palomas celestiales (es)
—¿Qué hacer?, pues irnos, Nuncio, los tres, y rapidito, ¿matarlas?, ¿y para que?, yo no mato ni una, lo juro, antes salgo corriendo, allá tú si eso es lo que quieres, allí está la puerta, destráncala, entra y verás como escapas, son treinta y cuatro gatitas, debimos traernos tres, ¿para qué más?, qué bestia, al Leo casi lo desconyuntan, míralo, sin pelos, sin un ojo, si no lo defendemos y corremos y trancamos estaríamos difuntos y corremos, vámonos, amanece y las oyen y las sacan, no se van a morir de hambre, Nuncio, volémonos, si no vienes yo no voy, ¿u tu Leo?, ¿me acompañas?, carajo yo te llevo en mis espaldas.
—Sus papis las deben estar buscando —respondió el herido, usando la mitad de los labios. Parecía un despojo humano, sin un ojo: una costra azul circundaba el hoyo negro; de vez en cuando se llevaba un pañuelo ensangrentado a la cara y se palpaba la ausencia doliente del ojo—. Vámonos —añadió—, pero después —que las matemos, y bien muertas, qué diablos.
—Así habla —Nuncio Martin. Estaba de pie recostado contra la puerta alta, despintada, reforzada con una tranca de madera.
—¿Matarlas? ¿A quién se le ocurre? —dijo Silvio Molino, el primero que había hablado.
Se oyó un suave quejido detrás de la puerta:
—Por Dios —oyeron—. Déjennos ir, juramos que nunca diremos nada.
—Seguro que sí —replicó Nuncio Martín—. Fuimos a darles agua y por poco matan a mi amigo. Le sacaron un ojo, por si no lo sabían. ¿Quién tiene ese ojo? ¿Ya se lo comieron?
—Ustedes no venían a damos agua —dijo la misma voz que lloraba.
Era una de las treinta y cuatro estudiantes de bachillerato raptadas en el bus del colegio, cuando se disponían a regresar a sus casas. Solo una se salvó, pues fue después de dejarla a ella que el autobús resultó abordado en un semáforo por tres sigilosos espectros que encañonaron al chofer y lo obligaron a tomar la vía a Fontibón y después la vía a Faca y dar vueltas y revueltas hasta que anocheció. Y lo ataron y amordazaron debajo de un ciruelo, a trescientos metros de la carretera.
Bogotá quedaba lejos.
En el bus ninguna de las colegialas opuso resistencia. Eran de quinto y sexto de bachillerato, ojos de señoritas asustadas. Se apretaban los muslos con los dedos, se pellizcaban, no sabían si echarse a reír o llorar pavorecidas, ¿era un juego la vida?
Al anochecer, empezaron a llorar y rogar de vez en cuando. Pensaban que las iban a matar, una por una. No era raro, se veía en los noticieros, día a día. Nuncio Martín las había tranquilizado, al principio. Les dijo que no las querían a ellas, ni para matarlas ni para nada, que solo querían el bus, irse en el bus, solo eso. Eran muchachas de dieciséis y diecisiete años, de familias linajudas y acaudaladas. Eran rubias y morenas y miraban como venadas, eran como las habían soñado. A muchas de ellas se les ocurrió que acaso los tres raptores decían la verdad: iban a soltarlas en para que volvieran caminando sólitas hasta sus casas. A se les ocurrió que acaso las secuestraban por dinero: pedirían todo el oro del mundo por ellas. Y solo a dos de las treinta y cuatro se les ocurrió que lo único que querían esos tres hombres era violarlas. Comérselas —se dijeron.
Se llamaban Claudia Pinzón y Sinfonía Orestes, ambas de sexto bachillerato, y ninguna de las dos era virgen, por supuesto. Y, por supuesto, también eran amigas. Compartían el mismo asiento. Y ambas percibían —olían— qué pretendían las miradas de los tres hombres, cómo las saban en el bus, las comparaban, cómo se desmoron y derretían cuando ellas elevaban las rodillas contra paldar de los asientos y entonces las faldas se abrían co un telón que permitía verlas por entero.
—¿A dónde nos llevan? —preguntó por fin una de ellas.
—A ninguna parte —respondió Leo Quintero, acaricándola con los ojos, sus grandes ojos amarillos—. Ahora no las soltamos, no lloren, ustedes se regresan caminando, encontrarán un alma caritativa que las lleve a Bogotá. Muchos buses y camiones querrán llevárselas; ustedes dicen nos llevan y listo, nada más, ¿quién no va a cargar con unas muchachas tan buenas como ustedes?
