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evelio rosero

la casa (es)

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La casa se la prestaban por un año, con una condición: que regara las flores.
La casa, la cosa, empezó así: salió temprano a la tienda, comprar jabón y una cuchilla de afeitar; lo aquejaba un incipiente dolor de cabeza y el mal humor de cualquiera cuando ya no es posible comprar cigarrillos. Los propietarios del apartamento donde vivía habían solicitado la devolución del inmueble, alegando —con verdad— que estaba atrasado en el pago de seis meses. Tendría que ocuparse en buscar otro piso —y sin cómo pagar: nada nuevo en su vida.
Vio que ya abrían el café de la esquina, donde desayunan los oficinistas ojerosos, los vendedores ambulantes, los que no durmieron. Prefirió gastar el dinero del jabón y la cuchilla en un café doble que apaciguara su dolor de cabeza, «Y me dejaré crecer la barba», pensó. Iba a entrar al café cuando un hombrecillo de corbata y abrigo de piel se interpuso en su camino.
—Disculpe —le dijo—, ¿no es usted… un amigo?
Lo estudió de hito en hito: una especie de renacuajo esplendoroso, olía a colonia, a dentífrico. Lo oyó sin creerlo:
—¿No estudiamos juntos… en kínder?
El hombrecillo de sonrisa estupefacta seguía interponiéndose entre la puerta del café y su dolor de cabeza. Pensó que se trataba de una broma, ¿o era un ladrón?, podía se un ladrón de guante blanco, tan tierno como veloz, infalible.
—Creo que no —dijo, y dio un paso adelante, pero hombrecillo siguió quieto. Tenía una mano extendida, el rostro radiante hacia él:
—El azar —dijo apasionado— siempre será extraordinario.
Sonrió, igual que el hombrecillo, pero más por resignaron que entusiasmo: ¿cuándo no es extraordinario el azar?
—Y en dónde hizo usted kínder? —preguntó por preguntar.
—En el San Pedro Claver, en Fontibón —repuso de inmediato el hombrecillo.
Él dudó, maravillado.
—Pues sí dijo—. Allí hice el kínder.
Siguieron descubriéndose a los ojos. La mutua memoria debió esforzarse desesperada durante esos instantes. Después ambos se señalaron con el índice:
—Padilla —dijo el hombrecillo con un grito.
¿Aldana? repuso él. Creyó reconocerlo por la nariz, los ojos demasiado próximos, negros y brillantes, abultados, de autentico sapo.
Y se estrecharon las manos con una carcajada al unísono. Intentaron un abrazo, que resultó breve, por la diferencia de estatura. Se palmearon. Su alborozo ocasionó algún ironía en los transeúntes apresurados: «Maricas» oyeron. Solo en ese momento descubrió, estacionado a una orilla de la esquina, el largo mercedes blanco, tan reluciente que parecía perfumado, con un conductor de uniforme, sonriendo de pie ante la puerta trasera, ya abierta, como si los aguardara.
Y, en efecto, los aguardaba: Aldana lo invitó a subir con un guiño. Padilla repuso que pensaba tomar un café en esa esquina, ¿por qué no se tomaban un café, los dos, y charlaban?
—Te lo tomarás conmigo en el mercedes —dijo Aldana, tuteándolo sin más contemplaciones. Esta calle se ve lúgubre, ¿no te parece? Es un decorado poco convincente para nuestro encuentro. Ya Martino te llevará después a donde quieras, no te preocupes.
Lo escuchó sorprendido; se repitió las palabras «lúgubre», «decorado», «convincente». Vio que el chofer asentía con una venia, y cerraba con gran cuidado la portezuela a sus espaldas. El sitio, atrás, en el Mercedes, era tan espacioso que pudo estirar las piernas. El ancho asiento abullonado acobijó sus hombros, como si lo abrazara. Olía a eucalipto. Lejos de Bogotá, infinitamente más lejos, pensó. Aldana oprimió un botón y, silenciosa, una bandeja emergió del espaldar del asiento delantero, con un termo de plata y dos tazas de porcelana.
—A la sucursal del norte, Martino —ordenó Aldana. El centro de Bogotá me provoca náuseas. ¿Frío? —preguntó—, si quieres puedo alegrar tu café con una copa. Oprimió otro botón y emergió una bandeja con diferentes licores y cigarrillos de marca europea.
