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evelio rosero

secretos de mundo (es)

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Era una voz de muchacha, y sonó como un hilo:
—Hola.
—Buenas noches —la animó Julieta Koch—, Secretos de mundo saluda, ¿qué deseas? —La voz de la Koch vibraba, metálica, pero diáfana, convincente.
—Quiero ayuda.
—Ayuda, ¿quién en Bogotá no busca ayuda?, vamos a ver, preciosa. Te escucharemos, te ayudaremos. ¿Cómo te llamas? Inventa un nombre, si lo deseas. Secretos de mundo es un programa conocido. En este mismo segundo tu abuelito puede encender la radio y escucharte; así que protejámonos. ¿Cómo dijiste que te llamabas?
—Voy a decir mi propio nombre: Perseverancia.
—¿Perseverancia? Lindo nombre. ¿Y conoces tú la perseverancia?
—¿El barrio?
—No, preciosa. La simple perseverancia.
—Sí. Soy perseverante. Ya me lo habían preguntado.
—¿Quién?
—Todos. Siempre que digo mi nombre me preguntan si soy perseverante.
—Bueno, fue un honor coincidir con todos.
(Risas).
JULIETA KOCH: (Su voz ensoñada). Los nombres no son vanos. Son palabras que dicen cosas de nosotros. Anuncian algo nuestro, son como talismanes; por ellos nos distinguimos del mundo, nos llaman, nos eligen, nos odian o nos aman. El nombre que nos pondrán a la hora de la muerte es el mismo que nos pusieron a la hora de nacer. Son la voz de nuestra sangre, la señal, aunque a veces nuestros nombres no nos gusten y suframos y quisiéramos cambiarlos para volver a nacer. ¿Aborreces tu nombre?
—No.
(Risas).
—Aborrezco otra cosa.
—Soy toda oídos.
—Yo… quiero decir… es difícil…
—Te escuchamos, somos tus amigos, desconocidos, es cierto, pero amigos sinceros, invisibles. Yo soy la intermediaria, y vamos a ayudarte. Somos decenas de miles, y todos cargamos con nombres y problemas. Habla, Perseverancia, habla.
(Silencio sufriente, un suspiro, un carraspeo).
—Soy fea.
(Un tiempo breve).
JULIETA KOCH: Fea. Fea es una palabra hermosa si tenemos espíritu para llevarla encima de la cara.
(Silencio).
—No entiendo.
—No es un escándalo ser fea, ni ayer ni hoy ni mañana. Está demostrado que muchas de las grandes mujeres fueron feas. Las bonitas, por lo general, son solo tontas de bellos traseros.
(Risas).
JULIETA KOCH: Fea, fea, ¿por eso nos pides ayuda? ¿Esa es tu desgracia?
—Nadie me habla, y cierran los ojos si me miran. Es como si yo no existiera. Fui a una fiesta ayer, y me la pasé sentada. Alguien me pisó y no me pidió disculpas. Iba a entrar al baño y me cerraron la puerta en las narices: eran mis amigas, hablando de hombres. Me dijeron: «No es contigo, fea», y eran mis amigas.
—Ay las amigas, ay. Cuídate de las amigas como de las alimañas. Y ustedes, amigas, si acaso me escuchan ahora, mediten: «En la vara que mides serás medido». ¿Recuerdan eso?, ¿o no leyeron la biblia? Ay las amigas, ay sus conspiraciones. Pero sigamos, Perseverancia. ¿Me escuchas?
(Silencio).
JULIETA KOCH: ¿Tienes novio?
—No. —La voz como si llorara.
—¿Nunca?
—No lo he encontrado.
—Él. Es él quien no te ha encontrado. El hombre que se fija en una mujer fea es dos veces hombre, porque se impone sobre él, sobre su testarudez masculina. Y ya hablaremos de esto con nuestros escuchas apasionados. El tema es candente, y está sobre la mesa…
—Por favor —interrumpió la muchacha—. Yo creo que todas las grandes mujeres sí fueron bellas; no sé cómo, pero lo fueron.
