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evelio rosero

se vende cama (es)

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Entró a preguntar por curiosidad el precio de la cama. No, no fue curiosidad, fue cansancio, el sueño eterno que lo perseguía a la hora del almuerzo, cuando abandonaba la oficina y caminaba las seis calles que lo separaban del restaurante. El centro de Bogotá, a esa hora, parecía hervir aunque lloviera: ruidos furiosos, olores irreconciliables, voces desesperadas, niños sin destino abandonados intempestivamente y para siempre en las esquinas.
No supo por qué, pero decidió ignorar la ruta acostumbrada. Atravesó corriendo la avenida Caracas en la mitad de un pánico universal; se detuvo acezando en la orilla salvadora, envuelto en gente, sudor de axilas, humo de máquinas, y eligió otra calle. Pensaba que de cualquier manera llegaría al restaurante: dos horas de libertad, suficientes para el almuerzo, la lectura del periódico, un café, un cigarrillo, la somnolienta digestión, y el regreso pesado, elefantuno, a la oficina. Se detuvo un instante en la calle desconocida; un tumulto caluroso lo adormeció; la gente corría y se amontonaba: descubrió que se trataba de una mujer y su hija recién atropelladas por una buseta. Los pasajeros —los rostros pegados a las ventanillas— contemplaban estupefactos la escena; el conductor de la buseta, de pie ante los cuerpos inmóviles, se llevaba las manos a la cabeza y se balanceaba: parecía borracho. Algunos hombres gritaban, pero él no entendió los gritos; su fatiga se acrecentó; un sueño profundo se apoderaba de sus párpados; se le antojó que todas las caras formaban un solo corazón estallando en sus tímpanos. Buscó alrededor un sitio en donde sentarse; no lo encontró. Atravesó tambaleante la muralla de cuerpos y se alejó; un vértigo creciente lo saturaba; achacó la debilidad a sus treinta y siete años recién cumplidos, a la disputa con su mujer esa mañana, al insidioso saludo del jefe de personal. Y así atravesó sin detenerse varias calles, cada vez más atestadas. Comprendió que estaba perdido: intuía la proximidad del restaurante, pero no la dirección a seguir. Continuó avanzando, con el sueño y la fatiga a cuestas; pensó que en cualquier momento caería, que cientos de personas se asomarían a su rostro, que lo interrogarían. Y fue cuando vio ese rótulo de madera, «Se vende cama», encima de una puerta alta y estrecha, abierta de par en par. Se recostó al umbral. Vio, al fondo, entre las sombras, un mostrador vacío y, detrás, una vieja sentada, el pelo blanco recogido en una moña; fumaba, los ojos entrecerrados, las dos manos rugosas enlazadas por encima del mostrador.
—¿Se vende cama? —preguntó.
La vieja no respondió. Impasible, de piedra, era sorda o parecía; arrojó una bocanada de humo y siguió quieta, sin mirar a nadie, sin mirar nada. «Acaso —pensó él— esta mujer no me ha escuchado. Es posible que sea sorda y no me escuchó». Avanzó al mostrador. Las sombras lo confortaron, el olor del cigarro, cierta insospechada antigüedad dentro de esa casa que lo separaba de la calle, del mundo, de Bogotá.
Hubo un silencio largo. Era como si él no existiera.
—Señora —preguntó con voz recia—, ¿venden aquí una cama?
La vieja no se inmutó. Sus ojos pequeños, inexpresivos, siguieron de plomo; otra grisosa bocanada invadió el recinto. «Está ciega, además» pensó él. Le daba igual. Que la vieja no respondiera a sus preguntas era indiferente. Podría quedarse unos minutos ahí, recostado al mostrador; se recuperaría, iría al restaurante, lo olvidaría todo. La vieja se removió, cambió de postura, arrojó la ceniza del cigarro y volvió a fumar. Y aunque tampoco ahora lo determinó, él se creyó en la obligación de insistir.
—Discúlpeme —dijo—, afuera hay un letrero, se vende cama. ¿Es aquí, cierto?
—¡Aurora! —gritó de pronto la vieja, sin quitar el cigarro de sus labios. Sus ojos se cerraron con fuerza, como si le hubiese costado un gran dolor hablar. Parpadeó un tiempo, mientras desaparecía el eco de su voz.
Y emergió entonces, de entre las sombras de una portezuela interior, una muchacha vestida de azul. ¿Una muchacha o una niña? No debía tener más de quince años. Con un vestido azul, arrugado, el rostro adormecido, parecía recién acabada de despertar.
