ahora está en el tejado (es)
Conocí a Rubén Frío en el colegio, y dos cosas me impresionaron antes de olvidarlo por primera vez: su apellido, sus ojos, idénticos a él: fríos. Era el mayor y más alto del grupo —catorce años, segundo de bachillerato—, delgado perro recio, de los que no se meten con nadie y no permiten que nadie se meta con ellos. Usaba tenis blancos, invariablemente, de una blancura sin mácula, y un suéter gris como sus ojos, algo raído en los codos, un suéter como una delgada lámina de plomo que no debía protegerlo del frío de Bogotá, aunque a Rubén no parecía mellarlo ningún frío; él era el frío; no buscaba las regiones soleadas en los recreos —cuando el sol como un milagro aparecía—, sino que se retiraba a la sombra, debajo de las escalinatas de piedra, contra los húmedos muros de ladrillo, y allí aguardaba el reinicio de clases. Era duro, además. Al gordo Cetina, trifulquero, líder de grupo y traidor, lo puso fuera de combate con un golpe certero; le hundió una rodilla en el pecho y, con sus manos larguísimas, envolvió el cuello carno y apretó: juramos que lo asfixiaría; el gordo se puso verde y azul, pero Rubén no quiso complacernos. Con gran gesto de desprecio abandonó al derrotado.
Otra cosa me impresionó de Frío: éramos los únicos del bachillerato que leíamos a la hora del recreo. Eso me atrajo, al principio, y quise acercarme: un amigo lector entre semejante montón de bestias resultaba alentador. Pero Frío me alejó en definitiva con su indiferencia pasmosa, su olor a frío; a duras penas pude enterarme sobre qué leía: el Drácula, de Stocker, y yo me encontraba leyendo Los miserables, de Hugo, y por cierto que entre Drácula y Los miserables no hubo ninguna simpatía. Noté, eso sí, que el Drácula de Rubén tenía las tapas gastadas, y que estaba subrayado por todas partes, con tinta roja como la sangre. Parecía un libro ensangrentado.
—No creo que el libro asuste tanto como las películas —le dije, para iniciar la charla, o esa batalla eterna que algunos confunden con amistad.
—«Esfúmate» —fue lo que me dijo, y sus ojos que paralizaban se iluminaron igual que la última advertencia; me olvidé por primera vez de Rubén Frío.
Ya en tercero de bachillerato su terrible palidez, sus dedos largos y aguzados, su ostracismo voluntario y su mortuoria melancolía perpetuaron su apodo: lo llamábamos El Vampiro. Naturalmente, era un apodo soterrado. Nadie olvidaba el puñetazo de Rubén Frío perfectamente encajado en la mandíbula de Cetina, y su fuerza extraordinaria que en las clases de educación física lo afamaba. Se tratara de levantamiento de pesas, salto largo o alto o carrera, flexiones de pecho o gimnasia, siempre nos superaba. Y seguía siendo el más alto de todos, y el más distante, sin ningún amigo. Pero, así como yo iba adelantado —según yo mismo creía— en mis lecturas, Rubén Frío insistía con el derruido mamotreto ensangrentado. «Ni siquiera lee otras versiones de vampiros» pensé, y lo olvidé por segunda vez. Además, Frío no participaba en las charlas; cumplía estrictamente con lo necesario para ganar sus materias sin pena ni gloria. Sus respuestas eran breves y concisas, iban al grano. Si los profesores insistían en provocarlo, Rubén Frío los miraba fijamente tres o cuatro segundos, y ya: los hipnotizaba. Frío era el hipnotizador encarnizado, y los hipnotizados profesores desfallecían y elegían otro reo para que respondiera. Y la clase continuaba.
El azar, o lo que sea, cambió mi actitud hacia Frío. La culpa la tuvo el insectario: el padre Almida nos dividió en grupos de dos para que nos reuniéramos donde quisiéramos y atrapáramos la mayor cantidad de insectos posible, los claváramos en un pliego de icopor, los identificáramos, los clasificáramos, los inmortalizáramos con toda esa gama de latinajos que exigen los profesores aburridos a sus alumnos más aburridos todavía.
Me correspondió trabajar con Rubén Frío. Han pasado ya muchos años pero lo recuerdo a la perfección, alto y de hielo, acercándose con un gesto incómodo a mi pupitre.
—Laserna —me dijo—, esta es mi dirección. Nos vemos el próximo sábado a las nueve de la mañana, sin falta.
Ni siquiera sometió a consideración el sitio donde nos reuniríamos; de una vez fue dictaminando el lugar y la hora. Comprobé que Frío vivía en Pasadena, un barrio próximo al mío, y por eso, a las nueve en punto del sábado elegido, me hice presente en su casa, con una ridícula red de cazar mariposas que me prestó una vecina. Ya Rubén me aguardaba sentado en las escaleras que conducían a la puerta de su residencia, una casa grande, de ladrillo quemado, tuya fachada, vestida de enredaderas, mostraba grandes ventanas oscuras, todas cerradas. Frío no llevaba consigo ninguna red, ni bolsa de plástico ni nada semejante. Se incorporó sin saludarme y echó a andar. Caminaba de prisa, sin permitir que yo lo alcanzara. Iba vestido de negro: un pantalón de dril, camisa de seda abotonada hasta el cuello, y botas negras. Muy distinto al Frío del suéter gris que siempre vi en el colegio.