—Sí y sí. Fueron muy bellas, a su manera. Eso es lo que quiero que pienses. Hubo hombres locos de amor por las feas bonitas. Solo trata de ser… perseverante…
(Risas).
JULIETA KOCH: Paciencia, Perseverancia; verás que tengo razón. El amor necesita de fe, como un buen arroz. Y, por supuesto, ayúdate. Usa tus condimentos. Una falda muy corta no es un sacrilegio. ¿Son atractivas tus piernas?
(Silencio).
—Torcidas.
—Y de altas, ¿cómo estamos?
—¿De altas?
—De pechos, linda.
—Ah.
(Silencio).
—Me dicen Tabla en el colegio.
—Alguna belleza debes tener; y eres sabia, ya te cuestionas la vida. Con solo llamar a Secretos de mundo demuestras al mundo tu valentía. Se feliz, Perseverancia. Si la montaña no viene hasta ti, corre a la montaña. Busca al muchacho que sueñas, y atrápalo cuando lo veas. No lo dejes en paz. Tarde o temprano tendrá que apreciar tu corazón, tus sentimientos, tu limpieza. Bésalo, aunque al principio debas besarlo por la fuerza. Bésalo Perseverancia, y llámanos cualquier noche, y cuéntanos.
«Llámanos y cuéntanos» era la señal de despedida, pues otras llamadas urgentes aguardaban consejo. La muchacha fea quiso continuar, pero Julieta Koch acabó, sin misericordia. Ordenó al asesor otra tanda de propagandas; el tiempo de su programa ya llegaba a su fin, y se sentía exhausta.
Esa noche, en su apartamento de Chapinero, se desnudó y pensó en la muchacha fea. Se sonrió; también ella había tenido ese problema. Fea, y de remate. Y, sin embargo, a sus cuarenta años muy bien repartidos, vivía sola y feliz, como si se columpiara en las nubes. Ningún hombre, ningún imbécil, la condenaba. Se metió en su gran cama fría. Se masturbó. No demoró en dormir, pero despertó agotada, al amanecer; soñó que una muchacha desconocida entraba en los estudios de grabación con un cuchillo de cocina… Sobresaltada, se preparó un café, y ese mismo día, al anochecer, recibió en la emisora varias llamadas aconsejando a la muchacha fea; opiniones de hombres y mujeres asiduos al programa, sugerencias de oyentes espontáneos, discusiones que ella medió con habilidad. Para su alivio, otras llamadas cambiaron de tema: un hombre viejo que se lamentaba de la ciudad moderna; su nostalgia recordaba la Bogotá de hace años, cuando existía el respeto y las gentes se saludaban con una reverencia, cuando corría el tranvía, sin polución, y nadie sabía qué era robar. Una mujer que atendía a tres amantes, y los tres eran hermanos. Una muchacha que se había enamorado de su perro. Un estudiante de filosofía que deseaba matar a su profesor. Un padre de familia que sorprendió a su hija y a su hijo bañándose desnudos:
—Los encontré desnudos, señora Koch.
—¿Y cuál es el problema?, ¿se bañaban, no?
—Ningún problema si tuvieran cada uno cinco años. Tienen veinte y dieciséis, él y ella, ¿no me entiende? A él lo eché de la casa, y a ella su mamá la bañó en agua fría.
—Bueno, los castigos… —empezó a decir Julieta Koch, pero el padre de familia colgó, exasperado. La Koch tuvo que esforzarse en defender a solas su criterio: también ella y su hermano se bañaron juntos y sin pecado; también ella, alguna vez, se enamoró de su perro, pero nunca quiso asesinar a nadie, de modo que aconsejaba al estudiante que discutiera sus propósitos homicidas con el mismo profesor, en público, para que ambos superaran el impasse: serían el orgullo de la facultad de filosofía. A la mujer que amaba y engañaba a tres hermanos la aconsejó salomónicamente que siguiera amándolos y engañándolos, que para eso eran los hombres; al nostálgico viejo, bogotano de cepa, le respondió:
—No llore, señor, y distráigase con sus nietos. Ame y diviértase, o será tarde.
