Korimba

Stories / Poems

Stories by ray bradbury

el creador de monstruos

spanish

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De repente, estaba ahí. No hubo tiempo de parpadear, hablar o asustarse. Click Hathaway tenía la cámara preparada, estaba allí de pie escuchando cómo corría el carrete entre sus dedos, y supo que iba a sacar unas fotos buenísimas de todo lo que estaba pasando.
La foto de Marnagan, inmenso y encorvado sobre el cuadro de mandos, accionando palancas, aporreando botones con sus puños pecosos. Y allá fuera, en la parte de proa, se veía el espacio y las estrellas espolvoreadas y aquel meteorito que se acercaba como una furia llameante.
Click Hathaway notó que la nave se movía bajo sus pies como la piel de un animal sensible. Y entonces impactó el meteorito. Formó un puño acicular y golpeó de lleno contra los reactores traseros, y la nave giró como un tiovivo cósmico.
Hubo muchísimo ruido. Una barbaridad. Lo último que supo fue que salió disparado contra un grupo de palancas y que Marnagan no tardó en seguirlo, maldiciendo en voz alta. Click recordaba que sujetó la cámara y el afán que puso en que no se le escapara. ¡Qué foto más buena tenía del meteorito! Y otra aún mejor de Marnagan dándole unos golpes infernales al cuadro de mandos y sin decir palabra, hasta ahora.
Se hizo el silencio. Se hizo tal silencio que casi se podía oír cómo los asteroides pasaban a toda velocidad, fríos, azules y duros. Podías oír a tu corazón dándole a los bongos entre tu estómago revuelto y tus pulmones vacíos.
Las estrellas y los asteroides giraban. Click se agarró a Marnagan porque era lo que tenía más cerca y no lo soltó. ¡Venías en busca de un jinete del espacio y terminabas acunado en los brazos tamaño sillar de un irlandés, cayendo en picado dentro de un cascajo metálico y letal! ¡Menudo final!
–¡Irlandés! –se oyó decir–. ¿Esto es todo?
–¿Si esto es qué? –gritó Marnagan dentro del casco.
–¿Ahora es cuando el superproductor grita corten?
Marnagan se enfureció.
–Moriré cuando a mí me apetezca y esté listo. ¡Y cuando esté listo te lo haré saber para que saques una foto mía en Cosmic Films!
Ambos esperaron, estampados contra un costado de la nave y cogidos de la mano de la gravedad; escuchando por los auriculares la respiración entrecortada del otro.
La nave se estrelló una vez. Rebotó y se estrelló de nuevo. Dio una vuelta de campana y se detuvo. Hathaway notó cómo lo sujetaban; él y Marnagan se sacudieron de un lado a otro como dados humanos en el cubilete de un crupier. La cápsula de la nave reventó, se quedó sin aire y sin energía.
Hathaway gritó a pleno pulmón, pero su cerebro pensaba a toda velocidad en disparates sin importancia. Las mejores escenas de la vida nunca llegaban a la pantalla ni al público. ¡Cómo esta, maldita sea! ¡Cómo esta! El cerebro le daba vueltas, como los vaivenes bruscos y estrepitosos de su cámara.
Se hizo un silencio que envolvió todo ruido, lo devoró y se lo tragó. Hathaway meneó la cabeza, echó por instinto mano de la cámara que llevaba asegurada al cinto. Allí estaban las estrellas, los amasijos retorcidos de la nave, el frío que le atravesaba el traje presurizado, y el silencio. Se zafó de los amasijos y salió al silencio.
No supo qué iba a hacer hasta que vio la cámara entre sus dedos como si hubiese nacido con ella en la mano. Se detuvo, pensando: «En fin, al menos voy a capturar algunas escenas estupendas. Voy a…».
Un trozo de metal se balanceó, cayó con estrépito. Los más de dos metros que Marnagan levantaba aparecieron entre los amasijos.
–¡No te muevas! –gritó Hathaway con voz rasgada. Marnagan se quedó inmóvil. La cámara zumbó–. Encuadre contrapicado; el agente interplanetario emerge ileso tras el impacto contra el asteroide. Buen material. ¡Me darán un aumento por esto!
–¡Un puntapié es lo que te voy a dar! –gruñó Marnagan con brusquedad. Sus hombros de buey se contrajeron dentro del traje presurizado–. ¡Podría haber muerto ahí dentro, y tú con el cacharro ese como si fuese un bebé!
Hathaway tuvo de repente una sensación extraña.
–No se me había ocurrido. ¿Marnagan muerto? He dado por sentado que saldrías airoso. Como siempre. Es curioso, uno nunca piensa en su propia muerte. O eso intenta. –Hathaway miró su mano enguantada, pero el guante era tan grueso y pesado que no supo decir si estaba temblando o no. Los músculos de su rostro huesudo se aflojaron, pálidos–. ¿Dónde estamos?
–A millones de kilómetros de ninguna parte.