—Conozco un lugar —dije—, un potrero cerca de mi barrio…
—Allá vamos —me interrumpió.
«Maldito Vampiro —pensé—, ¿cree que soy su criado?».
Pues no lograba alcanzarlo, por más que me esforzaba. Y así seguimos, vadeando calles y avenidas, hasta ganar el extenso potrero cruzado por un río fétido. Por ese tiempo. 1974, el río todavía era río, aunque negro —lo llamábamos El Caño—, y se oían sus aguas. Hoy ha desapareado. Vi a Frío descender en un santiamén hasta la orilla abrupta del caño, saltando ágilmente por entre arbustos y desechos.
—Espera —grité.
Daba vueltas y revueltas como un poseído; tuve la extraña certeza de verlo volar, o flotar, o que iba por lo menos a echarse a volar de un instante a otro. Las negras mangas, muy anchas, de su camisa, se extendían como alas, ¿a qué jugaba? Corrí a buscarlo, y cuando ya imaginaba perderlo, regresó a mí, los ojos triunfales.
—Aquí hay dos —me dijo. Abrió las huesudas manos y aparecieron dos mariposas negras, de esas mariposas negras y gordas que abundan en las fachadas blancas, en los tejados, quietas y pasmadas como pájaros atribulados. Retrocedí escalofriado.
—Se van a escapar —dije.
—Están muertas —repuso—. Guárdalas en tu red. —Y las pasó a mis manos; no tuvo la gentileza de arrojarlas dentro de la red.
—¿A qué horas las atrapaste? —pregunté—. Ni siquiera las vi volar.
No respondió.
Me desembaracé de las mariposas; las alas delgadas, su polvo pegajoso, todo eso fue un nudo de asco en el estómago. «No seré capaz de atrapar un solo insecto», pensé. Frío merodeaba por la orilla del caño, doblado sobre sí mismo, escudriñando en la hierba.
—¿Encontraste algo? —pregunté, acercándome.
—Cucarrones —dijo. Se volvió y me lanzó un enorme cucarrón a la cara. Apenas pude esquivarlo.
—Ten cuidado —dije—. Conmigo no juegues.
Procuré no delatar la repulsión que sentía. Recogí el cucarrón, ya muerto, y lo arrojé a su rostro. Pero el Vampiro ya estaba avisado y con un rápido movimiento de manos lo atrapó en el aire.
—Quiero acabar con esto —me dijo—. Cálmate o te asfixio.
El recuerdo de los dedos de Frío rodeando el cuello de Cetina me desanimó. Nos pusimos entonces a capturar y matar los insectos que nos salieron al paso, cucarachas y escarabajos, grillos, polillas, moscas grandes y verdes. Debían ser las doce del día.
—Hay suficientes para cubrir las páginas del álgebra —dije—. Vámonos de aquí.
El hedor, punzante, del caño, el encuentro intempestivo a cada paso de sucios calzones de mujer, sostenes enlodados, condones y latas de cerveza me descomponía. Rubén Frío no me escuchó: arrodillado, tenía los brazos extendidos a lado y lado, como si procurara cerrar el paso a algo o alguien. Me aproximé. Mis catorce años se resquebrajaron de náuseas. Era una rata gris —del gris de los ojos de Frío—, escurriendo agua, acorralada en el fondo de un bache y con la perspectiva de ser capturada.
—Te saltará a los ojos —dije—. Larguémonos.
No pude evitar la fascinación. Seguí contemplándolos.
Oí el chillido de la rata. La vi brincar o volar desesperada en una fracción de segundo, pero también vi, en esa misma fracción, las manos largas de Frío, aguzadas, atraparla por la panza como si se tratara de un gatito.
—Diablos —dije—. Suéltala. Enfermarás si te muerde, tendrás la peste, morirás de rabia.
—No seas idiota —me respondió—. Ninguna rata muerde a Rubén Frío.
Retrocedí al comprobar que Rubén se me aproximaba demasiado. Quise dar media vuelta y echar a correr. «Maldito Vampiro» volví a pensar, «ha logrado asustarme». Pero seguí ahí, con él, fascinado. Presencié lo que nadie podrá creer.
Rubén Frío acariciaba a la rata.
La acariciaba como a una mascota recién nacida, exactamente un gatito. Le hablaba al oído y la examinaba con algo parecido a la ternura. Es posible creer ahora que la hipnotizaba, porque de pronto soltó a la rata, dejándola sola sobre la palma de sus manos, y la rata siguió inmóvil, sin quitar la llama de sus ojos de los ojos grises de Frío. Tembló al principio y después se movió, despacio, y subió —subió— por el brazo de Frío, subió como una rata doméstica, sabiamente entrenada durante años en un circo. Llegó al hombro de Frío, olisqueó su cuello —acaso lo empapó de su vaho—, trepó después por su nuca, la recorrió y pasó al otro hombro, descendió por el brazo hasta la mano pálida que la aguardaba y entonces me vio a mí. Peló los dientes y, con un chillido que nunca sabré olvidar ni perdonar, se arrojó a mi rostro.
