con los zapatos desamarrados (es)
Mi hermano sabe lo que hace; eso fue lo que pensé cuando nos dijo que solo quería ver aviones. Lo dijo como pidiendo un favor, y nosotros entendimos.
—Listo —dijo Pacho—. Vamos a mirarlos.
Estábamos en el hospital. Eran las ocho de la mañana, y a esa misma hora, pero del día siguiente, iban a operar a mi hermano de un tumor en la cabeza. Yo solo entendía que el asunto era de pocas palabras: vivía o se moría.
Éramos cuatro hermanos, yo era el menor, el niño, de los que a veces hablan y nadie escucha.
—¿No morirás si vamos a ver aviones? —pregunté, y nadie me respondió. Pero ya estaba acostumbrado. «Mi hermano sabe lo que hace», pensé, y me asomé a la ventana de la habitación, piso diecinueve: abajo las gentes corrían, diminutas.
—Está lloviendo —dije—. Tendrás que ponerte una gorra.
Y era que habían rasurado por completo su cabeza.
Se podían oír perfectamente los ruidos del hospital, detrás de la puerta: sillas de ruedas, conversaciones a susurros, llamados a médicos y enfermeras por un altavoz, pasos extraños, a veces lentos, otras veces corriendo, como una persecución de murmullos en los pasillos, o como si el mundo entero huyera del mundo. Todo sonaba lejos y cerca. Mi hermano miró a Julio y luego a Pacho —a mí no me miró—, y repitió:
—Solo aviones, nada más.
Parecía una confesión.
—Entonces vámonos —dijo Pacho. Y Julio:
—Vamos a ver aviones.
Entendí que el asunto no era fácil. Se trataba de salir del hospital y, como nos explicaba mi hermano, una de las enfermeras se había llevado su ropa.
—A lo mejor ya feriaron mis trapos —dijo.
Pues ni siquiera tenía piyama. Llevaba puesto un camisón verde pálido, y así, sentado sobre las sábanas blancas, completamente calvo, parecía un monje tibetano.
—Seguramente —dije— se llevaron tu ropa para que no escaparas. A lo mejor Hernandito quiso prevenir.
Hernandito era el médico de la familia, un lejano pariente que había logrado convencer a mi hermano de la operación: «O te operas o te mueres», y mi hermano aceptó. No tenía alternativa. Además, con la ayuda de Hernandito la operación costaba solo la mitad. «Si muero —dijo mi hermano— será gratis».
—Tendremos que buscar ropa —propuso Pacho, y todos entendimos.
—Yo voy —dije.
—No —dijo Pacho—. Voy solo. Robar es asunto de mayores.
Y salió.
Y regresó en cuatro minutos —Julio lo cronometró en su reloj— armado de un pantalón, una camisa, un sobretodo, un par de zapatos, y una gorra. Ese último detalle —el de la gorra— me gustó: eso quería decir que me escuchaban; llovía a cántaros y la cabeza de mi hermano, que resplandecía lisa como un huevo, necesitaba protección.
—De acuerdo —dijo mi hermano—: me voy a mirar aviones, por si mañana muero.
Lo vimos saltar de la cama; se despojó del camisón; vimos sus pelos —tenía más pelos que un caballo—, y la cicatriz de una bala en el pecho de la que nunca nos quiso contar. La ropa le quedó perfecta, a la medida, y los zapatos también. Pero no se los amarró. Quise advertírselo en ese momento y no tuve tiempo:
—¿A quién le robaste estos chiros, Pacho? —preguntaba—. ¿Al último muerto?
