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evelio rosero

nadie se hace cargo del cadáver (es)

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Su hermano había muerto y fue a su casa, en Cumbal, porque llamaron a decirle que nadie se hacía cargo del cadáver. Que el cadáver de su hermano estaba en su casa de Cumbal, esperándolo. Que él era el único pariente conocido (su hermano habló únicamente de él), y que lo mataron en su cama, de un tiro de escopeta, mientras dormía. Todo eso se lo dijo por teléfono una voz que no supo si era de hombre o de mujer; era una llamada de larga distancia (desde la oficina de teléfonos de Cumbal), diluida entre ecos y cicatrices sonoras; pensó al principio que podía tratarse de la voz de una mujer ronca por naturaleza; después creyó que era la voz de un hombre agripado; por un instante consideró que eran un hombre y una mujer que alternaban el uso del teléfono; fuera quien fuera, la voz no dijo más, y colgó. Ni siquiera supo cómo averiguó su teléfono, y pensó incluso que se trataba de una broma, las ya clásicas bromas de Bogotá. En todo caso, se sorprendió a sí mismo interesándose más por si la voz era de hombre o de mujer que por la muerte de su hermano. Trató de acordarse de él y fue inútil. No lograba recordarlo, ni la voz, ni las manos, ni la cara, aunque bien pudiera suceder que al morir tuviera su misma voz y sus mismas manos y su cara, pues eran gemelos. Pero no pudo hacerse una idea definitiva de cómo era él, cómo gesticulaba, o caminaba o reaccionaba. Era como pensar en alguien invisible, alguien que vivió con nosotros sin que lo viéramos nunca, una sombra sin voz; como indagar en la nada.
Esperó que el teléfono volviera a sonar, pero no sonó. El reloj en la pared decía que eran las seis y treinta de la mañana. Encendió un cigarrillo y llamó a Sol. Contestó Sol, que además de secretaria era su prometida. De hecho, ni más ni menos, ese mismo día iban a casarse. Contestó su voz, marchita de sueño:
—¿Sí?
—Soy yo.
—Fabiano, me despertaste.
—Debemos cancelar todo hasta mañana, o pasado mañana.
—¿Qué dices?
—Mi hermano está muerto, en Cumbal, y nadie quiere enterrarlo.
—¿Tu hermano? ¿Cumbal?
—Mi hermano está muerto, acaban de llamarme.
Hubo un silencio.
—¿Hermano? —preguntó Sol—. ¿Cuál hermano? Nunca me contaste de ningún hermano.
—Escúchame.
—Te estoy escuchando.
—Tengo un hermano gemelo, y debo ir a enterrarlo, a Cumbal.
—¿Gemelo? ¿Cumbal? ¿Dónde queda eso?
—Tendré que buscarlo en el mapa.
Otro silencio.
—¿Qué excusa es esta? —preguntó Sol, indignada—. ¿Qué sucede contigo? ¿Un hermano inventado? ¿Qué voy a decirles?
—No es ninguna excusa, hoy llamaron a decirme…
Sol estrelló el aparato. Fabiano apagó el cigarrillo estrujándolo contra el piso. Volvió a marcar el teléfono. Ella no contestó.
Encendió otro cigarrillo. Así era Sol. Pero él era culpable, ¿cómo fue que nunca le habló de su hermano? IL de la ventana más ancha de su piso, el 26, contempló la Plaza de Toros, vacía. El Planetario, rodeado de arbole Algo había que hacer, y cuanto antes: viajar a Cumbal, enterrar a su hermano y regresar. Sol entendería; lo esperaría. Fabiano Vela buscó desconfiado en el mapa: Cumbal. Tardó media hora en encontrar a Cumbal, un punto en los límites con Ecuador, cerca de Ipiales. Llamó al aeropuerto.