—Gitanes —dijo él, observando la cajetilla azul que le traía recuerdos de París, donde sobrevivió hacía seis años.
—Quédatelos —dijo Aldana, extendiendo la cajetilla azul y un encendedor dorado que fulgía—. ¿Y? —preguntó, abriéndose de brazos—: ¿Alegro tu café con un poco de este Remy Martín? Sería delicioso.
Padilla encendió el cigarrillo y no logró rechazar el brandy. Aldana llenó la copa con un suspiro incomprensible; insistió en que se guardara cigarrillos y encendedor. Bogotá, por la ventanilla, parecía otro mundo. Bogotá, basurienta, Bogotá, repleta de huecos, lejos, infinitamente más lejos. «Qué hiciste estos años» pregunto Aldana por fin, arrellanándose, y la esplendorosa sonrisa ancha, de batracio, pareció alumbrar todo su rostro, «a qué te dedicas, hombre».
A escribir dijo él, arrojando el humo por las narices.
¿Habían sido grandes amigos en kínder, inseparables?, lo recuerda. ¿Eran vecinos de cuadra?, seguramente se dieron sus vueltas por ese Fontibón de hace años. Éramos niños, se dijo, pero después del kínder nunca volvimos a vernos… y… nos reconocimos, ¿cómo fue que nos acordamos?, ¿así de tanto nos quisimos?, son muchos años, pero él se acordó primero…
No supo si por el café y el cigarrillo, o ese etéreo viaje a norte de Bogotá, veloz, arbolado, o sencillamente por franqueza plena del amigo inesperado, casi un hijo pródigo, contó de sus avatares, sus proyectos en ciernes. Escribía una novela hacía dos años y no lograba culminar.
Aldana escuchaba y asentía. Más tarde alcanzaron a acordarse de la profesora Gloria Latorre, que les enseñó a leer y escribir, y de la que todos estaban enamorados.
—¿Recuerdas su falda gris?
—¿Recuerdas su blusa blanca?
Recordaron la mañana en que una lechuza negra entró por la ventana del salón y revoloteó a tumbos, atropellándolos a todos, aterrándolos, las garras, el pico anaranjado amenazándolos; y se enternecieron al acordarse de ellos mismos en fila cantando Pulgarcito, y entonces agitaron los brazos como si volaran:
A Pulgarcito lo invitaron
a dar un vué, vué, vuelo en un avión,
Oeoé Oeoá.
Y vaiveneaban los brazos como si emprendieran vuelo, sin que importara el respetuoso asombro conque Martino los examinaba por el espejo retrovisor, ¿pero de qué más podían acordarse? Tenían siete años en el recuerdo, y siete años, también, en ese preciso instante.
Otro silencio vino a invadirlos después de la canción, se sentían algo abochornados, ¿avergonzados?, pero contentos. Aldana quien lo llevó de nuevo a su vida presente, con una que otra pregunta al desgaire. Padilla confeso que su contrato de arrendamiento expiraba en una semana y todavía no hallaba otro apartamento para arrendar (no quiso aclarar que no lo hallaba porque no tenía un peso).
—Es inaudito —repuso Aldana, maravillado—. Qué casualidad, otra vez la casualidad, ¿te fijas? Es el mismo azar. El azar tiene que ver con la amistad, el azar gravita sobre los amigos como sobre las pasiones, ¿puedes creerlo, Martino?
Martino asintió vigorosamente por el espejo. Aldana siguió hablando:
—Me pidieron encargarme de una casa. La casa es de una amiga, Paquita Rincón, gran amiga, ¿entiendes? Yo mismo quisiera cuidársela, no puedo, me voy esta noche a Miami, y no me gustaría delegar esa responsabilidad en simples empleados. Un amigo es otra cosa. Lamento mi viaje a Miami porque me gustaría llevarte personalmente a la casa. Si quieres le digo a Paquita que te la preste. Es por un año, y con una sola condición: que no olvides regar las flores. Eso sí, te aseguro que hay muchas, muchísimas flores. Conozco bien esa casa. Tiene, por decirlo escuetamente, tres casas, las tres sembradas de flores.
—No importa —dijo él, y quiso ocultar la emoción—:
está de moda ese ejercicio, regar flores.