En varias ocasiones intenté recrear la tragedia de Frío, y fue inútil. No era fácil enfrentar su recuerdo, de modo que lo clausuré en el alma, lo relegué al cajón más hondo y cerré con llave y arrojé la llave a los pantanos. Lo que no impidió que de tanto en tanto soñara con Frío y despertara ofuscado. Son los acontecimientos de los últimos años los que me han decidido a redimir mis propios recuerdos, instaurar mi opinión —aunque esta no valga—, únicamente para desembarazarme de Frío, para compartir su carga y salvarme, por ejemplo, del recuerdo de aquella rata mojada, de sus dientes aguzados, de sus ojos enrojecidos a la búsqueda de mis ojos…
De un manotazo pude impedir que se estrellara conmigo. Enfurecido avancé contra Frío y lancé un puñetazo a su rostro. Su mano de hierro cubrió mi puño en un dos por tres.
—No lo vuelvas a hacer —dijo.
—Cabrón —repliqué—. Con toda razón te dicen Vampiro.
—¿Vampiro? —preguntó con una inmensa curiosidad. Una curiosidad tan espontánea como enaltecida que me ofendió.
—Vampiro —repetí.
—Nunca lo supe —dijo, y sonrió. Creo que fue la primera y última vez que lo vi sonreír, los dientes blanquísimos, aguzados, idénticos a los de la rata.
—Me gusta —siguió diciendo—. Me gusta eso de Vampiro. Pero que nadie se entere que yo sé. Que sigan oí nudos, llamándome Vampiro a escondidas.
Su mano continuaba cubriendo mi puño. Lo apretaba. Era un garfio. Pensé que me rompería los dedos. Ya iba a protestar cuando el Vampiro soltó mi mano y echó a andar.
—No lo vuelvas a hacer —repitió.
—Entonces no tires más ratas a mi cara.
—Yo no lo hice —dijo, y parecía sincero. Sus ojos me congelaron—: Ella misma se te lanzó, al ver esa cara de ángel que tienes.
Recogí la red cargada de insectos y seguí con él, a su lado. Esta vez no caminó delante; iba despacio, el rostro pensativo puesto en las nubes que se arremolinaban. Llegábamos a su casa y empezó a llover; caía granizo, recuerdo, una ráfaga intempestiva y brutal que emblanqueció las calles y cercenó las flores de los jardines; un frío igual que cuchillos atravesaba la piel hasta los huesos; un río como de nieves negras se derretía en cada calle y nos rozaba los tobillos. Pero Rubén Frío no echó a correr como los demás transeúntes. Por el contrario, disfrutaba de aquella especie de nieve, del hielo raspado que nos golpeaba las caras.
—Tendremos que comprar la lámina de icopor —grité en el aguacero.
—Yo tengo —me respondió—. Y tengo alfileres. Yo clavaré los insectos, tú te llevas el icopor a tu casa y escribes las clasificaciones.
—Claro —repliqué—. Lo más difícil.
—Yo capturé y maté los insectos. Tú solo miraste. Eres un bueno para nada.
No pude contradecirlo. Tenía razón: en realidad no fui capaz de atrapar ni matar un solo insecto. Quería liquidar esa tarea, irme a casa y no volver a cruzar palabra con el Vampiro nunca más en la vida. Lo odiaba. Forjaba toda suerte de artimañas para vengarme de él, en el colegio. Escribiría anónimos, los repartiría, denunciaría al amo de las ratas, al asesino de mariposas, publicaría una carta en su contra, ironizando su palidez de leche, sus ojos sin vida, su vampirismo, su eterno libro ensangrentado, su frío. Ese mismo sábado inventaría algo en contra del Vampiro, lo estigmatizaría, sin que me importara que después me asfixiara. Bien valía la pena burlarse de un vampiro hasta el delirio.
Rubén golpeó a la puerta de su casa y todas mis venganzas se desvanecieron, mi odio cayó como ladrillos: ahí, en la puerta, en medio del estruendo blanco del granizo, estaba su hermana, la hermana del Vampiro, dos o tres años menor que nosotros, y muy distinta a Rubén. No inspiraba ningún frío.
—Mi hermana —dijo Rubén con sequedad.
Ella saludó con la cabeza, sin pronunciar palabra. Dije «Hola» y extendí la mano. Ella se quedó petrificada unos instantes, mirándome la mano. Finalmente la estrechó con brevedad, y dijo su nombre:
—Laura. —Su voz era igual que sus ojos adormecidos. Llevaba puesta una falda violeta, una blusa blanca y delicada, tenía el pelo crespo, los gestos indecisos, tan prudentes como reveladores de una certidumbre plácida: la niña que empieza a ser casi una muchacha.