El viejo no se quedó atrás. Antes de colgar recitó, electrizado:
—Es que todo nos llega tarde, señora, hasta la muerte.
Y Julieta Koch culminó su programa, complacida.
Después de una semana llamó de nuevo la muchacha fea. En Secretos de mundo la muchacha fea era ya un tema olvidado.
MUCHACHA FEA: Soy yo, la muchacha fea. No sé si se acuerda de mí.
—Oh sí, claro. ¿Qué sucedió contigo, muchacha fea? ¿Te pisaron de nuevo los zapatos en la fiesta?
(Risa nerviosa por parte de la muchacha).
—No. No volví a más fiestas.
—Mal hecho.
—Quería solamente ser sincera con usted, con su programa… la verdad es que… lo he pensado…
—Mentiste, ¿cierto? Ya lo sabía.
—Yo no me llamo Perseverancia.
—Eso es obvio. ¿Quién quiere llamarse Perseverancia? ¿Alguien tuvo esa pesadilla? Tranquila, mi linda. Ya sabemos que la gente no suele dar su nombre en Secretos de mundo.
—Hoy sí quisiera decir mi nombre, para explicar las cosas con claridad.
—¿Ves? ¿No lo advertí? Necesitamos de un nombre, lo vivimos, lo padecemos. Si lo falseamos las cosas resultan peores. Soportando nuestros nombres nos soportamos mejor, yo diría que nos amamos.
—Me llamo Selene.
—¿Selene? ¡Qué nombre tan blanco!
—Mi padre me puso ese nombre porque era poeta. Se murió porque quiso, ¿me entiende?
—Entiendo, entiendo. Así son los poetas. Y todos somos poetas, además. Pero que Dios lo tenga en su seno, a tu padre poeta.
—Mi padre no creía en Dios.
—Entonces el diablo, lo que sea, lo que tu padre hubiera querido. Discúlpame si soy cruda, pero así me hicieron. No fue un caramelo mi vida a la edad que yo creo que tú tienes. ¿Cuántos años dices que tienes?
—Diecisiete.
—Lindo número. Ahora síguenos contando tus mentiras.
(Silencio).
—Dilas, dilas, muchacha fea, amiga espiritual, para eso has llamado.
—… Que no soy fea. Soy demasiado bella.
(Silencio. Por primera vez Julieta Koch tambalea).
—¿Demasiado bella? Nunca se es demasiado bella. Solo se puede ser demasiado fea.
—Conmigo resulta que soy demasiado bella. Ya me lo han repetido, hasta la asfixia, sin que yo lo pregunte. En todas las fiestas no puedo moverme ni respirar. Me roban mi espacio y mi aire. Es como si yo no me perteneciera. Todos quisieran bailar conmigo. Se pelean como perros por una sola de mis palabras; me dicen que yo los mato a miradas. Y respiran demasiado encima de mí. Me huelen. Me tocan a la menor oportunidad. Me rozan, me frotan. No me puedo pertenecer. Me lloran. Me quieren hacer reír por la fuerza. Me llevan serenatas y es terrible dormir con sus chillidos. Las cartas que me envían dicen siempre lo mismo; que se van a matar por mí. Según todos yo soy la única culpable, la asesina. Mi mamá parece un policía y mi hermano se muere de celos; un día mi tío se arrojó a mis rodillas y me dijo que yo era demasiado bella, eso me dijo exactamente: demasiado, y se fue del país y me envió un pasaje para que me reuniera con él, en Araba. No voy a ir, ya lo he pensado.
—Qué tío degenerado, ¿sí escucharon, amigos? Un tío pretende seducir a su sobrina, y su excusa: es demasiado bella… Pero sigamos, Selene, ¿quieres perseverar aún con mi paciencia?
(Silencio).
