la mujer que se comió a su lora (es)
Tenía una lora, que repetía su nombre, y un mismo sueño, cada noche de luna llena: ella era un espantapájaros, un maniquí en un campo de trigo; se veía espatarrada, abierta de brazos, vestida de novia, el largo velo blanco ondeando sonoro en la mitad de un océano dorado; después aparecía un viejo de barba gris y frondosa, con una pata de palo, con gorra de marinero, que la desenterraba de un fuerte tirón —ella era un espantapájaros, un maniquí— y se la llevaba de paseo en un barco; la única mujer en un barco atiborrado de hombres violentos y peludos que la soslayaban con tórrido deseo. No podía impedir que hicieran cola; la estrechaban uno tras de otro al vaivén enfurecido de las olas, sin ninguna clemencia, y entonces ella despertaba, desfallecida.
Había acudido al médico una vez en su vida. Fumaba por desesperación, y tosía. No sabía montar en bicicleta, tampoco nadar; a duras penas sabía caminar, porque renqueaba. Usaba anteojos de aro de carey. Sabía que era fea, o por lo menos el espejo así se lo insinuaba, puntual, a las seis de la mañana, todos los días, desde que sus padres muñeron y ella empezó a vivir sola.
En casi todo le iba mal. Cuando olvidaba su paraguas caía un fuerte aguacero, granizaba, rayos azules partían la copa de los árboles.
Y, si antes de salir, se asomaba precavida a la ventana y veía que el cielo crujía encapotado y los truenos eructaban y un viento sucio de basuras empañaba los cristales y descuajaba de raíz los arbustos del jardín —en su jardín jamás se dieron flores— y entonces se abrigaba con tres bufandas y doble gabardina, calzaba sus botas de invierno y salía, tan pronto se encontraba en pleno centro de Bogotá, instantáneo como una risotada aparecía el sol, abriéndose paso a codazos por entre las nubes, y arrojaba su carcajada de oro derretido sobre su cabeza y le ocasionaba una jaqueca del tamaño de tres aspirinas. Los pájaros huían a su paso. Los perros aullaban. Los niños echaban a llorar, y los huecos de las calles se movían fraudulentos de su sitio para que ella cayera y se rompiera un tobillo: por lo menos eso aseguraba ella, así lo experimentaba, en carne viva. «El mundo me tiene inquina», decía.
Y no le interesaban las noticias del periódico, ni la guerra, y mucho menos el amor, un insecto tremebundo, por lo desconocido. No la preocupaba el último alarido de la moda, o la película de turno, o los más exclusivos diseños de trajes de novia en la revista parisina a la que estaba suscrita, con fidelidad profesional. Pues ese era su trabajo, la confección de trajes de novia; y, sin embargo, su negocio de modistería se iba a pique; Bogotá estaba repleta de modistas más jóvenes, con más ideas. Ella ahorraba con perseverancia desde hacía veinticuatro años; tenía treinta y nueve y no dudaba en perder más clientela al repetir en público que la hechura de un vestido de novia era igual —o peor— que la de una mortaja de lujo, y se reía, como una chiquilla.
Hubiera querido tener fe en las telenovelas, pero la ponían furiosa los dramones de la tarde y de la noche; discutía a gritos con los personajes, ponía en tela de juicio sus decisiones, sus frases, gestos y actuaciones, y finalizaba apagando el televisor, creyendo que así los mataba, pero al día siguiente aparecían, peor de majaderos, y eso la ofuscaba. Una noche prefirió destrozar a punta de martillo el aparato y enterrarlo en el patio, a hurtadillas; los días que siguieron se afligió un poco; y se consoló pensando que si no acababa con el aparato iba a volverse loca. Se dedicó entonces a odiar a su clientela; las suegras, las mamás, las tías y las novias se le antojaban igual de insípidas y torpes que las mismas telenovelas. Pero odiaba, sobre todo, y con gran sinceridad, sus dientes torcidos, sus dientes amarillos, sus dientes ardillescos, conejunos.
Nadie, por supuesto, se metía con ella. Nadie la quería; acaso únicamente su lora, que se desplumaba de amor mientras gritaba su nombre a los cuatro puntos cardinales tan pronto ella llegaba del mercado, cargada de racimos de banano; pensaba más en los banquetes de su lora que en sus propias comidas. A ella solamente le bastaba un escaso caldo de papa, con una que otra verdura flotante y una infaltable pata de gallina, blancuzca y crispada, que asomaba idéntica a una mano humana, nadando entre burbujas, que ella trituraba solamente al final, con la escrupulosa felicidad de un condenado.
Los domingos ayunaba, y oía misa por radio, y se arrodillaba cuando había que arrodillarse, y repetía sin mucha convicción las oraciones.
