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evelio rosero

la monja sentada (es)

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Conocí una monja que ni siquiera podía moverse. Era algo lírica: A dónde ir, decía, si ya los pasos han marchado en busca de otro cuerpo más fuerte, que merezca más toda esta vida. Después se persignaba y me decía: «Decir esto es un pecado». La monja era una especie de tía. Eternamente sentada; no era muy joven, pero tampoco vieja. Convalecía en mi casa: una amiga de mamá. Cuando estábamos con los demás no era la misma, ni siquiera me miraba; un día toqué por azar su rodilla y el mundo entero se escandalizó; ella me espantó con la mano, como a un insecto; ya a solas me dijo que en público no, por favor. Realmente, cuando estábamos solos era otra monja, y yo un balbuceo atormentado. Yo tenía dieciséis, ¿ella cuarenta?
Me decía que desabotonara su camisa. Y era monja, de verdad: tenía un crucifijo en mitad de los pechos. Yo obedecía. Ella, como si nada, me contaba cosas. Me decía: «Dale de comer a mi paloma», y luego venía una seña breve, significativa, y nos reíamos. Yo la adoraba: a pesar de los miedos me hacía cosquillas. Me preguntaba que si yo quería. «Sí», le decía, y besaba su espalda, y su cuello, y una vez el ombligo, y qué risa, nos reíamos. Solo el gato nos descubría. El día que nos decidimos casi rompemos la silla; el gato se espantó como un alarido. Ella me confesó: «No entiendo por qué me dicen que tú eres el idiota de la familia». Su beso era algo subterráneo y sin memoria unido a mí; no existía como carne únicamente, sino como la promesa de mi redención; eso pienso ahora y doy un grito y río, sin motivo.
Chocábamos a veces contra un muro: el de su repentina vergüenza y el de mi idiotez; pero el amargo espejismo desaparecía si nos reíamos. Las últimas tardes era ella quien me urgía y se impacientaba: bajo su hábito negro y redondo siempre estaba desnuda. Me escalofriaba. Yo barbotaba saliva. Me aferraba a sus rodillas. Solo aguardaba la hora en que todos en casa desaparecieran. Ella pronunciaba mi nombre y yo llegaba a saltos como el gato y ella preguntaba: «¿Quieres desabotonarme, o no quieres?». Nunca le dije que no. Ahora recuerdo la primera vez que abandonó su silla: caminó raro; especie de ave blanca equilibrando pasos entre ramajes de agua; extendió los brazos a mí, «Ven por última vez» dijo.
Al día siguiente se fue de casa, sobre sus propias piernas. La silla quedó sola. Y yo como la silla. Y el gato como yo.
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