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evelio rosero

los tenderos (es)

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El hombre tenía cara de niño. Grande como un caballo, pero cara de niño; debía ser un hombre-niño, o un niño recién crecido de la noche a la mañana. Llegó por la tarde, en el camión-escalera, el único forastero en mitad de tres o cuatro comadres con sus gallinas. Traía una maleta de cuero, abultada, y se vino derechito a que le indicáramos cómo ir a Los Milagros, la hacienda de Santiago. Así dijo y respondimos:
—La hacienda de don Santiago, querrá decir.
El niño no dijo pío. Su cara de niño sudaba. Después pidió una cerveza; no era tan niño. Se la bebía de pie, a una orilla de la tienda.
—Es lejos —dijimos—. Si camina llegará de noche, y hay perros, y están sueltos.
El niño volteó a mirar desamparado al camión que nos abandonaba: la tienda era la última parada y ahora el camión desaparecía subiendo la cuesta.
—¿Y no hay un carro que me lleve? Pagaré el viaje.
—El jeep de Rito sigue averiado, mañana traen los repuestos. Podría ir mañana por la tarde, hoy no le conviene caminar.
—Es cierto. Con este equipaje. Pesa y es delicado.
—Eso vemos.
Se miraba la punta de los zapatos. Vestía de negro, como un domingo de entierro.
—Podría quedarse en la tienda. Acaso mañana don Santiago manda por usted y su maleta.
Siguió callado. Su equipaje era esa gran maleta de cuero, ¿qué contenía? Miró su maleta cuando dijo:
—Tengo que llevar esto a Santiago, hoy mismo.
—A don Santiago.
El niño se mordió los labios.
—Qué le podemos hacer —dijimos—. Tendría que tener suerte, que el mismo don Santiago o cualquiera de sus hombres baje hoy y se lo lleve con todo y equipaje. Y eso puede suceder hoy o mañana, seguro; allá arriba tarde o temprano se enteran de los extraños.
Reímos. El niño continuaba preocupado.
—Y desde hace cuánto viaja —preguntamos por preguntar.
—Mucho tiempo —dijo—. Qué carretera. Qué precipicios de diablos. —Su voz pareció animarse—: Saltamos y saltamos. El polvo no nos dejaba hablar.
—Tendrá que acostumbrarse. En estos lados el polvo crece hasta en el polvo; por más que uno se defienda se le pega en el alma, y cuando no hay polvo hay zancudos. Mejor quédese esta noche, cuál es la prisa. De noche sueltan perros allá arriba, un peligro. Cuentan que una parejita iba en moto. Pararon quién sabe por qué. Acaso uno de ambos quería orinar. Allí mismo los perros los masticaron.
—Tengo que llevar esta maleta a Santiago.
—A don Santiago —lo corregimos—, no sea terco, por olvidos menores los hombres de don Santiago lo pueden morir a uno.
Una ola de polvo empezó a subir como remolino desde la carretera. Nosotros, sentados a la puerta de la tienda, cerramos los ojos y ladeamos los sombreros. La ola nos acarició los pescuezos. Cuando pasó, abrimos los ojos. El niño, de pie, tenía las pestañas grises, el pelo gris, los labios, la botella. Nos provocó risa, pero también lástima.
—Bueno —lo azuzamos—. Entonces lleve usted mismo la maleta, camine de noche, y ojo con los perros.
Queríamos que nos contara qué bendita cosa había en la maleta, qué secreto, y solo se rascaba en silencio la cabeza, miraba al cielo, espantaba zancudos, tosía.
De un sorbo acabó con la cerveza.
—Caminaré —dijo.
Pagó sin esperar a que le diéramos el vuelto, se echó al hombro la maleta, y caminaba derechito por la ruta que le indicamos.
—Qué lleva ahí —le gritamos.
Se detuvo. Vimos una mosca merodear por la maleta.
—Un muerto —dijo.