No ocurría nada en su vida; nada la llenaba; a duras penas los cigarros que consumía como aire, y echarse a dormir cuando podía, para buscar ese sueño, para encontrarlo a tacto de ciego desesperado, sobre todo las noches de luna llena; esa era su expectativa, soñarse maniquí, ondeante espantapájaros en un campo inmenso de trigo, maniquí de amor clavado como ancla en la cubierta de un barco, víctima indefensa de unos marineros grandotes y peludos que la mordían en el cuello hasta la sangre, como dráculas.
Las calles de Bogotá eran su principal enemigo. Cada vez más distraída, los carros tenían que pitarle hasta la histeria; las cabezas de los conductores, rojas y verdes y moradas se estiraban para insultarla; ella no se daba cuenta, ¿o se estaba quedando sorda?, quién sabe; de cualquier modo, su paso era un peligro ambulante para el mundo; por su culpa un viejo Chevrolet embistió y mató un viejo caballo de tiro, evitando estrellarla; por puro milagro no había terminado espachurrada en cientos de ocasiones debajo de las llantas de una volqueta o de un mercedes. También las motocicletas y las filudas bicicletas la asediaban a pitazos y frenazos y denuestos que olían a diablo en chamusquina.
Su lora era la única confidente de las diarias injurias con que las máquinas la mortificaban.
Los sábados los disfrutaba contemplando con orgullo a su lora: fulgurante, vestida de verde, picara, comedora de camisas y botones en los patios aledaños. Los vecinos, enemigos y gruñones, se rebelaban. Pero ella era una acérrima defensora ante cualquier acusación contra su lora; se anunciaba capaz de pagar mil abogados con el fin de probar que su lora era tan libre de gritar como cualquiera, y que respecto a los botones despedazados su lora era inocente hasta que no se demostrara lo contrario; que no solo había loras en el mundo sino niños, esos pérfidos engendros enemigos de los pájaros. Nadie sabía si en realidad amaba a su lora, o esta era otra excusa para desfogar su ira contra el mundo, incluso contra la mismísima lora, cuando se negaba en redondo a aceptar más banano; pues la amenazaba con comérsela viva, primero la cabeza —decía— y luego las patitas. Sea lo que sea, su lora parecía su inseparable, su amiga nocturna y matutina, el único ser que la llamaba por su nombre con transparencia, sin doble filo, y de qué estrepitosa manera: gritaba y voceaba su nombre cada madrugada, haciéndola famosa en todo Teusaquillo —su barrio—, invitándola a un nuevo día de fastidios; repetía su nombre y lo martillaba sin gastarlo nunca, con el estruendo de una orquesta de orates que solo se sabe una melodía, o un disco rayado, o un cantante de boleros que insiste en la canción que lo puso de moda. Se la quedaba mirando, entonces, las íntegras mañanas de los sábados, ella sentada en su silla Luis XVI, y la lora devolviendo atentamente la mirada, columpiándose en la rama del cerezo deshojado; parecía que la modista esperara de su lora una gran revelación, un secreto que la lora se guardaba por puro capricho loruno, sin dejar de dar a entender que tarde o temprano explicaría letra por letra la clave del enigma de la vida, la respuesta a todas las interrogaciones, la orden a seguir, la receta definitiva.
Un día, sin embargo, la lora murió. Por lo menos eso fue lo que dijo la modista a una vecina, frotándose los párpados hinchados por las lágrimas. «Sufrió una indigestión» se apresuró a contar, «mucho banano; reventó». La vecina, a pesar de aquellos párpados embotijados de tristeza y esas manos compungidas que veía entrelazarse ante sus ojos, no se lo creyó. Observó un gran reguero de plumas esparcidas a lo largo del sendero que iba del cerezo hasta la puerta, a través del jardín sin flores, y una mancha que podía ser sangre de lora, brillando como un grito de reproche en los matorrales. Incluso entrevió en las comisuras de la boca de la modista un hilillo rojo y espeso. «No creo que sea salsa de tomate» pensó, sintiendo náuseas, y continuó pesquisando con la mirada. Las uñas de la modista estaban sospechosamente sucias: aquello parecía sangre coagulada y pedacitos de pluma revueltos con piel cruda. «Se la comió», comprendió al fin la vecina, aterrada, «se comió la lora, se la comió viva,» Pues recordaba con exactitud la amenaza predilecta de la modista cuando su lora se negaba a comer más banano, justamente: «Come, o te comeré viva, primero la cabeza y luego las patitas». De modo que la vecina voló espeluznada a contar la noticia.