Se encontraban en mitad de una llanura meteorítica agujereada y erosionada por el tiempo que se extendía hasta donde alcanzaba la vista, hundiéndose en el añil silente y una avalancha de estrellas. El sol reposaba en lo más alto; negro y rodeado de estrellas, y eso le daba un aspecto enfermizo.
–Click Hathaway, si caminamos por este pedrusco en direcciones opuestas, en un par de horas estaremos dándonos la mano. –Marnagan se sacudió la pelambrera rojiza–. ¡Y he prometido a los muchachos de Base Luna que esta vez atraparía a Gunther!
Su voz se detuvo, y habló el silencio.
Hathaway sintió que el corazón le latía despacio, bombeando sangre caliente.
–Acabo de comprobar mi oxígeno, irlandés. Me quedan sesenta minutos de aire.
El silencio también interrumpió aquella frase. Por encima de las puntiagudas rocas meteoríticas, Hathaway vio las entrañas enmarañadas de la radio, la reserva de comida aplastada y desperdigada. Habían tenido suerte de escapar. ¿O acaso era la asfixia una muerte mejor…? Sesenta minutos.
Se quedaron mirándose el uno al otro.
–¡Condenado meteorito! –dijo Marnagan, acalorado.
Hathaway tuvo una idea; recordó algo.
–Alguien nos ha lanzado ese meteorito, irlandés –dijo–. Le hice una fotografía, lo vi perfectamente mientras venía hacia nosotros y estaba al rojo. En el espacio, los meteoritos nunca están incandescentes. Si quieres pruebas, las tengo aquí, en mi cámara.
Marnagan contrajo su cara cuadrada y pecosa.
–Ahora mismo no necesitamos ninguna prueba, Click. Necesitamos oxígeno. Y también comida. Y un medio para regresar a la Tierra.
Hathaway siguió exponiendo sus pensamientos:
–Esto es obra de Gunther. Está aquí, en alguna parte, riéndose a mandíbula batiente con la jugarreta que acaba de hacernos, seguramente. Ay, Dios, sería una exclusiva estupenda si regresáramos a la Tierra. El agente irlandés Marnagan, temporalmente indispuesto a manos de un pirata llamado Gunther cuyo sucio rostro nadie ha visto nunca, por fin se alza con el triunfo definitivo. Fotografiado en el lugar de los hechos, a color, por un servidor, Click Hathaway. Ojo al dato, Cosmic Films.
Echaron a andar, deprisa, por la llanura agujereada y pedregosa hacia una ahuesada cresta de metal. Mantenían los ojos abiertos y alerta. No había mucho que ver, pero era mejor que quedarse quietos, esperando.
–Tenemos poco margen de maniobra –dijo Marnagan–, y salvo por tus sospechas de que no ha sido un accidente, no hay por qué preocuparnos. Disponemos de cincuenta minutos para demostrar que tenías razón. Después de eso, con razón o sin ella, serás el genio más guapo, más inmóvil y más asfixiado de toda la Cosmic Films. Pero habla todo lo que quieras, Click. En momentos como estos, lo que nuestros labios necesitan son palabras, las que sean. Tienes tu cámara y tu exclusiva. Habla sobre eso. En mi caso… –Retorció su cara roja y lustrosa–. Mantenerme con vida es mi hobby. Y esta muerte de poca monta no es plato de mi gusto.
Click asintió.
–Gunther sabe cuánto detestarías morir así, irlandés. Es ironía pura y dura. Por eso planeó lo del meteorito, seguramente, para que nos estrelláramos.
Marnagan no dijo nada, pero las comisuras de sus labios cayeron, mucho, y sus ojos verdes se incendiaron.
Se detuvieron, a la vez.
–¡Vaya! –dijo Click.
–¡Eh! –Marnagan parpadeó–. ¿Tú también lo has notado?
Hathaway sintió de repente que su cuerpo se volvía ligero como una pluma, leve como un susurro, como si no tuviese huesos ni extremidades.
–¡Irlandés! ¡Hemos perdido peso al acercarnos a esa cresta!
Retrocedieron rápidamente.
–Probemos otra vez.
Y eso hicieron. Se miraron el uno al otro con el ceño fruncido. Sucedió lo mismo.
–La gravedad no debería comportarse así, Click.
–Qué me vas a contar. Esto es obra de alguien. Y ese alguien es… ¡Gunther! Con razón caímos tan deprisa… ¡Fuimos arrastrados por una trampa supergravitatoria! Gunther sería capaz de cualquier cosa con tal de… ¿Qué acabo de decirte?
Click retrocedió de un salto. Abrió los ojos de par en par y enseguida levantó una mano. Sobre la cresta de una colina se arremolinaba un enjambre de horrores increíbles. La prole del arca de Frankenstein. Inmensas bestias carmesíes con infinidad de patas y mandíbulas dentadas, criaturas pardas, algunas tubulares y gordas, otras como finos látigos blancos y venenosos que cortaban el aire. Sus colmillos reflejaban la luz blanca de las estrellas.