Pacho solo sonrió, y Julio ya tenía abierta la puerta. Salimos uno detrás de otro y nadie nos dijo una palabra. Ninguna mirada en el hospital. Yo iba de último; veía los zapatos desamarrados de mi hermano avanzar por los infinitos pasillos; no me atreví a mencionar los zapatos; podíamos ser descubiertos. Pensé que el ascensor que descendía era el fin de la misión, una escapatoria inaudita. Cruzamos los jardines del hospital. Recuerdo los zapatos desamarrados de mi hermano pisando ruidosamente los charcos, hundidos en el césped gredoso, nadando por entre las piedras. Llegamos al parqueadero donde nos aguardaba el viejo Ford, bajo la lluvia. Julio se hizo al volante y mi hermano a su lado. Pacho y yo detrás. Cuando el motor sonó como una risotada todos nos echamos a reír. En pocos minutos el hospital quedó atrás. Yo miraba por la ventanilla, al cielo. Pensaba que debajo de aquella borrasca era imposible mirar aviones; ni siquiera se los escuchaba. «En fin —concluí—, mi hermano sabe lo que hace, aunque no se haya amarrado todavía esos zapatos». Enfilamos por la avenida El Dorado en dirección al aeropuerto, arremetiendo el aguacero más extraordinario que conocí: las gotas eran gordas y blancas y chocaban contra el parabrisas y se deshacían en otro millón de gotas blancas, de modo que todo era blanco a nuestro alrededor y nada se podía distinguir, excepto las manchas borrosas de otros autos que corrían en dirección al aeropuerto. Debía ser por la tormenta que nadie decía nada. Estábamos preocupados por lo mismo: con semejante granizada no habría aviones volando.
—Iremos por Álamos —dijo Julio—. Allá damos con un costado del aeropuerto, y veremos aviones.
—No —dijo mi hermano—. Todavía no. Está lloviendo. Vamos donde Matilde y la visitamos. Entonces saldrá el sol.
—¿Donde Matilde? —dijo Pacho—. ¿Estás seguro?
—Claro que sí —repuso mi hermano—. Diremos que la operación ha terminado, que sigo vivo, y la llevamos a ver aviones.
Nadie replicó. Julio cambió de rumbo, a Normandía, que era el barrio donde vivía la novia de mi hermano. Antes de llegar nos detuvimos en un supermercado; seguía lloviendo a golpes y mi hermano le dijo a Pacho: «Trae rosas para Matilde. Nosotros te esperamos».
Vimos a Pacho correr por entre los charcos y desaparecer. Julio no apagó el motor. El aguacero era nuestro silencio; de pronto la portezuela se abrió y entró Pacho como un huracán, con una botella de whisky y un ramo de rosas.
—Larguémonos —dijo, y Julio aceleró por las calles, cuando todavía Pacho no cerraba la puerta. Era seguro que Pacho se había olvidado de pagar.
Mi hermano lanzó otra risotada, que nos calentó dentro del Ford. Era el mayor, un padre auténtico; se ocupó de nosotros desde que fuimos abandonados. Trabajó desde muchacho para que nosotros comiéramos, para que Pacho estudiara saxo y Julio comprara el Ford y lo usara como taxi. Sin nuestro hermano mayor las cosas no hubiesen resultado jamás. Pensé en ese momento que si mi hermano moría —al día siguiente, en la operación— yo debía dejar el colegio y ponerme a trabajar. ¿En qué trabajaría? —me pregunté—, ¿qué es lo que yo sé hacer? Por primera vez lo pensé, aquella mañana de granizo, y nunca me he podido responder.
Llegamos por fin donde Matilde, pitamos tres veces y, aunque parezca mentira, salió Matilde a la puerta y dejó de llover. Las nubes se abrieron, brotó un sol pálido, primero, que después fulgió como nunca, se hizo un sol de verdad, amarillo, que nos secó las ropas y puso a cantar todos los pájaros de Bogotá.
Y se oyó, además, un avión en el cielo.
—Como un saxo —dijo Pacho sacando su cabeza por la ventanilla—. Suena como un saxo, ese avión.
Luna era el apellido de la novia de mi hermano, a pesar del sol que convocó. Era una muchacha rubia y pequeña, de ojos inmensos y claros, vestida con un overol azul. No debía tener más de veinte años. Se quedó estupefacta, en el jardín de su casa, mientras mi hermano se dirigía a ella enarbolando el ramo de rosas, y con los zapatos desamarrados. Volví a darme cuenta de eso y nadie más parecía enterarse, solo yo. Cuando vimos que se besaban me olvidé al instante de advertir a mi hermano que tenía los zapatos desamarrados. No recuerdo qué hablaron Julio y Pacho mientras bebían, esperando. Solo recuerdo el rostro fulgente de Matilde cuando asomó por la ventanilla y nos dio a cada uno un beso ruidoso.
—¿Es cierto? —preguntó—. ¿Es cierto que la operación era ayer, y no mañana?
