jennie. Se puso de pie, un poco pálida y enojada. Estaba cansada. Había pasado toda la mañana en la tienda, puesto que una Vaughan no podía tener toda la casa amueblada con antigüedades. Era fascinante ir a una gran tienda y elegir cosas para comprar… cosas lindas que pedían salir de todo el brillo y abundancia de la tienda para formar parte de un verdadero hogar. Había pasado muchas noches sin dormir por culpa de las cortinas para las ventanas de Ellery, pero el resultado justificó la pérdida de sueño. Sin embargo, Susan comenzó a advertir que pasaba demasiadas noches despierta, aunque no tuviera que preocuparse por las cortinas de las ventanas. Era un verano caluroso y buscar muebles era un trabajo agotador. Se le estaban acabando las fuerzas. Todo comenzaba a molestarle. Esa luz que se encendía en los ojos de Ellery cada vez que hablaba de Jennie, por ejemplo. Y el almohadón dorado del sillón que estaba bajo la ventana. Ellery lo había comprado por propia iniciativa, porque imaginaba a Jennie sentada allí, con su pálido cabello de oro contrastando con el cálido fondo. Susan odiaba ese almohadón y pensaba que era tonto: el dorado cabello de Jennie daba la impresión de ser pálido y descolorido.
—Jennie debería tener un almohadón color verde opaco. Ése es para morochas.
—Estoy seguro de que éste combinará muy bien —insistió Ellery con terquedad—. Me gusta imaginar su encanto de flor en este oscuro rincón con este almohadón de oro. Se parecerá a una Madona con aureola.
Por lo tanto, el almohadón continuó brillando como un pequeño sol en el oscuro sillón de la ventana. Y cada vez que lo veía, Susan debía contener las ganas de arrojarlo por el barranco. ¡Encanto de flor!
Todo lo demás le resultaba adorable. Y ahora había tantas cosas dignas de adoración. Era fines de junio y Cat’s Ladder estaba lista, incluidos los detalles. Cuando Susan volvió a revisar todo, la perfección que halló le desgarró el corazón. Y pensar que la iba a habitar una niña que pensaba que una casa era sólo el lugar que se usaba para comer y dormir entre diversión y diversión. Porque por medio de Ellery, supo que a Juanita le gustaba divertirse. Lo cierto era que Ellery hablaba mucho de Jennie. Dadas las circunstancias, hubiera sido de mejor gusto que guardara un poco de discreción. Pero Susan escuchaba con paciencia y fingía comprensión. Por otra parte, se sentía satisfecha con el resultado de su obra. Todo estaba tan bien hecho, que incluso a Jennie le iba a resultar difícil arruinarlo o deshacerlo. Susan pensó en una casa que había conocido esa tarde: el tapizado de las sillas demasiado brillante, los cuadros dispuestos de una manera espantosa, las imperdonables pantallas de las lámparas, la iluminación mal hecha, las alfombras feas, las terminaciones de los muebles horribles; se estremeció y agradeció al cielo por el contraste que le ofrecía Cat’s Ladder.
—Cat’s Ladder está lista para recibir a tu novia —le dijo a Ellery una calurosa tarde de julio. Estaba sentada en una silla, indiferente y demasiado cansada como para arreglarse la cara marchita. Se veía pálida y… vieja.
—¿Cómo podré agradecerte? —preguntó Ellery con humildad.
—No te preocupes —dijo Susan desganada—. ¿Por qué tendrías que agradecérmelo? Me divertí. Disfruté mucho arreglando este lugar. ¿Cuándo será la boda, Ellery?
—Aún no está resuelto. Estoy esperando saber la fecha en cualquier momento. Espero… espero que sea pronto. Susan, pareces muy cansada.
—Muerta de cansancio, como dijo tía Ada durante la cena. Tía Ada es muy alentadora. Ellery, recuerda que tengo más de treinta años. Uno empieza a cansarse, cuando deja de ser joven. Banjo, ¿por qué estás sentado allí, sobre tu cola, sonriéndome? Ellery, ¿Juanita querrá a Banjo? ¿Lo dejará entrar con los huesos a la casa?
—Creo que a Jennie no le gustan los perros. Les tiene un poco de miedo. Debo conseguirle un gato. Le encantan los gatos.
—¿Y cómo harás para que Banjo se lleve bien con un gato?
—Deberá acostumbrarse.
—Dicen que uno se acostumbra a todo, incluso a la horca —dijo Susan, y suspiró—. Nunca lo creí. ¡Pobres infelices! Los perros también deberían tener derechos, ¿no es así, Ellery? ¿Crees que serás justo con Banjo?
—Ahí está, cantando otra vez —murmuró tía Ada, cuando Susan subió a su habitación—. Susan jamás cantó tanto como este verano. Espero que pronto esté de mejor ánimo.
Una hermosa tarde, Ellery la llamó a las cinco y le preguntó si podía encontrarse con él en Cat’s Ladder alrededor de las ocho de la noche. Tenía algo para decirle. Susan sabía de qué se trataba: la fecha de la boda. Bueno, en realidad, no le importaba. Cuando uno está muy cansado, no puede interesarse por nada. Uno no puede amar ni odiar, ni llorar ni bromear. Pero decidió ir a Cat’s Ladder a las siete para llegar allí una hora antes que Ellery y decirle adiós a la casa.
