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evelio rosero

instrucciones para romper una guitarra (es)

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Hay que mirarla tiernamente, sobre todo. Después intentar convencerla de que no es una guitarra, que es sencillamente una paloma de madera. Se la abraza, suavemente, sin el clásico temor de los intérpretes. Enseguida, casi sin su permiso, se la levanta de un giro y se busca en qué cielo estrellarla, para que suene eternamente. A las guitarras les fascina que las rompan, pero lo mismo no ocurre con sus dueños, incapaces de comprender estos simbólicos deseos. Yo, por ejemplo, he inmolado cientos de guitarras, a la salud de la sabiduría; pero en el empeño he perdido cientos de amigos; no soy un invitado que se espera en cualquier parte. La última vez estuve en la cárcel: se trataba de la guitarra de un carcelero; me fue imposible entender que un carcelero, insensible manipulador de cadáveres, lograra tocar impunemente una guitarra; y su misma guitarra, estéril, muy blanca, sufría al encarnar esa dialéctica. De modo que ella misma me lo dijo: «Rómpeme», y yo la estrellé en la primera cabeza que vi: la cabeza de un ángel de porcelana. Ahora, pues, ya no hay más guitarras en esta ciudad, ni ángeles, ni alas. Todas las guitarras las he roto, con la venia de Poe y de Lowry, alcohólicos majestuosos. Es por eso que existe una música bastante extraña en el aire, son ellas, las guitarras, escúchenlas: suenan en lo ignoto de todas las conciencias, entre las venas, dentro de la sangre. En esta ciudad los fabricantes de guitarras decidieron fabricar pianos; ya tengo fama: se sabe de mi compulsa manera de saludar la mañana: salgo a la calle y rompo una guitarra en la primera cabeza de ángel que yo vea. Todo mi sueldo lo empleo en mandar a traer, desde países distantes, guitarras azules y tibias, frías y cálidas, morenas y amarillas, rubias y delgadas. Y es por esto que mi novia, quiero contarles, se fue hace más de veinte años. Estaba desesperada de mi búsqueda de guitarras. Me dijo: «Yo, o las guitarras». Le dije: «Las guitarras». Les garantizo que es fácil cambiar una novia por una guitarra; pueden intentarlo. Una guitarra es silenciosa, suena cuando nosotros queremos; para romperla pueden ser necesarios, si es nuestro deseo, más de muchos años, lo que implica que son duraderas —si es nuestro deseo. Una guitarra sigue sonando, brillante de agua, muy digna y muy noble, aunque tenga un roto como una estrella boreal en la espalda.
Yo mismo he finalizado construyendo mi propia guitarra; es fuerte y comprensiva, acorde con mi carácter. Es bueno contemplarla cuando hay luna y cae el granizo detrás de la ventana. Nos entendemos muy bien: ella lamentándose y yo escuchándola; de eso está hecha la vida, de guitarras que se dejan romper durante años y de lentos asesinos de guitarras. Quiero aclarar: no me interesan los violines ni las puertas, no estoy pensando seriamente en las ventanas. Soy fiel: qué sería de mi vida sin la frágil posibilidad de una guitarra.
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