MUCHACHA DEMASIADO BELLA: Es verdad lo que hoy digo. Al principio fue un juego; no me atreví. Dije todo, pero al revés; de cualquier manera lo dije, ¿no?, quiero ayuda. No puedo vivir más; estoy aburrida. Voy a partir mi cara, herirla, hasta olvidarla para siempre. Otro rostro en que ponerme, otro. Quiero hacer lo que mi padre, yo… Yo escucho su programa, señora Koch, siempre. Y quiero que usted, o alguien, me diga qué debo hacer, o será tarde. Cuando dije que no iba a fiestas decía la verdad. Soy demasiado bella, y no vuelvo a bailar jamás. Me da miedo, y náuseas. Todo ese montón de narices que me respiran. Esos roces calientes. El sudor. Los labios demasiado cercanos que se abren como si me engulleran. Se desmayan si yo hablo. Quisiera ser la mujer fea que puede vivir tranquila, que puede cruzar una calle sin que nadie le diga babosadas, que puede entrar a cualquier cine sin que la estrujen por detrás y le echen saliva al oído, que puede ser libre…
JULIETA KOCH: (Interrumpiendo). ¡Jesús! Con toda razón dices que eres la hija de un poeta…
MUCHACHA DEMASIADO BELLA: … aunque me pisen los zapatos o me cierren la puerta en las narices, quiero ser una mujer fea.
—Bella, o fea, eres alguien, eres tú. Intuyo tu picardía, la presiento. Nos hemos divertido. Llámanos y cuéntanos qué sucedió con tu belleza, Secretos de mundo atiende otras llamadas…
Extenuada, Julieta Koch se desmadejó en el sillón maldiciendo. Ordenó a su asistente que pusiera una doble ración de propagandas y después un bolero. Muchas veces tuvo que vérselas con la competencia: guionistas rivales que intentaban burlarse de ella a través de su mismo programa. Pero aquella componenda de la muchacha fea que resultó demasiado bella se le antojó el colmo. Afortunadamente sus oyentes nunca replicaron; menudo lío se hubiera armado. El éxito de Secretos de mundo daba envidia. Pensó que podía sortear esa última trampa si no se dejaba exasperar. «Maldita puta» pensó, «debe ser la mil veces puta Angélica del Castillo. Tirarse mi programa así de fácil. Plumífera. No considera que haya gente honesta, gente que sufre, que sí necesita de mis palabras, gente que finalmente se distrae con sus bromas, que se despista, que no vuelve a llamar porque cree que esto es un circo. Y no es un circo, es la vida misma que todos nos contamos, nuestros secretos más íntimos… cabrona».
La noche siguiente la muchacha demasiado bella volvió a llamar:
—Soy yo, Selene. Quiero pedir disculpas…
JULIETA KOCH: (interrumpiendo). Estás disculpada, por Dios. Y sin rencores.
—Necesito ayuda. Si pido su ayuda es porque necesito ayuda. No la conozco, y acaso por eso puedo contarle mejor qué me sucede. Ningún conocido me escucha; se quedan como idiotizados contemplándome. Estoy cansada de mi cara, solo eso, busco otra cara en que ponerme, otra. Esta mañana estuve a punto. El espejo roto…
—Escucha, Selene, corazón mío. ¿Por qué lloras? Ambas sabemos quiénes somos, ¿entiendes? Dejaré una nota en los estudios, para ti únicamente, con mi dirección personal. Podrás visitarme, hablaremos. Trataré de ayudarte, aunque hay gente especializada, más culta que yo, infinitamente, que descubriría mejor tus acertijos. Ahora bien, tú misma puedes enterarte de mi trabajo; sufro de una inmensa responsabilidad: tengo un montón de llamadas aguardando. Y no podemos dedicar todo el programa a la muchacha demasiado bella que quiere ser fea, es imposible. Hasta otro día.
Julieta Koch suspendió, airada, la conversación. «Reputa» dijo en voz alta, fuera de micrófono. Por supuesto que no dejaría ninguna nota con su dirección. No faltaba más. Tampoco creía que la impostora apareciera. «Es una testaferro de Angélica del Castillo, estoy segura».
