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evelio rosero

la otra muerte de johan hughes (es)

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La hermana de Johan Hughes tuvo la ocurrencia de visitar una adivina. Después de los inciensos y transfiguraciones, desconcertada, la adivina preguntó a la hermana de Johan Hughes que si acaso era la hermana de alguien que debía llamarse Johan Hughes, carpintero. «Sí, lo soy» respondió la hermana. Entonces la adivina dijo suspirando que lamentaba profetizar que Johan Hughes no tardaría en morir.
Desde ese momento la hermana de Johan Hughes, y la mujer de Johan Hughes, no dejaron de recordar la premonición. «Sería mejor que te cuidaras», le dijeron, «deja de filmar y de beber»
Johan Hughes lo tomó a broma. Primero acudió a la lógica: «Todos vamos a morir». Pero comprendió que lo malo era morir demasiado pronto. Entonces acudió a otra lógica: «Si voy a morir, lo mejor será que viva más».
Acaso el gran error de Johan fue confesar a sus amigos el tremendo veredicto de la adivina. Sus amigos no demoraron en contarlo a otros amigos. De modo que no tardó el puerto entero en saber de su inminente muerte. Y comenzaron a imaginarlo muerto, y cuando Johan Hughes iba a la taberna los hombres lo señalaban y decían: «Ese hombre se va a morir, se llama Johan Hughes, la adivina lo dijo, la adivina nunca se equivoca».
No tardó Johan Hughes en sentirse muerto o casi muerto a golpe de escuchar las murmuraciones y sufrir la mirada de sus amigos, que oscilaba entre la lástima y la expectación, como si dijeran: «Y bien, Johan, ¿cuándo vas a morir?».
Iban a visitar a Johan, desde otros puertos, hombres que él no conocía, solo para saber cómo vivía un hombre que no tardaría en morir. Johan Hughes descubrió desencantado que también su mujer ya lo miraba como a un muerto y había cambiado con él: de noche era como si la atemorizara tener que soportar las caricias de hombre que no tardaría en morir.
Johan Hughes intuyó que su mujer ya estaba haciendo planes para un próximo futuro sin él. Entonces fue hasta el muelle una noche de luna y contempló las aguas ruidosas del mar, estremecidas por la corriente de un río que intentaba inútilmente penetrar más allá de las olas, sin disolverse. Pensó que solo había una manera de resolver el asunto, y se embarcó.
Sus amigos lo dejaron partir. Dijeron simplemente: «Ha ido a morir en otra tierra». Consideraron inútil que Johan se empeñara en luchar. Algunos buscaron la metáfora: Johan era el río, y el mar la profecía. Otros solamente pensaban en la belleza de su mujer, ahora sola y expuesta.
Se cuenta que Johan Hughes estuvo esperando durante años la muerte que le profetizaron. Tantos años, que se olvidó de la premonición y conoció otras mujeres que besaron su boca sin considerar que se encontraban en brazos de un hombre próximo a morir.
Un día volvió a su puerto, cansado de no morir y deseoso de reencontrar a su mujer. Pero ella no quería saber nada de él, y nadie más quiso creer que aquel hombre era Johan Hughes. «Tú estás muerto», le dijeron. Y ni siquiera su hermana quiso aceptar que se trataba de Johan Hughes: «Eres parecido a él», le dijo, «pero no eres él».
Tuvo que abandonar su puerto por segunda vez, y conoció otros mundos, otros idiomas, pero el tiempo y la nostalgia lo obligaron a volver. Regresó decrépito, enfermo. Su hermana y su mujer habían muerto; a lo mejor la adivina también. Johan Hughes no se lamentó. Pensó convencido que de todos modos él seguía muerto. La adivina lo había matado a él.
La otra posibilidad de Johan Hughes:
Cuando Johan Hughes se enteró de que una adivina había profetizado su muerte, no lo pensó dos veces y corrió a enfrentarse con la adivina. Era una mujer joven; sus brazos largos y dorados se movían silenciosos tras la esfera de cristal. Johan Hughes se presentó a ella y, sin dudarlo, la llevó al lecho y la convenció por fuerza de caricias que se olvidara de los astros y la magia. Cuando Johan Hughes abandonó el lecho, la adivina varió su veredicto y dijo al mundo que Johan Hughes iba a vivir largos años, y puso todo su empeño de adivina para persuadir a las estrellas de que Johan Hughes seguiría viviendo y complaciéndola por los siglos de los siglos, amén.
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