la balsa (es)
Toño Huertas, de siete años, nos dijo que no nos ahogaríamos, que la balsa resistiría en el camino de agua.
La isla que descubrimos resultó demasiado pequeña para los tres. Se ahogó la balsa, después uno de nosotros, y el siguiente, y el tercero, y también la isla se ahogó.
Hoy los pescadores nos respetan; encienden velas en el agua; sus mujeres rezan; sus manos cálidas acarician nuestros rostros de fantasmas; nos piden que protejamos a sus hijos de las balsas, de las invitaciones peligrosas, y después nos besan a fuerza de quejidos, nos amamantan como si fuéramos sus otros hijos, venidos desde el otro lado de las aguas, por sobre las olas, sus hijos desaparecidos, azules, casi transparentes.
Somos los tres niños fantasmas y entregamos bendiciones, hacemos milagros: a doña Eulalia le devolvimos un marido que se había ido desde hacía diecisiete años; a Florencia la casamos con Hortensio, y le dimos nuestra venia a Casimira para que durmiera tranquila en compañía de su hermano; hicimos que lloviera en época de sequía, y que don Ramiro Buitrago Polanía muriera de un dolor de oreja —don Ramiro Buitrago Polanía, el desflorador.
Deambulamos cogidos de la mano, y esperamos ansiosos la hora en que cien millones de mamás nos irradien su dulce leche azul, sus nocturnos plañidos, sus tibios ruegos en las noches de tormenta, cuando el mar no es un buen amigo. Es solo por eso que nos gusta ser fantasmas en el mundo, porque las mamás nos rezan, porque solo por ellas seguimos vivos y flotamos. No somos pasajeros como ellas de la inmensa balsa redonda que las sostiene —a duras penas—, y que no tardará en hundirse, sin ninguna duda. Pobres mamás.