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evelio rosero

muerte y meditaciones de un hombre lobo que se enamoró de su víctima (es)

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Respondo con un gruñido, como se debe. Detrás de la puerta me gritan. La celda entera es de plomo y no logro escuchar, extendido como fiera en este catre. Abren la puerta y me arrastran por los pabellones húmedos. Es bueno que mi cuerpo les pese —y ojalá pesara tanto que todos nos hundiéramos. Pero no nos hundimos y llegamos al Salón de Ajusticiamiento y soy izado entre una multitud de brazos que me sientan en la Silla de las Cosquillas —como la llaman aquí, ustedes entienden, la electricidad.
Les digo que suponía que iban a ofrecerme una copa de brandy, qué mezquindad. Ni siquiera permiten que me despida de mí, pues ¿de quién más iba a despedirme? Van al grano de una vez. Y, mientras asan mi carne (con todo y su alma) veo dos sombras bajo una lámpara; soy yo: la sombra de un hombre y la sombra de un lobo. Resisto. Se asombran. Estiro la lengua y me tiento los labios y no puedo rugir. Ya me lo habían advertido: «Si usted no se orina del susto, se queda mudo». Solo rugen los testigos, conmocionados, ¿hay mujeres?, no logro aullar como quiero, para espantar al cura y al juez que no deben andar lejos. Seguramente conversan escondidos en la sombra: temerán que salte sobre ellos.
¿Alguien llora por mí? Sí, yo escucho. Vi sus manos, soporté su dolor con indulgencia, en un bosque apartado, con luna. Su rostro perfecto, saludable, ávido de saber quién era yo y por qué la atacaba; en realidad no tenía nada contra ella; yo no era otra cosa que un hombre-lobo realizando su deseo (mi deseo y su deseo: los dos el mismo deseo). Brillaba en mitad de los helechos, su cuerpo un ala rota, su asombro reposado; se distendió, silente, contenta de que un gigantesco hombre-lobo la acometiera. Debía estar sola en el mundo, quería morir, ufana del repentino deseo que me empujó a desnudarla entre montones de helechos, «Si alguien se asoma», dijo, «cúbrame por favor con los helechos», qué muchacha, ¿de qué planeta? Y me dijo: «Es una pena: no nos podremos seguir viendo. Usted sabe muy bien que yo lo quiero», y, al final: «No grite tanto, señor, que lo van a oír», pues era yo el que gritaba. Sus ojos se detuvieron, doblados al cielo, la luna se había ido.
Ahora me pregunto si era la mujer-loba con quien debí vivir para soñar y despertar, para sufrir juntos las persecuciones y envejecer hasta morir. La abandoné aullando de confusión. Era indignante, me enamoré de su muerte, su mano angelical arropaba su sexo. Sufrí. Pero, ¿por qué afanarse? Todo ha pasado y estoy solo, soy el único que me piensa: alrededor los testigos desfallecen, estornudan. Yo tengo todo el tiempo del mundo —les grito—, yo soy una magnífica sorpresa. Y no arrojo todavía mi último cuac, qué absurdo, aquí sigo, sentado, mudo, sin una lágrima, quisiera arrastrarme sobre las rodillas, ¿adonde?, y si esta silla volara, como una escoba…
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