—Muéstrale la cama —dijo la vieja con un suspiro que olió a leño quemado, a sopa de arroz.
—Sígame —dijo la muchacha, estregándose los párpados enrojecidos con el dorso de las manos. Y por primera vez lo miró: sus ojos eran negros, sombras iguales a las que flotaban rodeándolos, niebla de humo de cigarro, un camino en la bruma por donde ella lo invitaba a seguir. Avanzó detrás y la portezuela se cerró sola, a sus espaldas. El silencio se hizo casi físico, igual que una insondable cortina. La calle entera, Bogotá entera, el mundo entero desapareció.
Era de verdad una casa antigua —de un solo piso rectangular con altas puertas a lado y lado—, húmeda, honda, un sarcófago inmenso. Sus ojos se esforzaron por distinguir entre las sombras; vio que la muchacha disminuía la marcha, que no parecía avanzar.
—Tenga cuidado —oyó que le dijo con un susurro, volviéndose a él—. Aquí falta un ladrillo, aquí me caí un día por ir rápido. Si usted quiere tómeme de la mano, y ninguno de los dos se caerá.
Sorprendido de ella, de su olor a almohada caliente —tenía que haberse encontrado durmiendo—, y todavía más sorprendido de él, de su obediencia, permitió que lo aferrara de la mano, como a un ciego. Notó que la mano de la muchacha era cálida, como ella; un cálido bostezo hecho cuerpo, pero etéreo, inmiscuido en el aire, que lo embargaba. Sintió que ambos chocaban levemente contra la pared.
—Debo seguir dormida —dijo la muchacha, siempre a susurros—. Cuando usted llegó por la cama yo estaba durmiendo. Nunca duermo a esta hora; día a día estoy con la abuela, a su lado, esperando a que alguien compre la cama, pero hoy amanecí dormida; los ojos se me cerraban solos, dije: «Quiero irme a dormir», y la abuela: «¿Cómo?», y yo dije que ya no podía seguir despierta, y ella me dijo: «Ve a dormir, para eso eres joven y tienes todo el tiempo del mundo», y yo me fui. Me dio pena dejar sola a la abuela, pero la dejé. Sola. Vendiendo la cama, mientras yo dormía.
Se habían detenido después de un largo trecho de sombras, sin percatarse. Era como si descansaran de un viaje, un largo y penoso viaje a través de la casa.
—Ya estamos cerca del patio —dijo ella reanudando el camino, tirándolo de la mano—. Allá la luz sí entra, y podremos mirarnos, podremos soltarnos de las manos. Cuidado, no nos pisemos los pies.
Y era que, debido a un bache —cualquier agujero en las sombras—, él se había tropezado y casi recostado sobre ella, abrazándola sin proponérselo, por un segundo infinito. Creyó oler el calor de su pelo; hubiera querido dormirse ahí, con ella, ambos de pie. Pero se sacudió por dentro, se separó de inmediato, se despertó. Pensó de pronto que caía en una trampa: estaba en una casa desconocida, y en Bogotá; cualquier cosa podía ocurrir, en cualquier momento. Aparecerían los ladrones, de un instante a otro; y no solamente lo robarían; era posible que lo golpearan, o lo desaparecieran para siempre en esa casa sin luz.
—Creo que voy a regresar —dijo con sufrimiento, fingiendo reír—. No me queda tiempo. Tengo que trabajar.
—Pronto llegaremos. Venga. —La voz era un murmullo ignoto.
—Tengo que devolverme. Otro día regresaré.
—Venga. Ya estamos cerca.
—No.
—Que venga. —Ella lo tiraba de la mano, ligeramente, pero con firmeza—. La abuela me regañará si sabe que no le he mostrado la cama.
—No —dijo él—. Hoy no. —Pero se dejaba arrastrar por la mano, por el calor de la mano que lo aferraba—. ¿Y estas habitaciones? —preguntó entonces—, ¿están todas desocupadas?
Pretendía que ella desconociera su temor, su incertidumbre. Se avergonzaba de arrepentirse demasiado tarde, cuando ya prácticamente nadaban en las brumas más espesas de la casa.
—No —dijo ella sin detenerse—. Todas las habitaciones están ocupadas. Y todos están dentro de ellas.
—¿Todos? —preguntó él—. Yo no escucho nada.
—Están durmiendo, señor.
—¿Duermen a esta hora?