—Es mejor que te calles, Leo —dijo Nuncio Martí. Y, dirigiéndose a todas, mientras avaivenaba el revólver—: A bajarse.
Ya el autobús se había detenido en una carretera destapada, paralela a la vía principal, en las inmediaciones de Faca. Ahí empezaron algunos grititos, ¿las dejarían ir?, ¿iba a matarlas?, se hizo de noche, tengo miedo, voy a desmayarme, mi mami debe llorar por mí.
—Les juro por lo que más quieran —dijo Nuncio Martín— que a la primera que diga otra palabra la mato.
Se llevaron al chofer hasta el ciruelo y lo ataron. Era un viejito seco y atemorizado y no dijo esta boca es mía. Las treinta y cuatro colegialas esperaban en grupo, apeñuscadas. La luna llena alumbraba sus rostros fascinados. Veían tres hombres armados —como en las películas, como en los noticieros —que se dedicaban a pinchar y desinflar una por una las seis ruedas del bus. Por eso se descubrieron llorando espeluznadas: los tres hombres armados no querían ningún bus, eso quedaba demostrado.
Las querían a ellas. ¿Y para qué? ¿Dinero?
Solo Claudia y Sinfonía eran las únicas que no lloraban.
—Tendrán que escondemos en algún parte —dijo a susurros una de ellas.
—Ojalá pronto, tengo frío —respondió la otra.
Nuncio Martín, Leo Quintero y Silvio Molino eran tres operarios de veinte años, cuyo único y común afán hasta la fecha había sido la en la afición a cines pornográficos. Conocían muy bien el territorio. Vivían en Faca y trabajaban en la misma factoría. No les iba bien con los noviazgos y un día se cansaron, así de simple. Todos querían mujeres, ese era el sueño, una cantidad de culos, decían igual que en la mejor película, con ellos como protagonistas. Y aquellas colegialas resultaron las elegidas. Los estremecía verlas temblar de frío, blancas en el rubor de la luna, dispuestas a huir, pero sin huir nunca.
Encontraron sin dificultad la trocha que les permitió bajar a la orilla de un río. Los silbos de autos rodando por la carretera los remplazó la corriente del río, espumoso de residuos industriales, pero ancho y blanquísimo, romantizado de luna. Vadearon las aguas saltando sobre piedras. Los gritos de las muchachas parecían risas y juegos. Todas se levantaban las faldas y las apretaban contra los muslos como si no quisieran mojarse los uniformes. Los tres raptores las contemplaban mordiéndose los labios. Hubieran querido que una que otra se cayera, que los uniformes escurrieran, pegados a la piel, como en el cine. No ocurrió y siguieron avanzando con las muchachas por delante, como un rebaño. Las cuidaban bien, las contaban, no permitían que se separaran. Y de vez en cuando bebían aguardiente.
—Este asunto es de dinero —les dijeron para calmarlas de nuevo—. Mañana vendrán sus papis a recogerlas y nosotros las devolvemos sanas; pero antes, ellos nos tienen que dar un premio, porque ustedes son valiosas, porque ustedes son lindas y merecen regresar intactas; nosotros las cuidaremos. La primera que grite o quiera irse sabrá lo que es oír un disparo dentro de su carne. La rebelde será la escogida; tengan cuidado, y respeten. Nosotros las respetaremos.
Ninguna de las colegialas replicó. Claudia Pinzón y Sinfonía Orestes cambiaron una mirada: se diría que estaban desilusionadas.
