el perro no tiene la culpa (es)
Siempre que vamos donde Efrén, hay un problema con su perro: Efrén se queja del perro, el perro se queja de Efrén —es una máquina de ladrar—, nosotros damos la razón a Efrén, y el perro finaliza prisionero en el patio —ladrando para toda la eternidad—. Creemos hablar con Efrén nuestro vecino, Efrén el odontólogo, Efrén el solitario, coleccionista de campanas de cristal, y el perro ladra mientras tanto y no para de ladrar; es un gran perro negro, con una oreja amarilla, un doberman; su vozarrón estremece las ventanas de la sala, repercute en las campanas, en los tímpanos, los corazones. Efrén padece de nervios; a duras penas conversa; pone a sonar la trompeta de Armstrong, y ni modo: se impone el perro. Efrén escucha únicamente a su perro que ladra cosas solo inteligibles para ellos, creíbles solo para los dos. Efrén entiende cada insulto, cada palabra perruna cientos de veces repetida a lo largo de la visita. Efrén solo parece feliz cuando nos despedimos. Un día uno de nosotros le dijo: «Debieras cambiar de perro, Efrén», y Efrén no contestó, pero su gesto pareció rogarnos que jamás volviéramos a insinuar semejante posibilidad.
Efrén nos acompaña hasta la puerta, envuelto en su bata de seda —un bello actor de Hollywood con algo como un niño entre los gestos, pero imponente, se diría que mortífero—. «He de castigar ese perro» nos dice invariable, y sus manos se frotan vertiginosas, como animales aparte, nerviosas, monstruos de diez patas que quisieran vengarse de inmediato por sí solas y destrozar al perro de Efrén, oreja por oreja.
Efrén da un portazo, y luego oímos los aullidos del perro, sus gritos de protesta y sufrimiento, el ruido catastrófico de muebles y lamentos, todo el dolor del mundo en casa de Efrén. Tarde o temprano callarán, pensamos. Dormirán, como nosotros. La noche es la tregua. Nuestras mujeres no escuchan la remembranza de cada reunión; no asisten a las veladas en casa de Efrén. Son solidarias: desde que Sophie abandonó a Efrén, también nuestras esposas decidieron abandonarlo, a su manera, ignorándolo. Y cuando apareció el perro en la vida de Efrén, al oír las disputas entre amo y perro (imposible no oírlas, todos los vecinos somos testigos de oído) ellas amenazan con informar a la Sociedad Protectora de Animales. Nosotros preferimos proteger a Efrén, las disuadimos, es nuestro amigo, sin ese perro Efrén se mata, les decimos.
Además, ¿cómo denunciarlo? Cualquier fin de semana, en el parque, a la orilla de la iglesia, lo encontramos disfrutando de su perro, ambos sinceramente felices, uno al lado del otro, inseparables como dos cómplices. Efrén nos cuenta maravillas de su can. Ambos se confabulan; parece que se hicieran guiños. Ambos nos presentan, igual que inventores orgullosos de su invento, la irrefutable prueba de su inteligencia en común: el perro corre por la pelota, la trae y la entrega en las manos del radiante Efrén. Después Efrén extiende sus brazos como dos alas, se inclina, y el perro se impulsa y brinca por encima, regresa y vuelve a saltar —continuaría brincando por encima de Efrén toda su vida, hasta reventar, si Efrén no se compadece y finaliza ese número impecable, propio de un circo. Los niños del barrio, nuestros hijos, admiran a Efrén y su perro; tan pronto los ven salir a dar un paseo, los escoltan bulliciosos y demandan más actos: el salto por el aro, el baile del loco, el cojo, el remolque, el arrastrado, el borracho: el perro e bebe al final de cada acto una botella de cerveza que el mismo Efrén le escancia a guisa de tetero en el hocico. Y los aplausos no cesan, no cesan, y el acezante perro así habla cuando Efrén le da una palmadita cariñosa y le dice: «Eres el perro más perro de este mundo», mientras las cabeza de amo y perro se reúnen y acarician satisfechas por un minuto inmortal.