La modista no rechistó; por primera vez no negó, no se violentó, no puso los brazos en jarra ante la gran cantidad de curiosos que desfilaron escandalizados ante su puerta, no precisamente para dar su más sentido pésame sino para conocer en persona a la mujer que se comió una lora, viva, primero la cabeza y luego las patitas, sin por lo menos hornearla y adobarla y mojarla en vino blanco. No replicó a los comentarios, no dio una pizca de esperanza a los incrédulos —el párroco y su comitiva de centenarias— que todavía confiaban en ella, ni se indignó frente a los acusadores; no se resquebrajó ante las alusiones despiadadas; para ella el asombro y repugnancia del barrio eran como una dulce venganza soñada. Pero renunció para siempre a su clientela. Hizo su maleta. Vendió la casa, con todo y muebles estilo Luis XVI; nada menos que la casa de sus padres, su herencia en Teusaquillo que tanto le recomendaron. Y no la deprimió que tan pronto vendiera la casa crecieran las rosas del jardín, cantaran los copetones y el enclenque cerezo reverdeciera; ya se lo esperaba; aquella revancha de la naturaleza era muy natural para ella. Dijo finalmente a su vecina que se iba a no sé dónde. Así se lo dijo: «Me voy a no sé dónde». Y la vecina: «¿Dónde queda eso?», y ella, con una sinceridad tan despiadada como dramática, mientras encogía los hombros: «Pues no sé».
De manera que olvidaron despedirse.
No abandonó Bogotá, ¿cómo hacerlo? Sentía miedo de cualquier otra ciudad. Alquiló una lujosa suite en el hotel Tequendama, con baño turco y una sala de recibo, se compró un abrigo de piel, cuatro pares de zapatos italianos, un montón de vestidos, unas gafas de aro de oro y una colección de ropa interior, tan estrambótica como innecesaria, pues frente al espejo ella misma se confesó arrepentida que jamás se presentaría ante ningún hombre vestida —o desvestida— de semejante manera, mejor dicho ante nadie, ni siquiera ante ella misma; y guardó la ropa interior en sus cajas de origen y se resolvió y las regaló a una paralítica de lo por lo menos ochenta años que pedía limosna en la catedral.
—Venda esta porquería —le dijo.
Los primeros días se dedicó a pasear; asistió a encuentros de poesía en la Candelaria; se aburrió muy pronto con los disertadores y recitadores; los novelistas le parecieron peor que las telenovelas, incluso más hipócritas, menos sinceros; fue a cine, lloró de vez en cuando, sonrió, siempre a solas, hasta que se aburrió, pues no dejó de indignarse a solas de los sucesos de la pantalla, donde las vírgenes no eran tan vírgenes y los galanes únicamente niñas con barba postiza; las gentes de las cinematecas y cineclubes eran avechuchos de la más horrible especie, todos con bufandas, se rascaban en la nuca y la entrepierna y opinaban cosas tan disparatadas sobre cada película que ella reverdeció de ira, como en sus mejores tiempos ante la televisión; en la ópera se asustó de verdad: las cantantes, sobre todo las sopranos, chillaban ensordecedoras como si las estuvieran despojando de una muela en vivo, con alicates y sin anestesia; se desconsoló en conciertos de rock, se burló de los copleros, .os baladistas de moda le parecieron infantes aún no destetados, los futbolistas unos bobalicones celebrando como zafios cada vez que metían la pelota en la red; los fanáticos del fútbol no le merecieron comentario, prefirió expulsarlos de la memoria al igual que a otros fanáticos, los de las sectas y las iglesias, tercos y absurdos y, en general, desocupados; el boxeo la hizo trasbocar en público; en una reunión de políticos se desmayó; dijo que faltaba aire puro; en otra de filósofos reveló que se afligía de compartir con semejantes monigotes la estupidez de la raza humana, que hubiera preferido ser un sapo o una flor o mejor una golondrina; en el circo saltó decidida al escenario y persiguió al principal de los payasos por toda la arena: «Con payasos como estos —dijo— es fácil comprender por qué los niños crecen imbéciles», Esa misma tarde trató infructuosamente de patinar en el hielo; se retiró diciendo que el hielo se hizo para comerlo con sabor a fruta; fue al museo de arte moderno y sufrió algo parecido a un ataque de epilepsia; lloró con la muerte de los toros; se sentó en el parque nacional, sola, en una banca sola, y comió sin gozo un paquete de rosquillas y recordó la muerte de los toros y volvió a llorar.