Aldana se sonrió, escudriñándolo —pensó él—, adivinándolo ahora, tantos años después, reconociéndolo incansable.
Entonces alguien gritó, afuera, en Bogotá: el grito instauró un silencio glacial, por un instante. El retumbo del grito desapareció: el mercedes se abría paso en el tráfico insoportable. Le pareció que el grito era un mamáaaaaá no solo aterrador sino insoportable por lo agudo. ¿Era mamá lo que gritaban? Quiso compartir su duda con Aldana pero este lo miraba desde el mundo, en tierra firme. Padilla se recompuso:
—Solo pongo de mi parte una condición —dijo—: que Paquita Rincón no se aparezca por la casa durante el año. Si la casa será mi casa durante un año, será mi casa y de nadie más.
—Pero por supuesto —lo atajó Aldana—. Estarás a tus anchas, serás el dueño. Y no necesitas llevar nada, hombre. Solo tu cabeza.
Ahora el mercedes volaba por la avenida.
Supo que Paquita era una viuda todavía joven, famosa diseñadora de modas que se había ido a mejorar su inglés en Londres.
—Hay un estudio amplio —dijo Aldana—, con libros y hojas blancas y buen vino, lo que conviene a un escritor, ¿cierto? Encontrarás un computador. No necesitas ropa, en los roperos de Paquita hay para diez compañías de teatro, todo nuevo.
No halló qué decir: ni siquiera tenía computador —lo había vendido—, y usaba una vieja máquina de escribir cuyo rodillo se atoraba a capricho. Se esperanzó. Allí alumbraba la salvación.
—Martino, cuéntele usted —dijo Aldana, elevando la voz. Y explicó a Padilla, veloz, confidencial—: Martino no es un conductor cualquiera, es ingeniero.
—La casa era un hotel —dijo Martino, con locuacidad—. Hoy es una mansión, ya verá. Y no tendrá que preocuparse de los ladrones. Las rejas que la encierran están electrificadas. Tiene piscina cubierta, a puertas cerradas, con calefacción.
«Rejas electrificadas. Piscina», se asombró Padilla, «¿no será un sanatorio, mejor?, pero piscina, piscina, durante un año, y solo hay que regar flores». Por un instante se imaginó orinando encima de flores, infinitamente.
—Son varias hectáreas de flores alrededor —siguió Martino—. Podrá pasear. Hay un salón con equipo de música, desde Beethoven hasta Alejo Durán. ¿Televisión?, no: sala de cine. Hay víveres para más de un año, solo tiene que descongelar y a la sartén. Hay vodka en el congelador. No faltan los enlatados. Eso sí, también los pasillos y patios van decorados de tiestos con flores y helechos de todos los colores. Violetas, orquídeas, zulias, bromelias, azaleas, geranios, astromelias… Pero hay una mesa de billar, no se aburrirá. Hay un gimnasio. Muchos aposentos están vacíos, no tiene caso conocerlos. Si usted lo requiere, irá un equipo de señoritas dedicadas al aseo.
—Y muy lindas señoritas —acotó Aldana, y acabo de un sorbo su café—. Y bueno —dijo—, yo sí me creo con derecho a visitarte, ¿cierto? Tenemos de qué hablar.
—Claro que sí —concluyó Padilla.
Aldana aplaudió:
—Muy bien —dijo—. Ya mismo me comunico con Londres.
De inmediato Martino extendió un teléfono. Padilla tragó aire; oyó marcarse, tintineantes, los números interminables, oyó, con toda claridad, mientras encendía otro cigarrillo, la voz feliz de Paquita, y oyó al fin que Paquita aceptaba, y que él no tendría obligación de conocerla.
—No tendrás obligación de conocerla —dijo Aldana como si lo reconviniera, y colgó—. ¿Te parece bien mañana? Emplea este día en organizar tus cosas. Mañana Martino pasará por ti, ¿a las siete en punto de la mañana?, sí, Martino te llevará a tu nueva casa, acabará de explicarte todo. Ten confianza con Martino. Mis amigos, sin agüero, le dien Martini, y él sirve.
Tanto Aldana como su chofer lanzaron una rápida risotada. Notó que se detenían en la calle Cien, donde abundan los bancos y financieras internacionales. Aldana, de quien de pronto entrevió su perfil distante, frío, desconocido, consultaba su Rolex. Fue en ese momento cuando comprendió que no sabía nada de él, de su trabajo, ¿a qué se dedica? Aldana salía del mercedes y le estrechaba la mano. Repetía que en dos o tres meses lo visitaría.
