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evelio rosero

el guía (es)

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Avanza recordando la última llama del fogón de la cocina, su mujer que lo espera, la ceniza de las paredes, y el llanto de un hijo escondido tras la puerta. Es el guía. Transita sobre puentes tendidos entre abismos, sobre ríos, sobre niebla. Es silencioso, es de piedra. En su ruta sabe cuántas equivocaciones se cometen. No lo abruman las doradas extranjeras que se inclinan a preguntar cuándo llegamos. Es arisco —dicen de él—, una fiera, es como si odiara. Tantas y tantas veces el mismo camino, los mismos exploradores con cámaras de fotografía, las amazonas riéndose. Ellas se empecinan en retratarlo y él dice que no, pero sabe que tarde o temprano será retratado cuando orina, cuando medita la ruta debajo de la luna, o cuando envía cualquier gesto a las mulas de carga —como él, aburridas.
Su hijo será como él, guía, aunque los trenes ahora pululan, es cierto.
Extraña el calor de su mujer; recuerda con certeza su rostro, su blandura, su belleza descomunal, de selva negra, implacable, que siempre asombró a los forasteros y los animó al amor, amparados por el rostro indiferente y taciturno del guía. Y, sin embargo, él descubre, él entiende —en ella, en lo más recóndito de ella— su silenciosa manera de odiar a los exploradores —que muchas mañanas la sorprendieron debajo de la cascada.
Ella sabe que él lo sabe, y ambos hacen como si no lo supieran.
Los trenes ahora pululan, es cierto.
Esta vez el explorador de turno ha anunciado con sorna que el tren atravesará las montañas, en los próximos meses, que no hará falta ningún guía y ninguna muía de carga. Y se ha reído, sopesando con el rabillo del ojo la tremenda sombra femenina que se mueve en la cocina, dueña de una cadera amplia y un par de cántaros opulentos, fértiles y erguidos, cuyos pezones coloradotes hinchan un vestido casi trasparente. El guía escucha cómo hablan del tren, cómo elogian su embestida. El guía no niega, tampoco asiente, prepara la expedición, y mientras tanto su mujer se aleja a la cascada.
Los trenes ahora pululan, es cierto. Su hijo será fogonero.
Su mujer lo despide en una orilla del camino de herradura, mostrando en el indómito cabello una selva húmeda, manchada por florecitas acuáticas; ostenta una mirada plácida, de gata montuna, y asoma finalmente junto a ella el explorador, más pálido que una nube: jamás en toda una vida de epopeyas tuvo un sueño semejante, una aventura tan sabia, por lo elemental y telúrica; se sintió tan vivo que fue como si se muriera. Las extranjeras y los otros pasajeros muestran desde sus cabalgaduras una maliciosa indiferencia. El guía nada dice. No tiembla. No pestañea. Se observa con su mujer.
Tampoco ella flaquea; sus rodillas no se doblan, sus ojos no se acuestan: negros, más trasparentes que nunca, trepidan pasión a diestra y siniestra. Su pecho hierve y vibra, alto y enloquecido, al ritmo de un corazón volcánico. Pero acaso ella alude, acusadora, con el mismo terremoto de su cuerpo, al explorador que como tantos la sorprendió en el agua y la empujó a una orilla y la acabó de descifrar mediante la asfixia de un beso a toda prisa, largo y explosivo, que por sí solo parecía un tálamo. Mujer y guía saben qué aconteció. Y es como si ambos elogiaran el encuentro sucedido en la cascada: posiblemente la excusa íntima que necesitaban.
Han pasado seis horas, dos noches y dos días. Los abismos, los cóndores, los desfiladeros, las piedras que ruedan, el graznido animal de las extranjeras, ariscas y arrepentidas, y el lamento casi humano de una muía resbalando, los grandes ojos suplicantes.
En la noche abierta, mientras reposan los viajeros, cándidos y extenuados sobre un risco que parece de plomo, dejando en custodia sus vidas al guía taciturno —el hombre fiera que los protegerá sabiamente de todas las fieras—, una sombra cauta retrocede. Es el guía. Retrocede, solo; pisa sus mismas pisadas; su cuchillo corta las sogas de las bestias, arroja las cargas al abismo; la radio, las carpetas, los cuchillos y las escopetas; las cantimploras, el agua y el whisky, los enlatados; gorros y cerillas, botas, cepillos dentales; y sus dedos de acero desatan luego, tras de él, los amarres de los puentes colgantes, y regresa a su casa temblando en deseo hirviente, la piel erizada, montuno, tierno pero feroz, un felino que transcurre como sombra junto a los demás felinos, los gatos gigantes, las vigilantes serpientes, los pumas, las panteras, que casi lo saludan agradecidamente —relamiéndose de antemano por los nutrientes y blancos regalos.
Su mujer lo recibe en la puerta. Mojada en espuma. Ambos cuentan los billetes que él tomó como pago de las carteras, y aprecian con ojo de conocedores las cadenitas de oro que las extranjeras perdieron mientras dormían. Escucharán tarde o temprano las noticias por radio, anunciando el desaparecimiento de más exploradores. Y responderán con talante sereno las preguntas; dirán que ya no hay guías, que el tren no demora en llegar, que su hijo será fogonero.
Entonces ella nota enaltecida la fiebre tigruna, el deseo grande y espléndido del incomparable guía que vive a su lado; y se entrega, y vuelve a entregarse de nuevo, y otra vez, para que duerma, para que acaso resucite como ella.
El hijo que duerme será fogonero.
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