Aquella vuelta vertiginosa por la Bogotá diurna la dejó agotada, la desbarató; la costumbre de su jaqueca se agigantó, con síntomas de mareo y pérdida de luz. Se dio tres días de descanso, metida en la tina hirviente de su baño desposeído de espejos —los cubrió con velos negros para no volverse a ver jamás—. Flotaba en el agua perfumada jurándose que no iba a encender el televisor. «Debo pensar —decía—. Debo pensar,» Retomó fuerzas. Sacó fuerzas de donde no las tenía, a la fuerza; se dedicó en cuerpo y alma a hacer vida social. Con uñas y dientes y codos y rodillas estableció conversación con parroquianos decentes e indecentes en los parques y restaurantes, iglesias y canchas de bolos, en los conciertos y desconciertos, en los accidentes de tránsito, en los incendios, asesinatos, en el kiosco de periódicos, cafeterías y librerías y discotecas, inútilmente. En muchas partes la ignoraron, y en las restantes le pidieron con franqueza que se fuera a la porra. De modo que se hizo amiga a la fuerza de una camarera, exhibiendo una cartera repleta de billetes. La camarera no lo dudó un momento y le contó con pelos y señales la historia de su vida y su propia historia de amor. Cuando le llegó su tumo, guardó un sufriente minuto de silencio, se arriesgó penosamente, se sinceró y contó su sueño de luna llena, relató impaciente y afligida su propia historia, que no era otra que la ausencia de amor.
Con la camarera empezó a dar fiestas. Sus ahorros se pusieron en juego; el sacrificio de veinticuatro años comenzó a volatizarse en la ruleta de gastos. En una semana gastaba el dinero de un año de duro trabajo. Estaba como hipnotizada, metida en un mar intempestivo de lisonjas, ella, que no conocía el mar. Hasta que una mañana se despertó temblando de impaciencia, sobrecogida de calor. No tuvo miedo de ningún espejo: permitió que la volvieran a ver y no escuchó sus risotadas. Seguía simplemente las indicaciones de su sueño.
Empleó una semana exacta en organizar aquella fiesta tremenda. Exigió —por sobre todas las cosas— que los hombres asistieran vestidos de marineros, y decoró sus habitaciones como la cubierta de un transatlántico; su amiga la asesoró en todo; incluso la vistió como ella quería: de novia. Y no le dijo la verdad, no quiso repetirle que parecía un espantapájaros, un maniquí disfrazado de novia. Los espejos, por el contrario, sí se lo repitieron, y eso la entusiasmó hasta la fiebre; pues de verdad parecía un maniquí: el largo velo blanco flotaba sonoro por sobre sus costillas filudas, en las habitaciones alfombradas de amarillo como un campo de trigo en la cubierta de un buque descomunal. Y la hizo gritar de felicidad que uno de los invitados, el primero en llegar, el más viejo de todos, taxista de profesión, apareciera en la puerta vestido de viejo lobo de mar, con una pata de palo y una barba gris y frondosa, postiza, que, al saludarla de beso, le hizo cosquillas en la mejilla como si se tratara de una barba legítima, con púas de capitán; todo era igual a la dicha pavorosa de su pesadilla; y, sin embargo, aunque los hombres la halagaron y bailaron con ella al compás imaginario de las olas, ninguno quiso atreverse finalmente a morderla en el cuello hasta la sangre, como Drácula. Después del banquete, cuando las botellas se vaciaron y los disfraces cayeron y todo dejó de ser risotada y se convirtió en gemido múltiple, desolado, asombrándola como una herida —su amiga y las demás amigas debajo de los amigotes, nadando entre naranjas reventadas—, cuando ya amanecía, apagó la música y dijo que la fiesta se acaba, ya. Perezosos, sin dar crédito, multitud de ojos se volvieron a ella. De manera que repitió que la fiesta se acaba, ya. Y pegó un grito tan destemplado que la llamaron de Recepción, por el citófono; ella ordenó que si en cinco minutos sus invitados no abandonaban la suite trajeran inmediatamente a la policía. Se sonrojó al contemplar el raudo movimiento de cuerpos que se vestían sudorosos en un dos por tres, pero los despidió con serenidad casi afable y no le importó que varios de los invitados acusaran furtivos al más viejo, al de pata de palo, de no cumplir con lo que prometió: «A ti te correspondía» le decían, riñéndole, «ella era tu misión».
Se quedó sentada en la alfombra, vestida de novia, en medio del barco inmenso sin más pasajeros que ella. Y escapó, y de qué forma. Con muchos esfuerzos la administración del hotel pudo evitar que el final de su sueño ilustrara los periódicos más amarillos de Bogotá. Nadie era capaz de imaginar el epitafio de una mujer colgada en mitad de sus espejos. Buscaron en sus cosas, en sus ropajes de novia, a la búsqueda de teléfonos de parientes que la lloraran. Nada encontraron. Debajo de la cama estaba su maleta y, como una venganza póstuma, o una burla volátil, una lora —viva y gorda, radiante de vida, que repetía su nombre por todas partes.