Y esta vez fue él quien rio, sin volverse. No miramos su cara cuando arrojó la risita, y queríamos mirársela, a ver si había solo burla o solo verdad.
—Caramba —nos reímos—, haberlo dicho antes y ayudábamos.
Empezaba a caminar y se detuvo.
—Cartas —dijo—. Llevo cartas para Santiago.
Oímos el mido de un carro. Era el camión de Paco. Nunca nos visitaba, a no ser que llevara un encargo para la hacienda. Era raro a esas horas el camión de Paco.
—Tiene suerte —dijimos—, ese es Paco y con seguridad lleva algo para la hacienda.
El camión frenó en seco frente a nosotros. La roja cabeza de Paco asomó y nos saludó con un eructo.
—Qué tal, par de viejos mentirosos.
Otra oleada de polvo se llevó sus palabras, las amarró en el aire, las trituró, las convirtió en polvo. Esperamos a que pasara la ola, los ojos apretados.
—Si no los ahoga la cerveza los ahoga el polvo —dijo Paco—, qué caras, no ven sino las mismas moscas todos los años.
El niño se acercó a la ventanilla. Extendió su mano, que Paco no recibió. Qué raro.
—Soy Patricio Almida, voy donde Santiago —dijo el niño.
—¿Donde Santiago? —repitió Paco estupefacto—. Yo voy a los Milagros, la hacienda de don Santiago.
De nuevo el niño no dijo pío.
—Seis mil pesos —dijo Paco.
—Listo —dijo el niño, el pobre niño que resultó llamándose Patricio. ¿Seis mil pesos? Lo robaban.
—Ponga esa maleta atrás, que aquí no cabe. Y con cuidado. Abra la puerta, lance la maleta y cierre corriendo.
La bandeja del camión era una especie de jaula, y no se podía mirar adentro.
—Qué llevas ahora, Paco.
Paco se mordió los labios.
—Otro animal —dijo. Y lanzó un suspiro que nos pareció un desgarramiento. Nos asombró. Se recompuso y añadió—: Una pantera.
—Una pantera —repetimos—, ¿ahora le dio por una pantera? Antes fue un tigre, ¿recuerdan la jirafa?, debieron hacer un hueco en el techo para que sacara la cabeza.
—Verdad —dijo Paco—. Pero don Santiago me pagó esta jaula nueva, acero inoxidable. Allí va la pantera.
—No se oye —dijimos—. El tigre sí se oía, ¿recuerdan?, se despertó el mundo, parecía la feria. Esta pantera va muy dormida, ¿o es muda?
El niño se nos quedó oyendo boquiabierto; no sabía si era verdad o mentira; nosotros sí sabíamos. Cargó la maleta y se dirigió a la jaula. Corrió la tranca y abrió la puerta; lo imaginamos dudando, como si aún no creyera que Paco era muy capaz de llevar una pantera a Los Milagros. Oímos algo así como un grito endiablado, como un rugido, pero no exactamente un rugido. El niño entonces arrojó la maleta adentro y cerró la puerta. Puso instantáneo la tranca y volvió con nosotros, blanco. Erizado. No podía creerlo. Hizo esfuerzos por hablar. Por fin pudo hacerlo:
—No es una pantera —dijo, y se volvió a mirar a Paco, que reía—. Es una negra —dijo.
—Es lo mismo —dijo Paco.
—Eso vamos a verlo —dijimos, y caminamos a la jaula.
—Mucho cuidado —gritó Paco—. No la dejen salir o los mato. Si se pone a correr nadie la alcanza, Dios mío.
Ahora fuimos nosotros los incrédulos. Una pantera era posible para el zoológico de la hacienda, ¿pero una negra?
Ahí la vimos.
En un pestañeo.
Abrimos y se arrojó a la puerta, mostrando los dientes blancos, las palmas blancas de las manos, y gritando como posesa. Cerramos.
—Virgen de la Playa —dijimos—, ahora le dio por una negra.