—Sube a mi cuarto y acabamos —dijo Frío.
Pasó junto a su hermana sin saludar. Traté de decir algo, cualquier cosa, y fue imposible. Seguí detrás de Frío, pero vi que Laura me sonreía, como si ambos, de manera subrepticia, cómplices inesperados, cuestionáramos las curiosas actitudes del Vampiro. Subimos de tres en tres las escaleras de madera y, antes de ganar el primer rellano, volví la cabeza en busca de Laura.
Había desaparecido.
Debo aclarar que todo en casa del Vampiro era normal; ningún indicio sobrecogedor en el segundo piso, nada extraordinario se escondía. Los muebles indispensables, habitaciones cerradas, limpieza general, las alfombras azules algo derruidas, y algunos óleos y acuarelas de paisajes convencionales que —como fotos pintadas— vivificaban el corredor: el mar y la barca, nubes y montañas, cielo y palomas, perros de caza en un bosque cualquiera. Sin embargo, poco antes de arribar al cuarto de Frío, hubo un lienzo que me sobrecogió: una mujer triste, para evitar más palabras. El largo cabello negro se confundía con la noche que parecía invadir la pintura. Los ojos, grandes y aguados, eran los mismos de Laura Frío, pero el rostro era el de una mujer, otra mujer de otro tiempo, y parecía que hubiese posado en la mitad de un desierto de hielo, en la noche de un país lejano, con otros aires, con otro idioma. Llevaba una túnica negra sobre los hombros y su garganta, blanquísima, irradiaba toda la escasa luz que el lienzo poseía. Sin lograr evitarlo me detuve.
—Es mi madre —dijo Rubén—. Hace años.
—¿Quién la pintó? —pude decir.
—Su marido. No voy a decirte que mi padre porque nunca lo conocí.
El encuentro con Laura Frío me alentó a convertirme en amigo del Vampiro, inútilmente. Las cosas siguieron igual, él lejos y yo lejos, y los demás más lejos todavía. Tenía impregnada la memoria de la boca de Laura Frío, pero también de los dedos aguzados del Vampiro cuando clavó inmisericorde (uno por uno) los insectos muertos en el icopor; tenía además mi memoria inmersa en su habitación, una habitación como nunca imaginé: las paredes eran negras.
Había pintado de negro las paredes. Eso en mi casa jamás me lo hubieran permitido. Una serie de afiches —todos oscuros— se confundían con las paredes: eran vampiros volando, dráculas y sangre, la luna llena se repetía innumerable detrás de los abismos, en lo alto de los riscos, y los árboles patéticos se retorcían; abundaban las gargantas de muchachas desfallecidas, ojos de multitudes horrorizadas, murciélagos en bandada, lobos que se abalanzaban, sombras espectrales; sentí que me empujaban a otra vida, al Más Allá, la más terrífica película. Disimulé espanto asomándome a la ventana que daba a las casas vecinas, terrazas y marquesinas, contemplé la lluvia de Bogotá —que seguía ahí, imperecedera—, la niebla de Bogotá, el más que blanco granizo de Bogotá cubriendo de nieve los techos y árboles cercanos, y fue en vano: Bogotá era la prolongación de las paredes negras. Por lo visto el Vampiro mandaba en su casa, había construido un mundo a su manera y edificado su propio castillo en su aposento de Pasadena. Una mujer del servicio —una mujer muda, de pelo blanco, de unos sesenta años— entró a ofrecernos café con leche y pastelillos en el instante que yo me despedía. Frío no probó bocado, pero me vio comer con atención los pastelillos, y no se burló cuando me atraganté acuciado por la prisa de huir a la calle. Solo cuando salí me sentí vivo, y tuve arrestos: en el momento de cruzar la puerta busqué la sonrisa de Laura Frío. No la encontré. Seguía desaparecida. Pensé que nunca la volvería a ver, hasta que un día me decidí y le dije al Vampiro, en pleno recreo:
—Frío, quiero salir con tu hermana.
Me miró con lástima.
—Díselo a ella —dijo—. Yo no soy mi hermana.
Y no hubo más explicaciones.
Un domingo por la mañana fui a casa de Laura Frío. Salió ella y dijo sin saludarme que Rubén no se encontraba. «No sabemos cuándo regresa», me dijo. Por lo visto el Vampiro no la había enterado de nada. Me mordí los labios, miré al cielo, me miré los zapatos, tosí, reí, y cuando menos me lo pensaba ya ella cerraba la puerta. «Espera —le dije—. He venido por ti. Quisiera invitarte a cine». ¿Había sonado mi voz? ¿Era mi voz? Aquella resolución fue intempestiva para ambos: nos miramos a los ojos como si nos quemáramos. Volví a extraviarme en los cielos, y de seguro ella me compadeció. Se trataba de la primera invitación a cine que yo hacía; a mis catorce años era heroico, ¿o suicida? Quería que la tierra se abriera debajo de mí; me sentí ridículo, avergonzado de mi voz y mis zapatos nuevos. Pero Laura vino en mi ayuda.
