fin del mundo (es)
Soy el personaje de uno de los sueños de Blanca. Ella me sueña los primeros viernes de cada mes, en medio de noches tibias y temblorosas, como si esa increíble coincidencia tuviese que ver con los ataques epilépticos que Blanca sufre todo primer viernes, entre convulsiones y remedios a los que ya está acostumbrada para aplacar la furia y maldición de la epilepsia. No es culpa mía que yo sea un personaje tan horrible para Blanca; es que ella quiere imaginarme así, y hasta tuvo la idea de crearme un nombre estremecedor, me llama el repugnante enanito del sueño, y en verdad soy un enanito que da miedo, de cabeza protuberante, vestido de frac (igual que los artistas de cine que Blanca admiraba cuando niña), dueño de un bigote grotesco, tan áspero que la hiero al besarla en las mejillas. Estoy libre de culpa porque es ella quien se empeña en soñarme así, un enano repugnante, oloroso a heno, oloroso a establo, que debe hacer una flexión en los bordes de su lecho para lograr subir y acostarse con ella, que la muerde sin compasión y es feliz cuando ella tiembla ante la cruel expectativa de una caricia monstruosa, la certidumbre lujuriosa de que le voy a hacer el amor, pobre Blanca.
Pero cuando trepo por su cuerpo blandujo y rosado, cercano al danzón de la epilepsia, cuando emito esos gemidos enjuagados en saliva verde, cuello mis manos afiladas en su cuello, Blanca da un grito y despierta y entonces yo debo retornar al mundo de los sueños (a la espera del próximo primer viernes), lloroso de rabia y resentimiento, mientras en el mundo real Blanca comenta los incidentes de sueño del enanito a sus padres y a su abuela y también al viejo panadero de su barrio que consuela a Blanca diciendo: «Es un sueño y nada más».
Blanca, óyeme, no podría existir sin que me sueñes, la tristeza tuya me redime, ¿por qué me imaginaste un enanito horrible?, repito que no es mi culpa, tengo la inocencia de una pulga, si soy tu sueño inevitable suéñame, ¿qué otra cosa puedes hacer?, soy soñado y tú me sueñas, escúchame, cuando en el sueño que viene te desnude no voy a permitir que despiertes, te dormiré con mi aliento para siempre, y si despiertas yo también despertaré contigo para amarte como quiero, como debo hacerlo.
Blanca duerme, ya las sábanas inundan de calor su cuerpo, ya se cierran sus párpados calientes, toda ella huele a calor. Me hago visible en el ignoto escenario de su noche, correteando de un lado para otro con mi frac negro impecable, y soy real, por fin, tan real como ella misma cuando sueña, soy real y trepo al lecho donde duerme y me escurro como un aire entre sus pechos y mi bigote puntiagudo tiembla, mi bigote recién untado de gomina que besa con ásperas cosquillas las axilas de Blanca en medio de repugnantes estallidos de alegría y exclamaciones obscenas que brotan de mi garganta porque es Blanca quien lo quiere, y la desnudo a dentelladas y Blanca no lo tol era más y da un grito para despertarse pero yo también grito y con todas las fuerzas de mi garganta minúscula porque no deseo dormir en el mundo de los sueños, porque no deseo resbalar al laberinto de la espera, y es así como aparezco sentado realmente en los hombros de Blanca que me dice, entrecortada: «No es cierto, no eres de verdad», y se sacude y me re chaza y corre a abrir la puerta pero yo la atrapo en el dintel y juntos romos por la alfombra, yo empecinado en hacerle un amor de murmullos que incendian de voluptuosidad su piyama, Blanca zarandeándose en el más pobre entendimiento: «No e cierto, no». Entonces llegan los padres de Blanca y nada logran hacer para ayudarla porque ellos igualmente son perseguidos por sus sueños que se pasean como yo por los salones y las calles, entre valles y montañas, llenando los espacios de aves y reptiles y se res extraordinarios, muñecos de silueta gelatinosa, máquinas con el vientre repleto de ruido, gigantes de humo que ocasionan los desastres más insólitos.
Persigo a Blanca por los aposentos de su casa, damos botes en la interminable escalera, evitamos el incendio de los árboles del patio y salimos a la calle, aullando el más romántico episodio de la historia. Contemplo extasiado a mi desdichada Blanca que retrocede atemoriza da porque una mole semioscura pasa brincando frente a ella: es un pan de prodigiosas dimensiones seguido por el viejo panadero que repite: «Es un sueño, pero es mío, de nadie más». Blanca dobla por la esquina sin dejar de constatar que todos los rincones se atiborran de mujeres extrañas, de una desnudez como neblina, de insectos que brillan y hombres sin espalda y animales de la era más remota. Blanca da otro grito pero nada cambia, termina exhausta (su inocencia causa lástima), mientras cientos de sueños muy distintos adquieren su emancipación como ciudadanos y animales o artefactos, porque ya nada se puede hacer sino integrarlos, porque saltaron el umbral separador de los dos mundos y son como hermanos que regresan desde lejos a sus hogares y entonces hay que recibirlos. Es reconfortante que los sueños como yo existan y adquieran sus derechos en el mundo.
Pero Blanca no puede soportarlo, sus piernas salpicadas de cieno tiemblan, es como si ella entera se disolviera en medio de la algarabía de las aves sin pluma, de las metálicas aves, ha caído con las manos cubriéndose los ojos, la infeliz convulsionada y epiléptica, tú y yo muriendo, solo a ti se te ocurrió soñarme y es por eso que voy a perseguirte como esclavo, pugnando por amarte, hasta que desfallezcamos juntos, hasta que el mundo, por atreverse a soñar con otro mundo, no pueda resistir tanto peso y se hunda en el abismo del universo.