—Buena suerte con la casa —le dijo por último—. Allí podrás escribir el resto de tu vida.
Y echó a caminar, sin volver el rostro.
No le quedó mucho tiempo, ese día. A duras penas cayó en cuenta que ni siquiera había preguntado en dónde quedaba su nueva morada; pero eso no era importante sino irse, irse, irse. Telefoneó a los propietarios de su apartamento —una indulgente pareja de profesores— y les dijo que partiría al día siguiente; no fue difícil descubrir que se sentían felices de deshacerse de él; no hicieron preguntas. Sus pertenencias no eran muchas: ligero de equipaje —como aconseja el poeta—, no era dueño de una mesa ni una cama.
A la mañana siguiente, a las casi siete en punto, en plena calle, su equipaje a los pies, aguardaba la llegada de Martino en el mercedes. Mientras, se dedicó a pensar en Aldana. Todavía intentaba descifrarlo, su rostro, sus manos, sus gestos, su vestido, lo escuchaba repetir sus últimas palabras: «allí podrás escribir el resto de la vida». Y se imbuyó en la misma sensación de extrañeza que lo había acometido esa madrugada, un sobrecogimiento como un oráculo que avisaba de algo. De un instante a otro se congeló como si tropezara con un recuerdo definitivo, que seguramente le había llegado en el sueño, o desde los sueños, y que no por eso dejaba de ser auténtico, real: el colegio.
El kínder.
Nilo Aldana y él.
La certidumbre, ahora más clara, del pasado, lo escalofrió. Nilo Aldana no había sido precisamente su amigo, como creía. Estaba equivocado.
Se pasó la mano por el rostro, estupefacto.
El amigo con quien él salía del colegio y caminaba por todo Fontibón, el amigo inseparable era Riascos. Nilo Aldana era otro, era… Nilo Aldana, Dios, se dijo en voz alta, el pobre Nilo Aldana, de quien tanto nos burlamos, a quien tanto hice sufrir.
Entonces lo vio, el más pequeño del salón, el desamparado, el renacuajo —y recordó en una fracción el remoquete: renacuajo, con el que se designaba a Nilo Aldana—, hundido, encajonado en la taza del wáter, y Riascos y él hundiéndolo más, por los hombros.
Había tenido que soñarlo para volverlo a ver, tal y como era: su víctima.
Contra Nilo Aldana se ensañaron hasta la costumbre, el pequeño, diminuto Nilo Aldana, qué par de ojos grandes, de sapo horrorizado, ¿por qué no se acordó de eso tan importante?, y se respondió: porque no quise acordarme, porque, en conclusión, no era capaz de acordarme, y el remordimiento era mayúsculo: si casi hasta lo matamos —se gritó—, y no pudo evitar reír por un instante, pero la risa murió en un gesto de alarma al recordar otra vez, más detalle, cómo Riascos y él perseguían sigilosos a Aldana hasta el baño, lo dejaban entrar a la caseta, lo entrevían bajarse los pantalones —bien, iba a cagar—, y entonces abrían la puerta y lo sorprendían sentado, lo empujaban hasta casarlo perfecto en la taza, su trasero embutido como el corcho en una botella, las pequeñas piernas al aire, por tantos esfuerzos que hacía no lograba levantar un milímetro, pues allí lo dejamos, qué bestias, lo sepultamos, allí el resto de la tarde, nadie supo de él, nadie se preguntó por él hasta que la profesora Gloria Latorre lo buscó y lo encontró desmayado en la taza.
Su cara.
Padilla cerró los ojos.
Su cara lo paralizó como un relámpago desde el recuerdo, su horror —cuando lo dejaron encerrado, el grito de un niño: «no me dejen, qué hacen, qué hacen» y luego «mamáaaaaá» tan adolorido que los hizo reír, ¿por qué? Se dijo, y culpó justificándose a esa perversión angelical que poseen todos los niños, es evidente que Martino y el mercedes nunca llegarán, pensó, es su pobre venganza, pero venganza al fin, se dijo en voz alta, en mitad de la calle, la calle sucia, desolada, y su alma y su sombra como si entraran a nuevo hogar.
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