—Sigue —dijo.
Y conocí a la mamá de Rubén Frío. Una mujer todavía bella, de unos cuarenta años, pálida como Frío, vestida de negro, que me recordó aquel lienzo donde la habían pintado como en las nieves de otro mundo. También ella pareció alarmarse de mi invitación a cine. Acaso también por primera vez invitaban a Laura Frío, y la novedad la descomponía.
—Pero ¿a dónde van a ir? —preguntó.
—Al matinal de la Castellana —dije, enrojeciendo. Mi cara ardía. Mis manos temblaban, mis rodillas. Y de nuevo Laura vino en mi ayuda:
—Quiero ir. Dan Ulises.
La miré mejor. Solo entonces me di cuenta que estaba en piyama. Subió a bañarse, a vestirse, a demorarse para siempre, y me dejó ahí, en compañía de esa mujer que parecía más triste que el lienzo donde la habían pintado, más triste que un domingo a solas, que todos los domingos del mundo entrelazados en un solo domingo: ese domingo.
—¿Eres amigo de Rubén? —me preguntó.
—Sí —mentí. Y, por mi rostro, por el temblor de mi voz, ella debió suponer la mentira. Averiguó mi apellido, el barrio donde vivía, mi número telefónico, y sugirió que no nos demoráramos después del cine.
Salimos con Laura como después de una guillotina. Pero las calles de Pasadena se iluminaron soleadas; Laura sonreía; su blusa era blanca, de encaje, tenía una falda corta, de un verde oscuro, usaba sandalias, y no usaba medias: sus piernas estaban desnudas. Constatamos la ausencia total de autos en la avenida, ausencia de transeúntes, destierro de perros y de palomas. Un milagro —dijimos—, parecía que éramos los únicos habitantes de Bogotá. Y no comentamos más. Solo recuerdo que cuando atravesábamos el parque de la Castellana, cerca del cine, lo vimos al tiempo: Rubén Frío, sentado en la más distante banca de piedra, leyendo un libro —seguramente su libro ensangrentado—, metido en su aureola de hielo. Se esforzaba como un gran actor en su papel de vampiro, y lo lograba. Una ráfaga de miedo nos sobrecogió y entonces el mundo y el domingo aparecieron y Bogotá ya no fue de los dos sino del Vampiro.
—Allí está Rubén —dije—. Vamos a saludarlo. (Por dentro lo maldije, atribulado).
—No —me rogó su hermana—. Sigamos.
Y me tomó de la mano, para impedir que me acercara al Vampiro. Eso fue lo único bueno de la inesperada presencia del Vampiro. Pues ya no solté la mano de Laura, y ambos como dos posesos de amor perseguidos huimos del frío del Vampiro, hicimos cola en el cine y nos sumergimos en la negra libertad de la sala. De Ulises ya no recuerdo nada, ¿Kirk Douglas? Solo algunos pasajes de mar —un mar azulísimo— y hombres vestidos con pieles de oveja huyendo del cíclope. El cíclope, para mí, ese domingo, esos instantes precisos, era otro miedo: espantos mucho más grandes, inenarrables, murallas de educación cristiana que contradecían mis deseos de besar a Laura Frío —besar por primera vez, tener novia, sin preludios—. A cada momento la buscaba en la penumbra; sudaban nuestras manos enlazadas; respirábamos como si nos ahogáramos; restallaban los corazones. En medio de tanta tormenta, tantas aproximaciones y retiradas, pasiones de golpe (que yo sé que ella vivía por centuplicado) y temor de pecado, mi otra mano liberada tocó por azar su rodilla desnuda, ¿por azar? Ella se echó para atrás, electrizada, y sentí que imantaba, que ella era el centro del torbellino, que me arrancaba, y me incliné sobre ella y quise besarla, pero alejó la cara y algo como la sal de una lágrima me avisó que lloraba. Me separé, estupefacto. Con un murmullo me pidió que «No» y se lanzó a la salida del cine. Alguien gritó que calláramos —como si en lugar de rozarnos todo ese tiempo hubiésemos hablado—, y yo corrí hacia las puertas, salté al día que deslumbraba, me arrojé al domingo, la seguí por las calles que ya no eran mías, por todo ese domingo que parecía una cárcel, la seguí pero no la alcancé —o no fui capaz de alcanzarla porque no quise— y la vi llegar a su casa y desaparecer.
Nada fue más desazonante ese año, nada más vacío.
El cíclope del amor me descorazonó y preferí otros cíclopes: me encerré a leer, y no solamente ese domingo imperecedero, sino el lunes y el martes y todos los días; dejé de ir al colegio; me recogí como un caracol y me dediqué a recordar la rodilla de Laura Frío. ¿Por qué había llorado? Un día del futuro podría preguntárselo.