El único avión hasta Ipiales saldría en una hora, y en la tarde había un vuelo de regreso. Acorralado, apartó un pasaje de ida y vuelta. Se sentía indeciso, abrumado, ¿se trataba de una trampa?, ¿y si su hermano no se encontraba en Cumbal, ni vivo ni muerto? Sin embargo, era posible que estuviese muerto y que nadie se hiciera cargo del cadáver. Encendió otro cigarrillo y se vistió de negro, ¿debería vestirse de negro?, ¿no es así como se viste la gente para un entierro?, ¿cuándo fue la última vez que asistió a un entierro? No quería acordarse del entierro de sus padres; su hermano y él vestidos de negro, cada uno con un ramo de nardos. Cuando ocurrió el accidente y sus padres murieron él y su hermano contaban apenas con diecinueve años. Su hermano fue explícito: «Habrá que vender esta casa», dijo, y ni una lágrima. Vendió la casa y desapareció con todo y dinero, peor que un ladrón. Fabiano Vela trabajó duro, fue camarero, librero, auxiliar de auxiliares, todero, pagó sus estudios y, de la noche a la mañana, como si brotara de un pozo, se vio convertido en médico. Sus profesores de universidad lo ayudaron. Se olvidó del pasado y de su hermano. Y ahora iba a casarse: este mismo día tenía que casarse; se suponía que él y su prometida volarían en la noche a Cartagena, en viaje de bodas. Pensó en Sol y, poco antes de marchar al aeropuerto, volvió a llamar.
¿Por qué no contestaba? La muerte de un hermano era la muerte de un hermano, Sol misma debía ofrecerse a acompañarlo. Pensó que era un iluso al suponer que Sol lo acompañaría, pero pensó también, extrañado, que esa mañana se sabía despertado a la vida realmente, y todo mediante la muerte de su hermano. Se refregó el rostro. Prefirió ignorar la intempestiva sensación de libertad y volvió a llamar a Sol. Nadie contestó. Fue a la ventana y miró más allá de la de Toros: Bogotá. Contempló a Bogotá, la imaginó, latente, alrededor, sintió a Bogotá y se alegró de abandonarla, aunque pensó también que eso era como una traición: abandonar a Bogotá odiándola de esa manera. ¿Qué hacer? «Adiós Bogotá» dijo, sentado a la ventanilla del avión, y recordó la ciudad mientras volaba: una ciudad sin geometría, pensó, sin espacios donde los debe haber, sin ningún tiempo ni razón que la justifique, una ciudad hacia abajo como hacia arriba y hacia ningún lado, una ciudad que se comerá sus montañas y no crecerá una flor ni por azar porque un río de mierda se habrá salido de madre y la sumergirá, matándola de asfixia.
Bogotá se conmovió a sus espaldas, cuando él la abandonaba. Se conmovió —pensaba él—, se conmovió como si saltara sobre sus propios goznes, enloquecedora, asesina, sorpresiva, una inesperada visita que te puede matar en la esquina, porque saliste de tu casa a comprar pan y nunca regresaste, desapareciste, no dejaste razón, me fui porque no supe cuándo, así se conmovía Bogotá.
Cuando llegó a Ipiales se horrorizó. Quería volver a Bogotá, y cuanto antes. Espantado, caminó por las calles estrechas y sucias, vestido de negro. Seguía desconfiando de la muerte de su hermano, de su mismo hermano, de las voces por teléfono…
Y esto era Ipiales: tortuosa, patética; un frío agudo brotaba de su tierra y mataba el corazón. Las gentes caminaban como dormidas; con mucha dificultad entendieron que él deseaba llegar a Cumbal. Le explicaron que eso era mu;, pobre, que eso era muy feo, que para qué iba. Tuvo que decir quién era, de dónde era, y por qué iba a Cumbal. Le indicaron que abordara el willys de don Lucio, en el parque principal. Y ya el willys de don Lucio aguardaba en una esquina, impávido. Era el único willys del parque: tenía que ser, entonces, el willys de don Lucio. Había, sentado al volante, un hombre viejo, con sombrero de paja, las grandes patillas blancas.
Cuando el viejo volteó a verlo se quitó el sombrero y se santiguó:
—Ánimas Benditas —dijo—. Ha regresado a vengarse.
El viejo recibió el maletín sin dejar de escrutarlo. Fabiano se sentó a su lado y extendió la mano:
—Fabiano Vela —se presentó.
—Y la misma voz —repuso el viejo sin estrechar su mano. Ahora parecía aterrado.
Fabiano pensó que el viejo no iba a arrancar nunca, que nunca llegarían a Cumbal. Y quería llegar a Cumbal para regresar a Bogotá, cuanto antes. Buscó en sus bolsillos, había olvidado los cigarrillos. Se impacientó.