Los tres raptores habían planeado llevarlas caminandopor la noche —de regreso, sin que ellas lo advirtieran— hasta las mismas afueras de Bogotá, lejos del bus y del conductor amordazado. Allá conocían un galpón abandonado, debajo de un entoldado de zinc, en donde antes funcionó una fábrica de ladrillos. Nadie lo frecuentaba, ni ladrones ni mendigos, y quedaba lejos de la carretera. Allá no se oía nada, solo el viento, o la lluvia —si llovía—, o cualquier gato salvaje extraviado. Allá tendrían su luna de miel, las escrutarían a su gusto, al derecho y al revés, bailarían con ellas, las besarían, las olerían, lo que quisieran; especialmente tenerlas cerca y muy cerca y más cerca todavía, todas las treinta y cuatro desnudas, y ellos los máximos, los duros. Hasta ahí todo iba planeado y se ejecutaba sin error. Habían calculado el tiempo que demorarían en llegar al galpón de las afueras, pero no consideraron el cansancio de las colegialas. Después de la primera hora de vericuetos, esquivando haciendas y perros, cruzaron por un bosque alto y compacto, y varias de las colegialas cayeron, extenuadas. Una dijo: «Mejor mátenme yo ya no puedo», y otras pidieron agua. Parecían un grupo de boy scouts extraviado, en plena prueba de fuego: sobrevivencia. Los raptores esperaron unos minutos; después empezaron a empujar a las más remolonas, y a dos que de verdad se mostraban agonizantes debieron turnárselas para llevarlas casi cargadas, por los sobacos, abrazadas a ellos igual que heridos de batalla, como en el cine. Las dos muchachas gemían, se acostaban a ellos, impedían la marcha del grupo, dificultaban los planes. Una de ellas tenía un trasero que obnubilaba; más de una vez lo enaltecía, mostrándolo a la luna cuando debían cruzar zanjas, cuando debían trepar por colinas de basura fosilizada y desperdicios luminosos, de un vaho ácido, diseminados como un extraño jardín del futuro. La otra ofrecía sin misericordia la esplendidez de sus senos mientras la sostenían: eran Claudia Pinzón y Sinfonía Orestes, que se resistían o no se resistían —no se sabe—, pero que de cualquier manera hacían las cosas a su manera. Los tres raptores las atisbaban desamparados. Ya llegarían, ya llegarían. ¿Qué pasaba con esas? Se pegaban a ellos como si no les tuvieran miedo, lanzaban encima sus respiraciones y sus lamentos, el fresco aliento de sus sangres jóvenes, y sus manos casi sin conciencia los palpaban, los exploraban, sus cuerpos como trampas los enloquecían. Olían a leche tibia, y eso los emborrachaba. El deseo hervía. Los tres raptores adolescentes avanzaban sin abandonar las armas, sin dejar de amenazarlas, pero el deseo creciente los acometía y obl gaba a pensar en comenzar de una vez con el desenfren desnudarlas una detrás de otra y festejar, variadito, debajo la luna. Nuncio Martin se interpuso y sobrepuso a esos dese que eran sus mismos deseos—. Supo frenarlos a tiemp Abofeteó a Leo, porque le sopesó las nalgas a la gordita cansada. «No es para eso que las traemos», dijo mintiendo enfrente de las muchachas, y logro tranquilizar a la mayoría. Creyeron que las secuestraban por dinero, en definitiva que lo mejor era caminar adonde las llevaran y dormirse y esperar que las rescataran. La marcha se aceleró, e incluso las dos más agonizantes encabezaron el grupo, desencantadas.
Silvio Molino, Nuncio Martín y Leo Quintero tenían arre dada una casa para todos, en Faca. No les faltaba pan. Lo único que les faltaba eran mujeres; en ningún sitio pudieron conseguirlas como ellos querían, como las veían en las pantallas, tan hermosas como putas; pero las putas de la películas eran idénticas a las colegialas —creyeron descubrir un día—, y se hicieron expertos en perseguir colegiala por Bogotá, hábiles en corretearlas y acorralarlas, peligrosas mente, pero sin éxito, y las colegialas del norte de Bogotá eran las que más se parecían a las lúbricas rubias angélicales, desnudas en lechos de cuero; sí, eran ellas (encerradas toda su vida con monjitas) las más idénticas a las chicas de las películas, doradas, tiernas y tiernísimas, sedientísimas. Les pareció mejor que los prostíbulos una aventura con colegialas, de una vez y para siempre, para quemar las ganas eternas que los mataban. Y entonces ahorraron, discutieron como cómplices descabellados durante las noches, hicieron mapas, registraron los horarios de las colegialas, sus entradas y salidas, sus rutas escolares, se excitaron de sueños y en lugar de comprar más boletos de pornográficas compraron dos revólveres y una pistola a un policía retirado. Seis meses de abstinencia los espoleaban; eran enamorados.
Llegaron al galpón cuando ya la luna se esfumaba. En poco tiempo madrugaría.