Al regresar a mi casa ese domingo volví a descubrir al Vampiro sentado en la banca de piedra; ya no leía; muy cerca de él, debajo del sol, jugaban los niños del barrio, se columpiaban, reían y lloraban, sin ninguna mamá que los protegiera del horrible vampiro que acechaba, eso pensé. Y también hui, como Laura; deseché las armas de la conquista y me ahogué en Homero. Resultado: perdí tercero de bachillerato; tuve que encontrar otro colegio por tercera vez me olvidé de Rubén Frío.
Fue difícil reconocerlo entre la gente, seis años después.
Esa tarde Paula y yo nos aburríamos en la universidad y decidimos meternos al cine. Presentaban Sangre para Drácula y parecía que todos los estudiantes del Externado tuvieron la misma idea. Las cabezas se apretujaban frente a la taquilla. En eso lo vi sin verlo, al principio, pero me llamó la atención su estatura, su abrigo negro, su palidez pluscuamperfecta —que hubiese envidiado cualquier actriz de principios de siglo—, sus ojos que merodeaban, grises y fríos… Rubén Frío, me dije, primero con el obvio escalofrío —la memoria de la rata abalanzándose a mis ojos— y después con una íntima risotada. Supuse que ya era un tipo normal, que habría por fin superado su obsesión por los vampiros, que a lo mejor —igual que yo— los reemplazó por una mujer, y acaso un hijo. Fui a él, empujado por la ingenuidad. Lo saludé abriéndome de brazos, «Rubén», grité, y una sola mirada suya bastó para estatizarme. La sonrisa murió en mi cara, y toda la ecuanimidad de la que me creía dueño. Su mano estrechó mi mano, un instante: sentí que tenía hielo en lugar de huesos; hielo real, de polo norte, de nevera.
—De nuevo otra vez —me dijo.
Su voz había cambiado. Gruesa y húmeda, era el eco de alguien que te habla desde lo hondo de una caverna. Le presenté a Paula; él inclinó la cabeza, la miró a los ojos, después al cuello, y en ese mismo momento abrieron las puertas del teatro. Desapareció en el gentío que se arrojaba. Paula parecía inmersa en un choque hipnótico. Sentí una vaga desconfianza, ¿la habría hipnotizado? Cuando por fin pudo hablar, ella me dijo:
—Parece un vampiro, tu amigo.
Preferí no comentar: mi remembranza podía sonar a juego de infancia, a insensatez adolescente. Las luces del teatro se apagaron y quise dedicarme por completo al vampiro de la película. Pero, a mi pesar, descubrí —entreví— a unas siete filas de distancia, en diagonal, la inconfundible silueta del otro vampiro, el Vampiro del colegio, mi vampiro.
Sangre para Drácula es la desmitificación de Drácula. Con toda razón Andy Warhol anduvo metido en eso, en semejante película desconsiderada: Drácula el conde, discutiendo de socialismo con un obrero, un obrero que lo persigue con un hacha y lo obliga a huir convertido en murciélago después de cercenarle una mano, la otra mano, el brazo, la pierna… para reír. Drácula urge de sangre de vírgenes. Si equivoca su víctima, debe ir al retrete; allí devuelve la sangre como cualquier borracho con la resaca. La escena de Drácula que vomitaba me subyugó; olvidé al Vampiro, me olvidé de Paula, me olvidé de mí. Prefería esa versión de Drácula que cualquier clásico vampiro encandilado de amor por una gota de sangre en un dedo. Y me sentía feliz, abstraído, cuando volví a verlo un minuto después, involuntariamente, entre la luz mortecina que arrojaba la pantalla. Lo distinguí agazapado, hundido en sus alas, como si durmiera adosado al espaldar de la silla de enfrente. Después comprendí que el Vampiro estaba colérico. Se puso de pie y agitó el puño; su ancha gabardina negra revoloteó un instante como un ala; no se oyó su voz, fue su grito de ultramundo en rebeldía. «Está loco», pensé, y lo vi atravesar el pasillo en dirección a la salida. No se oyeron retumbar sus pasos; parecía huir flotando. Y después de ese grito ultramundano la audiencia en pleno resultó bañada de estupor, de invisible hielo. Creo que durante esos segundos Andy Warhol y su Sangre para Drácula resultaron derrotados por lo ineluctable, el delirio vampiruno de Rubén Frío. Ni una risa de los espectadores, ni una protesta. Solo cuando el Vampiro había desaparecido, volvieron los ojos a la pantalla. Únicamente yo seguí estremecido de su grito, de su protesta de vampiro inconforme. «Y loco de remate» seguí pensando, y me encogí de hombros y me olvidé por cuarta vez del Vampiro, pero solo hasta que acabó la película, porque cuando las luces se encendieron una marea de pánico recorrió la sala: una de las espectadoras descubría derrumbada de espanto que tenía el cuello mojado en sangre. Era una adolescente rubia, y cuando ella misma se percató de su sangre lanzó un grito que espeluznó y se desmayó un minuto, bocarriba, los brazos en cruz. Nadie supo en qué momento fue agredida —si antes de la película o en plena película o después— y cómo no se dio cuenta, cómo fue que no se percató. Se dijo que todo era broma de una compañía de teatro, que la sangre era salsa de tomate: de cualquier manera el incidente había ocurrido en pleno Drácula en rodaje. No quise averiguar más. Aquello no era teatro. Sabía perfectamente qué sucedió. La muchedumbre se hacía cargo de la estudiante rubia y la ayudaba a caminar —parecía atontada, o embrutecida, o hipnotizada—. Solo yo entendía que la rubia ocupaba la silla anterior a la del Vampiro, y que el Vampiro se había agazapado sobre ella en un instante crucial: cuando más reía el publico de Drácula.