—Duermen siempre. A veces hablan dormidos y parece que estuvieran despiertos, pero están dormidos, sueñan. Preguntan por cosas que nadie entiende. Por lo menos yo no los entiendo.
Caminaban tan lentos mientras hablaban que fue como si se quedaran quietos. El temor volvió a apabullarlo; hizo un gran esfuerzo y se quedó inmóvil; se desprendió de la mano cálida y ella se volvió a él, como si él se hubiese regresado corriendo y ella intentara atraparlo abrazándolo; pero él estaba rígido, la espalda contra la pared; de modo que ella, al volverse, chocó con él, y ambos quedaron cara a cara, rozándose. De nuevo un sopor intenso lo poseyó, resquebrajó sus fuerzas, lo hirió de un deseo incipiente, el deseo de abrazarse a ella y cerrar los ojos para la eternidad. No era una muchacha, era una niña, recordó. No podía tener más de quince años. Alta y delgada, su cuerpo una especie de llama abarcándolo. Se avergonzó del miedo, otra vez. Pero eran tantas las noticias de los periódicos, tantas las muertes extrañas, los desaparecimientos… Sonrió a la fuerza. Que ella no adivinara su desaliento. Eso no lo hubiese querido jamás. Tosió. Recompuso la voz, permitió que ella recuperara su mano.
—¿Nunca salen de las habitaciones? —preguntó.
—Solo cuando sienten hambre: se van a buscar su almuerzo, después regresan y vuelven a encerrarse.
En vano procuraba oír detrás de las puertas; no oía nada en absoluto. Se recompuso: la paz, la pasmosa tranquilidad que la voz de la muchacha ofrecía pareció acabar de convencerlo. Siguió avanzando detrás, unido a la mano cálida, sumiso.
—¿Y qué hacen ellos? —preguntó.
—Nada.
—¿Nada?
—Nada.
Ahora fue él quien tiró de la mano de ella, para obligarla a avanzar menos rápido. No quería caer en las sombras. Si tropezaba se hundiría en los abismos. Ella estaba prácticamente quieta, a su lado. Él buscó una pregunta, cualquier pregunta que lo ayudara a pensar, que le diera el tiempo justo para reflexionar y adoptar una resolución definitiva:
—¿Cómo me dijo que se llamaba?
—¿No oyó a mi abuela? —la voz de la muchacha pareció estremecerse, perpleja—. ¿Cómo me gritó esta vez? Dijo que Aurora, ¿cierto? Bueno, entonces debo llamarme Aurora. A veces me dice Miriam, o Rosaura. A veces me dice María… Nunca se acuerda de mi nombre. Debe ser por lo vieja, pobre abuela. Cansa mucho vender una cama. Es difícil.
Desembocaron por fin en un patio mojado, repleto de helechos. Los anchos tejados de la casa convergían casi tocándose, de manera que la luz entraba delgada y sin fuerza, y una atmósfera invernal se cernía sobre las cosas, trasparentizándolas, tiñéndolas de azul, un azul pálido, igual que el azul del vestido de la muchacha. No era luz, exactamente; era menos que media luz, un precipicio de noches iluminadas.
—Al fin —dijo la muchacha deteniéndose ante el patio—. Ya casi llegamos. —Sus ojos registraban cada rincón del patio, como si recordaran algo, como si recordaran otro patio, pero él pensó que buscaban a alguien, y se alarmó. Nadie había, sin embargo, en el patio. Únicamente los helechos por todas partes. El cielo se veía más lejos que nunca, sin nubes, y el silencio era húmedo, frío, idéntico al patio; había una fuente de piedra, en la mitad, con agua hasta el borde. Ella caminó hasta la fuente y asorpó su cara; solo entonces él comprendió que se habían desprendido de las manos. Notó que la muchacha llevaba unos zapatos demasiado grandes, viejos y gastados, y que no usaba medias; se acercó a ella y la miró de perfil; comprobó, con asombro, que tenía los labios pintados, mal pintados de rojo; era, mejor, una tenue mancha rosada alrededor de los labios, como si después de pintarse se hubiese repasado un paño por encima, o, mejor aún (y lo pensó estremecido), como si la hubiesen acabado de besar.
—Mire —dijo ella, indicando un sitio con la mano; sus pálidos dedos temblaban—, ¿sí ve ese rincón vacío?