Nos sentimos felices de la felicidad de Efrén. No en vano recordamos, como buenos vecinos, que su mujer lo abandonó hace tres años, llevándose los dos niños y dejando como única noticia en el espejo de la sala un mensaje escrito con lápiz labial: «Eres lo más horrible que me tocó. Hubiera preferido nacer manca, o coja, o tuerta, a soportar tu voz. Mi abogado te llamará». Todo eso lo sabemos por boca del mismo Efrén. Nos indicó el mensaje, su rastro eterno en el espejo, pero ninguno de nosotros lo quiso leer, por pura discreción. Si visitamos a Efrén, nuestro odontólogo, a pesar de los escándalos del perro, es porque no a cualquiera lo abandona la mujer llevándose los hijos y, de paso, le deja en el espejo semejante despedida cruel.
Recordamos a Sophie, la fugada, la pérfida. Pequeña y delgada, suntuosa, de una ternura inexplicable, sus vestidos vaporosos parecían flotar cuando ella y el fornido Efren paseaban por el barrio de la mano y nos hablaban de sus gracias de amor; nosotros asentíamos; cómo se querían, qué pareja ideal, pensábamos, o lo dábamos a entender, con un convencimiento a medias, porque otras noches, cuando nos reuníamos a jugar cartas en casa de Efrén, la menuda Sophie y su titánico marido finalizaban entropelados bajo una garrotera de tercera guerra mundial. Si ella rompía un jarrón, Efrén rompía dos, sí ella liquidaba una máscara de porcelana, un lienzo y una campana, Efrén pulverizaba tres campanas y seis máscaras, y quién da más. Sophie era un huracán; la inexplicable ternura de su rostro nunca se alteraba y, sin embargo, su lenguaje recordaba los insultos hasta morir de los que han sido engañados en mitad del corazón. Tantas noches ocurrió -juzgamos ahora: parecían quererse tanto y se llamaban mutuamente Amor: «Amor, pásame la bandeja de choricitos», «¿Amor, quieres más brandy?», «Amor, qué gracioso, acabas de perder seis mil pesos y te ríes», y de improviso el incidente aparecía, no sabíamos por qué, ni cómo ni cuándo, jamás descubrimos las razones, pero algo dentro de ellos también se rompía, y su odio era un odio bíblico, empezaban a insultarse a grito herido y el desprecio los enaltecía: era increíble considerar que poco antes se tomaban de las manos y reían, se besaban igual que la primera vez.
Sufrían, seguramente, sufrían.
Eran noches irrecordables, que acababan con el juego o con el baile de sopetón: el gigantesco Efrén corría enfurecido detrás de la pequeña y ágil mujer; su mujer le arrojaba la casa a la cara, y nosotros detrás, apaciguándolos, pues ese era nuestro papel. Nunca vimos que Efrén la rozara en uno solo de sus cabellos: puede que eso a causa de nuestra presencia. A lo mejor ella aprovechaba cada reunión para vengarse de quién sabe qué tratos y perfidias de Efrén, o probablemente era Efrén la única víctima —pasiva y sorprendida— de los caprichos pendencieros de Sophie. Jamas pudimos esclarecerlo, y así los dejábamos, entre las máscaras rotas de la batalla, jadeantes, ineluctablemente hermosos, uno frente al otro, en su silencio fatal. Pero al día siguiente, o cualquier día, en el mercado o en la iglesia, podíamos distinguirlos tomados de la mano, sonrientes, casi alados, una pareja ideal, hasta esa noche de la fuga, cuando nos enteramos de la nota cruel y nos emborrachamos con Efrén, sin las mujeres. No la buscaré jamás —nos dijo Efrén—: tendrá que volver.
No volvió, y las semanas volaron. Efrén empeoró. Cada noche nos iba a decir que no lograba dormir, cada mañana que no quería despertar. Decía que se moría de sueño y le era imposible atender su consultorio. Su vida parecía la de un suicida a punto de planearlo todo. Se empezó a recuperar al año y medio de la fuga: un domingo por la mañana nos sorprendió retozando en el antejardín de su casa con aquel cachorro de doberman, negro y con una oreja amarilla. Se dedicó en alma entera a instruirlo, a llamarlo por su nombre infinitas veces infinitas, hasta que el perro comprendió que él también era dueño de un nombre.
Se llamaba Amor.
