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evelio rosero

24 viejos (es)

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Estamos viejos, y dispuestos a olvidarlo.
Cada día uno de nosotros se sonríe en la terraza como un cuervo, aletea tambaleante y busca el sol, su decrepitud se explaya y cuenta algo, recuerda algo, un nombre, unos labios, algo en el viento, y de inmediato lo rodeamos y escuchamos, sedientos de ese extraño fulgor que lo ilumina, ah, puercos, así nos olvidamos de lo viejos que estamos, y, sin embargo, damos miedo, aunque nos olvidemos; debimos morir hace tiempo, qué tercos, qué horribles, qué perversos, veinticuatro viejos, sí, las veinticuatro horas exactas, éramos veinticinco hace dos meses, y hace tres veintisiete: dos murieron al mismo tiempo; siempre alguien tiene que morirse en la mañana y daña el día, nos vemos menos, nos han robado, ¿cuál será el siguiente?, ¿cuál de todos tiembla y rechina y se asfixia sin esperanzas?
Al despedirnos, después de la comida, en la noche sin señales, sentados en las sillas mecedoras, nos contemplamos atónitos por la separación inminente, y es como si quisiéramos dormir acompañados, hundidos en el susto como niños, orinados. En vano intentamos prolongar la conversación, o el silencio, pues no importa el silencio, siempre y cuando estemos cerca. Y si alguno habla, tanto mejor, aunque hable solo. Tenemos que rodearlo y defenderlo —al que habla, a los que hablan—, porque eso es como si uno hablara, o hablaran por uno y entonces uno siguiera vivo. Y es en vano porque llega la noche y después de la comida, de la breve digestión en la terraza, debemos acudir a los aposentos, ya por nuestros medios o empujados o cargados. Es inútil que queramos aferramos, que indiquemos nuestra falta de sueño, que protestemos. Algunos alargan al despedirse los brazos como si se desgarraran, como si les quitaran una pierna, pero los enfermeros son implacables, para eso les pagan, y nos llevan uno por uno a nuestras camas, y nos acuestan en el frío sin ternura. En la mañana son substituidos por las monjas, que sí son tiernas, no porque realmente lo sean sino porque nos ofrecen leche caliente y panecillos, o nos besan si nos ponemos a llorar, y nos cantan canciones de cuna. Más de uno se ha puesto a llorar adrede, para que venga una monjita a cantar y lo redima. 3 Las monjitas creen ganar el paraíso a punta de besar con repugnancia esa gran frente amarilla que resulta una lámina de hielo, una calavera recién desenterrada, de labios todavía húmedos y rojos y ojos que rebrillan y las acechan hasta más allá del último poro. Claro que en el instante crucial de la mañana, cuando despertamos y abandonamos las habitaciones, ninguno de nosotros las determina, ¿para qué?, son solo manchas apáticas y mudas, y solo nos preocupa constatar quiénes estamos, quiénes seguimos: nos oímos, nos preguntamos frenéticos, nos reconocemos, ¿ha muerto alguien?, ¿vivimos los que vivíamos?, sigo vivo, sigo vivo. Solamente en la mañana sabemos de nuestras desapariciones.
Los veinticuatro seguimos, sentados, atornillados a la terraza, en las veinticuatro sillas idénticas. Y divisamos o creemos recordar la carretera por donde se escucha cómo pasa la vida, voces de mujeres que ríen, niños que lloran, sombras, sombras que sudan. Es cierto que los ciegos son la mayoría, pero nosotros distinguimos todavía los rostros en el camino, las sombras blancas que ondean; incluso descubrimos que las sombras también nos descubren y nos observan con atención, detenidas en el horizonte amarillo de la carretera: los veinticuatro viejos en hilera —muriéndose uno por uno, hundidos en una misma nube de pedos y eructos y olor de remedios— debemos ser noticia recóndita para ellos, un silencio de hielo que los pasma de presentimientos, si se les ocurre pasear un domingo por las afueras.
Así nos matan los días, y cada día es otra espera más oscura, pero nosotros no estamos de acuerdo, queremos irnos de aquí, tenemos la fuerza, podemos orinar solos, sabemos caminar sin ayuda, entendemos perfectamente el idioma, no deseamos dormir junto a los muertos, preferimos morir en la carretera, sin puercos alrededor, ¿cuántos años debimos aguardar para la fuga?
