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evelio rosero

periplo por roma (es)

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Invitas a una desconocida a tomar café en tu habitación. Y en la tarde, que se oscurece igual que mortaja, haces un amor iracundo, mientras ella come pan con una mano y con la otra sostiene la taza de café. Ella se viste, ahora. Dice que cuando era niña tuvo un gato, alguien raro y pequeño, dice, y que el gato se murió.
Sales al mundo, con ella colgando de tu brazo como un fardo extraordinario.
Debajo de la noche, aplastados. Una losa imponente es la noche. «Se hace tarde», dice ella. Todo es oscuro, las palomas se refugian, pánico en el aire: los nocturnos estudiantes de flauta se dispersan, plañideros. Un viejo llora como un niño; un niño ríe desdentado y una mujer barre en el barro cosas agonizantes.
Las esquinas te contradicen. Te has perdido con ella en la ciudad más espantosa; muy cerca se mastican fémures de niño; las ventanas son ojos de monjas que soslayan tu paso, ávidas. Los enfermos han regresado, sus sábanas como fantasmas golpean la frágil cara que se pega a tu costado: sus pestañas tiemblan ensangrentadas, sus hundidos ojos son como de muerta recién resucitada. Las iglesias salen al paso como matronas con largos delantales asfixiándote. No hay luna. Hay un mercado que cierra: vendedores descorazonados. Suena un disparo cerca, y una queja. Millones de quejas. Ella dice que existen ciertos hombres que para entenderlos mejor hay que mirarlos al revés. No sabes por qué lo dice: en este momento no hay nadie en la calle, excepto la queja que languidece, y unos pasos que huyen, y otros que persiguen, y voces que repican. Ella dice que es hija de un fabricante de cuchillos.
La ciudad aterra. Por eso mismo la invitas a que vuelva contigo, a tu refugio. «Papá estará esperándome», responde, pero no se separa de ti. Se cuelga de tu brazo, afiebrada. Inquietante esta muchacha, tan joven pero tan antigua. Te encierras de nuevo con ella y enciendes la última colilla, mortalmente aburrido. Ella busca en la despensa, en la estufa, debajo de la cama, en los bolsillos de la vieja gabardina. Tú la miras mientras tanto, anonadado.
Tu retrato: un tipo sin destino que alguien pintó por la mañana mientras hablaba por teléfono.
Ella se despide. «Un día vuelvo», dice. Tiene en los bolsillos el arroz, el azúcar; se lleva todo, hasta la sal y la pimienta, una postal de Picasso, una estilográfica inservible; si pudiera se guardaría la cama y la mesita en sus bolsillos; si tú valieras, te robaría con pisos y paredes.
A sus espaldas, como otra queja, la dura puerta que se cierra.
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