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evelio rosero

el último ser (es)

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Lo conocí durante varias tardes, en un hotel de Ciudad de México. Lo conocí —si es posible conocer a un hombre por lo que dice— desde nuestra primera charla en la terraza: una luna grande asomaba entre las nubes. Me había dicho, con voz ronca y muy lenta, que se sentía pertenecer a la luna, que estuvo contemplándola desde que tuvo razón de ser —así dijo—, desde que supo que él estaba en tierra y ella no. Me disponía a sonreír cuando me detuvo su aspecto convencido, grave y endurecido, de paralítico taciturno. Detuve la burla y guardé silencio: no me gusta interferir en el convencimiento de los demás. Además, me aburre contradecir; no soy elocuente y generalmente pienso en otras cosas cuando me hablan. Es inevitable: soy un pésimo interlocutor.
Continuó hablándome de la luna —como si se tratara de una mujer— y yo me dediqué a recordar cosas que nada tuvieran que ver con esa tan recurrida metáfora.
Una tarde, instigado por las discretas murmuraciones de los ocupantes del hotel, lo busqué en la terraza y decidí enfrentar la pregunta: «Señor», le dije, «¿es cierto que usted es de cera?». Se encontraba esperando, como siempre, la aparición de la luna. Un gato gris ronroneaba plácido en sus rodillas. Aguardé un asomo de sonrisa en sus labios. No ocurrió. Levantó hacia mí los ojos grandes, iluminados de una inocencia azul. Me dijo: «Sí. Si usted quiere creerlo». Y acarició el lomo de algodón de su gato, ahora dormitando en su pecho. De pronto me vi inclinado hacia él, estrechándole una mano con fuerza. Nada noté. Su mano no rechazó mi presión. Era una mano cálida y lisa. De pronto volví a verme inclinado, buscando en su espalda la clave, el mecanismo con el que su inventor lo ponía en movimiento y lo hacía hablar. Nada encontré. Retrocedí un paso, asombrado de mis propias indagaciones. Se nos aproximaba una mujer. Él sonrió, mirándola. Cuando ella estuvo cerca, le dijo: «Ha descubierto que soy de cera».
«¡Ah!», se admiró ella, llevándose una mano a la boca. En ese momento la terraza entera se llenó de gente, hombres y mujeres contemplándome en silencio; formaban un círculo muy próximo, estrechándose más. «Eres el último» se escuchó decir, al unísono. Pero nadie había abierto la boca para decirlo, era como si todos lo hubiesen pensado.
Miré al gato en la silla, desperezándose. Sus ojos fríos me buscaban, amarillos y sin vida.
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