ella y los perros (es)
Los perros con ella quieren comunicarse: olfatean que hay algo idéntico: la sinceridad de los ojos. Todas las noches ella va tras de los perros, aunque no lo sabe. Es una sonámbula. Para ella viven solamente los perros, arquetipos de sus sueños, de todo su amor. Cuando duerme, mientras sueña, los acaricia, les ladra, y ellos la siguen para olfatearla, y se pelean crudos y sangrientos, y queda el más grande, el más feroz, el demoniaco, iridiscente, de pelos de cobre y rabo de azufre, y la posee, y la poseen los demás perros, uno por uno, y ella los deja hacer, complaciente. Ella los huele. Ella ruge. Ella los muerde; ruega a dentelladas que no la dejen, que siga el sueño para siempre. Pero el sueño desaparece, y cada mañana suya es pavorosa: ahí está su cuerpo, su carne abandonada que perece. Sigue esperando a que el ansia de este amor tan imposible desaparezca con ella. Se lamenta: esta es la trampa más horrible, la peor de las ocurrencias, disparate de Dios, enfermedad, alucinación, despilfarro del sol que se me entrega, al nacer. Eso dice, cuando va a dormir. Ella trata de entenderse con lástima: si tuviera un rabo de perro sería feliz. Batiría su cola ante el espejo. Creería en Dios, lloraría en paz, moriría con fe.