—Y no es de este país —dijo Paco—. La trajeron en barco. Me la entregaron como un regalo, me recomendaron: Si te descuidas te come, pero con los dientes.
«Una negra inmensa —pensamos—. Una negra bella, como Dios la trajo al mundo». Nos preguntamos si de verdad un día de la vida vimos una negra como esa. Nunca. Una negra brava y bella como esa, jamás.
—Más negra que el betún —dijimos.
—Más negra que el diablo —dijo Paco—. Miren mi brazo. —Sacó el brazo derecho por la ventanilla. Lo llevaba envuelto en un trapo rojo, que desenvolvió muy lento, como a propósito: tenía el antebrazo en carne viva, como si se lo hubieran disputado los perros de don Santiago, una carnicería. Con razón Paco no saludó al niño con la mano.
—¿Y eso? —nos espantamos.
—Jueputa —contó Paco—. Paré a orinar. Hacía un calor de mil demonios. Y ya orinaba cuando la escuché.
—Te hablaba —dijimos.
—Peor —dijo—. Cantaba.
—¿Cantaba?
—Cantaba.
—¿Y?
—No sé. Su canto me enloqueció. Como si me invitara. Me entraron ganas de comérmela. Y por poco me come ella. Escuchen esto. —Sacó con la otra mano una botella de aguardiente, por la mitad—. Pensé que don Santiago al fin y al cabo la usaría cada día hasta el hastío, y yo no. Yo solo tenía una oportunidad. Esa. Entonces abrí la jaula.
Paco dio un sorbo largo. Nos ofreció la botella. Bebimos. El niño que se llamaba Patricio no quiso beber, pero escuchaba pavorecido.
—Y entonces —preguntamos.
—Eso que cantaba era como un sueño, daban ganas de bailar o de llorar. Qué lindo canta, y es un diablo. Pensé además que debía estar triste, allí encerrada a pan y agua. Abrí la puerta.
Se quedó callado Paco. Ahora encendía un cigarrillo. Nos ofreció del paquete. Fumamos. El niño no quiso fumar.
—Y entonces —preguntamos.
—Pues dejó de cantar —dijo Paco.
—Claro —dijimos.
—La miré por primera vez. Qué culo. Qué tetas. Le dije «Ven, gatito», le dije «miche, miche», como a los gatitos. Se me fue acercando de a poquitos, estaba en cuclillas, caminaba así, en cuclillas, y me miraba. Unos ojos negros como carbones encendidos, como uvas. Yo esperaba emocionado. Me iba a disfrutar un ángel negro, ¿entienden?
—Entendemos.
—Ustedes no entienden nada, par de viejos —dijo Paco.
—Viejos pero hombres, Paco, nosotros sabemos de eso, tenemos hijos y nietos. Y ahora cuéntanos.
—Jueputa —repitió Paco.
De pronto parecía malhumorado. Volvió a ceñir su brazo herido con el trapo.
—Qué sucedió —dijo el niño que se llamaba Patricio.
—¿Es que no vieron? Se me colgó del brazo con sus dientes y no me soltó. Yo gritaba del puro dolor. Tuve que golpearla. Y cerré la puerta y aquí estoy. Entrego esa demonia y no vuelvo. Súbase de una vez, se hace tarde.
El niño subió al lado de Paco. No se despidieron. Los vimos alejarse con su carga por la carretera. Saltaban entre huecos. Nosotros hubiéramos querido ver otra vez a la pantera; merecía la pena una mordedura como esas. Y mientras decíamos que esa noche soñaríamos con ella sucedió lo que nadie va a creernos, lo triste, pero también lo risible: en un instante, en un segundo vimos estallar el camión entero con su carga, fue una sola llamarada llevándose las almas de Paco, del niño y de la negra. Sin ninguna duda el niño llevaba una bomba en su maleta, un encargo para don Santiago que estalló antes de tiempo —para su suerte, que es la suerte de todos los malos.
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