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evelio rosero

las horas inmóviles (es)

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Desde que está sentado en esa silla el mundo es otro. Aurora es otra, también. Solo él está detenido y permanece idéntico. Piensa eso mientras Aurora empuja la silla y lo lleva rodando imperceptible como un río hacia la puerta del apartamento. Se diría que la silla y él se desplazan solos, sin Aurora detrás, sin su espejismo corporal, como un respiro. Aurora cierra la puerta. Ella es volátil, no la ha sentido guardar las llaves, ella es humeante, ella es un humo, un olor que se mueve y que él adivina, un olor que se muere pero no acaba nunca de desvanecerse: Aurora, cómo hacer para desaparecerte.
La silla y él atraviesan el pasillo estrecho, delimitado por las demás puertas de los apartamentos, la silla entera se ve bruñida bajo la luz opaca de la mañana. Ninguno de los vecinos del sexto piso da señales de estar despierto; aún no suenan las campanas llamando a misa; solo se escuchan abruptas las puertas de metal del ascensor abriéndose ante ellos, junto a las profundas escaleras de ladrillo. Entran la silla y él, únicamente. Se esfuerza por demostrarse que va solo en la silla: vamos la silla y yo, la silla y yo rodamos solos. Y piensa, mientras descienden los seis pisos: Aurora, no te siento, no respiras. Las puertas de metal se abren. La luz de la mañana, abajo, es más opaca. Salen del edificio y enfrentan un viento helado, el cielo parece de tierra, un viejo papel periódico viene a estrellarse contra la rueda izquierda, después revolotea aplastándose en sus rodillas y finalmente desaparece llevándose la única palabra sucia de estiércol que pudo leer: Madriguera.
Se pregunta qué pensarán los de la calle al verlo circular solo en su silla, solo y fugaz, la silla y él como un solo. Pero esta sensación de libertad desaparece; su mujer se detiene: los tres nos detenemos. Presiente que ella busca entre su bolso un cigarrillo. Adivina sus movimientos, ve su rostro de ojos tan grandes y ensoñados que parecen recién despiertos, ve su cuello delgado, sus labios pálidos y secos inclinándose a la llama y luego echándose atrás, en medio de la nube azul. Percibe su olor, el de ella, confundido en el humo. Quisiera decir: Aurora, dame un cigarrillo, y sabe muy bien que no puede decirlo, pero debe haberlo dicho porque Aurora enfrenta su rostro, interrogándolo con el gesto. Le pone el cigarrillo en los labios, lo deja aspirar dos, tres veces, y después continúa empujándolo hacia el parque, igual que todos los días.
Siguen el estrecho sendero de cemento que atraviesa el parque, cercado por flores marchitas. El campo de fútbol no está lejos, los primeros deportistas del barrio han llegado, son muchachones ágiles que sacuden al frío las piernas y torsos, entibian de voces el aire y corren golpeando un balón pálido. El barrio despierta con ellos. Al pasar detrás de los bancos que rodean la cancha, Aurora disminuye su impulso; prácticamente se ha detenido. Bajo la luz opaca de la mañana su pelo se ve más rubio; su belleza es larga y escuálida y está compensada por un busto firme y crecido; tiene un rostro afilado, de pájaro, de ojos azul claro, casi afligido, que hizo que alguien alguna vez en la cancha exclamara:
«Parece la mujer de una película triste».
«De un paralítico» lo corrigieron.
Aurora se ha detenido. Él escucha crecer su respiración en su cuello; debe estar muy cerca de él, casi recostada sobre él, como si le costara mucho empujarlo. Quiere imaginarla mirándolos a ellos al tiempo que respira de ese modo sobre él, intenta imaginar su rostro y no logra hacerlo. Ve que un jugador ha detenido intempestivo su carrera y los mira un instante. Entonces otra vez la silla y él reanudan su camino solos, a través del sendero curveante, rodando presurosos por entre los hurapanes, después casi flotando sobre el otro camino más liso que conduce a la iglesia, donde suenan las primeras campanas llamando a misa, agudas, dilatadas, y pasan de largo frente a la iglesia, entre los ruidos cada vez más espesos de las campanas, y piensa que la silla y él hubiesen querido detenerse, pero como no se detienen vuelve a comprender que es Aurora quien lo empuja.