—Ahora esperen a sus papitos —les dijeron, y las encerraron, ateridas, apretujadas. Las oían bostezar; unas pedían agua, otras lloraban y llamaban a sus mamás. Fue ahí cuando por primera vez la cordura les avisó: debieron traerse tres, para los tres, y nada más, ¿para qué tantas? Los lamentos se reduplicaban. En realidad, con una sola bastaba, ¿qué les pasó a ellos?, ¿cómo fue que se embrutecieron?, ¿a quién se le ocurre un bus con treinta y cuatro colegialas, ni una más, ni una menos? Bebieron más y recuperaron su sueño: muchas colegialas, cantidad de culos alrededor, para comparar, y ellos los protagonistas. Se decidieron. Reposarían un poco; también ellos estaban cansados; se beberían la última botella, hablarían, acomodarían los planes. Porque ya no sabían cómo continuar, ni qué hacer, ni quién empezaría primero, o si debían aprovecharlas en grupos de seis, o todas al tiempo, cómo, cómo. A lo mejor, pensaban, después del primer envión ellos caerían dormidos, derrotados por el número, y ellas escaparían, informarían de su paradero, los capturarían, los encerrarían, saldrían en televisión, sus parientes los señalarían a carcajadas… Apareció el miedo, por primera vez. Un miedo confuso, que los arredró, la certidumbre de entender que solo eran en realidad tres adolescentes con la sangre embravecida y la cordura extraviada. Se pusieron nerviosos. Discutieron, sin que les importara ser escuchados.
De pronto parecieron inspirados:
-Contentémonos con dos —dijeron—. Sí. La gordita de ojos azules, que se hizo la muerta durante el viaje, y la tetoncita. Ricas y tan tranquilas, para qué más.
Se referían a Claudia Pinzón y Sinfonía Orestes.
—Son nuestras —exclamó Leo—. Después ya veremos.
Oyeron lamentos:
¿Qué van a hacernos?
¿Qué están diciendo?
—Dinero —oyeron—. Pidan dinero, por Dios. Les pagarán lo que quieran.
Después oyeron protestas, por primera vez: Hampones; Locos de mierda. Degenerados. Los van a atrapar, los van a encerrar de por vida. Mi papi vendrá por aquí y los matará con las manos, barrerá los suelos con sus cabezas.
Se miraron petrificados. Quien iba a suponer semejante vocabulario. Pero ellas tenían razón, los advertían, y por un minuto imaginaron el galpón rodeado de patrullas, televisión, padres de familia armados con bates de béisbol; abuelitos encolerizados, monjitas tronadas, crucifijos, crucifijos…
—Carajo— dijo entonces Nuncio Martín—, acabemos con esto y larguémonos.
Vació la botella de aguardiente y sucedió lo que después sucedería: el primero en entrar, Leo Quintero —de los grandes y especiales ojos amarillos que ninguna colegiala evitó mirar porque era ineludible caer en la marea de lujuria que irradiaban— resultó casi muerto a pellizcos y mordiscos y perdió un ojo, Pero, ¿qué se habían creído ellos? —pensaron—, ¿que a una sola señal las muchachas bailarían en su honor? Si fue fácil empujarlas a caminar por la noche, otra cosa sería desnudarlas: pues tan pronto los vieron entrar gritaron estremecidas y todas a una —todas menos dos, que miraban expectantes—, se lanzaron sobre Leo, una jauría de perros enloquecidos, igual que si se jugaran la vida, tan enfurecidas como terrificadas, derribaron a Leo Quintero y desgarraron, trizaron, picaron y cortaron sin que les importaran las armas que apuntaban; el grito de Leo amedrantó a los otros raptores, los empujó en retirada; a duras penas recuperaron los despojos ensangrentados del amigo (que gritaba llamando a su madre) y cerraron la puerta como si huyeran de fieras reales, y en realidad huían. Jamás se les ocurrió que ocurriera. Tuvieron que disparar al techo para abrirse paso, al techo —porque hasta ese momento no imaginaban disparar a nadie—. Si esas dos colegialas, la gordita y la tetoncita —Claudia y Sinfonía— no calman a las iracundas, acaso los desojaban a todos, los despellejaban vivos. No se explicaban cómo las colegialas no se adueñaron del arma de Leo y los pusieron a bailar a plomo, cómo no los mataron. Y ahora ellos parecían los acorralados, del otro lado de la puerta trancada, todavía sin decidirse a actuar, los planes deshechos, las almas heridas. Mejor matarlas —discutían, ahogados en aguardiente— o después los delatarían.
Sufrían los tres raptores, sufrían en la carne y el deseo, pero el miedo a matar o morir despedazados era mayor que cualquier ocurrencia de amor a esa hora. Las heridas de Leo los estatizaba. Si ellos abrían esa puerta alcanzarían a deshacerse de una, o dos, o tres o seis, y después acabarían desollados. Además, ellos serían solamente dos en la batalla: Leo lloraba, inutilizado. ¿Qué hacer? Huir. Huir, o revolcarse por lo menos con dos de las leoncitas, las provocadoras.
