KorimbaDonate

Robots - ROMs - Stories

AuthorsStories

evelio rosero

la aparición (es)

Save as PDF
Las moscas llegaron un día. Bastaron para que mamá nos dijera que alguien se iba a morir. Papá espantaba las moscas; pretendía inútilmente que salieran por las ventanas.
—Ningún aviso de muerte —decía—, es el basurero.
—Es lo mismo —dijo mi hermano, y salió de la casa dando un portazo.
A una orilla del barrio, en el vasto potrero, no entraban los camiones para llevarse la basura sino para dejarla. Montones de basura se hacinaban sin orden ni concierto. Cuando quisimos protestar ya era tarde. El basurero no daba abasto; eran colinas de basura creciendo al cielo. Con las moscas apareció el primer muerto, en la distante orilla. El segundo no amaneció tan lejos: su cabeza destacaba como una flor monstruosa entre bolsas de desperdicios; los gallinazos la picoteaban. Los vecinos, acodados a la empalizada, se estuvieron toda la mañana contemplando la cabeza. Al fin llegaron las autoridades, tres policías y un fiscal. Practicaron el levantamiento del cadáver. Lo desenterraron de entre la podredumbre, cubriéndose las narices con sus pañuelos.
Después se hizo costumbre el levantamiento de otros cadáveres, que los vecinos, turnándose, denunciaban a las autoridades. Aumentaron los muertos día a día. En poco tiempo nuestro barrio, La Florida, se rebautizó en Bogotá como El Cementerio. No era un barrio de gente adinerada, pero tampoco pobre. Teníamos agua potable, luz, teléfono. A los vecinos más antiguos les parecía increíble que el potrero, donde no hacía mucho jugaban fútbol, se hubiese convertido en ese basurero como un animal creciendo, a la espera de más muertos.
Nadie sabía, y nadie se atrevía a averiguarlo, quién traía los cadáveres, o quiénes: los asesinos debían ser tan disímiles como los muertos, venidos desde todos los puntos cardinales. Era posible que los camiones de basura, contratados por la alcaldía, resultaran los únicos transportadores, porque los cadáveres ya venían empacados en bolsas oscuras, desde los mismos sitios del crimen. Antes de que los muertos resultaran más que los vivos, muchos del barrio empezaron a desertar. Pues no valieron las quejas a la alcaldía, las cartas de protesta, los cinco minutos que un noticiero destinó a registrar un levantamiento de cadáver.
Yo era el único que se atrevía a pasear dentro del basurero. Había descubierto que en horas de la tarde una brisa tenue se llevaba los malos olores. Había descubierto un lugar como un refugio en donde una docena de llantas de tractor reventadas, aglomeradas como una pared, me protegía de la inmediata proximidad de la basura. Allí dormitaba al sol de la tarde, debajo del viento que purificaba las cosas. Entrecerraba los ojos y creía hallarme en las dunas de un desierto. Allí soñaba, a menudo. Allí, al despertar, me sentía realmente solo en el barrio, sin padres ni hermano. Allí encontré, en diferentes travesías, un reloj de bolsillo que todavía daba la hora, un anillo de mujer, de oro puro, y un libro de Julio Verne, de tapas duras, cuyas hojas de filo dorado escondían las fotos de una mujer desnuda, pintarrajeada, entristecida, o embrutecida, hundida en un lecho de plumas.
Vendí el anillo de oro al tendero. Las fotos las guardé como reliquias debajo del colchón de mi cama.
Había dejado el colegio para ayudar a papá con su trabajo de repartidor. Cada mañana salíamos en la vieja furgoneta a distribuir los encargos de las pequeñas empresas que nos contrataban; a veces eran trasteos efímeros, mudanzas de recién divorciados —una cama, un armario, tres o cuatro sillas, una lámpara rota—, instrumentos de músicos a la deriva —incluidos los músicos, el piano y el pianista detrás, la cabeza vencida—, antiguos zapatos de una zapatería, máquinas de coser, camisas y abrigos, otras basuras, pensaba yo, otras basuras. Mi más alta aspiración consistía en que un día papá se decidiera a «soltarme» la furgoneta, pues ya sabía manejar: en menos de un mes cumpliría dieciocho y recibiría mi permiso de conducir. Mi hermano trabajaba en una oficina de abogados; estudiaba Derecho en las noches y era la esperanza de la familia. Mamá se hacía cargo de la cocina.