Se nos antojó un nombre algo irónico para un cachorro de perro —teniendo en cuenta el «alias» de Sophie—, pero después nos resultó un nombre verdaderamente cáustico para un perrazo como ese, que en poco tiempo creció más de lo que crece un ternero el mismo tiempo, y que nos hizo dudar de la civilidad de nuestro amigo: porque esa fiera negra era hija de la desesperación, la alentaba el odio, la impulsaban músculos entrenados para derribar, fulgía en sus ojos el desamor, y no desistía de mostrar los colmillos siempre que visitábamos a Efrén: nos podía matar. Era cierto que una sola palabra del amo bastaba para que la bestia huyera al patio, pero siempre furibunda, sin renunciar a ladrar. Su voz intransigente y dura y agria nos ofendía, y no paraba de refutar las órdenes que Efrén le gritaba para que callara, incluso en alemán.
Así hasta hoy, cuando la voz de Amor nos hiere y hace trizas cualquier conversación. Fastidia y mata; no es posible paladear a Duke Ellington con un perrazo detrás, monstruo sideral empecinado en cantar por su propia cuenta. El perrazo nos recibe impertérrito, como en un trono, junto a Efrén, sin ninguna cadena que lo domine. Nos arredra. Nos cuesta saludarlo y llamarlo Amor, y, aunque nos tiene plenamente identificados en nuestro olor —somos los últimos amigos de Efrén— no deja nunca de mostramos los colmillos, infinitamente furioso de nuestra presencia, se diría que celoso, oteluno, temeroso de que nos llevemos a Efrén a la casa de cualquiera de nosotros, donde haya paz para escuchar a Charlie Parker, jugar al póquer o hablar. En ese caso —si raptamos a Efrén—, el perro no cesa de aullar hasta su vuelta, y ladra y protesta de tal manera, con tanta paciencia o sevicia que su voz se pone ronca, se vuelve una voz desgarradora, casi humana, la voz de un viejo agonizando, un enfermo desahuciado que se lamenta para la posteridad, hasta la vuelta de Efrén. Debe ser por eso que Efrén ya no acepta más invitaciones a salir, y es como si una íntima tristeza en sus ojos invocara nuestra paciencia para entrar a cumplir con la visita. Es igual. Su perro no para de ladrar.
Nos avergüenza reconocerlo, pero no nos apetece visitar a Efrén. Visitarlo es un compromiso de lástima que las últimas semanas nos imponemos. Es posible que también al propio Efrén no le guste recibirnos, y su contrariedad su íntima contrariedad al vemos llegar de visita— sea olfateada por su perro, que se echa a ladrar y a repudiarnos, lanzando espumarajos de sinceridad. Sí, los perros son sinceros, más que sus amos; no comprenden la hipocresía de sus dueños cuando reciben visitas y sonríen y tienden la mano y en realidad quisieran echarnos a puntapiés y dar un portazo.
Justamente el portazo que arroja Efrén cuando nos vamos. Y lo oímos: se abalanza a otra batalla de aullidos y patadas con Amor. Por todo eso distanciamos las visitas, y las excusas abundan: el trabajo, la responsabilidad, los hijos crecen, nuestras barrigas crecen como los hijos, y crece la calvicie, se instauran los dientes postizos y las postizas sonrisas y ya uno de nosotros será operado dentro de poco: se puede morir. En todas partes, en todas las esquinas, ya sabemos que nos podemos morir, en cualquier instante, como insectos, como pollos, como perros. Como perros. ¿Por qué a nadie del barrio se le ocurrió matar al perro de Efrén? No nos lo podemos explicar; debe ser por la moral. Pues era posible envenenarlo, cómo no. Una gran pata de cerdo, cebada en estricnina, cayendo por azar en el patio, cualquier noche sin luna, desde una casa vecina… Pero es más fácil borrar de la memoria que matar, de modo que nos limitamos a saludar a Efrén con frialdad, si lo encontramos a boca de jarro, solo, o en compañía de Amor. O bebemos con él —por caridad— una cerveza distraída, en la tienda, mientras Amor nos vigila enroscado a los pies del amo, ambos impacientes por regresar al hogar. Poco a poco hemos ido olvidándonos de Efrén y de su Amor. Efrén es ahora un vecino más, lo saludamos con la mano, sin una palabra.
