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evelio rosero

sin dentista en nuestro pueblo (es)

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Tío Samuel era dentista sin título en San Pablo. No usaba en su trabajo ningún antídoto contra el dolor, pero poseía la suficiente entereza para preguntar a sus pacientes si deseaban la extracción con o sin dolor. «Con dolor vale treinta pesos» decía, «sin dolor setenta y cinco». Por lo general el paciente se retrepaba dócil en la silla y respondía, resoplando: «Sin dolor», lo que no impedía que el lamento repentino y aterrado se escuchara rebotando a manera de costumbre por la calle. Y era que ya la gente sabía de qué se trataba. Decían, sencillamente: «Otra vez trabaja el doloroso» —que ese era el apodo de mi tío. Cuando los malos amigos lograron comprobar a las autoridades la falta de su título profesional, varios agentes debieron obligarlo por fuerza para que cerrara el consultorio, y, después, como continuó su resistencia, debieron someterlo a seis días de cárcel. «A nadie lo obligo a buscarme» decía él, quieto y altivo. «A nadie, a nadie» repetía, pertinaz, mirándome desde las rejas. Y esa es una de las imágenes más latentes que conservo de mi tío: alto y muy pálido, portando sus anteojos de carey, de gran aumento, por lo que sus ojos se veían siempre inmensos y asombrados.
Luego de quedar en libertad, muchos pacientes (para evitar el largo y costoso viaje a la ciudad en busca de un dentista titulado) continuaron visitándolo, solo que en un sitio más distante, una cabaña en la colina, donde los gritos y lamentos desaparecían confundidos con el otro ruido de los corrales, entre rebuznos, trinos y cacareos. Y si eran demasiados los gritos y protestas, tío me ordenaba que pusiera a funcionar su tocadiscos portátil, a todo volumen. «El disco, pronto, pronto», me decía, enjugándose el sudor con el dorso vacilante de una mano, «pronto, el disco, que va a gritar». Escuchábamos eternamente el mismo disco ya pandeado por el calor. Por una cara escuchábamos Angustia en la voz de Bienvenido Granda, y por la otra un tango: La cama vacía. Siempre que escucho estas canciones me viene el recuerdo de mi tío, trabajando tembloroso y ensimismado. De eso vivía tío Samuel y sostenía a su familia y me regalaba para ir al cine semanal, las tardes que yo le ayudaba.
Pero es ahora, después de tantos años, cuando entiendo que también a mi tío lo desesperaba el sufrimiento de sus pacientes. Los atendía completamente beodo; a duras penas conservaba el pulso suficiente para manejar las pinzas, sus únicas herramientas de trabajo. Bebía a escondidas, decía: «Ya vuelvo, voy por mi jarabe», y los pacientes lo esperaban resignados y solo yo sabía que no era jarabe, precisamente, lo que tío bebía escondido tras la puerta.
Fui el primero en encontrarlo, aquella tarde, recostado en la silla de los pacientes, rígido y con los ojos más atónitos que nunca. De su cuello colgaban los anteojos; uno de los vidrios estaba roto. Tuve la ingenuidad de preguntarle: «Qué haces ahí, tío, si es tan tarde», y la ausencia de respuesta dejó atrás para siempre toda mi infancia.
Los de mi pueblo aseguraron muchas cosas: que tío Samuel se quitó la vida por cobarde, que nunca debió meterse a dentista, que no fue honesto —pero sí un buen hombre, a pesar de todo. Yo escuchaba por todas partes los comentarios. Varios hombres, cuando volvíamos del cementerio, me detuvieron en una esquina, riéndose. Me dijeron, sin dejar de aparentar un esbozo de lástima: «De cualquier manera murió sin dolor, tu tío».
Yo los miraba sin entender; solo sabía que todos ellos, los que reían, habían sido alguna tarde sus pacientes más atormentados.
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