Comprendimos que mi hermano la había engañado.
—Es cierto —se resolvió Julio—. Venimos directamente del hospital a darte la buena noticia. No queríamos que te preocuparas, Matilde.
—Y ahora vámonos a ver aviones —dijo Pacho—. Tenemos que celebrarlo. Esos aviones suenan como saxos.
Esplendorosa en su rubor, oliendo a jabón de flores, Matilde entró con mi hermano en el asiento delantero, las rosas rojas oprimidas contra su pecho, la respiración transfigurada. Abrazados, se besaban como si ya no tuvieran tiempo, mientras Julio buscaba de nuevo la autopista. Mucho después sabría que mi hermano y Matilde planeaban casarse ese año. Y mucho después entendería por qué el placer de mi hermano era mirar aviones, solo aviones despegando, lanzándose a los cielos. Pero entonces aquello no me importaba; pensaba que ir a observar aviones, ese día, era un capricho de mis hermanos, un antojo monótono y pasajero que yo asumí, indiferente, rozado a veces por el largo pelo rubio de Matilde: estaba detrás de ella y soplaba el viento a raudales por la ventanilla y sus rizos volaban, perfumados, hasta mi cara.
—Para aquí —dijo de pronto mi hermano.
Todavía no llegábamos al sitio de los aviones; seguíamos una carretera paralela a la autopista, destapada, embarrada por el aguacero, y los huecos nos hacían saltar como resortes. La región que nos rodeaba era un potrero húmedo, una larga sucesión de desiertos azules en donde el agua se evaporaba como un espejismo.
—¿Por qué no se van a orinar cinco minutos? —preguntó mi hermano.
Matilde Luna lanzó una risotada. Nunca olvidaré esa carcajada, feliz, dispuesta.
—Loco —dijo—. ¿No eres acaso un convaleciente?
Pero aceptó encantada. También ella había bebido, de vez en cuando. Mis dos hermanos salieron del Ford y estiraron las piernas. Yo no quería salir. Me sentía muy bien detrás de Matilde y mi hermano que se besaban sin fatigarse nunca.
—Tú también vas a orinar —dijo Pacho, y, sin que tuviera tiempo a replicar, él y Julio me sacaron en volandas. Nos retiramos un trecho, riendo a pedazos, discutiendo. Por más que luché no fue posible liberarme. Llegamos a un sitio lejos y Pacho, en efecto, empezó a orinar. Julio siguió bebiendo de la botella.
—Yo no quiero orinar —dije.
—Quédate ahí —dijo Pacho—. No los molestes.
Voltee a mirar hacia el Ford. Mi hermano y Matilde se estaban metiendo en el asiento trasero.
—Están cambiando de lugar —dije.
—Que no los mires —dijo Pacho—. Solo van a jugar un poquito.
—¿A jugar? —pregunté. Y pensé que debía ser un juego bastante raro, ¿por qué no jugábamos todos?
Nos sentamos un largo rato a la orilla de la carretera. Mis dos hermanos se limitaban a fumar y beber de la botella, hasta que la botella se acabó y Julio la puso encima de un tronco y me dijo que si era capaz de atinarle con una piedra. Al principio resultó, me distraje, y ellos terminaron distrayéndose más, lanzaban piedras y más piedras y ninguno lograba atinar a la botella.
Aproveché y me escabullí. Corrí por la carretera y llegué al Ford, que se balanceaba con fuerza. Vi dos pies que asomaban por una de las ventanillas abiertas. Dos pies pequeños, rosados, que no debían ser los pies peludos de mi hermano. Y me sorprendió que Matilde Luna llorara. Ahora sé, por supuesto, que no lloraba, pero aquella vez sí pensé que lloraba, ¿por qué llora?, pensé, y me asomé a la ventana: mi hermano, completamente vestido, la gorra puesta y los zapatos desamarrados —todavía los zapatos desamarrados— estaba encima de Matilde Luna, absolutamente desnuda: el overol azul yacía como un pájaro en la alfombra, hundido entre rosas rojas. Ninguno de ellos reparó al principio en mi presencia. Matilde tenía los ojos cerrados, la boca abierta lanzando lloros y grititos, la cabeza a un costado de la nuca de mi hermano. Contemplé sus piernas blanquísimas que lo anudaban, y sus uñas que lo arañaban por encima del sobretodo. Parecía como si se estuvieran peleando —con gusto, a veces, y a veces con rabia—. Y fue cuando de pronto los ojos de Matilde se abrieron y me descubrieron. Se sonrió como una gracia. Después sus ojos me olvidaron: blancos, las pupilas extraviadas buscaban acaso un lugar en los cielos; sus manos dejaron de arañar, se abrieron, y mi hermano se agitaba y parecía que el viejo Ford iba a desbaratarse.