Regresan al edificio. No escucha la respiración en su cuello, siente que la silla y él siguen solos, trasladándose al ascensor y otra vez a su piso, nuevamente hasta la puerta del apartamento, y se convence de que la puerta se abre sola, no quiere ver el brazo blanco de Aurora cubriendo la cerradura, cierra los ojos, la silla y él entran solos: estoy solo, con la silla, en esta silla que rueda llevándome por los mismos sitios toda la vida, Aurora, cómo hacer para desaparecerte.
Ella lo conduce diligente a la mitad de la sala, frente a las ventanas sin cortinas. Después se aleja en punta de pies y habla infatigable de muchas cosas, va de un lado a otro, impermanente, sin resolver por dónde empezar la costumbre del día. El apartamento es diminuto; ella se pasea rápida y metódica; de vez en cuando vuelca la mirada hacia el reloj dorado, colgado en mitad de las ventanas; su mano pálida, delgada —larga como ella—, su mano ensortijada apaga otro cigarrillo contra el fondo azul del cenicero, y sigue hablando infatigable, del clima, de su trabajo, de los precios, dice que van a poner barandas en la escalera del edificio, «Las escaleras son tu peligro», dice, como si se lo recordara.
De pronto desaparece a pasos largos y el aire trae un sonido que es de ropa cuando cae; la voz se escucha líquida desde lo más hondo del pasillo; habla mojada, bajo el chubasco de la ducha, entre la lluvia de vapor, y él no la entiende. El agua deja de sonar, el reloj palpita uno, dos y tres minutos, hay un aroma cálido en el aire y él ve la boca roja y luminosa frente a él, los labios largos y delgados se mueven como su cuerpo, preguntándole algo, puede verla por completo: ha cambiado de vestido, se ve más blanca porque su falda es negra, se pregunta cuántos años han pasado sin que la vea desnuda: ayer soñé que caminaba, ayer soñé que hacíamos el amor.
Ella es una ráfaga caliente de vapor envuelto en seda, es un olor de piel recién bañada en jabón, un aire claro, transparente como ella, de manzana cuando se parte, sus dedos lo rozan en la mejilla y suena una sonrisa breve, la despedida, algo así como un sonido de agua que dice en un idioma extraño: «Debo ir…», es un «Debo ir…» que él escucha sin escuchar, desde el remoto mundo donde se mueve solo. Por último la boca vertiginosa se posa como una hoja fría sobre su sien.
La puerta se abre, se cierra: te has ido. No. La puerta no está cerrada. Pero te has ido.
Solo, frente al reloj dorado y las ventanas, me miro yo mismo como en la niebla, me quedo mirando y pregunto cómo me llamo, y finjo que mi voz ha salido, que ha sonado mi voz, ha brotado de mí, y es mía, mi voz, y ha quebrado el sonido ricino del reloj, pero mi voz, que no existe, solo puede prolongar el silencio, cómo me llamo, Aurora, tienes que decírmelo, si es que aún recuerdas mi nombre, si aún no lo has olvidado, veo mi mano, pero esta mano no es mía, veo mi silla y te veo y no quiero verte, Aurora, cómo hacer para desaparecerte.
Su mano derecha es el único movimiento que le queda, y, sin embargo, casi siempre la mano cuelga quieta, agazapada, desde un brazo que es tan rígido como el resto del cuerpo. Puede mover la mano derecha y mover la silla, pero la lentitud eterna, unida al esfuerzo, no hacen sino recalcar su inmovilidad. Se siente más inmóvil cuando se mueve. Sus ojos, quietos como su cuerpo, sus ojos que brillan en el sopor de una fiebre perpetua, dejan de mirar la puerta: Aurora, te anticipaste.
Su mano derecha sujeta la rueda: la silla y yo nos movemos, Aurora, no estás, no respiras, cuánta lentitud la de mi silla, es peor que si estuviera quieto, igual que si anduvieras al revés, en lo más alto de un abismo, el resbaloso fango en tus zapatos, te vas a caer.
La silla y él ruedan hacia la puerta, creen rodar o están rodando por encima de una masa de algodón donde los dos empiezan a resbalar y hundirse, inexorables. Su mano derecha explora la cercanía de la puerta, logra abrirla de par en par, cruza el umbral, ruedan por encima de lo eterno, de lo dimite, y aunque llegan a la cima es como si nunca terminaran de llegar, solos los dos, la silla y él como uno solo.
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