Hathaway gritó y echó a correr; Marnagan detrás, trastabillando. Un sudor frío le recorrió el cuerpo. Aquellas cosas inmensas reptaban, culebreaban y se retorcían tras él. Un estallido luminoso. Marnagan, disparando con su arma de protones. Luego, en los oídos de Click, los bramidos de incredulidad del irlandés. El arma no causaba ningún daño a aquellas criaturas.
–¡Irlandés! –Hathaway se lanzó por encima de la cresta, se deslizó por una pendiente hacia la entrada de una pequeña cueva–. ¡Por aquí, compañero!
Hathaway llegó antes, Marnagan gritaba justo detrás de él.
–¡Son demasiado grandes, aquí no podrán alcanzarnos! –La voz de Click se ahogó cuando Marnagan apretó contra él los ciento diez kilos de su cuerpo–. ¡Monstruos de asteroides! ¡Mi cámara! ¡Qué imagen! –añadió instintivamente.
–¡Al cuerno tu cámara! –gritó Marnagan–. ¡Podrían entrar!
–Usa tu arma.
–Sus pieles son inmunes. No sirve de nada. ¡Uf! Menuda persecución, ¿eh, Click?
–Ya. Claro. La has disfrutado, cada segundo.
–Pues sí. –El irlandés sonrió con ganas, dejando a la vista sus dientes blancos e irregulares–. Bueno, ¿qué vamos a hacer con estas visitas indeseables en la puerta?
–Déjame pensar…
–Tenemos tiempo de sobra, muchachote. Cuarenta minutos de oxígeno, para ser exactos.
Se quedaron como un minuto allí sentados, observando a los monstruos. A Hathaway algo le parecía raro. Algo relacionado con aquellos monstruos y con Gunther y…
–¿Cuál te vas a pedir? –preguntó el irlandés, como si tal cosa–. ¿Uno rojo o uno azul?
Hathaway soltó una risa nerviosa.
–Uno rosa con arrugas amarillas… Dios mío, pero qué estoy haciendo por tu culpa. Bromeando ante la muerte.
–Me enseñó mi padre; no dejes de reírte y la suerte irlandesa no te abandonará.
Aquello no convenció al fotógrafo.
–Soy de origen sueco –apuntó.
Marnagan se removió, incómodo.
–Bueno, venga. Que estás ahí sentado sin hacer nada con cara de niño pequeño encerrado en el armario de su cuarto; sácame una foto disparando a los bichejos esos.
Hathaway acarició su cámara con recelo.
–¿De qué puñetas iba a servir gastar un carrete tan bueno? No va a verlas nadie.
–Venga –repuso Marnagan–, lo revelaremos para disfrutarlas nosotros, ¡mientras esperamos a que el séptimo de caballería aparezca por la colina para rescatarnos!
Hathaway resopló.
–El séptimo de caballería…
Marnagan levantó su pistola de protones con un gesto teatral.
–Sácame con esta pose –dijo–. Te he pagado para que vengas conmigo y me fotografíes, esperemos, capturando a Gunther, o sea que lo mínimo que puedes hacer es recoger las negociaciones de paz entre los gusarapos esos y yo.
Marnagan no engañaba a nadie. Hathaway sabía que el parloteo superficial no era sino la manera de disimular los pensamientos furiosos que atravesaban a toda velocidad aquella cabeza pelirroja. Hathaway también fingía su parloteo, pero su cabeza daba vueltas más deprisa que el carrete de la cámara mientras sacaba a Marnagan una foto de pie con aquella arma inservible apuntando a las bestias.
Montaje. Marnagan sentado, charlando con los monstruos. Marnagan sonriendo a la cámara. Marnagan de perfil. Marnagan mirando serio, sin esforzarse mucho, a la cámara. Y luego, primer plano del hoyo de mala muerte en el que estaban encerrados. Click sacó las fotos sin decir palabra. No engañaban a nadie con aquel teatro. La muerte estaba cerca y tenían la cara sudorosa, la boca seca, las tripas congeladas.
Cuando Click terminó de hacer las fotos, el irlandés se sentó para ahorrar oxígeno y usarlo para discutir sobre Gunther.
–¡Gunther nos ha traído hasta aquí, te lo juro por Ceres! Irlandés, el cambio de gravedad que notamos cuando nos apoyamos en esa cresta es la prueba. A Gunther le faltan hombres. Así que hace lo siguiente: construye una base en un asteroide y arrastra naves hacia él. La guerra espacial todavía no se ha perfeccionado, el armamento no funciona del todo bien en el espacio, la trayectoria es pésima a larga distancia. ¿Y qué mejor arma que una con la que hacerse con las naves derrotadas, tan valiosas como escasas, y con un puñado de hombres? Supergravedad y un par de meteoritos bien dirigidos. Te ahorras lo demás. Es una fachada estupenda, este pedrusco de hierro. Desde aquí, Gunther golpea sin ser visto; las naves se estrellan sin más. Una mano sutil, con todos los ases bajo la manga.