Y lo hemos olvidado para siempre cuando nos llega una invitación, esa invitación, semejante invitación, y por correo. Una invitación a casa de Efrén. Motivo: sus cuarenta años —la vejez, estamos muertos, la vejez—. Pero eso no es lo extraordinario. Lo extraordinario es que nos llegue la invitación por correo, a pesar de que vivamos en la misma cuadra, y que en la tarjeta dorada diga exactamente: «Los invito a los “Cuarenta” de Efrén el próximo julio 16, a las siete de la noche. Firmado: Amor». (Y, encima del nombre del perro, la inmensa «firma» en betún del propio perro, la planta de su enorme pata rugosa que Efrén debió untar en betún negro), una broma de Efrén, claro, una broma, se nos ocurre, más propia de un niño convidando a una fiesta de perros —cada niño con su perro— que la de un cuarentón normal. Pero nosotros no tenemos perros, solo hijos y mujeres y deudas, nada más, y estamos condenados: para creer que somos libres debemos cepillarnos los dientes y pagar. Es la noticia. Nos consultamos, lo confirmamos: todos hemos recibido la invitación de Amor, y en todas ellas aparece la horrible firma de la bestia, exigiendo nuestra presencia.
No queda otra alternativa que asistir.
Y nos recibe Efrén, y la sorpresa: Amor echado en la alfombra, plácido, como cuando cachorro, junto a la poltrona donde Efrén suele presidir sus reuniones. Amor bate la cola. Amor tranquilo, sosegado, tolerante. Amor sin fastidiar, libre de gritos y reclamos. Amor puro, de otro mundo: desde que llegamos, no ha ladrado una única vez. Es el asombro. Brindamos y bebemos, y Amor incluso parece dormitar, indiferente, de manera que su presencia se hace invisible y no demoramos en ignorarlo y charlar, charlar sin fatiga, como en los viejos tiempos, cuando éramos jóvenes. Alrededor, diseminados en la mesita, en los sillones, nuestros regalos convencionales: corbatas y pañuelos, libros y casetes, las cosas que hemos comprado pensando en Efrén y sus cuarenta. Y el regalo de un bromista: revistas pornográficas, condones por docenas, de todos los tamaños y colores —una subrepticia insinuación para que Efrén se busque otra mujer—. La botella de ron es reemplazada por otra, y sigue una tercera, sin consideración. Nos explayamos, vamos a la cocina por más hielo, pues ya no existe la amenaza canina. Nos sentamos a la mesa del comedor, donde las viandas descansan escondidas debajo de un mantel, a modo de sorpresa. Efrén, con gorro de chef, aparta el mantel de un solo tirón de mago feliz: un enorme salmón ahumado, del mismo largo de la mesa, nos aguarda, rosado y fastuoso, rodeado de papas asadas, rodajas de tomate y hojas de lechuga, y hay vino blanco francés y torta de limón, y después La bohemia de Aznavour, en la guitarra que uno de nosotros quiso estridentar. Volvemos a la sala, y Amor todavía profundo, reposado, debajo del humo de los cigarrillos. Ni siquiera el aroma del salmón lo inquietó.
—Una maravilla, el Amor, cuando está callado —bromeó por fin uno de nosotros, y no debió decirlo jamás. De inmediato la cara de Efrén enrojeció.
—¿Se dieron cuenta? —preguntó a todos y a ninguno. Y dijo, con otra voz, una voz como un rencor profundo, represado, dijo, después de un silencio que abrumaba—: Valió la pena.
Y, con la mano, espoleada por un gesto vivaz, tal vez la embriaguez, frotó la enorme cabeza del perro, y, para desgracia, lo pellizcó riendo en una de sus orejas. En la oreja amarilla, justo. La reacción de Amor no se hizo esperar: primero emitió un gemido —el pellizco debió ser brutal— y luego enseñó los dientes y lanzó un tarascazo a la mano que lo ofendía. Por un instante crucial el mismo Efrén pareció más aterrado que nosotros. Por un segundo como un siglo lo contemplamos. Palideció. Resultaba curioso su semblante de niño confundido, o daba pena su corpachón de gigante indoblegable, condenado a interrogaciones universales que no se hicieron para él, que él no podría responder jamás. El perro, de pronto amedrantado, intentó batir la cola —mirando fijo a su amo— y ponerse de pie —o de patas—, pero ya el golpe de Efrén lo había cruzado en pleno hocico. La mano sangraba.
—No, por Dios, Efrén —gritamos—. Otra vez no.
El perro retrocedió erizado. La patada que le tiró Efrén cayó de pleno en sus costillas. La sala se inundó de un olor como de muela podrida.
—Ya basta, Efrén —dijimos.