Nadie sino yo ayudaba a papá.
A fines de ese mes papá me «soltó» la furgoneta y yo la choqué. Estrenaba mi permiso de conducir. Papá, que iba a mi lado, me sacó a coscorrones de la cabina. Echó reversa y me dejó solo, en plena autopista sur. El choque no fue grave: creí que la furgoneta iba por donde yo la dirigía, pero la rueda izquierda golpeó contra el sardinel y la furgoneta entera trepó con un bufido y pegó contra un poste de alumbrado. El parachoques quedó como una C. Todavía aturdido por los golpes de papá, eché a caminar en dirección al basurero, que era la misma dirección de mi casa. Me puse a pensar que mi casa era realmente el basurero, y que hacia allí me dirigía, a mi casa, a mi país, el basurero. No quería dar la cara a mamá y explicar lo sucedido. Lloraría, diría como siempre que yo era su cruz.
El basurero creció, repentino, a mis ojos: ¿y si debajo de esa montaña de escombros encontraba una furgoneta, seguramente carcomida por el óxido, pero que yo pondría a punto? El motor se encendería, al fin. Sí. No. Un día estos encontraría un muerto, era eso lo único que encontraría.
Ese día, a la hora del almuerzo, nadie en mi casa recordó el choque de la furgoneta: mi hermano hacía la maleta.
—Me voy —dijo.
Papá iba de un lado a otro, las manos en los bolsillos. Daba suspiros. Mamá lloraba en el sofá.
—No te preocupes, mamá —dijo mi hermano—. Tan pronto pueda mando por ustedes.
Se despidió de ella y de papá. De mí no se despidió. Un taxi lo esperaba a la puerta.
De nuevo fui al basurero. Había mucha gente acodada a la empalizada, los policías, el eterno fiscal que dirigía a operación.
Era otro muerto que se llevaban.
Se trataba de un muerto tan joven como yo; las cejas espesas, un pronunciado bozo encima de los labios, los ojos abiertos y negros, como si me estuviese mirando solo a mí, como si detrás de la muerte me advirtiera de algo.
—Qué vida —dijo un vecino—, ¿en dónde está el alcalde? Que venga el alcalde, carajo.
Muchas voces corearon, que venga, que venga aquí. Corpachones doblados, rostros agrios, los ojos enrojecidos, las manos velludas asidas a los postes de la empalizada. Indiferentes, los policías y el fiscal subieron al carro. Con ellos cadáver desapareció.
Un mediodía, sentado en la tierra, la espalda contra una destrozada rueda de tractor, los brazos detrás de la cabeza, hundido en la fatiga, oí el camión de basura que ingresaba por la orilla; el alboroto dispersó bandadas de gallinazos, solo un instante, porque de nuevo las aves se posaron alrededor. Y a oía el fragor del motor muy cerca, un estallido ensordecedor; no tuve tiempo de levantarme porque la enorme descarga de bolsas me anegó, eran bolsas de cuerpos que empezaron a cubrirme; me fue imposible salir de entre esa marejada de piernas y brazos y cabezas que se enredaban a mis pies, a mi propia cabeza. Abrí los ojos, me había dormido en el basurero, había vuelto a soñar.
Me dirigí a la más alta de las colinas, en plena mitad del basurero, cuando ya atardecía. La brisa desapareció: regresaban como punzones los olores nauseabundos. Desde la cima creí reconocer en la orilla las siluetas de papá y mamá mirándome a mí —como si yo no tuviera remedio—. Creí verlos negar con la cabeza. Descendí de la colina en dirección a la avenida. En mitad de ese valle de desperdicios me detuve, no solamente exasperado por el olor, sino por la conciencia repentina de que alguien me observaba, o me seguía, ¿papá, mamá?
Si eran papá y mamá yo volvería a casa, con ellos.
Pero distinguí una figura. Oscura, agigantada, descendía del cielo con lentitud. Sus ojos indagaban el horizonte del basurero. De pronto me descubrían. Ya estaba próxima a mí, a escasos metros.
La figura avanzó como si flotara: era una vieja sin edad, muy alta y amarilla, y tenía la cabeza rapada. Se detuvo cuando me vio retroceder en dirección a la avenida. Me llamó con la mano huesuda, sacudiendo los dedos, amigable, como si únicamente me convocara a una charla en mitad del basurero. Arriba, inmóviles en el cielo, los negros gallinazos esperaban. Yo también esperé. Estaba seguro que debía encontrarme dormido y soñaba, no pensaba en la muerte: la muerte era algo que no me concernía.
Save as PDF