juancho se llama la marioneta (es)
Un día cumple años y le regalan una marioneta. La encuentra por sorpresa, recostada estratégicamente sobre uno de los almohadones del lecho en actitud que se le antoja obscena porque parece un humano, un muñeco humanizado y deseoso. La contempla atentamente descubriendo entre sus costuras un recorte de papel que dice: «Juancho se llama la marioneta».
Juancho tiene rostro de payaso triste: su peluquín rubio, sus cejas de color negro son enormes, su nariz una pelota roja que entreoculta la tristeza de la boca —una línea azul con forma de U invertida— y el atuendo un vestido de oficinista, corbata de puntos y chaqueta y pantalones de paño. Juancho como ella parecen mirarse fijamente durante un segundo. «Tiene que ser un regalo de la oficina», piensa, «¿pero cómo llegó a mi cama?». Y, sin lograr dilucidar ese misterio, camina agotada a la cocina a preparar el chocolate de la noche; de paso arroja cartera y gabardina en un sofá, sintiéndose de repente extraña y con frío: Tengo mi vida en una mano —recuerda un poema de su juventud— y toda mi vida es como de agua.
En eso se encienden las luces del resto del apartamento y una serpentina cruza volando frente a sus ojos, hay una explosión de risas y un revuelo de confeti en sus cabellos.
Siente miedo, pero luego, aliviada, descubre a cada uno de sus compañeros de oficina cantando «happy birthday» y palmoteando aquí y allá el estruendo y el jolgorio. Simula reír. Por dentro experimenta un cansancio vacío: ahora tendré que preparar un coctel, los platos fríos, pasabocas, esto debe ser obra del pesado de Pico.
Pico desplaza su ovoide cuerpo hacia ella y recita: «Viviana, querida, luz y calor de la oficina, en nombre de tus amigos de cada día, Carlos, María Duque, Raquelita y yo, y también de tus veintiquince años…». Un fragor de carcajadas sigue a estas palabras. Conduce a los imprevistos visitantes hasta la sala de recibo —donde la esperan las cajas de bombones y los regalos diminutos que seguramente esconden anillos de fantasía— y los hace acomodar mientras pregunta con esa voz de lino que muchas veces ensayó ayudada por una grabadora, les pregunta cómo pudieron entrar al apartamento, qué susto me dieron, qué quieren beber, quieren un refresco o quieren una copa de…
—Yo te quiero a ti. —El chillinesco de Pico aferra su cintura y obligada baila con él un vallenato improvisado que Carlos remueve en su acordeón. Pico explica cómo convenció a la portera del edificio para que les permitiera entrar, usando la llave maestra-: Tuve que seducirla con un beso.
Todos ríen -menos su soledad, de pie en la cocina, frente al fogón donde el chocolate acaba de desbordarse; retorna el cotidiano dolor en el diente postizo, cuánto desánimo; María Duque llega preguntando «¿Ayudo?». Ella acepta resignada una copa de vino y escucha la pregunta de todas las tardes: «Viviana, ¿cómo sigues con Juancho Ortiz? Le fue imposible venir, que saludos, que mañana…».
Mañana, mañana, siempre el mismo, Juancho Ortiz. Piensa en el doctor Ortiz, en sus ojos que compara con los ojos de los búhos, posados en su rostro, asediándola, el aliento del doctor, ese olor mezcla de tabaco, saliva y chicle, el aliento que cada tarde aparece flotando sobre su nuca, estremeciéndola: «Lucía, qué tal ese trabajo», «Bien, doctor, bien», el aliento como yema invisible filtrándose por entre los oídos y blusa, aquella tibieza sensual y húmeda, pero después nada, cambio rotundo, el doctor Ortiz sigue siendo el doctor, sin que se atreva a ir más allá del «Si quiere yo la acompaño», de un «Tomemos un café», del inolvidable «Usted merece un día de descanso», frases que ella guarda en la memoria como un rosario de insinuaciones. Vuelve con María Duque a la sala y recibe otra copa de vino. Recuerda la tarde en que Juancho Ortiz, mirándola otra vez con la fijeza escrutadora de los búhos, se acercó a ella más que de costumbre y le dijo, recorriendo sus pechos y cintura: «¿Por qué no cambia su manera de vestir?», y después los muslos, las pantorrillas: «Y esos zapatos de tacón, ¿no son muy grandes?», y, por último, con una muy leve caricia en sus hombros: «Viviana, no pierda esa exótica belleza». Abandonó al momento la oficina, resentida, con la excusa de ir al baño; casi deseó presentar la renuncia y no volver, era mejor regresar a la pequeña ciudad donde nació, nuevamente al Colegio-Fundación para Huérfanas y preparar (como si aún fuera la colegiala pecosa y desgarbada, autora de poemas ingenuos) el almuerzo general en la cuadrilla de los almuerzos.
No hay consuelo en el recuerdo. No renunció. El lunes siguiente se presentó a trabajar estrenando un vestido de fina telilla que se pegaba a su piel y delineaba sus muslos y pechos; el dinero empleado para comprarlo era el residuo de sus ahorros; nunca creyó dar con el atrevimiento de comprar vestidos semitransparentes que ciñeran así los senos. Sin embargo, el doctor Ortiz apenas se inmutó; lo sentía como una mancha negra que paseaba de aquí para allá, igual que el gigante egoísta de los cuentos, un perfil que echaba humo, círculos de humo, los brazos cruzados y la constante orden: «Necesito las copias del Contrato Cincuenta hoy por la tarde».
¡Viviana! Despierta sobresaltada del recuerdo, es su noche de sobresaltos; vociferan los amigos y desenlazan regalos y más regalos, algunos ya abiertos, vuelan cerca de ella pañoletas, medias veladas y rojos calzones de seda, los frascos de crema y perfume son dispuestos en pirámide por Pico arrodillado, riente incesante, suena la radiola, Carlos y María Duque bailan estrechos un pasodoble, Raquelita adivina el futuro en el fondo de una taza de chocolate.
—Por favor, quiero descansar —dice sin saber cómo. Pico se vuelve radiante, su nariz más roja y sudorosa que nunca:
—Ajá, ya descubriste nuestro regalo —dice—, qui te pareció ese prototipo.
—No entiendo —responde-. Solo voy a descansar. Ustedes hagan lo que quieran.
Rechaza a Pico, enfurruñada, y Pico da un grito de lástima y luego un giro y se lanza a bailar con una botella de vino a modo de pareja. Ella se encoge de hombros y va a su habitación, cierra la puerta para acallar los bajos de la orquesta que retumba, el choque de una que otra copa rota, las risas. Ahora hace calor, piensa, y se dice: Todo es tan extraño. Cree comprender que lo enteramente extraño vive y tiembla en la soledad cotidiana de esa cama doble donde muere cada noche, consumida, ensimismada, suspirante. Y un grito brota desde lo hondo de ella, pero pronto vuelve la calma: solo es la marioneta a su lado, el brazo de Juancho que tantea inerte su cintura, solo es el otro cuerpo de tela y algodón de la marioneta —su sobrecogimiento—, debajo de ti la marioneta, Juancho se llama la marioneta, el muñeco que parece agazaparse contra su blanda y blanca desnudez como un animal frío, el muñeco que sin sangre alguna te abarca, poseyéndote, y es entonces cuando se acallan las exclamaciones de afuera y enmudece por completo el porro, el ritmo de las palmas, los amigos de oficina cuchichean y caminan en punta de pies para asomarse a la ventana de su cuarto y acecharla, cómplices todos, con los sopores del vino en los ojos, quieren saber cómo duermes, Viviana, acompañada de un regalo.