—Le juro —decía el viejo— que si usted fuera él yo me moría aquí mismo, o salía corriendo. Era el hombre más malo de la tierra, y por eso lo mataron durmiendo.
—Vamos —dijo Fabiano—. Vámonos de una vez.
—Pero claro -—repuso el viejo—. Allá lo están esperando.
Y arrancó.
Un bochorno inclemente lo avasalló cuando comprobó que en la plaza del pueblo el pueblo entero esperaba, y que un murmullo de admiración sacudió al mundo cuando lo vieron descender, cuando —sin conocerlo— lo reconocieron, cuando descubrieron que él era idéntico al hermano, que él, en cierta forma, era su mismo hermano resucitado. Temor, horror, sorpresas infinitas lo rodearon, las bocas abiertas, los ojos encendidos. Incluso algunas mujeres huyeron, otras se persignaron, y el sacerdote se aproximó y le preguntó como al demonio que quién era.
Dijo su nombre. Y dijo, además:
—Y vengo a enterrar a mi hermano.
—Sí —dijo el cura, mirándolo estupefacto—. Nosotros lo llamamos esta mañana. Sabíamos que vendría, pero nunca supimos que… se le pareciera tanto.
—Somos gemelos —dijo Fabiano, y se corrigió—: Eramos. —Y le pareció estúpido encontrarse ahí, con toda esa gente horrorizada. Pues dio un paso y todos retrocedieron.
—¿Quién me lleva? —preguntó en voz alta, para que todos oyeran. Se irritaba. En Bogotá las cosas eran distintas. Las gentes no te conocen. Haces lo que quieres—. ¿Nadie me indica el camino?
—Todos —dijo una voz de entre la muchedumbre. Y, como una sombra compacta, la muchedumbre avanzó, subió por una carretera estrecha y llegó ante una casa enclavada en la cima de una colina, una casa de techo rojo, con un jardín descuidado, un estanque y un establo vacíos. La muchedumbre se aglomeró ante la puerta entornada, pero le abrió paso. Él se sintió anonadado. Durante el camino había intentado intercambiar unas palabras con el cura, o con cualquiera, y nadie le respondió. Solo decían: «Parece que hablara él, parece que él nos preguntara», y se alejaban. Solamente una vieja de chal rojo lo jaló por la manga cuando él desistía. Lo llevó aparte y le dijo:
—Ella sufría.
—¿Ella? —preguntó.
—Teresa, mi hija, la mujer de su hermano —dijo como si lo reconviniera—, ¿por qué no la visita? Su hermano estaba enamorado de Teresa, y la pudrió.
—¿La pudrió? —preguntó, pero ya la vieja se extraviaba entre la muchedumbre.
¿Y por qué Teresa no vivía en casa de su hermano?, pensó, inmerso en la confusión. Y se olvidó de Teresa cuando avanzó al interior de la casa.
—Su hermano siempre cerraba las puertas —dijo una voz a su lado.
Y otra:
—Dormía con las ventanas cerradas.
Y otra:
—Tenía motivos.
En vano intentó descubrir quiénes hablaban. ¿Se burlaban de él?
«Maldito seas» pensó al pensar en su hermano.
Y ahí, en la sala grande, sobre un lecho muy blanco, yacía el cadáver de su hermano, bocabajo, como si durmiera. Se acercó con prontitud, y, con él, a prudente distancia, muchedumbre. Descubrió, en la espalda, la mancha roja reseca, el rastro negro de la bala. Una sábana lo cubría de cintura para abajo. Entonces, como todos, sin evitarlo, se cubrió las narices.
«Hiedes», pensó.
Envolvió el cadáver con la sábana. Pesaba. La cabeza de su hermano oscilaba; vio el rostro, por un instante, idéntico a su rostro, y se sintió flojo, como de espuma; pensó que iba a desvanecerse; al recuperarse notó que el cadáver seguía entre sus brazos, y que él, casi de rodillas, parecía postrado a una orilla de la cama. La muchedumbre lo contemplaba en silencio.
