KorimbaDonate

Robots  ROMs  Stories  Books

AuthorsStories

evelio rosero

la duda (es)

Save as PDF
Comenzó a dudar desde niño, cuando le pareció que su abuelo mentía. En aquella ocasión sus padres habían decidido disfrazarlo de conejo para exhibirlo en la primera comunión de sus hermanas; debió soportar el agasajo estentóreo de sus tías y la mirada boquiabierta de los otros niños que no pudieron jugar con él porque él no lograba correr con esa blanca vestimenta de peluche que lo oprimía. Esa tarde reafirmaría la eternidad de su duda al escuchar al abuelo, un viejo mordaz que usaba gorra y bastón y aseguraba haber espantado él solo un ejército de cien hombres a caballo: «Estrangulé todos los caballos», decía, «era como apretar pescuezos de plastilina». Pues consideró imposible que un hombre tan endeble como su abuelo hubiese puesto en fuga a cien hombres y, peor aún, estrangulado cien caballos. Muchas veces había presenciado cómo bañaban al abuelo: su madre restregaba el jabón contra la espalda hundida del abuelo, por encima de su tórax afilado; le cepillaba las orejas, los cinco dientes y las negras uñas, lo acobijaba entre colchas. El lloriqueante abuelo reclamaba ungüentos y parecía otro niño de carne ajada y transparente.
Años después, ya muerto el abuelo, cuando un convidado recorría y comentaba el álbum de fotos familiares, él no se libraba del resentimiento al verse retratado como conejo, sentado en lo alto de una cesta de zanahorias. «Ese eres tú, de conejo», reía su madre. Sus hermanas, ahora cada una con dos hijos, palmoteaban plácidas y cómplices. Pero él no deseaba recordar y se encerraba en su cuarto, bajo llave: observaba los retratos de su abuelo y de su padre (a quien nunca conoció) y se dejaba arrastrar por la duda: ¿era realmente hijo de su padre, nieto de su abuelo? No, en absoluto. No se les parecía un ápice.
La duda asomaba a cada escena de su vida, asediándolo; comenzó a familiarizarse con la duda; la duda era como otra sombra, la sombra de su cerebro: por más frívola que pareciera, se trataba de su tragedia. Creyó que podía volverse loco, la eterna duda a su lado.
En la oficina, la duda encarnaba cada situación, cada semblante, ¿está enfadado mi jefe?, ¿se le ha muerto alguien? Salía de ella (de la duda de la oficina) para sumergirse entre la duda de la calle, estrepitosa y sucia: ¿me quiso matar el conductor del taxi?, ¿y aquel policía de tráfico, iba a llorar?, ¿la vendedora de periódicos me coqueteaba? En la calle no encontraba más alternativa que regresar a su casa (la duda de su casa), o entrar al cine (dudoso cine), o invitar a Emilia al restaurante para escucharla relatar riendo los sucesos del día: «He comprado un conejo enorme, de felpa, se parece a ti».
Esa vez intentó revelar a Emilia su duda eterna. Empezó por el principio, con mucho tiento: creía recordar con exactitud sus vivencias en el útero materno: «Se veía todo azul», le dijo, «¿o era verde?, lo cierto es que yo me desplazaba como en un tren… ¿o era un barco…?». Debió interrumpir su relato para ayudar a Emilia a recoger las copas de champaña rotas: Emilia había reído tanto que empujó con su rodilla la mesa recién servida. El disgusto del mesero y la mirada maliciosa de los comensales impidieron que él delatara por primera vez el origen más remoto de su duda.
Esa noche él y Emilia acudieron al motel, refugio de sus encuentros, y aunque ya parecía olvidado el desastre del restaurante, Emilia no dejaba de reír de tanto en tanto. El, fingiéndose tranquilo (realmente indefenso ante la risa irritante) optó por decir a Emilia: «Todos quieren impedirme que dude, Emilia, pero mi duda es infinita. Tú misma debieras dudar siempre, Emilia».
—Estoy dudando ahora —resopló Emilia con una carcajada. Y era sincera: ese asunto de la duda se le antojaba ridículo.