«Se van a estallar», pensé. Nunca había visto una mujer desnuda, y Matilde Luna era rosada. Sus senos, dos llamas blancas, revoloteaban. Alargué el rostro para entenderla mejor, para no olvidarla, cuando sentí que flotaba: eran Pacho y Julio que se habían acercado en silencio a mis espaldas y me levantaban en vilo y me llevaban de nuevo con ellos al potrero. A los pocos minutos oímos el pito del Ford, y entonces reanudamos el camino.
Matilde Luna y mi hermano siguieron en los asientos traseros, y Pacho y yo adelante, con Julio que conducía. Llegamos a un costado del aeropuerto y descendimos. Detrás de una larga valla de metal —una especie de alambrado—, nos sentamos a mirar aviones. También —como en el juego de atinar a la botella— me interesé al principio y después me aburrí: mis hermanos en silencio, Matilde en silenció, todos enmudecidos mirando aviones, ¿no se cansaban? Me impacienté, paseé por los potreros, descubrí una rana amarilla, la correteé, y al fin resulté dormido en las rodillas blandas de Matilde Luna. Atardecía cuando desperté; ¿cuántas horas habían pasado? Descubrí que el silencio seguía, quiero decir el silencio de todos, porque los aviones como saxos no dejaban de trotar por los cielos; nadie me dijo nada; los rostros eran impávidos, congelados, ensimismados en las aves inmensas que aparecían y desaparecían por entre las nubes; me sentí como en la iglesia; el silencio de todos era algo que se tocaba en el frío del atardecer; no quise, no hubiese podido interrumpirlos, y también yo, sin proponérmelo, también yo me hundí en el silencio de todos, me deslicé en el silencio de los aviones: los veía despegar y extraviarse en los cielos, uno detrás de otro; sonaban a veces como un saxo hasta desaparecer, o eran quejas de monstruos entristecidos, o mensajes en otro idioma de seres extraños que se fueron un día y los olvidamos, y yo quería irme con ellos, desaparecer como ellos, volar y desaparecer, definitivamente. Fue en eso cuando Matilde y mis hermanos se incorporaron: «Es hora de regresar». Yo no quería levantarme, no quería dejar de mirar aviones, jamás. Me llevaron al Ford —de nuevo en volandas, a la amistosa fuerza— y resulté dormido, atrás, nuevamente mi cabeza en las rodillas blandas de Matilde Luna. Al despertar ella no estaba. En su lugar me soportaba el hombro de mi hermano. Le pregunté por Matilde y me dijo que ya la habían acercado a su casa y que me dejó sus saludos; de modo que volví a dormir, y desperté cuando arribábamos al hospital.
Anochecía.
Miedo. Miedo del edificio, de su aura negra; bajé los ojos y descubrí en el piso del Ford una rosa caída, a los pies de mi hermano —de sus zapatos desamarrados. La rosa me hizo olvidar los zapatos desamarrados, «Matilde dejó una rosa» dije, y mi hermano me contestó: «Mañana se la entregas, cuando la veas». De modo que recogí la rosa y no la solté jamás, mientras entrábamos al hospital, uno detrás de otro, muy lentos. Ya Hernandito nos esperaba en La portería, en compañía de otro médico y una enfermera. Recuerdo que discutieron algo con mis hermanos, que se enfadaban todos, pero no recuerdo qué se dijeron, solo que nos despedimos de mi hermano y que, sin embargo, decidimos acompañarlo un trecho, hasta el ascensor, y al fin nos metimos con él en el ascensor, lo seguimos, lo perseguimos por los pasillos, y, todavía, al entrar en la habitación, vi que tenía 1 los zapatos desamarrados.