«¿Es que nadie va a ayudarme?», pensó. Tragó como pudo un incipiente asalto de lágrimas. Entonces reconoció, a sus espaldas, la voz de hombre y mujer que oyó esa madrugada por teléfono:
—En el cementerio nunca podrá enterrarlo. Era un pagano.
Se volvió, a buscar. Era el cura. No había, por lo visto, otra autoridad en Cumbal. Sus diminutos ojos lo examinaban, ávidos.
—Lo enterraré aquí —dijo él—, en el propio jardín de su casa.
Un murmullo brotó de la muchedumbre.
—Podría ser —dijo el cura con una sonrisa amarga—. Esta era la casa de su hermano. Ahora es su cementerio.
—¿Por qué no nos deja la casa? —dijo de pronto una voz de mujer. Era la vieja del chal rojo.
No respondió. Pensó que de verdad iba a llorar. Quería irse de ahí cuanto antes. Bogotá. Un café a solas en un café solo. Un cigarrillo. Deseaba desaparecer; evitaba ver el rostro del cadáver: su propio rostro muerto. Así sería él cuando muriera.
«Un sueño», pensó, «un mal sueño».
Pero ahí seguía el cadáver de su hermano, con él. Contemplándose. Quiso gritar que lo dejaran solo, y fue imposible. Una palabra más y lloraría. Una mano apareció en el aire y palmeó por un segundo su hombro. Maldijo por dentro. Se sintió un actor de quién sabe qué tragedia, un actor a la fuerza.
Percibió que el círculo de sombras lo rodeaba, inmóvil. Se despojó de la chaqueta, sudando, ensopado en el frío. Tendría que cargar con el cadáver él solo. Y escuchó, de entre el aire:
—¿Es que no lo va a vengar a su hermano?
Y otra voz:
—Carajo si no lo hace.
Y otra:
—Su hermano era un hijueputa pero al fin y al cabo era su hermano.
El cura lo contemplaba maravillado. Sus ojos se desorbitaban. Elevó una mano para calmar a los que vociferaban y se aproximó.
—¿Nos dejará esta casa? —preguntó con un susurro—. En ese caso la parroquia se haría cargo de todo, del traslado de su hermano al cementerio, de la misa… Déjenos la casa. La mujer de su hermano, los pobres de este pueblo, todos se lo agradecerán.
Sintió una rabia profunda y también un desconsuelo: quería irse de ahí, dijeran aquellos hombres lo que dijeran.
—La venganza es de hombres —oyó.
Eran voces cuyos semblantes él no descubría. Las voces se hallaban ocultas entre los cuerpos, inmersas en agua negra, desconocidas, pero cerca de él, muy cerca, demasiado.
—Silencio —gritó el cura. Y se aproximó a él todavía más—: ¿Qué me dice?
Sacó, de debajo de la sotana, unos papeles. Su voz parecía un ruego, un susurro cuando añadió:
—Robó al mundo, su hermano. Nos engañó a lodos. Pero firme usted aquí, y…
Fabiano Vela arrebató los papeles. Firmó sin leer qué firmaba. Por un segundo había querido golpear al cura. Se limitó a responder con otro susurro:
—Métase su mundo por el culo.
El cura retrocedió fascinado:
—Un demonio —dijo—. Igual que su hermano.
—Sabemos quién es el asesino —gritaron entonces—. Si usted quiere se lo presentamos.
Hubo un amago de risas que él enfrentó con la mirada. Iba a decir algo. Iba a gritar que le importaba un comino el asesino cuando un vértigo de cólera lo poseyó.
—Tráiganlo —dijo.
—Búsquelo —contestaron.
De nuevo un amago de risas lo remeció de pies a cabeza. Cerró los puños y dio un paso; todos se replegaron; pensó que por lo visto todos hubieran podido ser el asesino de su hermano, o todos quisieron serlo.
Dobló la cabeza como un sentenciado.
—Don Lucio —pidió—. ¿Dónde está don Lucio? Me voy a Ipiales.
Solo el viento respondió.
Entonces se desprendió de la muchedumbre la figura encorvada de una mujer.
—Espere —dijo—. Yo fui la que mató a su hermano.
Era la vieja del chal rojo.
—Usted —se desesperó Fabiano. Sus manos sudaban, y, sin embargo, un escalofrío de espanto lo recorría.