–¡Dónde está ese desgraciado, entonces! –bramó Marnagan.
–No tiene por qué aparecer, irlandés. Ha enviado a esos. –Hathaway hizo con la cabeza un gesto hacia las bestias–. La gente que se estrella aquí muere por falta de oxígeno, de comida o por las heridas provocadas por el impacto. Si sobreviven a todo eso, las bestias se encargan de ellos. Todo para que parezca un desastre natural. ¿Ves lo sutil que es el ataque? Parece una muerte accidental y no un asesinato, por si acaso la Patrulla aparece casualmente y nos encuentra. Y no hay motivos para investigar más a fondo.
–Pues yo no veo ninguna base.
Click se encogió de hombros.
–¿Todavía lo dudas? Bien. Mira.
Dio unos golpecitos a la cámara y un carrete cayó sobre su mano enguantada. Lo sostuvo en alto, desenrolló los cincuenta centímetros de película y, sonriendo, esperó a que la luz lo revelara. Era uno de sus mejores inventos. Un carrete que se autorrevelaba. Primero la luz chocaba contra la superficie de la película, disolvía un químico y dejaba sus marcas; la segunda exposición tan solo endurecía y aseguraba la impresión. Material rápido.
Tras insertar la lengüeta de la película en un microvisor que la cámara tenía en la base, Click se la tendió.
–Mira.
Marnagan pegó el microvisor contra el cristal del casco, y entornó los ojos.
–Ay, Click. Vaya, vaya. Esta película tuya es un invento pésimo.
–¿Eh?
–Qué proceso más extraño. Revela mi imagen pero ignora completamente a los monstruos del asteroide.
–¡¿Cómo?!
Hathaway cogió la cámara, ahogó un grito, entrecerró los ojos, ahogó otro grito. Imágenes montadas: Marnagan sentado hablando con nada; Marnagan disparando con su arma a nada; Marnagan fingiendo felicidad delante de nada.
Luego, un primer plano de… ¡¡nada!!
Los monstruos no se habían imprimido en la película. Marnagan sí salía, su pelo como un banderín rojo, su cara pecosa con sus ojos azules y brillantes. Quizás…
–¡Irlandés! ¡Irlandés! ¡Creo que ya sé cómo salir de este atolladero! Verás…
Se lo explicó varias veces al agente interplanetario. Las fotos, las bestias y cómo la película no engañaba. Si la película decía que los monstruos no estaban ahí, no estaban ahí.
–Ya –dijo Marnagan–. Pero si pones un pie fuera de esta cueva…
–Si mi teoría es correcta, lo haré, sin ningún miedo –dijo Click.
Marnagan frunció el ceño.
–¿Estás seguro de que esas bestias no irradian rayos ultravioleta o infrarrojos o lo que sea y por eso no salen en las fotos?
–¡Pamplinas! Cualquier color que vemos nosotros, lo ve la cámara. Nos han engañado.
–Eh, ¿adónde vas? –Marnagan le impidió el paso mientras el hombrecito intentaba empujarlo para salir.
–Aparta –dijo Hathaway.
Marnagan se llevó sus grandes puños a las caderas.
–Si alguien va a ir a alguna parte, ese soy yo.
–No puedo permitir que lo hagas, irlandés.
–¿Por qué no?
–Porque ha sido idea mía.
–¿Y yo no estoy a la altura de tus ideas o qué?
–Sí. Claro. Por supuesto. Pero…
–Si tú dices que esas bestias no están ahí, me basta y me sobra. Venga, quita de en medio, pulga sacafotos, deja que este irlandés los ponga rectos. –Se dio unos tironcitos innecesarios de un cinturón que solo existía bajo tres centímetros de plancha de metal poroso–. Has dicho que el propósito de este viaje, Hathaway, es sacar fotos para que más tarde la Patrulla las utilice para enseñar a agentes novatos cómo actuar en situaciones complicadas. Formación de primera mano. Pon otro carrete en ese trasto y sácame bien de perfil. Lección número uno: Daniel entra en el foso de los leones.
–Irlandés, yo…
–Cállate y pon el carrete. –Nervioso, Hathaway puso el carrete, levantó la cámara–. ¿Listo, Click?
–Cre… Creo que sí –dijo Hathaway–. Y recuerda, irlandés, concéntrate. Concéntrate. No hay bestias…
–No dejes de enfocarme, muchachote.
–Descuida, irlandés.
Marnagan apuntó con su pistola y, sin dejar de sonreír, avanzó un paso, dos, tres, cuatro, hacia el mundo exterior. Los monstruos estaban esperándolo en el quinto paso. Marnagan siguió caminando.
Directo hacia ellos…
Fue la mejor foto que Hathaway había sacado en su vida. ¡Marnagan y los monstruos!
Salvo porque solo salía Marnagan.
Sin monstruos.
La sonrisa de Marnagan era más ancha que sus hombros.