Cat’s Ladder nunca había estado tan hermosa… tan feliz. Jamás se había sentido tan cerca de ella… tan unida a ella. La quería con la misma intensidad con que odiaba a Jennie. Porque a Jennie la odiaba… por fin, lo admitió. La atormentaba pensar que Juanita sería la dueña de casa de Cat’s Ladder… que cambiaría la disposición de los muebles… que se sentaría junto a la chimenea… que se reiría de Banjo cuando todos sabían que el pobre animal no podía tolerar que se rieran de él… que tocaría esa vajilla. Susan apretó las manos. No podía soportar la idea de ver a Juanita tocando la vajilla. ¿Y si ahora ella, Susan, la rompía? Sobre todo, esa adorable jarra de color aguamarina, con rosas doradas. Juanita no debería tener todo eso… Susan no podía tolerarlo… de algún modo, la rompería. Corrió a la repisa y la tomó. En ese momento, se miró en el espejo… y colocó la jarra en su lugar. ¡Cielos! ¡Qué vieja, flaca y marchita sería! ¡Completamente sola… sin ningún interés por la vida! Odiaba a Jennie… a la hermosa Jennie que nunca se había quemado las pestañas de esos ojos verdes sobre hojas de exámenes. En ese instante, Susan le hubiera dado de beber con mucho placer una poción mágica y venenosa de elaboración Borgia.
—Ven a ver la puesta del sol —dijo Ellery desde la puerta.
—He visto miles de puestas de sol. ¿Acaso ésta tiene algo en especial? —preguntó Susan de mal humor. No tenía ninguna intención de salir. Allí, en la luz tenue, no necesitaba sonreír con valentía. Susan sentía que su cara se partiría en dos, si llegaba a sonreír una vez más, cuando Ellery mencionara a Jennie.
—Siempre hay algo especial en las puestas de sol —dijo Ellery. Pero entró y se sentó en el diván al lado de Susan. Al principio no dijo nada. Y Susan tampoco decía nada… no podía. Se horrorizó al verse temblar… al sentirse como un volcán hirviente y en ebullición de odio, furia y desesperación… ella, que siempre había estado tan segura de que jamás volvería a amar con intensidad. Odió a Jennie más que nunca… Jennie, que iba a quedarse con su casa y con su hombre… ¡sí su hombre! De pronto, Vernon Darby no fue más que un pálido fantasma de Vimy Ridge.
—Susan, imagínate —dijo Ellery, por fin—, en dos meses más mi novia vendrá aquí… mi pequeña reina. Parece… —bajó la voz con respeto—… demasiado maravilloso para que sea verdad. ¿Susan, no crees que sólo estoy soñando?
Susan no habría perdido el dominio de sí misma, si Ellery no hubiese soltado ese terrible lugar común: «¡Pequeña reina!». Pero ésa fue la gota que faltaba. Se puso de pie.
—Sí. Creo que estás soñando… Tonto —dijo llena de furia—. Eres un tonto al pensar en casarte con una muchacha… sin cerebro, vacía, una hermosa boba sin dos dedos de frente, tan bonita e insípida como una estrella de cine. Estás soñando… sí. Y te despertarás con un espíritu vengativo, cuando ya sea demasiado tarde… y nadie lo lamentará… todos se reirán de ti…
Susan se desató en un torrente histérico de risa. Ellery se puso de pie.
—¡Al fin! Esto es otra cosa —dijo con tono de satisfacción—. Creo que si te hubieses mantenido un minuto más en esa pose sonriente e indiferente de compañera y amiga comprensiva, te habría roto la cabeza con todo ese bronce y hierro. No te imaginas los riesgos de asesinato que corriste durante este verano. En cuanto a Juanita, estoy de acuerdo contigo en que es demasiado joven para mí… demasiado. Siempre lo sentí así. Pero no la llames boba ni vacía. Es muy inteligente… para una niña que acaba de cumplir cinco años. Susan, realmente es encantadora… Estoy seguro de que la querrás mucho, cuando vayamos a Edgetown para Navidad.
Susan dejó de reír y miró a Ellery. Ellery le devolvió la mirada con una sonrisa tímida.
—¡Dios mío! ¡Cómo odio tener que darte explicaciones! Sin embargo, es un alivio decirte la verdad, después de mi festín de mentiras. Pero yo te dije que Jennie no era más que un bebé, ¿no es cierto? Bueno, dije la verdad. Además, tenía que hacer algo, Susan, para demostrarte que… que…
—Que lo que yo pensaba que era devoción no era más que una esclavitud sentimental de tiempos idos —dijo Susan con voz pausada. Sintió que debía enojarse… pero sólo podía sentirse feliz.
—No. Quería demostrarte que realmente me querías, si tan sólo te lo permitías ver. Recuerda, yo tenía que luchar contra un fantasma. Estaba desesperado… Me di cuenta de que era mi última oportunidad. ¿Qué dices, Susan? Cat’s Ladder está lista para recibir a su dueña y sólo tú puedes serlo.
—Debería odiarte… y arrojarte Cat’s Ladder en la cara… y marcharme —dijo Susan—. Pero no puedo… no puedo. En cambio, creo… creo que lloraré sobre tu hombro.
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