Hoy en la mañana nos despedimos. Somos un susurro feliz en la terraza, de silla en silla: «Nos vamos a ir, hasta nunca». Varios de ellos solo menean la cabeza y se sonríen, sus labios tiemblan, babean, ¿acaso comprenden? Marchitos, encorvados, los últimos monos. No todos son tan sordos; nos preguntan si ha venido un lejano pariente nuestro a resucitarnos. «No», decimos. «Nos vamos porque queremos».
—Entonces tengan cuidado con los perros —dice uno de ellos.
—Qué comerán —pregunta otro—. Tendrán que morirse más pronto que todos.
—No somos tan viejos —decimos—, debemos ser los menores. Esto es una equivocación. Si se trata de morir preferimos morir como vivos.
—¿Así como así se despiden? ¿Sin fiesta? Esperen, se lo explicaremos a los sordos. Habrá baile.
—Adiós, y no se orinen del susto cuando duerman.
—Váyanse al carajo —dicen los que entienden.
Y uno de ellos se sigue riendo, mientras los tres, tambaleando, buscamos las escaleras.
Nadie podrá impedimos la huida, lo hemos soñado en voz alta cada noche de todos los días, y el sueño es perfecto: I en el instante que atravesemos la gran puerta de la salida, los enfermeros se encontrarán jugando un partido de fútbol, bañados en sol, radiantes, ágiles padres de familia, rojos de sangre, palpitantes, muy lejos de suponer que los más jóvenes de los ancianos, los todavía vivos, se fugan de ellos para siempre, se burlan de sus narices perfumadas, de sus corazones indiferentes, sus huevos de acero, ah, futuros esqueletos. Y, como está escrito en el sueño, las monjas charlarán reunidas en el comedor inmenso, todas echadas en sus poltronas, esperando a que las cocineras avisen que ya está lista la sopa de plátano del almuerzo; se contarán historias de amor, o de fastidio, de crueles alegrías, intercambiarán el perfume de sus cuerpos, la emanación de sus sexos como candados, recordarán a sus ángeles, a sus obispos, ignorarán nuestro paso furtivo, en punta de pies, como tres gnomos.
Cruzamos la enorme puerta y después la explanada, a saltitos. Nos detenemos. ¿A dónde volar? La libertad no tiene dirección fija. Subimos hasta la carretera y, desde su orilla, contemplamos por última vez la fachada, el largo corredor en la terraza donde los viejos nos contemplan o creen contemplarnos o nos imaginan —furiosos, hundidos en la envidia, patriarcas a la expectativa, sus ojos apergaminados parpadean, se inclinan sus sombras sentadas, repiten sus gestos agotados, disponen sus peludas orejas como radares y dan voces de alerta, traicioneros. Demasiado tarde, nos fugamos. Tres de las veinticuatro sillas están vacías. Nuestras sillas.
—No hemos muerto todavía —gritamos, lo hemos gritado, y damos saltos de alegría y hacemos «victoria» con los dedos como si danzáramos y nos bajamos por un instante los pantalones y les mostramos los traseros. «Adiós, momias», gritamos. No sabemos si escuchan, y preferimos no saberlo. La carretera espera, como una llamada. Se diría que corremos, ¿por qué no vuelas, cuerpo? Deben causar risa nuestras rodillas, una detrás de otra, como si trotáramos kilómetros en un metro, nuestros respiros, las manos que reman inútiles contra el viento. En realidad debemos ser los más viejos de los viejos, las auténticas momias, los únicos puercos. Si pudiéramos encontrar a alguien, si pudiéramos avisarle. Hay cosas que no ocurren como en los sueños, lo averiguamos desconcertados, aterrados, las bocas abiertas, desencajadas, las mandíbulas batientes, idiotizados. Hay cosas…, el ladrido de los perros que pugnan por soltarse, el silbato, los brazos aprisionadores, la multitud de ojos enrojecidos, cuarenta y dos ojos ciegos pero encendidos que pululan, que nos buscan cuando somos depositados a la fuerza en nuestras sillas, que preguntan.
—Por lo menos lo intentaron —dice uno de ellos.
Y otro, sus rugosas manos palmoteando sus rodillas:
—Hoy supe que hay postre de piña.
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