la visita (es)
Fuimos a visitar a Wílliam, un amigo de la facultad. Se había vuelto loco y su madre nos dijo: «Sería muy bueno que lo visiten. Ya está tranquilo». Eso nos dijo y se puso a llorar. De modo que fuimos y allí lo vimos, envejecido: casi treinta años, parecía. Lo rodeamos. Qué tal, William. No respondió. Ahí seguimos, balanceando los pies. Cuánto tiempo. Qué fastidio. ¿Dejan fumar? De pronto se agarró la cabeza y dio un grito. Llegó una enfermera, como una interrogación. «No lo toque», dijimos, «esa es su señal, quiere decirnos algo. Cuando William iba a visitarnos nunca tocaba a la puerta, gritaba igualito, nosotros sabíamos que era William y abríamos». La enfermera, una flaquita aburrida, asintió. Sonreímos. Silencio. William, pensamos, no nos hagas quedar mal. Silencio. ¿Dejan fumar? «William…» dijimos, «somos tus amigos: Mauricio, Pachito, Germán». Y oímos la perorata de William, como si no le quedara tiempo: «Ya cumplí con las preguntas he desaparecido abro mis ojos puedo cagar yo no te quiero preparo mi almuerzo yo soy un juego y mamá feliz por Dios esto no me gusta».
Eso dijo y otro grito, caramba, y otro más. Empezó a patear. La enfermera corrió como un signo de admiración. Lo metieron a la fuerza entre una camisa de fuerza, blanquísima. Nosotros nos fuimos. Uno de los enfermeros nos miraba mal, como con ganas.
Huimos, señores, al galope. Huimos.