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evelio rosero

dominga dionisiano (es)

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No era una mujer que necesitara cartas. Dormía sola, sin recibir visitas, y le agradaba jugar al solitario. Parecía taciturna, pero no lo era. Solía contarse bromas con frecuencia. Bromas que ella misma inventaba y en las que casi siempre era ella la protagonista perdedora.
Era joven, y viuda, y sin hijos. Su marido, el matarife del pueblo, había muerto del corazón. Nunca, en veinte años de amor, se había lavado él la sangre de las manos antes de acariciarla, lo que a ella le gustaba, porque tenía la delicada sensación de ser una vaca o una magnífica cerda próxima al sacrificio.
Así era de apasionada nuestra Dominga Dionisiano.
Pero su marido tuvo que morirse del corazón, y ella, para vivir, tuvo que reemplazarlo en su trabajo. Y todos los hombres de este pueblo, los íntegros y los deshonestos, afirman con la mano en la biblia que Dominga Dionisiano es mejor matarife que su difunto marido.
Que mata animales como si los besara, sin ningún dolor. Ningún lechón se ha lamentado con ella. Todos los animales agonizan complacidos. Hemos notado que es como si les hiciera el amor: se abre de piernas, los cubre con tierno ademán y usa el cuchillo al mismo tiempo que los ojos.
Los mata mientras los mira dulcemente.
Nosotros somos jóvenes y fuertes, y más de uno ha procurado hacer algo con Dominga Dionisiano. Aunque sabemos que ella es muy capaz de tumbarnos de un solo puñetazo. Mujeres como esta abundan en la tierra que nos vio nacer.
Y, sin embargo, ella ha preferido seguir sola en su casa, donde no hay otros pasos que los suyos y el único espejo la refleja a ella únicamente, y hay un retrato con la cara de ella cuando era niña, y un escapulario en la pared, pues ella reza, es devota de la Virgen de la Playa, y va a misa, y dicen que hasta el párroco está enamorado de ella, sin esperanzas, pero que ella nunca supo nada, eso dicen.
Y dicen también que fue ella quien mató realmente a su marido. Lo que es muy posible. Lo mató de amor. Y a quién no le gustaría morir de esa manera, pensamos, y bebemos cerveza tras cerveza, contemplando la fachada de geranios de su casa.
Rosados lechones tendríamos que ser, pensamos, para morir bajo sus piernas, sin protestar.
La noche llega. Dormimos solos, como ella, aunque muchos aseguran que el párroco no duerme a esta hora en la parroquia.
¿Quién puede saber?
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