Su voz, otra vez, parecía repleta de sueño, un bostezo nostálgico devolviéndola en el tiempo. También él sintió que se acrecentaba su sueño; volvió a caer en un sueño peor, más espeso, el sueño eterno del mediodía.
—Sí —dijo—. Lo veo.
—Ahí estaban las jaulas, y en las jaulas los pájaros, y los pájaros cantaban.
Los ojos de la muchacha lo escudriñaron, negros como las sombras que se agolpaban en las paredes, que parecían brotar como humo desde la fuente de agua, bañándolo de calor, sumergiéndolo en un profundo deseo.
—Los pájaros —dijo ella— hablaban conmigo. Pero la abuela vendió los pájaros y las jaulas. Nadie canta ahora en esta casa. Yo tampoco. A mí se me ha olvidado. También vendió los armarios, y las mesas, y mi muñeca de hace tiempos, y una virgen de porcelana que le costó cinco mil pesos. La vendió en quinientos, ¿puede creerlo? Vendió sus abrigos, y las ollas, las violetas de plástico que yo compré un domingo, el gato, vendió el gato, y ahora está vendiendo la cama. Yo me pregunto qué venderemos cuando la cama se venda.
Él no supo qué pensar. Ahora, después de escucharla, le era imposible pensar. No entendía nada con certeza. No lograba intuir. Solo sabía que un calor tenue, pero extraordinario, se desprendía de ella y de todo; podía jurar que si hundía la mano en la fuente encontraría el agua caliente; que el agua debía hervir como antes la mano de ella, encadenándolo. Comprobó, ya sin asombro, que ambos bostezaban al tiempo, y que durante todo el bostezo siguieron mirándose a los ojos. Ambos tenían los ojos enrojecidos, llorosos.
—Pero esta casa —dijo él—, esta casa es grande, y es linda. Debe costar mucho. ¿Es de su abuela?
—¿La casa? —se rio la muchacha con estruendo, un estruendo breve, y se cubrió la risa con las manos, y él se sintió contagiado y rio con ella. Se contemplaban atónitos, pero dejaron el patio y siguieron avanzando por el pasillo en penumbra. Y cuando por fin hubo apagado su risa la muchacha siguió hablando velozmente, a murmullos—: ¿Cómo se le ocurre? Esta casa es de nadie. Un día hace mucho íbamos pidiendo ayuda y mi abuela supo que había una casa sin dueño. Yo era muy niña. Dormíamos en la catedral. Cuando llegamos a la esquina había mucha gente corriendo. Los seguimos, llegamos y nos metimos dentro del último cuarto; los demás ya estaban ocupados. Mi abuela se puso feliz; se recompuso; entonces empezó a vender cirios y escapularios; eran rosarios y biblias que nos fiaban en la iglesia; los vendía más caros y la gente le hacía encargos: pedían sahumerios o crucifijos o estampas de la virgen; le iba bien a mi abuela, compraba cosas y hasta me hizo una fiesta de cumpleaños: pagó una torta gigante y mató dos gallinas y los invitó a todos; pero desde ese cumpleaños la abuela se cansó de sus días, así me lo dice: «me cansé de mis días», y dejó de salir en busca de más cirios y escapularios. Lo primero que vendió fueron los pájaros; yo hubiera preferido que los pájaros escaparan, pero los vendió con todo y jaulas, pobres pájaros, deben seguir enjaulados. Después vendió nuestros zapatos, y sus sortijas y collares, y solo nos queda la cama. Esta cama.
Se había detenido frente a una puerta entornada, la última puerta del corredor, no lejos del patio. La muchacha empujó la puerta y le dijo que entrara. Así se lo dijo: «Ahora entre y conozca la cama», y él entró, seguido por ella. Escuchó que cerró la puerta, que corrió la aldaba. Un cirio encendido junto a la cama los alumbró de amarillo. La cama era ancha, y todavía parecía caliente; tenía las cobijas destendidas, la almohada con el hueco de un rostro invisible en su centro. Ella fue hasta la cabecera y rozó con la punta de sus dedos un extremo de la almohada. Parecía otra: una mujer al pie de una cama. Regresó con él, detenido aún en la puerta.
—¿No me cree? —preguntó. Su voz hervía.
El pensó que creía en ella, palabra por palabra. Sintió que la muchacha volvía a tomarlo de la mano, que lo conducía, que avanzaba delante de él como una sombra antigua, la sombra de una mujer de hace mil años. Pero ya no pudo mirarla a los ojos cuando ella le dijo el precio de la cama.
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