Se tomó un tranquilizante. «Debo estar vieja», pensó. Y era que, años antes, cuando Secretos de mundo empezaba, afrontaba cualquier reto con pasión, y siempre resultaba vencedora. Incluso había desenmascarado una noche a su interlocutor, que resultó ser un grosero reportero amarillista, que la odiaba. Ahora solo deseaba cavilar en paz con sus oyentes, con sus fieles, los de verdad, de carne y hueso, y no con quienes envidiaban su sintonía. La afligía, además, que muchos de sus devotos empezaran a preguntar por los padecimientos de la muchacha demasiado bella. Algunos, que ya eran bromistas, gente que por azar escuchó las llamadas, proponían toda clase de remedios lascivos. Julieta Koch y su ayudante se vieron en aprietos a la hora de seleccionar los interlocutores. Pero las noches transcurrieron y, al fin, la muchacha demasiado bella pasó de nuevo al olvido. Al olvido del programa únicamente, no de la calle: Julieta Koch acababa de pagar el taxi y se disponía a entrar al edificio de la emisora, anochecía, cuando alguien la llamó, a sus espaldas:
—¡Señora!
Era ella. O, por lo menos, era su voz. Imposible equivocarse; no se trataba de otra guionista, de la terrible Angélica del Castillo. Julieta Koch se detuvo, en seco. Era ella.
¿Sería una periodista? ¿O una estudiante de sicología, dispuesta a analizar su programa y su personalidad? Ya eso le había ocurrido. Y bueno, fuera quien fuera, la pondría a bailar.
JULIETA KOCH: (Sin volverse). Qué desea.
—Soy la muchacha…
—Sí, sí. La fea demasiado bella, la hija del poeta, la que quiso seducir su tío…
—Todo eso es cierto, se lo juro.
Se volvió a mirarla.
Caramba, pensó.
La muchacha era verdaderamente bella, y demasiado. Y parecía sufrir. En la noche, su rostro resaltaba alumbrado extrañamente por los avisos de neón de la emisora. Llevaba puesto un vestido de fiesta. Julieta Koch se aproximó, pasmada. La anonadó, sobre todo, la mirada. La mirada más azul y más ingenua que jamás había visto en su vida. Y era de una inocencia tan pura, de una candidez como de recién nacido, que la Koch incluso sintió miedo. Recordó su sueño. Una muchacha tan bella, de verdad, a esas horas, en Bogotá, era capaz de sacar un cuchillo y abalanzarse… No. La muchacha realmente sufría. Temblaba. ¿Iba a gritar? Julieta Koch se dulcificó:
—La invito a un café, Selene. Iremos a los estudios. Hablaremos…
—Gracias, señora —dijo una voz de hombre—. Yo me la llevo.
Detrás de la muchacha se imponía la silueta de un hombre fornido, vestido de negro. Su dentadura de perro sonreía con algo parecido a la lástima. Detrás del hombre aguardaba un auto de lujo, de vidrios oscuros. Una de las portezuelas estaba abierta. Julieta alcanzó a distinguir a otros hombres y muchachas, todos vestidos como si se dispusieran a asistir a una fiesta memorable. El hombre tomó a la muchacha demasiado bella por el brazo y se la llevó con él. Un mar de risas restalló dentro del auto cuando Julieta Koch, ya repuesta del asombro, corrió detrás, torpe, sobre sus tacones. Podía tratarse de una trampa sabiamente preparada por la competencia, y, sin embargo, quería contemplar una vez más a la muchacha; la vio subir y desaparecer en el auto, pero después la ventanilla descendió y entonces vio su rostro perfecto asomado: era un rostro único, de una inocencia azul, y lloraba.
El auto se puso en marcha con un quejido de ruedas, llevándose las carcajadas para siempre.
«Demasiado bella» pensó Julieta Koch al ingresar en la emisora, y todavía quiso, en vano, esperar que aquella misma noche la hija del poeta llamara. No llamó nunca, solo su foto apareció en los periódicos, después de una muerte que pareció de fantasía: murió cortándose la cara con los filos de un espejo roto. La Koch se preguntó si debía sentirse culpable. Lo pensó durante un minuto completo. Creía más que merecido darse un mes de vacaciones.
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