–¡Eh, Click, mírame! Estoy de una pieza. Caray, ¡esos puñeteros bichos han huido con el rabo entre las piernas!
–¡De huir nada! –gritó Hathaway mientras salía de la cueva a toda prisa con la cara roja y animada–. Se han desvanecido sin más. ¡Solo eran producto de la imaginación!
–Y pensar que hemos permitido que nos acorralen de ese modo… Click Hathaway, ¡eres un cobarde!
–Y lo dices sin sonrojarte…
–Pero si yo siempre estoy rojo. Ah, pequeño Click, ¿son lágrimas lo que veo en tus dulces ojos grises?
–Mierda –soltó el fotógrafo, avergonzado–. ¿Por qué no ponen limpiaparabrisas a estos cascos?
–Se lo comunicaré a Dirección, muchachote.
–Da igual. Me he alegrado tanto de ver tu feo pellejo de una pieza, que se me han escapado… Bueno, a ver Gunther. Esas bestias eran parte de su trampa. Los exploradores que aterrizan aquí sin darse cuenta huyen a sus naves y se ven obligados a marcharse. Turistas y demás. Las bestias no tienen nada de sospechoso. Y si los turistas no se van, las bestias los matan.
–Anda ya. Esas bestias no pueden matar a nadie.
–¿Eso cree, señor Marnagan? Mientras creíamos en ellos, podrían habernos matado de miedo, empujado quizás a suicidarnos. Si eso no te parece peligroso…
El irlandés silbó.
–Pero hay que moverse, irlandés. Nos quedan veinte minutos de oxígeno. En ese tiempo, tenemos que perseguir a los monstruos hasta su origen, la base de Gunther, entrar por la fuerza y conseguir bombonas de oxígeno nuevas. Aquí los amigotes han engañado a todo el mundo; nadie ha tenido la oportunidad de ponerlos en duda.
–Menos mal que sacaste esas fotos, Click…
–Sumado a esa actitud tuya tan terca con respecto al accidente… –Click se detuvo y sintió que sus entrañas se convertían en agua. Meneó la cabeza y sintió que una capa fina caía sobre sus ojos. Separó las piernas para mantener el equilibrio y se tambaleó–. Cre… Creo que mi oxígeno no está tan lleno como el tuyo. Tanta excitación me ha hecho respirar el doble y tengo ganas de vomitar.
En el rostro basto de Marnagan se formó una mueca de compasión.
–Aguanta, Click. El tipo que inventó esas peceras no pensó en posibles vomitonas.
–Y un cuerno, aguanta; vamos. ¡Tenemos que averiguar de dónde salieron esas bestias! ¡Y el único modo de saberlo es hacer que regresen!
–¿Que regresen? ¿Cómo?
–Están esperando, justo al otro lado del aura de nuestros pensamientos, y si creemos otra vez en ellos, volverán.
A Marnagan no le hizo mucha gracia.
–¿No nos…? ¿No nos matarán si…? ¿Si vienen y…? ¿Y creemos en ellos…?
Hathaway meneó agotado la cabeza, que ahora le pesaba toneladas.
–No si creemos en ellos hasta cierto punto. Psicológicamente, puedes verlos y sentirlos. Pero solo queremos ver cómo se nos echan encima otra vez.
–¿Eso queremos?
–Nos quedan veinte minutos, puede que menos…
–Muy bien, Click, hagamos que vuelvan. ¿Cómo lo hacemos?
Hathaway luchaba contra la neblina en sus ojos.
–Tú piensa: «Voy a ver los monstruos otra vez. Voy a verlos otra vez pero no a sentirlos». Piénsalo una y otra vez.
La mole que era Marnagan se estremeció.
–¿Y…? ¿Y si me olvido de recordar todo eso? ¿Y si me pongo nervioso…?
Hathaway no respondió. Pero le bastó con mirar al irlandés para que sus ojos le contaran el resto.
Marnagan maldijo.
–Muy bien, muchachote. ¡Vamos a probar!
Los monstruos regresaron.
Toda una avalancha silenciosa, derramándose por el horizonte pedregoso, formando ante los dos hombres enjambres expectantes y malevolentes.
–De allí, irlandés. ¡Vienen de allí! Hay un epicentro, una estación que transmite a esos brutos telepáticos. ¡Vamos!
Hathaway se internó renqueando en la marejada de color, bocas, caras retorcidas, cuerpos gordos y plateados que se volvían vaharadas cuando los atravesaba.
Marnagan progresaba a buen ritmo por delante de Hathaway. Pero se detuvo y levantó su arma e hizo con ella movimientos bruscos.
–¡Click! ¡Este de aquí! ¡Es de verdad!
Retrocedió y algo lo derribó. Su cuerpo inmenso se estampó contra las rocas, sin emitir ningún ruido.
Hathaway se abalanzó hacia delante, lanzándose sobre el cuerpo de Marnagan, le cubrió el cristal del casco con las manos, gritando:
–¡Marnagan! ¡Contrólate, maldita sea! No es de verdad, ¡no permitas que se cuele en tus pensamientos! ¡Te digo que no es de verdad!
