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evelio rosero

fátima (es)

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Conocí a Fátima. Un péndulo a punto de quedarse quieto. Fumaba hojitas de té. Recurría a los somníferos. Comía mandarinas mojadas en vino. Se columpiaba de noche, sin protegerse del frío, en el rincón más oscuro del parque. Era feliz asomándose desnuda a la ventana para que los muchachos pasearan en ella los ojos anhelantes, pero Fátima reía y jamás «lo dejó ver todo». A pesar del sopor de la droga, no dejó de asistir a misa. La conmovían profundamente las iglesias por el olor a incienso y las luces de los cirios en el altar, las gruesas velas en papel rojo y amarillo que se derretían produciendo sombras y chasquidos, el silencio que flotaba a la hora de la Elevación. Decía ser una adoradora del silencio. Pasaba amaneceres enteros en el parque, prendiéndose con el cielo que se prendía y adivinando cada forma a cada nube y riendo: «Esa nube es una pirámide egipcia, ahora es una máquina de coser». Tal vez la culpa la tuvo su pasión, o su fervor, esas como ansias inauditas… esa pugna. Cuando guardaba luto por la muerte de su abuelo, corrió a mostrarnos las dos trenzas largas y delgadas que de su cabeza caían sobre la negra blusa como dos cintas de color oro viejo, dos ramas que se empeñó en señalarnos, hundidas entre la abertura de su blusa, alrededor de sus pechos desnudos. Así era Fátima. Le encantaba arrancar las hojas de su calendario, colgado detrás de la puerta. Nos asombraba que arrancando los días experimentara tal inocente alegría: decía que era dueña del tiempo. Se fingía sonámbula, los brazos echados adelante y el cuerpo adormecido transpirando un mundo propio, de juguete, ese mundo al que nadie nunca pudo acusar de artificio, ni siquiera contemplando los ojos idos y el semblante alucinado de Fátima, o la metálica pasta que se escurría de las comisuras de su boca cuando quería cantar. Era de vidrio: podría rompérsela con un grito, con una palabra indiscreta.
Hoy no acabo de aceptar si tengo frente a mí a la misma Fátima que reía cuando la invitábamos a beber vodka, con una jarra de jugo de tomate —pues quería sangre pura.
Inútil decir que se amó a sí misma. Inútil comprobar ahora que está en su silencio y que es con el silencio como todos le hablamos, observando atónitos su mudez de péndulo quieto, de péndulo que se ha estatizado por sí mismo, a su manera, entre la asfixia de un cuarto diminuto invadido por el humo de sahumerios.
Yo me acerco.
Fátima parece asomarse, pero ya no muestra su cuerpo desnudo. Solo su rostro. Su rostro únicamente.
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