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evelio rosero

parís llena de ruidos (es)

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En la noche sonaban nuestros ruidos.
Ella era un ruido. Yo era otro ruido. A veces se escuchaban nuestras voces, detrás de los ruidos. «Son las cuatro de la mañana», decíamos, ella o yo, quién iba a saberlo, y los ruidos nos contestaban desde adentro, pero no entendíamos si nos rectificaban la hora o si se violentaban porque los interrumpíamos. Solo comprendíamos que de un día para otro estábamos hechos de ruidos, llenos de ruidos por dentro, ruidos y más ruidos, montañas de ruidos, precipicios.
Una vez, antes de dormir, le pregunté: «¿Tú escuchas nuestros ruidos?».
Ella me miró sobresaltada.
«Cuáles ruidos», dijo, y miró alrededor, extrañada, «¿las ratas?»
«No», dije, «los ruidos»
«¿Los ruidos?»
«Nuestros ruidos»
«Cuáles ruidos», se asombró.
«Los que llevamos dentro», respondí.
Ella volvió a mirar a todas partes. Por último se miró ella misma y me miró a mí, en el gran espejo colgado frente a la cama.
«Pero claro», dijo, echándose una almohada en la cara, «los escucho cuando quiero. A veces una no está de humor para oír tantos ruidos»
Pensé que se dormía. Me apresuré:
«A mí me sucede —le dije— que no puedo dejar de escucharlos. Me parecen otras voces dentro de mí, ajenas a mí. Me desesperan».
Ella no contestó.
«Son los ruidos», insistí.
«Es el hambre», dijo por fin, con un suspiro. Parecía realmente enfadada. «Y por lo visto», dijo, «siempre tendremos hambre. ¿Por qué vinimos aquí?»
Me acordé de ella y de mí, un año antes, reuniendo ahorros, pidiendo préstamos, vendiendo la licuadora y la cama y el escritorio y los libros, para viajar.
«Sí», dije, «pero también hay algo más. No son únicamente los ruidos del hambre…, el estómago, las visceras, las ventosidades…, hay algo más, estoy seguro. Hay alguien más, por aparte, desde que llegamos a esta ciudad».
No dormimos esa noche. Hicimos un amor tan rápido como implacable, dos voraces desconocidos. Y, sin embargo, el sueño no nos llegó, el frío del invierno se acrecentó, de nada servía el calor de los cuerpos: los cuerpos se congelaban. Las noches siguientes tampoco logramos dormir. De día buscábamos trabajo, por aparte. O robábamos carne enlatada en el supermercado. A ella le iba mejor, sola. Pero un día me contó que tuvo que escapar corriendo. «No volveré a hacerlo», dijo con un gran susto en la voz, «me perseguían por todas partes. Voces. Silbatos».
Después de tres noches escasas, ella empezó a escuchar de otra manera los ruidos. Me dijo, a medianoche:
«Tenías razón, hay algo más. Hay alguien más».
«Silencio», dije, abriendo los brazos. Ambos alargamos los cuellos como si así oyéramos mejor. Y estuvimos oyendo, en el total silencio, hasta el alba. Le dije:
«Ya voy entendiendo, ¿y tú?»
«Sí», me dijo, «Yo también»
«Los ruidos», dije. «Hay algo de magia en todo esto».
«Los ruidos», dijo. «¿Por qué vinimos a esta ciudad?»
La escuché con atención. Escuché su ruido. Ella entera era un sollozo grande. Parecía alguien que se aferra de algo invisible en el aire para no caer en algo invisible en el aire.
«No empieces», dije.
«Mamá tenía razón, no debimos venir. ¿Para qué arrendar esta puerca habitación en este puerco edificio?»
«No sufras»
Se durmió.
Pero, avanzada la noche, fue ella quien despertó para hablar de los ruidos. Me dijo:
«Ya sé».
Y encendió la lámpara en el nochero.
Yo la miré; por primera vez en meses la miré de verdad. Estaba pálida. Sus ojos brillaban detrás de unas ojeras hondas y violetas, como pozos. Debía ser a causa del invierno.
«Ya sé», repitió.
«¿Ya sabes?»
«Son los ruidos secretos. Ahora sí entiendo»
La miré a ella y me miré a mí, en el espejo: una rata apareció de pronto, reflejada en la esquina inferior del espejo, saliendo de un zapato; se estregaba el hocico con las patas delanteras. También la rata pareció descubrirnos y desapareció.
«¿Ahora sí entiendes?», pregunté. Y, como la rata, me cubrí el rostro, me froté los párpados. Yo no quería que entendiera. «Es este maldito invierno», mentí.
De nuevo apareció el amanecer como agua gris en la ventana. Me dijo: «Es esta ciudad». Y luego: «Escucha».
La medianoche siguiente me dijo exactamente lo mismo: «Escucha. Se oyen más».
Escuché con atención. Era cierto.
«Es verdad, se oyen más»
Inclinamos las orejas a los ruidos. Estamos a la escucha de los ruidos. Y a pesar de que finjamos ocuparnos de otras cosas, seguimos a la escucha de los ruidos. Yo tenía la secreta esperanza de que ella me persuadiera: «Duérmete, olvídate», pero ahora parece más convencida que yo, más desesperada de ruidos, de ríos de ruidos por dentro, desesperada de no entenderlos, de entenderlos a medias, de interpretarlos erróneamente.
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