Se acercó a la vieja y la contempló. ¿No había dicho que era la madre de la mujer de su hermano? Pensó que enloquecería. Se acercó más a la vieja y la contempló mejor. No mentía. Era como el pueblo entero, las manos que mataron a su hermano de un disparo. Era ella.
Y la abrazó.
El silencio se hizo más silencio. La vieja huyó del abrazo y la muchedumbre entera la rodeó, como si la defendiera.
Fabiano Vela emprendió el regreso a la plaza, esta vez precedido por don Lucio. Atravesó las primeras calles y se sintió más solo, desnudo; sintió una soledad distinta por lo desnuda; pensó que en Bogotá no padecería de semejante desnudez. Pensó en Sol y la certidumbre de la carne Id poseyó: deseó como nunca encontrarse en Bogotá, en su apartamento de la Plaza de Toros, con Sol en el lecho, adormecidos después del amor frente al televisor encendido. Apresuró la marcha y —por fin, al fin— asomó la plaza del pueblo.
Se despedazó por dentro. Ahí estaba la viuda. Una muchacha de negro entero, acechándolo. La hija de la vieja. La hija de la asesina…, sintió que temblaba. «¿Teresa?», recordó, «¿es así como se llama?».
Sentada en una banca de la plaza, de luto en mitad de las piedras blancas, la muchacha se incorporó al verlo. Sí, pensaba Fabiano Vela, tenía que ser la mujer de su hermano.
No había nadie más. Solo él, la muchacha lejana, y don Lucio, recostado a la puerta del willys, aguardando.
Y el viento. El viento que merodeaba por la falda enlutada y la lamía, la esculpía, el viento que de pronto, intempestivo como una lengua, elevó la falda hasta más allá de la cintura. Además de morir de la vergüenza y acomodar su falda, él creyó verla enrojecer de la lujuria.
Observó, indeciso, a don Lucio, al willys: Ipiales, Bogotá. Pero avanzó hacia ella, y, a medida que se acercaba comprobó que la muchacha abría la boca como a punto de gritar y que sus manos se crispaban. Recordó de inmediato que él era el gemelo de su hermano.
Alargó un brazo.
—No tema —dijo estúpidamente—. Solo soy el hermano.
—Sí —dijo ella—. Pero parece él.
Sintió de improviso, al escucharla —con un ramalazo de angustia— una especie de selva de voces delgadas que lo ataban, que lo mecían y lo dormían, lo arrebujaban en un mundo desencadenado de lascivia, creyó que en esa muchacha encontraba y padecía lo que toda su vida había buscado, que ella era la tierra y que él no iba a poder desenterrarse de ella jamás, que un deseo intempestivo, brutal, hacía llamear su sangre, un salvaje sentimiento de amor y posesión. Y pensó en Sol, en Bogotá, como si buscara refugio, y se derrumbó cuando otra vez oyó la voz como una queja de la muchacha:
—Gracias —decía—. Gracias por hacerse cargo. A mí no me dejaron ni llorar.
¿Quién era? ¿Qué era? Sintió que la conocía cuando la tomó de la mano. La muchacha, estupefacta, trastabilló un instante. Pero se repuso y enfrentó sus ojos. Se contemplaron durante segundos eternos. Eran los mismos ojos que había mirado su hermano: su luz negra irradiaba. ¿Qué hacer? ¿Volver a la casa de su hermano, su propia casa? La mano feroz de la muchacha apretó su mano y entonces Fabiano Vela pensó por un segundo, aquella tarde, que también su hermano lo había llevado hasta ella.
Se soltó como pudo, retrocedió con torpeza y subió al willys. Creyó averiguar que era un cobarde. La muchedumbre ya lo observaba, detenida en una esquina. Alguien gritó algo, pero el ruido del motor creció y se impuso, igual que un muro. Fabiano Vela descubrió que la vieja del chal rojo se desprendía de la muchedumbre y corría hacia él. Era ella quien había gritado. Y volvió a gritar, la oyó esta vez, al tiempo que señalaba a su hija:
—¿Es que no va a quedarse con ella?
Y luego, las manos abiertas al cielo:
—Por lo menos quédese con ella.
El willys atravesaba la plaza. Fabiano Vela cerró los ojos.
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