–Click… –Tras el cristal, el rostro de Marnagan era todo movimientos amargos y afligidos–. Click… –Estaba poniendo todo su empeño–. Ahora… Ahora lo sé. –Sonrió–. ¡No es más que una imitación cutre!
–Repítelo, irlandés. Repítelo.
Los labios gruesos de Marnagan se separaron.
–Es de mentira –dijo. Y luego, irritado–: Hathaway, quítate de encima, puñetas. ¡Deja que me levante!
Hathaway se puso de pie, temblando. El aire de su casco olía a viciado, y unas burbujitas bailoteaban en sus ojos.
–Olvídate de los monstruos, irlandés. Yo me encargo de ellos, sé cómo hacerlo. Podrían engañarte otra vez, podrías recaer.
Marnagan enseñó los dientes.
–¡Bah! ¿Y dejar que una pulga sea la única que se divierte? Además, Click, me gusta verlos. Son preciosos.
El aguacero de monstruos provenía de un falso montículo a menos de dos kilómetros de distancia. Era obvio que el origen telepático se encontraba allí. Se aproximaron con cautela.
–Habrá que correr riesgos, pero no bajemos la guardia –siseó el irlandés–. Yo iré delante, los distraeré, me dejaré atrapar quizás. Entonces tú apareces con tu arma y…
–No tengo arma.
–Entonces habrá que arriesgarse. No te muevas de aquí hasta que vea qué hay más adelante. Seguramente tienen escáneres. Dejaré que me vean…
Y antes de que Hathaway pudiera protestar, Marnagan se alejó. Avanzó unos quinientos metros, se agachó, puso los dedos sobre algo, se levantó y en la roca apareció una puerta abierta.
Su voz sonó desde lejos por los auriculares de Click.
–Una puerta, un compartimento estanco, Click. ¡Un túnel que conduce al interior!
Luego, Marnagan saltó por el túnel y desapareció. Click oyó el ruido sordo de sus pies al dar contra el suelo de metal.
Click respiraba deprisa y con dificultad.
–¡Muy bien, arriba las manos! –gritó una voz distinta y rasposa por otra radio. Uno de los guardias de Gunther.
Silbaron tres disparos, y Marnagan aulló.
–Eso está mejor –dijo la voz rasposa y desconocida–. No intentes coger el arma. Ah, eres tú. Pensaba que Gunther había acabado contigo. ¿Cómo has sorteado a las bestias?
Click echó a correr. Apagó su audio de salida, dejó encendido el de entrada. Marnagan estaba desarmado. Un solo guardia. Click resollaba. Todo empezaba a volverse oscuro. Necesitaba oxígeno. Oxígeno. Oxígeno. No dejó de correr y correr mientras oía la voz de Marnagan:
–¡Con los elefantitos rosas de Gunther he hecho unos hatillos estupendos por orden alfabético y los he puesto a secar, sabandija! –dijo Marnagan–. ¡Pero han matado a mi compañero sin que pudiera hacer nada, maldita sea!
La puerta del compartimento estanco seguía abierta de par en par cuando Click la alcanzó. Tenía la cabeza sumida en la oscuridad, los pulmones atestados de fuego hiriente y cohetes infernales. Descendió, con suavidad y en silencio. No iba armado. ¡Ay, maldita sea!
El túnel trazaba una curva, terminaba en una luz y las siluetas de dos hombres se recortaban en el resplandor amarillo. Marnagan tenía la espalda contra la pared, el casco agrietado, el oxígeno escapaba poco a poco, su rostro estaba volviéndose azul. El guardia, que lo apuntaba decididamente con una pistola de protones, también llevaba un traje presurizado. Estaba de perfil con respecto a Hathaway, sus labios se retorcían:
–Creo que voy a dejar que te mueras ahí de pie –dijo en voz baja–. Es lo que Gunther quería, de todas formas. Una muerte sórdida.
Hathaway dio tres zancadas, con las manos por delante.
–¡No te muevas! –espetó–. Tengo un arma más poderosa que la tuya. ¡Como pestañees os reviento a ti y a la puñetera pared que tienes detrás! ¡Quieto!
El guardia giró en redondo. Abrió de par en par sus ojos penetrantes y, con reticencias, dejó caer el arma al suelo.
–Coge su arma, irlandés.
Marnagan hizo ademán de moverse, se inclinó torpemente hacia delante.
Hathaway avanzó corriendo, cogió el arma, lanzó una sonrisa burlona al guardia.
–Gracias por posar –dijo–. La imagen pasará a la historia de la fotografía por la candidez del modelo.
–¡¿Qué?!
–Ah, ah. Quieto ahí. Ahora tengo una pistola de verdad. ¿Dónde está la puerta que conduce a la base?
El guardia echó una mirada taciturna por encima del hombro izquierdo.
Click tuvo miedo de que se notara lo débil y mareado que estaba. Necesitaba oxígeno.
