la vaca muerta (es)
… Porque todas las noches de Puerto Inírida estaban marcadas por los lamentos, había tantos lamentos como árboles en Puerto Inírida, a cada instante reventaban lamentos y ya era costumbre que los sintiéramos aproximarse despacito desde la calle, se deslizaban por entre las palmas de moriche que cubrían nuestra choza, atravesaban el bareque de las paredes y estallaban, yo sentía que tanto lamento iba cualquier noche a derrumbar todas las chozas de Puerto Inírida, me había tocado dormir en el rincón de la puerta, muy cerca de los lamentos que iban y venían agrietando los andenes sin luz, no lograba dormir, creo que nadie dormía, a mi lado la Eliabé daba botes de pesadilla contra la manta, el sudor de su fiebre se regaba como ola, yo tenía todo mi cuerpo empapado en su sudor, pobre hermanita, «Dormite, dormite», le dije, «dormite o nos despiertas», «No puedo», me respondió, «me han puesto muy cerca de los carbones», «Ve con Lucila», dije, «ella te duerme», «No puedo, ella nunca me deja», Lucila era una sombra acurrucada encima de la mesa, «Seguramente —dije— no te deja porque te caes de la mesa», el abuelo se removió al escucharnos, lo vimos sentarse a medias sobre la estera, desnudo y todo lleno de pelos blancos, «Martín, échale agua al brasero —dijo—, la niña se quema», fui por la olleta y no pude impedir que Mamasixta despertara y luego Papalucho y después la tía Caridad que empezó a toser, «A dónde es que vas», me preguntaron, «Voy a mojar los carbones», «Los carbones ya los mojé, es el calor», dijo Mamasixta, «dormí, dormí, no nos despiertes», yo me volví a acostar cerca de la puerta, el piso resbalaba enjuagado en el sudor de la hermanita, «Hace calor muchísimo» dijo el abuelo alargando los brazos, tanteaba como arañando, nadie le respondió porque llegaron otra vez los lamentos contra la puerta, zarandeando la puerta, casi trozándola a punta de lloros, y al rato hubo un grito tan alto que pareció derribar la puerta y colarse por completo, la Eliabé corrió despavorida, «Qué es, qué es» oí que decía refugiándose, el abuelo encendió una vela, vi que la tía Caridad se bebía las aguas de la olleta, Papalucho se tapaba las orejas, trataba de dormir escondiendo sus orejas, alejándolas de la puerta, quería dormir metiendo la cabeza en la canasta donde se guardan los peces, no había peces en la canasta y Papalucho se empeñaba en meter su cabeza, parecía un pez blanco parecido a Papalucho, «Te has acabado las aguas, te las tragaste todas» reclamaba Mamasixta a la tía, los lamentos forcejeaban con la puerta, miré a través del resquicio, distinguí muchas sombras, la vacamuerta debía estar ahora acostada contra el resquicio porque la oí respirar casi pegada a mi nariz, el pelo de la vacamuerta se metía entre las grietas, sentí cuánta pena, pensé debe estar casi muerta, golpes y más golpes, de verdad la vacamuerta quería entrar a toda costa y quería hablar pero le habrían amarrado la boca, la hermanita echó otra vez a correr, Mamasixta solo acusaba a la tía, «Nos dejaste sin agua, vieja enferma» decía, y se puso de pie de un brinco y empezó a palmotear zancudos, «Lucila», dijo, «vas mañana a buscar agua», y se detuvo al decir eso y abrió los brazos como si dejara caer una olleta que se rompió contra el suelo, «Lucila, es Lucila que está en la puerta», dijo, el abuelo y yo corrimos a buscar a Lucila encima de la mesa, no la encontramos, solo su manta enroscada, lodos acechamos la puerta como si quisiéramos distinguir si los lamentos de Lucila eran de Lucila, Mamasixta estaba ahora bocabajo y tenía la cara pegada a la estera, el abuelo decía que «no» agitando las manos, volví a mi sitio y más se escucharon los lloros golpeando contra la puerta, cerca de mí, muy cerca, todas las palmas del techo parecían batirse impulsadas por los lamentos, me arrastré hasta el abuelo, nos miramos a los ojos, «Puede ser que no sea Lucila» comenzó a decir la tía Caridad, que ahora tenía tapadas las orejas igual que Papalucho, y lo mismo dijo Mamasixta: «Puede ser que no sea», tapándose las orejas mientras lloraba, y los lamentos empezaron a aquietarse semejantes al sollozo de las palmas cuando el viento se aleja, solo la hermanita daba vueltas como mosca y se acercó un poquito a la puerta y preguntó: «¿Eres vos, mana Lucila?». Entonces el abuelo y yo nos tapamos las orejas.