—¿Por qué no las convencimos, por qué no les hablamos? —se lamentó en voz alta Silvio Molino, involuntariamente, consigo mismo.
—Cochino —le respondieron del otro lado.
Por el resquicio más grande de la puerta Silvio Moli: se asomó. Quería huir rápido, pero quería, también, verlas nuevo. Algunas orinaban en círculo en un rincón del galpó seguramente orinaban del susto, porque de vez en cuan miraban aterradas hacia la puerta. Otras se habían armado un madero puntudo, del tamaño de un poste de alambra y lo esgrimían en dirección a la puerta. ¿Qué hacía ese dito madero en el galpón? ¿Por qué no revisaron? Otras caban entre la basura objetos con que atacar, con que fenderse, otras aullaban, y muy pocas rezaban, arrodilla y lloraban. Solo dos respiraban quietas y lejos, indagánd todo con el mismo terror con que Silvio Molino observa Claudia Pinzón y Sinfonía Orestes, las únicas no vírgene las secuestradas. Las pasmaba y desazonaba la inaudita di sición a la batalla, las uñas que apuntaban, las bocas des ciadas que rugían y enseñaban los dientes. No era para to, pensaban; pero mejor no se metían; era evidente que amiguitas se los querían comer enteritos y crudos; gritab como poseídas, seguramente recordaban las lecciones de Si Ciernen tina: Dios estaba con ellas, los Ángeles de la Gua da, los Soldados Bienaventurados, David, Salomón…
—¿Qué hacer? —volvió a insistir Silvio Molino—. Y me largo.
—Quédate quieto —le dijo Nuncio—. No van a pod con nosotros. Tranquilo. Solo herimos a una y así las asu tamos; las tendremos listas.
—¿Herir a una? Estás loco. ¿Y si muere? Yo las dej arguémonos a Chapinero, hagamos una fiesta.
—Quedémonos y terminemos.
—Mátenlas a todas. —Leo había hablado. Hizo un gesto le desfallecimiento con las manos—. Necesito un médico. Es la gangrena; tendrán que quitarme la cabeza, hermanitos.
Una suerte de rabia y tristeza pareció recogerlos a todos.
—Acaben de una vez —dijo el herido—. Sean berracos, tengan cojones, por lo menos saquen a una y demuéstrenlo. Una solita por lo menos, que yo los vea, que no me muera sin verlos.
—Pensé que sería fácil —repuso Silvio Molino.
—Ya lo oíste, una por lo menos, es su último deseo
—repuso Nuncio Martin.
Y empezó a descorrer la tranca:
—La primera que se mueva y disparo —grito.
Nadie adentro dijo nada, ni un sollozo, ni un suspiro.
Nuncio Martín empujó la puerta de una patada.
«Dios mío» alcanzó a pensar Silvio Molino cuando las vio, «parecen demonias».
El herido quedó atrás, sentado, observandolo todo, revólver en mano. Pero lo que vio, después de un minuto de humo de sangre, lo dejó pétreo, y el revólver cayó de sus manos.
—Perdónenlos —gritó, y lo siguió gritando como un demente un buen tiempo, mientras amanecía. Se oyó un tiro y eso fue como si las enardeciera más. Furias y lamentos sacudieron el galpón; después solo se oyó un grito revuelto de cólera y de miedo que empujó a Leo de espaldas contra la pared; vio fieras que pasaban sobre el —pisando su pecho y su cara— como una interminable jauría de garras y ojos enrojecidos.
A él no lo mataron, y todo gracias a Claudia Pinzon y Sinfonía Orestes, las ángeles guardianes, las protectoras, las únicas misericordes que casi se despidieron de él con un beso en su ojo desaparecido. Todas huyeron. Lo abandonaron —deseando morir— a la puerta del galpón; desde ahí vio cómo las fieras en manada se transformaban en palomas celestiales y echaban a volar por la sabana, a la estampida, en la madrugada.
Leo Quintero fue el único sobreviviente, y aún sigue pagando por lo que quiso hacer y no hizo. Del incidente nunca se supo, nada se hizo público. Se impuso la urgencia del colegio y los padres de familia por encubrirlo todo, por olvidarlo todo, y el rapto de un bus escolar —con treinta y cuatro inocentes a bordo, octubre de 1984 —quedó evaporado. A Leo Quintero lo conocí en la cárcel Modelo; le dicen El Tuerto, cuenta su historia a cualquiera y solo pide, a cambio, media botella de aguardiente —por lo menos.