el espejo pintado (es)
Una mañana lo escuchamos divagando: preguntaba si un espejo puede reflejar otro espejo, o si existe un mutuo reflejo, o si, por el contrario, el reflejo de los dos espejos se disuelve en el vacío. Era nuestro compañero de oficina y aquella reflexión extravagante, inútil, hizo que alguien se regodeara: «Refleja un principio de locura en tu cabeza, viejo». No le importó, y tuvo la confianza, un poco ingenua, de contarnos que había empleado la totalidad de su sueldo en la compra de un lienzo que mostraba un espejo ovalado; nos mostró el lienzo, cuyo espejo reflejaba un paisaje campestre, difuso, compuesto de un sendero de hojas amarillas; crecían los sauces y volaban colibríes, y un caminante (posiblemente un pescador) se desdibujaba aproximándose a nosotros a través de la espesura.
Meses después, cuando supimos —mediante una discreta noticia en el periódico— de su desaparición, debimos hacernos cargo de sus pocas pertenencias; nos correspondió aquel lienzo, aún sin enmarcar. Lo notamos bastante deteriorado y distinguimos una breve mancha en el cielo del paisaje, algo así como un sol, o una estrella cayendo. Miramos mejor y uno de nosotros adivinó: «Es una gota de sangre». Solo en ese momento pudimos verificar que el caminante del espejo no venía —como la primera vez— hacia nosotros; vimos que se alejaba, que aquella silueta escuálida y distante y casi móvil era la misma silueta de nuestro amigo. «Es él, en el espejo» exclamamos, y algo parecido a la envidia nos hizo recordar que ya era tiempo de volver a la oficina.