–Bien. Carga con Marnagan, abre la puerta, necesitamos oxígeno. ¡A paso ligero! ¡Ligero!
Diez minutos más tarde, estaban Marnagan y Hathaway, con bombonas de oxígeno nuevas a la espalda; Marnagan con traje y casco nuevos, ató al guardia y lo escondió en un gran contenedor de basura.
–Donde tiene que estar –observó secamente el irlandés.
Se encontraban en un mundo interior; el asteroide no era más que una fortaleza laberíntica que navegaba en el vacío sin hallar oposición. La fachada perfecta para un jinete poco equipado y con escasez de hombres. Gunther se limitaba a esperar que pasaran naves con carga específica, las arrastraba o las derribaba y las asaltaba en busca del cargamento. Las bestias le servían como seguro contra los suspicaces y las hordas de turistas que atestaban el vacío aquellos días. A los pequeñajos no los querían. Los espantaban.
La estación transmisora telepática de las bestias era una gran sala de máquinas intrincadas y resplandecientes a través de las cuales tiras coloridas de película se deslizaban por ranuras y aberturas que las traducían en emanaciones mentales. Una puñetera genialidad.
–Aquí estamos, y tampoco es que haya mejorado mucho la cosa –gruñó el irlandés–. No tenemos nave ni radio espacial, y de un momento a otro aparecerán más guardias. ¿Crees que podríamos reenfocar el cachirulo este y proyectar los monstruos dentro del asteroide para engañar a los piratas?
–¿De qué serviría? –Hathaway se mordisqueó el labio–. No engañaría a los ingenieros que lo crearon, tontainas.
Marnagan exhaló disgustado.
–Ay, ojalá apareciera el séptimo de caballería por la colina…
–¡Irlandés! –exclamó Hathaway, con el rostro iluminado–. Irlandés. ¡El séptimo de caballería, claro! –Sus ojos volaban de una máquina a otra–. Ven. Ayúdame. Vamos a representar la redada más colosal de la historia.
Marnagan hizo un mohín.
–¿Estás respirando oxígeno o whisky?
–Solo pongo una condición, irlandés. Quiero una foto perfecta de Marnagan tomando al asalto la Base del Jinete. Y quiero una foto de la cara de Gunther cuando lo hagas. Venga, espabila, tenemos mucho trabajo que hacer. ¿Eres buen actor?
–Qué pregunta más tonta.
–Solo tienes que hacer tres cosas. Andar apuntando con la pistola y disparar. Esa es la primera. La segunda es llevarte la mano al corazón y caer a plomo. La tercera es apretarte el costado, caerte y retorcerte en el suelo. ¿Queda claro?
–Más claro que la nebulosa Saco de Carbón…
Una hora más tarde, Hathaway avanzaba a duras penas por un pasillo que conducía a una especie de calle urbana dentro del asteroide. Había unas seis calles, bordeadas de casas-cubo de metal amarillo y terminaban cerca de Hathaway en una plaza amplia con hierba.
Hathaway, desarmado, con la cámara en la mano como si tal cosa, cruzó la plaza como si fuese suya. Se dirigió a un edificio lo bastante pretencioso como para ser el cuartel general de Gunther.
A mitad de camino notó un arma en su espalda.
No se resistió. Se lo llevaron directo al que era su destino y lo arrojaron a la sala en la que Gunther estaba sentado.
–Así que usted es Gunther… –dijo, con mucha calma.
El pirata era increíblemente viejo, su frente abultada sobresalía por encima de unos ojos hundidos, oscuros e inquisitivos, y su cuerpo escuchimizado se perdía entre pliegues de tela parecidos a eslabones. Levantó la vista de una carpeta con papeles, extrañado. Antes de que pudiera hablar, Hathaway dijo:
–Se acabó, señor Gunther. La Patrulla está en la ciudad y estamos tomando su base. No intente resistirse. Tenemos mil hombres y usted solo ochenta y cinco.
Gunther se quedó allí sentado, parpadeando, sin moverse. Sus manos finas le temblaban sobre el regazo.
–Es un farol –dijo por fin, sin ambages–. Hace una hora que no aterriza aquí ninguna nave. La vuestra fue la última. Con dos personas. La última vez que las vi, las bestias las perseguían para matarlas. Por lo visto, uno de los dos logró escapar.
–Los dos. El otro fue a buscar a la Patrulla.
–¡Imposible!
–No respeto su opinión, señor Gunther.
Un grito llegó desde la plaza. Unos cincuenta hombres de Gunther, apoltronados en bancos de mampostería durante el descanso, se levantaron sobresaltados y empezaron a gritar. Gunther se volvió despacio hacia el ventanal enorme que había en un lateral de su despacho. Clavó una mirada dura en el exterior.
¡Llegaba la Patrulla!
Por el lado opuesto de la plaza, marchando en silencio con paso decidido, llegaba la Patrulla. Quinientos agentes en una fila larga e increíble, portando armas paralizadoras en sus manos firmes.