Respiraban profundo, adivinándose en la penumbra del aposento. Cuando ella hubo terminado de despojarse de su vestido, él creyó percibir en el aire una delgada ola de olores húmedos y amargos, como de flores estrujadas, que provenía de la piel desnuda de Emilia, de su sexo en reposo. ¿De flores estrujadas? No. Era el olor de otra galaxia. Creyó que Emilia tenía que ser de Andrómeda.
Emilia se escabullía perezosa debajo de las sábanas. Después, para iniciar la charla, suspiró: «Enciéndeme un cigarrillo…». Pero a él le dio por pensar que la palabra «enciéndeme» insinuaba otros significados, Emilia no es de la Tierra, pensó, enajenado, y pensó que el sexo de Emilia tenía que ser como la boca de una antorcha milenaria aún sin encender, más antigua que la Tierra, de otra Vía Láctea. «Emilia», dijo, «tú no eres de este planeta». Ella respondió, para fastidiarlo: «Claro que no soy de este planeta. ¿Lo dudas?». Entonces él encendió un cigarrillo y cuando la llama escuálida del fósforo terminó de agonizar entre una nube pensó que la llama era Emilia misma, apagándose.
No volvieron a salir juntos.
Se preguntó si los ancianos venerables, en quienes reside la confianza del mundo, también dudaban. Desechó esa posibilidad cuando una noche se vio obligado a retirarse del paraninfo donde un sabio apolillado disertaba, precisamente, sobre La duda. Según el octogenario, él debía abandonar el recinto porque «sus anodinas preguntas, sus repetidas sospechas, irrespetan el complejo tema que hoy estamos tratando». Abandonó el paraninfo, confundido, y le pareció que abandonaba a sus espaldas todo un muestrario de cobardes que lograron construir a lo largo de los siglos otro mundo, aparente y simple, para evitar la duda. La conjetura lo alivió. Supuso que su duda eterna era otro camino, inexplicable, que lo arrastraría al sitio de llegada de todos los que dudan. «Seremos muchos y hablaremos», pensó en voz alta, «haremos algo, preguntaremos, responderemos». Era fría la noche decembrina y las calles se volcaban hacia una perspectiva desolada. Decidió regresar fumando hasta su casa. Y caminaba prudente por la mitad de cada calle, sin aproximarse demasiado a las regiones oscuras, donde nada se intuía, excepto la certeza de su duda: ¿un ladrón?, ¿un asesino?
Se detuvo, indeciso, frente a la puerta de su casa. No supo por qué pero apagó el cigarrillo contra el hueco de la cerradura; después restregó la colilla a todo lo ancho de la pared recién pintada, y solo entonces abrió la puerta: la sala y el comedor estaban iluminados, había un susurro de risas. Recordó que era diciembre y quiso, infructuosamente, fingir alegría al enfrentar la escena navideña: rostros gordos sudorosos impacientes. «Hablábamos de ti», dijo la madre, imponiendo silencio, «queríamos preguntarte qué dudas tuviste hoy».
—Muchas, muchas dudas —respondió, al tiempo que sus hermanas y los hijos de sus hermanas corrían bulliciosos, festejando. Cantaban villancicos. No pudo impedir que la mueca de su duda desdibujara su rostro. Su madre, sus hermanas, los parientes, retrocedieron pasmados: «Qué te pasa, hombre». Y él, como siempre, dio la espalda y fue a su cuarto y una vez ahí descolgó los retratos de su padre y del abuelo y los estrelló contra el piso como si se despojara para siempre de la duda. Sus manos temblaban. Iba a acostarse cuando miró, aterrado y sin discernir el origen de su terror, que encima del lecho había una caja enorme, con cintas y moños, envuelta en papel regalo. Quiso desembarazarse de la caja cuando sintió que algo se movía adentro, que algo respiraba lamentándose. Soltó la caja y ya abandonaba el aposento cuando una voz desde la caja le gritó «No te vayas» y Emilia rompió con su cuerpo la caja encintada mientras reía. Apareció cadenciosa, los brazos arriba, un regalo desnudo. «¿Emilia?», dijo él, y, no obstante, continuó avanzando a la puerta para comprobar, descorazonado, que la familia entera se encontraba muy cerca, pendiente de sus actos. Cruzó por entre todos, ignorando preguntas y miradas, desdeñando el abrazo de su madre.
Pensó en Emilia y supuso, por un instante, que ella era la duda, la duda eterna en carne propia dentro de aquella caja.
Save as PDF