Viajé a París, y nuevamente me olvidé de Frío. Decidí olvidarlo para siempre. Regresé después de tres años. Los cerros de Bogotá fueron los únicos en saludarme desde su reino de niebla. Me separé de Paula —o Paula se separó de mí— y me dediqué a vagar a solas por la Séptima, a la hora del crepúsculo. No tenía sobre qué escribir, lo que es igual que decir que no hacía nada. «Un bueno para nada», como dijo Rubén, la vez del insectario. Rubén, pensé, ¿qué será del Vampiro? ¿Telepatía?, ¿destino?, ¿casualidad? Pensaba yo en la profética frase del Vampiro cuando una mano se posó en mi espalda, y una voz de mujer me llamó por mi nombre.
Era Laura, la hermana del Vampiro. Laura Frío. Una Laura mujer, igual de atractiva, un poco ajada. Tenía un vestido sastre, y sus piernas no estaban desnudas: sus medias de seda eran oscuras, sus altos tacones sonaban, su boca no sonreía, y no me tomó de la mano. La invité al café Orna —estábamos en el Centro Internacional— y nos sentamos a hablar. Yo andaba sin mujer, ya dije, y tuve la esperanza de que alguien al fin hubiera aparecido. De hecho, no pensé para nada en Rubén. Solo en Laura y el recuerdo del cíclope en el cine, su rodilla, el casi-beso, el grito y la huida.
—Por qué huiste —pregunté después del saludo, del breve beso en la mejilla, de los inútiles rodeos.
—Porque tuve miedo —me dijo.
—¿Miedo?
—De mi hermano —dijo ella—. Estaba con nosotros en el cine, vigilándonos.
Y sus ojos se aguaron, y se pulverizaron mis ilusiones de dormir acompañado esa noche de hielo. Porque ya era la noche y, lo que era peor, ya se cernía —otra vez inmortal, infinita— la presencia del Vampiro sobre nosotros. Nos separaba, nos interrumpía, se adueñaba de nuestras vidas y nos mataba. En vano quise cambiar de tema. Averigüé sobre la vida de Laura; me dijo que se había casado y divorciado, que tenía una niña de tres años, que vivía sin más alternativa en Pasadena con su madre y su hermano. Por lo visto, de lo único que deseaba hablar era de su hermano. Yo no importaba, solo su hermano. O yo sí importaba, igual que una especie de asidero, un madero en el naufragio. Comprendí que Laura Frío padecía, que sufría de horror, de pesadillas.
—Esto ya es insoportable —se confesó por fin—. No sabemos qué hacer, y…, no debería hablar con nadie sobre esto. —Su voz se quebró, dobló la cabeza, espantada—:
Es como si él supiera lo que pienso, lo que ambas pensamos.
—¿Ambas?
—Mamá y yo.
Le ofrecí mi pañuelo. Lloraba en silencio, como una larga costumbre.
—Él tiene problemas —dije—. Siempre los tuvo.
Me miró con lástima, la misma lástima que cuando el Vampiro me miró para decirme que él no era su hermana.
—Todo —dijo—, todo lo hemos intentado.
Siguió llorando. Se repuso con gran esfuerzo. Me aseguró que su divorcio se debió a su hermano. Imaginé al esposo de Laura Frío, el cuñado del Vampiro. «Pobre hombre» pensé, y entonces las manos de Laura atraparon mis manos con desesperación. Era sincera cuando dijo:
—Sé que mi hija corre peligro.
—¿Ella? —dije—, ¿está con él?
—Nunca —me respondió—. Siempre que salgo la dejo con una amiga. Quiero irme de casa, pero es imposible. No podemos.
No sabía con certeza ante qué me enfrentaba. Incluso pensé en una broma, pero ¿cuál broma? Solo había que acordarse del Vampiro en el cine, del Vampiro en el caño, de su hipnosis.
—¿Y él? —pregunté—, ¿qué hace, qué ha hecho estos años?
Mi pregunta pareció desconcertarla. Tenía seguramente varias opciones como respuesta. Eligió la más racional, al principio.
—No estudió nunca —dijo—. Solo idiomas, por sí solo. Muchos idiomas: francés, alemán, inglés, portugués, qué sé yo. La casa está llena de libros de vampiros, en todos los idiomas, y él lee, los lee, solo lee, él…
Miró en derredor, aterrada, como si él estuviese ahí, sentado en cualquier mesa, descubriéndola, condenándola.
—Él —me gritó con un susurro de rabia y miedo—, él hace esto.
