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evelio rosero

las esquinas más largas (es)

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El magistrado Benito Peña abandonó la corte a las doce del día; se dirigía al parqueadero; conduciría su auto y recogería a su esposa para almorzar con Clemencita Villegas y la aburrida Josefina Lina de Avellaneda, ¿pero qué más podía hacer?, ese era su destino del martes, el día más importante de su vida. Ya iba a cruzar la calle cuando en la mitad del mundo la vio, ante las puertas inmensas de una ferretería. Era una muchacha sola, en una esquina, una recién llegada, acaso una indígena de quién sabe qué tierras, con ropas de campesina y bogotana al mismo tiempo. Tenía un aire portentoso de sensualidad en sus ojos —dos lunas negras y fijas, lumbrosas—, los pómulos como dos colinas, y dejaba ver unos senos espléndidos, acanelados, y en su cuello unas gargantillas de oro, del más puro oro de fantasía, y estaba sola en el mundo, mirando aquí, mirando allá, el perfil altivo, un pie adelante, los brazos en jarra, una leona, una gitana, una española, cualquier colombiana frente a una esquina, al lado de una ferretería. El magistrado Benito Peña olvidó su nombre y su condición y se aproximó en puntillas y la escrutó de soslayo con lentitud sufriente, de arriba abajo, desde la coronilla hasta la punta de las sandalias de cuero, las hermosas sandalitas de lazos azules y rojos y amarillos, la perpetuizó en su memoria, suplicante, sin descuidar la región pensativa de la frente, los ojos como agua y la boca encarnada y la nariz respingada y el lunar en el cuello y los senos melonzunos y el vientre frutuno y el ombligo al descubierto y los muslos en auge y el centro rajante que se insinuaba en la apretada cinta de la falda y las rodillas redondas y los tobillos perfectos y las sandalias y las sandalias y las sandalias… Benito Peña no pudo evitarlo y a sus cuarenta y nueve años recién cumplidos dijo por fin el primer piropo de su vida, le brotó «Mátame madre mía» como una reverencia, y acaso nunca debió decirlo, o sí debió, teniendo en cuenta la vida sombría que lo asfixiaba, lo dijo y, sin lograr contenerse, como una liturgia, rozó con la yema de los dedos los hoyuelos de sus mejillas, la tocó y, del interior de la ferretería, de entre las sombras, saltó al mediodía una figura borrascosa y oscura, un hombre de unos sesenta años, y qué hombre, de anchas espaldas, nervudo, de abdomen de cervecero, que superaba en todo a Benito; su estatura avasallaba. Y no se sabía quién era, qué era, si indio o mestizo o negro —un colombiano sin duda alguna—, y muy distinto a Benito Peña —bogotano de honor, dueño de una casa y una finca en Melgar, con tres autos y cien fotos en las páginas sociales celebrando matrimonios y bautizos, padeciendo entierros.
Gran jurisconsulto, jamás en su vida tuvo tanto miedo.
Pensó en Dios y el Santo Padre y echó a correr calles arriba, atravesó a saltos la avenida y esquivó carros y capoteó vendedores y tropezó con todos y con nadie y se destropezó desesperado de huir y no enfrentar la cara monstruosa que lo seguía, el demonio redivivo. Atravesó un largo trecho de buses y obuses que estallaban y se detuvo un segundo y volteó a mirar: ahí estaba el otro, siguiéndolo. Benito Peña reanudó la carrera más espantado que nunca; oyó que algunos transeúntes chiflaban, que otros protestaban, que muchos reían. Benito Peña sufría. Del miedo, de la ignominia. Cómo explicar, pensaba primero, cómo gritar que aquel era el primer piropo de su vida, que no pudo eludirlo, que aquella muchacha lo mató de amor desde el primer respiro. Cómo explicar, pensaba después, que yo me llamo Benito Peña, que soy magistrado y amigo del presidente, que celebro mis cumpleaños y soy ciudadano de bien, que pago impuestos y voy a misa y tomo chocolate a las cinco de la tarde.
Pero también cómo explicar al magistrado Benito Peña, nadie iba a explicárselo, que aquel indio o monstruo o cosa que lo seguía era nada menos que el padre de la muchacha agasajada —la inocencia en persona a la que no hacía mucho habían intentado raptar por la fuerza los ladrones de muchachas de Bogotá—. Nadie podía enterarlos al perseguido y al perseguidor de sus respectivas justicias y justificaciones, y por eso seguían corriendo calles arriba —el uno impulsado por el miedo, el otro por el odio— hasta adentrarse en el barrio La Candelaria. Un policía —pensaba Benito Peña sinceramente alarmado—, un policía ahora, cuando más se lo necesita. Y era que resultaban paradójicos y trágicos y cómicos esos dos hombres al trote, tan disímiles: Benito Peña con su vestido de paño y su corbata y sus zapatos de charol y su reloj de bolsillo y su pañuelo asomando por la solapa, ondeante, huyendo del sesentón fornido, enloquecido, un humillado, un ofendido.
Ninguno de los dos era culpable.
El magistrado Benito Peña sentía pánico de morir. Sabía que lo iban a matar, pero quería vivir cien años con sus hijas y su nieto y en eso era tan tierno como su perseguidor. Alcanzó a pensar en todo, hasta en su madre. Imaginó que su madre lo descubría en plena calle corriendo como alma en pena con un indio detrás, un indio más alma que alma en pena detrás, no, Dios, se gritó, que me mire el mundo pero no ella, y entonces creyó que los congresistas, los senadores, los buenos amigos de su cofradía despuntaban por una esquina y aparecían con sus bastones y lo interrogaban. Aceleró la carrera al pensarlo, y muy a tiempo, pues ya el perseguidor tremebundo iba a atraparlo por el hombro. De modo que todavía les duró la carrera un tiempo, como informaría el periódico del día siguiente, debajo del rótulo: «Todo por un piropo». Llegaron a la plazoleta del Chorro de Quevedo, exhaustos por la ascensión de calles laberínticas, por la cantidad de estudiantes que se interponían igual que morsas, y ya no pudieron avanzar su respectivo paso de huida y persecución. Benito Peña cayó jadeante ante las puertas verdes de la iglesia, sus rodillas temblaban, no lograba respirar, y encima de él cayó la fiera extenuada, mojada en ira y sudor. Dicen que oyeron decir a Benito Peña: «Este hombre me va a matar», y que el asesino no dijo nada; enrojecido y colérico en medio de la muchedumbre esgrimió el cuchillo que acababa de comprar en la ferretería y liquidó su hombre y liquidó por una eternidad la angustia de no saber hacia dónde. Mató su hombre, igual que Benito Peña mató su piropo, y ambos parecieron olvidarse por un instante de la muchacha sola que hoy siempre te mira en Lis esquinas más largas de Bogotá.
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