Gunther balbuceó como un niño, su voz estridente apuñaló el aire.
–¡Todos ahí fuera! ¡Echadlos! ¡Nos superan en número!
Estallaron las armas. Pero la Patrulla seguía adelante. Los hombres de Gunther no huyeron, Hathaway tuvo que reconocerles el mérito. Siguieron de pie, mirándola.
Hathaway rio por dentro. Era una foto buenísima. Su cámara zumbó, un clic y zumbó de nuevo. Nadie le impidió que sacara las fotos. Todo se había descontrolado, encarnizado, encolerizado. A Gunther estaba dándole un ataque, todavía sentado a su mesa, incapaz de moverse por la fragilidad de sus piernas huesudas y su estado atrófico.
Mataron a algunos de los agentes. Hathaway rio de nuevo para sí mientras veía a tres de los agentes apretándose el corazón, encogidos, cayendo al suelo y retorciéndose. Dios, ¡qué fotografía!
Gunther entró en cólera y sacó una pistolita que llevaba en el corsé. Disparó a lo loco hasta que Hathaway le golpeó en la cabeza con un pisapapeles. Luego Hathaway sacó una foto de Gunther desplomado sobre su mesa mientras el caos se desataba justo al otro lado de su ventana.
Los piratas se dispersaron y huyeron, los que quedaban. Apenas un puñado. Y del caos salió la voz de Marnagan.
–¡Aquí!
Uno de los agentes dejó de disparar y corrió hacia el edificio en el que estaba Click. Entró.
–¿Has visto cómo corrían, Click, chaval? Menuda idea. ¿Qué tal lo hemos hecho?
–Estupendamente, irlandés. ¡Estupendamente!
–¡O sea que este es el sinvergüenza de Gunther! Gunther, el piratita reseco, ¿eh? –Marnagan dio a Hathaway un manotazo en la espalda–. Tengo que reconocer que es el mejor plan de batalla que se haya trazado nunca. Y qué orgullo ha sido luchar con unos hombres tan espléndidos… –Hizo un gesto hacia la plaza.
Click rio con él.
–No me extraña. Quinientos agentes con el pelo como banderines rojos al viento, con acento irlandés, hombros anchos, pecas, los ojos azules, ¡y un cuerpo más grande que tus chorradas!
–Como siempre digo –rugió Marnagan–, si hubiese un ejército de Marnagans, ¡barreríamos el puñetero univeeerso! ¿Has sacado fotos, Click?
–Claro. –Dio unos golpecitos a la cámara, feliz.
–O sea que tienes tu exclusiva, ¿no, muchachote? ¡Dinerito de la Patrulla por el uso de las fotos en las clases de la instrucción y dinerito de Cosmic Films por sacarlas con los titulares! ¡Y qué escena, qué actuación! ¡Quinientos dobles de Steve Marnagan, transmitidos telepáticamente a las mentes de los piratas, cruzando la plaza, haciéndose con todo el tinglado! ¿Qué te ha parecido cómo me he hecho el muerto?
–Un poco sobreactuado. Y además, quinientos dobles, ¡casi nada! –dijo Click. Sacó el carrete de la cámara, lo extendió en el aire para que se revelara, lo insertó en el microvisor–. Echa un vistazo…
Marnagan miró.
–Ah, vaya. Ah, vaya –dijo una y otra vez–. Sale la plaza, salen los hombres de Gunther peleando y huyendo. ¿Y de qué huyen? ¡De un hombre! De mí. ¡De Marnagan el irlandés! Paseándome por la plaza yo solito, paralizándolos. Uno contra un centenar, ¡y esos cobardes huyendo de mí! Sin duda, Click, esto es mejor de lo que había pensado. Olvidé que la película no registraba las emanaciones mentales, a los otros Marnagan. Va a parecer que soy un hombre valiente y poderoso, ¿no? Pues claro. Ah, mírame, mírame. Hathaway, estoy disfrutándolo a más no poder, de verdad.
Hathaway le dio unas palmadas en la espalda.
–Oye, tú, irlandés egocéntrico, aún queda trabajo por hacer. Más piratas que capturar. La Patrulla sigue desfilando y alguien podría sospechar si se fijara bien y viera tanto pelirrojo.
–Tienes razón, Click, vamos a ir recogiéndolos. Somos un equipo, los dos, tú y yo. Retiro todo lo que he dicho sobre tus fotos. Click, si no se te hubiese ocurrido sacarme fotos y meterlas en esas máquinas telepáticas, ahora mismo estaríamos muertos y enterrados. En fin, vamos…
Hathaway lo detuvo.
–Espera que cargue otra vez la cámara.
El irlandés sonrió.
–Date prisa. Por ahí vienen tres guardias. Están desarmados. Creo que voy a despacharlos a puñetazos para variar. El noble arte del gancho. ¿Estás listo, Hathaway?
–Listo.
Marnagan levantó sus grandes puños jamoneros.
La cámara zumbó. Hathaway rio para sí.
¡Menudo final!
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