Sin resultado.
Otra patada remeció al perro, que retrocedía acorralado contra un mueble. Y ocurrió: por primera vez en su vida sus colmillos asomaron, dirigidos al amo, y sus ojos enrojecieron como carbones. Sus orejas se aguzaron. Una baba incipiente abrillantaba su hocico. Los pelos del cuello parecían puntillas. Nos espantamos. No solo porque de un momento a otro el inmenso perro podía abalanzarse al cuello de Efrén, sino al de cualquiera de nosotros, uno por uno, en seguidilla.
—Que no, Efrén —insistimos. Todos estábamos de pie.
—¿Me amenazas a mí, Amor? —gritaba Efrén—. Has mordido la mano que te alimenta, carajo, te voy a matar.
Tenso como cuerda a reventar, los ojos dos espinas, los dientes pelados, el perro como pudo logró reptar por debajo de los muebles y correr al patio. Efrén lo seguía, desbaratándolo todo a su paso. De vez en cuando el animal pedía perdón con un quejido humano, pero se revolvía y lanzaba otra dentellada, que, de ser más resuelta y empinada, hubiese atrapado a Efrén. Y ya Efrén no se cuidaba. Lo asediaba la realidad de una casa a solas, con un perro tan solo como él. Tampoco le importó que abandonáramos la casa maldiciendo y prometiendo no regresar. Nosotros mismos cerramos la puerta de un golpazo, y nos dirigimos sin despedirnos a nuestras casas, procurando no oír los aullidos del perro, los gritos del amo, gritos y ladridos como lloros de ultramundo, todo el dolor del mundo en casa de Efrén.
Fue una velada que por fuerza recordamos en la intimidad de las alcobas conyugales, más decepcionados que coléricos. En cierto modo, ahora sí que estábamos de parte de Amor. A nadie le gusta que lo despierten con un pellizco en la oreja amarilla, por favor.
El domingo después, Efrén y su perro se paseaban por el parque como cómplices. Parsimoniosos. Etéreos. Nos creímos obligados a saludar a Efrén, o, mejor, saludar a Amor, que nos batía la cola, ese pedacito de cola de doberman; batía su cola, la batía: un milagro de Dios. Había que corresponder; fuimos sus invitados. Nos acercamos. Efrén tenía su mano derecha vendada, pero no parecía recordar por qué. Ni siquiera pidió disculpas, como exige el civismo, por la última guerra de hogar entre él y su perro. No. Su boca reía, sin sonido. Sus ojos nos miraban como quien mira de lejos, mientras se columpia desde más lejos en un columpio más lejos, eternamente niño. Al tiempo, Amor nos saludaba, amigable, la negra lengua afuera igual que una risotada; giraba alrededor, daba saltos, se botaba a tierra y rascaba su lomo contra la hierba húmeda, no rezumaba energía, rezumaba alegría. El sol se ocultó repentino detrás de las nubes. Un gran trueno gris se rompió en las alturas, iba a llover en Bogotá —otra vez como otra vez—. Eso, a Efrén, no lo importunó; buscó algo en la orilla de un árbol, y enarboló una rama, solo una rama de sauce, reseca, sin muchas hojas: nos mostró la rama y sonrió. La clara inocencia de su sonrisa no la olvidaremos jamás. Era la prueba eterna: Efrén arrojó la rama, con gran fuerza, hacia lo alto, igual que una bola de béisbol después de un jonrón, y el perro corrió diligente, saltó como un látigo, la capturó en el aire, aterrizó con todo y rama a tierra y allí se quedó, inmóvil, sobre sus cuatro patas.
Lejos y cerca de nosotros.
Tenía prensada la rama en los dientes y se quedó observándonos un buen rato desde su sitio. Efrén también lo observaba. Empezó a llover. Primero una lluvia leve; después un chubasco metálico, intempestivo. El perro soltó la rama y Efrén se anudó las manos, como idiotizado. Su boca se abrió. Pensamos que iba a dar una orden, «trae esa rama», o sencillamente: «Ven, Amor». No dijo nada. Se siguió contemplando con su perro durante segundos cruciales. Avanzó entonces un paso y el perro, a su vez, se alejó otro paso. Efrén se petrificó. Y el perro echó a correr, a huir bajo la tormenta, a huir cada vez más lejos por el parque. Lo vimos atravesar la calle y desaparecer.