Las temblorosas manos de Laura indagaron en su bolso. Sacó varios recortes de periódico y los puso sobre la mesa. Leí sin dar crédito. Eran titulares de fechas pasadas y recientes, recortes estropeados y otros muy frescos, que olían a tinta: «Desaparece otra niña en Pasadena», «Especie de vampiro asedia en Usaquén», «Niños atacados en el parque de la Florida», «Yo vi al vampiro»… una innumerable evidencia, a veces exagerada y tergiversada por el sensacionalismo, a veces seria y preocupante, recreadora de las huellas del Vampiro. No supe qué decir. Empujé los recortes sobre la mesa y Laura se los guardó de inmediato.
—Hoy —dijo—, hoy iba a entregar todo esto a la policía, a explicar…
De nuevo otro sollozo la convulsionó. Pedí un vaso de agua y ella (con sus manos) me dijo que no. Tragó aire. Sus dedos se retorcían:
—Pero ¿cómo denunciar a mi hermano? —preguntó.
Y aclaró todavía—: Le tenemos terror. Qué hacemos, Dios, qué hacemos.
Volvió a llorar. «Es un sicópata» pensé, y caí en cuenta, abochornado, que lo había pensado en voz alta. Me arrepentí al instante, pero ella me dijo:
—No. Es un vampiro.
Esperó una respuesta mía, que no nació porque simplemente no pude hablar.
—No es que se crea vampiro —insistió—. Es un vampiro.
Sentí vértigo al escucharla. ¿Hasta ese punto las había convencido? De hecho, aparte de políglota, el enfermizo Rubén Frío era un mesmeriano, un telépata, y tenía a ambas mujeres hipnotizadas, magnetizadas bajo su yugo, en sus dominios. Laura debió sorprender la duda en mi cara, mi angustiosa sonrisa, y se incorporó como un ascua.
—Perdóname —dijo—. Olvida lo que he dicho. No volverás a saber de nosotros.
Iba a marcharse y la tomé por el brazo.
—Laura, por favor —me oí hablar—. Déjame acompañarte. Quiero verlo. Charlar con él; algo tendrá que explicarnos.
Padecí la esperanza que hubo de pronto en sus ojos. Me arrepentí por mí, y por ella, pues yo nunca sería capaz de enfrentar al Vampiro y mucho menos de hablarle. Me arrepentí tarde.
—Vamos —decía Laura.
Y fuimos.
Prefirió que el taxi nos dejara en una esquina. Su rostro se había demudado con tal intensidad —sus manos temblaban en mis manos— que también yo me contagié y descubrí que sudaba. Quise reír a costa de mí: «¿Por qué no traje una estaca?», pensé, «¿o un crucifijo, al menos?», y comprendí, realmente alarmado: «Un asesino, nada menos que un homicida en persona, ¿qué vine a hacer?». Compadecí a Laura Frío, la triste y abatida hermana del Vampiro, la muchacha que yo quise besar un domingo, ahora una mujer sin alegría que caminaba a mi lado horrorizada y abría las puertas de su casa como las del infierno. La noche se hizo más noche, adentro. Todas las paredes estaban pintadas de negro. La presencia del Vampiro había brotado desde su misma alcoba, adueñándose de la casa, haciéndola realmente su castillo. Una mujer nos salió al encuentro, una mujer que al principio confundí con la mujer vieja, la señora del servicio que un día nos ofreció café y pastelillos. Era la madre de Frío. El largo cabello blanco caía sobre sus hombros, su transformación era horrible, atónita, desdentada. Me estremecí al verla, mientras ella consultaba velozmente con su hija.
—Es su amigo —explicaba Laura—, su amigo del colegio, recuérdalo. Quiere hablar con Rubén, quiere ayudar, hacer algo.
La madre pareció ignorarnos de pronto, olvidarse de mí y de su hija, presa de angustias insoslayables.
—Ya es tarde —dijo—, qué hice yo para merecer esto. Mi hijo, mi único hijo querido.
La mueca de Laura me congeló. Vi que sonreía, esperanzada. Su alegría resultaba espeluznante, a medida que avanzábamos con su madre hacia las escaleras.
Todo en el segundo piso estaba en penumbras; había solo una bombilla encendida. Quise retroceder, huir y ocultarme del Vampiro y su tragedia, pero seguí detrás, temiendo tropezar con alguien o algo que me pavoreciera aún más. Era seguro que Rubén Frío acababa de encargarse de sí mismo, que su madre nos iba a mostrar el cadáver. Pero no la vimos entrar al cuarto de Frío. La vimos detenerse ante la ventana del corredor que daba a los techos vecinos, llamándonos con una mano, invocándonos para que nos acercáramos cuanto antes, y oímos su voz como un llanto cruzar por toda la casa, remeciéndola: «Ahora está en el tejado», decía. Imaginé la oscura figura acostada bocabajo, el perfil de su rostro pálido, los brazos extendidos como alas, inmóvil, para siempre.
Nos asomamos.
Y ahí estaba él, ¿muerto?, ¿dormido? En el tejado.